Voces

sábado 24 oct 2020 | Actualizado a 19:13

Las masas de agosto

/ 17 de agosto de 2020 / 01:57

En las redes sociales circula una foto de una columna de indígenas que marcha en un paraje altiplánico. Hombres ataviados de ponchos y mujeres vestidas con polleras ondean la bandera boliviana y la wiphala dirigiéndose hacia uno de los puntos de bloqueos convocado por la Central Obrera Boliviana (COB) y el Pacto de Unidad. La movilización busca reponer la democracia.

René Zavaleta al escudriñar el bloqueo campesino, en noviembre de 1979, que revirtió el golpe de Estado de Alberto Natusch, concluía: La autodeterminación de las masas opera como una mediación insoslayable para localizar a la democracia como horizonte de lucha. Entonces, otorgaba un contenido político a las movilizaciones populares. Las masas de noviembre (dixit Zavaleta), no solo el 79, sino otros momentos constitutivos: 1952 y más reciente, en octubre de 2003, la autodeterminación de las masas fue crucial para la democratización social.  

A inicios de agosto de 2020, mes de ofrendas a la Pachamama y en medio de la pandemia, otra vez, lo nacional-popular ocupa el campo político. La COB junto al Pacto de Unidad, esa bisagra obrera/campesina-indígena configura lo nacional-popular. Al igual que en noviembre del 79, la memoria de lucha se reactiva y motoriza la movilización para evitar la proscripción de la democracia y el derecho al voto de la mayoría.

Las “masas de agosto” nuevamente están recuperando para lo nacional-popular a la democracia como dispositivo discursivo movilizador. Ese discurso democrático fue arrebatado por los sectores conservadores. Desde el referéndum constitucional del 21 de febrero de 2016, el discurso democrático generó una subjetividad en la clase media para perforar el liderazgo político de Evo Morales. Posteriormente, el discurso del dizque fraude electoral se articuló al clivaje democracia/autoritarismo, que, paradójicamente legitimó el golpe de Estado del 10 de noviembre de 2019.

Zavaleta construyó una herramienta de análisis, “la crisis como método de conocimiento”. O sea, la crisis como reveladora de lo social y lo político. Si seguimos este método zavaleteano, la “crisis de agosto” pone en evidencia, por una parte, que la movilización de lo “nacional-popular” asume a la democracia como horizonte de lucha y devenir estatal. Mientras tanto, por el otro lado, los sectores oligárquicos que decían ser “democráticos” hoy se sacan sus caretas oponiéndose a la verificación de las elecciones sea en cualquier fecha.

El gobierno de facto de Jeanine Áñez usó la pandemia como pretexto para postergar el desarrollo de los comicios y una asamblea del Comité Cívico Pro Santa Cruz, expresión de la oligarquía cruceña, resolvió que no quiere elecciones en octubre. La oligarquía sabe que lo nacional-popular apuesta por el derrotero de las elecciones. Mientras, ella apuesta por la otra vía, la autoritaria. Así, estigmatizan a lo nacional-popular tildándolos de “salvajes” o “bestias”, llegan a la crisis tal como son, cabalgando en sus propios prejuicios, verbalizando de una manera indisimulada su racismo colonial. Zavaleta tenía razón: La crisis desnuda descarnadamente a la sociedad. Hoy se visibiliza, gracias a la crisis de agosto, quiénes son antidemocráticos, y quiénes no son.

Entonces, la autodeterminación de las masas, una vez más, sirve para contener la arremetida autoritaria. Más allá de cualquier cálculo electoral, la subjetividad de las masas busca restablecer la democracia y, como efecto colateral, revertir la restauración oligárquica en curso. Quizás, blindar la fecha de las elecciones sea la enseñanza cognoscitiva, ética y política de las “masas de agosto”.

Yuri F. Tórrez es sociólogo.

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Potencia nacional popular

/ 24 de octubre de 2020 / 04:29

El triunfo contundente del MAS en las elecciones del 18 de octubre ha evidenciado dos rasgos estructurales de la política boliviana: la imposibilidad de construir una mayoría electoral sin los segmentos nacional-populares y al mismo tiempo la diversidad y complejidad de estos grupos. Aspectos largamente subestimados, si no directamente ignorados, por buena parte de analistas, voces mediáticas y operadores políticos.

