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miércoles 23 sep 2020 | Actualizado a 14:45

De regreso a la democracia pactada

/ 14 de septiembre de 2020 / 01:36

Primero, el Movimiento Al Socialismo. Segunda, Comunidad Ciudadana. Tercera la alianza Juntos, que gracias a su desdoblamiento de gobierno de transición a candidatura presidencial, según las encuestas, lograría triplicar el raquítico resultado del pasado 20 de octubre (Óscar Ortiz, 4%) y que, en su momento, estuvo cuadruplicando hasta que unos respiradores mal comprados y nunca puestos en funcionamiento le generaron una caída en las preferencias de la que parece casi imposible recuperarse. Este es el cuadro de situación electoral que en términos de posiciones parece inamovible: Ganará Luis Arce; Carlos Mesa, que fuera uno de los artífices de la llegada de  Jeanine Áñez a la presidencia, será segundo; y quien fuera promovida por policías, militares, cívicos, Tuto, el propio Mesa y Camacho, llegará tercera, aunque no se descarta que la extrema derecha cruceña (Creemos-Comité Cívico Pro Santa Cruz) pueda arrebatarle la medalla de bronce y bajarla del podio. La única gran duda es si el MAS logrará más del 40% de los votos y por lo menos el 10% de diferencia de ventaja frente a su perseguidor, para evitar o viabilizar la segunda vuelta

Entre el gobierno del virus y los remedos de campañas electorales severamente limitados por los estragos que ha producido la pandemia, Bolivia se ha farreado un año de su derrotero democrático en el que campean las denuncias nacionales e internacionales por violaciones a los derechos humanos, casi como en tiempos en que pisaba fuerte la bota militar. Uno escucha a los candidatos y llega a paradójicos extrañamientos de lo que fuera la democracia pactada, en tanto Paz Estenssoro, Sánchez de Lozada, Banzer y Paz Zamora dotaban de contenidos programáticos a las contiendas, independientemente de que éstos fueran o no cumplidos, una vez conformadas las administraciones de poder entre 1985 y 2002, y esto porque el proyecto finalmente absolutista de Evo Morales ha triturado a los que fueran referentes de nuestra democracia pactada hasta comienzos de este siglo: Bolivianas y bolivianos entre los 20 y 35 años de edad no tienen idea de quiénes son Manfred Reyes Villa (NFR), Mario Cossío (MNR), Leopoldo Fernández (ADN) y ni siquiera Branko Marinkovic —por si acaso, ministro de Planificación del Desarrollo de este gobierno—, que fue superado con creces por su discípulo Luis Fernando Camacho liderando la gestión cívica cruceña, con su actuación definitoria para la caída de Evo el pasado 10 de noviembre.

Observo a Carlos Mesa desafiando a Luis Arce a debate. Le dicen sus asesores que debe poner cara de malo frente a la cámara para interpelar al exministro que batió todos los récords de permanencia al frente de la Economía y las Finanzas —12 años—, y como para que quede clara la admisión de la inminente derrota, sus asesores deslizan una frase que los hace prisioneros de su propio enunciado: “Carlos Mesa es el único que puede ganarle al MAS”. Admitiendo de manera anticipada su derrota en primera vuelta, conscientes de que lograr el triunfo solo sería posible en un eventual balotaje.

No hay duda de que Jeanine Áñez les desfiguró los planes a quienes pretendían escribir el segundo capítulo de la caída de Evo y que consistía en consolidar la salida del MAS del precario sistema político partidario del país. Los promotores de su llegada a la silla presidencial y su entorno más cercano lo hicieron todo con insuficiencia, obsesionados con lo que dice y deja de decir Morales desde Buenos Aires, al punto que otra vez descuidaron los deberes propios: conformación de estructuras partidarias institucionales, divulgación de proyectos alternativos de país, cuestionamientos estructurales con datos sólidos a la mano de los errores, las deficiencias y las oscuridades producidas por el MAS, sobre todo en los últimos cuatro años en lugar de esa burda persecución política muy parecida a la practicada bajo la gestión del fiscal general Ramiro Guerrero. Hasta el momento de la denuncia de presunto estupro y presunta pedofilia, Evo fue el protagonista fundamental de esta accidentada transición gubernamental, desaprovechada por sus ansiosos operadores, conscientes de que un cuarto de hora en política es de muy fugaz duración. La falta de madurez y la inexperiencia en la gestión pública no los condujo a  pensar que otro sería el cantar si a su presidenta-candidata le facilitaban una gestión proactiva con proyecto alternativo al prevaleciente en los últimos 14 años, en lugar de la exclusiva retórica anti-MAS que confirma, en gran medida, que los adversarios de Evo saben lo que no quieren, pero que desde la Asamblea Constituyente de 2007-2008 no saben comunicar qué “otro país” serían capaces de construir si son favorecidos con el voto popular.

La tabla de posiciones electoral parece estar definida, pero lo que sí sufrirá una recomposición en la correlación de fuerzas será la Asamblea Legislativa Plurinacional, en la que dejarán de reinar los dos tercios y el sistema quedará obligado al retorno de los acuerdos partidarios. Si Arce es presidente, necesitará conversar con Mesa, Jeanine y probablemente hasta Camacho.  Si Mesa logra retornar a la silla, deberá estar consciente de que el MAS es una realidad política que ha llegado para quedarse más allá de Evo Morales, pues representa a los colectivos sociales que han logrado consolidar un instrumento viabilizador del ejercicio de sus derechos ciudadanos y sus demandas sectoriales. Ese es el nuevo gran capítulo que se abrirá en la historia democrática del país, como nunca urgido en estos 38 años de democracia por contar con autoridades surgidas de la voluntad popular a expresarse en las urnas.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Túpac Katari y Bartolina Sisa, primeros perseguidos políticos de nuestra historia

Ésta es la primera parte de una serie de textos dedicados a la revisión histórica de la persecución política en Bolivia. En las siguientes entregas figuran la Revolución del 52 con sus campos de concentración, las dictaduras militares, la puesta en vigencia del Estado Plurinacional y el actual gobierno de transición como momentos referenciales significativos acerca de esta controvertida temática referida a las violaciones de los derechos humanos en nuestro país.

