Voces

miércoles 24 feb 2021 | Actualizado a 22:06

El neoliberalismo en default

/ 2 de septiembre de 2020 / 02:36

Lo peor de un momento presente es cuando ni siquiera podemos imaginar el futuro. Esto es, justamente, lo que le está ocurriendo al neoliberalismo. Vive un presente extremadamente complicado, que se agrava aún más por la incapacidad que tiene de dibujar nuevos horizontes hacia adelante.

Luego de medio siglo de existencia, el neoliberalismo se enfrenta a una gran crisis de ideas. Su manual quedó obsoleto.

La decadencia siempre es un proceso lento y, en muchas ocasiones, también inaceptable para quien lo padece. El neoliberalismo vive sus meses más complejos en América Latina. La pandemia del COVID-19 ha puesto al descubierto muchas de sus debilidades, que hasta ahora habían sido “tapadas” con grandes campañas de comunicación con alta dosis de posverdad (por no decir de mentiras). Véase, por ejemplo, lo que pasó en 2008: la última gran crisis neoliberal en lo económico fue reescrita como un problema de burbuja inmobiliaria, y responsabilizaron de todos los males a los ciudadanos, por un exceso de endeudamiento. Sin embargo, esta vez, ante la actual Gran Recesión que vivimos en el mundo, es prácticamente imposible que puedan nuevamente echarnos la culpa de todo, a pesar de que lo intenten. En este momento hay un gran consenso de que la culpa no reside en la gente, sino que el problema real está en un modelo económico y social muy poco preparado para afrontar adversidades.

Todos los mitos neoliberales saltaron por los aires en el justo momento en el que la gente necesita afrontar una situación dramática. El neoliberalismo no logra acertar con ninguna de sus respuestas habituales. Por un lado, se olvida de la economía real en pos de una entronización de la financiarización y, por otro lado, sigue defendiendo la ausencia del Estado a pesar que la ciudadanía latinoamericana demanda todo lo contrario. Según datos de las encuestas CELAG en el último trimestre, en Argentina el 90% está a favor de un Estado mucho más presente y activo; este valor es del 70% en Chile, 60% en México, y 75% en Bolivia.

Los sentidos comunes en la región cabalgan por una dirección completamente opuesta a lo que defiende el libreto neoliberal. El impuesto a las grandes fortunas cuenta con gran apoyo en muchos países de América Latina (76% en Argentina, 73% en Chile, 67% en México, 64% en Bolivia y 75% en Ecuador); y lo mismo ocurre con una renta mínima, garantizar públicamente la salud y la educación como derechos, frenar las privatizaciones, suspender y renegociar el pago de deuda, etc. Además, en la mayoría de los países en la región, la banca, los grandes medios y el Poder Judicial cuentan con una imagen muy negativa.

Esta enajenación de los políticos neoliberales (y sus respectivas usinas) en relación a lo que piensa la gente se traduce en muchas de las fotografías que estamos viendo en la región en los últimos tiempos. Piñera sin saber qué hacer ante una mayoría que ya comenzó el proceso constituyente para cambiar Chile. Lenín Moreno acaba su mandato en Ecuador sin apenas aprobación (11%) por la implementación del proyecto neoliberal. Áñez sigue empobreciendo a Bolivia y, de cara a la próxima cita electoral, goza de muy poco apoyo. En Colombia, el uribismo está en sus horas más bajas con su máximo exponente con orden de detención y sin capacidad para afrontar la pandemia. Macri, ahora de vacaciones en Europa, jamás pudo construir hegemonía neoliberal en Argentina y dejó una economía hecha pedazos. Bolsonaro, con casi 100.000 muertes por COVID a sus espaldas y con una gran dificultad para garantizar gobernabilidad y estabilidad política, económica y social. Y en este panorama, de crisis neoliberal, también debemos considerar lo que ocurre en Perú, donde se cerró el Congreso el año pasado —y tiene a todos sus expresidentes condenados por corrupción— y Paraguay, donde el presidente Abdo evitó el juicio político in extremis, luego de haber vendido energía a Brasil a “precio regalado”.

