Voces

viernes 25 sep 2020 | Actualizado a 06:28

No somos enemigos

/ 12 de agosto de 2020 / 02:29

Estos días cientos de imágenes han impreso la radiografía del país: bebecitos en incubadoras a punto de quedar sin oxígeno. Cientos de caminos y carreteras bloqueados. Miles de personas que tienen reclamos de todo tipo desde una prueba de COVID, retorno a clases para sus hijos, renuncia de autoridades, alimentos, trabajo, cama en un hospital, entierro digno. Son demasiadas demandas, demasiadas necesidades. Lo peor es que todas estas imágenes son reales y la falta de respuestas, de soluciones, también.

Puestos frente a esta situación nos preguntamos: ¿Qué hacer? ¿Cómo evitar las escenas que se vieron el pasado domingo en Cochabamba? La radicalidad entre un grupo y otro se da por la falta de racionalidad de ambos, por eso termina desencadenando violencia. Quienes se quejan de la ignorancia o la indolencia de los bloqueadores tampoco reconocen sus propias ignorancias o sus indolencias ante la cotidianidad de quienes solo conocen la sobrevivencia y cuya imagen del futuro es tan triste que no existe.

Bolivia es un país muy desigual, la aceptación sin cuestionamiento de esa desigualdad como algo natural es el peor impedimento para una verdadera salida. Mientras la mayoría de la población no alcance mejores situaciones de vida, no tenga acceso a una educación de calidad, mientras el agua o la luz no pasen de enunciados a derechos cumplidos para todos, el país seguirá siendo un espacio imposible de ordenarse.

Para conseguir  los mínimos logros de igualdad es necesario que en todos los sectores sociales se entienda la urgencia de un acuerdo de unidad en torno a un solo objetivo: la construcción de un país con un mayor nivel de igualdad del que disfrute la mayoría de la población. ¿Ilusorio? ¿Ingenuo? Mi respuesta es que así se construyeron países devastados, destruidos, por guerras, por desigualdades tan aberrantes como las que ahora nos enfrentan. Fueron capaces de dejarse llevar por la oportuna lucidez y depusieron sus armas, sus odios, sus antiguas afrentas. Desecharon lo que les dividía y dieron importancia a los puntos en los que coincidían.

En situaciones como las que vivimos es muy fácil identificar al contrincante, al enemigo, al adversario, lo difícil es encontrar a quienes pueden actuar con  grandeza, los dispuestos a trascender más allá de sus intereses personales e inmediatos y proceder en consecuencia, sin violencia, sin amenazas, sin mentiras. Son muchos los que están dispuestos a trabajar en el cuidado del prójimo. Son mayoría los que quieren que sus hijos estén ocupados en sus tareas escolares, en sus juegos de niños, en sus propios sueños. Son multitud los que están dispuestos a entregar sus energías por una sociedad que enorgullezca a todos. Solo que a veces no los vemos.

Lucía Sauma es periodista.

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Mujer, trabajo y pandemia

/ 23 de septiembre de 2020 / 02:28

Esta época de pandemia y cuarentena trajo para las mujeres, además de la violencia, otras amenazas a sus derechos y libertades. Con razón Naciones Unidas dijo que “es probable que la profunda recesión económica que acompaña a la pandemia tenga un rostro claramente femenino”.

Las mujeres se han insertado en el ámbito laboral ejerciendo trabajos mal pagados, en los que previamente renunciaron a beneficios establecidos por la Ley General del Trabajo como el derecho a un salario mínimo, seguro de salud, vacaciones pagadas, jornada laboral de ocho horas, baja por maternidad y otros derechos que son abiertamente desconocidos por los empleadores. La OIT estima que solo en los próximos tres meses se perderán casi 200 millones de puestos de trabajo en el mundo. En Bolivia, los despidos se masificaron y las mujeres (principalmente ellas) fueron despedidas sin ningún goce de haberes, sin los tres meses de desahucio, sin el pago de los salarios devengados y en muchos casos fueron obligadas a renunciar por quiebra de las empresas.