Esta miopía conceptual está en la base del error que impidió a la centroderecha incluso imaginarse que ese escenario era posible. La hipótesis de que el anti-masismo era mayoritario, algo así como el 70% según algunos entusiastas, contaminó la orientación estratégica y la operación de esas fuerzas. Formidable ejemplo que las ideas, en política, importan y que equivocarse en la lectura del contexto puede ser fatal.

Es un fácil recurso echarles la culpa a las encuestas, sin admitir que el problema no eran ellas, sino su lectura sesgada y unidimensional. Desde hace varios años, la mayoría nos decía que el equilibrio entre el bloque social favorable al MAS y el de sus opositores era bastante similar. Es decir, había una suerte de “empate” político en la opinión pública básicamente en torno a la cuestión de la reelección, pero, al mismo tiempo, una gran heterogeneidad de intereses, posiciones e intensidad de adhesiones al interior de cada una de ellas.

Sino cómo se entiende que después de la debacle de noviembre, la evaluación retrospectiva de la gestión de Evo Morales seguía siendo positiva para el 45% de los entrevistados en alguna encuesta de diciembre de 2019, o que Carlos Mesa no pudiera superar el 50% de preferencias brutas en los “escenarios” de segunda vuelta, naturalmente polarizadores, en los sondeos preelectorales. Es decir, la fuerza del MAS siempre estuvo ahí, en los extendidos mundos populares urbanos y rurales que son mayoritarios, pero que sin activadores ni incentivos correctos podía resultar insuficiente. La gran virtud de los políticos masistas, Evo Morales el primero entre ellos, fue justamente entender y aprovechar, discursiva y políticamente, los groseros errores de sus adversarios y el azar de las crisis que nos tocó sufrir para hablarles a esas personas y volver a representarlas.

Su éxito no fue únicamente retórico o programático, al entender por ejemplo que la idea de la crisis se imponía en las conversaciones desde abril, sino también en las formas, al proponer una campaña con un renovado estilo populista y cercano a la gente. Aunque, también convengamos, que eso hubiera sido menos eficiente sin el terremoto llamado pandemia, los equívocos groseros del gobierno de Áñez y la ceguera de las élites y su extraña incapacidad para leer los cambios que se producían a su alrededor. Ese es el trabajo de los políticos, frente a las vicisitudes de la fortuna, responder con la virtud de la adaptación y la comprensión razonada o intuitiva del momento.

Todo esto nos debería hacer también reflexionar acerca de la diversidad de eso que llamamos “mundos populares”. Aunque el MAS los hegemoniza, lo cierto es que no los representa totalmente ni siempre de la misma manera. Se trata de electores racionales, no solo emotivos o “identitarios” como se les encasilla, que, por ejemplo, desconfiaron de Morales en su último mandato, más por razones de comportamiento cívico que por sus resultados, llegando incluso a votar por algún opositor en octubre de 2019, pero que luego se reconciliaron con él por falta de alternativas.

Sería, en consecuencia, un error, esta vez del renovado MAS y de sus futuras oposiciones, asumir que este apoyo nacional-popular es automático y homogéneo. Su núcleo más intenso, ciertamente, es el mundo campesino estructurado en comunidades y sindicatos, pero importan también las muchedumbres populares urbanas, deseosas de movilidad social y modernidad, que reclaman igualdad, pero también autonomía individual. Se ha ratificado pues que somos un pueblo multinacional en toda su grandiosa diversidad, racionalidad y fuerza transformadora. Ahí está el futuro.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Una derrota como ‘never in the life’ (*)

/ 24 de octubre de 2020 / 04:27

El desconocimiento al resultado de un referéndum (21 de febrero de 2016), la habilitación forzada de Evo Morales a la repostulación presidencial a través del Tribunal Constitucional aduciendo candidatura como derecho humano y la conducta fraudulenta de vocales del Tribunal Supremo Electoral suspendiendo y rehabilitando arbitrariamente el conteo rápido no oficial —que no equivale a un fraude comprobado— dieron lugar al golpe de Estado del 10 de noviembre de 2019, iniciado por el candidato de Comunidad Ciudadana, Carlos Mesa, gracias al precipitado pronunciamiento de la comisión de observadores de la OEA que cantaron “inexplicable cambio de tendencia en el escrutinio” cuando el TREP fue injustificadamente interrumpido y repuesto entre el 20 y el 21 de octubre.

