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lunes 10 may 2021 | Actualizado a 00:17

Crisis de representación política

/ 30 de agosto de 2020 / 00:39

El proceso político se encamina a las elecciones del 18 de octubre aunque hay posturas contrarias, como las del Comité Cívico cruceño que plantea que la fecha debe ser “abierta”. Este criterio disfraza una estrategia dirigida a forzar una nueva convocatoria que incluye el objetivo de proscribir al MAS. A ese plan se suman el Gobierno, Luis F. Camacho y Jorge Quiroga. La crisis sanitaria es el argumento para postergar indefinidamente las elecciones pero el motivo es que Luis Arce, candidato del MAS, es primero en las encuestas.

La bancada del MAS aprobó la ley que garantiza el 18 de octubre, aunque esa decisión fue cuestionada por las organizaciones que realizaron bloqueos exigiendo que el TSE respete el 6 de septiembre. Las protestas de agosto provocaron un menoscabo en la imagen del MAS y sacaron a relucir desavenencias en sus filas; sin embargo, el accionar en las calles y en el ámbito institucional logró consolidar la fecha de elecciones e inhibir los riesgos de prorroguismo. Otro actor relevante, Carlos Mesa, apoyó la postergación a octubre con el mismo entusiasmo que había apoyado la fecha de septiembre. ¿Qué denotan estas posturas, más allá de los cálculos electorales?

A mi juicio, denotan una crisis de representación política que tendrá una prueba de fuego en los comicios. Esta crisis tiene múltiples manifestaciones. La principal es la desarticulación de la coalición “antimasista” que logró una rotunda victoria política en noviembre pero fue dilapidada en un semestre. Aquello que parecía un “proyecto de restauración oligárquico señorial” se redujo a un plan de desfalco del Estado con una lamentable gestión de la crisis sanitaria que se destaca por la ineficiencia y la corrupción, así como por la aplicación de acciones represivas.

Esa coalición fue episódica, motivada por la existencia de un “enemigo común” aderezada con una retórica por la libertad que disfrazó un complot afincado en la consigna de “fraude monumental”. Se suponía que esa victoria política iba a traducirse en un proyecto político/estatal, empero se redujo a la emisión de un relato superfluo asentado en una identidad —pitita — carente de sujeto y propuesta. Y el tiro de gracia fue el anuncio de la candidatura de Áñez, demostrando el interés de los grupos de poder de Santa Cruz para disputar un proceso electoral dominado por candidatos paceños que no gozan de su simpatía.

En torno a Áñez se armó un frente entre Demócratas (4% en los comicios de 2019), Sol.bo (circunscrita a La Paz), UNIR (limitada a Tarija) y Unidad Nacional, que no participó en las elecciones pasadas. Otros candidatos que fueron actores del golpe de Estado, como Camacho y Quiroga, provocan mayor dispersión en el electorado “antimasista”, es el caso del exdirigente cívico que tiene bastante apoyo en Santa Cruz. El otro es irrelevante. En ambas fuerzas no existe estructura organizativa, algo que acontece también en Comunidad Ciudadana, que se mantiene en una postura “anti partido” que le impide establecer alianzas y, a diferencia de sus rivales, carece de recursos de poder institucionales (alcaldías, gobernaciones) y sociales (sindicatos, organizaciones sociales).

Este es el panorama de aquella potente coalición que derrocó a Evo Morales pero no pudo vencer al MAS en las urnas. Sigue siendo un campo disperso y fragmentado, cuya razón de vivir es oponerse a Evo Morales. El MAS,  por su parte, vive sus propias contradicciones internas que agudizan la crisis de representación en general y, por ahora, no encuentra un modelo decisional para enfrentar  sus desafíos coyunturales y estratégicos. Pero es tema de otra columna.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Sin memoria de abril

