Voces

miércoles 23 jun 2021 | Actualizado a 16:51

Mujer, trabajo y pandemia

/ 23 de septiembre de 2020 / 02:28

Esta época de pandemia y cuarentena trajo para las mujeres, además de la violencia, otras amenazas a sus derechos y libertades. Con razón Naciones Unidas dijo que “es probable que la profunda recesión económica que acompaña a la pandemia tenga un rostro claramente femenino”.

Las mujeres se han insertado en el ámbito laboral ejerciendo trabajos mal pagados, en los que previamente renunciaron a beneficios establecidos por la Ley General del Trabajo como el derecho a un salario mínimo, seguro de salud, vacaciones pagadas, jornada laboral de ocho horas, baja por maternidad y otros derechos que son abiertamente desconocidos por los empleadores. La OIT estima que solo en los próximos tres meses se perderán casi 200 millones de puestos de trabajo en el mundo. En Bolivia, los despidos se masificaron y las mujeres (principalmente ellas) fueron despedidas sin ningún goce de haberes, sin los tres meses de desahucio, sin el pago de los salarios devengados y en muchos casos fueron obligadas a renunciar por quiebra de las empresas.

En varios sectores los contratos en planillas anuales o incluso mensuales son una quimera. Ahora los acuerdos laborales se dan en forma semanal o diaria y por tanto el concepto de salario y mucho más el de beneficios sociales desaparece. En nuestro país el gran bolsón de actividad laboral está en el trabajo llamado informal o de cuenta propia, que implica principalmente la venta callejera, realizada en un 80% por mujeres, quienes también se han visto gravemente afectadas por la cuarentena de seis meses. Para estas trabajadoras esto significó la pérdida del 70% de sus ingresos en los dos primeros meses de confinamiento.

Otro tema importante a tomar en cuenta en el trabajo de las mujeres en tiempos de pandemia es el enorme aumento en las labores del trabajo reproductivo, que no fueron repartidas equitativamente dentro de los hogares. Por ejemplo, el cierre de escuelas supone tener a los niños en la casa debiendo cuidarlos a la par que realizar todas las tareas del hogar, extremar los cuidados de los ancianos y además buscar la manera de inventar otras actividades para cubrir el sustento diario.

La pandemia ha dejado al descubierto la desigualdad en la que las mujeres cumplen su doble jornada: el trabajo productivo que además suele ser más precario para las mujeres y el trabajo reproductivo o de cuidado que generalmente es invisible, gratuito y exclusivamente femenino. Y aunque la Constitución Política del Estado dice que el trabajo que se realiza en el hogar debe ser reconocido en las cuentas públicas, aún no se ha logrado siquiera que sea catalogado como trabajo, aunque la vida de las personas depende de él, todavía se lo considera inferior seguramente porque es ejercido principalmente por las mujeres.

Lucía Sauma es periodista.

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No basta pedir perdón

/ 16 de junio de 2021 / 01:31

Perdón parece ser la palabra más difícil es el título de una hermosa canción de Elton John y ciertamente no es fácil pedir perdón de verdad, pero además no es suficiente si al pedido no le sigue la acción para corregir el daño. Sin reparación, el perdón se convierte en la forma más fácil de sepultar hechos que han afectado gravemente a una persona, un grupo o un pueblo y mandar al olvido cientos de vidas, de sueños, de grandes y pequeñas esperanzas.

El 4 de junio, el Primer Ministro de Canadá dijo que estaba decepcionado porque la Iglesia Católica no se disculpó por los abusos y muertes de cientos de niños indígenas en el sistema de internados cristianos, que existían en ese país desde el siglo XIX hasta la década de 1970, creados y solventados por el Gobierno con el fin de que olviden su cultura. Más de 150.000 niños indígenas fueron obligados a dejar sus hogares para vivir sin amor, soportando frío, hambre, abusos sexuales y maltrato físico, en esos recintos construidos especialmente para que abandonen su forma de vida, no hablen ni les hablen en su lengua materna. En 2017 el primer ministro Justin Trudeau pidió disculpas, pero no fue suficiente, porque en una sociedad tan desarrollada como la canadiense, los indígenas de ese país aún viven en condiciones de desigualdad, los originarios de esas tierras tienen las tasas más altas de desempleo y las más bajas de cobertura en el seguro de salud, por eso no basta con pedir disculpas.

