Voces

lunes 28 sep 2020 | Actualizado a 01:06

Reinvención de la educación

/ 4 de septiembre de 2020 / 05:39

La coyuntura actual permite grandes cambios en la educación y dentro de ellos se encuentra la reinvención de la extensión del conocimiento bajo una nueva dirección: lo virtual. Práctica que debiera llevarnos a pensar en cuánto debe cambiar el sistema educativo en el país. Una oportunidad no solo para definir una educación con contenido, sino que sea el reflejo de lo que exige el futuro.

Esto porque la vida del planeta se ha transformado en estos últimos meses a causa del COVID-19, pues con él llegaron nuevas necesidades de expandir el conocimiento a través de la tecnología. Una realidad irrefutable que ha llevado a que se exija esa práctica y otra referida además a las tecnologías contemporáneas. Un cambio trascendental en la enseñanza y la práctica de ésta, en momentos en que es de vital importancia el reforzamiento de la educación escolar.

En los años 70, la visión de varios intelectuales era que “los niños aprendían mejor y más rápidamente poniéndose en contacto con el mundo, que todos aquellos que se encontraban encerrados en un aula”. Si bien este criterio no dejó de tener un fuerte impacto en esos momentos, la sociedad mundial no cesó de exigir la búsqueda de nuevas sendas que elevasen la calidad de la educación, especialmente escolar, dentro de nuevos horizontes.

Con una perspectiva distinta, los años 90 trajeron importantes cambios en la educación escolar, los cuales no solo elevaron la calidad del programa educativo, sino también su infraestructura, como resultado de ese enriquecimiento. Esto porque se desmarcó del aprendizaje memorizante o conocimiento dirigido, para pasar a la motivación de la reflexión y el desarrollo de la imaginación del educando. Igualmente, se impusieron la creatividad y el desarrollo de la imaginación, ya que la idea era formar al futuro hombre preparado tanto para la vida dinámica como para la expresión creativa. Por último, otro aspecto destacable de los años 90 fue la introducción de la computadora en la educación, la cual estaba concebida como una “red” en la que los alumnos manejaban las máquinas y el maestro los dirigía desde la suya.

Cabe recordar que en esos momentos muchos países dieron significativos pasos hasta el punto en que la educación fue uno de los temas más sensibles y de gran preocupación de las sociedades, debido a que era la base fundamental para encaminar el futuro de todas ellas.

En los últimos años, especialistas en el tema de la educación señalaron que ésta es un problema constante, lo cual es obvio porque las sociedades están en permanente transformación, y más aún con la incursión de las nuevas tecnologías.

En síntesis, la educación en Bolivia hoy exige no solo la formación del educando en computación, sino también la de los maestros, debido al contacto de la enseñanza con lo virtual. Una exigencia por demás necesaria si es que se busca asegurar la formación de la juventud.

A propósito de lo virtual, es evidente que partir de marzo la enseñanza se reinventó a través de esta modalidad y que ahora es preciso alentar su desarrollo en todos los niveles y áreas educativas del país.

No se debe olvidar que la “imaginación y el conocimiento” son “los vectores de la virtualización” y que lo mejor es que nos llevan a una especie de espacio inaccesible que nos obliga a buscar —a través de la tecnología — la información, el intercambio y nuevas percepciones que forman parte de lo educativo e incentivan esencialmente en: “prácticas de creatividad virtual”.

Patricia Vargas es arquitecta.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

El porvenir del pasado

/ 18 de septiembre de 2020 / 02:59

La ciudadanía en la actualidad aún se siente impactada hoy por lo que atravesó en estos meses, no solo porque la pandemia ha logrado prescribirnos ciertas pautas de vida diferente, sino porque fue una amenaza sobre su porvenir, empero, lo más lamentable es que es una experiencia que quedará marcada en la memoria viva de toda la población.

Esa realidad (COVID-19) todavía no fue controlada por completo, sin embargo está claro que el mundo no se quedará estancado, todo lo contrario, requerirá de grandes e importantes cambios en beneficio de la humanidad. Una situación que demuestra que en el siglo XXI se cometio una infinidad de errores, proyectando un desarrollo que dejó de lado al ser humano como el personaje más importante del planeta. Es preciso entender que la vida del pasado (modernidad) tuvo otra visión metafísica, ahistórica. En cambio, los tiempos actuales tienen un porvenir ya proyectado, que exige otra visión de nuevos horizontes, pues la realidad (coronavirus) ha demostrado la necesidad de darle un significado al futuro. Sobre todo, porque ese virus llegó para quedarse y debemos aprender a vivir con él. Sin embargo, no debe limitarnos a dar grandes saltos que exige el nuevo siglo, especialmente a las naciones menos desarrolladas.