/ 24 de abril de 2021 / 23:34

¿Quién me ha robado el mes de abril? Es una cruda y melancólica canción de Joaquín Sabina. Ahí canta y cuenta desencuentros y abandonos. Por cierto, no hago esta alusión para hablar de sentimientos ni por sufrimiento existencial pandémico. Esta interrogante se me viene a la mente pensando en la memoria política del país y con una fecha precisa que evoca un acontecimiento trascendental en nuestra historia: el 9 de abril de 1952 que inaugura la “revolución nacional”. En este caso, y jugando anagramáticamente, puedo decir que no han “robado” el 9 de abril sino que lo han “borrado”. Entonces, mi pregunta es: ¿Por qué nos han borrado el día del estallido de la insurrección popular que dio inicio a la “revolución del 52”, el acontecimiento que marcó el fin del siglo XIX boliviano? Una revolución que inauguró un nuevo orden político que, después de tres gestiones gubernamentales al mando del MNR, concluyó con el golpe de Estado en 1964 perpetrado por el general Barrientos. Cuarenta años después, esa revolución continuó su derrotero con el inicio del “proceso de cambio” impulsado por el MAS. Los caminos de la vida… La insurrección del 52 empezó con un golpe de Estado orquestado entre el MNR y la Policía que derivó en una insurrección popular; en noviembre de 2019, un levantamiento de los sectores de clase media culminó en un golpe de Estado contra el MAS que fue detonado por un motín policial. El primer hecho marcó el inicio de la “revolución nacional”, el segundo pretendió cerrar el “proceso de cambio” que, sin embargo, retomó su curso un año después, con la victoria de Luis Arce. Entre ambos procesos existe una nítida continuidad porque tienen en común la presencia y preeminencia de lo nacional popular. En 1952, el nacionalismo revolucionario se convirtió en creencia colectiva y en proyecto estatal. Esa doble condición se recuperó entre 2006 y 2009 con la nacionalización de los hidrocarburos y la forja del Estado plurinacional; sin embargo, el pueblo como alianza de clases fue reemplazado por una voluntad colectiva nacional popular que tiene una impronta campesina indígena.

Sin embargo, el MAS no incluyó el proceso revolucionario del 52 en su reinterpretación histórica. Al contrario, apostó a la ruptura interpretativa y rechazó la continuidad de la “revolución nacional” en el “proceso de cambio”. Y lo puso de manifiesto en el Preámbulo de la Constitución Política del Estado donde no se menciona la gesta de abril que, entre otras cosas, creó las condiciones para la constitución del sujeto campesino indígena que ocupa el centro de la CPE. Nos borraron el mes de abril.

Los constituyentes del MAS consideraron que ese ciclo nacionalista revolucionario fue otra cara del colonialismo porque impulsó la homogeneización cultural, es decir, el nacionalismo fue concebido como una ideología negadora de las identidades indígenas. Era una mirada relativamente correcta pero reduccionista porque el nacionalismo del siglo pasado fue algo más que un dispositivo de dominación, fue una propuesta de soberanía porque eliminó el “superestado” minero como estructura de poder y fue una apelación democrática porque superó el reduccionismo clasista e inició el reconocimiento de la diversidad, ya desde el congreso indigenal de 1945 en el gobierno de Villarroel. Por eso, el nacionalismo revolucionario condensaba las contradicciones históricas en la antinomia nación/antinación y apelaba al pueblo como sujeto revolucionario opuesto a la oligarquía señorial. Es fácil advertir la vigencia de esos elementos discursivos en la actualidad y su utilidad para el gobierno del MAS con la finalidad de impulsar el “proceso de cambio”. Por eso, es preciso recuperar la memoria de abril porque, como dijo Calderón, no podemos construir comunidad (pluri) nacional sin continuidad histórica. 

Fernando Mayorga es sociólogo.

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¿Un nuevo mapa político?

/ 28 de marzo de 2021 / 01:54

Después de los sucesos de octubre y noviembre de 2019 —cuyo colofón fue el golpe de Estado— advertí sobre el riesgo de una crisis de representación política, sin embargo, considero que ahora estamos viviendo una mutación en las pautas de la representación política. Después de los comicios generales del año pasado —que resolvió la crisis política con la asistencia del 88% del electorado y una votación concentrada en 55% en el MAS— y después de las pasadas elecciones subnacionales se perciben señales que permiten afirmar que se está configurando un nuevo mapa político en el país. Destaco algunas pistas y adelanto que ese mapa puede analizarse a partir de distinguir la pugna entre un campo nacionalpopular y un campo oligárquico-conservador, esta pugna matiza y enriquece la mirada dualista que reducía la disputa política a la confrontación entre campo oficialista (masista) y campo opositor (antimasista).

