Voces

lunes 14 jun 2021 | Actualizado a 16:33

¿Dónde queda la indignación?

/ 22 de julio de 2020 / 00:17

Nunca deja de asombrarme por qué no hay más personas indignadas, consternadas y asqueadas por la crueldad y la mala actuación de Donald Trump.

Casi 140.000 estadounidenses han muerto a causa del COVID-19 y más de tres millones han contraído la enfermedad. Además, el panorama de nuestro país es funesto: los casos van en aumento y el número de fallecimientos sigue creciendo. Esta todavía es la primera ola; la segunda solo podría sumarse y ser catastrófica.

Sin embargo, los secuaces de Trump están atacando a Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas del país, exigiendo que todas las escuelas vuelvan a abrir en el otoño, pese a la furia del virus, y sosteniendo la mentira de que el motivo por el que tenemos más casos es porque se realizan más pruebas.

Trump ha politizado tanto la pandemia que ahora las personas se rehúsan de manera sistemática a usar cubrebocas en lugares públicos e insisten en que obligarlas a hacerlo es una violación a sus derechos individuales.

Por su parte, los legisladores republicanos solo cuestionan mínimamente el liderazgo letal de Trump, si es que acaso lo hacen.

Los jóvenes, cansados del aislamiento, se están reuniendo en bares y fiestas y sin duda han asimilado parte del mito de que son invencibles y que la pandemia pasará rápido.

No obstante, en vez de demostrar liderazgo y hacer las cosas lo más sencillas y eficaces posibles (insistir en la prescripción del cubrebocas a nivel nacional, así como aumentar las pruebas y el rastreo de los contactos), parece que Trump está haciendo lo contrario.

Como lo dio a conocer The Washington Post la semana pasada: “Según sus asesores, en las últimas semanas, Trump ha estado dedicando menos tiempo y energía al manejo de la pandemia y solo ocasionalmente ha hablado en detalle sobre este tema en sus presentaciones públicas. Uno de estos asesores dijo que el Presidente ‘en realidad ya no está trabajando en eso. No quiere que lo distraigan. No está llamando para pedir las cifras. No le preocupan los casos de coronavirus’”. Trump está, simplemente, metiendo la cabeza en la arena y tratando de que el virus se vaya solo porque así lo desea, de alejarlo con mentiras, o lo está dejando que cobre víctimas hasta que ya no quede ninguna.

Además, no parece que quiera conocer el verdadero impacto del virus y tampoco quiere que la población lo conozca.

Como lo informó The New York Times el sábado, los republicanos del Senado habían diseñado una propuesta para otro paquete de ayuda para la pandemia, el cual incluía miles de millones de dólares para realizar más pruebas y rastreos de contactos, así como dinero para los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) y los Institutos Nacionales de Salud Pública, pero la Casa Blanca detuvo estas gestiones de financiamiento.

Este escollo provocará la muerte de más estadounidenses.

También hay que mencionar que la propuesta de la Casa Blanca para el nuevo proyecto de ley incluye “eliminar $us 2.000 millones que se le iban a asignar al Indian Health Service, el cual es responsable de brindar atención médica a más de la mitad de los ciudadanos originarios del país y a los nativos de Alaska, quienes han sido devastados por la pandemia y son especialmente vulnerables al virus”, según el Times.

Sumemos el hecho de que el Gobierno ha dicho que tal vez siga separando a los niños de sus padres y mantenga a los padres en centros de detención, incluso después de que un juez federal dictaminó que los niños deberían ser liberados porque los brotes de COVID-19 habían hecho que las condiciones de las instalaciones no fueran seguras y que su detención fuera inconstitucional.

Sin embargo, el gobierno de Trump se ha opuesto a ello: “La solución a una transgresión constitucional de las condiciones de confinamiento es solucionar la transgresión, no liberar a los denunciantes”.

Añadamos a eso el hecho de que el gobierno de Trump presentó un escrito el mes pasado en el que solicitaba a la Corte Suprema que revocara la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de la Salud Asequible en medio de la pandemia, lo cual eliminaría la cobertura de hasta 23 millones de estadounidenses vulnerables.