Los autores del golpe son, por orden de actuación, detrás de Mesa, Luis Fernando Camacho, entonces al mando del Comité Cívico Pro Santa Cruz; los jefes policiales amotinados en las capitales de departamento; el Alto Mando Militar que le “sugirió” renunciar a Evo Morales a través del Gral. Williams Kaliman, comandante en Jefe; Jorge Quiroga junto con su abogado Luis Vásquez Villamor, coordinadores de acciones logístico jurídicas para que el depuesto presidente pudiera salir del país y Jeanine Áñez accediera a la silla por la vía de una sucesión que no le corresponde (artículos 169 y 170 de la Constitución Política); un poco más atrás, el senador de Demócratas Óscar Ortíz; el jefe de Unidad Nacional, Samuel Doria Medina, y la participación injerencista de los embajadores de la Unión Europea, León de la Torre, y de la República Federativa del Brasil, Octavio Henrique Díaz, así como la de monseñor Eugenio Scarpellini (QDDG), en representación de la sacrosanta y siempre entrometida Iglesia católica, autonombrada para participar en asuntos terrenales de orden político.

Estos mismos actores saltaron al escenario electoral previsto para este 2020, con un candidato que presentaba síntomas de hipocondria, temeroso de salir de casa para hacer campaña cuando la pandemia lo permitía; el otro georeferenciandosé como nuevo libertador desde Santa Cruz de la Sierra, y en tercer lugar el heredero del dictador Banzer, nombrado en primera instancia embajador para explicarle a la comunidad internacional lo sucedido en Bolivia, para más tarde convertirse en candidato (Libre 21) que hizo de la adjetivación sin pausa contra el MAS y sus candidatos, su intento por trascender ese 1% de las encuestas que le aconsejaban que se bajara para que el papelón no fuera mayúsculo.

En el primer escenario, en aquél que pudieron haber acomodado las piezas desparramadas del rompecabezas, la comedia de equívocos dio inicio cuando Áñez decidió descaderar a quienes la hicieron presidenta, lanzándose a la candidatura de una alianza creada al vuelo —Juntos—,  decisión cuestionada hasta por antiestética, en momentos en que el coronavirus se convertía en el dispositivo de control sanitario y psicológico del país, con patrullas de uniformados con trajes de camuflaje transitando las calles desiertas de las ciudades y el ministro de Gobierno, que se pasó el año entero amenazando y pronunciando ultimátums —hasta carcomer su ilegítima base de sustentación—, instruyendo investigaciones para perseguir a militantes y a expersoneros gubernamentales de la última administración masista. Y así llegamos, luego de tres diferimientos con olor a prorroguismo, al 18 de octubre que convirtió la demagógica frase de que un año atrás se había producido en Bolivia un fraude “monumental”, en una derrota como never in the life por la falta de lectura actualizada de lo que es hoy el país, a partir de la negación de ese sujeto histórico denominado indígena originario campesino, núcleo de imbatibilidad electoral, ahora sin Evo Morales en la papeleta.

Además de unos estrategas desangelados y miopes, hay que apuntar en el coro desafinado de activistas que creían saber cómo hacer para evitar el retorno del partido azul; al oportunista de Puebla, desempolvando sus archivos para recordarnos que alguna vez dijo que David Choquehuanca es un “buen tipo” y al redactor paraestatal de una burbuja digital que en lugar de denunciar internacionalmente el violentamiento y la interrupción de nuestro Estado de derecho, no tuvo mejor idea que jugar a persecutor mediático publicando fotos de algún colega “zurdo”, como diría Arturo Murillo, casi invitando al linchamiento: Esa es la estruendosa “independencia” periodística de quienes juegan con la ventaja de las bayonetas auspiciando sus palabras. Son tan culpables de este nuevo fracaso de la derecha, como los candidatos a los que alentaron.

