Voces

miércoles 23 sep 2020 | Actualizado a 17:51

¿El retorno a la República?

/ 31 de agosto de 2020 / 02:44

En un auditorio atiborrado de empresarios agroindustriales, la crema y nata de la oligarquía cruceña y, por lo tanto, la élite económica más influyente de Bolivia, la presidenta transitoria, Jeanine Áñez, al momento de presentar su plan de “reactivación de la agroindustria” que favorece a los más poderosos de este país, reivindicó la República y, además, planteó la disyuntiva política: la “izquierda populista” (y la “dictadura”) o la “libertad” (el Estado de derecho y la “libre iniciativa”). Finalmente, arengó a los agroindustriales: “Vengan con la democracia, vengan con la República y vengan con valores republicanos”.

Más allá de un discurso electoralista, esas palabras develan la restauración oligárquica en curso. El golpe de Estado, perpetrado el pasado noviembre, fue el inicio del retorno a la República. Y, por efecto colateral, significó menguar el proyecto estatal empujado por los pueblos indígenas: el Estado Plurinacional para resarcir la exclusión y segregación histórica. La gestación de la República fue un continuum del legado colonial. En esa su República, las reducidas élites pertrechadas en sus lugares de privilegios y cobijadas bajo los valores republicanos gobernaron a Bolivia a gusto y placer, en consonancia a sus propios intereses en desmedro del grueso de la población: los indígenas.  

Cuando la presidenta de facto hizo ese llamado “al retorno a la República” a los empresarios agroindustriales aludió a esa República aristocrática, excluyente y, por lo tanto, negadora del indígena. Fue una invitación a adherirse a ese proyecto restaurador o, quizás, a la inversa: la ratificación de su compromiso político de ser la “encargada” para rencauzar regresivamente a esa Bolivia señorial.

Al despuntar el año, en las entrañas de la mismísima Casa de la Libertad en Sucre, en el salón donde se rubricó el acta de fundación de la República, Jeanine Áñez sin sonrojarse por pronunciar un epíteto racista lanzó otra invitación: “Evitar el retorno de los salvajes” al gobierno, en alusión directa a los partidarios y la base social de Evo Morales, o sea, a los indígenas/campesinos. No es casual, a los pocos minutos de su posesión presidencial, Áñez levantó una Biblia descomunal para días después masacrar a indios y pobres. Posteriormente, ordenó quitar de la banda presidencial la wiphala, esa bandera ajedrecista de multicolores, ícono de los pueblos indígenas devenido en símbolo patrio y quemada por los golpistas.

El discurso de la democracia y la consigna del supuesto fraude electoral solamente fueron artimañas discursivas para esconder el verdadero propósito de la movilización de la clase media urbana, en octubre y noviembre de 2019: el proyecto restaurador oligárquico. No debemos ignorar, la derecha siempre fue conspirativa y golpista. La derecha siempre usó un arsenal discursivo que sirvió para marear la perdiz. En esa agazapada discursiva, las movilizaciones promovidas por sectores oligárquicos fue enarbolar la bandera de la democracia para consumar paradójicamente el golpe de Estado.

Desde el siglo XIX, la derecha oligárquica se apropió de palabras sagradas: Libertad, Igualdad, Fraternidad y Democracia, pero otorgando un sentido en consonancia a sus intereses de grupo. Entonces, el anuncio de retornar a “la República sin salvajes” no significa volver a esos valores republicanos constitutivos, la derecha jamás comulgó con esos valores, sino es retornar a esa República excluyente y colonial que siempre sirvió para el aprovechamiento mezquino de un puñado de odiadores seriales del indio: los oligarcas.   

Yuri Tórrez es sociólogo.

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¿Qué tiene Trump contra los cubrebocas?

/ 23 de septiembre de 2020 / 02:32

Lo crean o no, y sé que mucha gente se negará a creerlo, en estos momentos puede que la ciudad de Nueva York sea uno de los mejores lugares de Estados Unidos para evitar contraer coronavirus.

