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sábado 8 ago 2020 | Actualizado a 01:51

Ausencia de ciudad

Lo lamentable es que aquellos espacios de recreo que hasta ayer desbordaban vida, bullicio, ruido, gritos, correteo, y dotaban de vitalidad a la ciudad, hoy se encuentran casi desiertos.

/ 12 de julio de 2020 / 08:23

Uno de los temas ineludibles hoy en cualquier conversación es el COVID-19, que invadió el mundo y que ha sido capaz de hacernos reflexionar sobre los errores cometidos en la Tierra, cuyos resultados son la infinidad de catástrofes, incendios, sismos, mares contaminados y otras desgracias. Una situación que empeora por la presencia del coronavirus y que debiera llevar a recapacitar a todos, pero en especial a los gobernantes de naciones desarrolladas, que no se cuestionaron el derecho de invadir, cambiar y de forestar el planeta, entre otros actos, con la excusa de que se iniciaban los nuevos tiempos del siglo XXI.

Una realidad que se convirtió, por otra parte, en el relato, el juego de palabras, la confidencia, la promesa, las plegarias, motivadas en el temor a la pandemia, que además de cambiarla forma de entender los valores del planeta, nos ha enseñado a convivir con un virus y experimentar el encierro total.

Pero una de las consecuencias que pasa casi desapercibida y nos toca en lo más sensible de nuestro ser son los niños, quienes “han desaparecido de la urbe en un gran número, por no decir casi todos”. Esto porque, como debe ser, están siendo resguardados por sus padres a fin de evitar que se contagien.

De esa manera, la ciudad nos muestra, además de la imagen de una población que parece enferma —por la indumentaria de bioseguridad que lleva—, a un espacio público (plazas y parques) sin la presencia de los más pequeños. Su ausencia es tan notoria que sobrecoge, y se extiende a los adolescentes, que también en un número relativo desaparecieron de la vida urbana y especialmente de aquellos sitios cómplices de algunas de sus travesuras.

Lo lamentable es que aquellos espacios de recreo que hasta ayer desbordaban vida, bullicio, ruido, gritos, correteo, y dotaban de vitalidad a la ciudad, hoy se encuentran casi desiertos. Una imagen que lleva a recordar a aquellos pensadores que afirmaban: “Nada mejor para los niños que liberarse del aburrimiento en su tiempo libre, acercándose al espacio de uso múltiple”. Yes que este le abre la posibilidad al esparcimiento, la travesura, el asombro, por tanto, a una infinidad de vivencias inolvidables. En síntesis, sucesos poco entendibles para los adultos, pues su esencia radica en la complicidad.

Por todo ello, está claro que los niños necesitan aquellos lugares que les extraen emociones y que les colaboran en aprender a manejarse en libertad de movimiento corporal y de manera colectiva, pues la experiencia en esos espacios públicos es de importancia para su desarrollo.

Ahora, si bien la vida urbana ha sido abandonada por los niños a raíz de la cuarentena, ellos ingresaron a otra etapa de su existencia en la que lo virtual es parte de su curiosidad y formación o llena sus momentos de ocio. Respecto a esto último, es evidente que los niños ya conocían desde hace varios años una infinidad de juegos electrónicos, los cuales lograron calmar su ansiedad frente al encierro.

Con la rutina digital a la que llevó el confinamiento, los niños —munidos de la computadora, tablets, laptops, celulares u otros equipos— motivan hoy su creatividad y desarrollan su capacidad sensorial e imaginativa a partir de nuevos programas y aplicaciones. Sin duda, esa familiarización tecnológica les será de mucha utilidad de aquí al futuro.

Sin embargo, también es fundamental comprender que todo niño requiere del espacio abierto y la libertad de acción, los cuales van acompañados de la receptividad de impresiones que logran desarrollar su sensibilidad o sensorialidad.

Los niños, esos pequeños personajes que forman parte de la contextura de la ciudad, hoy nos hacen sentir su ausencia en plazas y parques.

*Es arquitecta

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Ciudad fragmentada

/ 5 de agosto de 2020 / 02:10

No es fruto de la casualidad que la vida de las ciudades esté pasando por una especie de ruptura con el pasado inmediato. De aquel ayer cercano lleno de esperanzas y planes para el futuro, el planeta ha sido sorprendido con una nueva realidad, la del dolor, el contagio, la desesperación, la inseguridad económica, por tanto un futuro incierto. Una especie de crisis que ha fragmentado la existencia de todo ser humano, sus sueños, y no solo ello, sino esencialmente el tiempo que estaba programado para concretar sus planes de nuevos haceres o quizá su traslado a un nuevo espacio donde pueda reinventarse.

