Voces

miércoles 26 ene 2022 | Actualizado a 04:39

Hace 40 años

/ 19 de julio de 2020 / 08:12

El 17 de julio de 1980 amaneció junto al frío invernal de La Paz la inquietante noticia de que la Sexta División de Ejército asentada en Trinidad, se había sublevado al mando del coronel Francisco Monroy Encinas, cuyo propósito no manifiesto era impedir el acceso al poder de la fórmula ganadora en las elecciones realizadas dos semanas atrás. 

Se trataba de un globo de ensayo para calibrar la reacción popular antes de desatar otras fuerzas militares que consumarían el derrocamiento de la presidenta Lydia Gueiler. Ella convocó de inmediato a una reunión de gabinete, a la que acudí presuroso en mi condición de Ministro de Educación y Cultura. 

En el Palacio Quemado se respiraba un ambiente de tensión tenebroso alimentado por la curiosidad de los reporteros y el nerviosismo de los guardias uniformados. Entretanto, el Conade (Comité de Defensa de la Democracia) había citado a una sesión de emergencia a la que asistieron dirigentes sindicales y políticos afines, colmando la sede de la COB situada en El Prado paceño. 

Al filo de mediodía llegó la alerta de que esa casa sindical había sido asaltada y que murió acribillado el caudillo socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz. Enseguida, se anunció que grupos paramilitares se encaminaban hacia la Plaza Murillo. Ante la inminencia de un ataque, la Presidenta nos encargó al ministro de Información Oscar Peña Franco y a mí indagar ese rumor, en Palacio. 

Apenas traspusimos el umbral de magno salón, fuimos sometidos por atrevidos paramilitares, uno de ellos, el conocido sicario “Mosca” Monroy me encañonó con su metralleta, salvándome del percance un edecán presidencial. Entonces, pude escabullirme e informar a Lydia que la situación era insalvable. 

Junto al Canciller Gastón Araoz y los ministros Jaime Ponce García y Salvador Romero, conducimos a la Mandataria hasta la azotea de Palacio por conductos furtivos. Allí permanecimos los ministros ocultos en un entretecho, mientras que la Presidenta, a salvo de los paramilitares, fue llevada por oficiales militares a la residencia presidencial donde pistola al pecho tuvo que firmar su renuncia, para luego asilarse en la Nunciatura Apostólica.

Lo singular de ese golpe es la sincronización con el asesoramiento argentino que fue revelado tiempo después por los servicios de inteligencia brasileños, que identificaron al coronel argentino Julio César Durand como cerebro ejecutor de la asonada. Su presencia prolongada en La Paz como coordinador de labores de inteligencia del Ejército boliviano fue confirmada —años después— cuando el 19 de junio de 1985 el Senado argentino impugnó su promoción justamente por su participación en el golpe de García Meza.

Mientras los militares tomaban posiciones estratégicas en la ciudad, las ambulancias manejadas por mercenarios ululaban por las calles en busca de bolsones de resistencia o la caza de simples ciudadanos adversos.

Paralelamente, nosotros, los tres ministros firmes, pero cautos, pudimos salir de Palacio y encaminarnos en un todoterreno de fortuna hacia la Embajada de Francia (en Obrajes), donde personalmente permanecí tres meses asilado sin poder obtener salvoconducto. Un operativo organizado por el embajador galo Raymond Cesaire me exfiltró clandestinamente junto a otros compañeros hasta Puno, en una travesía rocambolesca por el lago Titicaca.

Ese día aciago, ese 17 de julio, se inició el fin de la era de las dictaduras militares que sojuzgó al país durante 18 años negros, un hecho histórico que como la peste es recurrente, cuando a las agrupaciones políticas las ciega la ambición.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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Haití: el asesinato impune del Presidente

/ 22 de enero de 2022 / 03:24

Desde que accedió a la independencia en 1804, Haití, que ocupa la tercera parte occidental de la isla La Hispaniola, enfrenta un cúmulo de vicisitudes que van de desastres naturales o dictaduras inclementes a invasiones extranjeras o al inepto manejo de su economía basada principalmente en la exportación de café y bananas. Colonizada por Francia, los 11 millones de haitianos, mayoritariamente de ascendencia africana, viven en pobreza extrema, en ese país señalado como uno de los más pobres del mundo.