Además, sumemos el hecho de que como lo informó el Times a principios de este mes: “El gobierno de Trump ha notificado formalmente a Naciones Unidas que Estados Unidos se retirará de la Organización Mundial de la Salud, medida que recortaría una de las mayores fuentes de financiamiento de la principal organización de salud global en medio de una pandemia”.

También, el gobierno de Trump les dijo a los estados que dejaran de enviar la información sobre el coronavirus a los CDC y que mejor la enviaran al Departamento de Salud y Servicios Sociales. Como informó CNBC, a consecuencia de la medida, “ya han desaparecido los datos públicos del sitio web de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades”.

Así que, tengo que volver a preguntar: ¿Dónde queda nuestra indignación? ¿Cómo puede estar sucediendo esto? ¿Cómo se ha permitido que ocurra? Se está dejando que personas de carne y hueso, los estadounidenses, se enfermen y mueran mientras Trump juega una partida política. ¿Por cuánto tiempo más se permitirá que continúe?

Charles M. Blow es columnista de The New York Times

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Sigue adelante, pero nunca olvides

Muchos creen la mentira de Donald Trump de que en realidad ganó las elecciones que perdió.

/ 21 de diciembre de 2020 / 04:25

Imagina esta situación, la cual es una experiencia común para las personas negras: Estás recibiendo un servicio en el que dar propina es una práctica habitual. Tal vez estés tomando un taxi o recibiendo un tratamiento de belleza; quizás bebiendo un trago en un bar o comiendo en un restaurante.

Tu proveedor de servicio no es una persona negra. El servicio es deficiente. Quien te está proporcionando el servicio no es para nada atento. Esperas por las cosas mucho más tiempo del que crees que deberías o mucho más tiempo del que crees que otras personas en el mismo lugar están esperando. Luego llega la cuenta, y miras fijamente la bandeja de las propinas, mientras desatas un debate interno.

Los estudios han demostrado que dos cosas son ciertas: en promedio, las personas negras dan menos propina y, en promedio, los que proporcionan servicios les brindan a las personas negras un servicio inferior, en parte por la percepción de que recibirán menos propina de cualquier manera. Siempre me ha parecido que aquí hay un pequeño problema tipo el huevo y la gallina.

Sin embargo, como la persona que acaba de recibir el mal servicio, te encuentras en medio de esta guerra de percepciones con solo dos opciones, ambas poco atractivas: puedes dar una buena propina de todos modos en un intento por combatir la percepción de que las personas negras dan malas propinas (después de todo, esto podría hacer que la experiencia del servicio sea un poco mejor para la siguiente persona negra). O puedes dejar una propina promedio —o nada de propina—, conforme al mal servicio que has recibido, arriesgándote a consolidar, en la mente de quién proporcionó el servicio la percepción de que las personas negras dan malas propinas.

Por supuesto, nada de esto es justo. Le transfiere al inocente receptor la carga de los sesgos de quienes proporcionan el servicio; es la víctima del prejuicio la que asume la responsabilidad de apaciguar a la persona que hace el prejuicio.

Y, sin embargo, esa es exactamente la posición que las personas negras —y otras personas de color, minorías religiosas y mujeres— a menudo se ven obligadas a asumir o se les pide que lo hagan. Este caso en particular sucede cuando las personas que votan por políticos que perjudicarían nuestra humanidad (o restringirían de forma severa nuestra capacidad de buscar una vida en igualdad) terminan en el lado perdedor de unas elecciones.

Siempre se habla mucho de unidad, de converger, de sanar heridas y reparar divisiones.

Pero entonces tenemos que tener un debate interno como el de la propina: ¿les demostramos que podemos trascender sus intentos por hacernos daño o nos comportamos acorde con el daño que intentaron infligirnos? Se puede argumentar de forma legítima que una espiral de recriminaciones siempre terminará en un agujero de daño colectivo. Sin embargo, también debe haber un reconocimiento de que quienes tienen prejuicios intentaron hacerte daño y que, de no ser por unos pocos cientos de miles de votos en los estados adecuados, habrían logrado imponer ese daño.

Tiene que haber algún tipo de acción que reconozca que muchos niños fueron separados de sus padres, algunos fueron encerrados en jaulas, y que muchos de ellos posiblemente nunca vuelvan a reunirse con sus padres.

