Voces

miércoles 23 jun 2021 | Actualizado a 16:45

El neoliberalismo en default

/ 2 de septiembre de 2020 / 02:36

Lo peor de un momento presente es cuando ni siquiera podemos imaginar el futuro. Esto es, justamente, lo que le está ocurriendo al neoliberalismo. Vive un presente extremadamente complicado, que se agrava aún más por la incapacidad que tiene de dibujar nuevos horizontes hacia adelante.

Luego de medio siglo de existencia, el neoliberalismo se enfrenta a una gran crisis de ideas. Su manual quedó obsoleto.

La decadencia siempre es un proceso lento y, en muchas ocasiones, también inaceptable para quien lo padece. El neoliberalismo vive sus meses más complejos en América Latina. La pandemia del COVID-19 ha puesto al descubierto muchas de sus debilidades, que hasta ahora habían sido “tapadas” con grandes campañas de comunicación con alta dosis de posverdad (por no decir de mentiras). Véase, por ejemplo, lo que pasó en 2008: la última gran crisis neoliberal en lo económico fue reescrita como un problema de burbuja inmobiliaria, y responsabilizaron de todos los males a los ciudadanos, por un exceso de endeudamiento. Sin embargo, esta vez, ante la actual Gran Recesión que vivimos en el mundo, es prácticamente imposible que puedan nuevamente echarnos la culpa de todo, a pesar de que lo intenten. En este momento hay un gran consenso de que la culpa no reside en la gente, sino que el problema real está en un modelo económico y social muy poco preparado para afrontar adversidades.

Todos los mitos neoliberales saltaron por los aires en el justo momento en el que la gente necesita afrontar una situación dramática. El neoliberalismo no logra acertar con ninguna de sus respuestas habituales. Por un lado, se olvida de la economía real en pos de una entronización de la financiarización y, por otro lado, sigue defendiendo la ausencia del Estado a pesar que la ciudadanía latinoamericana demanda todo lo contrario. Según datos de las encuestas CELAG en el último trimestre, en Argentina el 90% está a favor de un Estado mucho más presente y activo; este valor es del 70% en Chile, 60% en México, y 75% en Bolivia.

Los sentidos comunes en la región cabalgan por una dirección completamente opuesta a lo que defiende el libreto neoliberal. El impuesto a las grandes fortunas cuenta con gran apoyo en muchos países de América Latina (76% en Argentina, 73% en Chile, 67% en México, 64% en Bolivia y 75% en Ecuador); y lo mismo ocurre con una renta mínima, garantizar públicamente la salud y la educación como derechos, frenar las privatizaciones, suspender y renegociar el pago de deuda, etc. Además, en la mayoría de los países en la región, la banca, los grandes medios y el Poder Judicial cuentan con una imagen muy negativa.

Esta enajenación de los políticos neoliberales (y sus respectivas usinas) en relación a lo que piensa la gente se traduce en muchas de las fotografías que estamos viendo en la región en los últimos tiempos. Piñera sin saber qué hacer ante una mayoría que ya comenzó el proceso constituyente para cambiar Chile. Lenín Moreno acaba su mandato en Ecuador sin apenas aprobación (11%) por la implementación del proyecto neoliberal. Áñez sigue empobreciendo a Bolivia y, de cara a la próxima cita electoral, goza de muy poco apoyo. En Colombia, el uribismo está en sus horas más bajas con su máximo exponente con orden de detención y sin capacidad para afrontar la pandemia. Macri, ahora de vacaciones en Europa, jamás pudo construir hegemonía neoliberal en Argentina y dejó una economía hecha pedazos. Bolsonaro, con casi 100.000 muertes por COVID a sus espaldas y con una gran dificultad para garantizar gobernabilidad y estabilidad política, económica y social. Y en este panorama, de crisis neoliberal, también debemos considerar lo que ocurre en Perú, donde se cerró el Congreso el año pasado —y tiene a todos sus expresidentes condenados por corrupción— y Paraguay, donde el presidente Abdo evitó el juicio político in extremis, luego de haber vendido energía a Brasil a “precio regalado”.