/ 19 de septiembre de 2020 / 23:37

La imagen de Tùpac Katari en el Palacio de Gobierno de La Paz. Foto: La Razón

Las dos primeras décadas del siglo XXI están marcadas por la rotunda imposición de las llamadas redes sociales y la posverdad que es en realidad la mentira reelaborada desde las sofisticadas técnicas de persuasión a través de la que se opera la introducción de contenidos a escenarios mediáticos con el propósito de malversar la realidad y la historia, y de configurar estructuras mentales congraciadas con un orden establecido gestado desde los centros de influencia cultural occidental hasta lo que se llaman periferias, allá donde los índices de pobreza e indicadores económicos negativos manifiestan las grandes desigualdades que caracterizan al mundo .

A las redes sociales se ha trasladado el debate ciudadano de la diversidad temática que caracteriza la condición y la actividad humana. La frontera entre la vida privada y la vida pública ha dejado de existir y el respeto por la dignidad como valor fundamental para la convivencia,  ha sido pulverizado por esa especie de judicialización ejercida en contenidos que abarcan desde el vestuario que se elige a diario hasta las decisiones políticas que cada ciudadano y ciudadana toman, sea en las urnas, en sus prácticas cotidianas, en su compromiso o indiferencia con el prójimo, en su adhesión o rechazo a ciertos preceptos y causas políticas, sociales, económicas, culturales y religiosas.

Cuando se produjo el Cerco de La Paz en 1781, Facebook, Twitter, Instagram o Youtube estaban muy lejos de existir y a tres siglos de perpetrado el sanguinario descuartizamiento de Túpac Katari, el hecho está débilmente registrado en la actualidad a través de los portales de internet —lo mismo que sucediera cuando todavía el libro era la única fuente histórica formal—, como autoría de Francisco Tadeo Diez de Medina, auditor de guerra español, oidor y alcalde de la ciudad en dos oportunidades, que fuera dueño y señor de las dos casonas situadas, a media cuadra del Palacio Quemado, en la calle Comercio entre Socabaya y Yanacocha de la ciudad de La Paz, restauradas y acondicionadas para lo que hoy son el Museo Nacional de Arte y la Villa de París. Diez de Medina fue quién sentenció en una de sus grandes residencias, con la pena capital al líder indígena:

“Después de muerto, para público escarmiento, su cabeza fue enviada a la ciudad de La Paz. Allí estuvo colgada durante tres días en el Alto de K’illik’illi (hoy mirador de Villa Pabón). Y lo propio ocurrió con sus extremidades: su brazo derecho fue enviado al pueblo de Achacachi; el izquierdo, a Sicasica; la pierna derecha, a Caquiaviri; y la izquierda, a Chulumani. Además, se ordenó que el tronco del cuerpo se mantuviese en la horca y después fuese reducido a cenizas, las cuales fueron echadas al viento para que no quede ninguna huella física de Julián Apaza. Toda esta ordenanza fue cumplida a cabalidad.” (1)

Buena parte de la historia oficial —por supuesto que también insertada en internet y en las redes sociales— tampoco se encarga de reflejar lo siguiente:

“Se dice que la casona restaurada, ubicada en plena esquina de la plaza de Peñas, pertenecía a Joseph de Santa Cruz Villavicencio, padre de Andrés de Santa Cruz y Calaumana, impulsor de la Confederación Perú-Boliviana. Sabemos que Julián Apaza y sus seguidores fueron traicionados por un antiguo aliado, Tomás Inga Lipe, en cercanías a Peñas. Fue Joseph de Santa Cruz quien trasladó a Túpac Katari y a sus compañeros a la ciudad de La Paz para que sean juzgados por su rebelión contra la corona española.” (2)

Túpac Katari o Julián Apaza fue el primer gran líder boliviano cuando Bolivia todavía se encontraba lejos de ser fundada como República, al que se le arrebató la vida por defender derechos humanos elementales como la libertad, la autodeterminación, la soberanía, o más simple que eso, el derecho a existir sin yugos, opresión, controles políticos, y esclavitud económica, con una extraordinaria conciencia sobre la persistente afirmación de la identidad de los habitantes originarios de estas  tierras brutalmente colonizadas con la cruz, la espada y la Biblia durante casi cuatro siglos. Su impronta, gracias a los enjuagues de historiadores conservadores, se exhibe en calidad de pieza valiente de hora cívica, pero sin itinerario vital estudiado a fondo: Era un indio al que mataron de la manera más brutal por los pecados de ser indio y rebelarse ante los españoles.

La cruel manera en que le fue quitada la vida a Katari es el primer antecedente fundamental que marcará, en el discurrir histórico de nuestro país, a quienes se persiguió, encarceló, torturó, desapareció y asesinó por razones de dominación política en Bolivia, lo mismo que a su compañera de vida,  Bartolina Sisa, quién también fue físicamente eliminada a través del ahorcamiento y sobre la que Servicios en Comunicación Intercultural (SERVINDI) dice lo siguiente:

“Julián Apaza (Túpac Katari), que luego se convertiría en el esposo de Bartolina Sisa, también fue parte del comercio de la coca, luego de estar dos años en el trabajo forzado en la mita en las minas de Oruro. En uno de sus tantos viajes y frecuentando los mismos lugares, se conoce con Bartolina Sisa.