En todo el estado de Nueva York, la cantidad de personas que mueren diariamente a causa de COVID-19 apenas es ligeramente superior a la cantidad de personas que fallecen en accidentes de tráfico. En la ciudad de Nueva York, solo alrededor del 1% de las pruebas de coronavirus dan positivo, en comparación con, por ejemplo, más del 12% en Florida.

¿Cómo llegó Nueva York a este punto desde los días de pesadilla de abril? No es ningún misterio: la inmunidad grupal parcial puede ser un factor menor, pero lo más importante es que el estado hizo cosas sencillas y obvias para limitar la transmisión del virus. Los bares están cerrados; comer en espacios cerrados sigue estando prohibido. Y lo más importante, el uso de cubrebocas es obligatorio y, en general, la gente los usa.

Nueva York no es la única historia de éxito. Al principio, el gobernador republicano de Arizona, Doug Ducey, lo hizo todo mal; no solo dejó abiertos los bares, sino que se negó a que los alcaldes (en su mayoría demócratas) de las ciudades más grandes del estado impusieran el uso obligatorio de cubrebocas en sus localidades. El resultado fue un enorme aumento de los casos: durante varias semanas de julio fallecía casi la misma cantidad de personas diariamente en Arizona, con una población de siete millones de habitantes, que en toda la Unión Europea, con una población de 446 millones de personas.

Entonces Ducey dio marcha atrás, cerró los bares y los gimnasios. No impuso el uso obligatorio de cubrebocas en todo el estado, pero permitió que las ciudades tomaran medidas. Y tanto los casos como las muertes disminuyeron de manera marcada, aunque no a los niveles de Nueva York.

En otras palabras, sabemos lo que funciona. Por ello resulta extraño y aterrador que al parecer Donald Trump haya decidido pasar las últimas semanas de su campaña de reelección burlándose y desalentando el uso de cubrebocas y otras precauciones antipandémicas.

El comportamiento de Trump en este y otros temas en ocasiones parece un rechazo a la ciencia, lo cual es cierto en lo que a esto respecta.

Después de todo, su escepticismo con respecto a los cubrebocas no solo está en desacuerdo con lo que casi todos los expertos externos han declarado, sino que está en conflicto directo con lo que dicen sus propios funcionarios de salud, gente como Robert Redfield, el jefe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades nombrado por Trump. Horas después de la declaración en el Congreso de Redfield de que los cubrebocas son “la herramienta de salud pública más importante y poderosa que tenemos” en la lucha contra la pandemia, Trump dijo que “hay muchos problemas con los cubrebocas”.

Pero creo que también es importante entender el argumento que estaba tratando de presentar con mis ejemplos de Nueva York y Arizona: la defensa de los cubrebocas no se basa solo en una detallada investigación científica que a la gente común y corriente le puede parecer difícil de entender. Este argumento también se confirma por la experiencia vivida en regiones que sufrieron graves brotes de coronavirus pero que los controlaron.

Entonces, ¿cómo puede ser que la campaña en contra de los cubrebocas siga siendo un factor importante que impida a Estados Unidos hacer frente a esta pandemia?

A veces se ve a personas que sugieren que el uso de cubrebocas, en cierta forma, es incompatible con la cultura individualista de Estados Unidos. Y si eso fuera cierto, sería una condena de esa cultura. Después de todo, hay algo muy equivocado en cualquier definición de libertad que incluya el derecho a exponer gratuitamente a otras personas al riesgo de enfermedad y muerte, que es lo que significa negarse a usar un cubrebocas en una pandemia.

Sin embargo, no creo que esto sea un fenómeno cultural profundamente arraigado. Algunos podrán desestimar el consenso generalizado que veo a mi alrededor diciendo que Nueva York no representa al “verdadero Estados Unidos”. Pero incluso dejando de lado el hecho de que el Estados Unidos del siglo XXI es principalmente urbano, casi la mitad de los estadounidenses viven en áreas metropolitanas con más de un millón de personas, ¿dirían lo mismo de Arizona?

