Voces

miércoles 12 ago 2020 | Actualizado a 20:09

Hace 40 años

/ 19 de julio de 2020 / 08:12

El 17 de julio de 1980 amaneció junto al frío invernal de La Paz la inquietante noticia de que la Sexta División de Ejército asentada en Trinidad, se había sublevado al mando del coronel Francisco Monroy Encinas, cuyo propósito no manifiesto era impedir el acceso al poder de la fórmula ganadora en las elecciones realizadas dos semanas atrás. 

Se trataba de un globo de ensayo para calibrar la reacción popular antes de desatar otras fuerzas militares que consumarían el derrocamiento de la presidenta Lydia Gueiler. Ella convocó de inmediato a una reunión de gabinete, a la que acudí presuroso en mi condición de Ministro de Educación y Cultura. 

En el Palacio Quemado se respiraba un ambiente de tensión tenebroso alimentado por la curiosidad de los reporteros y el nerviosismo de los guardias uniformados. Entretanto, el Conade (Comité de Defensa de la Democracia) había citado a una sesión de emergencia a la que asistieron dirigentes sindicales y políticos afines, colmando la sede de la COB situada en El Prado paceño. 

Al filo de mediodía llegó la alerta de que esa casa sindical había sido asaltada y que murió acribillado el caudillo socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz. Enseguida, se anunció que grupos paramilitares se encaminaban hacia la Plaza Murillo. Ante la inminencia de un ataque, la Presidenta nos encargó al ministro de Información Oscar Peña Franco y a mí indagar ese rumor, en Palacio. 

Apenas traspusimos el umbral de magno salón, fuimos sometidos por atrevidos paramilitares, uno de ellos, el conocido sicario “Mosca” Monroy me encañonó con su metralleta, salvándome del percance un edecán presidencial. Entonces, pude escabullirme e informar a Lydia que la situación era insalvable. 

Junto al Canciller Gastón Araoz y los ministros Jaime Ponce García y Salvador Romero, conducimos a la Mandataria hasta la azotea de Palacio por conductos furtivos. Allí permanecimos los ministros ocultos en un entretecho, mientras que la Presidenta, a salvo de los paramilitares, fue llevada por oficiales militares a la residencia presidencial donde pistola al pecho tuvo que firmar su renuncia, para luego asilarse en la Nunciatura Apostólica.

Lo singular de ese golpe es la sincronización con el asesoramiento argentino que fue revelado tiempo después por los servicios de inteligencia brasileños, que identificaron al coronel argentino Julio César Durand como cerebro ejecutor de la asonada. Su presencia prolongada en La Paz como coordinador de labores de inteligencia del Ejército boliviano fue confirmada —años después— cuando el 19 de junio de 1985 el Senado argentino impugnó su promoción justamente por su participación en el golpe de García Meza.

Mientras los militares tomaban posiciones estratégicas en la ciudad, las ambulancias manejadas por mercenarios ululaban por las calles en busca de bolsones de resistencia o la caza de simples ciudadanos adversos.

Paralelamente, nosotros, los tres ministros firmes, pero cautos, pudimos salir de Palacio y encaminarnos en un todoterreno de fortuna hacia la Embajada de Francia (en Obrajes), donde personalmente permanecí tres meses asilado sin poder obtener salvoconducto. Un operativo organizado por el embajador galo Raymond Cesaire me exfiltró clandestinamente junto a otros compañeros hasta Puno, en una travesía rocambolesca por el lago Titicaca.

Ese día aciago, ese 17 de julio, se inició el fin de la era de las dictaduras militares que sojuzgó al país durante 18 años negros, un hecho histórico que como la peste es recurrente, cuando a las agrupaciones políticas las ciega la ambición.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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Santa Sofía: retorno controvertido al Islam

/ 8 de agosto de 2020 / 11:20

La primera vez llegué casi a pie a Estambul junto a un puñado de condiscípulos del London School of Economics, allá por 1960 cuando esa bella ciudad mitad asiática, mitad europea no contaba ni con medio millón de habitantes. Desde entonces soy visitante reincidente de la metrópoli turca donde inefablemente rindo reverencia a Aya Sofia, la soberbia basílica construida por Justiniano en 537 a.C. para el culto ortodoxo en la antigua Constantinopla. Luego, sería convertida en catedral católica de 1204 a 1261 durante el periodo bizantino que, ante la caída de esa capital imperial ocupada en 1453, por Mehmet, el conquistador, es transformada —a su vez — en mezquita hasta que en 1934 Mustafá Kemal (Attaturk) instaura la República impulsando un proceso de modernización que también toca a Aya Sofia al adaptarla en museo acorde con su concepción del Estado laico. Así fue como por 86 años esa joya arquitectónica era visitada por millones de turistas y en ese marco fue declarada por la UNESCO como patrimonio de la Humanidad, considerado como símbolo de la tolerancia mutua entre el mundo cristiano y el Islam.

