Voces

miércoles 19 ene 2022 | Actualizado a 16:06

No somos enemigos

/ 12 de agosto de 2020 / 02:29

Estos días cientos de imágenes han impreso la radiografía del país: bebecitos en incubadoras a punto de quedar sin oxígeno. Cientos de caminos y carreteras bloqueados. Miles de personas que tienen reclamos de todo tipo desde una prueba de COVID, retorno a clases para sus hijos, renuncia de autoridades, alimentos, trabajo, cama en un hospital, entierro digno. Son demasiadas demandas, demasiadas necesidades. Lo peor es que todas estas imágenes son reales y la falta de respuestas, de soluciones, también.

Puestos frente a esta situación nos preguntamos: ¿Qué hacer? ¿Cómo evitar las escenas que se vieron el pasado domingo en Cochabamba? La radicalidad entre un grupo y otro se da por la falta de racionalidad de ambos, por eso termina desencadenando violencia. Quienes se quejan de la ignorancia o la indolencia de los bloqueadores tampoco reconocen sus propias ignorancias o sus indolencias ante la cotidianidad de quienes solo conocen la sobrevivencia y cuya imagen del futuro es tan triste que no existe.

Bolivia es un país muy desigual, la aceptación sin cuestionamiento de esa desigualdad como algo natural es el peor impedimento para una verdadera salida. Mientras la mayoría de la población no alcance mejores situaciones de vida, no tenga acceso a una educación de calidad, mientras el agua o la luz no pasen de enunciados a derechos cumplidos para todos, el país seguirá siendo un espacio imposible de ordenarse.

Para conseguir  los mínimos logros de igualdad es necesario que en todos los sectores sociales se entienda la urgencia de un acuerdo de unidad en torno a un solo objetivo: la construcción de un país con un mayor nivel de igualdad del que disfrute la mayoría de la población. ¿Ilusorio? ¿Ingenuo? Mi respuesta es que así se construyeron países devastados, destruidos, por guerras, por desigualdades tan aberrantes como las que ahora nos enfrentan. Fueron capaces de dejarse llevar por la oportuna lucidez y depusieron sus armas, sus odios, sus antiguas afrentas. Desecharon lo que les dividía y dieron importancia a los puntos en los que coincidían.

En situaciones como las que vivimos es muy fácil identificar al contrincante, al enemigo, al adversario, lo difícil es encontrar a quienes pueden actuar con  grandeza, los dispuestos a trascender más allá de sus intereses personales e inmediatos y proceder en consecuencia, sin violencia, sin amenazas, sin mentiras. Son muchos los que están dispuestos a trabajar en el cuidado del prójimo. Son mayoría los que quieren que sus hijos estén ocupados en sus tareas escolares, en sus juegos de niños, en sus propios sueños. Son multitud los que están dispuestos a entregar sus energías por una sociedad que enorgullezca a todos. Solo que a veces no los vemos.

Lucía Sauma es periodista.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Educación de mentiras

/ 13 de enero de 2022 / 06:49

El reloj marca las 07.30, es martes. La universitaria en pijama se sienta a tomar desayuno con su familia, trae consigo su celular, está encendido y se escucha el saludo del docente que inmediatamente comienza su exposición. La alumna se sirve el café, prepara un sándwich de mermelada y hasta ahí llegó la atención: la estudiante comenta que la clase es muy aburrida, quita su imagen, tiene el micrófono cerrado, está lista para disfrutar su desayuno. Media hora más tarde, tres adolescentes están sentadas frente a sus laptop, están juntas porque tuvieron una pijamada, cada una puso un fondo distinto, así que aparentemente están pasando la clase muy atentas y cada una en su casa. Tienen apagados sus micrófonos, están escuchando música y se pasan mensajes por sus celulares. Esas son las clases desde la pandemia. Al comenzar el 2022 y muy cerca del inicio del año escolar es muy fuerte el clamor para que vuelvan las clases presenciales, con un profesor que ve directamente a los estudiantes, que los escucha y ellos se nota que también lo están escuchando. En ese contexto los estudiantes son de carne y hueso, están cuando están y se nota su ausencia cuando no están, los recreos son reales, los exámenes también.