En el contexto masista del pasado reciente, es bueno precisar que es el momento del no retorno de aquel ministro que torpedeó el nuevo Código Penal desde dentro porque no lo había hecho él, poniéndole palos a la rueda a sus compañeros asambleistas. Ni hablar de ese otro ministro saliente, que junto con su sustituta esperaban en plan emboscada en una vagoneta al dirigente del Chapare Andrónico Rodríguez en el aeropuerto de El Alto, con el propósito de conducirlo a una reunión con los golpistas para firmar la “pacificación” nacional. Es hora de que quienes convencieron a Evo de su inmortalidad, queden, como corresponde, al costado del camino, sin perder la oportunidad de hacer silencio para que el Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos pueda demostrarse a sí mismo y a todo el país, que trascender al líder histórico es continuar en las grandes batallas, desde la Bolivia profunda, esa a la que se niegan a viajar los que creen que para hacer campaña, la realidad se puede monitorear exclusivamente desde un escritorio.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

 (*) Never in the life, frase utilizada por el candidato de Comunidad Ciudadana en el debate auspiciado por la FAN y la CUB el sábado 3 de octubre.

Damos la bienvenida al periodista Julio Peñaloza Bretel como columnista de La Razón, e invitamos a leer un conjunto de artículos suyos referidos a la persecución política en el país que publicamos en el suplemento Animal Político de nuestras ediciones dominicales.

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¿A cuántos estadounidenses matará Ayn Rand?

/ 24 de octubre de 2020 / 04:22

Hace mucho tiempo, en una nación muy muy lejana (en realidad, apenas la primavera pasada), muchos conservadores menospreciaron el poderío del COVID-19 y calcularon que solo causaría problemas en Nueva York. Es cierto que en los primeros meses de la pandemia el área de Nueva York, que fue el puerto de entrada para muchos visitantes infectados provenientes de Europa, sufrió un fuerte embate. Sin embargo, concentrar en Nueva York las acciones en respuesta a esa acometida también ayudó a respaldar la retórica de derecha sobre una “matanza estadounidense” causada por los terribles males de las ciudades densamente pobladas y diversas. Los estados rurales blancos se creyeron inmunes.

A fin de cuentas, Nueva York controló el brote viral, en gran parte gracias al uso generalizado de cubrebocas, y en este momento esa “jurisdicción anarquista” es uno de los lugares más seguros del país. Con todo y que existe un preocupante repunte en algunos barrios, en especial en comunidades religiosas que no han respetado las normas de distanciamiento social, la tasa de positividad de la ciudad de Nueva York (la fracción de pruebas que muestran la presencia del coronavirus) se ubica apenas por encima del uno por ciento.

Por desgracia, justo cuando Nueva York logró contener su pandemia el coronavirus se disparó fuera de control en otras áreas del país. Observamos un mortífero repunte durante el verano en una extensa zona del Cinturón del Sol. En este momento, el virus se propaga con rapidez por una vasta extensión del Medio Oeste; es posible que las Dakotas, en particular, sean ahora los lugares más peligrosos de Estados Unidos.

El fin de semana pasado, Dakota del Norte, cuyo promedio diario de casos nuevos de coronavirus superó los 700, solo tenía 17 camas disponibles en sus servicios de terapia intensiva. Dakota del Sur, por su parte, tiene una aterradora tasa de positividad del 35%. Aunque la tendencia es que las muertes vayan desfasadas con respecto a las infecciones y hospitalizaciones, en este momento ya se registran más muertes en las Dakotas que en el estado de Nueva York, cuya población equivale a diez veces la población combinada de las Dakotas. Lo peor es que hay muchas razones para temer que la situación empeore conforme las temperaturas más frías obliguen a las personas a permanecer en espacios interiores y la COVID-19 interactúe con la temporada de resfriados.

¿Pero por qué sigue pasando esto? ¿Por qué Estados Unidos sigue cometiendo los mismos errores?

El desastroso liderazgo del presidente Donald Trump, por supuesto, es un factor importante. No obstante, también culpo a Ayn Rand o, de manera más generalizada, a una interpretación distorsionada del liberalismo libertario, una malinterpretación del concepto mismo de libertad.

Si le ponemos atención a las frases que usan los políticos republicanos ahora que la pandemia arrasa sus estados, se percibe una gran negación de la ciencia. La gobernadora Kristi Noem, de Dakota del Sur, ha adoptado por completo la ideología de Trump: cuestiona la utilidad de los tapabocas y alienta la realización de eventos que podrían ser superpropagadores (el festival de motocicletas de Sturgis, que atrajo a casi medio millón de motociclistas a su estado, quizás haya sido clave para disparar el número de infecciones virales).