Las relaciones tradicionales entre oficialismo y oposición se han reproducido en la distribución horizontal del poder con la presencia legislativa de Creemos y Comunidad Ciudadana que sustituyeron a Unidad Nacional y Demócratas, pero repiten una postura antimasista como principal rasgo identitario. En cambio, la distribución vertical del poder con la elección de gobiernos departamentales y municipales muestra un panorama más complejo con autoridades electas que, en la mayoría de los casos importantes, no se sitúa en el dualismo masismo/antimasismo; además, Comunidad Ciudadana no tiene presencia en ese ámbito y Creemos se restringe a Santa Cruz. Los resultados en las alcaldías de La Paz, Cochabamba, Santa Cruz de la Sierra y El Alto reproducen el panorama de 2015 aunque con novedades importantes puesto que Arias, Reyes Villa y Fernández optarán por asumir posturas centristas para asegurar el éxito de sus gestiones en una lógica de colaboración con el Gobierno central (en la que ganan todos). Por eso no asistieron a la reunión de los cívicos, porque esa acción no les da rédito. En suma, el campo opositor se ha diversificado y no presenta la cohesión de antaño.

La victoria de Eva Copa, disidente del MAS por errores en la conducción de ese partido, marca otro hito porque se trata de la emergencia de un liderazgo con capacidad de interpelar al oficialismo desde posturas distintas a la oposición tradicional y con legitimidad para discutir y disputar al MAS la orientación del “proceso de cambio”. Su contundente victoria y su presencia como alcaldesa expresa la emergencia de nuevos actores y amplían el campo nacional-popular que, también, se ha diversificado puesto que ya no está ocupado y representado de manera exclusiva por el MAS. Y esta postura de disidencia —más que de oposición convencional— puede fortalecerse puesto que está pendiente el balotaje en cuatro departamentos y sus resultados pueden confirmar esta apreciación porque, en tres casos, la disputa por la gobernación es entre candidatos del MAS y rivales que estuvieron en sus filas o tienen afinidad ideológica. En La Paz, Quispe de Jallalla; en Chuquisaca, Condori de CST; en Pando, Richter del MTS. Solo en Tarija compite un candidato de la oposición tradicional. Además, Jallala y MTS han vencido en algunos municipios —destaca el caso de Cobija— también con candidatos disidentes.

En suma, de una relación binaria entre bloque de oposición y bloque oficialista se transita a una relación más compleja entre campo oligárquico-conservador y campo nacional-popular. Tal vez esta nueva configuración política explique el decurso de esta coyuntura que empezó con tambores de guerra y mensajes de polarización y fueron mitigándose a pesar de los halcones que anidan en todos los bandos.

 Fernando Mayorga es sociólogo.

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La política en marzo

/ 28 de febrero de 2021 / 01:25

Las elecciones subnacionales son importantes por varios motivos. Es una afirmación banal pero adquiere otro cariz si se considera un aspecto que no es tomado en cuenta. Me refiero a la división vertical del poder, que define las relaciones entre gobierno central y gobiernos departamentales y municipales. Esta dimensión de la disputa política completa la distribución del poder en su dimensión horizontal que se refiere a las relaciones entre los órganos Ejecutivo y Legislativo.

Con los comicios generales del año pasado se inició una nueva fase en el sistema de partidos con la ratificación del MAS como fuerza predominante y una reconfiguración del campo opositor con la sustitución de Unidad Nacional y Demócratas por dos fuerzas de reciente creación: Comunidad Ciudadana y Creemos. Por eso el actual proceso electoral adquiere mayor importancia puesto que sus resultados terminarán de configurar el campo político. Ahora bien, las tres fuerzas con representación parlamentaria tuvieron problemas para desplegar una estrategia eficaz para consolidar o ampliar la votación que obtuvieron en octubre pasado.

Comunidad Ciudadana perdió la oportunidad de consolidarse institucionalmente y constituirse en una organización con presencia nacional. Optó por una estrategia de subordinación a las relaciones de fuerza locales en vez de consolidar su base de apoyo electoral con identidad propia. No pudo traducir el apoyo electoral que obtuvo el año pasado en capacidad para articular a las fuerzas opositoras y quedó marginado de la contienda en los distritos importantes, excepto en la capital cruceña aunque su candidato es casual. Así las cosas, las perspectivas de esta fuerza política se tornan inciertas. Creemos apostó a consolidar una base de apoyo regional con la candidatura de Camacho a la Gobernación cruceña con el objetivo de iniciar un proceso de proyección nacional que tiene como incentivo principal la candidatura de su líder en los próximos comicios presidenciales. Empero, el despliegue de ese plan es incierto puesto que esta organización no tiene presencia en ningún otro enclave político relevante. Además, enfrenta problemas en su bancada con el alejamiento de varios asambleístas denotando la debilidad institucional de una fuerza política que tiene que convertir su sigla en organización.