El neoliberalismo está en default, pero se niega a desaparecer. Procura reciclarse y oxigenarse. Dicho de otro modo: está renegociando su futuro, pero con una gran dificultad para generar horizontes que convenzan y entusiasmen. Sin embargo, sería un grave error subestimarlo ni darlo por muerto, porque cuenta con un gran poder estructural que, seguramente, estará dispuesto a camuflarse tras ideas progresistas. El mejor ejemplo es el FMI, que sin haber cambiado su composición “empresarial” tiene ahora un tono más conciliador en materia de deuda externa; o el Banco Mundial defendiendo los programas de rentas mínimas; o los multimillonarios abogando por más impuestos. Son muestras inequívocas que hay un intento de apropiarse de las ideas progresistas, impropias del neoliberalismo. Seguramente para hacerlas suyas y reformularlas, matizarlas, resignificarlas… Esto ya ocurrió muchas veces en la Historia: cuando el capitalismo estuvo en problemas, cedió lo suficiente para no perder su dominio. 

Estamos en un tiempo político de disputa en la región, en el que neoliberalismo está en default pero intenta escapar de su propia quiebra. El resultado de este dilema dependerá tanto de la capacidad que tenga la matriz neoliberal para reinventarse, pero fundamentalmente de cómo el progresismo avance, implemente soluciones certeras y cotidianas a la ciudadanía, y genere horizontes acordes a los nuevos tiempos.

Alfredo Serrano Mancilla es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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Colombia cambia

/ 13 de junio de 2021 / 02:06

Todo hito político es resultado de un proceso, de un cúmulo de causas. Si en 2022 Gustavo Petro fuera electo presidente de Colombia, ese hecho se explicaría por una multiplicidad de razones que vienen de lejos.

Uno de los aportes fundamentales de una encuesta es que nos permite detectar aquellas transformaciones subjetivas que derivan en resultados electorales. Sin embargo, caemos en el constante error de interpretarlas únicamente en base al dato de intención de voto. Nos seduce más adivinar cómo será el desenlace final en vez de disfrutar todo lo que acontece en cada capítulo de una buena serie. La cultura del atajo está de moda.

La última encuesta CELAG para Colombia nos proporciona una fotografía muy nítida de un país que vive una época de grandes cambios, con una mayoría que sufre, piensa y siente de manera muy distinta de lo que instalan los grandes medios de comunicación. El mejor ejemplo es el tema del paro prolongado: tres cuartas partes de Colombia lo aprueba, y seis de cada de 10 consideran que las fuerzas de seguridad reprimen de manera excesiva.

Hay una gran mayoría que valora negativamente al presidente Duque, tanto en gestión (76,3%) como en imagen (77,5%). La ciudadanía padece una crisis económica que ha sido agravada por la pandemia pero que viene desde mucho tiempo atrás. Un alto porcentaje de los hogares con menos de un millón de pesos colombianos al mes no tiene cómo afrontar los gastos básicos (75%) y, en consecuencia, están teniendo que acudir al endeudamiento privado como mecanismo habitual para afrontar esta situación (66%). El Estado les da la espalda tanto a ellos como a una cada vez más raquítica clase media. La ciudadanía quiere más Estado en todo lo que concierne a políticas sociales; también quiere un sistema tributario que aumente los impuestos a los más ricos (74%). En Colombia, muy pocos “compran el cuento” de que los ricos lograron su riqueza gracias al esfuerzo (solo el 18%).

El neoliberalismo fallido en Colombia se aprecia también en la percepción sobre uno de sus pilares: la banca. La mayoría evalúa negativamente su desempeño (70%) y además existe hartazgo por su abuso en el cobro de comisiones.

El modelo colombiano hace aguas por todas partes. La Fiscalía General del Estado tampoco goza de buena imagen (66% imagen negativa), ni los medios de comunicación tienen gran credibilidad (por ejemplo, Caracol y Semana tienen una desconfianza del 74% y 64%, respectivamente).

Dicho de otro modo: todo lo que debía sostener el proyecto neoliberal se viene desvaneciendo progresivamente, inclusive el uribismo. La imagen del expresidente sigue en caída libre (su negativa es de 76%). El antiuribismo se ha convertido en la principal identidad política; casi la mitad de la población se declara así frente a un 11% que dice ser uribista. La gran mayoría de la población cree que Uribe es corrupto, es cosa del pasado y está vinculado con el paramilitarismo.

En pleno proceso de cambio, todo ocaso tiene su contrapartida en la consolidación de otro horizonte. En Colombia, esta nueva alternativa la lidera Petro y Colombia Humana. Si en 2018 la irrupción de Petro en la escena nacional le tomó a muchos por sorpresa, ahora hay casi un 60% que cree que será el próximo presidente. Petro tiene la imagen positiva más alta en comparación con el resto de dirigentes; también posee el techo electoral más elevado; y en intención de voto probable aventaja al resto (30 puntos frente a 14 de quien le sigue, Fajardo).

