Voces

jueves 19 may 2022 | Actualizado a 07:42

Ojos que ven

/ 19 de julio de 2020 / 00:58

Cuando era jovencita, escuchaba las historias de quienes lucharon en las dictaduras de los años 70 con gran admiración, y en el fondo, con cierta envidia. Ellos vivieron tiempos heroicos. Ellos tuvieron la oportunidad de arriesgar el pellejo. Ellos enfrentaron dilemas verdaderos, fueron como el Che en forma y fondo —no sólo se lo tatuaron en el ombligo. 

Era una ingenuidad, que se hace amarga hoy al comprobar que en Bolivia vivimos una nueva versión de esas dictaduras. Para demostrarlo no voy a hacer un recuento de heridos, muertos, perseguidos, encarcelados —porque ellos están ahí, mirándonos con espanto. El que quiere verlos, los ve. Los otros, cierran los ojos.

El que tiene ojos para ver reconoce que en América Latina la democracia liberal ha llegado a su fin, y la pandemia le está dando el tiro de gracia. Estamos entrando a un nuevo ciclo: un neoliberalismo dictatorial, una Dictadura 2.0

En esta neo-dictadura ya no basta con controlar los medios masivos, porque los pueblos se comunican y se organizan por las redes. Ya no basta con organizar partidos de derecha y competir en elecciones, porque los pueblos han entendido el juego de la partidocracia y votan con militancia por sus propios proyectos. Por eso aparece de nuevo la cita nefasta de Kissinger para justificar el golpe de Pinochet en Chile: “No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras un país se hace comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo”.

Toca entonces desechar la democracia, que ya no es útil a los intereses de quienes mandan. En Bolivia estamos otra vez como en los 70: movilizándonos para que se nos permita votar, ese derecho que creíamos conquistado hace décadas. No me extrañará que esa lógica empiece a aplicarse en toda la región, porque el ejemplo de Argentina ha encendido alarmas. Si le das al pueblo la posibilidad de elegir, generalmente comete la imprudencia de no votar por sus enemigos. ¡Qué desatino! Usando la pandemia como excusa, Chile ha suspendido hasta nuevo aviso su referéndum constituyente. Ecuador quiere postergar sus elecciones, a pesar de que no le tocan hasta el año que viene. 

El mecanismo de la judicialización y criminalización de quienes se oponen al neoliberalismo ha funcionado por un tiempo, el caso de Brasil es emblemático. Pero en un mundo donde todos graban sus interacciones para cuidarse las espaldas, donde todo se filtra y se divulga, es un camino que tarde o temprano resulta contraproducente. Mejor eliminar de una vez ese incordio: Elecciones libres, inclusivas, transparentes… ¡a quién se le ocurre! Mejor eliminar parlamentos, constituciones, defensorías del pueblo, puros obstáculos al régimen de Orden, Paz y Trabajo que quieren revivir los que mandan. 

¡Ah! Los viejos, buenos tiempos… cuando ningún indio podía votar o entrar a la plaza o se atrevía a mirarlos de frente; cuando las leyes estaban hechas para que puedan estafar y robar y hacerse ricos a costilla del Estado, sin que nadie los fiscalice. Un gobierno de militares, curas y empresarios: eso es lo que hace falta para que cada quien vuelva al sitio que le corresponde. Eso es lo que maquinan, al amparo de la pandemia.

Inicia un nuevo ciclo de oscuridad, pero llegamos a él con ojos nuevos. En las calles se multiplican las miradas, todos tienen una cámara-teléfono con la que se registra, se documenta y se viraliza la historia. Ya no pueden mentirnos, escondernos ni amedrentarnos. Parece que hemos retrocedido décadas, pero no es cierto. Estamos en una oscuridad distinta, en una tiniebla fértil, regada por décadas de haber visto que es posible construir dignidad, soberanía, esperanza, conquistar derechos para todos y todas. No nos van a quitar esas certezas, aunque nos quiten los ojos. Porque nuestros ojos están, al fin, bien abiertos. Y miran.

Verónica Córdova es cineasta.

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Saludos a Nadia

/ 8 de mayo de 2022 / 00:53

Nadia Cruz no es amiga mía. En realidad solo la vi personalmente una vez, cuando le hice una entrevista. Sin embargo, siguiendo de cerca los días aciagos de noviembre de 2019 y el doloroso 2020, la encontré muchas veces, fuerte y presente.