El neoliberalismo está en default, pero se niega a desaparecer. Procura reciclarse y oxigenarse. Dicho de otro modo: está renegociando su futuro, pero con una gran dificultad para generar horizontes que convenzan y entusiasmen. Sin embargo, sería un grave error subestimarlo ni darlo por muerto, porque cuenta con un gran poder estructural que, seguramente, estará dispuesto a camuflarse tras ideas progresistas. El mejor ejemplo es el FMI, que sin haber cambiado su composición “empresarial” tiene ahora un tono más conciliador en materia de deuda externa; o el Banco Mundial defendiendo los programas de rentas mínimas; o los multimillonarios abogando por más impuestos. Son muestras inequívocas que hay un intento de apropiarse de las ideas progresistas, impropias del neoliberalismo. Seguramente para hacerlas suyas y reformularlas, matizarlas, resignificarlas… Esto ya ocurrió muchas veces en la Historia: cuando el capitalismo estuvo en problemas, cedió lo suficiente para no perder su dominio. 

Estamos en un tiempo político de disputa en la región, en el que neoliberalismo está en default pero intenta escapar de su propia quiebra. El resultado de este dilema dependerá tanto de la capacidad que tenga la matriz neoliberal para reinventarse, pero fundamentalmente de cómo el progresismo avance, implemente soluciones certeras y cotidianas a la ciudadanía, y genere horizontes acordes a los nuevos tiempos.

Alfredo Serrano Mancilla es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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Segunda vuelta en Ecuador

/ 15 de febrero de 2021 / 00:42

Las elecciones de Ecuador no se celebraron este pasado 7 de febrero. La ciudadanía votó en gran medida en octubre de 2019. No hay forma de entender el resultado electoral si no es mirando por el retrovisor.

La votación de Yaku no se explica por Yaku. Ni la de Hervas por Hervas. Los 36 puntos que suman entre ambos tienen un claro origen: el rechazo, el rechazo a secas.

Y a ese factor cabe sumarle otro fundamental: Ecuador lleva varios años sumido en un estado de confusión e incertidumbre tal que no resulta fácil ordenar ideológicamente el amplio abanico de candidaturas. La presidencia de Lenín Moreno caotizó la política ecuatoriana.

Los casi 20 puntos que logró Yaku en primera vuelta tienen como base el rechazo a las políticas económicas de la “triple alianza” (Lenín, FMI y grandes grupos económicos). Rechazo que tuvo como gran protagonista al movimiento indígena. No es a Yaku a quien ha votado la gente. La mayoría de su electorado hubiera votado a Yaku, Iza, Vargas, o a cualquier otro representante de esa resistencia demostrada épicamente en las calles frente al ajuste neoliberal. Ese espíritu rebelde indígena trascendió, convirtiéndose en un verdadero sujeto político y electoral.

En ese alto porcentaje que obtuvo Yaku también está presente otra parte de la ciudadanía, afín a una agenda progresista en clave ambientalista y feminista.

Podríamos decir que Yaku es un candidato no progresista que logró quedarse con parte del voto progresista e indigenista.

Los otros 16 puntos que han llamado mucho la atención son los de Hervas. En este caso, la explicación es algo más difusa. Por un lado, está lo que hereda de una formación clásica en Ecuador, Izquierda Democrática, con apoyo histórico en algunas regiones del país, como Pichincha. Y, por otro lado, tenemos a un candidato TikTok, excéntrico y provocador, que ha conectado con un sector más antisistema, cansado de la vieja política y con posiciones ideológicas muy heterogéneas.

Pero, a pesar del buen resultado de esos candidatos, ninguno de ellos estará en la segunda vuelta. Este privilegio solo lo tendrán Arauz y Lasso, quien, in extremis, ha superado en votos a Yaku.

Arauz representa hoy la principal fuerza política y electoral del país. El correísmo, tras cuatro años de persecución y con una propuesta manifiestamente progresista, tiene un apoyo firme de un tercio del país (32,5%). Desde esta posición de fuerza y con esta base consistente, a partir de ahora el binomio Arauz-Rabascall tiene la misión de ampliar y seducir a un nuevo electorado que, por una parte, muestra afinidad en muchos sentidos comunes, pero que, por otra, exige ensanchar la agenda programática en ejes previamente citados (ambientalismo, indigenismo, feminismo, la no corrupción).

El otro contendiente en la segunda vuelta será Lasso, quién por sí mismo no podrá mejorar su intención de voto (20%). Su imagen positiva es muy baja, y su techo electoral también. El banquero tiene un discurso demasiado conservador como para ser atendido por el electorado Yaku & Hervas. Seguramente, su estrategia se centrará en el pedido del voto útil contra el correísmo. No tiene otro camino para procurar sumar el extra de 30 puntos que necesita para ser presidente.