Petro encarna el cambio en múltiples dimensiones: en la propuesta económica, en el rol del Estado, en materia de derechos sociales, en los valores y en la conexión con la juventud. Hoy Petro está en la centralidad de la política colombiana.

Cualquier análisis concluyente y cerrado en lo electoral será tan irresponsable como carente de rigor. Ni siquiera conocemos los nombres de las candidaturas. Pero lo único que sí podemos afirmar con certeza es que se atisba una disputa a tres bandas: un bloque mayoritario encabezado por Petro, y otros dos que se disputarán el segundo lugar: el uribismo y el espacio centrista Coalición de la Esperanza (conformado por los verdes y un sector de los liberales). La incógnita es saber si Petro logrará ganar en primera vuelta, a lo Fernández en Argentina, AMLO en México o Arce en Bolivia; si lo hará en la segunda vuelta contra todos los poderes fácticos unidos como Castillo en Perú; o si pasará lo de Lasso en Ecuador.

Veremos. Aún resta mucho en esta Colombia que cambia. Continuará.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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Lasso y el complejo de superioridad

/ 24 de mayo de 2021 / 01:08

Si un equipo de fútbol gana en una tanda de penales en una final, será el campeón. Sin embargo, jamás podrá presumir que ganó por goleada. Cualquier (auto)engaño que les lleve a creerse que son muy superiores al rival podría suponer el primer paso para la próxima derrota. El resultadismo extremo causa tal ceguera que muchas veces no somos capaces de dimensionar nuestra victoria. O nuestra derrota.

Mauricio Macri necesitó de una segunda vuelta para ganar en Argentina en 2015. En la primera, solo obtuvo el apoyo del 26,7% de todo el padrón. Esa era su verdadera fuerza. Lo obtenido en el balotaje es real, pero sujeto a “un escenario condicionado”. Confundir lo primero con lo segundo —creerse más fuerte de lo que se es—, conduce a graves errores. Ni el exceso de confianza ni la subestimación del adversario cuando éste te ha empatado —o incluso ganado en primera instancia— son buenos consejeros. Ni en el fútbol ni en la política.

En el caso de Ecuador, Guillermo Lasso debe elegir qué camino tomar, el de gobernar con complejo de superioridad considerándose a sí mismo un presidente todopoderoso tras su victoria en segunda vuelta, o si por el contrario asume con modestia que ganó, pero que le tocará gobernar teniendo en cuenta que en la primera vuelta solo obtuvo el 13,96% del padrón, equivalente al 19,74% sobre voto válido, y que en la Asamblea, apenas cuenta 12 asambleístas de 137.

Tomar uno u otro camino será decisivo para su porvenir y su estabilidad institucional. Cuatros años son demasiado tiempo como para querer gobernar en soledad o desde una posición de fuerza que no tiene. Es indiscutible que ostentar el Poder Ejecutivo le dotará de un gran músculo para gestionar el país a su manera, pero insuficiente si desea poner en marcha un programa “cien por cien Lasso”. No le queda más opción que buscar acuerdos que vayan más allá de pactos efímeros basados en una distribución de cuotas de poder a favor de cierta dirigencia política (como así ocurrió para la elección de cargos en la Asamblea, con Pachakutik).

Lasso tendrá una oposición muy poliédrica. En lo político, tendrá enfrente al correísmo, con una bancada de 49 asambleístas y con una votación de primera vuelta superior a la suya y de segunda no tan lejana (apenas 400.000 votos de diferencia). Si esta fuerza se dedica a hacer una oposición frontal, sin concesiones, poniendo el oído en la calle y sintonizando con los problemas de la gente, será un sujeto político cada vez más importante y con el que Lasso tendrá que disputar en clave democrática.

Pero la oposición política también le vendrá por otros flancos: a) el movimiento indígena, que va más allá de un importante porcentaje de su dirigencia entreguista; b) el viejo Partido Social Cristiano, con el que ya ha tenido el primer rifirrafe en el marco legislativo (aunque probablemente se acaben entendiendo porque comparten casi el mismo corpus ideológico); c) un sector ciudadano no afiliado a ningún partido, que electoralmente supuso casi 30 puntos de voto en primera vuelta.