El 11 de junio, el expresidente de Colombia Juan Manuel Santos pidió perdón a los familiares de los llamados falsos positivos, es decir los civiles asesinados por militares para hacer pasar esas muertes como bajas guerrilleras en combate. “Me queda el remordimiento y el hondo pesar de que durante mi ministerio muchas, muchísimas madres, incluidas las de Soacha, perdieron a sus hijos por esta práctica tan despiadada, unos jóvenes inocentes que hoy deberían estar vivos. Eso nunca ha debido pasar. Lo reconozco y les pido perdón a todas las madres y a todas sus familias, víctimas de este horror”. Ahora se sabe que esos muertos eran parte de las cuotas que los soldados debían cumplir. ¿Qué piden los familiares de las víctimas? Quieren que el Alto Mando de los militares dé la cara, que declare qué pasó con sus hijos, hermanos, esposos, que revelen quién dio la orden, mientras tanto el pedido de perdón no es suficiente.

Indudablemente no es fácil pedir perdón, pero cuando se lo hace de poco o nada sirve si no se busca la reparación, eso sí es más difícil porque para hacerlo se tocarán intereses, se involucrará a personas o grupos de poder que aún están vigentes, pero el verdadero pedido de perdón pasa por actuar en serio, por esclarecer la verdad, por mejorar la vida de los que quedan.

Lucía Sauma es periodista.

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Por los jóvenes

/ 2 de junio de 2021 / 02:01

El coronavirus, a diferencia de mayo de 2020, ahora amenaza a los jóvenes, quienes se contagian en un número alarmante, con graves consecuencias sobre su salud y su vida. El año pasado los mayores de 60 debían quedarse en casa temerosos, custodiados por sus hijos, nietos o cualquier miembro de la familia que no lleve inscrito el dato de “indefinido” en su carnet de identidad. En el mundo entero los adultos mayores padecieron de soledad, abandono, encierro y en algunos casos dejaron de ser candidatos a una cama de hospital si delante había alguien más joven que necesitaba atención.

A esta altura de 2021 un gran número de personas mayores de 60 e incluso de 50 años están vacunadas con ambas dosis. En su momento acudieron como pudieron para conseguir la vacuna. Se inmunizaron a insistencia de sus hijos o por decisión propia, a pesar de tener que ir en la madrugada a realizar la fila frente a sus seguros, muchos de ellos vencieron con ayuda o sin ella, su registro vía internet en un teléfono inteligente que no siempre era de su propiedad o la laptop del nieto, que manejada diestramente por el menor sirvió para que los abuelos tengan una cita en la fila de la vacuna.

A esta altura del año, la tortilla se dio la vuelta, ahora son abundantes los mensajes, las llamadas telefónicas para pedir medicinas, plasma, lugares en los hospitales con terapia intermedia o intensiva, para jóvenes menores de 50 años. Son los hijos o hijas de los adultos mayores que se están contagiando. Son las personas económicamente activas con las que el virus se ensaña de forma agresiva.

A principios de marzo, autoridades de salud advirtieron que la variante brasileña del coronavirus ya estaba en el país, entonces hicieron notar que atacaba a las personas más jóvenes, incluso menores de 15 años. A esta altura se conoce que esas advertencias son ciertas. Los hospitales están colapsados, no hay unidades de terapia intermedia, tampoco intensiva, la tercera ola está arrasando.

Ante esta realidad fue acertada la medida de vacunar a los mayores de 40 años. Para junio, sin precisar la fecha, se anunció la llegada de un millón de vacunas de Sinopharm, esas dosis deberían aplicarse a los mayores de 30 años. También se debería vacunar en los centros de trabajo donde su personal es más joven aún, como bancos, entidades públicas y educativas, o aquellas que están abiertas a la atención de público.