En ese cometido, Lasso tendrá una gran dificultad: la ciudadanía jamás obedece por control remoto a lo que le diga uno u otro candidato de cara a una segunda vuelta. Y mucho menos si se trata del electorado Yaku & Hervas. Estos 36 puntos no votaron específicamente a dos personas. Eligieron cansados de lo viejo, rechazando todo lo que ha sucedido en estos últimos años, buscando nuevos aires. Y Lasso es quien tiene más puntuación negativa en todas esas variables.

Restan dos meses para la cita electoral definitiva. Ecuador votará de modo binario, entre dos opciones nítidamente antagonistas, sin tanta dispersión. Y quedará atrás el espíritu de la primera vuelta. Solo hay dos alternativas posibles, fácilmente contrastables, tanto en lo que hicieron tiempo atrás como lo que podrían hacer hacia adelante.

   Alfredo Serrano Mancilla es Director del CELAG.

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Lecciones bolivianas para América Latina

A partir de este domingo es parte de nuestro equipo de columnistas de La Razón Alfredo Serrano Mancilla. Le damos la bienvenida y le deseamos larga estadía en nuestras páginas.

/ 29 de noviembre de 2020 / 00:40

Cada vez resta menos para que termine 2020, un año que ha tenido de todo: desde la pandemia COVID-19 hasta la muerte de Maradona. A estas alturas del partido, luego de tanta densidad política, siempre acabo creyendo que el año tuvo algún mes de más, algunas semanas que se nos camuflaron sin darnos cuenta, o días que fueron de 30 horas.

En este tiempo, Chile aprobó un plebiscito para enterrar definitivamente la Constitución pinochetista; Trump perdió las elecciones desconociendo los resultados; Guaidó se quedó en eso, en seguir siendo Guaidó, sin más pena ni gloria que una autoproclamación sin efectos; en Perú modificaron el Congreso y luego el presidente, hasta dos veces, sin necesidad de acudir a las urnas; en Ecuador cambiaron varias veces de vicepresidente; se consolidó el eje progresista Argentina-México con dos presidentes muy protagónicos en lo geopolítico, Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador, cada cual a su manera.

En esta América Latina tensionada, Bolivia nuevamente se convirtió en el epicentro en este 2020, sobre todo porque nos dejó varias lecciones imprescindibles para tener en cuenta en los meses venideros.

Primero, no se consigue tan fácilmente la desaparición de una identidad política arraigada en la ciudadanía, ni con un golpe de Estado, ni con proscripciones, ni con persecución.

Segundo, el neoliberalismo demuestra una vez más su incapacidad para consolidar democracias, gestionar la economía (en lo macro y en lo micro), administrar el Estado, garantizar estabilidad institucional, proporcionar seguridad jurídica.

Tercero, las convicciones son rentables electoralmente a pesar de lo que digan muchos manuales ortodoxos de comunicación política. Un corpus ideológico, bien traducido en propuestas cabales, cuando sintonizan con los sentidos comunes tienen alta probabilidad de tener mayorías.

Cuarto, gobernar desgasta mucho y limita la posibilidad de reciclar la épica, el relato, la narrativa, los horizontes. En el caso del MAS, en este corto periodo de tiempo afuera de la gestión gubernamental, se regeneraron dinámicas que habían quedado relativamente oxidadas algún tiempo atrás.

Quinto, la derecha no siempre está unida, ni es tan monolítica ni homogénea como se presupone. Pasó en Bolivia y ha pasado en muchos otros países de América Latina. Existen muchos más matices en el universo conservador del que nos imaginamos (visiones regionales, intereses económicos, vínculos internacionales, etc.)

Sexto, los grandes medios de comunicación se han convertido en objetos de consumo masivo, pero no constituyen ninguna fuente de credibilidad. Si hiciéramos un ejercicio de correlación estadística simple entre cantidad de portadas y titulares en contra de Evo y Arce en Bolivia e intención de voto, nos encontraríamos una relación inversa. Eso pasó también con Cristina Fernández de Kirchner y continúa pasando con Rafael Correa. Los grandes medios son espacios de entretenimiento, pero no son creíbles como fuente de información. En las encuestas del CELAG hechas para varios países de América Latina, siempre observamos que hay mayorías que creen que los medios mienten o hacen propaganda.