Y tengan en cuenta que desde que me acuerdo, muchas tiendas y restaurantes han tenido carteles en sus puertas con la leyenda “sin camisa, sin zapatos, sin servicio”. ¿Cuántos de estos establecimientos han sido asaltados por multitudes de manifestantes con el pecho desnudo?

En resumen, la campaña contra los cubrebocas no tiene que ver realmente con la libertad, el individualismo ni con la cultura. Es una declaración de lealtad política, impulsada por Trump y sus aliados.

¿Pero por qué hacer un tema partidista de lo que debería ser una política de salud pública clara? La respuesta bastante obvia es que estamos viendo los esfuerzos de un político amoral para rescatar su tambaleante campaña.

La recuperación parcial de la economía de su caída a principios de este año no le ha dado a Trump los dividendos políticos que esperaba. Sus intentos de despertar el pánico con la afirmación de que activistas radicales van a destruir los suburbios no han tenido éxito y, en términos generales, los electores ven a Joe Biden como el mejor candidato para mantener la ley y el orden.

Y tal vez sea demasiado tarde para cambiar la opinión de la mayoría de los votantes que creen que Trump ha renunciado a luchar contra el coronavirus.

Así que su última estratagema es un intento de convencer a la gente de que la amenaza de la COVID-19 ha terminado. Pero el uso generalizado de cubrebocas es un recordatorio constante de que el virus sigue ahí fuera; por eso el renovado impulso de Trump de ir en contra de la más simple y sensata de las precauciones de salud pública.

Como estrategia política, esta estratagema tal vez no funcione, pero sí conducirá a muchas muertes innecesarias.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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¿Por qué llora Camacho?

/ 23 de septiembre de 2020 / 02:30

Un señor me espera cuando acabo el programa en la radio. Viene de lejos, se presenta con mucha amabilidad y tiene una gran Biblia en la mano. Escucha Contextos Salvajes en Red Patria Nueva y me dice que estoy equivocado. Llevo varios días hablando de las iglesias evangélicas y su poder político en países como Brasil, Perú, Argentina o Bolivia. Nos sentamos en el hall de la radio, me la charla y comienza a leer versículos del Antiguo Testamento. Estudié 12 años en un colegio de curas y me sé de “pe a pa” la Biblia, por eso soy ateo. Nos despedimos cordialmente. Una semana después, llega otro señor a la radio, es de la misma iglesia que el anterior. Repite amables modales y calca la visión literalista del “Libro”. También recibe la misma respuesta, “buñueliana”, en este caso: Soy ateo, gracias a Dios. Durante aquella semana de hace dos años, otro oyente también se molestó. Hizo entrar una llamada al aire y me dijo: “Compañero, no todas las iglesias evangélicas son de derecha, también estamos los que vamos a iglesias como las baptistas y apoyamos los procesos de transformación en nuestra Patria Grande”. El cuate tenía razón. A veces pagan justos por pecadores.

Hablar de los evangélicos y su heterógenea influencia política (en Venezuela y México son “seducidos” por sus presidentes) es prepararse para el debate, para bien o para mal porque cada vez son más: 660 millones en todo el mundo. En Estados Unidos son 93 millones de fieles, en China 66, en Nigeria 58, en Brasil 47, en India 28 y en México son tantos como todos los bolivianos y bolivianas juntos, 11 millones. Tienen escuelas, universidades, medios de comunicación, centros culturales y hospitales. Un nuevo fantasma recorre el planeta: los evangélicos cristianos —una corriente del protestantismo— y han formado otra Internacional, la reaccionaria. En Bolivia también están de subida y algunos datos apuntan ya a un 30% de la sociedad.

Pero, ¿qué une a una iglesia evangélica de una favela de São Paulo con una de Seúl? ¿A una de El Alto con otra de Houston, Texas? El anticomunismo. También les une un proselitismo laburante y pragmático, una organización potente, una doctrina y rituales comunes y uniformes, una presencia mediática contagiosa y un salto a la política bien planificado. ¿Por qué todos los candidatos presidenciales en Bolivia pasan ineludiblemente por las pantallas de Xto Tv? ¿Cómo marcan la agenda pública y ponen límites a la conquista y defensa de derechos sociales y sexuales?

