Voces

viernes 25 sep 2020 | Actualizado a 06:42

Santa Sofía: retorno controvertido al Islam

/ 8 de agosto de 2020 / 11:20

La primera vez llegué casi a pie a Estambul junto a un puñado de condiscípulos del London School of Economics, allá por 1960 cuando esa bella ciudad mitad asiática, mitad europea no contaba ni con medio millón de habitantes. Desde entonces soy visitante reincidente de la metrópoli turca donde inefablemente rindo reverencia a Aya Sofia, la soberbia basílica construida por Justiniano en 537 a.C. para el culto ortodoxo en la antigua Constantinopla. Luego, sería convertida en catedral católica de 1204 a 1261 durante el periodo bizantino que, ante la caída de esa capital imperial ocupada en 1453, por Mehmet, el conquistador, es transformada —a su vez — en mezquita hasta que en 1934 Mustafá Kemal (Attaturk) instaura la República impulsando un proceso de modernización que también toca a Aya Sofia al adaptarla en museo acorde con su concepción del Estado laico. Así fue como por 86 años esa joya arquitectónica era visitada por millones de turistas y en ese marco fue declarada por la UNESCO como patrimonio de la Humanidad, considerado como símbolo de la tolerancia mutua entre el mundo cristiano y el Islam.

Por ello, la decisión del presidente turco Recep Tayyip Erdogan adoptada el 10 de julio pasado de revertir ese sacro lugar como mezquita para la comunidad musulmana, ha provocado un tsunami de protestas en todo el planeta, comenzando —obviamente— por su tradicional enemigo griego, portaestandarte de la Iglesia Ortodoxa, pasando por Rusia cuyo clero es ávido partidario de Putin y por Francia que emitió enérgico reclamo. Amén de otros países cristianos e incluso, musulmanes.

En cambio para Erdogan, la medida es histórica, cuando proclama  que “Turquía se ha desembarazado de una vergüenza, la resurrección de Aya Sofia es un presagio para la liberación de la mezquita Al-Aqsa en Jerusalén “. Preludio de conflicto con Israel.

Por su parte la Unión Europea y particularmente la UNESCO han advertido su desacuerdo con la medida. En efecto, siendo Aya Sofia un sitio declarado como patrimonio de la Humanidad y habiendo Turquía suscrito la convención respectiva, la soberanía que invoca Ankara no tiene lugar y dará origen a agrias disputas dentro de esa Organización.

Inútil anotar que Erdogan con ese paso ha fortificado su influencia en los círculos más conservadores de su país, desplazando al kemalismo más proclive a forjar una imagen pro europea y occidental. Hoy, está claro que para Erdogan el Imperio Otomano será el modelo de la Turquía moderna, al conmemorarse el centenario del Tratado de Sevres (10 de agosto de 1920) considerado por los turcos, como una profunda humillación. Paralelamente, Erdogan acaba de suscribir un memorable pacto de alianza con Faiez Serraj, jefe del gobierno del acuerdo nacional (GAN) en Libia, connubio que cambiará el balance estratégico en el Norte de África y en el Mediterráneo oriental. Con ese convenio se institucionaliza la intervención militar turca, presente ya en Tripolitania para mitigar los avances del Mariscal Khalifa Haftar, fuerte en Cirenaica, en la guerra civil que se libra allí. Sin embargo, la ambigüedad de su política externa muestra que su pertenencia a la OTAN no le impide dotarse de armamento militar en Rusia. Aquellos vaivenes no ayudaran a la sempiterna aspiración de Turquía de devenir algún día miembro de la Unión Europea.

No obstante, Erdogan tiene una baza en el ajedrez geopolítico: su trato con los europeos de contener la avalancha migratoria africana que les preocupa, no como un gesto romántico del versátil sultán, sino por los miles de millones de euros que recibe por ese servicio.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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‘Pititas’ en Bielorrusia

/ 18 de septiembre de 2020 / 02:57

La función diplomática tiene —a veces— sabores amargos y, uno de ellos me tocó vivir en 1996, cuando llegó a París, en visita oficial, el autócrata (que en la época no lo era tanto) bielorruso Alexandre Lukachenko, recién estrenado como dictador en ciernes. Por azar de las circunstancias tuve que entregarle en sus callosas manos la medalla de la Unesco, con la que se retrató festivamente en la sede de su embajada.