Bartolina fue descrita por algunos historiadores como una mujer aguerrida que dominaba el kurawa (onda) y el fusil. Sabía montar caballo, era joven y de piel morena, atractiva, esbelta y de ojos negros, y muy inteligente.

Mientras que Julián Apaza era un hombre de buenas condiciones físicas y una inteligencia notable.

En 1772, ya casados, tuvieron el primero de sus cuatro hijos (tres varones y una niña). Según el historiador Alipio Valencia Vega, el primer hijo fue capturado en Perú por el brigadier Sebastián Segurola, en 1783, y se cree que posteriormente fue asesinado. Los otros llegaron a sobrevivir y cambiaron de nombres y apellidos.” (3).

Esta es parte de la significativa historia invisibilizada por el conservadurismo aliado a intereses foráneos que pusieron los ojos, y muchas veces las balas, los cañones, los tanques y los aviones de guerra, para penetrar la economía nacional a través de controles al “pensamiento subversivo” de diversas características, que con el transcurrir de la primera mitad del siglo XX se fueron sofisticando en métodos expresados en el violentamiento de mentes y cuerpos de aquellos que siempre se situaron en la vereda de la resistencia popular, de la autodeterminación como imperativo moral y social, de la defensa de las riquezas del suelo propio como base material destinada a la subsistencia, en síntesis, en el escenario de la vida digna de quienes ya eran bolivianas y bolivianos, que ha trascendido de generación en generación y que combatieron con sus convicciones ofrendando tantas veces sus vidas, contra los aliados a intereses vinculados a los imperios mundiales y a las transnacionales que son las que en buenas cuentas gobiernan el mundo: El capital financiero, la industria armamentística, las industrias de los alimentos,  de los fármacos, de las sustancias controladas, de los combustibles, hasta la industria del espectáculo en sus variadísimas y numerosas expresiones. Vaciados de nuestros contenidos históricos, reducidos a fugaces homenajes de plazuela, registrados en páginas de textos escolares superficiales y esquemáticos, los que debieran ser héroes o referentes de vida son simple y llanamente indios revoltosos que se resistían a vivir sometidos a la Mita (4) en el occidente minero de la plata y el estaño del país, y al Habilito (5) en el oriente, en la zona Amazónica rica en goma y castaña.

En consecuencia, la primera gran violación, sostenida por décadas, a los derechos humanos en Bolivia, cuando el concepto institucionalizado de  esos derechos era inexistente,  está relacionada con la conculcación al derecho que tienen los ciudadanos a estar debidamente informados, en el amplio espectro que va desde las noticias vehiculadas por los medios de comunicación hasta los contenidos escolares y universitarios con los que las nuevas generaciones van construyendo su imaginario social, en el que no caben las que podríamos llamar versiones alternativas de los distintos hitos coloniales y republicanos que han desembocado en el último tiempo en la fundación del Estado Plurinacional de Bolivia que arrastra la herencia de la memoria a través del falseamiento de la historia popular, del desdibujamiento de la importancia de los desmembramientos de nuestra original extensión territorial, de las luchas, levantamientos, e insurrecciones de “los de abajo”, de la culpabilización y criminalización de las movilizaciones masivas en calles y carreteras,  a los designios de “oscuras fuerzas” (léase, campesinos, obreros, comunismo y socialismo) destinadas a intentar acabar con la libertad y la democracia cuando el mundo, a mediados del siglo XX,  arribaba a tiempos de la Guerra Fría y la bipolaridad por el control del planeta tuvo enfrentados a los Estados Unidos de América y a la Unión de la Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) librando batallas por la penetración ideológica y territorial de tierras y territorios en la periferia del cosmos, según lo señala la geopolítica: Asia, África y América Latina.

 Invasiones e imposiciones ideológicas, la instalación de la Cortina de Hierro en el este europeo, la guerra en Vietnam, las dictaduras militares controladas directamente por el poder político imperial estadounidense, forman parte de esta historia en la que los contenidos de una pretendida democracia única y perfecta se transmitieron a través de todos los grandes dispositivos tecnológico- culturales de masaje cerebral en niños y jóvenes  de todas las latitudes, a través del cine, la televisión, el deporte y todo cuanto pudiera ser utilizado para ocupar el tiempo libre y recreativo de la “gente común” de las ciudades, desinteresada por los asuntos nacionales de la política, y por supuesto que ahora, desde hace aproximadamente una década con gran fuerza, a través de las redes sociales que han empoderado la cotidianidad de las llamadas clases medias que se expresan diariamente a partir de sus estructuras mentales neocolonizadas.

No considerar el Sistema-Mundo (6) para encarar las razones primigenias que en 1948 dieron lugar a la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humamos es no asumir que, como dijera Hobbes en su Leviatan (7) “el hombre es el lobo para el hombre”, que la humanidad ha caracterizado su existencia en la lucha por dominadores y dominados, explotadores y oprimidos, burgueses y proletarios, terratenientes y campesinos. La necesidad de la existencia de unos preceptos relacionados con el respeto a la vida y a la dignidad, que se traducen en derechos en distintos órdenes que la actividad humana ha confirmado, conforme la ciencia, la tecnología y en general el progreso tal como lo conocemos en este siglo XXI, se manifiestan en saltos cualitativos sorprendentes que han complejizado el funcionamiento de un planeta al que además, en el último tiempo, la devastación de la naturaleza, la depredación de la llamada Madre Tierra en lo que deberíamos denominar agresión Norte-Sur, se añade como problemática mundial, vinculada a los derechos que los hombres y las mujeres  tienen sobre las bondades que la naturaleza les provee.  Es en esta amplia lógica de sistema que utilizo los ejemplos de Túpac Katari y Bartolina Sisa como hito significativo de persecución-represión y violencia política en esta parte del mundo, entonces organizada en el Alto y el Bajo Perú.