No puedo pretender juzgar su gestión al frente de la Defensoría del Pueblo, ni opinar acerca de las decisiones asumidas por ella desde que le tocó suplir a quien había sido designado para ese cargo de vital importancia. Como ciudadana de a pie (o de a minibús, que es como normalmente me muevo) solo puedo atestiguar lo que he visto y escuchado. Y, como investigadora interesada en los eventos recientes, lo que he leído y averiguado en mi esfuerzo de entender y superar las rupturas que a todos nos duelen.

Y debo decir que, entre octubre de 2019 y octubre de 2020, cuando nuestra sociedad estaba dividida, cuando campeaban la impunidad y el atropello, cuando muchos callaban por temor o complicidad, Nadia estuvo presente. Hizo su trabajo, que es más de lo que se puede decir de muchos otros. En un momento en que otras instituciones llamadas a defender los derechos de las personas eran cómplices o perpetradoras de persecuciones, violencias y masacres, Nadia y su equipo hicieron lo que tenían que hacer: defender al pueblo.

No es casual que el párroco de Senkata —otro de los héroes anónimos de esta historia— la llamara a ella cuando en su capilla se acumulaban los cuerpos ensangrentados de las víctimas de la represión policial y militar. No es casual que, mientras la prensa nacional callaba o mostraba el dormitorio de Evo, los únicos informes fidedignos y con contabilidad de muertos, heridos y presos que se difundieron hayan salido de la Defensoría. No es casual que los únicos interlocutores que tenían los cientos de detenidos injustamente, hayan sido personeros de la Defensoría del Pueblo.

Por todo eso, no es casual tampoco que su oficina haya sido vandalizada y tomada por grupos paramilitares, que los amenazaron y obstaculizaron su trabajo durante semanas. No es casual que la Defensoría del Pueblo haya sido la única instancia estatal a la que se podía acudir durante el reinado macabro de Murillo y Rojas. Por supuesto: Nadia y su equipo no podían hacer mucho más que documentar, denunciar o, en el mejor de los casos, interceder. Pero en un entorno dictatorial y represivo como el que vivimos durante 2020, eso ya es mucho.

Con todos estos antecedentes, no es casual que el nombre de Nadia Cruz como candidata a la Defensoría del Pueblo en esta nueva etapa haya sido impugnado por la oposición en la Asamblea. Otra vez, como ciudadana de a pie, no tengo conocimiento ni de los justificativos para su impugnación, ni de los méritos o puntajes de los candidatos que quedaron en carrera. Si a pesar del boicot de la oposición, se define el nombre del nuevo Defensor o Defensora en estos días, le daré todo el apoyo y esperaré a que su trabajo esté a la altura de lo que el pueblo espera.

Pero creo que, como sociedad, le debemos un agradecimiento a Nadia Cruz y a su equipo en la Defensoría, a quienes les tocó uno de los momentos más complejos de nuestra historia y supieron enfrentar con serenidad y valor todos los odios, dolores y amenazas. En el clima mezquino y polarizado en el que vivimos hoy, dudo que alguien se detenga a decirlo. Así que, como ciudadana de a pie, yo lo hago: gracias, Nadia. Gracias por defender al pueblo cuando más lo necesitaba.

Verónica Córdova es cineasta.

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El laberinto de la choledad

/ 24 de abril de 2022 / 00:14

Para meter mi cuchara en el debate acerca del mestizaje en Bolivia me pareció adecuado usar el título del célebre ensayo de Guillermo Nugent sobre el mestizaje en Perú —a su vez una paráfrasis de El Laberinto de la Soledad, célebre libro de Octavio Paz sobre el mestizaje en México.

Y es que el debate sobre el mestizaje no es nuevo, ni en Bolivia ni en ningún otro país latinoamericano. Desde la independencia de nuestros Estados “el problema del indio” o “la cuestión negra” fueron asuntos debatidos con fiereza en círculos académicos y políticos. Los intelectuales del siglo XIX y principios del XX no se ponían de acuerdo acerca de la posibilidad real de integrar a indígenas y negros en el proyecto nacional. Las diferentes “soluciones” planteadas a ese debate están representadas en novelas, obras de teatro y películas silentes o sonoras de la época.

En países donde el componente indígena era muy minoritario, como Argentina, Chile o Uruguay, establecer una identidad blanqueada como molde requería exterminar a los indígenas que quedaban. Eso se logró primero masacrando a los indígenas que quedaban en campañas de exterminio y esclavización como la de 1879 en las Pampas o la de 1886 en Tierra del Fuego, y luego eliminando su existencia de la memoria histórica. En Chile el proceso de eliminación física o cultural de los mapuche, por ejemplo, sigue en curso.