Era fornido hijo de la tierra, con inocultable aire campesino, mostacho estilo hitleriano, apuraba las copas de champagne, ante la vista admirativa de su séquito y la paciencia de su intérprete que adornaba —con esfuerzo— la prosodia de su discurso. Pocos hubieran apostado que aquel novato aprendería con tanto rigor el método estaliniano de la conservación del poder. El 9 de agosto pasado, deseaba reelegirse por sexta vez, luego de un cuarto de siglo apoltronado en la silla presidencial. En su intento, montó un fabuloso fraude cuyo escrutinio le otorgó la victoria con 80% de los votos, frente a Svetlana Tsikhanouskaya (37), única contrincante, que recogió el 10%. La protesta de la ciudadanía no se dejó esperar y las calles capitalinas de Minsk y de Brest, Grodno, Moguiliov, Gomel en provincia, desde entonces, se llenan de miles de manifestantes que vociferan su descontento. Las fuerzas de seguridad reprimen con la acostumbrada energía empleada en pasadas ocasiones similares, pero ahora la arremetida del pueblo los asusta.

La analogía de esos eventos, con la revolución de las “pititas” ocurrida en octubre/noviembre pasados, en Bolivia, es singular. Fobia antiprorroguista por la longevidad en el cargo, la burda personalidad de ambos dictadores, las manipulaciones constitucionales, la corrupción encubierta y, sobre todo, el montaje de descarados fraudes, particularmente en centros rurales de difícil control opositor.

Presa de pánico ante la embestida popular, Lukachenko apeló a su reacio socio Vladimir Putin, con quien las relaciones son vidriosas por el rechazo de Bielorrusia a amalgamarse con Moscú en una sola entidad estatal. Es decir, quería inducirlo a una intervención de salvataje, como aconteció en Ucrania o en otros países de la ex órbita soviética. Putin, cauto, juega la carta neutral, con tibios comentarios, por cuanto los rebeldes no han manifestado ningún sentimiento hostil antirruso. La posición geográfica del país hace que sea una presa geopolítica codiciada por Occidente, porque, no obstante que Minsk es parte de la Unión Económica Euroasiática, receptora de ayuda financiera, el autócrata siempre ha mantenido coqueteos con la Unión Europea. Por ello, Bruselas no tardó en expresar su condena ante la represión y su franco desconocimiento al triunfo de Lukachenko. Paralelamente, Estados Unidos también observó idéntica postura, aunque con cierto tiento, explicable por la actual atmósfera preelectoral. Las movilizaciones de masa, con huelgas y kilométricas cadenas humanas, continuarán hasta conseguir la salida del sátrapa, como último objetivo. Entretanto, se exige la liberación de prisioneros, el fin de la represión, proceso contra los manipuladores del fraude y la convocatoria a nuevos comicios.

Entre las semejanzas con la rebelión boliviana se podría añadir cierta pasividad del estamento militar que, ante la magnitud de la protesta, prefiere adoptar una postura institucional sin comprometer su lealtad con la persona del tirano. Si Evo Morales acusa al imperialismo de querer adueñarse del litio, Lukachenko clama que Washington aspira crear un “cordón sanitario” alrededor de la Federación Rusa que incluya, además los países bálticos. Una intriga que nadie apoya.

Hasta el momento de escribir estas líneas, aún es difícil apostar por el colofón en uno u otro costado. No obstante, la orfandad de Lukashenko, pareciera ser tan abismal como la de Evo Morales.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Batallas diplomáticas en el BID y la ALADI

/ 4 de septiembre de 2020 / 05:47

En la diplomacia multilateral se muestra el pulso de los Estados miembros en los organismos internacionales y la pugna por el control de estos obedece a múltiples factores objetivos en la política externa y hasta subjetivos, en el contacto humano de los protagonistas. En ese marco se inscribe la actual contienda que se libra en dos importantes instituciones. Primero, en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), cuyos 48 países miembros deberán elegir a su nuevo presidente entre el 12 y 13 de septiembre.