A este cuadro complejo hay que sumarle la situación económica, vista también desde diferentes aristas. Por un lado, en el corto plazo, la impaciencia del pueblo para que se resuelva una situación económica delicada que afecta a los salarios, empleo, deuda familiar, etc. Por otro lado, la presión del Fondo Monetario Internacional y eso que llaman “el mercado” para que se tomen decisiones justamente en contra de los ciudadanos. Y por último, la dificultad que tendrá Lasso para compatibilizar su trato de favor al sector más afín, el financiero, así como a sus aliados económicos, por encima de otros grupos empresariales. No hay que olvidar que el poder económico jamás es monolítico. Y Lenín pudo contentar a todos porque no pertenecía a ningún bando. El caso de Lasso es diferente.

Nada está escrito. Veremos si Lasso asume que se trata de un “Presidente Débil” y actúa en consecuencia o, si en cambio, opta disfrazarse de Superman para acabar siendo Macri, Duque, Kuczynski o hasta el mismo Piñera. Son malos tiempos para ser un extremista neoliberal.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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Segunda vuelta en Ecuador

/ 15 de febrero de 2021 / 00:42

Las elecciones de Ecuador no se celebraron este pasado 7 de febrero. La ciudadanía votó en gran medida en octubre de 2019. No hay forma de entender el resultado electoral si no es mirando por el retrovisor.

La votación de Yaku no se explica por Yaku. Ni la de Hervas por Hervas. Los 36 puntos que suman entre ambos tienen un claro origen: el rechazo, el rechazo a secas.

Y a ese factor cabe sumarle otro fundamental: Ecuador lleva varios años sumido en un estado de confusión e incertidumbre tal que no resulta fácil ordenar ideológicamente el amplio abanico de candidaturas. La presidencia de Lenín Moreno caotizó la política ecuatoriana.

Los casi 20 puntos que logró Yaku en primera vuelta tienen como base el rechazo a las políticas económicas de la “triple alianza” (Lenín, FMI y grandes grupos económicos). Rechazo que tuvo como gran protagonista al movimiento indígena. No es a Yaku a quien ha votado la gente. La mayoría de su electorado hubiera votado a Yaku, Iza, Vargas, o a cualquier otro representante de esa resistencia demostrada épicamente en las calles frente al ajuste neoliberal. Ese espíritu rebelde indígena trascendió, convirtiéndose en un verdadero sujeto político y electoral.

En ese alto porcentaje que obtuvo Yaku también está presente otra parte de la ciudadanía, afín a una agenda progresista en clave ambientalista y feminista.

Podríamos decir que Yaku es un candidato no progresista que logró quedarse con parte del voto progresista e indigenista.

Los otros 16 puntos que han llamado mucho la atención son los de Hervas. En este caso, la explicación es algo más difusa. Por un lado, está lo que hereda de una formación clásica en Ecuador, Izquierda Democrática, con apoyo histórico en algunas regiones del país, como Pichincha. Y, por otro lado, tenemos a un candidato TikTok, excéntrico y provocador, que ha conectado con un sector más antisistema, cansado de la vieja política y con posiciones ideológicas muy heterogéneas.

Pero, a pesar del buen resultado de esos candidatos, ninguno de ellos estará en la segunda vuelta. Este privilegio solo lo tendrán Arauz y Lasso, quien, in extremis, ha superado en votos a Yaku.

Arauz representa hoy la principal fuerza política y electoral del país. El correísmo, tras cuatro años de persecución y con una propuesta manifiestamente progresista, tiene un apoyo firme de un tercio del país (32,5%). Desde esta posición de fuerza y con esta base consistente, a partir de ahora el binomio Arauz-Rabascall tiene la misión de ampliar y seducir a un nuevo electorado que, por una parte, muestra afinidad en muchos sentidos comunes, pero que, por otra, exige ensanchar la agenda programática en ejes previamente citados (ambientalismo, indigenismo, feminismo, la no corrupción).

El otro contendiente en la segunda vuelta será Lasso, quién por sí mismo no podrá mejorar su intención de voto (20%). Su imagen positiva es muy baja, y su techo electoral también. El banquero tiene un discurso demasiado conservador como para ser atendido por el electorado Yaku & Hervas. Seguramente, su estrategia se centrará en el pedido del voto útil contra el correísmo. No tiene otro camino para procurar sumar el extra de 30 puntos que necesita para ser presidente.