En países donde los indígenas o negros eran muchos como para ser exterminados, como en Brasil o México, la estrategia fue más bien generar un blanqueamiento por la vía de la mezcla. Mientras más se cruzaran los grupos por matrimonios o violaciones, podía esperarse que poco a poco los genes indios o africanos se fueran “limpiando” por contacto con los genes “superiores” de los blancos. Esta idea de “mejorar la raza” se profundiza al incentivar a lo largo del siglo XX migraciones europeas, a la vez que se llevan a cabo campañas de educación en territorios indígenas con el objetivo de ir eliminando las costumbres “atrasadas” y enseñando español a los niños. Se crea así en México, por ejemplo, el ideal nacional del “mestizo cósmico”: un mexicano superior, que nace con las mejores cualidades de indígenas y de blancos.

Pero en países con mayoría indígena como Perú o Bolivia, la mezcla podía traer la consecuencia de “oscurecer” la raza en lugar de blanquearla. Por eso en las representaciones culturales y la vida cotidiana, lejos de incentivar los matrimonios entre grupos sociales distintos, se generó un horror al mestizaje que queda magistralmente ilustrado en ese manual del racismo nacional llamado Pueblo Enfermo, de Alcides Arguedas. Para ese ensayo (que todavía muchos intelectuales de derecha citan como válido) el blanco y el indio bolivianos son seres que, si bien tienen defectos, pueden aún ser salvables si se mantienen cada cual en su espacio y rol determinados. Pero todos los males que aquejan a nuestra Patria, según Arguedas, devienen de la presencia de la mezcla llamada cholo o mestizo, que concentra en sí (en perfecto opuesto al modelo mexicano) las peores cualidades de indígenas y blancos.

Dados estos antecedentes, resulta interesante que la derecha de hoy se rasgue las vestiduras por el supuesto “ninguneo” al que serán sometidos en el Censo al obligarlos a marcar “Ninguno” como respuesta a la pregunta referida al autorreconocimiento étnico. Insisten en que en lugar de “Ninguno” se añada a la boleta la categoría de “Mestizo”.

La palabra Mestizo es problemática debido a que implica una mezcla racial que, como expliqué antes, es una categoría decimonónica de clasificación, largamente desechada por la ciencia contemporánea. En la especie humana no existen “razas” que se puedan blanquear, oscurecer, mejorar o empeorar por la vía del mestizaje. Lo que existen son experiencias, culturas y jerarquías que se mezclan y enriquecen de manera continua y que en el contexto boliviano son mejor representadas por la expresión “choledad” que por “mestizaje”. Propongo entonces una solución salomónica: pongamos en la boleta la respuesta “Cholo/a” como alternativa a “Ninguno”. Y veamos qué pasa.

Verónica Córdova es cineasta.

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Que la guerra no me sea indiferente…

/ 10 de abril de 2022 / 02:06

Imagina un país surgido de las ruinas del muro de Berlín y el desmantelamiento de la Guerra Fría, donde una “revolución de colores” obliga al Presidente a renunciar y salir al exilio. Imagina que el vecino más rico y poderoso de ese país, molesto con la dirección que toma el nuevo gobierno, inicia una guerra y desencadena destrucción, destierro, masacres y hambruna. Otros países intervienen para enviar armas, financiamiento y asesores hasta convertir el conflicto interno en una proxy war, como se le llama ahora a la guerra internacional indirecta.

No estoy hablando de Ucrania, sino de Yemen. Una guerra que lleva ya siete años, pero de la que probablemente sabes casi nada. Las imágenes de sus escuelas y hospitales destruidos, de sus muertos a la intemperie, de sus bodas bombardeadas y de sus niños famélicos no se ven en todos los noticieros, ni te llegan mensajes de solidaridad con Yemen en tu muro de Facebook.

Como la de Yemen hay decenas de guerras que, a pesar de que llevan años desangrándose, nos han sido indiferentes. Si un árbol cae en el bosque y nadie está ahí para escucharlo: ¿ha caído realmente? Si una guerra ruge en algún lugar lejano y ningún medio internacional la cubre: ¿tiene alguna consecuencia? Arabia Saudita y la coalición árabe que bloquea Yemen por aire, tierra y mar, impidiendo el ingreso de alimentos y medicinas, ha provocado la peor crisis humanitaria del mundo contemporáneo, incluyendo entre sus horrores la muerte por inanición de miles de niños y ancianos. Y sin embargo, Arabia Saudita no ha sido sancionada económicamente ni expulsada de foros internacionales, sus medios de comunicación no han sido censurados y sus súbditos no son objeto de represalias: todo lo contrario. Estados Unidos y varios países de la Unión Europea les proveen de armas para que continúen bombardeando a su vecino más pobre y pequeño.