No cabe duda que para el país son tiempos de nuevas realidades antes inimaginables y menos vivibles. Ahora los problemas económicos no solo aquejan a Bolivia sino al mundo entero. De cualquier manera, la realidad actual convirtió a la población en más creativa y al ciudadano en un ser reflexivo con miras a ser más independiente y reforzar sus conocimientos para las nuevas formas de lucha por la sobrevivencia. Una especie de reminiscencia del pasado por un porvenir renovador.

Esa verdad nos alienta a enfrentar con creatividad cualquier presente desolador, y eso lo comprobamos en los siguientes años. Si bien hoy existe un mayor número de desocupados y vendedores en la calle, su actitud frente a la vida ha cambiado. Algunos comerciantes, por ejemplo, se convirtieron en productores de distintos elementos de bioseguridad. Así los nuevos rumbos de supervivencia incentivaron a que algunos ciudadanos entiendan que son capaces de cambiar el rumbo de sus vidas con metas distintas a ser solo vendedores callejeros.

Confiemos en que esta realidad dejará atrás el hecho de que únicamente seamos oyentes o espectadores pasivos del desarrollo del país, y, por el contrario, seamos capaces de enfrentar nuestro crecimiento personal.

Otro hecho prioritario es comprender que vivimos una época que exige el involucramiento profundo en lo digital y que lo fundamental es crear institutos especializados obviamente de forma gratis y a cargo del Gobierno, que tiene como principal responsabilidad la educación. Empero ello no significa alejarnos de nuestra identidad cultural y participación ciudadana, sino comprender que es imperioso que las urbes pasen de lo local a lo global.

Tampoco se debe olvidar el ingreso de la población a otro tipo de vida y para ello quienes dirigen la ciudad deben comprender que aquélla necesita la cualificación de los espacios verdes, jardines, parques, bosquecillos, para recuperar su vida sana, ya que el encierro de tantos meses lastimó emocionalmente y en muchos casos la enfermó

Así, se trata de que caminen hacia un porvenir prometedor sin abandonar el pasado. “Mirar un porvenir como una especie de polifonía ideal del entrecruzamiento de la vida informacional, lo virtualmente infinito y la identidad sin nostalgia alguna”. Con ello, llevar al porvenir al ciudadano, dejando un pasado limitativo.

Patricia Vargas es arquitecta.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Violencia en la ciudad

/ 21 de agosto de 2020 / 02:59

La violencia es una presencia intrusa en la ciudad. Una energía perversa que logra romper la paz de la vida cotidiana y la seguridad que debiera acompañar el caminar del habitante por las calles de una urbe.

Con una forma bastante errada de explorar, enardecer y expresarse, algunos grupos de la población demostraron su malestar con los actos más extremos y apoyados en la fuerza de sus reivindicaciones. Los dirigentes que organizaron concentraciones sociales no solo alentaron a que los adeptos de cierto partido político hagan gala de su efervescencia descontrolada, sino que los entregaron de lleno al peligro que vive el planeta gracias al contagio del coronavirus.

Algo implacable e inaudito que lleva a confirmar que esa gente aún no ha comprendido que vivimos en tiempos de pandemia, que nuestra libertad de movimiento es limitada y que se deben evitar las reuniones multitudinarias. Una situación que puede terminar con un saldo lamentable de fallecidos. Prácticamente, eso fue lo que sucedió hace algunos días en la ciudad de El Alto, donde ni el distanciamiento ni el uso de barbijos estuvieron presentes, y además las expresiones de sus participantes mostraron actitudes muy inclinadas hacia la violencia.

Por donde se vea, una manera equivocada de manifestar las demandas, ya que la desesperación del momento actual —seguramente alimentada por la falta de ingresos económicos— fue matizada con hostilidad y tensión que solo lograron estremecer por su nivel de agresividad. Una lamentable forma de abordar, por parte de los dirigentes, los puntos más sensibles de la población vulnerable.