Una fragmentación de la libertad que no deja de ser una responsabilidad si no se quiere vivir tiempos de dolor e inseguridad, por tanto, una realidad inobjetable que ha resquebrajado el tiempo y el espacio del sujeto. Esta situación ha puesto en alerta a la humanidad, por lo cual la mayoría de los países ha considerado prudente reducir los tiempos en cuanto a la libertad de salidas de la ciudadanía para evitar la propagación del COVID-19. Una medida que cumple la mayor parte de la población del planeta, aunque no faltan los que gustan el entremezclarse en la vida pública.

En todo este tiempo de cuarentena, el uso del espacio público ha dibujado la nueva geografía de límites que vive el individuo a partir de su restricción de contacto con el resto del mundo. Esto no es del agrado de la ciudadanía, especialmente de los adolescentes, quienes buscan relacionarse entre sí y con la ciudad, porque su necesidad de libertad y movimiento son vitales en su existencia. De ahí que no siempre acatan las normas impuestas y los vemos en medio de hechos peligrosos que están a la orden del día.

Lo maravilloso es que la adolescencia y juventud, además de otra parte de la población, han logrado romper toda brecha y limitación que ayer indicaba que solo los grandes países estaban preparados para vivir en el siglo XXI, pues habían logrado ingresar a la era de la información. Pero, gracias a la famosa pandemia y al encierro, nuestra población joven y menos joven se ha abierto con mayor fuerza a la vida informacional y ha sacado lo mejor de su creatividad para entablar contacto comunicacional. Una cualidad que colabora al espacio y que va de la mano del tiempo. Una relación con la era informática y la realidad virtual que ha sido adoptada como parte de la cotidianidad ciudadana.

Sin embargo, el otro fragmento de la ciudad, el de los adultos mayores, si bien son los que más necesitan cuidarse del coronavirus, no dejan de lado su productividad y algunos escriben libros, preparan textos, memorias, la docencia virtual y demás. Una verdadera producción intelectual. Tampoco podemos dejar de mencionar la fragmentación espacial urbana, que —entreverada con el tiempo— tiene presencia esencialmente en puntos estratégicos de La Paz, donde se vende, se compra, se come, se observa, se extrae; por lo que allí, dadas las altas condiciones de contagio, se podría decir que subsisten la vida y el peligro de perderla.

Y más lamentable aún es la fragmentación del territorio, que se manifiesta con la invasión de espacios algo alejados por personas en situación de calle, cerca de arborizaciones que van desapareciendo. Una situación que vive el bosquecillo de Pura Pura, donde se provocan pequeños incendios que abren fragmentos espaciales destinados de seguro a futuros asentamientos. Un hecho lamentable debido a que éste se constituye en el único verdadero pulmón de La Paz. Todo ello nos hace rememorar a Baudrillard, quien afirmaba: La trascendencia ha estallado en mil fragmentos que son como las esquirlas de un espejo donde todavía vemos reflejarse furtivamente imágenes, poco antes de desaparecer.

Esto indica que todo fragmento, como el de un holograma, es como una esquirla, la cual contiene un universo de representaciones.

Patricia Vargas es arquitecta

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Música, expresión del momento…

/ 25 de julio de 2020 / 11:04

La música es un idioma universal que atraviesa fronteras, un lenguaje que ha colaborado en sobrellevar estos momentos difíciles que vive la humanidad por un virus que nos ha impuesto el encierro. En medio de esta situación no faltaron diversas propuestas musicales que insuflaron esperanza al mundo de forma virtual.

Esto, a través de distintos estilos como la música culta, la lírica, la contemporánea, la folklórica o la popular. Tampoco faltaron aquellas composiciones de música acústica, la cual creó una nueva sónica a partir de instrumentos electrónicos que hicieron sentir la armonía aun con la combinación de sonidos estridentes o el juego de sus decibeles.

De esa manera, en este último tiempo la música ha saltado a la esfera sónica global, pues no existe un territorio que no haya sido invadido por ella, lo cual da cuenta de su capacidad de transportarnos a esos círculos concéntricos en los que se mueven los diversos estilos o géneros musicales gracias al recorrido e intercambio virtual en el mundo mediático.