Hay aproximadamente entre doscientos ochenta y trescientos términos y conceptos que conforman el universo conceptual de los derechos humanos en el mundo. De todos ellos, una gran mayoría son permanentemente violados en todos los contextos socioculturales de naciones y continentes. Se trata de la paradójica contradicción de un mundo con una inagotable capacidad para simplificar tiempos y espacios a través de la electrónica y la transfronterización de datos, para hacernos la vida cotidiana más sencilla y funcional,  y al mismo tiempo, con una misión articulada por los poderes económico-financieros, políticos y religiosos para que nada cambie en términos de correlación de fuerzas, esto es, que los ricos concentren cada vez más en esas pocas manos lo que van produciendo a costa de los pobres condenados por los siglos de los siglos a repartirse las migajas. Se trata del capitalismo transnacional regido por un puñado de potencias que no llegan a la decena y han hecho del monetarismo, el mecanismo que rige el sistema sobre el cual hemos sido obligados a someternos a la acumulación desenfrenada de la riqueza material que nos informa que el Dios planetario por antonomasia en tiempos de internet y satélites que todo lo almacenan y vigilan, se llama Dinero y que la búsqueda de amasar y amasar más de él, es la adicción más nociva y devastadora con los valores humanos con los que nacieron hombre-mujer.

Es en este marco de comprensión que debemos abordar los trayectos históricos de la Persecución y Represión Política en Bolivia, asumiendo a nuestro país como una más de las naciones dependientes y subdesarrolladas a lo largo y ancho de casi toda su existencia, que sometieron su identidad y destino con la facilitación de sus agentes locales de turno gobernantes, empresarios, banqueros– a las imposiciones del capitalismo que ha sabido introducir los tentáculos de la injerencia política, condicionando todo lo que supuestamente pudiera beneficiarnos desde los centros económicos poderosos, al sometimiento de la República a la voracidad por la apropiación de nuestros recursos naturales renovables y no renovables que significaron despojo y saqueo durante la segunda mitad del siglo XIX con la presencia política de los conservadores en el  gobierno  —Narciso Campero Leyes, Gregorio Pacheco Leyes, Aniceto Arce Ruiz, Mariano Baptista Caserta, y Severo Fernández Alonso— ; y todo el siglo XX, a partir de la llegada de los liberales a las esferas del poder presidencial —José Manuel Pando, Ismael Montes Gamboa, Eliodoro Villazón Montaño y José Gutiérrez Guerra—,  con intereses económicos concretos que los mantuvieron con los cordones umbilicales invariablemente conectados a Londres y Washington.

Citas

(1) y (2) ”La casa donde se sentenció a Túpac Katari”. Esteban Ticona Alejo. Diaro La Razón de La Paz, Bolivia, 16 de junio de 2018

(3) Servicios de Intercomunicación Intercultural (SERVINDI). www.servindi.org. Lima, Perú, 2016

(4)y(5) La Mita en el occidente y el Habilito en el oriente de Bolivia, fueron los sistemas prevalecientes servidumbrales con los cuales los indígenas en tiempos de la Colonia y las primeras décadas de la República fueron sometidos a la explotación económica que se traducía en pagos miserables y en especies por los  trabajos desempeñados.

(6 )La perspectiva del sistema-mundo, también conocida como economía-mundo, o teoría,   enfoque o acercamiento analítico de los sistemas-mundo (expresión original en inglés World-systems approach) es un desarrollo de la crítica postmarxista que intenta explicar el funcionamiento de las relaciones sociales, políticas y económicas a lo largo de la historia en el planeta Tierra. Es una teoría historiográfica, geopolítica y geoeconómica con gran vigencia y aplicación en las relaciones internacionales

(7) l Leviathan, en inglés, o Leviatán, como se conoce popularmente, es seguramente la obra más importante y trascendental del filósofo, político y pensador inglés del siglo XVII, Thomas Hobbes. Haciendo referencia y escribiendo con espléndida maestría, el autor hace referencia al monstruo bíblico más temido para explicar y justificar la existencia de un Estado absolutista que subyuga a sus ciudadanos. Escrito en el año 1651, su obra ha sido de gran inspiración en las ciencias políticas y, paradójicamente, en la evolución del derecho social.

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En guerra simbólica

/ 17 de agosto de 2020 / 01:52

El ministro de Gobierno, Arturo Murillo, le dice a una televisora internacional que meter bala —a los bloqueadores, se entiende— sería lo políticamente correcto. Hace un par de meses, el ministro de Defensa, Luis Fernando López, le advierte a un ciudadano de San Ramón, Beni, que le hace un reclamo a un oficial de ejército, que no lo irrespete porque “podría hacerlo desaparecer en 10 segundos”. Al día siguiente pide disculpas, pero transcurridas algunas semanas, ese mismo ministro desafía al  presidente del Tribunal Supremo Electoral, Salvador Romero, diciéndole que “si es hombrecito debería ir al Chapare” para explicar las razones de fijación de la fecha de elecciones para el 18 de octubre.

Con excepción de extremistas como Luis Fernando Camacho, Marco Antonio Pumari y el presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz, Rómulo Calvo, que llama bestias humanas a los bloqueadores y al día siguiente de semejante declaración se ratifica en lugar de retractarse, los ministros que desafían con bala y en arranques de ira amenazan con desapariciones, llegan a la sensata conclusión que el de la violencia sería el camino más corto para terminar de fracasar en la transitoriedad gubernamental y, por ello, optan por armar una caravana de transporte de cisternas con oxígeno sin policías ni militares, y ven por conveniente que en la carretera la coordinación quede a cargo del representante de la Defensoría del Pueblo en Cochabamba, Nelson Cox y la Cruz Roja, hasta llegar a La Paz, efectuando un rodeo por Chuquisaca y Potosí.

