Voces

viernes 26 feb 2021 | Actualizado a 02:43

Ausencia de ciudad

Lo lamentable es que aquellos espacios de recreo que hasta ayer desbordaban vida, bullicio, ruido, gritos, correteo, y dotaban de vitalidad a la ciudad, hoy se encuentran casi desiertos.

/ 12 de julio de 2020 / 08:23

Uno de los temas ineludibles hoy en cualquier conversación es el COVID-19, que invadió el mundo y que ha sido capaz de hacernos reflexionar sobre los errores cometidos en la Tierra, cuyos resultados son la infinidad de catástrofes, incendios, sismos, mares contaminados y otras desgracias. Una situación que empeora por la presencia del coronavirus y que debiera llevar a recapacitar a todos, pero en especial a los gobernantes de naciones desarrolladas, que no se cuestionaron el derecho de invadir, cambiar y de forestar el planeta, entre otros actos, con la excusa de que se iniciaban los nuevos tiempos del siglo XXI.

Una realidad que se convirtió, por otra parte, en el relato, el juego de palabras, la confidencia, la promesa, las plegarias, motivadas en el temor a la pandemia, que además de cambiarla forma de entender los valores del planeta, nos ha enseñado a convivir con un virus y experimentar el encierro total.

Pero una de las consecuencias que pasa casi desapercibida y nos toca en lo más sensible de nuestro ser son los niños, quienes “han desaparecido de la urbe en un gran número, por no decir casi todos”. Esto porque, como debe ser, están siendo resguardados por sus padres a fin de evitar que se contagien.

De esa manera, la ciudad nos muestra, además de la imagen de una población que parece enferma —por la indumentaria de bioseguridad que lleva—, a un espacio público (plazas y parques) sin la presencia de los más pequeños. Su ausencia es tan notoria que sobrecoge, y se extiende a los adolescentes, que también en un número relativo desaparecieron de la vida urbana y especialmente de aquellos sitios cómplices de algunas de sus travesuras.

Lo lamentable es que aquellos espacios de recreo que hasta ayer desbordaban vida, bullicio, ruido, gritos, correteo, y dotaban de vitalidad a la ciudad, hoy se encuentran casi desiertos. Una imagen que lleva a recordar a aquellos pensadores que afirmaban: “Nada mejor para los niños que liberarse del aburrimiento en su tiempo libre, acercándose al espacio de uso múltiple”. Yes que este le abre la posibilidad al esparcimiento, la travesura, el asombro, por tanto, a una infinidad de vivencias inolvidables. En síntesis, sucesos poco entendibles para los adultos, pues su esencia radica en la complicidad.

Por todo ello, está claro que los niños necesitan aquellos lugares que les extraen emociones y que les colaboran en aprender a manejarse en libertad de movimiento corporal y de manera colectiva, pues la experiencia en esos espacios públicos es de importancia para su desarrollo.

Ahora, si bien la vida urbana ha sido abandonada por los niños a raíz de la cuarentena, ellos ingresaron a otra etapa de su existencia en la que lo virtual es parte de su curiosidad y formación o llena sus momentos de ocio. Respecto a esto último, es evidente que los niños ya conocían desde hace varios años una infinidad de juegos electrónicos, los cuales lograron calmar su ansiedad frente al encierro.

Con la rutina digital a la que llevó el confinamiento, los niños —munidos de la computadora, tablets, laptops, celulares u otros equipos— motivan hoy su creatividad y desarrollan su capacidad sensorial e imaginativa a partir de nuevos programas y aplicaciones. Sin duda, esa familiarización tecnológica les será de mucha utilidad de aquí al futuro.

Sin embargo, también es fundamental comprender que todo niño requiere del espacio abierto y la libertad de acción, los cuales van acompañados de la receptividad de impresiones que logran desarrollar su sensibilidad o sensorialidad.

Los niños, esos pequeños personajes que forman parte de la contextura de la ciudad, hoy nos hacen sentir su ausencia en plazas y parques.