Los padres y tutores piensan que sus hijos no aprendieron lo suficiente, que no están preparados, que fueron dos gestiones casi perdidas, no hay duda, fue así. No puede continuar el autoengaño pensando que esta es una nueva época donde impera la tecnología y el sometimiento de todos a ella. Según datos de la Autoridad de Telecomunicaciones (ATT), en Bolivia existen más de 10 millones de personas conectadas a internet a través de los teléfonos celulares, para chatear con amigos o familiares, redes sociales y búsqueda de información, las redes que más se utilizan son Facebook y WhatsApp, el internet llega solamente al 6% de las poblaciones rurales. Ni el acceso ni el uso que se hace del internet es el apto para garantizar una buena educación.

Con todos estos datos y las escenas de las que se tiene evidencia en los hogares bolivianos, las clases presenciales no tienen reemplazo si se trata de conseguir buenos resultados en la educación. Esto no quiere decir que no debemos avanzar en el uso de las nuevas tecnologías en las actividades pedagógicas, sin embargo la migración debe ser paulatina, acompañada de políticas nacionales relacionadas con un incremento importante de la población al uso de las TIC, una previa preparación de los profesores y docentes en técnicas eficientes y creativas para impartir las clases, así como nuevos métodos de evaluación, diferentes a los exámenes tradicionales. Mientras tanto el único camino es el de retorno a las clases presenciales.

Lucía Sauma es periodista.

Comparte y opina:

Por un motivo

/ 30 de diciembre de 2021 / 19:33

“Siempre hay que tener un objetivo en la vida”, no parece ser una frase suficientemente innovadora como para entrecomillarla, más bien tiene cercanía con lugares demasiado comunes. Saber quién la dijo cambia su consabida apariencia, pues no es frecuente que la diga una mujer de 87 años al conseguir su maestría en Ciencias Políticas en noviembre de este año. Varatha Shanmuganathan es su nombre, nació en Sri Lanka, el antiguo Ceilán, marcada ella y su país por la guerra civil que duró desde 1983 hasta 2009. “Siempre, en mi corazón y en mi alma, he apreciado y alimentado la paz, la justicia, la igualdad y la democracia”, dijo, y luego añadió que su próximo objetivo es escribir un libro sobre la posguerra en su país.

Cuando en la taza de café de 2021 queda el último sorbo, vale la pena plantearse algún objetivo para el año que vendrá. Imagino a los que dirán que en nuestro país es inútil planificar, que no piensan hacerlo para ahorrarse la frustración. Contrariamente a estos pensamientos, el viento está a favor de correr el riesgo, de dar batalla. De otro modo es muy probable que la vida pase de largo por estar distraídos o dormidos. Si por alguna razón despertamos del letargo, solo nos quedarán los resabios de la vida que no vivimos. Será algo así como saltar en un libro de la introducción al epílogo ignorando todo el contenido.

No importa si el objetivo que nos pongamos es muy ambicioso, o, por el contrario, muy pequeño, en cualquiera de los dos casos será importante ir paso a paso, dar cuenta de las trabas que impiden seguir caminando, vencer las barreras, conseguir llegar a la meta, aunque en la partida todo parezca imposible.

La decisión de ponerse objetivos en la vida para esta mujer de 87 años por supuesto que es admirable, es un ejemplo a seguir. Pero a esta altura pienso que igualmente de loable es el joven de 30 años que se puso como meta correr una maratón y para conseguirlo se entrenó todos los días, buscó información de los atletas consagrados y también escuchó los consejos más cotidianos de amigos y familiares y corrió, llegó hasta el final poniendo todo de sí, venció sus piernas cansadas, se negó a quedarse y con la fuerza de la tenacidad puesta en un sueño se volvió invencible. Esa sensación de estar vivos, de superarnos, de ir más allá de nosotros mismos, es inigualable. No importa la edad, lo fundamental es que ahí está la motivación que nos empuje a ser protagonistas de nuestra propia historia.

Lucía Sauma es periodista.