El evangelismo nació después de la II Guerra Mundial, apoyado y alentado por Estados Unidos para irradiarse en América Latina, África y Asia, otrora (sub)continentes “propios” del catolicismo. En Sudamérica, hace un siglo, el 94% de la población era católica y solo el 1% se declaraba protestante. En Brasil, en 1970, el 92% decía ser católico, hoy esa cifra ha bajado a 60%. En las últimas elecciones, el 70% de los evangélicos (11 millones de personas) votó por el candidato de la ultraderecha, Jair Bolsonaro. En Bolivia, el señor Chi quedó tercero. El próximo 18 de octubre, Camacho y Chi se disputarán la misma franja de electorado con las mismas recetas de odio y miedo: autoritarismo, defensa de la (única) “familia”, ultraconservadurismo, racismo, religiosidad violenta y desdén hacia las mujeres y los grupos LGBT+ (a los que hay que “curar”).

La comunicación es su gran fuerte y las emociones están en el epicentro de su éxito. En sus iglesias, cantan, bailan, ríen, lloran, nacen de nuevo, luchan contra el demonio, acuden como espectadores a milagros y curaciones, se comunican directamente con Dios y son felices. De fondo para vender la prosperidad, suena la música, siempre hay música a todo volumen, directa al corazón: cumbia, pop, folklore… La Biblia no discrimina ningún género musical, ni siquiera el otrora diabólico rock pesado. También dan plata regularmente a través del “diezmo” y los pastores millonarios montan multinacionales de la fe y el negocio (mediático) gracias a sus pobres creyentes. Es la teología de la prosperidad (para unos pocos). La Biblia no se equivoca. Camacho repite la misma fórmula: lagrimea en televisión, oculta su programa político, invoca a los cielos y lucha contra Satanás, un señor que se parece mucho a Evo Morales. Yo te conmuevo, tú me votas. Por eso, Camacho llora.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Mujer, trabajo y pandemia

/ 23 de septiembre de 2020 / 02:28

Esta época de pandemia y cuarentena trajo para las mujeres, además de la violencia, otras amenazas a sus derechos y libertades. Con razón Naciones Unidas dijo que “es probable que la profunda recesión económica que acompaña a la pandemia tenga un rostro claramente femenino”.

Las mujeres se han insertado en el ámbito laboral ejerciendo trabajos mal pagados, en los que previamente renunciaron a beneficios establecidos por la Ley General del Trabajo como el derecho a un salario mínimo, seguro de salud, vacaciones pagadas, jornada laboral de ocho horas, baja por maternidad y otros derechos que son abiertamente desconocidos por los empleadores. La OIT estima que solo en los próximos tres meses se perderán casi 200 millones de puestos de trabajo en el mundo. En Bolivia, los despidos se masificaron y las mujeres (principalmente ellas) fueron despedidas sin ningún goce de haberes, sin los tres meses de desahucio, sin el pago de los salarios devengados y en muchos casos fueron obligadas a renunciar por quiebra de las empresas.

En varios sectores los contratos en planillas anuales o incluso mensuales son una quimera. Ahora los acuerdos laborales se dan en forma semanal o diaria y por tanto el concepto de salario y mucho más el de beneficios sociales desaparece. En nuestro país el gran bolsón de actividad laboral está en el trabajo llamado informal o de cuenta propia, que implica principalmente la venta callejera, realizada en un 80% por mujeres, quienes también se han visto gravemente afectadas por la cuarentena de seis meses. Para estas trabajadoras esto significó la pérdida del 70% de sus ingresos en los dos primeros meses de confinamiento.

Otro tema importante a tomar en cuenta en el trabajo de las mujeres en tiempos de pandemia es el enorme aumento en las labores del trabajo reproductivo, que no fueron repartidas equitativamente dentro de los hogares. Por ejemplo, el cierre de escuelas supone tener a los niños en la casa debiendo cuidarlos a la par que realizar todas las tareas del hogar, extremar los cuidados de los ancianos y además buscar la manera de inventar otras actividades para cubrir el sustento diario.