*Es arquitecta

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Lo sordo de las palabras

/ 19 de febrero de 2021 / 00:29

Hemos elegido un título algo aleatorio, pero con un significado profundo en estos momentos. Una etapa en la que somos espectadores de una realidad desconocida a raíz de la abrupta llegada del coronavirus. Lo peor: nos desorientó hasta el punto en que no se sabe cuál dirección tomar para vencerlo. Su impacto nos hace reaccionar como autómatas y no hay duda de que su presencia cambió definitivamente nuestras vidas.

Con ello, la apariencia de las personas adquirió una vital importancia en cuanto a su protección personal, pues cada vez la refuerzan más con el uso de elementos que cubren prácticamente el rostro en general, lo que transmite una infinidad de señales, al igual que lo hace su acelerado andar por la ciudad. Todo para evitar el contagio, pese a las ansias de vivir la ciudad con toda normalidad.

Lo contradictorio es que se ha elegido esta época para la elección de alcalde y gobernador de cada departamento, y resulta complicado que se haga campaña política en estos momentos y en estas condiciones. Hay que recordar que son comicios en los que el ciudadano está interesado en lo que pasará con su región y hacia dónde se pretende dirigirla. Por tanto, precisa conocer las ofertas de los candidatos.

Si bien es una tarea que busca conquistar el voto con propuestas específicas, pareciera que los partidos decidieron presentar sus planes de forma global, lo que no es suficiente para el electorado, pues este necesita conocer lo que sucederá con su ciudad y departamento en el futuro mediato. Sobre esto último, es evidente que son tiempos que exigen que las urbes estén mejor planificadas y equipadas, por ejemplo, con hospitales, ya que los existentes no pueden cubrir la emergencia que vivimos hoy.

Si bien hemos escrito bastante sobre la creación de lugares singulares capaces de elevar los bajos niveles emocionales de la población, las señales que vemos son propuestas conservadoras, lo que es lamentable pues este es el momento de presentar grandes ideas contemporáneas.

Tampoco debiera restarse atención a otros temas vitales como la educación y el caso concreto de las universidades, cuyo método de enseñanza digital precisa ser reforzado. Lo interesante de esta situación es que nos lleva al mañana, ya que se logró establecer ese sistema virtual de extensión del conocimiento, a pesar de que por falta de práctica o acceso muchos lo rechacen. Es obvio que al inicio cuesta implementar todo cambio, pero no cabe duda de que una vez hecho puede traer buenos resultados si se lo desarrolla en grupos pequeños. Al respecto, no hay que olvidar que en ciertas universidades hoy egresan magísteres a través del sistema digital, lo que no deja de ser encomiable.

En esa misma línea, luego de dejar atrás este drama mundial del COVID-19, es fundamental solucionar el problema de la extensión del conocimiento en el área rural y dar la oportunidad a su juventud de proyectar su futuro digitalmente o a través de la TV, con estudios superiores prácticos. Recordemos que hace más de 40 años el visionario McLuhan ya afirmaba que la educación con el tiempo estaría extendida por televisión para la población latinoamericana, esencialmente la rural. Así, esperemos que lo sordo ya no de palabras sino de hechos inspire a caminar a un futuro con nuevas propuestas, útiles por ejemplo para una formación tecnológica.

Resulta preocupante que en estas elecciones subnacionales pareciera que la atención se centra en los ideales de los partidos políticos y no en los postulantes y sus programas. Lo sordo de las palabras reafirma que estos tiempos nos obligaron a dar pasos hacia el futuro, aunque con mucho sufrimiento y pérdida de vidas —entre ellas—, las de grandes personalidades. Sin embargo, hay que seguir avanzando y recuperar nuevamente la fuerza de La Paz.

   Patricia Vargas es arquitecta.