Aparte de esos factores negativos, ahora se añade el asesinato del presidente Jovenel Moïse, ocurrido la noche del 6 al 7 de julio de 2021 cuando aquel comando paramilitar compuesto de una veintena de pistoleros irrumpió la residencia presidencial sin resistencia aparente de los 642 guardias que cuidaban la seguridad del primer mandatario muerto por 12 impactos de bala, dejando además herida a su esposa que lo acompañaba.

Las pesquisas iniciales instauradas por la policía local y la fiscalía indican la secuencia terrorífica de los hechos, basada en el arresto de 20 agentes de la gendarmería nacional, 3 americanos de origen haitiano y 18 colombianos, todos indiciados como los ejecutores materiales y en las declaraciones de algunos políticos imputados como instigadores del crimen o inductores intelectuales del mismo. Entre ellos, figura el expresidente Michel Martelly. mentor de Moïse, que se dice que no gustaba de los aires de autonomía de su pupilo, a quien ya no podía manipular.

Ciertamente Moïse, debido a algunas medidas impopulares (como el aumento del precio de los carburantes) y el escándalo de malversación de fondos originados por préstamos venezolanos a través del acuerdo con Petrocaribe, habría perdido apoyo ciudadano, razón por la que buscó soporte en alguna de las bandas armadas de narcotraficantes, provocando los celos de las gavillas rivales. Esa hipótesis podría tener asidero si se considera que el 17 de octubre, un acto cívico encabezado por el actual primer ministro Ariel Henry fue disuelto por el jefe gamberro Jimmy Cherizier, apodado Barbecue, por la macabra costumbre que quemar a sus víctimas. Esta vez, Barbecue, con el rostro descubierto y vestido de luto, clamando venganza por el magnicidio, depositó una corona de flores en ese lugar de culto y se retiró escoltado por decenas de sus seguidores al grito de justicia para Jovenel Moïse. Notoria muestra palpable de su complicidad con la víctima de la batalla que se libra entre las mafias que se disputan el control del tráfico de drogas, que junto a los secuestros (950 casos registrados) constituyen la cotidiana actividad criminal en el país. Difícil tarea la de identificar a los autores intelectuales de la matanza, no obstante, son elementos de sospecha los angustiosos pedidos telefónicos grabados del infortunado presidente a quienes hubieran podido socorrerlo, incluyendo al primer ministro Ariel Henry. Ninguno acudió en su ayuda.

Como corolario de ese asesinato, podría deducirse que las ligazones peligrosas con grupos criminales no son aconsejables ni en El Salvador donde Nahib Bukele tiene tratos ocultos con las “maras”, ni en ningún otro lugar con aquellos poseedores clandestinos de armas que las usan para preservar sus propios intereses.

Por ello, es alarmante que en Bolivia no se proceda hasta hoy al arresto de los pandilleros que protagonizaron el secuestro de policías y periodistas en Las Londras de Guarayos. Los escuadrones armados de cualquier color serán siempre un riesgo calculado, incluso para aquellos que creen —ingenuamente— poder manejarlos impunemente.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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La nostalgia zarista de Putin

/ 8 de enero de 2022 / 01:41

En estos días en que se conmemora el trigésimo aniversario de la implosión de la Unión Soviética (26 de diciembre de 1991) ocurrió algo extraordinario que, además del impacto social, conlleva singular gesto político de vasta significación: la boda imperial del archiduque Georges Mikhailovich (40) —un descendiente del zar Nicolás II— con la italiana Rebecca Bettarini (39), connubio al que 1.500 invitados acudieron perifollados a la catedral de San Isaac, en San Petersburgo. Este episodio simboliza el retorno de los Romanov, 104 años después de que el último zar fuera ejecutado en Ekaterimburgo, en 1918, junto a la zarina Alejandra y sus cinco hijos. En un régimen vertical como el que rige la Federación Rusa, nada sucede sin la venia oficial del presidente, se hace evidente que este juzgó oportuno urdir la reconciliación de la nueva Rusia con las notorias tradiciones protagonizadas por aquella familia que dominó el imperio por más de 300 años y que el bárbaro celo bolchevique pretendió erradicar matando incluso a sus inocentes infantes. Irónicamente, ahora, el casamiento fue organizado bajo los ritos ortodoxos y los cánones del protocolo real de otros tiempos. Para esa jornada, se desplazaron monarcas desempleados de las casas reales de Europa entera, ataviados de levita y/o de vistosos uniformes, logrando que San Petersburgo reviva sus luces de la otrora capital imperial.