Lamentable fue ver cómo un grupo de personas que ni siquiera se conocen o se vieron antes, se reunieron no por ideales, sino para apoyar a un partido político con el que se identifican pero que casi siempre olvida sus promesas el momento que está en el poder.

Lo preocupante también fue observar que aquellos simpatizantes estaban dispuestos a enfrentarse cuerpo a cuerpo con las fuerzas del orden, sin recordar que esa situación los ponía a merced del COVID-19. No cabe duda que esos grupos constituyen fragmentos del sentir enardecido y que generalmente su violencia se traduce en una agresión a su misma ciudad.

El espacio público de las calles representa, en ese sentido, un orden de visibilidades que señalan una pluralidad de perspectivas inmersas en la profundidad de los hechos que tienen lugar en estos tiempos de coronavirus. Dichas interacciones revelan, por otra parte, el movimiento acelerado del resto de la ciudadanía, que pareciera no tener interés en detener su andar, pues la valoración del tiempo exige la prisa por llegar a su destino.

La reflexión sobre el peligro que significan los lugares donde se concentran grupos de personas para apoyar a un partido político, debiera llevar a preguntarnos: ¿No será necesario ejercer mayor control sobre ese tipo de manifestaciones que derivan en violencia masiva, toda vez que juegan con la vida del habitante?

El lenguaje corporal y los hechos en escena que se muestran como parte de las reivindicaciones sociales incorporan muy frecuentemente la violencia, a tal punto que las concentraciones se traducen en un intercambio de actos condenables que no siempre se sabe en qué terminarán.

A propósito de este análisis, Durkheim afirmaba que “la violencia es un recurso cultural extremo que puede ser convocado en cuanto la población percibe el peligro de verse disuelta por las tendencias centrípetas que experimentan”.

Patricia Vargas es arquitecta.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Ciudad fragmentada

/ 5 de agosto de 2020 / 02:10

No es fruto de la casualidad que la vida de las ciudades esté pasando por una especie de ruptura con el pasado inmediato. De aquel ayer cercano lleno de esperanzas y planes para el futuro, el planeta ha sido sorprendido con una nueva realidad, la del dolor, el contagio, la desesperación, la inseguridad económica, por tanto un futuro incierto. Una especie de crisis que ha fragmentado la existencia de todo ser humano, sus sueños, y no solo ello, sino esencialmente el tiempo que estaba programado para concretar sus planes de nuevos haceres o quizá su traslado a un nuevo espacio donde pueda reinventarse.

Una fragmentación de la libertad que no deja de ser una responsabilidad si no se quiere vivir tiempos de dolor e inseguridad, por tanto, una realidad inobjetable que ha resquebrajado el tiempo y el espacio del sujeto. Esta situación ha puesto en alerta a la humanidad, por lo cual la mayoría de los países ha considerado prudente reducir los tiempos en cuanto a la libertad de salidas de la ciudadanía para evitar la propagación del COVID-19. Una medida que cumple la mayor parte de la población del planeta, aunque no faltan los que gustan el entremezclarse en la vida pública.

En todo este tiempo de cuarentena, el uso del espacio público ha dibujado la nueva geografía de límites que vive el individuo a partir de su restricción de contacto con el resto del mundo. Esto no es del agrado de la ciudadanía, especialmente de los adolescentes, quienes buscan relacionarse entre sí y con la ciudad, porque su necesidad de libertad y movimiento son vitales en su existencia. De ahí que no siempre acatan las normas impuestas y los vemos en medio de hechos peligrosos que están a la orden del día.

Lo maravilloso es que la adolescencia y juventud, además de otra parte de la población, han logrado romper toda brecha y limitación que ayer indicaba que solo los grandes países estaban preparados para vivir en el siglo XXI, pues habían logrado ingresar a la era de la información. Pero, gracias a la famosa pandemia y al encierro, nuestra población joven y menos joven se ha abierto con mayor fuerza a la vida informacional y ha sacado lo mejor de su creatividad para entablar contacto comunicacional. Una cualidad que colabora al espacio y que va de la mano del tiempo. Una relación con la era informática y la realidad virtual que ha sido adoptada como parte de la cotidianidad ciudadana.