Siguiendo la tradición iniciada en 1959, en pacto no escrito, normalmente se hubiera elegido a cualquier candidato latinoamericano sin dificultad alguna. Pero ocurre que Donald Trump, en su lucha por la hegemonía geopolítica con China (que ya encabeza cuatro organismos onusianos), desea asumir la conducción del banco como instrumento para contrarrestar la creciente influencia del gigante asiático en el hemisferio. Por esta razón, impulsa su propia opción presentando para el puesto a su compatriota Mauricio Claver-Carone, cuya idoneidad no es discutible y que, por el voto ponderado que rige en el BID, tendría el triunfo asegurado, no obstante la oposición de varias naciones latinoamericanas y de los 14 socios de la Unión Europea. Sin embargo, es habitual que el país sede no imponga algún connacional en esa función, porque esa tendencia podría suponer, incluso, un conflicto de intereses.

En otro nivel, la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), afincada en Montevideo, también tiene que elegir al nuevo Secretario General de esa entidad. Pugnan para aquel cargo, un notorio patricio uruguayo, Sergio Abreu (74), y la actual ministra de Relaciones Exteriores de Bolivia, doctora Karen Longaric, cuya copiosa ejecutoria en la cátedra universitaria y la praxis diplomática son más que sobresalientes. Su postulación no solo significaría la bisagra perfecta entre el Ande y la cuenca platense, sino la ocasión para que una mujer de valía represente a su postergado género. Mientras la Canciller ha recogido apoyo de importantes países asociados, la insistencia del Gobierno charrúa se parece mucho a la actitud de Trump, a quien critica por la misma conducta: esforzarse en ofrendar a su coterráneo aquella canonjía, en un organismo de cuya sede es ciudadano.

Entre los 13 Estados electores, llama aun mayormente la atención que la Argentina, de estridente oposición al propósito de Trump, presente su propio candidato (Gustavo Beliz) a la cabeza del BID, apoyado por México, lo que confirma el activo contubernio que impera en ese eje del mal, donde se pregona razones ideológicas para aprovechar la controversia y adelantar su alfil. Irónicamente, esa lógica no se aplica al caso de la ALADI: se muestran adversos a que un oriundo americano ocupe ese puesto en la sede de su país natal, pero no objetan lo mismo a Montevideo. Esa sinuosa posición es típica del cartel de Puebla, “progres” cuando conviene a sus mezquindades y liberales en sus urgencias personales o sectoriales. Una obscena comodidad.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Lolita

/ 22 de agosto de 2020 / 00:32

En los años 60 estalló aquel best-seller que rompió toda barrera ética en las letras mundanas, cuando el ruso Vladimir Nabokov encontró una editorial francesa para publicar LOLITA, la novela que lo elevaría a la fama universal. Su prosa en elegante inglés es producto de ese orfebre del verbo que impacta al lector desde sus primeras líneas: Lolita, light of my life/fire of my loins (Lolita, luz de mi vida/ fuego de mis muslos), my soul, my sin (mi alma y mi pecado), cuando el protagonista profesor Humbert Humbert, confiesa desde la cárcel la obsesión por aquella niña de 12 años que arruinó su vida para siempre. Como en el Dante ese amor infantil por Beatrice Portinari, también marcó el origen de su afición por las nínfulas que no debían pasar de los 14 años.

El relato de Nabokov nos muestra a un pedófilo virtual, al que se le presentó la oportunidad de salir del closet en estampida, a raíz de la súbita muerte de la madre de Dolores Haze (Lolita), dejando a Humbert como tutor de la huérfana. El autor, por múltiples laberintos nos introduce en la mentalidad de la pedofilia que —a veces— podría crear una cierta empatía por aquel depredador sexual. Trasladando la ficción a la realidad, podemos comprobar que como decía Henri Kissinger: “El mejor afrodisiaco es el poder”, y si el goce de ese dominio dura 14 años, con una notable intoxicación mediática donde se presenta al autócrata como un señor feudal todopoderoso, ese obsequioso culto a la personalidad, es permeable a la genuina admiración de inocentes nínfulas predispuestas al sometimiento erótico. En analogía, recordemos a Vargas Llosa que denuncia en La fiesta del Chivo, a aquellos genuflexos padres que ofrendaban sus hijas púberes hasta la cama del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