Tenemos que reconocer que Trump es racista —algo que se ha demostrado una y otra vez por sus propias palabras y acciones— y que de todos modos recibió un número récord de votos para un presidente en funciones.

Tenemos que reconocer que Trump se jactó de agredir sexualmente a mujeres, que decenas de mujeres lo acusaron de conducta sexual inapropiada y que se reveló que les pagó al menos a dos mujeres para que no revelaran presuntas infidelidades. Tenemos que reconocer que Trump ha denigrado a mexicanos, musulmanes, haitianos y naciones africanas.

Estas cosas sucedieron. La mayoría de las personas que lo apoyaron sabían que estas cosas habían sucedido. En muchos casos escucharon a Trump decirlas en vivo por televisión o publicarlas en su cuenta de Twitter.

Y, sin embargo, sus seguidores siguieron apoyándolo.

Muchos de ellos todavía lo hacen, incluso después de su refutación de la democracia.

Muchos creen la mentira de Trump de que en realidad ganó las elecciones que perdió.

Joe Biden, como siempre lo ha manifestado, está buscando ser un presidente unificador.

Quiere ser el presidente de las personas que no votaron por él, así como de las que sí lo hicieron. Quisiera tener ese mismo espíritu optimista, pero debo admitir que mis intentos para lograrlo podrían fracasar.

No quiero ser la persona que guarda rencor, pero tampoco quiero ser la que ignora una lección.

El acto de recordar que demasiados estadounidenses estuvieron dispuestos a continuar el daño hacia mí, hacia otros, y hacia el mismo país, no es rencoroso sino sabio.

El próximo mes Joe Biden será juramentado, y comenzará el próximo capítulo de Estados Unidos. Planeo llegar a ese día con un brillo de optimismo en mi rostro, pero me niego a ignorar la sombra del recuerdo que me persigue.

   Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

       

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Si las personas de bien no hacen nada, reina el mal

/ 16 de septiembre de 2020 / 01:03

Muchas veces me he preguntado cómo es posible que alguien haya permitido que se desarrollaran las mayores tragedias y horrores que ha sufrido el mundo. ¿Dónde estaba toda la gente de bien, aquellos que expresaron su desacuerdo o deberían haberlo hecho? ¿Cómo es posible que la vida sencillamente haya continuado en medio de tal horror?

¿Cómo creció el comercio trasatlántico de esclavos durante cientos de años? ¿Cómo logró proliferar la esclavitud en este país? ¿Cómo es posible que se haya permitido el Holocausto? ¿Cómo se gestaron los genocidios en Ruanda o Darfur?

Por supuesto, casi siempre hay una explicación. Por lo regular es la política oficial y, en muchos casos, la propaganda es responsable de impulsarla. Pero me interesa más saber cómo veían las personas de la sociedad de ese entonces esos sucesos y cómo fue posible mantener cierta normalidad cuando sucedían ese tipo de cosas.

Resulta que la era que vivimos me ofrece la inquietante respuesta: fue fácil.

Hasta la fecha en que escribo estas líneas, casi 200.000 estadounidenses han perdido la vida, muchos de ellos innecesariamente, a causa del COVID-19. En gran medida, estas muertes se deben a que el gobierno de Donald Trump se ha negado a tomar medidas suficientes para controlar la crisis, a dirigirse con honestidad al pueblo estadounidense y a instar a la ciudadanía a tomar precauciones. En vez de eso, Donald Trump ha mentido acerca del virus, le ha restado importancia y no ha escuchado las advertencias de los científicos. Por si fuera poco, sigue celebrando mítines sin exigir el uso de cubrebocas ni respetar el distanciamiento social.

La situación está a punto de empeorar: ahora algunos modelos predicen que el número de víctimas mortales del virus en Estados Unidos podría duplicarse de aquí al 1 de enero. Según el Instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington:

“Esperamos que el número diario de muertos en Estados Unidos, a consecuencia del cambio de estación y la vigilancia reducida del público, llegue a cerca de 3000 al día en diciembre. Para el 1 de enero, se espera que el número total de muertes ascienda a 415.090, es decir, 222.522 muertes de aquí a final de año”.