Por ello, la decisión del presidente turco Recep Tayyip Erdogan adoptada el 10 de julio pasado de revertir ese sacro lugar como mezquita para la comunidad musulmana, ha provocado un tsunami de protestas en todo el planeta, comenzando —obviamente— por su tradicional enemigo griego, portaestandarte de la Iglesia Ortodoxa, pasando por Rusia cuyo clero es ávido partidario de Putin y por Francia que emitió enérgico reclamo. Amén de otros países cristianos e incluso, musulmanes.

En cambio para Erdogan, la medida es histórica, cuando proclama  que “Turquía se ha desembarazado de una vergüenza, la resurrección de Aya Sofia es un presagio para la liberación de la mezquita Al-Aqsa en Jerusalén “. Preludio de conflicto con Israel.

Por su parte la Unión Europea y particularmente la UNESCO han advertido su desacuerdo con la medida. En efecto, siendo Aya Sofia un sitio declarado como patrimonio de la Humanidad y habiendo Turquía suscrito la convención respectiva, la soberanía que invoca Ankara no tiene lugar y dará origen a agrias disputas dentro de esa Organización.

Inútil anotar que Erdogan con ese paso ha fortificado su influencia en los círculos más conservadores de su país, desplazando al kemalismo más proclive a forjar una imagen pro europea y occidental. Hoy, está claro que para Erdogan el Imperio Otomano será el modelo de la Turquía moderna, al conmemorarse el centenario del Tratado de Sevres (10 de agosto de 1920) considerado por los turcos, como una profunda humillación. Paralelamente, Erdogan acaba de suscribir un memorable pacto de alianza con Faiez Serraj, jefe del gobierno del acuerdo nacional (GAN) en Libia, connubio que cambiará el balance estratégico en el Norte de África y en el Mediterráneo oriental. Con ese convenio se institucionaliza la intervención militar turca, presente ya en Tripolitania para mitigar los avances del Mariscal Khalifa Haftar, fuerte en Cirenaica, en la guerra civil que se libra allí. Sin embargo, la ambigüedad de su política externa muestra que su pertenencia a la OTAN no le impide dotarse de armamento militar en Rusia. Aquellos vaivenes no ayudaran a la sempiterna aspiración de Turquía de devenir algún día miembro de la Unión Europea.

No obstante, Erdogan tiene una baza en el ajedrez geopolítico: su trato con los europeos de contener la avalancha migratoria africana que les preocupa, no como un gesto romántico del versátil sultán, sino por los miles de millones de euros que recibe por ese servicio.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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Crónica de una derrota anunciada

/ 1 de agosto de 2020 / 04:13

Pocos días atrás, el Washington Post publicó una serie nutrida de opiniones y análisis de coyuntura, ante la posibilidad cada vez más evidente de que el 4 de noviembre próximo Donald Trump habrá sepultado su aspiración a la reelección, pero se presume que no aceptará ese revés. El debate suma y sigue, inducido por el titular de la citada crónica ¿Qué pasaría si Trump rechaza aceptar su derrota?

Precisamente, 90 dias antes de los comicios, la pandemia del COVID-19 complica la mecánica electoral al desaconsejar las aglomeraciones humanas, sea en concentraciones políticas o en los recintos electorales. En contrapartida, la ley acepta como perfectamente válidos los votos emitidos por correo. Esa modalidad es la que objeta Trump como la puerta expedita para denunciar —a priori— un grosero fraude en su contra. Ociosos investigadores contabilizaron que cerca de 50 veces, el Presidente había observado el voto postal. Y es, justamente, esa obsesión la que sirve de base a los comentaristas para tejer conjeturas sobre las oscuras intenciones de Trump de urdir un plan B: deslegitimizar —desde ahora— el proceso eleccionario para —luego— impugnar sus resultados. Ello —dicen— daría lugar a una batalla legal parecida a aquella que libraron en 2000 Al Gore y George W. Bush apelando a la Corte Suprema de Justicia, para que dirima la controversia.