Es momento de cuidar a los más jóvenes, de pedirles que tomen todas las medidas de bioseguridad, como ellos lo hicieron con los adultos mayores. Es momento de persuadirles para que desistan de acontecimientos sociales, fiestas clandestinas y cualquier otro evento donde no exista distanciamiento social. Es momento de velar por toda nuestra juventud, de batallar contra el virus tomando medidas a nivel nacional que rebajen el nivel de contagio.

Lucía Sauma es periodista.

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Imágenes sensibles

/ 19 de mayo de 2021 / 00:59

Se ha hecho una constante que a la mitad de un noticiero televisivo adviertan sobre las imágenes perturbadoras que están a punto de difundir, arguyendo que pueden herir la sensibilidad del televidente. Sin duda, muchísimas personas realmente creen que les están haciendo un favor porque no quieren que el horror que viene a continuación les dañe. Los más avispados se dan cuenta de que las advertencias lanzadas de esa manera más bien son una invitación a satisfacer su morbo, un regodeo entre la sangre, las lágrimas, los gritos, el dolor ajeno. La fórmula nunca falla, es una manera de apresar a la audiencia, de engrillarla para someterla, acostumbrarla a ver sin sentir y finalmente tenerla insensible, dócil, indiferente, incapaz de rebelarse.

Tener una audiencia que acepta todo es tener un grupo de gente acrítica, preparada para aplaudir la mediocridad, inerte al momento de actuar, sin posibilidad de exigir calidad, se contenta con lo que hay, fácil de engañar cuando empalagosamente le dicen que es un público exigente, inteligente, que solo elige lo mejor. Tengo la sensación de que esa es la calidad de público que están formando los medios de comunicación del país, principalmente televisivos, para finalmente justificar su pobreza anunciando victoriosamente que cada pueblo tiene los medios que se merecen.

Por esa forma de hacer comunicación es que los feminicidios se han convertido en un ranking estadístico, que cada día exige dar mayores datos de la víctima, el feminicida y los detalles de la saña, la sangre, el olor, el último gesto o la marca del arma. Por el mismo río de sensacionalismo corren los infanticidios, las violaciones a niñas y niños, causando escalofrío por un momento e insensibilizando el minuto siguiente.

La violencia se ha convertido en un espectáculo que no puede faltar. Es como el ingrediente que hace más apetitosa la merienda que ofrece el anfitrión. Un noticiero que se precie de exitoso no puede prescindir de un hecho violento, sin importar de dónde provenga, ni a quién dañe, o qué consecuencias tenga. Lo macabro cuenta y multiplica en los ingresos de los medios porque vende y como la noticia es mercancía, no importa de dónde proviene ni a quién afecte, solo interesa que se venda.

Para mal de esos medios de comunicación y sus comunicadores, todavía quedan lúcidos que reclaman si no inteligencia, al menos humanidad, decoro, un poquito de vergüenza en el momento de elaborar la noticia, de pasarse el trabajo de hacer más periodismo y menos amplificación de los chismes de las redes sociales. No son pocas las personas que, cansadas de tanta frivolidad y sensacionalismo, exigen medios más serios, más críticos, más conscientes de su papel en la formación de opinión y su poder de movilizar a la sociedad cuando así lo requiere. Esas voces de reclamo aumentan día a día, levantan olas cada vez más altas, la tolerancia a la estupidez tiene un límite.

Lucía Sauma es periodista.

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Llegó el momento de cumplir

/ 5 de mayo de 2021 / 02:44

Quedaron posesionados los nuevos gobernadores y alcaldes. Todos coincidieron en exponer su preocupación por las deudas que heredan, la reducción y el cambio de personal a los que dicen estar obligados y, por supuesto, la queja por las arcas vacías que recibieron. Sin embargo, no podrán negar que, a pesar de estos problemas, ninguno se frenó en la carrera electoral, ni se limitó en el tamaño o la cantidad de promesas que hicieron durante la campaña a cambio del voto ciudadano. La gente cumplió emitiendo su voto, ahora toca a los elegidos cumplir su compromiso sin que medie ningún pretexto porque, los entonces candidatos, conocían la situación a la que se enfrentaban.