Comparte y opina:

Inundados de basura

/ 16 de diciembre de 2021 / 02:30

Este año se hicieron campañas de limpieza en el lago Titicaca y también en el Uru Uru, el esfuerzo de cientos de personas no fue suficiente. Las orillas del Titicaca están rodeadas de desechos que propios y extraños dejan sin pudor. Quien se sienta en la playa a pasar el rato, lleva una bolsa con pasankallas que dejará donde las comió, y si toma algún líquido en una botella de plástico, también quedará donde bebió, esto ya es detestable. Pero no es lo peor, las imágenes que nos llegaron en marzo de este año desde el lago Uru Uru nos parecen de terror, como lo calificaron entonces era un mar de basura, el primer hallazgo fue el cadáver de un hombre entre cientos de miles de botellas pet, bolsas plásticas de todos los colores y tamaños, escombros de construcción; todos estos desperdicios inundaron el Uru Uru y lo hicieron desaparecer bajo la inmensidad de la basura. Nueve meses después, el 13 de noviembre, se repite la historia y encuentran el cadáver de una mujer en medio de los desechos que no terminan nunca. Mayor la desazón cuando los expertos informaron que también se encontraban desechos de minerales como el cadmio, zinc y arsénico. En tres días de trabajo se sacaron 10 toneladas de basura, pero aún falta y la minería continúa contaminando.

¡Qué tristeza ver esas imágenes! Mirándolas sin poder creer uno se pregunta ¿cómo se llegó a esto? No es posible pasar por allí sin darse cuenta de tal cantidad de desperdicios. Todos aportaron con una botella, con una bolsa, con un pedazo de pared derrumbada, con el pedazo de trapo que ya no sirve, con el zapato que tiene desprendida la suela, etc. Todos dejaron lo que pudieron, lo que tenían a mano. Qué tal si hubiera sido al revés y cada quien hubiera dejado su botella, su bolsa, su trapo donde correspondía dejar y no en el lago, la historia sería otra. Para comenzar todos tendríamos un hermoso lago vivo y limpio.

La peor contaminación, la más peligrosa, está ubicada en la parte noreste del Uru Uru, donde llegan los metales pesados transportados por el río Tagarete que desemboca en el lago, llevando las aguas contaminadas que se vierten sin ninguna vergüenza y también sin que aparentemente ninguna autoridad se imponga, prohibiendo y sancionando esa actividad. Digo aparentemente para no pecar de omisión, aunque a simple vista hay claramente una ausencia de autoridad. Ese lago que está contaminado por los desperdicios de la mina San José ha visto desaparecer a sus peces y patos, así como cualquier atisbo de vida vegetal. Los lagos son riqueza natural que debe ser cuidada y preservada, verlos contaminados, llenos de basura, nos hace pensar que, como tantas otras cosas, hablar del respeto a la Madre Tierra no pasa de un discurso simplón y oportunista, condescendiente con la incumplida normativa que ha demostrado ser absolutamente ineficaz en los hechos.

Lucía Sauma es periodista.

Comparte y opina:

Otras pandemias

/ 2 de diciembre de 2021 / 01:04

“Mis hijos no han podido ir a la escuela este año, era imposible para mí comprar megas. Tengo cinco hijos y un solo celular… no he podido… ellos trabajan conmigo”. Esto dice una mamá de niños en edad escolar, no hay clases presenciales por la pandemia del COVID-19 y sobrevivir es la principal urgencia para esta familia con una sola jefa de hogar y cinco menores de entre 5 y 16 años. Todos comienzan sus tareas a las 05.00, los hijos venden pañuelos, barbijos y pequeños aspersores de alcohol, en el centro paceño. La madre vende gelatinas y refresco de mocochinchi. Estos niños no pasaron clases porque no pueden acceder a un celular, menos a una computadora, o una tablet, sus ingresos son muy limitados, el único camino que les quedó fue postergar su educación.