Bolivia está desde el 10 de noviembre de 2019 en guerra civil simbólica. A partir de entonces comienzan a incubarse grupículos civiles en plan justiciero y superheroico que hacen vigilias en puertas de domicilios particulares y vigilancia urbana en motocicletas, amedrentan enemigos por redes sociales, y hasta los amenazan con eliminarlos físicamente. Pero cuando ya nos encontramos nuevamente en el borde del abismo, casi todo queda, afortunadamente, en pura prepotencia verbal. Los aprendices de reyertas callejeras con tufo político, esos a los que Evo bautizó como pititas en plan subestimador, le podrían preguntar a Felipe Quispe, el Mallku, cómo se hace para alfombrar con piedras una carretera y bloquear de verdad, a riesgo de que aparezcan “motines” y “milicos” para corretear y detener “indios”, con instrumentos disuasivos, o peor, como en Senkata y en Sacaba, con armas que acabaron con las vidas de más de 30 personas.

La presidenta Áñez no incluye a la wiphala en la banda presidencial, aunque bien sabe que se trata de un símbolo patrio constitucionalizado.  Se refiere a la República de Bolivia y tiene el cuidado de jamás referirse al Estado Plurinacional. Y en su sistemático juego iconográfico, en el programa del 195 aniversario de la independencia y la fundación del país, incluye un Te Déum oficiado en la Catedral Metropolitana de la sede de gobierno por monseñor Edmundo Abastoflor, pasándose por el forro la nueva condición, también constitucionalizada, de Estado laico y un día antes del feriado, en un forzado gesto por exhibir fortaleza, posesiona a Branko Marinkovic como ministro de Planificación del Desarrollo; esto es, para los sectores populares social y políticamente organizados a partir de las acciones de la COB, el Pacto de Unidad y el MAS, la otorgación de poder a alguien que estuvo fuera del país durante una década, acusado de separatismo, en tiempos en que Manfred Reyes Villa había afirmado con ardor: “Adelante Santa Cruz con su independencia”.

Se trata del intento de desmontaje del Estado Plurinacional. Ni más ni menos. Y para ello, torpes operadores con entrenamiento en el Norte, titulan notas de opinión con pretensiones de estrategia electoral: “Mesa y Jeanine deben pactar para evitar que el MAS de Evo Morales regrese al poder”, que a los pocos minutos de haberla subido a la red, es sustituida por otro título sin rasgos comprometedores: “La difícil transición tras la caída de Evo Morales”. En dicho texto, el autor se dedica a enumerar los desaciertos y los claros indicios de corrupción del gobierno encabezado por Áñez, pero como hay que evitar que Morales vuelva, no importa, mejor nomás unirse con el candidato Carlos Mesa, quien deja fuera de juego a su ayudante al declarar que el hecho de que Áñez se habilitara como candidata presidencial, da pie a validar la versión de que efectivamente lo que hubo en Bolivia fue un golpe de Estado.

En este intento de construcción de una opción alternativa para que el MAS y Evo no regresen al poder, lo que apenas encontramos hasta ahora es el desconocimiento de símbolos patrios, de ciertas cualidades insertas en la Constitución votada en las urnas en 2009,  el desempolvamiento y la puesta en vigencia de personajes en su momento apartados del debate nacional y el incesante fogoneo de operadores-opinadores que saben perfectamente qué no quieren para Bolivia —el retorno de Evo y los suyos—, pero que siguen sin exponer mínimamente qué es lo que alternativamente habría que hacer para superar el atoramiento en el que se encuentra esta Bolivia históricamente partida por el eje debido al racismo y a la exclusión social nacientes en la Colonia.

Entretanto, en las carreteras bloqueadas, en las zonas rurales organizadas, se gesta una persistente y tenaz lucha por la recuperación del voto para restituirle al país su condición democrática plena con el costo que implica la criminalización de presuntamente evitar el paso del oxígeno por las rutas interdepartamentales. El Gobierno, desgastado por la irregular gestión sanitaria contra la pandemia, montado en el córcel de una lucha sin pausa contra el narcotráfico con persecución de “sediciosos” y “terroristas”, con renuncias de personeros de alto nivel convertidas en moneda corriente, finalmente se rinde ante la evidencia de que el único camino es el de la promulgación de la ley que autoriza la realización de elecciones el 18 de octubre como fecha límite, con artículos de penalización a quienes osaran intentar posponerla por tercera vez.

Estado Plurinacional versus República. Wiphala versus tricolor. Religión oficial (católica) versus Estado laico. Cívicos contra indígenas radicalizados, reducidos a categoría infrahumana. Aymaras radicalizados contra croatas “que deberían regresar a su país”.  He aquí el resumen de acusaciones e impugnaciones en esta guerra verbal entre las dos Bolivias marcadamente separadas en las que campea la hostilidad, la desconfianza y un legítimo resentimiento histórico que muchos traducen con una sola palabra: Odio.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La crónica de Soledad

/ 17 de julio de 2020 / 08:39

“Para una fotografía sin nombres” es el título de la crónica con la que Soledad Domínguez ganó un premio el pasado año. A diferencia de quienes abrazan el género como valor en sí mismo, más allá de cuan anecdóticos o trascendentes puedan ser sus contenidos, a Domínguez lo que le interesa es reivindicar el valor decisivo y la calidad humana de cuatro mujeres, esposas de trabajadores mineros, que con su decisión de instalar una huelga de hambre, comenzaron a tumbar la dictadura de Banzer en 1977.