Lo sorprendente es que en estos tiempos de la pandemia se disfruta de todo tipo de música y las naciones y su gente se conocen más gracias al intercambio de videos, cuyas melodías están acompañadas de increíbles imágenes de alto valor artístico, como los bellos entornos de sus ciudades asociadas a imágenes urbanas. En esa misma línea, resultan también llamativas aquellas producciones audiovisuales que incorporan grandes pinturas del pasado, con la singularidad de que los personajes estampados en ellas adquieren movimiento gracias a la magia de la tecnología.

Tampoco faltó la música que transporta a la memoria del ayer o, en su caso, lleva a imaginar un futuro melódico distinto y quizá no muy lejano. En esa medida, estos materiales lograron traer al presente mucha emoción y esperanza.

Innegablemente, la música ha recuperado su valor no solo porque forma parte del arte, sino porque se convirtió en el contingente musical del presente, sin olvidar la importancia en la compañía de las crisis que atraviesa el ser humano, como la presente.

Y si hablamos de música y ritmos, no podemos dejar de mencionar la efeméride de la ciudad de La Paz, cuya celebración no dejó de ser singular gracias a su festejo virtual que motivó la edición de muchos videos con canciones tan representativas de esta tierra como Kollita (del grupo Wara), que seguramente extrajo distintos grados de emoción en los ciudadanos.

A ello se debe agregar una gran cantidad de materiales virtuales enviados a través de WhatsApp, que comprendió poemas, temas musicales, pensamientos, memes, entre otros. Expresiones que revelaron sin duda cuánto aman propios y extraños a esta ciudad.

 No nos queda más que afirmar que la música ha creado un espacio envolvente en el que —como afirmaba Steiner— “la lingüística musical se ha adulterado, convirtiendo en vestigios la antigua lógica de extender la fuerza del sonido, estructurando una sónica global difundida a través de videos a lo largo planeta”.

No cabe duda, que en estos tiempos de cuarentena hemos escuchado la riqueza musical con la que cuenta el mundo, que nos ha demostrado que la música es la mejor acompañante de cualquier presente porque logra invadir el silencio y convertirlo en un espacio envolvente de sonidos vibrantes y melodías que logran extraer sensaciones.

Patricia Vargas es arquitecta

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El cuerpo del ciudadano, expresión de sentido

En tiempos de coronavirus, todo disfrute del espacio público ha quedado en la memoria

/ 25 de junio de 2020 / 06:13

En los últimos artículos abordamos distintos hechos que suceden en estos tiempos y que nos revelan los cambios que vive la ciudad y especialmente su población, los cuales comenzaron a mostrarnos cada vez nuevas y distintas circunstancias que semejan a fotografías en las que la cotidianidad pareciera haber desaparecido. Una especie de imágenes en movimiento de decenas de cuerpos que se mueven mecánicamente, como si hubiesen perdido el espíritu bullicioso del ayer.

Hoy el ciudadano ha cambiado hasta el punto en que demuestra que ya aceptó este presente nebuloso que llegó con el coronavirus. Una realidad que deja en evidencia la gran ruptura en la vida y el hacer del habitante desde marzo, lo que ha conseguido desorientarlo y perjudicarlo en sus planes y sueños hacia el futuro.

En el centro urbano, por ejemplo, las personas van y vienen, se mueven con recelo, evaden o cruzan al frente con tal de no rozarse con aquel o aquellos personajes que pueden contagiarlo. Asimismo, si bien el temor al futuro es profundo, el transeúnte solo busca  seguir con vida y con el paso del tiempo reestructurar sus metas del mañana. No cabe duda de que hoy ese cuerpo está cargado de sentido no solo porque vive con incertidumbre, sino porque le invade la desesperanza respecto a la situación económica.

También es muy llamativo observar que las calles y avenidas por las que ayer se transitaba con cierta seguridad y hasta placer, hoy son recorridas con premura por la gente y los autos debido a la finalización de la hora de circulación. Así, la velocidad y el tiempo han tomado el primer plano de la cotidianidad.

Esa agitación nerviosa denota que la vida urbana de la ciudad de La Paz ha cambiado, pues el personaje principal, el ciudadano, ni siquiera se interesa en participar en ella. Sin embargo, su cuerpo ofrece lecturas distintas y en algunos casos hasta poco claras; por ejemplo, al ver a una persona cabizbaja y de caminar acelerado, una de las interpretaciones puede ser que lo hace forzada para cumplir algún hecho concreto.

Dada esa situación, todo disfrute del espacio público ha quedado en la memoria, por lo menos en esta etapa de riesgo de salud, que según algunos expertos se extenderá por tres años.