Un elemento adicional es que el tenebroso virus que ya causa notorio ausentismo en las elecciones primarias será aún más amplio en las presidenciales. Otro indicador que huele a una huida hacia adelante es la aseveración de Trump sobre supuestos migrantes indocumentados que votan en las elecciones, particularmente, en el estado de California.

Aunque según las últimas encuestas de opinión, el postulante demócrata Joe Biden está encima de 18 puntos porcentuales sobre su adversario, dentro del sistema, en el Colegio Electoral se requieren 270 asientos para vencer la contienda. El voto popular no cuenta. En efecto, en 2016, Hillary Clinton obtuvo varios millones de votos más que Trump. Por lo tanto, la última palabra no está dicha.

Ilustres profesores ante la presunción de un probable empecinamiento de Trump en reconocer la victoria de su contrincante citan la vigésima enmienda constitucional que a la letra dice: “El mandato terminará al mediodía del 20 de enero y, entonces comenzará el periodo de su sucesor”. Si aun así el cuestionado magnate resiste, Biden ironizó que “los militares lo escoltarían hacia afuera de la Casa Blanca”. Mas seriamente, declaró que contrató 600 abogados en caso de chicanerías y la archienemiga de Trump, la presidente de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, añadió: “Si no quiere salir, habrá que fumigarlo para que salga”.

Comentando la alta temperatura política imperante, Peter Wehner, en su columna de The Atlantic se refiere a las evasivas respuestas del mandatario durante su reciente entrevista con el periodista Chris Wallace y concluye que se trata de un hombre psicológicamente destruido, vengativo, “prisionero de sus resentimientos” que se cree incomprendido, lo que le provoca un sentimiento de autocompasión. Ese estado de ánimo unido a la hipertensión de su ego, lo induciría a cometer cualquier atropello a fin de rescatar su autoestima.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Bolton: Memorioso de bigote

La obra de Bolton es insoslayable para comprender el proceso de toma de decisiones en la Casa Blanca

/ 12 de julio de 2020 / 10:24

Su figura de abuelo con ostentosos bigotes blancos es familiar en los altos círculos de poder del mundo y cobró mayor relieve cuando DonaldTrump lo llevó a su lado como Consejero de Seguridad Nacional desde abril de 2018 hasta que lo echó en septiembre de 2019. Como la venganza es un plato que se come frío, el ofendido tardó pocos meses para contar en 290 páginas sus recuerdos, en un libro publicado por Simon & Schuster titulado El cuarto donde éso pasó (The Room where it Happened). En realidad, son solo 204 fojas sustantivas, más 20 que ofrecen fotos de momentos estelares, 22 con notas de pie de página y 40 que registran un copioso índice onomástico de los protagonistas citados en sus 15 capítulos.

Los avances publicitarios y los críticos apresurados solo resaltan ciertos pasajes anecdóticos donde se detecta la ignorancia geográfica del mandatario (¿“Finlandia, es satélite o parte de Rusia?”) o sus agrias opiniones acerca de sus homólogos, (“Todo lo que toca Macron, lo convierte en mierda”, página 173) así como su marcada hostilidad hacia Angela Merkel o Justin Trudeau, el desprecio a sus subalternos o a países que detesta. Sin embargo, las memorias de Bolton son algo más, mucho más. En primer término, nos retrata al presidente en calzoncillos, tal como es cotidianamente: improvisador impenitente, grosero en el trato humano, vulgar en su léxico diario, manipulador por excelencia, presa de una obsesión enfermiza por conservar el poder, con un ego que le atrofió la inteligencia, candidato a su reelección dispuesto a rifarlos más caros intereses nacionales a cambio de votos electorales. Avaro con los fondos fiscales, presto a sacrificar avances geopolíticos con tal de ahorrar unos miles de dólares.

Bolton, odiosamente ultraderechista, es además un académico riguroso y todos sus juicios están respaldados por fuentes seguras, con datos de relojería impecable, descripción de lugares y situaciones irrefutables. El memorioso funcionario anotaba con pasión de contador, sus charlas con Trump y los diálogos de éste con dignatarios extranjeros. Mementos de sabrosa tertulia son aquellos en que se preparaban planes de contingencia para cumbres o reuniones programadas para negociaciones bilaterales, en las cuales los cocineros principales aparte del autor, eran el secretario de Estado Mike Pompeo, el de Defensa, el del Tesoro, y otros adláteres que se juntaban en la famosa oficina oval para decidirla suerte del planeta:territorios escogidos a ser invadidos, bombardeos de puntos neurálgicos, sanciones económicas o simples intrigas diplomáticas. La enorme concentración de poder en manos de un solo hombre impredecible y cambiante ponía frecuentemente en aprietos a sus leales colaboradores que lo detestaban en silencio y soportaban humillaciones con estoico patriotismo.