Séptimo, las redes sociales importan, pero resulta importante dimensionarlas en su justa medida. El crecimiento de ese universo es evidente, pero no hay que confundir ese progreso con considerar que todo el mundo decide su voto según lo que lea en Twitter, Facebook o Instagram. Aún resta mucho por conocer cómo ellas transforman nuestras mentes, nuestros pensamientos y nuestras preferencias políticas y electorales. Todavía es prematuro, por el poco tiempo en marcha, para identificar las cicatrices de este nuevo entorno digital.

Octavo, y no por último menos importante: todos aquellos que pregonan que no hay relevo detrás de los liderazgos históricos de la izquierda latinoamericana vuelven a hacerse trampas al solitario. Lucho Arce y Alberto Fernández ya son presidentes. Hay muchas probabilidades que Andrés Arauz lo sea en Ecuador. Hay líderes como Daniel Jadue en Chile, Verónika Mendoza en Perú y Gustavo Petro en Colombia, que también tienen significativas opciones para ello.

Son todos aprendizajes útiles para lo que se viene en nuestra América Latina en disputa.

*es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG)

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Bolivia, la victoria de las convicciones

/ 21 de octubre de 2020 / 02:55

Es indudable que la técnica ocupa un lugar cada vez más importante en la política, y muy específicamente en el campo electoral. Todas estas valiosas herramientas, algunas más antiguas, como las encuestas y todo lo que tiene que ver con el marketing, y otras más recientes como las redes sociales o el Big Data, han cobrado gran protagonismo en los últimos tiempos. Sin embargo, todo este instrumental no puede sustituir de ninguna manera a la dimensión constitutiva de la política, esto es, el universo de las ideas, las propuestas.

Ni toda la posmodernidad del mundo ha podido ni podrá acabar con el poder de las convicciones. Esto es justamente lo que ha ocurrido en las elecciones presidenciales en Bolivia. El resultado se explica precisamente por ello: es la victoria de las convicciones. Luis Arce, candidato del Movimiento Al Socialismo (MAS), es hoy presidente electo por la defensa acérrima —sin disimulo ni titubeo — de un proyecto político, de un corpus de ideas basado en la soberanía, nacionalizaciones de recursos estratégicos, tanto Estado como sea necesario, la redistribución como eje ordenador de la economía. 

El pueblo boliviano se decidió claramente a favor del MAS, a favor de una propuesta política antagónica al modelo neoliberal. Dijeron “basta ya” al atropello antidemocrático llevado a cabo por la gran coalición golpista, conformada por el actual Gobierno de facto, la complicidad activa de Carlos Mesa, el bloque neofascista liderado por Luis Fernando Camacho, la Policía y un sector de las Fuerzas Armadas, algunos grandes medios de comunicación —como Página Siete—, ciertos grupos empresariales y la Secretaría General de la OEA.

En menos de un año, esta gran coalición demostró tanto su ineficacia como su capacidad de irradiar injusticias. Cada día queda más verificado que el neoliberalismo es totalmente incompatible con la democracia y con la estabilidad económica y social.

Y, frente a ello, la alternativa es el MAS, un instrumento que nuclea el vasto archipiélago de organizaciones sociales, campesinas, indígenas y urbanas a lo largo y ancho del territorio boliviano; que tiene un líder histórico, Evo Morales, pero que también se cimenta en un sólido tejido social y organizativo. Este gran bloque permanece “junto” no gracias a un eslogan de campaña, sino que lo hace por sus propios convencimientos; es por esa auténtica razón que la unidad del MAS perseveró a pesar de las dificultades, a pesar de la persecución.

Subestimar la inmensa fuerza de las convicciones constituye un error común en esta nueva “época Google”, donde todo es exageradamente superficial. Esta es la verdadera lección que nos deja esta cita electoral en Bolivia. Es un aprendizaje a tener muy en cuenta cada vez que dudemos del camino a seguir. Pasó ahora en Bolivia y ha pasado recurrentemente en la Historia. Por ejemplo, el Frente de Todos presentó su propuesta política en base a sus convicciones y la ciudadanía argentina la avaló de manera mayoritaria en las urnas; Pablo Iglesias es vicepresidente español sin renunciar a sus convicciones; lo mismo con el presidente AMLO en México; al igual que el correísmo en Ecuador, que continúa siendo la principal fuerza política; o Gustavo Petro en Colombia, que crece y crece sin ponerse ningún disfraz.