La historia de Nelly Colque, Angélica Romero, Luzmila Rojas y Aurora Villarroel es dramática, potente, desgarradora, profundamente triste, y con todas esas características queda honrada y relievada por el talento narrativo de Domínguez, que además de ejercitar una retrospectiva de las condiciones político sociales reinantes en la época, desvela una realidad que ayuda a romper con la idealidad del perfil del obrero de interior mina, y que consiste en que éste, por más rasgos de compromiso y valentía que haya sabido exhibir en su histórica lucha contra la opresión conservadora empresarial militar, forma parte de un sistema patriarcal y machista, del que no puede liberarse por más ideas progresistas que abrace puertas para afuera. 

La fotografía en blanco y negro que inspira este texto registra a esas gigantescas madres y compañeras rodeadas de sus pequeñ@s hij@s, que hicieron huelga a pesar de las amenazas represivas y de haber vivido siempre subestimadas y minimizadas por sus compañeros, en épocas en que ser varón era indiscutible y no había igualdad de género instalada en el escenario de la deliberación pública. En democracia tan patriarcal y falocrática como la nuestra, no podrían alcanzar todas las reencarnaciones posibles para guardar agradecidos en nuestras memorias, lo que significó semejante determinación de valentía y compromiso con sus familias, sus compañeros, la vanguardia minera y el país íntegro. 

Gracias a esas mujeres comenzamos a vislumbrar democracia en Bolivia, y gracias al talante para contar historias de Soledad Domínguez, la narración sobre las huelguistas mineras ya no es un simple apunte de refilón, en tanto se ha convertido en un testimonio provisto de nervio y garra en el que la riqueza temática adquiere contundencia por la calidad del relato.

Pero la otorgación de este premio periodístico literario es todavía más interesante, si examinamos con precisión quién lo confiere y quienes lo reciben, directamente la autora, e indirectamente las mujeres protagonistas de la huelga. Quien entrega este Premio Nacional de Crónica Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela es el diario propiedad del heredero-primogénito de un empresario muy cercano al dictador Banzer, Raúl Garafulic Gutiérrez, hecho al que muchos podrían calificar de justicia poética. En otras palabras, un diario hijo del banzerismo y de la derecha capitalizadora y gonista del país, termina entregándole un premio a la autora de un texto que da cuenta de la lucha popular contra Banzer, el General que entre 1971 y 1978 gobernó de facto Bolivia a punta de persecución política, desapariciones forzadas y violaciones a los derechos humanos incluidas las masacres de Tolata y Epizana en 1974. 

Para decirlo pronto y claro, un diario de orígenes ideológicos banzeristas premió hace un año a una cronista ahora preocupada por el regreso del fascismo y que en su documental “Hermana constitución” (2006-2007), refiere una serie de acontecimientos en los que las mujeres del campo popular boliviano aportaron con su combatividad a la puesta en vigencia de una nueva Constitución Política que abre las compuertas al Estado Plurinacional. Para decirlo metafóricamente, el banzerismo premió desde el más allá a una documentalista y cronista de izquierda y a unas mujeres mineras  que combatieron al dictador, desde la palabra, la memoria y una acción político social como la huelga de hambre.

En homenaje a la solidez de las fuentes informativas para referirnos a personajes públicos influyentes en nuestra historia política, será bueno releer “Incestos y blindajes, Radiografía del campo político periodístico”, importante libro de investigación de Rafael Archondo (Plural, 2003) en el que se pueden encontrar significativos elementos que describen quién fue Garafulic, a propósito de la capitalización de la entonces línea aérea bandera nacional, Lloyd Aéreo Boliviano. Dicho sea de paso, en la introducción de tan riguroso trabajo, el autor cuenta cómo fue definitivamente suspendida la columna que publicaba habitualmente en éste diario, La Razón, entonces propiedad de este empresario, que fue censurada, lo mismo que le aconteciera hace algunos meses a la activista María Galindo en el diario que preside en la actualidad Raúl hijo.  

“¿Qué había de reprochable en la conducta solapada de Garafulic?” pregunta Archondo para ejecutar el desmontaje  que parte con la siguiente afirmación: “A mediados de noviembre de 2002, la adormecida opinión pública boliviana se enteró que el empresario Raúl Garafulic Gutiérrez había usado a su ex amigo y socio Ernesto Asbún como prestanombres para comprarse las acciones privatizadas del Lloyd Aéreo Boliviano (LAB). La ilegítima operación quedaba al descubierto gracias a la propia auto-incriminación de Garafulic, quién acudía a los  tribunales de Cochabamba para reclamar la titularidad de sus supuestas posesiones de la aerolínea.”

Además de haber escrito una valiosa crónica, y de haber rescatado del olvido y la ingratitud a esas cuatro mujeres de las minas bolivianas, Soledad Domínguez ha logrado, sin siquiera sospecharlo, que Garafulic castigue simbólicamente a Banzer con el premio que le fue otorgado, y que al cabo de medio siglo los hechos expliquen, sin necesidad de ejercitar juicios de valor, por qué estos personajes ocupan el lugar al que la historia los tiene condenados.