En el MAS surgieron problemas inéditos en la selección de candidaturas para las elecciones subnacionales como consecuencia del incumplimiento de las resoluciones de un ampliado que había definido que la elección de candidaturas debía seguir dos criterios: renovación —veto a quienes estuvieron en gestiones anteriores— y decisión de las asambleas de las organizaciones —sin incidencia de la dirigencia del partido. Sin embargo, Evo Morales intervino en el proceso en calidad de presidente del MAS, su único recurso de poder, pero como su liderazgo ya no es indiscutible —porque el MAS vive la rutinización del carisma de su líder— sus decisiones provocaron conflictos en varios distritos. El caso más relevante, sin duda, fue el rechazo a Eva Copa que es candidata en El Alto con otra sigla y cuya victoria marcará un momento de inflexión para el devenir del MAS. Aparte de ratificar un dato histórico: el MAS nunca superó la barrera del 50% en elecciones subnacionales; sin embargo, esta vez será como resultado de errores propios y fisuras internas. En estas circunstancias, será difícil comprender el inevitable discurso —y tono— victorioso que emitirán los voceros o jefes de estas fuerzas políticas en la noche del domingo electoral.

   Fernando Mayorga es sociólogo.

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Germán en la memoria

Choquehuanca era marca de orgullo y lucidez y nunca olvidaré su voz pausada, jovial y rotunda.

/ 13 de febrero de 2021 / 23:53

Recuerdo febrero de 2003. Ese “febrero negro” por la represión que segó la vida de más de 30 personas que protestaban contra un impuesto. El prolegómeno fue un motín policial que derivó en enfrentamientos entre policías y militares en la plaza Murillo. Entre las explicaciones sobre las causas acerca de lo acontecido en esos trágicos días recuerdo una que fue, en realidad, una premonición vertida, días antes, por Germán Choquehuanca, diputado por el Movimiento Indígena Pachakuti. Fue la primera vez que cautivó mi atención. A fines de enero había caído un impresionante trueno sobre la estatua de Pedro Domingo Murillo y el representante indígena advirtió: “Es una mala señal, van a ocurrir hechos terribles en la sede del poder”. Cuando leí la nota periodística esbocé una sonrisa condescendientemente racionalista pero cuando veía las imágenes televisivas en esos terribles días recordaba sus declaraciones. Tal vez por ese motivo usé la figura de “efecto mariposa” para destacar la importancia de la marcha de los estudiantes del colegio Ayacucho que, casualmente, cruzaron por el Palacio Quemado y, al verlo desguarnecido, destrozaron algunas ventanas provocando la escalada del conflicto entre policías y militares. Varios años después tuve la suerte de conocer a Germán Choquehuanca y conversamos sobre esos acontecimientos: “Hay que prestar atención a las señales que manda la Pachamama”, me dijo.

Estos días recordé mi encuentro con él, puesto que estuve pendiente de recoger una wiphala en forma de estandarte y porque su nombre —y tarea política e intelectual— está imbricado a la recuperación de la bandera indígena como símbolo de identidad, resistencia y propuesta.

Nos conocimos en un viaje a Atlanta, Estados Unidos, donde participamos en un encuentro de intelectuales, políticos y empresarios de los Andes con el expresidente Jimmy Carter. Una de esas típicas iniciativas para fortalecer la democracia y establecer puentes de diálogo. No obstante, ese evento adquirió otra connotación cuando Germán tomó la palabra: “Hablo en nombre de los indígenas de Abya Yala, del sur del continente, pero también represento a los sioux, cherokee, apaches, cheyennes que fueron sometidos por los colonialistas…” Con la mirada en el vacío, con la cabeza cubierta con un sombrero y una chalina enroscada en el cuello, Germán levantaba la voz y su reclamo retumbaba en el recinto. Por casualidad, yo estaba sentado al lado de Carter y pude ver las reacciones de sorpresa y admiración del expresidente. Varios celebramos su templanza y lucidez.