Pero la pérdida del ejercicio del poder deja desnudo al mandatario depuesto, que, en playas extranjeras, desprovisto de sus charreteras, ya no tiene encanto. Entonces no le queda más remedio que volver a la tribu y para mitigar sus urgencias convocar desesperadamente a su joven amante, por temor a que como al profesor Humbert, otro pedófilo más avisado y residente en las proximidades, le arrebate su presa. Son los momentos en que la obsesión se torna en un tormento, que, unido a las disidencias internas, a las llamadas telefónicas no respondidas y a las alucinaciones provocadas por celos reales o imaginarios, impulsan a las acciones más imprudentes. Si los problemas de Humbert se agrandaron por la riesgosa costumbre de llevar un diario que reveló sus aberraciones, hoy en día los celulares cumplen esa tarea. Y si esos imprescindibles adminículos caen en manos de la Policía, los mensajes íntimos y las fotos reveladoras de situaciones inconfesables, podrían constituir pruebas irrefutables del delito de estupro que figura en el Código Penal.

Queda, no obstante, una salida decorosa, convertir el romance consensuado en una bella historia de amor que culmine como en el cuento de hadas, en suntuoso matrimonio.

De esta manera, el indomable célibe, deberá ejercer —no sin esfuerzo— su añorado poder, esta vez, como guerrillero de alcoba que —fatigado— lo deje sin aliento para persistir en la innoble manía de ordenar bloqueos insensatos.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Crónica de una derrota anunciada

/ 1 de agosto de 2020 / 04:13

Pocos días atrás, el Washington Post publicó una serie nutrida de opiniones y análisis de coyuntura, ante la posibilidad cada vez más evidente de que el 4 de noviembre próximo Donald Trump habrá sepultado su aspiración a la reelección, pero se presume que no aceptará ese revés. El debate suma y sigue, inducido por el titular de la citada crónica ¿Qué pasaría si Trump rechaza aceptar su derrota?

Precisamente, 90 dias antes de los comicios, la pandemia del COVID-19 complica la mecánica electoral al desaconsejar las aglomeraciones humanas, sea en concentraciones políticas o en los recintos electorales. En contrapartida, la ley acepta como perfectamente válidos los votos emitidos por correo. Esa modalidad es la que objeta Trump como la puerta expedita para denunciar —a priori— un grosero fraude en su contra. Ociosos investigadores contabilizaron que cerca de 50 veces, el Presidente había observado el voto postal. Y es, justamente, esa obsesión la que sirve de base a los comentaristas para tejer conjeturas sobre las oscuras intenciones de Trump de urdir un plan B: deslegitimizar —desde ahora— el proceso eleccionario para —luego— impugnar sus resultados. Ello —dicen— daría lugar a una batalla legal parecida a aquella que libraron en 2000 Al Gore y George W. Bush apelando a la Corte Suprema de Justicia, para que dirima la controversia.

Un elemento adicional es que el tenebroso virus que ya causa notorio ausentismo en las elecciones primarias será aún más amplio en las presidenciales. Otro indicador que huele a una huida hacia adelante es la aseveración de Trump sobre supuestos migrantes indocumentados que votan en las elecciones, particularmente, en el estado de California.

Aunque según las últimas encuestas de opinión, el postulante demócrata Joe Biden está encima de 18 puntos porcentuales sobre su adversario, dentro del sistema, en el Colegio Electoral se requieren 270 asientos para vencer la contienda. El voto popular no cuenta. En efecto, en 2016, Hillary Clinton obtuvo varios millones de votos más que Trump. Por lo tanto, la última palabra no está dicha.

Ilustres profesores ante la presunción de un probable empecinamiento de Trump en reconocer la victoria de su contrincante citan la vigésima enmienda constitucional que a la letra dice: “El mandato terminará al mediodía del 20 de enero y, entonces comenzará el periodo de su sucesor”. Si aun así el cuestionado magnate resiste, Biden ironizó que “los militares lo escoltarían hacia afuera de la Casa Blanca”. Mas seriamente, declaró que contrató 600 abogados en caso de chicanerías y la archienemiga de Trump, la presidente de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, añadió: “Si no quiere salir, habrá que fumigarlo para que salga”.