Un periodo complejo que por momentos produce desazón esencialmente por la ruptura del pasado con un presente que viene cargado de otras realidades. Empero, esto no quiere decir que las urbes no sigan abiertas a nuevos “fundamentos”, pues –como afirmaba Hilberte– llegará el momento en que necesariamente se tendrá que “exilar para siempre a la ciudad tradicional”, y eso significa imaginar una urbe llena de nuevas exigencias.

Por eso, es inobjetable que vivimos momentos singulares y que la visión de las ciudades ha cambiado, pues exige transformaciones en la medida de la nueva vida que lleva el habitante en estos últimos tiempos.

Resulta difícil entender la vacilación de aquellos cuerpos que, así como aparecen, desaparecen rápidamente, lo que nos demuestra que son la fuente misma de toda subjetividad, pero que hoy iniciaron un nuevo tiempo de objetividad, una especie de paradigma de evolución. En esa línea, filósofos como Merleau-Ponti ya aseveraban que “el cuerpo de una persona puede hablar, como la lámpara eléctrica puede volverse incandescente”.

Patricia Vargas, arquitecta

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Supervivencia e imaginación

La creatividad es muy importante para subsistir en tiempos duros como los actuales

/ 11 de junio de 2020 / 06:03

Vivimos momentos en los que la realidad no solo nos demuestra la necesidad de cambios en la vida de las ciudades del planeta, sino que estos vienen cargados de una ruptura en la proyección de su futuro, son planes que estuvieron programados desde las últimas décadas del siglo XX. Sin embargo, todo demuestra que gracias a la vivencia de estos últimos meses hoy existe una nueva visión del vivir del habitante, quien comienza a comprender el valor de la existencia, lo que debiera invitar a repensar la nueva dirección de las ciudades a futuro.

Un virar que conlleva una transformación desafiante no solo para la supervivencia física del habitante, sino también para la proyección a futuro de las urbes, su economía y su cultura. Esto último referido, por ejemplo, a la proyección de aquellas grandes obras arquitectónicas con las que cuentan las ciudades y que hoy ya incorporan cambios no solo para mantener en vigencia su prestigio, sino para atraer a los nuevos visitantes que llegarán posiblemente en dos años.

La historia de la imaginación, según escritos, se inicia con Aristóteles en una de sus obras, Tratado del alma, en la que analiza la necesidad del descubrimiento de la imaginación a través de dos ideas totalmente distintas. “La primera, la imaginación en sí, y la segunda, la imaginación imitativa, reproductiva y combinatoria”. Esta última  —a nuestro entender— se muestra como la más usual en este tiempo.

De esa manera, ciertas ciudades (por ejemplo, de Europa) cuyo prestigio hasta hace pocos meses atraía a cientos de visitantes de otros países gracias a sus magníficas obras arquitectónicas y de arte en general —lo que les generaba altos ingresos por el turismo—, hoy están redescubriéndose y reinventándose rápidamente.

Para ello, uno de sus primeros pasos fue la implementación de la tecnología y su lanzamiento al mundo. Un ejemplo de esto son los videos que se produjeron, en los cuales las obras pareciesen tener vida propia gracias a la dinámica que les dio la informática.

Asimismo, se hicieron intervenciones en el exterior de esos museos, con nuevas propuestas referidas a la iluminación externa, la cual si bien ya existe hace muchos años, se nutre ahora con una variedad de sonidos que dan como resultado tonos por de más híbridos y cuya estridencia no deja de sorprender. Esto por la variación de los niveles de los sonidos, con los que parecieran trasladar a los nuevos tiempos a esas grandes y bellas reliquias históricas.

Así, esa propuesta seguramente logrará atraer al visitante no en estos momentos, sino en un futuro esperemos no lejano. Esas ciudades ya conciben los nuevos caminos por donde transitarán en el futuro para reconquistar a un turismo que es de vital importancia para las arcas de esas naciones.

A nuestra sociedad no se le deben negar los valores creativos innatos de quienes con gran esfuerzo e incluso limitaciones económicas son capaces de crear o imitar obras para su subsistencia, un mérito que nadie puede desmerecer.

Un ejemplo interesante de aquello, y que demuestra la habilidad manual, son algunas mujeres de la provincia Murillo (La Paz) que elaboran barbijos pero con telas típicas y bordados en altorrelieve.

Con ese trabajo, esa comunidad rural logró pedidos hasta de exportación, lo que denota que la supervivencia en tiempos duros como los actuales puede ser afrontada gracias a la creatividad basada en algo ya existente, un hecho que redunda en ingresos económicos para algunas familias de esa región. 