Sin embargo, el otro fragmento de la ciudad, el de los adultos mayores, si bien son los que más necesitan cuidarse del coronavirus, no dejan de lado su productividad y algunos escriben libros, preparan textos, memorias, la docencia virtual y demás. Una verdadera producción intelectual. Tampoco podemos dejar de mencionar la fragmentación espacial urbana, que —entreverada con el tiempo— tiene presencia esencialmente en puntos estratégicos de La Paz, donde se vende, se compra, se come, se observa, se extrae; por lo que allí, dadas las altas condiciones de contagio, se podría decir que subsisten la vida y el peligro de perderla.

Y más lamentable aún es la fragmentación del territorio, que se manifiesta con la invasión de espacios algo alejados por personas en situación de calle, cerca de arborizaciones que van desapareciendo. Una situación que vive el bosquecillo de Pura Pura, donde se provocan pequeños incendios que abren fragmentos espaciales destinados de seguro a futuros asentamientos. Un hecho lamentable debido a que éste se constituye en el único verdadero pulmón de La Paz. Todo ello nos hace rememorar a Baudrillard, quien afirmaba: La trascendencia ha estallado en mil fragmentos que son como las esquirlas de un espejo donde todavía vemos reflejarse furtivamente imágenes, poco antes de desaparecer.

Esto indica que todo fragmento, como el de un holograma, es como una esquirla, la cual contiene un universo de representaciones.

Patricia Vargas es arquitecta

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Música, expresión del momento…

/ 25 de julio de 2020 / 11:04

La música es un idioma universal que atraviesa fronteras, un lenguaje que ha colaborado en sobrellevar estos momentos difíciles que vive la humanidad por un virus que nos ha impuesto el encierro. En medio de esta situación no faltaron diversas propuestas musicales que insuflaron esperanza al mundo de forma virtual.

Esto, a través de distintos estilos como la música culta, la lírica, la contemporánea, la folklórica o la popular. Tampoco faltaron aquellas composiciones de música acústica, la cual creó una nueva sónica a partir de instrumentos electrónicos que hicieron sentir la armonía aun con la combinación de sonidos estridentes o el juego de sus decibeles.

De esa manera, en este último tiempo la música ha saltado a la esfera sónica global, pues no existe un territorio que no haya sido invadido por ella, lo cual da cuenta de su capacidad de transportarnos a esos círculos concéntricos en los que se mueven los diversos estilos o géneros musicales gracias al recorrido e intercambio virtual en el mundo mediático.

Lo sorprendente es que en estos tiempos de la pandemia se disfruta de todo tipo de música y las naciones y su gente se conocen más gracias al intercambio de videos, cuyas melodías están acompañadas de increíbles imágenes de alto valor artístico, como los bellos entornos de sus ciudades asociadas a imágenes urbanas. En esa misma línea, resultan también llamativas aquellas producciones audiovisuales que incorporan grandes pinturas del pasado, con la singularidad de que los personajes estampados en ellas adquieren movimiento gracias a la magia de la tecnología.

Tampoco faltó la música que transporta a la memoria del ayer o, en su caso, lleva a imaginar un futuro melódico distinto y quizá no muy lejano. En esa medida, estos materiales lograron traer al presente mucha emoción y esperanza.

Innegablemente, la música ha recuperado su valor no solo porque forma parte del arte, sino porque se convirtió en el contingente musical del presente, sin olvidar la importancia en la compañía de las crisis que atraviesa el ser humano, como la presente.

Y si hablamos de música y ritmos, no podemos dejar de mencionar la efeméride de la ciudad de La Paz, cuya celebración no dejó de ser singular gracias a su festejo virtual que motivó la edición de muchos videos con canciones tan representativas de esta tierra como Kollita (del grupo Wara), que seguramente extrajo distintos grados de emoción en los ciudadanos.

A ello se debe agregar una gran cantidad de materiales virtuales enviados a través de WhatsApp, que comprendió poemas, temas musicales, pensamientos, memes, entre otros. Expresiones que revelaron sin duda cuánto aman propios y extraños a esta ciudad.

 No nos queda más que afirmar que la música ha creado un espacio envolvente en el que —como afirmaba Steiner— “la lingüística musical se ha adulterado, convirtiendo en vestigios la antigua lógica de extender la fuerza del sonido, estructurando una sónica global difundida a través de videos a lo largo planeta”.