Que lo injusto no me sea indiferente…

Imagina un país que ha sido invadido y ocupado por un imperio poderoso por 20 años. En ese tiempo, lejos de llevarles libertad, democracia y prosperidad los invasores han saqueado sus riquezas minerales y petroleras, han llevado sus mercenarios para “pacificar” y a sus empresas para “reconstruir”, generando una corrupción tan inconcebible que los mismos fundamentalistas a quienes expulsaron del poder han regresado triunfantes para recuperarlo, mientras los invasores y sus aliados huían despavoridos. Estoy hablando de Afganistán, aunque es muy fácil confundirse con ocupaciones similares, como la de Irak o la de Libia, perpetradas por el mismo invasor.

Durante los 20 años de ocupación norteamericana, la economía afgana no floreció (como no florecieron la libertad ni la democracia). El país vivió de la ayuda internacional, que se ha retirado en cuanto los talibanes regresaron. Además de incautar sus reservas financieras, Estados Unidos ahora ha decidido repartir una parte importante del dinero afgano entre los familiares de las víctimas del ataque del 11 de septiembre. Mientras tanto, la crisis humanitaria entre el pueblo afgano empieza a parecerse mucho a lo que han vivido los yemeníes en los últimos años.

Pero Estados Unidos no es sujeto de sanciones ni de reprimendas. No ha sido expulsado del Consejo de Derechos Humanos: al contrario, se retiró voluntariamente después de que la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos denunciara a ese país por separar a los niños migrantes de sus padres y encerrarlos en jaulas.

La guerra es, para todos, siempre, un monstruo grande que destruye la inocencia de la gente. En Ucrania, en Irak, en Yemen, donde sea: no hay buenos y malos, no hay defensores y defendidos. Hay solamente intereses que se alimentan de la desgracia y se enriquecen de la muerte ajena.

Que el engaño no nos sea indiferente.

Verónica Córdova es cineasta.

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Cómo duele ser cineasta

/ 26 de marzo de 2022 / 22:44

El título es un homenaje a la película Cómo duele ser pueblo, filmada por el maestro Hugo Roncal y que recién pudo ser estrenada esta semana en celebración por el Día del Cine Boliviano.

Don Hugo, uno de los documentalistas más grandes que ha dado el país, produjo esta su primera y única película de ficción con enorme esfuerzo, dolor y sacrificio; los mismos esfuerzos y sacrificios que Juan Pablo Ávila realiza para sacar adelante el Festival de Cine Diablo de Oro, que se celebra en Oruro y fue el espacio donde se estrenó la película de don Hugo.

Y es que ser cineasta, gestor audiovisual y hasta cinéfilo es en Bolivia muy doloroso. Don Hugo filmó con sus estudiantes del Taller de Cine de la UMSA a principios de los años 80, pero nunca logró editar su película. En su lecho de muerte, hizo que sus hijas le prometieran finalizar la obra que dejaba inconclusa. Las hijas, que no son cineastas, perseveraron hasta conseguir que Fernando Vargas aplicara a esta obra la metodología y experticia que obtuvo al reconstruir otra obra perdida del cine boliviano: Wara Wara (José María Velasco Maidana, 1930).

Cómo duele ser pueblo se concluyó gracias al Proyecto de Intervenciones Urbanas, una de las pocas iniciativas de gran envergadura en fomento a la cultura que hubo en Bolivia —y fue truncada por el golpe de Estado y el gobierno de facto. A pesar de ello, varias de las películas nacionales que están empezando a estrenarse se beneficiaron de esta iniciativa, que ya no existe a pesar de su importancia.

No ha sido fácil que se cumpla el sueño de don Hugo de que su película se vea en la gran pantalla: pocas salas de cine o empresas distribuidoras se animan a exhibir una cinta clásica, sin superhéroes ni gran factura técnica. Asumen que esas carencias llevarán automáticamente a otra ausencia: la del público deseoso de verla.

Y es que, si era duro para don Hugo ser cineasta, hoy es todavía más doloroso para quienes tenemos la osadía de serlo en un país como Bolivia. Mientras en nuestras ciudades se multiplican las salas de cine, es cada vez más difícil encontrar audiencia para nuestras historias. Si bien cada persona ve hoy más contenido audiovisual que nunca antes en la historia, cada vez menos se accede a este material en la gran pantalla. La televisión, la computadora y el celular son ahora los espacios donde se consumen imágenes en movimiento —y son justamente los espacios donde las películas bolivianas solo acceden en forma gratuita o pirateadas.