Sin embargo, los estadounidenses todavía abarrotan los mítines de Trump, los republicanos no dejan de alabar su respuesta a la pandemia y no hay ninguna certeza de que pierda en noviembre. En muchos estados, los restaurantes, bares, escuelas, iglesias, gimnasios y spas están abiertos de nuevo. No es que ignoremos que hay un virus mortal que se transmite por el aire, pero sí parece que muchos estadounidenses, hartos de las restricciones, han preferido aceptar esa realidad.

Sufrimos una crisis climática que sigue empeorando. Las tormentas se vuelven más violentas. Las sequías son graves. Los ríos se desbordan. El nivel del mar se eleva. Aun así, no hacemos casi nada para detener todos estos fenómenos y quizá no lo hagamos antes de que sea demasiado tarde para hacer algo.

En este momento, gran parte de la Costa Oeste se encuentra en llamas; por donde se mire hay escenas infernales de cielos anaranjados. Con todo, muchos de nosotros les damos por su lado a los negacionistas del cambio climático o, todavía peor, tal vez estamos bien enterados de la gravedad y precariedad de la situación, pero no hemos cambiado nuestros hábitos ni hemos votado por los candidatos con las ideas más audaces para salvar al planeta.

Justo en este momento, China tiene detenidos a alrededor de un millón de ciudadanos, en su mayoría musulmanes, en campos de adoctrinamiento. Su propósito es ‘reprogramar’ a muchos de ellos para que se conviertan en “obreros leales y así las fábricas chinas cuenten con mano de obra barata”, en palabras de The New York Times.

A pesar de todo esto, el mundo casi no hace nada. Muchos prefieren hacerse de la vista gorda. La vida sigue.

Así suceden las catástrofes, a plena vista, y las personas que están enteradas de todos los detalles no se rebelan. Algunas veces la gente piensa que el problema está muy lejos o, si no es así, que es demasiado grande y ellos son totalmente impotentes.

Tienen una visión provincial, o incluso pueblerina, pues solo les preocupa su casa, su calle y su comunidad.

“Qué mal que esos niños estén enjaulados, pero no puedo preocuparme por eso en este momento. Necesito doblar la ropa de la secadora”.

“Qué mal que la policía le haya disparado a un hombre negro desarmado, pero no puedo hacer nada por ahora. Necesito cortar el césped”.

Creo que, en cierto sentido, este impulso es un mecanismo de defensa, un intento de librar a nuestra mente y espíritu de una avalancha de angustia y rabia. El problema es que esta actitud permite que la maldad, ya sea una persona o un sistema, cause estragos sin ningún control, porque nuestra decisión de no intervenir le da licencia pública para actuar.

Quien no se queja, aprueba.

Lo cierto es que no tiene por qué ser así. Dejemos de considerarnos débiles o impotentes. Dejemos de pensar que todo se arreglará solo. Dejemos de pensar que la maldad se detendrá en seco al llegar a la puerta y no acabará con nuestro propio jardín.

Puedes reunir la energía necesaria. Puedes reunir a tus vecinos. Pelea, vota, publica mensajes y envía correos electrónicos. Haz todo lo que esté en tus manos para defender al vulnerable, al oprimido y al planeta. No permitas que la historia registre este momento de la misma manera que ha registrado tantos otros: como una época en que la gente de bien hizo muy poco para confrontar la crueldad y el desastre.

Como escribió Edmund Burke en el texto titulado Thoughts on the Cause of the Present Discontents (Reflexiones sobre las causas del descontento actual) en 1770: “Cuando los hombres malvados combinan fuerzas, los hombres de bien deben asociarse; de lo contrario, irán cayendo, uno a uno, en un sacrificio sin piedad, en una lucha deleznable”.

Aunque quizá te resulte más conocida otra cita que por lo regular se le atribuye a Burke: “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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En defensa de la libertad de prensa

Una prensa sin restricciones y sin temor es el mejor aliado de una nación libre y próspera. Una de las grandes misiones de la prensa y de los medios en general es exigirle al poder que rinda cuentas.