En otra ocasión nos reunimos en Perú, pero en esa oportunidad salió a relucir el racismo que impera en nuestras sociedades. El grupo convocado por el Centro Carter fue invitado a una cena en el Club Social de Lima, pero la etiqueta señalaba que el uso de corbata era obligatorio. Germán, camisa bordada y sin cuello, dijo que no asistiría bajo esas reglas porque implicaba negar su identidad cultural. Varios participantes nos sumamos a su rechazo. El anfitrión, un empresario liberal, realizó gestiones para que el club acepte una excepción y fuimos al evento, cada quien con su atuendo, y Germán, obviamente, con sombrero altivo. Empero, cuando llegamos al lugar, fuimos conducidos por la puerta de servicio. Ya en el salón, todas las miradas del personal se posaban en él porque un invitado había roto esa estúpida regla de baja aristocracia. La anécdota parece trivial pero no lo es; Germán era marca de orgullo y lucidez y nunca olvidaré su voz pausada, jovial y rotunda.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Contradicciones y desafíos

En la actualidad, el MAS enfrenta varias contradicciones internas, no son tensiones (palabra de moda).

/ 17 de enero de 2021 / 02:02

En varias ocasiones he alertado sobre el riesgo de una crisis de representación política. Este fue mitigado el 18 de octubre de 2020. La contundente asistencia a las urnas y la concentración de votos en la fuerza vencedora implicó la plena recuperación de la democracia y la anulación de los temores de ingobernabilidad. Por eso es importante analizar lo que acontece en el seno del partido de gobierno, puesto que es el pivote del sistema de partidos. En la actualidad, el MAS enfrenta varias contradicciones internas; no son tensiones (palabra de moda) porque, en política, las relaciones de fuerza no son estáticas y las contradicciones se resuelven más temprano que tarde. En la selección de candidaturas para las elecciones subnacionales se puso de manifiesto una contradicción entre las organizaciones de base (Pacto de Unidad) y el aparato partidista (la dirigencia del MAS), otra entre modalidades de elección (democracia de asamblea y designación vertical —“dedazo”—) y, finalmente, entre renovación (generacional) e inercia (permanencia del “entorno”).

Estas contradicciones expresan la búsqueda (contingente) de un nuevo formato en el proceso decisional en el MAS que, antes de noviembre de 2019, dependía de la centralidad del “jefazo” que ocupaba el centro decisorio como presidente del Estado, del partido y de la coalición de organizaciones sindicales. Hoy, el MAS vive la rutinización del carisma de Evo Morales; su rol histórico fue reconocido de manera apoteósica por sus seguidores en su retorno (exactamente un año después de su partida al exilio en una suerte de heroísmo minimalista), pero ese reconocimiento no implica una aceptación indiscutible de su liderazgo. Nunca fue indiscutible (lo estudié en mi libro Mandato y contingencia. El estilo de gobierno de Evo Morales) pero, en esta coyuntura, sus decisiones fueron cuestionadas, en algunos casos repudiadas —El Alto y Potosí, los más visibles— como consecuencia del incumplimiento de las resoluciones del ampliado del MAS que resolvió que la elección de candidaturas debía seguir dos criterios: renovación —veto a quienes estuvieron en el gobierno en el pasado— y decisión de las organizaciones sociales —sin incidencia de la dirigencia del partido—. Los conflictos —algunos con violencia— en la definición de las candidaturas fueron resultado de la inobservancia de estas reglas. Y eso fue resultado de una contradicción, antes inexistente, entre las organizaciones sociales, reagrupadas en el Pacto de Unidad, y el “instrumento político” (MAS-IPSP). Ahora, paradójicamente, el partido es fortalecido como institución puesto que se ha convertido en un recurso de poder para Evo Morales en la medida que sigue ostentando el cargo de presidente del MAS (antes nominal, ahora eficaz). Por las circunstancias, Evo Morales promueve un proceso de institucionalización del partido que transcurre al margen del Gobierno, un hecho que nunca procuró — ni ocurrió— durante su presencia en el poder. Esta contradicción explica las disyunciones internas y se alimenta con la disparidad de criterios sobre las causas del golpe de Estado que, en la visión de Evo Morales y sus allegados, no contempla ninguna responsabilidad y se refugia en la victimización. Es evidente que la autocrítica en las filas del MAS es una asignatura pendiente. Sin ese acto no habrá renovación discursiva y sin renovación discursiva —y de liderazgos— será difícil que el MAS impulse una nueva fase en el “proceso de cambio”, más necesaria que nunca.

Fernando Mayorga es sociólogo.   

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