La figura mayormente visible de los Romanov fue la repleta archiduquesa Maria Vladimirova (68), quien nacida en Madrid es la decana familiar, aunque estén con vida al menos seis pretendientes al imaginario trono moscovita. El escenario parece ser resultado de acuerdos confidenciales del Kremlin con aquel ostentoso clan, por cuanto Putin, al cabo de 21 años de ejercicio omnímodo del poder, desea consolidar un Estado que, sobre los vestigios de la Unión Soviética, pueda ofrecer al pueblo la visión de nación sólidamente amalgamada con las viejas tradiciones de la Santa Rusia, con Vladimir Putin a la cabeza de ese renovado dominio. Como en agosto de 2000, el Concilio Episcopal canonizó al zar y su familia asesinada, se explica mejor la aproximación del presidente con la Iglesia Ortodoxa y sus constantes referencias a la pérdida del poderío soviético como “la más grande catástrofe histórica del siglo XX”. Esas dos señales muestran la irrefrenable añoranza del nivel perdido de superpotencia. A ello obedecen sus aventuras militares de la reconquista de Crimea y la penetración de Ucrania por el Dombass, además del actual despliegue de fuerzas militares en su frontera con aquel país.

Estudiando los orígenes de Putin, su prosapia comienza en la vertiente de sus padres obreros, pero yendo más atrás se sabe que su abuelo Spiridion Putin habría oficiado como cocinero de la familia Romanov, para luego de la Revolución reciclarse en la misma ocupación bajo Lenin y Stalin.

Nacido en 1952, sin ser lúcido estudiante se enroló en el servicio secreto (la KGB) hasta llegar al grado de teniente coronel y espiar en Dresde, donde lo abrumó la caída del muro de Berlín. De retorno a Rusia, siguió fulgurante carrera hasta que el presidente Elsine lo catapultó al cargo de primer ministro, para luego ser elegido por cuatro veces presidente de la federación. Pero solo el poder personal no le satisface en aquel país poco solvente, por ello se empeña en que Rusia fortalezca su potencia militar y extienda su influencia geopolítica hasta los límites de la antigua Unión Soviética. La ambición de Putin podría ser pregonar las glorias de la época zarista ensamblándolas con sus propios logros y llegar a sus 84 años (reelecto como todo autócrata) hasta 2036, término constitucional de su mandato, legando un Estado moderno, actor ineludible en la escena internacional y una renovada autoestima para los rusos. Contando ya con el aval de la influyente Iglesia Ortodoxa, le faltaba la bendición de los herederos del zarismo y con la anuencia de los Romanov en esos fastuosos esponsales, espera se absuelvan los pecados revolucionarios y se inicie una fresca era en la patria donde Vladimir sea el zar de todas las Rusias.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Una abuela en Honduras