/ 10 de mayo de 2019 / 23:43

Los medios de comunicación no son enemigos del pueblo. El verdadero enemigo del pueblo es la ignorancia (ya sea por no conocer la verdad, dudar o hacer caso omiso de ella). No es posible vivir en una democracia real sin una prensa desarrollada. Una de las grandes misiones de la prensa es exigirle al poder que rinda cuentas. Para hacerlo, divulga hechos que quienes están en el poder preferirían mantener ocultos. La corrupción depende de la habilidad de ocultar, pues solo se puede exigir la rendición de cuentas si se conocen los hechos. Los fundadores de Estados Unidos lo sabían muy bien. También creo que Donald Trump lo sabe, por eso intenta de manera deliberada acabar con esa función.

Una prensa libre y sin temor es el mejor aliado de una nación libre y próspera. Por otro lado, el tipo de presión obstinada y constante que involucra la tarea de divulgar información requiere la existencia de una prensa profesional: personas que puedan vivir y mantener a una familia gracias a su arduo trabajo en busca de la verdad. También debo aclarar que me refiero a la profesión de manera muy libre, desde las noticias por cable, las plataformas como YouTube y desde el periódico de una ciudad importante hasta un blog.

A nadie le gustan más las frases pegadizas que a Trump. Le encanta poner etiquetas. Es feliz cuando les pone apodos tontos y burlones a sus enemigos con el propósito de minimizar cualquier debilidad percibida para que nadie la note. Si se tratara de cualquier otra persona, sería una conducta trivial, una simple ocurrencia. Pero Donald Trump es el presidente de Estados Unidos.

El púlpito de la intimidación presidencial es igual de poderoso que cualquier medio noticioso; o quizá incluso más, en parte debido a que por lo regular esos medios propagan sus mensajes. Por lo tanto, sus repetidos ataques en contra de la prensa —incluso en contra de algunos periodistas en particular— se equiparan a la transgresión más grave de los protocolos; y me atrevería a decir que generan responsabilidad constitucional, pues representan una de las muchas pérdidas cuantificables de la Casa Blanca.

Una encuesta de la Universidad de Quinnipiac (Connecticut, EEUU) dada conocer la semana pasada reveló que los republicanos dicen, del 49 al 36%, “que los medios informativos son enemigos del pueblo. Los demás grupos incluidos en la lista, ya sea por partido, género, educación, edad o raza, afirman que los medios son una parte importante de la democracia”.

Trump está transformando un ligero desencanto con la prensa en un arma para erosionarla todavía más. Parte del desdén que siente el Mandatario hacia los medios se debe a que él mismo ha constatado cómo pueden explotarse su avidez y sus debilidades, pues desde hace tiempo ha orquestado ese tipo de explotación, ya sea sembrando historias falsas o exagerando su riqueza. Trump realmente cree en el concepto de las “noticias falsas” porque se ha dedicado a distribuirlas. Una parte de él cree que algunas fuentes anónimas no existen porque él fue una fuente, pero fingía ser alguien más, así que en realidad no era una fuente.

Aprovecha esa desconfianza y la sospecha generalizada para crear dudas sobre noticias legítimas que sabe muy bien que son verdaderas. No conforme con difamar a la prensa, además la amenaza. Ha vuelto a proponer “examinar de manera crítica” la legislación estadounidense en materia de libelo. Desde hace tiempo ha amenazado con demandar a algunos medios noticiosos, incluido al New York Times. Amenazó a Facebook, a Google y a Twitter porque “están en la tablita, así que deben andarse con cuidado”, sea lo que sea que signifique esa advertencia. Incluso amenazó con realizar una investigación federal del programa Saturday Night Live, que se difunde a través de la cadena NBC, por burlarse de él.

Para Trump quizá solo se trate de fanfarronerías y artimañas políticas (no ha demandado a esos medios noticiosos, al menos hasta ahora). El problema es que las amenazas en sí mismas tienen efectos destructivos, pues envenenan la percepción general de la prensa, en particular entre los partidarios de Trump.

Según una encuesta realizada por Axios y Survey Monkey en junio: “Casi todos los republicanos y los independientes con tendencias republicanas (un 92%) afirman que los medios noticiosos tradicionales de manera deliberada comunican historias falsas o que se prestan a interpretaciones erróneas, por lo menos en algunas ocasiones”.