Creer en algo, defenderlo y exponerlo con argumentos serios es un camino, a veces complicado, pero más sólido que otro tipo de atajos con exceso de tacticismo que acaban confundiendo el horizonte estratégico.

En Bolivia, las elecciones fueron ganadas por las convicciones.

Alfredo Serrano Mancilla es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag)

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El dilema de la oposición argentina

/ 12 de octubre de 2020 / 01:39

Reubicarse en el mapa político luego de una derrota electoral nunca es una tarea sencilla. La oposición argentina se encuentra en la búsqueda de su propio camino luego de que en octubre del año pasado no pudiera revalidar el mandato presidencial a pesar de haber conseguido casi 11 millones de votos, es decir, casi un tercio del padrón electoral (equivalente al 40,2% de voto válido).

Indudablemente, este apoyo ciudadano tuvo un sabor agridulce; la fórmula de Cambiemos había mejorado notablemente lo conseguido en primera vuelta de 2015, tanto en valores absolutos (en más de dos millones de votos) como en términos relativos (mejora de 5 puntos, de 26% a 31% sobre el padrón electoral); y, sin embargo, este avance no le alcanzó.

Tras casi un año de esa derrota, la oposición argentina afronta un dilema estratégico que va más de nombres y apellidos, y de movimientos tácticos.

Podemos distinguir dos posturas estratégicas en disputa en este espacio político:

1. El ensayo destituyente, basado en una línea “radical” de confrontación, que interpela a la totalidad; nada propositiva; muy televisada; con un discurso muy duro, y por momentos muy alejado del espíritu democrático; empeñada en lograr un “boicot a corto plazo”; en la búsqueda permanente de un clima desestabilizador; focalizado en contra del kirchnerismo (quiere presa a Cristina); y, desde hace unos meses, también comienza a criticar fuertemente a Alberto Fernández, llamándole “autoritario, títere, etc.”.

2. La rivalidad mesurada. Confronta puntualmente y con críticas quirúrgicas. Es menos “tuitera”; elige un tono tan “amigable” que a veces suena hasta impostado; a veces guiña un ojo al rol del Estado y a lo social, aunque sea únicamente en su plano discursivo; tiene la vista puesta en el mediano plazo; está menos concentrada en el kirchnerismo; mantiene una relación ambigua con el Presidente, no se cierra al diálogo pero tampoco lo apoya.

La postura destituyente sintoniza con un 20-25%, que son pseudomilitantes anti-K, fuertemente ideologizados; éstos cuentan con la ventaja de conformarse como grupo cohesionado e intenso. Se parece y mucho al 22% que se autopercibe, sin complejos, de “derecha” (según encuesta Celag, agosto de 2020). Sin embargo, esta estrategia tiene un gran inconveniente: no tiene posibilidad alguna de crecer más allá de su propia frontera.

La única manera de ampliar este espacio es acudir a la segunda estrategia. Por la vía de una “oposición más mesurada”, que sí podría aglutinar hasta un 35% como piso electoral, lo que le permitiría llegar al sprint final con posibilidades reales de competir —y con opciones de ganar— en las próximas elecciones presidenciales de 2023. No obstante, esta opción estratégica corre el riesgo de disponer de una masa electoral muy amorfa, heterogénea, sin identidad política diáfana, menos cohesionada y menos activa; con el añadido que se puede fragmentar demasiado, o incluso diluir si no existe un claro vector de factores comunes que los nuclee.

He aquí el verdadero dilema de la oposición en Argentina: dos estrategias que se necesitan mutuamente, pero que conjuntamente son excluyentes entre sí.

A pesar de este dilema latente, por ahora no hay dos oposiciones. Hasta el momento, solo hay un único bloque opositor con un mismo corpus ideológico: el neoliberal. No hay ningún tipo de diferencia significativa en cuanto a los temas centrales de agenda, como lo demostraron durante el largo periodo en el que gobernaron la Argentina. No obstante, la tensión en su interior crece, y no sabemos todavía si este dilema estratégico provocará a futuro alguna grieta mayor que acabe desgajando este espacio. Para tener la respuesta a este enigma es mejor esperar al momento de la definición de las candidaturas. Ese tiempo preelectoral nunca es el más propicio para administrar grandes divergencias estratégicas. Sin embargo, seguramente prevalecerá la fuerza mayor que los une: evitar que el Frente de Todos siga gobernando.