/ 11 de diciembre de 2021 / 01:02

Las elecciones del 28 de noviembre fueron aceptadas por oficialistas y opositores, concediendo la victoria de Xiomara Castro (62) por 53%, bien por encima de su principal contrincante, el alcalde Nasry Asfura. Todos los comicios anteriores de los últimos 20 años estuvieron cuestionados por los perdedores atribuyendo fraudes repetitivos. Xiomara se convirtió en la figura emblemática de la resistencia al esquema conservador instaurado luego del golpe de 2009, que expulsó a su esposo Manuel Mel Zelaya (69) de la presidencia, vistiendo solo pijama y pantuflas, pero colado a su inefable sombrero alón, a bordo de aquel avión expreso desde Tegucigalpa hasta San José de Costa Rica. La enérgica acción militar tuvo como motivación que Mel, con entusiasmo deportivo, se acopló a la línea trazada por Hugo Chávez, afiliándose al ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), actitud que alarmó a los sectores más reaccionarios del país y que estimuló a los castrenses a tomar esa drástica decisión. Lamentablemente, desde entonces Honduras confrontó una sospechosa relación de los mandos supremos con las mafias del narcotráfico. En efecto, el actual presidente Juan Orlando Hernández está en la mira de la DEA, implicado por su hermano Tony, que purga cadena perpetua en una prisión americana, sentenciado por tráfico de drogas. Irónicamente, uno de los principales contendores en las recientes elecciones es Yani Rosenthal, liberado luego de cumplir —en Estados Unidos— tres años de condena por lavado de activos oscuros. Dentro de ese escenario, efectivamente, Xiomara aparece más limpia que la madre Teresa de Calcuta y el elector depositó su esperanza en la abuela ejemplar, cuyas inclinaciones izquierdófilas podrían diagnosticarse como una enfermedad infantil, menos grave que aquella que contaminó a sus contrarios, cautivos de vínculos con gente detestable.

Bajo ese aroma malsano, Honduras, una nación que, si bien no tiene los recursos naturales de otras en la región, cuenta en cambio con esa población batalladora contra el medio ambiente, a veces agreste que, por falta de oportunidades laborales, obliga a su juventud a buscar otros horizontes y engrosar esas macabras caravanas para migrar hacia el imaginario paraíso americano. A ello, hay que anotar la amenaza delictiva de las pandillas (las maras) que hacen del secuestro y la violencia callejera una actividad rentable.

En cuanto al mal olor de su clase dirigente, recuerdo con nostalgia las personalidades de brillante fuste que gobernaban otrora desde la máxima testera de Tegucigalpa, como Rafael Villeda Morales (el Pajarito) o Carlos Roberto Reyna (1994-1998), talentoso estadista. Hoy en día, ni siquiera en otros niveles hay jurisconsultos como Max Velásquez o parlamentarios elocuentes tal que Antonio Ortez Turcios, sean liberales o “cachurecos” (conservadores), que hacían del sistema bipartidista un esquema constitucional civilizado. Es triste pensar que la pobreza persistente (60%) y la demagogia populista a la mode se apropien de ese espacio con el riesgo de empeorar la ya preocupante situación económica existente. Xiomara, si oye más a la razón que a su despistado marido, vencerá el reto de reconducir la nave del Estado alejada de las procelosas aguas de la corrupción sistémica y lacerante. En el plano regional, en nada ayudaría a Xiomara aproximarse a aquellos Estados fallidos cuyo remedo de socialismo ha dado por único resultado la expansión del hambre y la miseria. Teniendo en cuenta que buena parte de sus ingresos fiscales derivan de las remesas que envían sus connacionales asentados en el extranjero y de la necesidad de inversiones extranjeras, el relacionamiento soberano pero amistoso con Washington y la Unión Europea se hace inevitable, cuidando de no caer en improvisaciones peligrosas como su vecino salvadoreño, atrapado por las “maras” locales.

Los sinceros amigos de Honduras deseamos a Xiomara buen viaje hacia ese futuro ignoto.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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El periodismo como profesión peligrosa

/ 27 de noviembre de 2021 / 01:47

Aún fresco en la memoria de los bolivianos el secuestro de periodistas en Las Londras, región de Guarayos, perpetrado por aquella cuadrilla de talibanes criollos sin turbante pero con capucha, que preocupa a la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos), la Unesco difunde un recuento estadístico de similares atropellos en el planeta, que culminaron en desapariciones y asesinatos, remarcando que “agredidos, intimidados e incluso asesinados, los periodistas se exponen frecuentemente a riesgos y amenazas por el simple hecho de hacer su trabajo: informar al público”, y para apoyar esa conclusión añade que en el último decenio, cada cuatro días, como promedio, es asesinado un periodista. Dice que, en el mundo, 86 ejecuciones se consumaron solo entre 2020 y junio de 2021. Lo grave es que esos crímenes quedan, las más de las veces, impunes, siendo notoria la lenidad de los sistemas judiciales concernidos. El análisis se basa en cuadros estadísticos desde diversos ángulos en que las cifras son elocuentes:

El número de periodistas muertos fue de 84 en 2006, 66 en 2007, 46 en 2008, 77 en 2009, 65 en 2010; 62 en 2011, 124 en 2012, 90 en 2013; 98 en 2014, 116 en 2015, 102 en 2016, 80 en 2017, 99 en 2018, 57 en 2019, 62 en 2020, y en lo que va de 2021 ya son 24 los colegas asesinados. Más adelante se establece que de 1.167 investigaciones, únicamente el 13% fueron resueltas. En otro aspecto, se califica de “espeluznante” la situación de la mujer en ese medio, donde son víctimas de la violencia y de intimidaciones contra ellas o sus familiares. Otro signo interesante es el cuadro donde aparecen los occisos por país durante el bienio 2018-2019, en aquél sorprende que México sea el campeón universal con 25 casos, mientras Afganistán solo consigna 21. Siempre en la región latinoamericana, Colombia figura con 8, Brasil destaca con 6 bajas; Honduras con 3; Haití con 2 y con una víctima Chile, El Salvador y Nicaragua. Entre los países europeos, asiáticos o africanos se reconoce a un asesinado cada uno y en Estados Unidos a seis muertos, haciendo un total de 156 victimados, entre los que figuran aquellas naciones en guerra como Siria con 15 y Yemen, con 8. También se consignan los ejecutados por rama de actividad, siendo los más afectados los enviados de televisión, seguidos por los de multimedia, radio, internet y la prensa escrita. Este último dato muestra que quienes se exhiben en los canales televisivos se hallan mayormente expuestos a las iras radicales. En Bolivia, el incendio de la casa de la presentadora Casimira Lema, durante la insurrección popular de 2019, es notorio ejemplo. Los corresponsales extranjeros no son precisamente más apetecidos — como objetivo— que los locales, pues de 93 casos en 2018, solamente seis eran foráneos. Finalmente, la tabla de posiciones por regiones geopolíticas desde 2020 hasta junio de 2021, es la siguiente: Asia y el Pacífico: 31 asesinatos; América Latina y el Caribe: 28; África: 12; Estados Árabes: 11; Europa Central y Oriental: 2; Europa Occidental y América del Norte: 2. Lo cual nos lleva a razonar que cuanto menor es la libertad de prensa, mayor es la intolerancia, particularmente en las autocracias, aunque en algunas de ellas como Cuba o Bielorrusia, la inexistencia de medios de comunicación independientes conlleva la ausencia de periodistas profesionales, quedando únicamente como canales de expresión libre, las redes sociales y aun ellas con limitaciones diversas. Por último, los asedios constantes a los reporteros que cubren noticias poco gratas a los gobiernos de turno, aunque no sean objeto de daños letales, son un preludio peligroso para los hombres y mujeres de prensa, confiando que no se llegue al caso extremo del columnista Jamal Khashoggi, quien en 2018 fue despedazado dentro del consulado árabe-saudí en Estambul.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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El último secreto del Presidente

/ 13 de noviembre de 2021 / 02:18

Cuando se creía que todo estaba dicho en las múltiples obras dedicadas a escudriñar la vida pública y privada de aquel enigmático presidente que fue François Mitterrand, apareció hace pocas semanas otra revelación biográfica titulada muy apropiadamente Le dernier secret (El último secreto), elocuente investigación realizada por Solenn de Royer, en 413 páginas (Ed. Grasset), quien presume que ya no surgirán más romances ignotos.

En perfecto ordenamiento, sin innecesaria cronología, combinando el diario íntimo de la protagonista con las confidencias vertidas a la autora, el recuento describe los últimos ocho años de Mitterrand intensamente vividos, hasta su muerte el 8 de enero de 1996, en ligamen amoroso con Claire (nombre cambiado), estudiante de 22 años que transita —apaciblemente— el puente de medio siglo que la separaba de aquel mandatario que peinaba las canas de sus 72 octubres.