Claro que no se trata de un fenómeno exclusivo de Trump. Como señaló un informe elaborado por la Knight Foundation y Gallup en septiembre, “entre 2003 y 2016, el porcentaje de estadounidenses que expresaron una gran confianza o suficiente confianza en los medios informativos bajó del 54 al 32%, aunque se recuperó un poco y subió al 41% en 2017, cuando se restableció la confianza entre los demócratas”. Un dato todavía más siniestro es que una encuesta realizada por Ipsos en agosto reveló que un gran número de republicanos (el 43% ) opinan que “el Presidente debería tener facultades para clausurar medios de noticias cuyo comportamiento sea reprochable”.

Mientras más débiles sean los medios, más fuerte será el demagogo. El camino hacia el autoritarismo se abre paso a través de la oscuridad. Lo cierto es que la táctica de Trump en este caso es aplastar y degradar. Su estrategia ha sido hacer borrosa la línea entre la verdad y las mentiras, y agotar nuestra energía para poder discernir la diferencia. Para Trump, la prensa es una herramienta y un arma que solo utiliza para promover una marca y, por lo tanto, para adquirir dinero y poder.

Entiendo los cuestionamientos que surgen entre el público acerca de la prensa. Entiendo cuánto daña la confianza pública y la reputación, tanto institucional como profesional, que un medio informativo, o incluso varios, cometan equivocaciones. Comprendo el debate acerca de la apariencia y la presencia del sesgo.

También comprendo cuán desconcertante es que los medios dominantes tengan una tarea encomendada por el pueblo, pero las principales empresas de medios sean organizaciones corporativas. Todo eso me queda claro, pero también sé que el día que permitamos que se intimide a la prensa, perderemos la verdadera libertad.

* Escritor y periodista, columnista del The New York Times. Escribe sobre política, opinión pública justicia social. © The New York Times, 2019.

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El comandante del miedo

El miedo es una emoción que se activa fácilmente. Es barato y efectivo. Trump sabe todo esto y lo usa.

/ 9 de noviembre de 2018 / 03:51

Durante la campaña presidencial, en la primavera de 2016, el candidato republicano Donald Trump dio una entrevista a Bob Woodward y Robert Costa de The Washington Post. Los periodistas citaron al presidente Barack Obama en relación con el poder mundial y las relaciones exteriores diciendo que “el poder real significa que puedes obtener lo que quieres sin recurrir a la violencia”. Después, le preguntaron a Trump si estaba de acuerdo. Trump respondió: “Bueno, me parece que eso tiene algo de cierto. El poder real se da a través del respeto. El poder real es, ni siquiera quiero usar la palabra, miedo”.

Trump ha descubierto, o siempre ha tenido, un populismo ganador que encaja a la perfección con este momento en la historia de Estados Unidos, cuando los ansiosos, los asustados, los llenos de odio y los crueles anhelan una voz sin corrección política que tenga el respaldo del poder real. La combinación mágica de Trump es lograr que sentir miedo parezca divertido. Sus mítines de campaña son un híbrido entre una fiesta concertada y una charla motivacional antes de una batalla. Trump enumera todas las cosas que sus seguidores deberían temer, o en las que no deberían confiar o deberían odiar; y luego se posiciona a sí mismo como la mayor defensa contra todas esas cosas. Sus seguidores aprueban a su caballero blanco de manera estruendosa. El miedo es la flecha envenenada en la aljaba de Trump. La lanza cuando necesita cambiar de tema, justificar su crueldad y racismo, o defenderse de las críticas.

Además, lo ha hecho desde que entró a la contienda por la presidencia. Arrancó su campaña con el discurso de que los inmigrantes mexicanos “están trayendo drogas. Están trayendo el crimen. Son violadores. Y algunos, supongo, son buenas personas”. Este miedo ayudaría a justificar el muro del odio de Trump.