En ese cometido, Lasso tendrá una gran dificultad: la ciudadanía jamás obedece por control remoto a lo que le diga uno u otro candidato de cara a una segunda vuelta. Y mucho menos si se trata del electorado Yaku & Hervas. Estos 36 puntos no votaron específicamente a dos personas. Eligieron cansados de lo viejo, rechazando todo lo que ha sucedido en estos últimos años, buscando nuevos aires. Y Lasso es quien tiene más puntuación negativa en todas esas variables.

Restan dos meses para la cita electoral definitiva. Ecuador votará de modo binario, entre dos opciones nítidamente antagonistas, sin tanta dispersión. Y quedará atrás el espíritu de la primera vuelta. Solo hay dos alternativas posibles, fácilmente contrastables, tanto en lo que hicieron tiempo atrás como lo que podrían hacer hacia adelante.

   Alfredo Serrano Mancilla es Director del CELAG.

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Lecciones bolivianas para América Latina

A partir de este domingo es parte de nuestro equipo de columnistas de La Razón Alfredo Serrano Mancilla. Le damos la bienvenida y le deseamos larga estadía en nuestras páginas.

/ 29 de noviembre de 2020 / 00:40

Cada vez resta menos para que termine 2020, un año que ha tenido de todo: desde la pandemia COVID-19 hasta la muerte de Maradona. A estas alturas del partido, luego de tanta densidad política, siempre acabo creyendo que el año tuvo algún mes de más, algunas semanas que se nos camuflaron sin darnos cuenta, o días que fueron de 30 horas.

En este tiempo, Chile aprobó un plebiscito para enterrar definitivamente la Constitución pinochetista; Trump perdió las elecciones desconociendo los resultados; Guaidó se quedó en eso, en seguir siendo Guaidó, sin más pena ni gloria que una autoproclamación sin efectos; en Perú modificaron el Congreso y luego el presidente, hasta dos veces, sin necesidad de acudir a las urnas; en Ecuador cambiaron varias veces de vicepresidente; se consolidó el eje progresista Argentina-México con dos presidentes muy protagónicos en lo geopolítico, Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador, cada cual a su manera.

En esta América Latina tensionada, Bolivia nuevamente se convirtió en el epicentro en este 2020, sobre todo porque nos dejó varias lecciones imprescindibles para tener en cuenta en los meses venideros.

Primero, no se consigue tan fácilmente la desaparición de una identidad política arraigada en la ciudadanía, ni con un golpe de Estado, ni con proscripciones, ni con persecución.

Segundo, el neoliberalismo demuestra una vez más su incapacidad para consolidar democracias, gestionar la economía (en lo macro y en lo micro), administrar el Estado, garantizar estabilidad institucional, proporcionar seguridad jurídica.

Tercero, las convicciones son rentables electoralmente a pesar de lo que digan muchos manuales ortodoxos de comunicación política. Un corpus ideológico, bien traducido en propuestas cabales, cuando sintonizan con los sentidos comunes tienen alta probabilidad de tener mayorías.

Cuarto, gobernar desgasta mucho y limita la posibilidad de reciclar la épica, el relato, la narrativa, los horizontes. En el caso del MAS, en este corto periodo de tiempo afuera de la gestión gubernamental, se regeneraron dinámicas que habían quedado relativamente oxidadas algún tiempo atrás.

Quinto, la derecha no siempre está unida, ni es tan monolítica ni homogénea como se presupone. Pasó en Bolivia y ha pasado en muchos otros países de América Latina. Existen muchos más matices en el universo conservador del que nos imaginamos (visiones regionales, intereses económicos, vínculos internacionales, etc.)

Sexto, los grandes medios de comunicación se han convertido en objetos de consumo masivo, pero no constituyen ninguna fuente de credibilidad. Si hiciéramos un ejercicio de correlación estadística simple entre cantidad de portadas y titulares en contra de Evo y Arce en Bolivia e intención de voto, nos encontraríamos una relación inversa. Eso pasó también con Cristina Fernández de Kirchner y continúa pasando con Rafael Correa. Los grandes medios son espacios de entretenimiento, pero no son creíbles como fuente de información. En las encuestas del CELAG hechas para varios países de América Latina, siempre observamos que hay mayorías que creen que los medios mienten o hacen propaganda.

Séptimo, las redes sociales importan, pero resulta importante dimensionarlas en su justa medida. El crecimiento de ese universo es evidente, pero no hay que confundir ese progreso con considerar que todo el mundo decide su voto según lo que lea en Twitter, Facebook o Instagram. Aún resta mucho por conocer cómo ellas transforman nuestras mentes, nuestros pensamientos y nuestras preferencias políticas y electorales. Todavía es prematuro, por el poco tiempo en marcha, para identificar las cicatrices de este nuevo entorno digital.