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La arquitectura frente al coronavirus

/ 5 de febrero de 2021 / 00:49

Tocar el tema de la arquitectura respecto al COVID-19 significa pensar dentro de una perspectiva analítica, pero no solo desde la eventualidad de la aparición de un virus, sino desde la previsión de que en el futuro haya otras amenazas de este tipo. Así pues, se debiera impulsar una reflexión sobre la reconfiguración de la arquitectura.

Definitivamente, el coronavirus llegó para quedarse y habrá que aprender a vivir con él. Las causas: el proceso desmedido de desarrollo de las industrias, el crecimiento de la población, sus costumbres y hábitos alimenticios. Estos últimos precisamente iniciaron el contagio, que fue creciendo en fuerza en sus distintas etapas, cada vez más duras para la salud del habitante del planeta.

Pero ese virus está generando —además de grandes daños en la salud física y emocional de la humanidad— la necesidad de cambios en la arquitectura, lo cual parece una realidad irrefutable pues hoy se incorporó al espacio de la vivienda, por ejemplo, el trabajo digital u otro tipo de actividades laborales.

Por tanto, se ha propuesto a la arquitectura la adaptación de la doble función del espacio de la vivienda con el del trabajo, algo que no es nuevo porque hace años el insoportable tráfico vehicular del Distrito Federal de México fue solucionado por algunos arquitectos proyectando viviendas con doble función. La casa en sí y el taller de arquitectura. Asimismo, la residencia pareada a pequeñas industrias artesanales.

Lo que intenta este artículo es mostrar que la llegada del coronavirus permitió entender que el espacio no es una identidad abstracta, sino que requiere una permanente reinvención. Por tanto, el analizar el momento invita a repensar la posible nueva vida del ciudadano, lo cual exige a la arquitectura el buscar nuevas e interesantes propuestas espaciales de uso y equipamiento. Dentro de este último, por ejemplo, la sanidad pareciera demandar que el aire acondicionado no solo tenga funciones de aireación o calefacción, sino que su acondicionamiento se amplíe a un sistema de purificación del aire.

Y si nos referimos al espacio público, este igualmente debiera evolucionar con nuevas propuestas para el futuro. Al respecto, Joseph señalaba: “en diversos grados todos somos inmigrantes en el espacio público, pero su función es un factor de enriquecimiento y una bulimia de configuraciones”. Esto, por ser el espacio de libertad y de uso multifuncional y recreativo, el cual hoy es fundamental para el esparcimiento del ser humano y de su sistema emocional.

Asimismo, es necesario cuestionar que el espacio público no consiste únicamente en una plaza con un monumento al centro (olvidando que es un sitio de distintas vivencias corporales que precisan evolucionar porque pertenecen a otro tiempo), sino que es un lugar que exige una proximidad imaginativa que cumpla con esa función y que además posea una serie de medidas de sanidad.

Por tanto, aquellos sitios no solo deben ser entendidos como simples vacíos urbanos, sino como lugares de libertad que coadyuvan a la recreación del ciudadano, por lo que las nuevas propuestas deben contemplar las secuelas del coronavirus o situaciones similares en el futuro.

Un reto que invita a los arquitectos a reflexionar, al igual que a las universidades a convertirlo en un tema de estudio con miras a propuestas serias. En ambos casos con soluciones factibles para la arquitectura y el espacio público que denoten grandes pasos en su evolución.

Un movimiento que surge en estos momentos y que exige transformaciones a la arquitectura y el espacio público debido a la compleja coyuntura, la cual pareciera demostrar que hoy se viven diferentes temporalidades históricas.

Patricia Vargas es arquitecta.

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Ciudad virtualizada

Esa especie de máquina social invita a las redes digitales a demostrar el valor de las velocidades y tiempos de la ciudad.

/ 22 de enero de 2021 / 01:33

Toda ciudad tiene la gran cualidad de convertir la coacción actual en sincronización con el nuevo tiempo. De esa manera el espacio y el tiempo logran abrir nuevos medios de interacción, los cuales inspiran a realizar propuestas digitalizadas que en futuro no muy lejano denoten el haber aprovechado la significación y pertenencia del lugar.