La pandemia ha dejado al descubierto la desigualdad en la que las mujeres cumplen su doble jornada: el trabajo productivo que además suele ser más precario para las mujeres y el trabajo reproductivo o de cuidado que generalmente es invisible, gratuito y exclusivamente femenino. Y aunque la Constitución Política del Estado dice que el trabajo que se realiza en el hogar debe ser reconocido en las cuentas públicas, aún no se ha logrado siquiera que sea catalogado como trabajo, aunque la vida de las personas depende de él, todavía se lo considera inferior seguramente porque es ejercido principalmente por las mujeres.

Lucía Sauma es periodista.

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Nuevo panorama, aún dudoso escenario

/ 22 de septiembre de 2020 / 13:52

Desde el 18 de agosto han salido cuatro encuestas que fueron marcando tendencia: Mercados y Muestras (1: 18 de agosto y 2: 15 de septiembre), Ciesmori (6 de septiembre) y Tu Voto Cuenta (16 de septiembre). La de IPSOS, anterior a la primera de Mercados y Muestras (MyM), era solo urbana y con mayor error de muestra.

En votos totales (incluyendo los que no se cuentan en resultados finales, como voto en blanco y nulo, y las no definidas, como voto secreto y no sabe/no responde) y redondeando los porcentajes de intención de voto, la candidatura de Luis Arce Catacora (MAS) transitó entre el 23% (MyM1), 26% (Ciesmori), 25% (MyM2) y 29% (TVC), lo cual podría dar a suponer que tuvo un repunte entre mediados de agosto y de septiembre del 6% (entre Ciesmori y TVC se reduce al 3%), en parte atribuible por los errores muestrales; también, el estudio de agosto estuvo inmediato con los conflictos violentos de ese mes y en septiembre inferiríamos que las denuncias de estupro para su líder autoexiliado no incidieron. De todas formas, ya que esas fotografías (eso son las encuestas de intenciones de votos) dan un leve ascenso al masismo (luego de la caída respecto a la prepandemia), es bueno analizar al resto de los candidatos y variables para conocer de dónde recibió las nuevas intenciones aportadas.

Carlos de Mesa Gisbert (Comunidad Ciudadana) obtuvo, en porcentajes, el 23% (MyM1, empatado con Arce), 17% (Ciesmori), 22% (MyM2) y 19% (TVC), valores más altos en MyM y menores en Ciesmori y TVC; en éstos dos, el spread con Arce es de solo el 2%, “bailando” en los errores muestrales. En el mismo período, Jeanine Añez Chávez (Juntos) pasó del 12% (MyM1, lejos del 18% en febrero por la misma encuestadora), 10% (Ciesmori), 8% (MyM2) y 8% (TVC), una diferencia aproximada del 4% entre la primera y la cuarta encuesta pospandemia que (considerando su caudal electoral) no hubiera ido para el MAS. El siguiente, Luis Fernando Camacho Vaca, transitó entre el 6% (MyM1), 7% (Ciesmori), 8% (MyM2) y 10% (TVC, posible error muestral) y el resultado de TVC le dio el tercer lugar pero aún significativamente lejos de De Mesa. El resto de los candidatos siempre salieron de las posibilidades parlamentarias y de mantener su sigla.

Los indecisos transitaron por 19-17-21-10% y los ninguno/blanco/nulo entre el 11-9-11-18% (no incluyo voto secreto), por lo que podemos concluir que la reducción de los indecisos (excepto MyM2) pudo beneficiar a Arce y, menos, a Camacho (aunque quizás su leve ascenso pudo beneficiarse más de los candidatos residuales).

Analizando proyecciones promediadas sobre votos válidos (prorrateando indecisos/voto secreto y obviando ninguno/blanco/nulo) en los estudios de septiembre, Arce obtendría el 38% (37-37-40%; TVC lo dio ganador en primera), Mesa el 28% (24-33-26%, favorecido por MyM2 y entre 10 y 14% debajo de Arce), Camacho el 13% (12-12-14%, sin posibilidades y a entre 16 y 18% de Arce) y Añez el 11% (14-12-8%).