Claro que también se escucha mucha retórica libertaria, comentarios sobre la “libertad” y la “responsabilidad personal”. Incluso los políticos dispuestos a decir que la gente debería cubrirse la cara y evitar las reuniones en interiores se niegan a aplicar sus facultades para imponer reglas en ese respecto, con el pretexto de que esas acciones deberían ser el resultado de una elección individual.

Qué tontería.

Es cierto que hay muchas decisiones que deben basarse en preferencias individuales. El gobierno no tiene por qué opinar acerca de tus gustos culturales, tus creencias o las actividades que realizas con otros adultos capaces de dar su consentimiento.

Pero rehusarnos a utilizar un cubrebocas durante una pandemia o insistir en reunirnos en grupos numerosos en espacios interiores no puede comparase con la decisión de a qué iglesia asistir. Es más parecido a verter aguas residuales en una presa que les surte agua potable a otras personas.

Aunque parezca increíble, todavía hay muchas personalidades destacadas que no parecen comprender (o no están dispuestas a hacerlo) por qué debemos cumplir con las reglas de distanciamiento social. La principal razón no es que queramos protegernos a nosotros mismos. Si fuera así, por supuesto que sería una cuestión de elección personal. Pero en este caso, más bien se trata de no poner en peligro a otros. Es cierto que usar una mascarilla protege en cierta medida al portador, pero su principal función es reducir las probabilidades de que esa persona infecte a otros.

En otras palabras, en estos momentos cualquier conducta irresponsable es, en esencia, una especie de contaminación. La única diferencia radica en cuán grande es el cambio de conducta necesario. Se puede hacer mucho para controlar la contaminación con solo regular a las instituciones de tal forma que las plantas eléctricas emitan menos dióxido de azufre o exigir que los automóviles tengan convertidores catalíticos. Si bien las decisiones individuales, como preferir papel o plástico, caminar o conducir, no son totalmente intrascendentes, sus efectos son tan solo marginales.

Controlar una pandemia, en cambio, requiere sobre todo que las personas modifiquen su conducta: que cubran su rostro o eviten convivir en bares, por ejemplo. No obstante, el principio es el mismo.

No niego que algunas personas se enfurecen a la mínima insinuación de que deberían soportar algún tipo de molestia en favor del bien común. De hecho, por razones que no comprendo bien, parecen enfurecerse todavía más cuando la molestia involucrada es trivial. Por ejemplo, ahora que el número de estadounidenses que mueren cada semana de COVID-19 ronda los 5.000, Donald Trump está obsesionado con los problemas que parecen ocasionarle los inodoros de bajo consumo.

Pero no es momento de preocuparnos por obsesiones insignificantes. Tal vez Trump se queje de que “lo único que escuchas es COVID, COVID, COVID”. Sin embargo, lo cierto es que el rumbo actual de la pandemia es aterrador. Por eso necesitamos más que nunca tener al mando a políticos dispuestos a tomar en serio el problema.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Secreto a voces

/ 23 de octubre de 2020 / 03:42

Para nadie debería resultar extraño que algunas unidades educativas fiscales y de convenio hayan retornado a las aulas para continuar con las concreciones curriculares a través de la modalidad de atención semipresencial. Atrás quedó la Resolución Ministerial 0050/2020 que determinó la clausura de la Gestión Educativa y Escolar 2020.

Según el controversial Decreto Supremo 4260 y su reglamentación específica para el Subsistema de Educación Regular, la modalidad de atención semipresencial es el proceso educativo caracterizado por combinar, de manera sistemática, la modalidad presencial con las modalidades de atención a distancia y/o virtual, sustentada en recursos físicos, televisivos, radiales, digitales, telefónicos, herramientas tecnológicas y en la interacción entre maestro y estudiantes.

Sin embargo, el Decreto Supremo 4314 del 27 de agosto, en su artículo quinto (Restricciones), inciso f, refiere textualmente la suspensión de clases presenciales en todo el territorio nacional, lo que fue ratificado por el Decreto Supremo 4352 del 29 de septiembre, que en su artículo único, parágrafo primero, amplía hasta el 31 de octubre la vigencia de las medidas de la fase de posconfinamiento con vigilancia comunitaria activa de casos de coronavirus.