No cabe duda, que en estos tiempos de cuarentena hemos escuchado la riqueza musical con la que cuenta el mundo, que nos ha demostrado que la música es la mejor acompañante de cualquier presente porque logra invadir el silencio y convertirlo en un espacio envolvente de sonidos vibrantes y melodías que logran extraer sensaciones.

Patricia Vargas es arquitecta

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Ausencia de ciudad

Lo lamentable es que aquellos espacios de recreo que hasta ayer desbordaban vida, bullicio, ruido, gritos, correteo, y dotaban de vitalidad a la ciudad, hoy se encuentran casi desiertos.

/ 12 de julio de 2020 / 08:23

Uno de los temas ineludibles hoy en cualquier conversación es el COVID-19, que invadió el mundo y que ha sido capaz de hacernos reflexionar sobre los errores cometidos en la Tierra, cuyos resultados son la infinidad de catástrofes, incendios, sismos, mares contaminados y otras desgracias. Una situación que empeora por la presencia del coronavirus y que debiera llevar a recapacitar a todos, pero en especial a los gobernantes de naciones desarrolladas, que no se cuestionaron el derecho de invadir, cambiar y de forestar el planeta, entre otros actos, con la excusa de que se iniciaban los nuevos tiempos del siglo XXI.

Una realidad que se convirtió, por otra parte, en el relato, el juego de palabras, la confidencia, la promesa, las plegarias, motivadas en el temor a la pandemia, que además de cambiarla forma de entender los valores del planeta, nos ha enseñado a convivir con un virus y experimentar el encierro total.

Pero una de las consecuencias que pasa casi desapercibida y nos toca en lo más sensible de nuestro ser son los niños, quienes “han desaparecido de la urbe en un gran número, por no decir casi todos”. Esto porque, como debe ser, están siendo resguardados por sus padres a fin de evitar que se contagien.

De esa manera, la ciudad nos muestra, además de la imagen de una población que parece enferma —por la indumentaria de bioseguridad que lleva—, a un espacio público (plazas y parques) sin la presencia de los más pequeños. Su ausencia es tan notoria que sobrecoge, y se extiende a los adolescentes, que también en un número relativo desaparecieron de la vida urbana y especialmente de aquellos sitios cómplices de algunas de sus travesuras.

Lo lamentable es que aquellos espacios de recreo que hasta ayer desbordaban vida, bullicio, ruido, gritos, correteo, y dotaban de vitalidad a la ciudad, hoy se encuentran casi desiertos. Una imagen que lleva a recordar a aquellos pensadores que afirmaban: “Nada mejor para los niños que liberarse del aburrimiento en su tiempo libre, acercándose al espacio de uso múltiple”. Yes que este le abre la posibilidad al esparcimiento, la travesura, el asombro, por tanto, a una infinidad de vivencias inolvidables. En síntesis, sucesos poco entendibles para los adultos, pues su esencia radica en la complicidad.

Por todo ello, está claro que los niños necesitan aquellos lugares que les extraen emociones y que les colaboran en aprender a manejarse en libertad de movimiento corporal y de manera colectiva, pues la experiencia en esos espacios públicos es de importancia para su desarrollo.

Ahora, si bien la vida urbana ha sido abandonada por los niños a raíz de la cuarentena, ellos ingresaron a otra etapa de su existencia en la que lo virtual es parte de su curiosidad y formación o llena sus momentos de ocio. Respecto a esto último, es evidente que los niños ya conocían desde hace varios años una infinidad de juegos electrónicos, los cuales lograron calmar su ansiedad frente al encierro.

Con la rutina digital a la que llevó el confinamiento, los niños —munidos de la computadora, tablets, laptops, celulares u otros equipos— motivan hoy su creatividad y desarrollan su capacidad sensorial e imaginativa a partir de nuevos programas y aplicaciones. Sin duda, esa familiarización tecnológica les será de mucha utilidad de aquí al futuro.

Sin embargo, también es fundamental comprender que todo niño requiere del espacio abierto y la libertad de acción, los cuales van acompañados de la receptividad de impresiones que logran desarrollar su sensibilidad o sensorialidad.

Los niños, esos pequeños personajes que forman parte de la contextura de la ciudad, hoy nos hacen sentir su ausencia en plazas y parques.

*Es arquitecta

Comparte y opina: