Voces

jueves 25 feb 2021 | Actualizado a 00:51

Mujer, trabajo y pandemia

/ 23 de septiembre de 2020 / 02:28

Esta época de pandemia y cuarentena trajo para las mujeres, además de la violencia, otras amenazas a sus derechos y libertades. Con razón Naciones Unidas dijo que “es probable que la profunda recesión económica que acompaña a la pandemia tenga un rostro claramente femenino”.

Las mujeres se han insertado en el ámbito laboral ejerciendo trabajos mal pagados, en los que previamente renunciaron a beneficios establecidos por la Ley General del Trabajo como el derecho a un salario mínimo, seguro de salud, vacaciones pagadas, jornada laboral de ocho horas, baja por maternidad y otros derechos que son abiertamente desconocidos por los empleadores. La OIT estima que solo en los próximos tres meses se perderán casi 200 millones de puestos de trabajo en el mundo. En Bolivia, los despidos se masificaron y las mujeres (principalmente ellas) fueron despedidas sin ningún goce de haberes, sin los tres meses de desahucio, sin el pago de los salarios devengados y en muchos casos fueron obligadas a renunciar por quiebra de las empresas.

En varios sectores los contratos en planillas anuales o incluso mensuales son una quimera. Ahora los acuerdos laborales se dan en forma semanal o diaria y por tanto el concepto de salario y mucho más el de beneficios sociales desaparece. En nuestro país el gran bolsón de actividad laboral está en el trabajo llamado informal o de cuenta propia, que implica principalmente la venta callejera, realizada en un 80% por mujeres, quienes también se han visto gravemente afectadas por la cuarentena de seis meses. Para estas trabajadoras esto significó la pérdida del 70% de sus ingresos en los dos primeros meses de confinamiento.

Otro tema importante a tomar en cuenta en el trabajo de las mujeres en tiempos de pandemia es el enorme aumento en las labores del trabajo reproductivo, que no fueron repartidas equitativamente dentro de los hogares. Por ejemplo, el cierre de escuelas supone tener a los niños en la casa debiendo cuidarlos a la par que realizar todas las tareas del hogar, extremar los cuidados de los ancianos y además buscar la manera de inventar otras actividades para cubrir el sustento diario.

La pandemia ha dejado al descubierto la desigualdad en la que las mujeres cumplen su doble jornada: el trabajo productivo que además suele ser más precario para las mujeres y el trabajo reproductivo o de cuidado que generalmente es invisible, gratuito y exclusivamente femenino. Y aunque la Constitución Política del Estado dice que el trabajo que se realiza en el hogar debe ser reconocido en las cuentas públicas, aún no se ha logrado siquiera que sea catalogado como trabajo, aunque la vida de las personas depende de él, todavía se lo considera inferior seguramente porque es ejercido principalmente por las mujeres.

Lucía Sauma es periodista.

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Candidatos desubicados

/ 24 de febrero de 2021 / 00:46

A 13 días de las elecciones subnacionales escuchamos a las y los candidatos ofrecer de todo. En pos de gobernaciones ofertan vacunas contra el COVID-19 para todos los bolivianos, en plazos imposibles. Candidatos a las alcaldías que sin pizca de análisis piensan en levantar aeropuertos construidos por encima de los edificios. Otros ofrecen hospitales de tercer nivel sin tener ni uno de primer nivel. La mayoría habla de terminar con el congestionamiento de tráfico en las urbes. Por supuesto que no falta quien dice que si es elegido terminará con la violencia intrafamiliar y los feminicidios. En fin, ofrecen de todo y están convencidos de que la ciudadanía les cree.

Mientras tanto, quienes deberían ser un ejemplo desde el momento en que candidatean se presentan en público sin barbijo, levantan las manos, sonríen, saludan a nadie. Recorren en caravanas por calles que inundan de ruido, bocinazos, petardos, palabrería y van dejando por detrás la soledad del discurso vacío e inútil. Hacen una triste parodia de líder aclamado por multitudes cuando la realidad les grita que no hay seguidores.

Tanto las gobernaciones como las alcaldías no necesitan de políticos, ni politiquería. Esos puestos están sedientos de técnicos lúcidos, ávidos por probar en la realidad de ciudades y provincias las soluciones a los problemas estructurales que proyectaron desde su experiencia y conocimiento. Los ciudadanos de las gobernaciones bolivianas no necesitan de quien grita más fuerte, ni siquiera de quien hable mejor. Necesitan de quienes sepan cómo y con qué presupuesto llegarán con servicios básicos hasta el último rincón. Necesitan que carreteras y caminos sean construidos por quienes garanticen un trabajo profesional y no por quien pague una mejor comisión para adjudicarse una obra, siempre entregada más allá del plazo estipulado y mal terminada. Se necesitan calles bien señalizadas con pintura asfáltica para que los pasos de cebra y los separadores de carril duren un tiempo razonable.

Entre los ofrecimientos que los candidatos realizan estos días se perciben claramente los acuerdos que hacen con diferentes sectores, por ejemplo con transportistas que si ahora los apoyan mañana se convertirán en un dolor de cabeza no solo para ellos sino, y sobre todo, para los usuarios. Los gremialistas, que a cambio de apoyar a determinado candidato, terminarán inundando las calles con sus casetas improvisadas, o simples puestos en el piso donde venderán desde un peine hasta choripanes. Estamos malviviendo en ciudades, en pueblos asfixiados por el caos, la improvisación, la falta de visión de lo que significa dar calidad de vida a los moradores que vanamente se ufanan del lugar en que por azar les ha tocado vivir.  

Lucía Sauma es periodista.

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Desiguales

/ 10 de febrero de 2021 / 00:11

Corren tiempos en los que todos los días parecen iguales. Pasan cumpleaños, nacimientos, vida y muertes casi como si no existiesen. La neblina de la rutina lo envuelve todo, tiñe de gris el afán de otras épocas en las que los días marcados de rojo en los calendarios tenían mayor exigencia en la cocina, las mesas debían vestirse de largo, días esperados con ansias, tenían aire de fiesta, venían con una gran cesta de ilusión, estaban hechos para regalar abrazos, largas charlas, para esos días se habían inventado bailes, fuegos de artificio. Esos días son cosa del ayer, lo que en los cuentos de ciencia ficción representan el hermoso pasado de un planeta destrozado. Aquí es donde la realidad nos golpea porque nada tiene de cuento y es lo que estamos viviendo a nivel global.

En este mundo encerrado, atemorizado, donde vivimos distanciados unos de otros, escuchamos y sentimos lo que no se puede ocultar, este mundo es desigual. Hay mucho para unos pocos y muy poco para una gran mayoría. En enero de este año los organismos internacionales advertían sobre la desigualdad en la distribución de vacunas contra el COVID- 19, según la OMS se habían inoculado 39 millones de dosis en 49 países ricos, únicamente 25 se habían administrado en uno de los países más pobres. “No 25 millones. No 25.000. Solo 25 vacunas”. Esta desigualdad no es culpa de quienes la sufren sino de quienes acumularon más dinero y ahora pagan aunque durante toda la pandemia pregonaron que científicos, laboratorios, productores estaban trabajando para el bien de toda la humanidad.

Al parecer hay normas que existen pero no están escritas, según las cuales cuanto más pagas, más humano eres y más derechos tienes. No nos mintamos, esas son las reglas y los relegados no tienen más que aceptarlas y acatarlas porque para eso se hicieron.

A pesar de tanto adelanto tecnológico, de tanto invento para dar confort, estamos viviendo en un mundo que sabiendo bien dónde está la solución para que millones de personas dejen de morir de hambre, para que otros tantos millones vivan decentemente, simplemente ignora esas posibilidades porque en equidad desaparecen los privilegiados de quienes hacen las reglas y pagan por ellas.

Mientras tanto, el mundo sigue marchando a su ritmo desigual, cansado, caduco, injusto. A ese paso quienes vivimos en él, claramente y sin temor a equivocarnos, sabemos de qué lado nos ha tocado nacer, del lado de quienes pueden pagar o de los que por no tener dinero, barbijo en boca, terminan encerrados, aislados y atemorizados.

Esta pandemia ha puesto en evidencia lo inmensamente injustos que podemos ser, lo fácil que nos pueden domesticar y someter. Aunque felizmente no es todo, porque también ha desenmascarado a quien pregona por una equidad en la que no termina de creer.      

Lucía Sauma es periodista.

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Educación de Alasita

/ 27 de enero de 2021 / 01:52

Sabemos que la educación nos puede salvar de la desigualdad en la que vivimos. Sabemos que la educación es un derecho humano. Sabemos que quien se educa puede pensar en un futuro mejor. ¿Realmente creemos en estas afirmaciones? ¿O quizás son solo enunciados, frases hechas que repetimos y escuchamos en los discursos de campaña? Parecería que esto último es más cierto que cualquiera de las declaraciones sobre educación que constantemente leemos en informes de Naciones Unidas, o cualquier otro organismo internacional.

Lo cierto es que si la educación es un derecho, en Bolivia no está al alcance de todos, más aún desde que la pandemia del COVID- 19 se ufana de su poder por cuanta calle, casa, pasillo o escuela se le apetezca. La clausura del año escolar en 2020 significó justamente una negación de ese derecho que va más allá de pasar de curso por decreto.

¿Qué implica el derecho a la educación? Acceder a la enseñanza de “manera universal, productiva, gratuita, integral e intercultural, sin discriminación”, como señala la Ley Avelino Siñani. Pero más allá de la letra muerta, quiere decir que el derecho a la educación tiene que ver con gozar adquiriendo conocimientos, el camino para llegar a ser personas pensantes, la vía para aprender determinadas destrezas que en definitiva conduzcan a quien accede a la educación, a beneficiarse con la mejora de su vida en forma permanente, de sentirse útil, de acceder a oportunidades para trascender como un ser productivo en favor de su entorno y de los demás seres humanos.

La realidad es que el derecho a la educación se ha visto confundido en el engaño de pasar de curso aunque no se hayan adquirido los conocimientos suficientes. En entregar trabajos a los que se dedica el tiempo que lleva hacer un click en copiar y pegar desde cualquier sitio donde exista internet. Se debe declarar una guerra al conformismo tan arraigado, tan apreciado (aunque esto nunca sea reconocido públicamente) como parte del paquete en la oferta de mentiras que se compra a diario en nuestra sociedad, acostumbrada a coleccionar leyes y normas para archivarlas mientras se encuentra la mejor manera de quebrantarlas.

A nuestra sociedad le falta franqueza para afrontar todos los problemas que se presentan. No se toma al toro por las astas, se da vueltas, se miente sobre las verdaderas intenciones, se toma acciones o se recurre a la violencia y el enfrentamiento llevados, generalmente, por quienes tienen la intención de sacar partido del conflicto. Visto de este modo, la educación no es ningún derecho. Es un juego de engaño al que nos prestamos esperando que el azar resuelva la partida. El 24 de enero fue el Día Internacional de la Educación, triste coincidencia con la educación de Alasita que nos ha tocado.

       Lucía Sauma es periodista.

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Arrebatados

/ 13 de enero de 2021 / 00:13

“Me llevó tres meses que una farmacia, muy conocida en la zona Sur de La Paz, cambie el triste, seco y roto pediluvio que ostentaba en su entrada”, así testimoniaba una mujer que, según contó, pasaba por dicha farmacia siempre que podía y pedía a los encargados que cambien ese desinfectante de zapatos. Se había convertido en una obsesión después de observar cómo pequeños establecimientos que habían permanecido cerrados durante la cuarentena, a partir de su reapertura se esforzaban por mantener todas las medidas de bioseguridad, mientras los negocios de medicamentos que nunca cerraron, que vendieron a precios de arrebato barbijos, aspirinas, omeprazol, paracetamol o ibuprofeno, ni siquiera ofrecen alcohol u otras medidas de bioseguridad a quienes hacen largas filas frente a sus puertas.

En estos centros de expendio de medicinas, el agio y la especulación son la primera batalla a vencer para quienes acuden a comprar una pastilla, una inyección o una pomada que alivie los males de estos días. A pesar de las advertencias de autoridades para combatir el sobreprecio y el ocultamiento, son muchas las farmacias que hacen caso omiso de esas exhortaciones y juegan con los sentimientos y los bolsillos de quienes, en su desesperación, no escatiman esfuerzos para surtirse con las recetas médicas que les obligan a peregrinar de un lado a otro hasta encontrar lo que les pidieron para curar o salvar la vida de sus familiares. Por supuesto que hay, y muchos, profesionales que prestan verdadera ayuda al suministrar medicinas sin subir los precios, ni recurrir a la escasez intencionalmente provocada. La modernidad ha hecho que poco a poco desaparezcan las farmacias “de la esquina”, que fueron fácilmente absorbidas por las cadenas que se comen todo y nos comen a todos, sin ofrecer la alternativa de laboratorios que producen a precios más bajos el mismo producto con otro nombre.

La pandemia ha dado paso a verdaderas minas de oro como son las clínicas privadas, los laboratorios y las farmacias que tienen en sus manos a los ciudadanos que se someten a verdaderos asaltos. En estos sitios los administradores se disfrazan de bondadosos salvadores y sin pudor se defienden nombrando a supuestos intermediarios siempre lejanos y anónimos.

Aparte de defendernos de la enfermedad también deberemos trazar verdaderas estrategias para combatir con los especuladores que durante esta pandemia nos esquilman sin compasión. Debemos exponerlos ante la opinión pública para que no se ufanen de su impunidad. Que el rebrote de la epidemia no sea un pretexto para volver a aprovecharse del dolor de las personas, especulando y ocultando medicinas o negando atención.

Lucia Sauma es periodista

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Certezas

/ 30 de diciembre de 2020 / 02:30

A unas horas de terminar el año uno tiende a recordar las promesas que se hizo el 1 de enero, cuando en el fulgor del estreno pensaba que todo era posible, que la mejor de las suertes llegaría sin que el azar ponga zancadillas. A la medianoche de cada 31 de diciembre tozudamente uno vuelve a inventar esperanzas, voluntariamente se deja encandilar por misteriosos pobladores de la mente que con extraños sortilegios van dejando atrás rencillas generalmente innecesarias, grandes y pequeños fracasos, traiciones voluntarias e involuntarias, dolorosas pérdidas, para en décimas de segundos transformar las sombras en campos de ilusiones; se deja envolver por enigmáticas palabras que nos arrastran hasta lo más profundo de la promesa a ultranza.

Sin embargo, detrás de tanta quimera siempre está la realidad que suele ser más fuerte que cualquier sueño y la que nos obliga a serenarnos y pensar que para seguir existiendo lo que necesitamos son certezas. En 2021 debemos bajar la tasa de desempleo que por efectos de la pandemia en octubre llegó casi al 12%. ¿Cómo conseguir que los jóvenes tengan trabajos dignos? ¿Cómo hacer para reactivar la economía de medianos y pequeños empresarios? ¿Cómo hacer para que consumamos lo nuestro?

Necesitamos tener la certeza de que el año que está por comenzar tenga desde el inicio una decidida vocación por cuidar la salud de todos los bolivianos y mejorar e implementar todos sus servicios con calidad y calidez. Que la salud sea una prioridad donde no prime el negocio.

Que la justicia sea justicia y no un entuerto de pagarés donde se beneficie al mejor postor sin importar si es culpable o no. Que nos libremos de la Justicia miope, preferimos que tenga los ojos bien abiertos porque, hasta ahora, con la figura de una justicia ciega hemos ido camino al precipicio.

Para 2021 quisiéramos tener la certeza de que los estudiantes de todos los niveles, inicial, primario, secundario y superior, pasen clases presenciales, virtuales o ambas, pero que aprendan, que desarrollen conocimiento en serio, que compensen este aciago 2020 con clausura de año escolar y tan incierto en sus decisiones educativas.

Que en 2021 dejen de existir, por nefastos, todos los infanticidios. Que los niños sean cuidados por todos los adultos. Que ninguna niña o niño sean vejados, violados, o maltratados. Que la sociedad los estime como los seres humanos en quienes está depositada toda la esperanza de un mundo mejor. Que los adultos estemos dispuestos a defender a todos los niños de cualquier amenaza contra su vida o su inocencia.

Sería de desear que el próximo año dejemos de contar las cifras de feminicidios. Que ninguna mujer muera en manos de su pareja y que los casos de violencia mueran de aburrimiento por ausencia.

Lucía Sauma es periodista.

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