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domingo 20 sep 2020 | Actualizado a 13:58

Amazonía en la poscuarentena

/ 6 de septiembre de 2020 / 03:15

A principios de agosto, el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE) publicó los datos sobre las exportaciones e importaciones del periodo 2005-2019, incluyendo la información registrada hasta junio de este año. Todo apunta a que el impacto que tendremos por la emergencia sanitaria del COVID-19 se visibilizará con una reducción tanto en las importaciones como en las exportaciones, confirmando la tendencia al bajo crecimiento porcentual en el Producto Interno Bruto (PIB) que venimos experimentando desde 2015. Las grandes preguntas siguen siendo cómo se reactivará la economía luego de la cuarentena y cuál será el impacto de esta reactivación en los recursos naturales que alberga nuestro país, en especial la Amazonía.

Los departamentos que más aportan al PIB nacional son Santa Cruz y La Paz, sumando juntos cerca del 30%. Son también los departamentos con mayor crecimiento, con 4,2% y 3,2%, respectivamente. En el caso cruceño, los principales productos exportados en lo que va del año fueron el gas natural y la soya, mientras que en el paceño, el oro en bruto. Casos distintos son los de Pando y Beni, que tienen a la castaña con y sin cáscara como uno de sus principales productos de exportación. No es un dato nuevo, sin embargo, los $us 54 millones por exportación de castaña que suman ambos departamentos apuntan a que el valor anual de exportación de este producto estará por debajo de sus valores históricos (encima de los $us 100 millones desde 2015). Por otra parte, en ambas regiones la exportación de oro en bruto fue alta, llegando a $us 167 millones.

Los bajos volúmenes de exportación de castaña confirman el escenario de vulnerabilidad que se anticipaba como resultado de la baja demanda internacional del producto, mermando la economía de miles de familias campesinas e indígenas que dependen de este recurso. El caso del oro parece ser una respuesta al incremento de la demanda internacional que alcanzó un valor histórico a principios de agosto ($us 2.067 la onza) y que ha experimentado una disminución en las últimas semanas. En el caso de Pando, Beni y el norte de La Paz, la minería aurífera combina actividades formales e informales con impactos socioambientales que aún desconocemos, que podrían acentuarse en la poscuarentena.

En este escenario, el esquema de entrega de bonos decretados por el Gobierno no será suficiente para reactivar la economía de la región amazónica. Fortalecer los espacios de articulación entre productores, empresarios, academia y sociedad civil sigue siendo clave, a la par de promover e implementar estrategias colaborativas de negociación y venta de frutos u otros productos de la Amazonía (asaí, por ejemplo), que podrían ser una solución, pero no la única. Las cadenas de suministro, producción y distribución han sido afectadas por la emergencia sanitaria y su recuperación implica inversiones que podrían darse en un marco de incentivos que aún no existe. El desafío es grande y no deja de ser incierto.

Daniel M. Larrea es es doctor en Ecología Tropical, investigador de la ACEAA.

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Castaña y COVID-19

Este año hemos experimentado un fenómeno completamente distinto.

/ 10 de mayo de 2020 / 06:03

En 2017 experimentamos una disminución en la producción natural de castaña en el país (entre el 45 y el 60% respecto a los niveles usuales) debido al clima. La respuesta en el mercado internacional fue un aumento en el precio, sumado al incremento de las cotización de otras nueces de las que depende el precio final de la castaña. El volumen de exportación final de 2017 fue de 14.500 toneladas (por debajo de las 20.000 t registradas desde el 2012). Y el valor de las ventas por exportación fue de $us 169 millones, apenas $us 14 millones menos que en 2016.

Además, el precio de las operaciones de compra y venta en las que el transporte se realiza por barco (Free on board, FOB), llegó ese año a $us 5,1, valor que normalmente oscila entre los $us 3,4 y los $us 4,2. A nivel de las familias que recolectan este fruto, la poca castaña que pudieron obtener del bosque fue altamente cotizada por los intermediarios, rescatistas o las empresas beneficiadoras a las que les vendieron su producto.

Este año hemos experimentado un fenómeno completamente distinto. A principios de enero surgieron señales de alarma en varios municipios de Pando por la disminución de los precios de la castaña comparados con los del año pasado (por ejemplo, en 2019 fue de Bs. 275 por cada caja de 23 Kg; y en 2020, oscilado entre Bs 100-120). Esto desató un movimiento social de casi tres semanas que terminó luego de que los recolectores de castaña y el Gobierno acordasen un precio de Bs. 140 por caja, derivando a la Empresa Boliviana de Alimentos y Derivados (EBA) la responsabilidad de implementar una estrategia de compra que beneficie a la mayoría de las familias castañeras. Pero a pesar de sus esfuerzos, esta entidad no logró su propósito. En consecuencia, los ingresos económicos esperados por cada familia por la recolección y venta de castaña no fueron los estimados. A esto se ha sumado la emergencia sanitaria nacional y la cuarentena que atravesamos por el brote del COVID-19.

Todo apunta a que el bajo precio de la castaña devino por la reducción de su demanda en el mercado internacional. Esta dinámica ha puesto de manifiesto, una vez más, la alta dependencia de este recurso por parte de las familias castañeras, que este año han visto mermada su economía familiar (reducida liquidez, capacidad de compra, etc.). Afectando también la dinámica económica propia de sus comunidades, las cuales no cuentan con las condiciones necesarias para hacer frente a la pandemia.

En este escenario han resurgido prácticas tradicionales como el intercambio o el trueque de productos que, por supuesto, no serán suficientes. Junto con el acompañamiento del esquema de entrega de bonos decretados por el Gobierno y el seguimiento sanitario de cada comunidad, urge diseñar e implementar estrategias postcuarentena que fortalezcan el sistema alimentario de cada familia, y que promuevan la tan ansiada diversificación económica de la región. La cual viene de acompañada con otro desafió: promover intercambios comerciales bajo protocolos y estándares de bioseguridad.

Daniel M. Larrea, doctor en Ecología Tropical, miembro de la Asociación Boliviana para la Investigación y Conservación de Ecosistemas Andino-Amazónicos (ACEAA).

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