Nos referimos a aquellos barrios cuyo universo de cualidades y significados no solo radica en lo cultural sino en el tipo de habitante que allí reside, y que forman parte irrefutable de la nueva imagen de la ciudad.

Para ello se requiere traspasar toda variabilidad de espacios y detectar a través de la tecnología digital ciertos momentos de la vida urbana, para luego proponer nuevos sitios. Esa realidad puede entenderse como el movimiento que transcribe lo actual o real en lo digital y nuevo.

Lo importante es comprender que la digitalización no es una desrealización o transformación de una realidad en un conjunto de posibles, sino que es una mutación. En este caso, un cambio escénico de las imágenes del presente complementadas con las del futuro.

La Paz en general, independientemente del valor de sus espacios, es una urbe que, por una parte, si algo tiene de singular son ciertos barrios llenos de significados y, por otra, una población que incluso en época de pandemia consigue acelerar la vida de la ciudad, pues pese al contagio transita las calles por diferentes quehaceres. Ambas características logran crear una especie de escenografía en movimiento que podría inspirar y apoyar la virtualización de los barrios centrales. Asimismo, hoy con mayor razón la velocidad del andar ciudadano no deja de ser análoga a la de la urbe, porque pareciera haber convertido a esos personajes citadinos en seres que incentivan la creación de nuevas imágenes virtualizadas.

Así, esa especie de máquina social invita a las redes digitales a demostrar el valor de las velocidades y tiempos de la ciudad.

Esto también porque su cartografía es tan entreverada —especialmente en el centro urbano— que permite detectar que ese espacio laberíntico donde se entrecruzan sus calles, se convierte en un “enredo elástico espacial” por demás interesante para observar y mucho más para digitalizar con imágenes en movimiento.

Una cualidad visual poco descubierta hasta hoy, que alienta a que la propuesta digital detecte valores y lugares para ser explotados en su reestructuración espacial.

En esa línea, la digitalización —esencialmente en el centro urbano paceño— si bien hoy se inscribe en ciertas tomas digitales de imágenes fijas, debiera considerar aquellas bifurcaciones (callejuelas) que aún no fueron explotadas y que nos llevan a recordar a Josef Reichholf, quien afirmaba: los espacios entreverados abren a los seres vivos a tener posibilidades de existencia de miradas singulares que debieran ser traducidas y explotadas a través de la digitalización y con ello ser revaloradas.

Una especie de invitación a la invención de un primer grado de digitalización inspirada en las velocidades corpóreas que allí existen, ya que si algo atractivo tienen es que se confunden con aquellos espacios y entornos tradicionales, que ofrecen importantes contrastes.

De ahí que el digitalizar ciertos barrios de La Paz consiste en descubrir la ciudad y redefinirla para el futuro dentro de las coordenadas espaciotemporales que planteen e inspiren propuestas útiles para revalorarla. Algo vital porque llegará el momento en que este territorio se convierta en urbe en movimiento.

También algo que no se debiera descuidar es la elaboración de registros que ayuden en el futuro a establecer distintas posibilidades de transformación. De ese modo se crearían imágenes metamorfoseadas que evitarían destruir sus cualidades o, por el contrario, transformarían sus debilidades en grandes propuestas de cambio que tanto requieren ciertos lugares.

Recordemos que lo virtual puede remarcar las velocidades, transformándolas en cualidades en el nuevo diseño de la ciudad, siempre en el afán de aprovechar esos espacios tempo-mutantes. Y lo más interesante: esos barrios serían capaces de traducir aquellos enredos elásticos tempo-espaciales en propuestas dinámicas, que ya digitalizadas ofrecerían nuevas soluciones a La Paz gracias a la reestructuración de sus valores.

     Patricia Vargas es arquitecta.     

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Metáfora de la esperanza

/ 8 de enero de 2021 / 00:21

En estos últimos días, pese al estrepitoso rebrote del COVID-19, en ningún momento el ciudadano dejó de tener fe en el futuro. Esto seguramente acompañado de sueños y esperanzas que le hicieron olvidar por algunos minutos al virus cruel que se lleva tantas vidas.

Fue el 31 de diciembre que nació la idea de salir a descifrar el silencio de esta ciudad que no deja de sorprender. Lo singular fue cómo esas calles grises y desérticas habían terminado de perder toda vitalidad; sin embargo, nuestro interés solo era entender, descubrir, ver, escuchar y, por último, sentir cómo viviría la población esos últimos segundos de un año que trajo dolor al país.

Y si pensábamos que la tristeza estaría reinando toda la noche, nos equivocamos, porque luego de segundos las edificaciones fueron las que se tornaron llenas de vida y mucho más cuando sonaron las sirenas de las radios anunciando que se iba el 2020. Lo curioso fue observar cómo petardos eran encendidos y lanzados desde las ventanas, acompañados de música con alto volumen. Tampoco faltaron las risas que despedían la partida definitiva de un año por demás complicado. En fin, todo demostró que el ser humano no dejará nunca de soñar en nuevos y mejores tiempos.

Una respuesta clara de la transformación de un 31 de diciembre que quedará en la memoria de los ciudadanos, cuyo relato será recordado por siempre y quizá se transforme en una especie de metáfora viva.

Lo singular fue que no se mostró como otra ciudad diferente, sino que su evolución radicó en el cambio de actitud de sus habitantes, que en ciertos lugares parecían hasta ausentes, pero en otros no dejaron que el nuevo año se inicie sin su presencia, ya que sus voces parecían expresar alegría.  Con ello, pudimos descubrir que toda realidad es capaz de dotar de significado a la vida del ser humano. En este caso, la llegada de un 2021 trajo nuevas esperanzas y dejó en el pasado un 2020 que hasta los últimos segundos sembró inquietud y hasta desaliento en las familias.

Una especie de visión que logró percibir nuevas realidades, ya que la emoción fue una de las sensaciones más notorias durante la noche de Año Nuevo; los rostros de la gente dejaban ver las ansias de la rápida partida del 2020. Esto, porque esperan nuevos tiempos cargados de renovación.

Lo importante es que esa experiencia llevó a la humanidad a desarrollar nuevas transformaciones con relación a la vida del ciudadano, quien por falta de equilibrio en el tipo de alimentación (murciélagos), enfermó al planeta entero. Mucho más porque hoy el virus fue capaz de mutar y ser más peligroso. Lo significativo es que un buen número de personas aprendió la lección sobre su cuidado personal ante semejante riesgo; a valorar más la vida, a tener mayor esperanza y, por qué no decirlo, a tener la fuerza para impulsar un futuro mejor.

En síntesis, una función mimética que planteaba la narración de una realidad distinta en cuanto a lo acostumbrado en cada fin de año, cuando el desborde de los festejos era una de las características de una buena parte de la población, lo cual obviamente traía resultados hasta lamentables.

Así, la madrugada del 1 de enero del 2021 hubo un cambio evidente porque no pasaron más que unas cuantas horas para que el silencio cundiera en varias partes de la ciudad. Esto probablemente porque esa misma noche se indicó en las noticias que el COVID-19 había retornado con más fuerza. Fueron momentos que nos trajeron a la memoria las palabras de Aristóteles, quien afirmaba que “Metamorfosear es percibir lo semejante”, y lo más importante transporta su sentido a una realidad inobjetable. En este caso el disfrute del saberse vivo.

Una verdad que, a fin de cuentas, nos invita a no pensar en el pasado, sino de comenzar a crear, concebir, proyectar un nuevo planeta, acorde a los peligros que pudieran llegar en cualquier momento, como el coronavirus, del cual se pudo evitar su presencia.