En varios sectores los contratos en planillas anuales o incluso mensuales son una quimera. Ahora los acuerdos laborales se dan en forma semanal o diaria y por tanto el concepto de salario y mucho más el de beneficios sociales desaparece. En nuestro país el gran bolsón de actividad laboral está en el trabajo llamado informal o de cuenta propia, que implica principalmente la venta callejera, realizada en un 80% por mujeres, quienes también se han visto gravemente afectadas por la cuarentena de seis meses. Para estas trabajadoras esto significó la pérdida del 70% de sus ingresos en los dos primeros meses de confinamiento.

Otro tema importante a tomar en cuenta en el trabajo de las mujeres en tiempos de pandemia es el enorme aumento en las labores del trabajo reproductivo, que no fueron repartidas equitativamente dentro de los hogares. Por ejemplo, el cierre de escuelas supone tener a los niños en la casa debiendo cuidarlos a la par que realizar todas las tareas del hogar, extremar los cuidados de los ancianos y además buscar la manera de inventar otras actividades para cubrir el sustento diario.

La pandemia ha dejado al descubierto la desigualdad en la que las mujeres cumplen su doble jornada: el trabajo productivo que además suele ser más precario para las mujeres y el trabajo reproductivo o de cuidado que generalmente es invisible, gratuito y exclusivamente femenino. Y aunque la Constitución Política del Estado dice que el trabajo que se realiza en el hogar debe ser reconocido en las cuentas públicas, aún no se ha logrado siquiera que sea catalogado como trabajo, aunque la vida de las personas depende de él, todavía se lo considera inferior seguramente porque es ejercido principalmente por las mujeres.

Lucía Sauma es periodista.

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Ni patadas, ni mordiscos

/ 9 de septiembre de 2020 / 00:45

En un solo día escuché dos exabruptos de dos autoridades y sobre dos temas distintos, aunque ambos tengan que ver con violencia y la violencia es un exabrupto en sí misma. El primero tiene la autoría de Rafael Quispe, director de Coordinación con Movimientos Sociales, quien dijo que “si fuera Ministro de Gobierno, meto a patadas la Embajada de México y saco del cuello a Quintana”. Detrás de esas palabras seguramente hay un afán de protagonismo, un ardid para atraer la atención a toda costa, negándose a pensar en lo que significa agredir una embajada, en todos los convenios y acuerdos internacionales que se mandan por la borda, en la reacción del país aludido y el hazmerreír en el que terminan esas insulsas palabras.

El otro caso es el que lanzó Aníbal Rivas, jefe policial de Bermejo, quien cuestionó a una víctima de violación sexual arguyendo que “tiene dientes, ¿por qué no mordió a su agresor, por qué no lo arañó?”, luego dijo que eso le hace pensar que “la actuación de la víctima fuera porque quiso que suceda de esta manera”, también se preguntó si las personas no pueden defenderse. Este señor seguro no pensó en su madre, su esposa, en su hija o su hermana, en el momento de hablar tan irrespetuosamente, poniendo en duda la denuncia y convirtiendo a la víctima en una provocadora de la agresión. No pensó el jefe policial que sus palabras suenan a justificación del delito y la conducta del violador, otorgando grado de culpabilidad a las mujeres, las niñas o las bebitas que son violadas a diario en el monte, o en sus casas sin la mínima posibilidad de defenderse como él con tanto desparpajo aconseja.

Ambas aseveraciones provienen de quienes aceptan la violencia, la defienden, la justifican y posiblemente la utilizan. Ninguna de esas conductas, ninguna de esas declaraciones deben pasarse por alto. Quien es capaz de entrar a un lugar a la fuerza es porque tiene alguna experiencia en hacerlo. Y quien aconseja morder o rasguñar olvida que las relaciones humanas hace miles de años dejaron atrás la edad de piedra, donde el macho arrastra de los cabellos a la hembra. Tan erráticas aseveraciones tienen el trasfondo de la fuerza bruta con la que actúan los defensores del patriarcado que solo piensan en cómo dominar a las mujeres y es la defensa de los dictadores que gobiernan pisando la cabeza de los ciudadanos.

Quienes vertieron esas palabras deberán tener en cuenta que no importa si luego de decirlas apelan a que sus declaraciones fueron tergiversadas como es el caso del jefe policial de Bermejo, porque lo dicho, dicho está. Muchos piensan como ellos y solapadamente festejan el atrevimiento. Sepan que ambas declaraciones están defendiendo lo indefendible, están justificando la violencia, terminan eligiendo la barbarie.