Según The New York Times, en junio de 2017, Trump leyó en voz alta un documento que detallaba el número y la procedencia de las personas que habían recibido visas para ingresar a Estados Unidos en 2017. “Más de 2.500 eran de Afganistán, un paraíso de los terroristas”, se quejó el Presidente. “Haití ha enviado 15.000 personas. ‘Todos tienen SIDA’”, refunfuñó, a decir de una persona que asistió a la reunión y otra a quien informó al respecto otro asistente al encuentro.

El Mandatario es el mismo hombre que dijo durante la campaña: “Donald J. Trump exige la prohibición total y absoluta del ingreso a los musulmanes a Estados Unidos hasta que los representantes de nuestro país puedan resolver qué diablos está pasando”. También dijo durante la campaña: “El islam nos odia”.

Continuamente despierta el pánico sobre la pandilla salvadoreña MS-13. En mayo, durante una reunión en la Casa Blanca, una alguacil de California lamentó no haber podido notificar al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas si un miembro conocido de MS-13 fue encarcelado por un delito menor. Trump respondió: “Tenemos gente que entra al país o trata de hacerlo (y estamos deteniendo a muchos de ellos), pero estamos sacando a gente del país. No creerían lo malas que son estas personas. No son gente. Son animales. Y los estamos sacando del país a un nivel y a unos índices nunca antes vistos. Además, debido a las leyes débiles, regresan rápido, los detenemos, los liberamos, los volvemos a detener y los sacamos. Es una locura”.

En agosto del año pasado, cuando el debate sobre los monumentos confederados estaba al rojo vivo, Trump apeló al miedo a la supresión de la raza blanca, quejándose: “Están tratando de quitarnos nuestra cultura. Están tratando de quitarnos nuestra historia”. Cuando la indignación por su política de separación de familias y de meter niños en jaulas alcanzó su punto máximo, Trump, a fin de sembrar el miedo como respuesta, invitó a la Casa Blanca a las familias de personas asesinadas por inmigrantes no autorizados, y alentó a esos familiares a que compartieran la dolorosa historia de su pérdida. La semana pasada, Trump dijo a Fox News: “Si alguna vez me hacen un juicio político, creo que el mercado colapsaría, creo que todo el mundo se quedaría muy pobre”.

El pasado lunes, según The Times, Trump advirtió a los líderes evangélicos que si los demócratas obtenían el control del Congreso en las elecciones intermedias “iban a echar por tierra todo lo que hemos hecho y lo harán de manera rápida y violenta”. El miedo es una emoción que se activa fácilmente. Es barato y efectivo. Trump sabe todo esto y lo usa. Es más fácil inculcar miedo que esperanza. El miedo no tiene que ser racional ni razonable para ser auténtico. Una mentira es una base igual de sólida para el miedo que la verdad. De hecho, la mentira quizá sea un mejor cimiento.

Trump está manipulando a la gente que lo apoyó, y a ellos les encanta que lo haga. Todo es un teatro dramático, un juego en el que quien hace las reglas está armado con el poder de la presidencia. No solo los expone a nuevos miedos, sino que aviva en ellos los ya existentes. Trump es el “comandante del miedo”, y aquellos que lo apoyan han encontrado un consuelo perverso en ese miedo.

* Columnista del The New York Times, escribe sobre política, opinión pública y justicia social. © The New York Times 2018.

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/ 9 de noviembre de 2018 / 03:51

Durante la campaña presidencial, en la primavera de 2016, el candidato republicano Donald Trump dio una entrevista a Bob Woodward y Robert Costa de The Washington Post. Los periodistas citaron al presidente Barack Obama en relación con el poder mundial y las relaciones exteriores diciendo que “el poder real significa que puedes obtener lo que quieres sin recurrir a la violencia”. Después, le preguntaron a Trump si estaba de acuerdo. Trump respondió: “Bueno, me parece que eso tiene algo de cierto. El poder real se da a través del respeto. El poder real es, ni siquiera quiero usar la palabra, miedo”.