Pese a todo, la población aprendió a reaccionar ante la adversidad e inestabilidad emocional, económica y social, vale decir que logró la reconfiguración de esa experiencia, esperemos temporal.

Patricia Vargas es arquitecta.

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El triunfo de la voluntad

/ 25 de diciembre de 2020 / 02:06

La vida siempre ha presentado una tensión entre la razón y la voluntad, o en su caso, entre la razón y el instinto, como fuerzas impulsoras del habitante. Sin embargo, en este último año ambas fueron desafiantes por el trasfondo nada beneficioso para la humanidad como fue el coronavirus, que invadió el planeta.

A pesar de ello, la ciudadanía, especialmente de nuestro medio, demostró que tiene una voluntad férrea para sobrellevar momentos tan difíciles como los que vivió en 2020 y seguramente formarán parte de la experiencia para vencer la segunda etapa de rebrote.

Lamentablemente, quedó demostrado, una vez más, que este país tiene grandes debilidades para este tipo de realidades sanitarias, pero, aun así, fue capaz de enfrentar esa adversidad con la fortaleza del pueblo. Una lucha contra un mal totalmente desconocido que dejó gran dolor por las pérdidas humanas y cuya crisis emocional que hoy arrastra silenciosamente la sociedad debiera ser atendida.

Lo triste de esta situación es que ante el inminente rebrote del COVID-19 llegaron las festividades de fin de año, las cuales son muy importantes para la ciudadanía boliviana y motivan un movimiento inmenso de la población, sobre todo de los comerciantes que, hoy más que nunca, tienen la necesidad económica de subsistir, lo que los lleva a desafiar al contagio con tal de vender sus productos en las calles.

Pero la realidad también exige que otra parte de la población paceña busque distintas formas de enfrentar el futuro inmediato. Una de ellas es, por ejemplo, la conformación de grupos de personas hábiles en pastelería y otras delicias, que expenden sus productos a través de la apertura asociada de interesantes espacios en lugares estratégicos tales como el sur de la ciudad.

Otro es el caso de algunos jóvenes que dejan sentado que la vida en movimiento es una realidad inobjetable impulsada por la necesidad de vender sus productos de manera ambulante, sin temor al contagio.

Así, podemos observar cómo el triunfo de la voluntad si bien muestra una tensión entre la razón y el instinto, denota esencialmente cómo las fuerzas impulsoras de una sociedad trabajadora y creativa requieren muchas veces de un pequeño envión económico, como un bono, para intentar salir adelante en momentos en que la economía está debilitada y necesita que el Estado inyecte capital a la población.

Un escenario que denota que si las arterias están llenas de comerciantes, es porque la venta callejera es un medio de subsistencia para muchos. Este abrumador momento muestra además que el último bono fue útil para que mucha gente joven adquiera elementos digitales, con lo que confirmó que su emprendimiento se convierte en una fuerza productiva cuando forma parte de la vida informacional.

Por todo ello, no cabe duda que lo fundamental es observar cómo la voluntad logra triunfar sobre toda tensión entre la razón y el instinto, lo que demuestra cómo las fuerzas impulsoras de un país deben estar acompañadas de un pequeño esfuerzo económico del Gobierno para forjar tiempos de esperanza para todos.

Sin embargo, retomando el problema emocional, éste debiera ser enfrentado, por ejemplo, por las subalcaldías, que harían bien en instalar aparatos de música en las plazas para acompañar el paseo de la gente. Falacia seguramente para muchos, pero es evidente que la población requiere de incentivos recreacionales.

Es necesario recuperar el tiempo de la voluntad y la esperanza. Como afirmaba Nietzsche, la voluntad se funde en el conocimiento, el cual deriva más directamente si es captado cuando intenta cortar con el pasado y así evita eludir la sensación de vaciedad que despierta el futuro.

Patricia Vargas es arquitecta.

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