La reanudación de las actividades curriculares en unidades educativas, en la modalidad semipresencial, tiene diferentes realidades y aristas. En algunos casos es el resultado del consenso entre maestros, estudiantes y padres de familia; no obstante, en otros contextos educativos prevalece el ultimátum de las juntas escolares y autoridades originarias, argumentando la cancelación de sueldos a los maestros y la desescalada de casos positivos por el COVID-19. 

Por consiguiente, es imperante que el Ministerio de Educación, Deportes y Culturas emita un pronunciamiento oficial sobre la autorización o prohibición del retorno a las aulas en la modalidad de atención semipresencial, ya que se carece de sustento legal y protocolos de bioseguridad para el desarrollo curricular en presencia del maestro y estudiantes.

De persistir la omisión dolosa de las autoridades educativas nacionales, departamentales y distritales, quedará demostrado una vez más la ausencia del Estado en algunos contextos educativos, siendo inadmisible que el retorno a las aulas no tenga ningún sustento legal y sanitario.

Luis Callapino es magíster en Políticas de Formación Docente.

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El MAS que conocí

/ 23 de octubre de 2020 / 03:34

Cuando se consumó el golpe de Estado de 2019, hasta el más optimista dentro del MAS-IPSP consideraba la posibilidad de que su partido tardaría más de una década en volver a levantarse, si lograba sobrevivir hasta las siguientes elecciones. Tiempo después, cuando quedaba patente el terco afecto del mundo popular por el partido azul, todavía primero en las encuestas electorales a mediados de este año, hasta el más pesimista de los masistas pensaba que era posible una victoria, pero nunca como efectivamente se dio el domingo pasado. No es posible predecir Bolivia; sí, tal vez, explicarla, quizá comprenderla.

Lo que sí podemos hacer con seguridad es reflexionar y adoptar una posición frente al mundo que se presenta ante nosotros, ejercitando nuestras capacidades valorativas permitidas por la razón. En ese sentido, me gustaría destacar lo que considero es rescatable en el MAS, y también señalar aquello que debería, a mi juicio, descartarse y superarse. Más allá de caudillos y mesías, éstas son las razones por las que creo que este partido es el único capaz de resolver los persistentes traumas colectivos de nuestro país.

Primero, intenta comprender y valora la identidad indígena boliviana que las clases privilegiadas del país rechazan visceralmente; segundo, entiende y se resiste, al menos en discurso, a perpetuar un orden internacional donde la división internacional del trabajo condena a Bolivia a producir materias primas y subordinarse a potencias extranjeras; y tercero, ensaya formas de distribución social de la riqueza en favor de los más pobres, a partir de la propiedad y control soberano de los recursos naturales y una decidida intervención estatal sobre la economía. Inclusión política, soberanía nacional y redistribución de la riqueza son, en suma, elementos que nos inclinan a muchos a favor del MAS, al menos el MAS que conocí.

Pero también debo indicar, negativamente, que este partido no pudo superar críticas deficiencias que hicieron posible la sedición “pitita” de noviembre pasado, tutelada por policías y militares: primero, no pudo articular las diferentes corrientes ideológicas que cohabitaban en su interior en una doctrina coherente capaz de ser transmitida y aplicada; segundo, permitió que las organizaciones sociales que posibilitaban su existencia fueran desplazadas en su conducción del Proceso de Cambio por clases medias que muchas veces justificaban su primacía en el manejo del Estado a partir de los excluyentes criterios del capital cultural y educativo; y tercero, concentró demasiado poder de decisión en un líder, Evo Morales, que tampoco trató de contrarrestar los nocivos efectos del culto a la personalidad, que de hecho fomentó.

Todo esto, lo bueno y lo malo, hizo que, durante 14 años de gobierno, contrastaran en Bolivia incipientes procesos de democratización socioeconómica e inclusión social frente a instituciones políticas informales como el clientelismo, el patrimonialismo y la corrupción, que fueron minando el respaldo popular al mencionado Proceso de Cambio. Un estancamiento que inadvertidamente se tornó en decadencia, y luego, en aparente extinción.

No sé si el MAS que describí y juzgué acá sigue existiendo. Tal vez es ya otro partido, mejor, peor, solo el tiempo y la calidad de sus líderes lo dirá. Más del 50% del electorado boliviano considera que merece otra oportunidad. Yo creo que la política es la solución colectiva a los problemas que enfrentamos como sociedad, y ésta no es posible sin ideas ni principios. He tratado de señalar algunos.

Carlos Moldiz es politólogo.

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