La Ley de Cine, aprobada en 2018 después de años de lucha, no se aplica por falta de reglamento. Hace tiempo que no accedemos al financiamiento iberoamericano a la producción de Ibermedia, porque Bolivia no ha pagado la contraparte comprometida. El fondo de fomento de la Agencia de Desarrollo del Cine se lanzó en 2020, pero nunca anunciaron resultados. El pequeño fondo que otorgaba el municipio de La Paz no cumplió con sus beneficiarios en 2021, recién ahora después de mucho pataleo algunos proyectos están cobrando a cuentagotas, mientras que hay proyectos de 2020 que todavía siguen impagos.

Todo este rosario de dolores, justo en un momento en que la soberanía audiovisual es más importante que nunca: para representarnos a nosotros mismos, para plantear con qué modelos se van a identificar nuestros hijos. Para tener derecho a decidir qué vemos y qué mostramos de nosotros al mundo.

El cine es un arte fundamental en la batalla por la identidad propia. Y sí: es muy costoso tener cine boliviano. Pero es todavía más costoso para el país no tenerlo.

Verónica Córdova es cineasta.

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8M

/ 13 de marzo de 2022 / 00:34

Soy nieta de dos abuelas eternas, hija de una madre inmensa y hermana de cuatro guerreras. Por eso me emocionó ver a mi hija adolescente marchando entre globos violeta y tambores femeninos, defendiendo su derecho a vivir sin violencia.

Cuando la escucho a ella y a sus amigos de todos los géneros y orientaciones, me entra un solecito de esperanza en el cuerpo. Son una generación lúcida y valiente, alimentada de muchas influencias y abierta a cada nueva idea. No son como nosotros éramos: reprimidos, tímidos, desinformados, retraídos en un mundo tan pequeño que era casi ridículo.

Muchas cosas han cambiado, menos la violencia.

Es inconcebible que las niñas de hoy sigan teniendo que salir a marchar para que no las maltraten, no las violen, no las maten; para que los policías, la prensa, los fiscales no las revictimicen. Para que los jueces no liberen a los poquísimos violadores y feminicidas que se logra encarcelar después de años de retardaciones.

Se dice que Bolivia vive una “ola” de violencia machista, pero es muy difícil saber si en los últimos meses o años se ha agravado un mal endémico en nuestra sociedad, o si simplemente existen ahora más mujeres que no se callan y denuncian. Denunciar es ya un gran avance en la lucha por liberarse de la violencia, y por eso es urgente que los canales de denuncia sean expeditos, sensibles y ofrezcan alternativas reales de protección y apoyo a la víctima. De otro modo, a la salida de la FELCV una ya empieza a enfrentarse con la duda: ¿Cómo va a reaccionar él cuando se entere de la denuncia? En algunos casos la violencia psicológica es más poderosa que la violencia física: ¿Qué van a pensar mis hijos al saber que por “mi culpa” su padre puede ir preso? En otros casos la violencia económica es más efectiva que la violencia física: ¿De qué voy a vivir si él deja de proveer dinero para la subsistencia de mi familia?

Y esas son solo las violencias gigantes, evidentes, estructurales. Quedan miles de otras, más pequeñas, más cotidianas e íntimas, aquellas que ignoramos por costumbre y no porque no duelan.

Duele decirle a mi hija adolescente que si ve un grupo de chicos en la calle se cruce a la acera del frente. Duele la angustia cuando sale sola, cuando se junta con amigos, cuando pide permiso para ir a una fiesta. Duele que el miedo se haya hecho tan cotidiano que ya es un mecanismo de sobrevivencia: ignora las miradas y los piropos desagradables, mira siempre sobre tu hombro. No uses audífonos cuando caminas por la calle. Nunca pierdas de vista tu bebida. Si sientes que alguien te sigue, refúgiate en una tienda. No tomes un taxi. No acudas a la Policía, no vaya a ser que te detenga, te viole y te asesine en una celda. Desconfía del extraño, del vecino, del pariente, del amigo… ¿Cómo advertirle todo esto a tu hija sin quebrar su espíritu y estropearle la esperanza? ¿Cómo lograr que se cuide, pero a la vez mantenga la generosidad, la mente abierta, la mirada limpia?

¿Qué clase de vida es ésta, en que la mitad del género humano tiene como depredador a la otra mitad, y debe cuidarse y defenderse hasta dentro de su propia casa, su propia cama?

Solo espero que esta nueva generación, tan transparente y alada, sea capaz de hacer más que solo marchar cada 8 de marzo para que se acabe (¡de una vez!) la maldita violencia.

Verónica Córdova es cineasta.

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