Bajo el convenio conyugal de mutua independencia vigente con su esposa Danielle, ese periodo rosa fue quizá la más bella compensación que Mitterrand podía esperar para el final de su vida, aquejado de un cáncer a la próstata que mortificaba el reinado de 14 fructíferas anualidades de poder y de gloria. Leer sus intimidades de alcoba, me llevó al recuerdo del 19 de octubre de 1994, día en que le presenté las cartas credenciales como embajador de Bolivia, cuando observé su tez amarilla y un holgado traje cubriendo su anormal flacura, señales que sobrellevaba con majestad de estilo monárquico, verbo elegante y fina inteligencia. En el relato que comento, fue Claire quien sedujo a François fascinada por su personalidad. Es él quien alguna vez le pregunta en broma qué encuentras en mí, soy pequeño, viejo, fofo y calvo, y ella persiste en esos ocho años de pasión, atendiendo hasta dos veces por día los llamados telefónicos de su hombre siempre tierno, paternal, algunas veces celoso y hasta perverso en sus comentarios. Claire conserva en agendas, las fechas memorables, las horas y los minutos de los telefonemas, cuya minucia la autora transcribe selectivamente. Se narra también aquellos paseos por el barrio latino donde la doncella habita un pequeño apartamento en la rue du Four, esa primera cena a solas, ocasión en que el caudillo se amalgama con su enamorada. Claire evoca, además, los almuerzos, en aquella mesa arreglada para dos en la biblioteca del Palacio del Elíseo y el episodio en que inesperadamente se presentó Danielle a quien, serenamente, el presidente la invita a acompañarlos. Tanto Claire en su confesión, como la escritora en su revelación, mantienen remarcable pudor, hilvanando, más bien, una atípica temperatura de relación entre los amantes. Por mi parte, creo que, dadas las circunstancias etarias y otras aledañas, ese vínculo tan singular evolucionó en amor tántrico pleno de ternura y comprensión recíproca. En cambio, la pareja no se priva de concurrir ocasionalmente a conocidos restaurantes parisinos, donde anfitriones y curiosos confunden a la joven Claire con Mazarine, la furtiva hija adulterina de Mitterrand, comidilla de tanta chismografía local. Todos los datos en el libro están revisados y verificados, inclusive los inocuos regalos que intercambian los protagonistas. Llegado al término de su mandato, Mitterrand se traslada del Elíseo a un apartamento en 9 avenue Frederick Leplay y en ese trajín Claire guarda para sí, entre algunos mementos, copia del inventario de los libros acomodados en 10 cajas de cartón numeradas, un listado que testimonia la profusa erudición del líder socialista. La autora añade en su narrativa mucho detalle para corroborar la verisimilitud de la reseña. Opiniones políticas relevantes y diálogo trivial condimentan las charlas del dueto en decenas de encuentros. Pocos viajes, pero de imperecedera memoria perviven en Claire, incluyendo aquellos en el avión presidencial, asimismo ingenuas averiguaciones como esa en que Claire le indaga por el monto de su sueldo mensual (39.000 francos de la época) o en mayor sustancia si tenía miedo a la muerte. Grave indiscreción para aquel condenado a la pena capital por el cáncer. La resignación de François a esa fatalidad se explica por cuanto su padre y su hermano perecieron por igual dolencia. El postrer susurro verbal entre los amantes es premonitorio cuando ella le dice que lo extrañará esos cinco días de su vacación navideña y él replica que lo extrañará aún más durante 60 años, cuando desaparezca.

Párrafos que mueven a la conmiseración más plena, son aquellos que relata Claire sobre los instantes en que, anoticiada de su fallecimiento, recurre presurosa al lecho mortal y contempla devastada el inerte rostro de su amado. Tuvieron que pasar 25 largos años para que Claire, hoy mujer madura (57) y madre de dos hijos, se anime a confesar ese amasiato que pasará a alimentar la petite histoire tan apetecida por los franceses habituados a fisgonear la cama de reyes y reinas, emperadores, presidentes y celebridades, todos ellos tan poco afectos a la castidad.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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