Una condicionante recurrente del humor presidencial era y son sus tuits que por imprudentes e inesperados echaban por la borda arduas preparaciones en el frente externo. Las críticas de los medios y en las redes sociales eran pesadillas insoportables para Trump que provocaban sus estallidos temperamentales con interjecciones escatológicas como “holly shit” (mierda sagrada) o cuando evocaba la crisis en Afghanistan “we’re going to blow their fucking country into million pieces” (volaremos su maldito país en millones de pedazos).

Suafánde figurar en primera plana, lo lleva a promover encuentros con detestables autócratas, aun a costa de la seguridad nacional como con el norcoreano Kim Jong un, el turco Erdogan o con los talibanes a quienes estaba dispuesto a recibir en la Casa Blanca.

América Latina es casi inexistente en el universo geográfico de Trump, aparte de su promesa electoral de erigir aquel muro en la frontera con México o el fiasco de la elevación de Juan Guaidó a la presidencia de Venezuela, ni siquiera la relación con Cuba le preocupa. Eso sí, los votos hispanos en la Florida o en California están en su lista de seducciones.

En suma, la obra de Bolton es insoslayable para comprender el proceso de toma de decisiones en la Casa Blanca y conocer la singular personalidad de su actual inquilino.

*Es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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El rey en su laberinto

El rey emérito Juan Carlos está atrapado por millonarias sumas depositadas en fundaciones bajo su control

/ 28 de junio de 2020 / 07:34

En los ajetreos diplomáticos me crucé varias veces con aquel apuesto monarca, desbordante en simpatía, de contagioso sentido del humor, hacedor de la historia contemporánea del Reino de España y forjador garante de su democracia moderna. Siguió a su padre Don Juan al exilio en Portugal, donde el dictador Franco lo cautivó para ser el artífice de la transición democrática. Popular en las reuniones presidenciales iberoamericanas, era mediador entre sus pares y conciliador de diferendos. Lo visitamos con el entonces presidente Sánchez de Lozada en su Palacio de la Zarzuela y luego con su sucesor Carlos Mesa, lo recibimos en Santa Cruz, el 17 de noviembre de 2003 para que dirija la 23ª Cumbre Iberoamericana. Ser jefe de protocolo ofrece la oportunidad de testimoniar eventos históricos sin necesariamente ser protagonista de éstos. En otra ocasión, alterné con él durante los funerales del mandatario galo François Mitterrand. Todos esos recuerdos de imagen vuelven a mi memoria cuando leo en la prensa europea el calvario que está sufriendo el rey emérito Juan Carlos atrapado por millonarias sumas depositadas en fundaciones bajo su control.

Como “la donna e mobile” no sorprende que su antigua amiga Corinna zu Sayn- Wittgenstein (56) aristócrata alemana, sea la principal divulgadora de sus secretos bancarios, además de ser también la más notoria beneficiaria, pues la largueza royal depositó en su cuenta de Bahamas 65 millones de dólares. En efecto, el viejo Rey, cercano amigo de varios monarcas de los estados petroleros del Golfo, recibió suculentos regalos —entre ellos— 100 millones de dólares del Gobierno saudí, una maleta depositada en Suiza con 1,74 millones de euros de parte del emir de Bahrein, la propiedad “La Mareta” en las Canarias, obsequiada por el rey jordano Hussein, el yate “Fortuna” de manos del saudí Fouad, etc. Éstas y otras gollerías aterrizaban en su Fundación Lucum registrada en Panamá. Todas esas transacciones fueron reveladas por la aristócrata sajona a Manuel Villarejo, excomisario de la Policía española, infidencias que fueron recogidas por instancias judiciales suizas que investigan a fondo el asunto.

Añádase a ello que Felipe VI se desmarcó ostensiblemente de esa Fundación y además anuló a su padre el emolumento anual que éste percibía de la Casa Real, como anteriormente había retirado a su hermana Cristina, el título de Duquesa de Palma de Mallorca, cuyo marido el basquetbolista Iñaqui Urdangarin fuera condenado a cinco años de cárcel por malversación de fondos fiscales.