Pero no debemos dejar de valorar otro tipo de trabajos como los de abastecimiento en la época de cuarentena, cuando camiones subían desde Mecapaca cargados de verduras para distribuirlas a medianoche (mercado Rodríguez) a los vendedores minoristas. O en su caso, otra parte de nuestra sociedad que hoy ha reinventado su labor, convirtiendo su negocio en móvil gracias al envío de diferentes productos a domicilio.

Es evidente que son momentos difíciles que vive el mundo no solo porque han limitado nuestra libertad de movimiento, sino de producir economía. Sin embargo, esa realidad —dentro de una mirada positiva— ha sido la artífice para que se aproveche la situación, fundamentándola en la “phantasía aristotélica”, que es elevar un desafío acompañado de la “imaginación imitativa, reproductiva y combinatoria” que propuso hace siglos ese filósofo.

Patricia Vargas, arquitecta

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Tiempos distintos

A pesar de esta situación, no faltan momentos en los que La Paz saca a relucir su cualidad de ciudad efervescente y vital.

/ 28 de mayo de 2020 / 05:19

Nos encontramos en una etapa de la vida urbana que jamás imaginamos, como consecuencia de la aparición de un invitado no deseado (el coronavirus SARS-CoV2), que ha invadido Bolivia y al resto del planeta. Y a raíz de esta pandemia, la vitalidad con la que contaba la ciudad de La Paz ha decaído significativamente, al menos de manera temporal.

Hace 100 años, el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein ponderó el concepto superior del tiempo sobre el espacio, y la nueva realidad que produjo la llegada del ferrocarril a las ciudades le produjo inquietud, pues se convirtió en el mater de la cotidianidad. Esto lo impulsó a asegurar que esta transformación iba a eliminar la vida urbana, y lo único que les quedaba a las urbes era el tiempo. Se trata de una realidad similar a la que vivimos, ya que la pandemia ha hecho desaparecer el valor del espacio público, o por lo menos ha menguado su riqueza.

A pesar de esta situación, no faltan momentos en los que La Paz saca a relucir su cualidad de ciudad efervescente y vital, lo cual no deja de sorprender, sobre todo por el tipo de población que vive en la ciudad sede de gobierno; pues esta pareciera reafirmar su sentido de comercio innato, entre otros. Este motor de la vida urbana lleva al observador a captar el valor del ciudadano, quien, acorde al momento que se vive, aprovecha para emprender algún negocio, por ejemplo, la venta de exóticos barbijos y otros elementos de seguridad requeridos por la gente en esta época de cuarentena.

Así, en ciertos barrios, el ir y venir de la gente, los puestos de venta callejeros y el bullicio a veces desesperante no se han perdido por completo, pero se han atenuado hasta el punto en que a una hora determinada la ciudad se convierte en un fantasma urbano. Un hecho que no deja de lastimar, pues esto sucede por el riesgo que supone el COVID-19 para la población. Lo singular de este momento es que la población camina por la ciudad casi como autómata, con una vestimenta (barbijos, enterizos y lentes especiales) que la hace irreconocible, y un ajetreo que indica que su tránsito por las vías es solo por necesidad.

Se trata de una realidad que impacta, pues denota que se ha convertido en el inicio de un nuevo tiempo de la vida urbana en movimiento. Una especie de confluencia de seres que anónimamente caminan por las calles, inmersos en una realidad que relata el valor del tiempo acelerado en las ciudades. De esta manera, la ciudad inicia una relación contractual con el espacio practicado. Pero lo más interesante es que la vida en movimiento dota de un privilegio a la senda acelerada en el tiempo. Una presencia dominante en el quehacer de la ciudad que consagra al recorrido en el espacio urbano.

Pero hay más. Esta experiencia revela que si bien la ambivalencia de realidades se ha agudizado en los últimos días, los nostálgicos espacios urbanos son por momentos recuperados no para una cohesión social, sino para dejar nuevos signos y marcas históricas, que lograrán enriquecer a la ciudad de La Paz dentro de un nuevo tiempo.

Kant decía: “El fenómeno fundamental es el de la ciudad; ésta se nos ofrece cada vez más compleja y rica, múltiple en experiencias que producen sus habitantes”.  Con ello, demostró que gracias a la diversidad de hechos fortuitos se logra conformar no solo una urbe, sino una pluralidad de ciudades… hasta las más libres.

Patricia Vargas, arquitecta

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