Lucía Sauma es periodista.

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Educación a distancia de los políticos

/ 26 de agosto de 2020 / 01:51

El domingo 2 de agosto el Gobierno anunció la clausura del año escolar 2020, lo hizo el ministro de la Presidencia, Yerko Núñez. Al día siguiente, el ministro de Educación, Víctor Hugo Cárdenas, dijo que las clases continuaban en todos sus niveles y que la clausura era solo administrativa. Luego de ambos anuncios la confusión y el caos reinaron a sus anchas. Cuando las aguas habían bajado su caudal, el 19 de agosto, la Sala Constitucional Primera del Tribunal  de Justicia de La Paz dejó sin efecto la clausura del año escolar. Más confusión, más caos.

En estos cinco meses de cuarentena quedó claro que fueron muchos los ofrecimientos para solucionar la orfandad de educación, pero en realidad no se encaró el tema con seriedad ni responsabilidad. Primó como siempre el tema político, las acusaciones, la revisión del pasado como el mejor ardid para justificar lo injustificable. Desde el momento que se declaró la cuarentena en marzo, escuchamos una y otra vez la retahíla constante de un supuesto plan salvador, de un salto a la modernización y el uso de plataformas, aulas virtuales, clases por radio y televisión, programas y planes que nunca se hicieron realidad. Por entonces también se aseguró una y otra vez que no se clausuraría el año escolar.

Inexorablemente llegó la medida tantas veces desmentida de la clausura, ésta vino acompañada de la decisión, a modo de alfiler que pincha el globo, de pase de curso para todos, dejando al descubierto los cimientos de nuestra educación memorística, probada con exámenes donde solo importa la nota y pasar por pasar. A casi nadie le interesa si de verdad se aprendió algo. Se califica el sometimiento, no la reflexión o el desarrollo de una idea con argumento.

Por contradictorio que parezca es necesario aferrarse a este momento como de una tabla salvadora en lugar de seguir dando manotazos de ahogado. Este es un tiempo en el que se puede promover una educación que sea fruto del racionamiento, la que conlleve investigar, la que promueva la curiosidad, la que forme estudiantes con criterio, la que amplíe la visión hacia el mundo del siglo XXI, capaz de aceptar la diversidad como una riqueza, desde el nivel inicial hasta la educación superior. No clases repetitivas y memorísticas sino la presentación de situaciones a resolver.

 Este es un momento en el que se pueden proponer cambios profundos en el sistema educativo. En este tiempo la educación es un tema a salvar a la par que la salud. Y si existe la decisión de hacerlo, el primer paso será despolitizar ambos temas y encararlos con seriedad invitando a quienes hacen ciencia, a quienes son verdaderos especialistas para que implementen políticas de Estado sin la presencia de aquellos que solo miden la ganancia o pérdida según los intereses de su color político partidario, es decir mantener la educación a distancia de los políticos.

Lucía Sauma es periodista.

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Mucho por hacer

/ 29 de julio de 2020 / 09:35

¿Es posible salirse del cerco que el coronavirus ha construido alrededor de la vida? La primera respuesta es que no. Pero el instinto de sobrevivencia nos lleva a pensar en el año pasado cuando éramos libres de la pandemia y los planes iban por otros rumbos. Por ejemplo, La Razón nos había planteado a algunos columnistas hablar sobre el futuro del periódico impreso. En ese momento no había duda en creer que el periódico en papel aún tenía larga vida y aunque todavía esa idea está vigente, también está claro que se debe agregar el verbo reinventar donde coexistan el impreso y el periódico digital convertido en multimedia. Todos estos son soportes y herramientas que no condicionan ni someten el contenido de la noticia, o a la convicción de los periodistas. En julio de 2019 era imposible imaginar que el periódico impreso ya no estaría todos los días a las 06.00 junto con el desayuno y que desaparecería la impresión dominical. Tampoco era posible proyectar que la ausencia se daría por algo totalmente ajeno a los cambios tecnológicos, que sería un enemigo invisible el que asolaría con todo y nos sumergiría en un cuento de ciencia ficción demasiado real, del que todavía no se conoce el final.