Comentando la alta temperatura política imperante, Peter Wehner, en su columna de The Atlantic se refiere a las evasivas respuestas del mandatario durante su reciente entrevista con el periodista Chris Wallace y concluye que se trata de un hombre psicológicamente destruido, vengativo, “prisionero de sus resentimientos” que se cree incomprendido, lo que le provoca un sentimiento de autocompasión. Ese estado de ánimo unido a la hipertensión de su ego, lo induciría a cometer cualquier atropello a fin de rescatar su autoestima.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Hace 40 años

/ 19 de julio de 2020 / 08:12

El 17 de julio de 1980 amaneció junto al frío invernal de La Paz la inquietante noticia de que la Sexta División de Ejército asentada en Trinidad, se había sublevado al mando del coronel Francisco Monroy Encinas, cuyo propósito no manifiesto era impedir el acceso al poder de la fórmula ganadora en las elecciones realizadas dos semanas atrás. 

Se trataba de un globo de ensayo para calibrar la reacción popular antes de desatar otras fuerzas militares que consumarían el derrocamiento de la presidenta Lydia Gueiler. Ella convocó de inmediato a una reunión de gabinete, a la que acudí presuroso en mi condición de Ministro de Educación y Cultura. 

En el Palacio Quemado se respiraba un ambiente de tensión tenebroso alimentado por la curiosidad de los reporteros y el nerviosismo de los guardias uniformados. Entretanto, el Conade (Comité de Defensa de la Democracia) había citado a una sesión de emergencia a la que asistieron dirigentes sindicales y políticos afines, colmando la sede de la COB situada en El Prado paceño. 

Al filo de mediodía llegó la alerta de que esa casa sindical había sido asaltada y que murió acribillado el caudillo socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz. Enseguida, se anunció que grupos paramilitares se encaminaban hacia la Plaza Murillo. Ante la inminencia de un ataque, la Presidenta nos encargó al ministro de Información Oscar Peña Franco y a mí indagar ese rumor, en Palacio. 

Apenas traspusimos el umbral de magno salón, fuimos sometidos por atrevidos paramilitares, uno de ellos, el conocido sicario “Mosca” Monroy me encañonó con su metralleta, salvándome del percance un edecán presidencial. Entonces, pude escabullirme e informar a Lydia que la situación era insalvable. 

Junto al Canciller Gastón Araoz y los ministros Jaime Ponce García y Salvador Romero, conducimos a la Mandataria hasta la azotea de Palacio por conductos furtivos. Allí permanecimos los ministros ocultos en un entretecho, mientras que la Presidenta, a salvo de los paramilitares, fue llevada por oficiales militares a la residencia presidencial donde pistola al pecho tuvo que firmar su renuncia, para luego asilarse en la Nunciatura Apostólica.

Lo singular de ese golpe es la sincronización con el asesoramiento argentino que fue revelado tiempo después por los servicios de inteligencia brasileños, que identificaron al coronel argentino Julio César Durand como cerebro ejecutor de la asonada. Su presencia prolongada en La Paz como coordinador de labores de inteligencia del Ejército boliviano fue confirmada —años después— cuando el 19 de junio de 1985 el Senado argentino impugnó su promoción justamente por su participación en el golpe de García Meza.

Mientras los militares tomaban posiciones estratégicas en la ciudad, las ambulancias manejadas por mercenarios ululaban por las calles en busca de bolsones de resistencia o la caza de simples ciudadanos adversos.

Paralelamente, nosotros, los tres ministros firmes, pero cautos, pudimos salir de Palacio y encaminarnos en un todoterreno de fortuna hacia la Embajada de Francia (en Obrajes), donde personalmente permanecí tres meses asilado sin poder obtener salvoconducto. Un operativo organizado por el embajador galo Raymond Cesaire me exfiltró clandestinamente junto a otros compañeros hasta Puno, en una travesía rocambolesca por el lago Titicaca.

Ese día aciago, ese 17 de julio, se inició el fin de la era de las dictaduras militares que sojuzgó al país durante 18 años negros, un hecho histórico que como la peste es recurrente, cuando a las agrupaciones políticas las ciega la ambición.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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