Julio Peñaloza Bretel es periodista

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Las dos Bolivias

El país tiene abierta una enorme interrogación acerca de su futuro democrático

/ 27 de junio de 2020 / 06:52

La pretensión de imponer una narrativa acerca de los “malditos 14 años” es un obsesivo intento por negar política y mediáticamente algo que para la historia del país parecía imposible hasta 2005: Que los indígenas originarios y campesinos pudieran demostrar que había otra manera de comprender y escribir Bolivia, que más allá de la excesiva concentración de reflectores en la figura de Evo Morales que amenaza con elevarse a la categoría de mito, el país estaba hecho de demasiados pedazos inconexos e invisibilizados, de realidades cotidianas diversas y soslayadas por los señoritos de las zonas residenciales que jamás figuraron en sus cotidianidades de barrio confortable, porque la vida de los nadies no tiene porqué importunar el apoltronamiento y la mirada de la clase media-alta del occidente globalizado.

En ese contexto asoma el miedo al regreso del MAS al poder, ese mismo miedo de tanto cuento chino que busca querer convencer a los convencidos conservadores que ya conocemos, que el culto a la personalidad practicado por un entorno al que en algún momento le exigiremos una contabilidad de sus actos y sus malos consejos, no es suficiente argumento para querer esconder que la Bolivia de hoy pone en el mapa de la vida real a tod@s y ya no más a unos cuantos, que la Constitución que abre las compuertas al Estado Plurinacional es un instrumento que exige perfeccionamiento y profundización, que la inclusión social no es una condescendencia, sino más bien el resultado de dolorosas luchas, de varias marchas indígenas por la tierra y el territorio, y masacres  producidas desde principios del siglo XX y un despido masivo (1985) de mineros y trabajadores de las zonas rurales y las ciudades.

El Sí por la repostulación de Evo en el referéndum del 21 de febrero de 2016 estaba fundado en la necesidad de completar un ciclo estatal hasta 2025 a fin de evitar, otra vez, innecesarias y traumáticas transiciones que nos llevan intempestivamente, de un extremo al otro, en este caso, de un programa de gobierno inconcluso a un gobierno bisagra sin preparación para comprender la misión que le exige su tiempo y espacio, consistente en restituirle al país su derecho a votar para elegir. Y aunque ese Sí obtuvo casi el 49 por ciento de la votación, porcentaje idéntico al obtenido en la anulada elección presidencial del 20 de octubre del pasado año por presunto fraude, las cartas estaban echadas desde el día en que Morales decidió convertirse en un mal perdedor, alimentando durante los tres años siguientes la animadversión de quienes habían ganado con su No en las urnas, al extremo de haber tenido que salir por la ventana, golpeado por milicos, polis, embajadores y curas con vocación injerencista, gracias a la decisión tomada por ese puñado de opositores que ahora, otra vez, se sacan los ojos entre ellos debido a su falta de musculatura política, y en los casos de Mesa y Quiroga, además, a sospechosos comportamientos reñidos con la honradez y la transparencia en el manejo de la cosa pública.

La Bolivia represiva, negadora de las contradicciones como método para comprender la historia, por desconocimiento o por elección ideológica, se enfrenta nuevamente a la Bolivia del ultimátum obrero por la autodeterminación y mientras entre esas dos Bolivias no se produzca un auténtico pacto social, ni partidario, ni circunstancial, no dejaremos de ser un país de quienes miran con nostalgia el retorno al pasado republicano y quienes comprenden las cosas desde la lógica de la diversidad étnica y las prácticas organizativas con contenido social, con todos los matices que pudieran considerarse, desde la auténtica lucha de los más pobres por mejores días, hasta las maniobras de intereses corporativos que, camuflados en “el pueblo”, apuestan por el capitalismo empedernido, lo mismo que cualquier banquero de Wall Street (léase mineros cooperativistas, por ejemplo).

La conjugación de las dos Bolivias fue un intentó del MNR del 52 con la Alianza de Clases y a su manera, a través de una combinación de lo nacional popular con los sectores “privilegiados” quiso hacerla el MAS. En los dos casos, Paz Estenssoro y Evo Morales, fueron defenestrados con el mejor argumento-pretexto que podría encontrarse en cada una de esas coyunturas: Prorroguismo o eternización en el poder. En ambos intentos –1964 y 2019—la Embajada de los Estados Unidos de América jugó un papel determinante y así tuvimos dieciocho años de dictaduras militares inauguradas por el Gral. Barrientos y ahora tenemos una transición gubernamental atorada por una pandemia que sacude al planeta.

Mientras tanto, Bolivia siguen siendo dos, y navega en la contradicción de la restauración del viejo canon republicano o la consolidación de un país con un Estado fuerte, capaz de generar los equilibrios y contrapesos entre nostálgicos, reaccionarios y progresistas, en una actualidad sin liderazgo, sin esa conducción necesaria para encarar tan gigantesca tarea, con posibilidades de superar las profundas diferencias que desembocan en muerte por razones políticas, como sucedió en noviembre de 2019, en Pedregal, Sacaba y Senkata.

Bolivia tiene abierta una enorme interrogación acerca de su futuro democrático y con los jugadores que se desplazan en la cancha electoral, no asoma la mínima certidumbre de hacia dónde se dirige. Las señales indican que el período de la improvisación se prolongará, seguramente hasta el día en que emerja una nueva agenda a cargo de un equipo que debería estar preparado para comprender el signo de los tiempos, ese que nos está diciendo con claridad que en el núcleo de los acontecimientos deberá intervenir una nueva generación que con más de conocimiento y experticia, y menos de prejuicios y fantasmas, deberá intentar, otra vez, la monumental tarea de acercar las dos Bolivias para convertirla en una sola.

Julio Peñaloza Bretel es periodista

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El mal cálculo golpista

El patriarcado político suele subestimar a las mujeres en todos los órdenes, y no es excepción aquél relacionado con la búsqueda del poder.