La radio era otro tema para cuestionar su vigencia, su capacidad para captar la imaginación de las generaciones actuales. ¿Por qué los radialistas creen que las redes sociales les ganan la batalla? Dan esa impresión cuando se remiten a leer mensajes que les llega al WhatsApp o el Facebook sin importar la pertinencia, la veracidad o el respeto que deberían guardar. La radio en general también tiene que reinventarse. ¿Dónde está la maga capaz de hacer imaginar otros mundos, otras épocas, otros sueños? ¿Dónde se fue la compañera de los más solos a la hora en la que la soledad duele más? La gente aún necesita de voces amigas que le hablen al oído, que la tranquilicen, que le narren cuentos. Todos tienen sed de aprender y valoran a quien les ayuda a descubrir conocimiento, a quien les muestra lo diverso que es el mundo, sus habitantes, sus historias y sus formas diarias de hacer la vida.

A pesar de las cuarentenas, rígidas, dinámicas o las que sean y por duros que sean los golpes, aún están las ganas de inventar, de construir otras historias, de seguir adelante con las viejas y las nuevas herramientas comunicacionales. La sociedad aún necesita que el periódico, impreso o digital, le proporcione información contrastada, que le oriente. Todavía el ser humano necesita que le hablen desde una radio, que se convierta en una amiga provocadora con la suficiente inteligencia para hacer imaginar las formas de mejorar nuestro mundo, de remozarlo, de humanizarlo. Hay mucho camino por andar y mucha vida por gastar.

Lucía Sauma es periodista.

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Indefensión

/ 15 de julio de 2020 / 09:25

En estos días peregrinar parece ser una práctica forzada, mucho más habitual de lo deseado, o incluso de lo recomendado. Hay cientos de personas que van de farmacia en farmacia buscando la otrora barata y popular aspirina hasta remedios mucho más sofisticados, y cuyos nombres incrementan el nuevo vocabulario surgido de la pandemia. Hay peregrinajes más duros, injustos y de triste final como los que realizaron de hospital en hospital miles de personas enfermas de COVID-19, sin conseguir que las atiendan y terminaron muertas en las puertas cerradas de alguno de esos centros colapsados, atestados, con personal en muchos casos mal protegido, agotado por el esfuerzo e impotente ante el drama.

Existe otro peregrinaje y es el de los familiares de niñas víctimas de abuso sexual sucedido en sus propias casas y en plena cuarentena. Son frecuentes las imágenes de vecinos, generalmente mujeres, pidiendo que detengan a los autores que marcan de por vida la existencia de pequeñitas de corta edad o las matan como el caso de la niña Esther, quien terminó muerta porque ser niña y mujer son razones suficientes para machos enfermos que desde la sombra acechan a sus víctimas, no importa que él pase 30 años de prisión, ella no volverá. En más de un caso, familiares de víctimas de abuso sexual pasaron horas y hasta días buscándolas de un sitio a otro, sin mayores pistas que las pocas palabras de algún testigo inesperado.

Estos peregrinajes son la reacción de una población agobiada por la indefensión, sin certezas sobre su salud, la educación de sus hijos o su fuente de ingresos económicos. Este es un tiempo en el que la población boliviana necesita autoridades menos dedicadas a los conflictos del poder, a políticos menos interesados en aprovechar la ocasión para hacer campaña electoral. La situación exige que todos los trabajos, todos los esfuerzos se concentren en atender a los enfermos, en implementar los hospitales con lo necesario para que nadie muera en la calle sin ser médicamente asistido. Toda actividad de los encargados de velar por la educación de los niños y jóvenes del país, debería estar absolutamente centrada en hacer que se cumpla a cabalidad la tarea de enseñar y el derecho de aprender sin recurrir a la nefasta medida de aprobar automáticamente el pase de curso en todos los niveles.

Improvisar, ocultar o esquivar la verdadera situación que vive el país es simplemente no tener ninguna consideración hacia la ciudadanía. Quienes gobiernan en todos los niveles creen que la gente ocupada en el peregrinaje cotidiano no percibirá el engaño, pero se equivocan porque hombres y mujeres de a pie valoran a quien actúa en beneficio de su vida y desprecia a quienes la desgracian. La población solo pide respeto.

*Lucía Sauma es periodista

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