Veremos cuál es el devenir de la actual oposición argentina en su laberinto.

Alfredo Serrano Mancilla es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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Lo que se gana, a pesar de la derrota en el BID

/ 14 de septiembre de 2020 / 01:39

El vaso siempre se puede ver medio lleno o medio vacío. La votación para presidir el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) tiene múltiples lecturas, y todas son necesarias para entender la complejidad del momento geopolítico que vive el mundo, y muy especialmente América Latina. Limitar el análisis a una única conclusión, “ganó Trump y perdió la región”, sería cometer un craso error por desconocer los infinitos matices que caracterizan el actual escenario en disputa.

He aquí 5 puntos clave a considerar:

1. Aunque el BID es un ente político de carácter supranacional, su votación para presidirlo no obedece al criterio de “un país, un voto”, como ocurre en la mayoría de los organismos internacionales (salvo en el FMI, que tiene similitud al BID). La lógica es menos democrática: se vota según su estructura accionarial. Por ejemplo, Estados Unidos cuenta con el 30% de los votos.

2. La votación fue a favor de Mauricio Claver-Carone, exresponsable de temas del hemisferio occidental en el Consejo de Seguridad Nacional y asesor especial de Trump en esta materia. Obtuvo el 66,8% del capital accionario, es decir, logró tener un 36,8% adicional, derivado del apoyo de otros países.

3. La primera anomalía histórica de esta votación fue que el candidato no tuvo apoyo unánime. Enfrente se encontró con una nutrida oposición, conformada por 16 países (33,2% del capital accionario), que acabó absteniéndose. Esto ocurre gracias al rol protagónico y creciente de la nueva gran alianza geopolítica regional, conformada por Argentina y México, que había propuesto una posición diferente, sólida y no subordinada ni sumisa a las directrices de Estados Unidos (como así también sucediera en la última elección en la OEA).

4. Otra anomalía histórica de esta votación es que Estados Unidos propuso su propio candidato sin respetar los usos y costumbres de la institución, que hasta el momento siempre había permitido que la presidencia fuera ocupada por América Latina. Trump rompió esta tradición, seguramente para tener más poder y presencia en una región que no tiene bajo control. Necesitaba dar este “golpe en el tablero” para compensar otros fracasos en su política exterior para América Latina: su fallido Grupo de Lima, su desapercibido Guaidó, su inexistente Prosur y su desaparecida Alianza del Pacífico.

5. Estados Unidos ha pretendido usar esta votación, una vez más, para instalar la mayor “zozobra” posible al interior de América Latina. Más específicamente, el objetivo era romper el bloque Argentina-México, que incomoda —y mucho— al presidente Trump, porque le evita gobernar a sus anchas en toda la región. El clásico “divide y vencerás” era otro de los grandes propósitos en esta estrategia de Trump para el BID. Creyó que podría “condicionar” la posición de México en esta decisión, así como la de Argentina, aprovechándose del proceso de negociación que este país tiene actualmente con el FMI. Pero no. No ha sido posible afectar la estrecha relación que tienen Alberto Fernández y AMLO, a pesar de todos los intentos hechos por las usinas conservadoras y sus ecos mediáticos. En definitiva, “lo que no mata, te hace más fuerte”. Y esto es lo que va a pasar en el bloque geopolítico que no ganó: saldrá reforzado gracias a la demostración de una posición conjunta, digna y firme ante el todopoderoso Estados Unidos, que además contó con el apoyo de otros países de América Latina y Europa.

Trump gana, pero bien sabe que no se queda con todo. Solo se queda con lo que ya tenía: gobiernos que hace tiempo decidieron subordinarse, y que en este momento están en graves problemas por la incapacidad de garantizar estabilidad y paz puertas adentro. Y al otro lado se consolida otro gran espacio geopolítico, soberano, que no rompe relaciones con Estados Unidos, pero no obedece órdenes.

 En geopolítica, dos no es igual que uno más uno. América Latina sigue en disputa o, como diría Álvaro García Linera, está en empate catastrófico, a pesar de la votación en el BID a favor de los intereses de Trump.

Alfredo Serrano Mancilla es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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