En su descargo podría afirmarse que las ligazones peligrosas cultivadas por Juan Carlos con los jeques árabes lo convirtieron en el mejor lobista que tuvo España para obtener jugosos contratos en ventas de armamentos y otras bien retribuidas inversiones.

Aquellos infortunios reales han ciertamente restado el respaldo popular a la monarquía, que algunos sondeos le otorgan —ahora— solo el 4,34 sobre 10 de apoyo. Sin embargo, esa ficción gubernativa continúa siendo símbolo de estabilidad institucional y cordón umbilical de la unidad nacional en el Reino, no obstante que, según encuestas, si se convocase a un referendo, los partidarios de la monarquía sumarían 47% frente a una cifra semejante de republicanos. Un empate catastrófico que agrava las actuales circunstancias de la política doméstica hispana.

Carlos Antonio Carrasco,
es doctor en Ciencias Políticas, miembro de la Academia de Ciencias de Francia de Ultramar.

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Libros para después de la pandemia

El vespertino parisino Le Monde auscultó la opinión de 40 escritores acerca de un libro que aconsejarían

/ 14 de junio de 2020 / 06:11

¿Qué Mundo vendrá después? es la tenebrosa interrogante en la mente de los aterrados terrícolas quienes a diario esquivan la muerte en todo momento y cualquier lugar.

Bajo esa pregunta, el prestigioso vespertino parisino Le Monde auscultó la opinión de 40 afamados escritores acerca de un libro que cada cual de ellos aconsejaría a sus lectores. Entre las obras escogidas y las razones para ser incluidas se registra piezas maestras de la bibliografía universal y otras no tanto. En todo caso, la encuesta sirve para ponerse a tono con lecturas olvidadas o descuidadas o simplemente para descubrir otras de las que desconocíamos su valor o su sola existencia. Comienzo por destacar los 14 títulos más divulgados:

1.- La divina comedia, de Dante Alighieri (1472). Esta reseña nos dice lo esencial de nosotros mismos desde su inicio fervoroso: “Nel messo del cammin di nostra vita/mi retrovai per una selva oscura…”

2.- La vida por delante de Roman Gary (1975), quien fuera Agregado Cultural de Francia, en La Paz.

3.- Viajes en Italia de Stendhal (1817). Un homenaje a la bella Italia tan duramente golpeada por la horrible pesadilla.

4.- Los alimentos terrestres de André Gide (1897). Leerlo es evadirse para retroceder y repensar nuestra existencia en términos más dulces y humanos.

5.- Las almas muertas de Nicolás Gogol (1842). ¿Cuánto valen las macabras estadísticas que cada tarde nos traen las noticias del COVID-19?

6.- Las grandes esperanzas de Charles Dickens (1861). Cuando el héroe comprende que se equivocó en todo y que no le queda sino revenir sobre sus pasos.

7.- Al otro lado del espejo de Lewis Carroll (1871). La memoria se ejerce simultáneamente entre el pasado y el futuro y en medio del laberinto, la salida es difícil.

8.- Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes (1605-1615). Como el hidalgo, tendremos que inventarnos un futuro y mirar con nostalgia el pasado.

9.- De la democracia en América de Alexis de Tocqueville (1835). Se dice que en la historia no hay causas sino efectos. Uno de ellos será la invención de una nueva arquitectura democrática, con receta universal.

10.- Los ojos de Elsa de Louis de Aragón (1942). Solo la poesía nos ayudará a cruzar los puentes: celui que croyait au ciel/celui qui n’y croyait pas/tous deux adoreaient la belle/prisionniere des soldats.

11.- Cándido o el optimismo de Voltaire (1759). Después del terremoto de Lisboa (1775), el subsiguiente tsunami y otras calamidades, la reflexión del viejo cínico es que el objetivo no sea el poderío, sino el goce de la vida de cada cual.

12.- Le Cantique de l’apocalypse joyeuse de Arto Paasilinna (2009). Donde una pluma finlandesa describe lo cotidiano de una aldea que sobrevive a la debacle universal.

13.- Nunca volveré a ver el mundo de Ahmed Altan (2019). Textos redactados en una prisión turca, el peor de los infiernos que no apaga el ansia de vivir, pese a la escasa perspectiva.

14.- La constelación del perro de Peter Heller (2013). Novela que es una canción pastoral de elegía del apocalipsis que deja como elementos terminales solo la amistad y el amor.

Carlos Antonio Carrasco
es doctor en Ciencias Políticas, miembro de la Academia de Ciencias de Francia de Ultramar.

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