El jueves 17, tras las últimas proyecciones muy desfavorables, la Presidenta preventivamente decidió bajarse para evitar la victoria del MAS. Esto tendrá dos efectos: el reacomodo de los votos de Juntos (que beneficiarían principalmente el voto útil a De Mesa y, quizás, una fracción a Camacho) y la posibilidad de que entre los cuatro candidatos residuales hayan nuevas bajadas.

La próxima encuesta confirmará una fotografía muy diferente: Las posibilidades de Camacho de competir en balotaje son nulas (debería duplicar sus intenciones de voto); Arce solo tiene posibilidades de contraerse; el voto útil va a decidir y los votos que se drenen del voto útil solo beneficiarán la mayoría legislativa masista, como analizó Jimena Costa recordando que, para 2014, Raúl Peñaranda demostró cómo los votos al PDC redujeron los elegidos para bancadas no masistas y potenciaron los 2/3 del MAS.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Bachilleres virtuales

/ 21 de septiembre de 2020 / 07:52

Desde el 14 de septiembre, 158.950 bachilleres de toda Bolivia, pertenecientes a la gestión 2020, comienzan con el proceso formativo del curso preuniversitario, en la modalidad virtual asincrónica, organizado por el Ministerio de Educación, Deportes y Culturas; el Viceministerio de Educación Superior y Formación Profesional, la Dirección General de Educación Universitaria, juntamente con las universidades privadas, indígenas y de régimen especial. La inscripción es directa y gratuita, y se puede participar ingresando al sitio web https://preuniversitario.minedu.gob.bo/login/index.ph, con el código de Registro Único de Estudiantes (RUDE), tanto para el usuario y como para la contraseña.

El curso se desarrollará en tres bloques, en los cuales se tendrán charlas profesionales y test vocacionales. El primero está constituido por ofimática y técnicas de estudio; el segundo, por razonamiento lógico y verbal, a la par de orientación vocacional, y en el tercero, los bachilleres podrán elegir los contenidos de diversas áreas, vale decir, Ciencias de la Salud, Ciencias Económicas y Financieras, Derecho y Ciencias Políticas, Ciencias Sociales y Humanísticas, Militar y Policial, Artes, Productiva, Ingeniería, Arquitectura y Diseño.

Sobre la duración del curso preuniversitario, los bloques 1 y 2 tendrán una extensión de tres semanas cada uno, y el tercero, de seis semanas. Prácticamente serán tres meses de formación virtual asincrónica. Consecuentemente, los participantes tendrán que dedicar 90 minutos de su tiempo diario, de lunes a viernes. La modalidad es 100% virtual, mediante la plataforma Moodle, por bloques, unidades temáticas y contenidos de la unidad, presentación, contenido obligatorio, actividades, contenido adicional y un cuestionario para acceder al certificado de participación.

El curso preuniversitario, desde todo punto de vista, rompe radicalmente el monopolio formativo de las mismas características, que son ofertadas por algunas empresas informales e institutos privados, comprometiendo fantasiosamente el ingreso seguro a las diferentes carreras de las universidades públicas, institutos superiores, escuelas de formación de maestros, la Academia Nacional de la Policía (Anapol), el Colegio Militar del Ejército, entre otros.

Los bachilleres virtuales deberán aprovechar toda oportunidad formativa para llegar en igual de condiciones a la Prueba de Suficiencia Académica (PSA). Si bien, el curso preuniversitario es mediante la modalidad virtual asincrónica, indudablemente no llegará a beneficiar en su totalidad, por la carencia de acceso a internet en algunos contextos educativos. Por tanto, es necesario que el Ministerio de Educación, Deportes y Culturas gestione el mismo curso por medio de la modalidad a distancia, vale decir, distribución de materiales impresos y el proceso formativo a través de televisión abierta y radio.

Luis Callapino es magíster en Políticas de Formación Docente.

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