/ 14 de junio de 2020 / 06:18

Si las encuestas posteriores a la caída de Evo Morales ubican al nuevo candidato masista, Luis Arce Catacora, primero en todas las encuestas, y si se acepta que hubo fraude como difusamente lo insinúa la OEA en su informe, esto significa que la tendencia no ha cambiado y que efectivamente el MAS ganó los comicios anulados del pasado 20 de octubre, aunque no hubiera sido con el necesario diez por ciento de diferencia que le permitiera materializar el triunfo para la nueva reelección de su entonces candidato único, aquel que en su obcecación personalista, instruyó renunciar a Adriana Salvatierra a la presidencia del Senado, probablemente calculando que sucedería lo que en Venezuela en 2002 con Hugo Chávez: el golpe no se sostendría y Evo volvería en hombros a la Casa Grande del Pueblo.

Evo calculó mal —el amotinamiento policial era irreversible—, se empecinó en la re-reelección, y el tiempo, a través de encuestas de distintos calibres, ya se encarga de demostrar que el MAS podía haber triunfando con otro candidato, dejando de lado ese empecinamiento consistente en desconocer la voluntad ciudadana expresada en las urnas el 21F16. Pero si Evo apostó al todo o nada, al yo o el desastre, los promotores del derrocamiento del gobierno al que apenas le faltaban dos meses y diez días para expirar constitucionalmente, calcularon peor subestimando a Jeanine Áñez como la designada para conducir la transición hacia nuevas elecciones: El patriarcado político suele subestimar a las mujeres en todos los órdenes, y no es excepción aquél relacionado con la búsqueda del poder.

Carlos Mesa inició la asonada civil, luego policial y militar, en conjugación espacio temporal con la comisión de observadores de la OEA, después del disparatado manejo del conteo rápido interrumpido abrupta e inexplicablemente por el TSE presidido por María Eugenia Choque, y repuesto, del mismo modo, 26 horas después, pretexto suficiente para confundir el conteo preliminar no oficial con el oficial y válido que se iba desarrollando con la previsible lentitud que derivaría en un resultado que había sido desconocido a priori por los operadores de la desestabilización con Luis Fernando Camacho, articulando a niveles cívico, policial y militar, y Tuto Quiroga, siempre bien conectado con la Embajada de los Estados Unidos y la derecha latinoamericana, que en reuniones desarrolladas en la Universidad Católica y con la presencia de los embajadores de Brasil, la Unión Europea y un representante de la Conferencia Episcopal, terminaron de cocinar la asunción de Jeanine Áñez, que según la anarquista María Galindo se encontraba bailando zumba en Trinidad, y a decir de Leonardo Roca, amigo personal de Camacho, se encontraba afanada haciendo masaco en su casa, cuando la sorprendieron para informarle que ya estaba todo listo para que un avión de la Fuerza Aérea la recogiera para llegar a posesionarse a la Asamblea Legislativa Plurinacional, con coreografía militar de combate, las charreteras de los comandantes y sin el quórum correspondiente en la Asamblea Legislativa Plurinacional.

Mesa, Tuto y Camacho no consideraron que el partido de Áñez, el Movimiento Demócrata Social (MDS) jefaturizado por el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, era el único con ejercicio parlamentario opositor real frente a los dos tercios del MAS en Diputados y Senadores, y que a pesar de haber fracasado con apenas el 4 por ciento de la votación en las elecciones anuladas, —eso era todo lo que podía lograr el entonces candidato presidencial Óscar Ortiz—, contaba con operadores capaces de actuar rápidamente para convertir al inicial gobierno de transición, en uno dominado por esta tienda política, cuando el acuerdo original, según el cercano a Camacho, Leonardo Roca, en entrevistas ofrecidas a medios cruceños, consistía en conformar una administración gubernamental de ciudadanos, sin militantes partidarios.

Pamplinas, porque Mesa fue subordinado por el liderazgo de Camacho y el movimiento cívico cruceño para convertirse en el macho alfa de la conspiración exigiendo la renuncia de Evo, y Tuto Quiroga, que el sábado 9 de noviembre ya daba vueltas por la plaza Murillo en plan gallo ganador, se convertiría en el embajador encargado de convencer a la comunidad internacional de la necesidad del derrocamiento de Evo que terminó saliendo del país, resignado a su derrota.

Un par de encuestas a través de las que se medía la proyección de Jeanine Áñez en caso de que se lanzara al ruedo electoral dio lugar a la creación de la alianza Juntos, a la reaparición de Samuel Doria Medina como vicepresidenciable y con la presidenta accidental convertida en candidata, que liquidó el plan inicial de la transición con Mesa confundido e indigesto por tener que aceptar una nueva adversaria que disputa su mismo potencial electorado, Tuto Quiroga renunciando a la embajada itinerante cuando podía haberse convertido en candidato de la unidad contra el MAS, y Luis Fernando Camacho, el corajudo cívico capaz de reunir todas las noches a orar a miles de cruceños en el Cristo Redentor para conseguir la renuncia de Evo, a la que fue prácticamente conminado por el comandante de las Fuerzas Armadas, Williams Kaliman.

Con los crespos hechos, Mesa que jamás admitirá haber conseguido el segundo lugar el 20 de octubre, aparece ahora con proyecciones mermadas y con una oposición al MAS nuevamente fragmentada, ahora en cuatro, mientras el campo popular conformado por las organizaciones sociales campesinas y trabajadora de las ciudades continúa siendo dominado por el partido de Evo Morales. Así las cosas, Jeanine que vislumbraba su retiro de la política es hoy Presidenta y candidata, y si hay algún partido al que para nada le conviene que se baje de la contienda es al MAS, a pesar de los cada vez más insistentes pedidos en ese sentido, debido a la muy cuestionada manera en que se encara el combate contra el coronavirus, dominado por militares y policías, antes que por médicos y enfermeras.

Julio Peñaloza Bretel
es periodista

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