Octavo, y no por último menos importante: todos aquellos que pregonan que no hay relevo detrás de los liderazgos históricos de la izquierda latinoamericana vuelven a hacerse trampas al solitario. Lucho Arce y Alberto Fernández ya son presidentes. Hay muchas probabilidades que Andrés Arauz lo sea en Ecuador. Hay líderes como Daniel Jadue en Chile, Verónika Mendoza en Perú y Gustavo Petro en Colombia, que también tienen significativas opciones para ello.

Son todos aprendizajes útiles para lo que se viene en nuestra América Latina en disputa.

*es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG)

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Bolivia, la victoria de las convicciones

/ 21 de octubre de 2020 / 02:55

Es indudable que la técnica ocupa un lugar cada vez más importante en la política, y muy específicamente en el campo electoral. Todas estas valiosas herramientas, algunas más antiguas, como las encuestas y todo lo que tiene que ver con el marketing, y otras más recientes como las redes sociales o el Big Data, han cobrado gran protagonismo en los últimos tiempos. Sin embargo, todo este instrumental no puede sustituir de ninguna manera a la dimensión constitutiva de la política, esto es, el universo de las ideas, las propuestas.

Ni toda la posmodernidad del mundo ha podido ni podrá acabar con el poder de las convicciones. Esto es justamente lo que ha ocurrido en las elecciones presidenciales en Bolivia. El resultado se explica precisamente por ello: es la victoria de las convicciones. Luis Arce, candidato del Movimiento Al Socialismo (MAS), es hoy presidente electo por la defensa acérrima —sin disimulo ni titubeo — de un proyecto político, de un corpus de ideas basado en la soberanía, nacionalizaciones de recursos estratégicos, tanto Estado como sea necesario, la redistribución como eje ordenador de la economía. 

El pueblo boliviano se decidió claramente a favor del MAS, a favor de una propuesta política antagónica al modelo neoliberal. Dijeron “basta ya” al atropello antidemocrático llevado a cabo por la gran coalición golpista, conformada por el actual Gobierno de facto, la complicidad activa de Carlos Mesa, el bloque neofascista liderado por Luis Fernando Camacho, la Policía y un sector de las Fuerzas Armadas, algunos grandes medios de comunicación —como Página Siete—, ciertos grupos empresariales y la Secretaría General de la OEA.

En menos de un año, esta gran coalición demostró tanto su ineficacia como su capacidad de irradiar injusticias. Cada día queda más verificado que el neoliberalismo es totalmente incompatible con la democracia y con la estabilidad económica y social.

Y, frente a ello, la alternativa es el MAS, un instrumento que nuclea el vasto archipiélago de organizaciones sociales, campesinas, indígenas y urbanas a lo largo y ancho del territorio boliviano; que tiene un líder histórico, Evo Morales, pero que también se cimenta en un sólido tejido social y organizativo. Este gran bloque permanece “junto” no gracias a un eslogan de campaña, sino que lo hace por sus propios convencimientos; es por esa auténtica razón que la unidad del MAS perseveró a pesar de las dificultades, a pesar de la persecución.

Subestimar la inmensa fuerza de las convicciones constituye un error común en esta nueva “época Google”, donde todo es exageradamente superficial. Esta es la verdadera lección que nos deja esta cita electoral en Bolivia. Es un aprendizaje a tener muy en cuenta cada vez que dudemos del camino a seguir. Pasó ahora en Bolivia y ha pasado recurrentemente en la Historia. Por ejemplo, el Frente de Todos presentó su propuesta política en base a sus convicciones y la ciudadanía argentina la avaló de manera mayoritaria en las urnas; Pablo Iglesias es vicepresidente español sin renunciar a sus convicciones; lo mismo con el presidente AMLO en México; al igual que el correísmo en Ecuador, que continúa siendo la principal fuerza política; o Gustavo Petro en Colombia, que crece y crece sin ponerse ningún disfraz.

Creer en algo, defenderlo y exponerlo con argumentos serios es un camino, a veces complicado, pero más sólido que otro tipo de atajos con exceso de tacticismo que acaban confundiendo el horizonte estratégico.

En Bolivia, las elecciones fueron ganadas por las convicciones.

Alfredo Serrano Mancilla es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag)

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