El trabajo infantil es una forma de esclavitud moderna y la pandemia ha agudizado la situación de pobreza de las familias obligándolas a utilizar a todos los miembros más jóvenes, sin importar su edad, en las actividades de sobrevivencia que han tenido que emprender para hacer frente a la crisis que ya lleva dos años. Lo peor radica en que, además de trabajar a una edad en que no deberían, han tenido que dejar la escuela, lo que significa que está en riesgo absoluto su pasaporte para salir de la pobreza. Estos dos últimos años han carcomido las raíces del crecimiento que a duras penas se estaba construyendo.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) y Unicef dieron a conocer que por efecto de la pandemia del coronavirus, en Bolivia ingresaron al mercado laboral unos 31.000 niños, niñas y adolescentes, por supuesto que en condiciones de absoluta precariedad. Sin embargo, existe otra alarma que suena incesante, aunque no lo suficientemente fuerte para terminar con la sordera que oculta la trata de niñas y niños incrementada en esta época, sea por la falta de escuela, mayor exposición a las redes sociales o la urgencia de conseguir cualquier actividad que les genere ingresos económicos. Estas necesidades hacen que niños y adolescentes sean presa fácil para los traficantes de menores, insertándolos en trabajo esclavo o en redes de prostitución y pornografía infantil, engañándolos con falsas promesas primero y encadenándolos con amenazas después.

A la par que se lucha por terminar con la pandemia del COVID-19, hay que luchar contra estas otras pandemias tanto o más amenazantes para niñas, niños y adolescentes. Es necesario que el Estado tome medidas urgentes que protejan a los menores, que se asuman todos los recaudos de precaución y se retorne a clases presenciales. Urge que desde los gobiernos municipales se programen campañas informativas sobre el peligro de la trata y tráfico, pero sobre todo ser creativos para que el tiempo libre sea útil para niños y adolescentes.

Lucía Sauma es periodista.

Comparte y opina:

En la era de la posverdad

/ 18 de noviembre de 2021 / 02:41

Una mujer cuenta su historia por WhatsApp, relata que ella recibía dinero desde Berlín para los medicamentos de su suegra, como lo hace desde hace mucho tiempo, pero la semana pasada cuando fue a recoger el giro le dijeron que no puede retirar el dinero porque está investigada por ganancias ilícitas. Quien cuenta la historia sabe perfectamente que nadie le podrá replicar, ni hacerle más preguntas aclaratorias. Es la voz de una anónima dirigida a miles de anónimos dispuestos a escuchar y difundir un rumor que los reafirma en su posición o en lo que decidieron aceptar como cierto.

En el uso y abuso de las redes sociales, el mensaje sobre una Ley del Inquilinato es otra muestra de la velocidad a la que puede circular una afirmación y comparar con el tiempo que tarda conocer la realidad, la efectividad que pueda tener el desmentido y finalmente la incapacidad de despejar dudas una vez que son sembradas. En el ejemplo de una supuesta Ley del Inquilinato por la que los dueños de casa por poco deberían entregar sus inmuebles al Estado, a pesar de los desmentidos aún circulan mensajes, sigue siendo tema de conversación e incluso hay quienes actúan como si esa norma estaría en plena aplicación.

En ambos ejemplos la verdad es lo de menos. Las consecuencias no interesan, los efectos de los mensajes falsos sirven a determinados intereses y en ese sentido quienes los difunden están defendiendo sus intereses a costa de engaños. Exactamente es el mismo procedimiento con el que actúan quienes esta temporada realizaron estafas piramidales ofreciendo réditos imposibles a cambio de determinados montos depositados en cuentas bancarias a través de transacciones electrónicas. Siempre habrán personas que no están suficientemente informadas y terminarán siendo víctimas de estafas. Estos mismos canales se utilizan para cometer delitos como la trata y tráfico de personas, la pornografía infantil, robos de identidad, robos de cuentas bancarias, así como el desprestigio y calumnia, que sin importar lo que hagan no logran recuperar o demostrar inocencia ni decencia.

Quienes se resisten a creer en los mensajes que abarrotan las redes sociales son quienes verifican la información que reciben, comprueban la veracidad de lo que llega por WhatsApp, Facebook, etc., porque sienten que la mentira es una afrenta a su inteligencia, sienten que los humillan e insultan. Las mentiras siembran dudas que son muy difíciles de disipar, se difunden con mucha rapidez, pero limpiar las manchas que dejan lleva demasiado tiempo y requiere mucho trabajo, tanto que a veces se hace imposible sacar a luz la verdad. Eso saben perfectamente quienes intencionalmente construyen estrategias comunicacionales basadas en mentiras, saben que el daño es irremediable para el conjunto de la sociedad, con grandes réditos para sus intereses personales porque estamos en la era de la posverdad.

Lucía Sauma es periodista.

Comparte y opina:

Últimas Noticias