Trump ha descubierto, o siempre ha tenido, un populismo ganador que encaja a la perfección con este momento en la historia de Estados Unidos, cuando los ansiosos, los asustados, los llenos de odio y los crueles anhelan una voz sin corrección política que tenga el respaldo del poder real. La combinación mágica de Trump es lograr que sentir miedo parezca divertido. Sus mítines de campaña son un híbrido entre una fiesta concertada y una charla motivacional antes de una batalla. Trump enumera todas las cosas que sus seguidores deberían temer, o en las que no deberían confiar o deberían odiar; y luego se posiciona a sí mismo como la mayor defensa contra todas esas cosas. Sus seguidores aprueban a su caballero blanco de manera estruendosa. El miedo es la flecha envenenada en la aljaba de Trump. La lanza cuando necesita cambiar de tema, justificar su crueldad y racismo, o defenderse de las críticas.

Además, lo ha hecho desde que entró a la contienda por la presidencia. Arrancó su campaña con el discurso de que los inmigrantes mexicanos “están trayendo drogas. Están trayendo el crimen. Son violadores. Y algunos, supongo, son buenas personas”. Este miedo ayudaría a justificar el muro del odio de Trump.

Según The New York Times, en junio de 2017, Trump leyó en voz alta un documento que detallaba el número y la procedencia de las personas que habían recibido visas para ingresar a Estados Unidos en 2017. “Más de 2.500 eran de Afganistán, un paraíso de los terroristas”, se quejó el Presidente. “Haití ha enviado 15.000 personas. ‘Todos tienen SIDA’”, refunfuñó, a decir de una persona que asistió a la reunión y otra a quien informó al respecto otro asistente al encuentro.

El Mandatario es el mismo hombre que dijo durante la campaña: “Donald J. Trump exige la prohibición total y absoluta del ingreso a los musulmanes a Estados Unidos hasta que los representantes de nuestro país puedan resolver qué diablos está pasando”. También dijo durante la campaña: “El islam nos odia”.

Continuamente despierta el pánico sobre la pandilla salvadoreña MS-13. En mayo, durante una reunión en la Casa Blanca, una alguacil de California lamentó no haber podido notificar al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas si un miembro conocido de MS-13 fue encarcelado por un delito menor. Trump respondió: “Tenemos gente que entra al país o trata de hacerlo (y estamos deteniendo a muchos de ellos), pero estamos sacando a gente del país. No creerían lo malas que son estas personas. No son gente. Son animales. Y los estamos sacando del país a un nivel y a unos índices nunca antes vistos. Además, debido a las leyes débiles, regresan rápido, los detenemos, los liberamos, los volvemos a detener y los sacamos. Es una locura”.

En agosto del año pasado, cuando el debate sobre los monumentos confederados estaba al rojo vivo, Trump apeló al miedo a la supresión de la raza blanca, quejándose: “Están tratando de quitarnos nuestra cultura. Están tratando de quitarnos nuestra historia”. Cuando la indignación por su política de separación de familias y de meter niños en jaulas alcanzó su punto máximo, Trump, a fin de sembrar el miedo como respuesta, invitó a la Casa Blanca a las familias de personas asesinadas por inmigrantes no autorizados, y alentó a esos familiares a que compartieran la dolorosa historia de su pérdida. La semana pasada, Trump dijo a Fox News: “Si alguna vez me hacen un juicio político, creo que el mercado colapsaría, creo que todo el mundo se quedaría muy pobre”.

El pasado lunes, según The Times, Trump advirtió a los líderes evangélicos que si los demócratas obtenían el control del Congreso en las elecciones intermedias “iban a echar por tierra todo lo que hemos hecho y lo harán de manera rápida y violenta”. El miedo es una emoción que se activa fácilmente. Es barato y efectivo. Trump sabe todo esto y lo usa. Es más fácil inculcar miedo que esperanza. El miedo no tiene que ser racional ni razonable para ser auténtico. Una mentira es una base igual de sólida para el miedo que la verdad. De hecho, la mentira quizá sea un mejor cimiento.

Trump está manipulando a la gente que lo apoyó, y a ellos les encanta que lo haga. Todo es un teatro dramático, un juego en el que quien hace las reglas está armado con el poder de la presidencia. No solo los expone a nuevos miedos, sino que aviva en ellos los ya existentes. Trump es el “comandante del miedo”, y aquellos que lo apoyan han encontrado un consuelo perverso en ese miedo.

* Columnista del The New York Times, escribe sobre política, opinión pública y justicia social. © The New York Times 2018.

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