Suscribiéndonos a observar las tareas pendientes en la ciudad de La Paz como sede de gobierno, podemos ver que no hay una sola calle sin baches, sobran las baldosas levantadas, son incontables las veredas con superficie irregular donde las piedras del relleno están a la vista como una permanente invitación al tropezón. Las calles no están adecuadas para que circule una silla de ruedas o un coche de bebé. Las aceras están ocupadas por quioscos precariamente construidos, o comerciantes improvisados a quienes les basta colocar una tela o un plástico en el suelo y exponer su escasa mercadería. También están los comerciantes ambulantes, que carretilla en mano venden fruta, productos de bioseguridad o cualquier artículo para el hogar. Para que no digan que no nos adecuamos a las nuevas tecnologías están los cibercomerciantes, que se sientan en las jardineras, en las gradas de ingreso a edificios públicos o en plazas, para entregar la mercadería que fue adquirida vía celular y pagada mediante una transferencia por la banca móvil.

Parados en cualquier esquina de la sede de gobierno podemos preguntarnos ¿dónde están los pasos de cebra? ¿Alguien encuentra las líneas que separan los carriles? Muchas veces vimos pintar estas señales, incluso en horarios inadecuados, con todo lo que significa ocasionar un embotellamiento en pleno centro paceño, pero las marcas nunca duraron. Apenas pintadas, los primeros automóviles que las pisaron se las llevaron, seguramente porque no se utilizó el material adecuado. ¿Quién está a cargo de la compra de pintura para señalizar las calles en la Alcaldía? ¿Se elige la pintura más barata? Lo barato cuesta caro.

¿Cuál es la solución para terminar con la contaminación que producen los PumaKatari? Es un excelente servicio de transporte público, sin embargo, sus buses deben dejar de contaminar con dióxido de carbono. Este servicio ha sido capaz de reeducar a los usuarios, razón por demás para que sean consecuentes en su buen ejemplo y prioricen el aire limpio. Si las autoridades recién posesionadas piensan que se les exige demasiado, refresquen su memoria y recuerden sus promesas.

Lucía Sauma es periodista.

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El abril de los niños

/ 21 de abril de 2021 / 01:03

Una vez más escribo sobre los niños, la indiferencia, el sin dolor, la ineptitud con la que en varias ocasiones aceptamos la violencia que sufren los más pequeños en la calle, la escuela y sobre todo la casa, el hogar, el nido donde son maltratados, humillados, explotados, abandonados por sus padres, parientes cercanos o simplemente adultos con los que, sin posibilidad de elegir, les ha tocado malvivir. Escribo esta columna con el ánimo de la gota que en su constancia por chocar contra la piedra termina por horadarla.

En el lapso de una semana, todavía con los encantos del 12 de abril, Día del Niño Boliviano, retumbando en el ambiente, nos intranquiliza la noticia del tormento que sufría un niño de 11 años, quien era víctima de castigos y humillaciones en manos de su padrastro, que no es un hombre sin recursos o sin instrucción, sino todo lo contrario, médico de profesión y económicamente con un buen pasar. En ese caso los vecinos hicieron la denuncia y actuaron para que el niño ya no reciba las palizas constantes del violento que tenía como ley castigar sin escatimar crueldad.

Y para demostrar con ejemplos concretos que la violencia no es patrimonio de una clase social, de un grado de instrucción, o determinada situación económica, el jueves 15 de abril en Achacachi, un trabajador del campo, padre de una bebé de siete meses, mató a su hijita asfixiándola. Unos minutos antes la había arrebatado de su madre, corrió con la niña en brazos apretándole el cuello, y cuando la madre logró alcanzarlo, la pequeñita ya estaba muerta.

La violencia extrema contra los niños tampoco tiene como único agresor al padre, las mujeres también golpean, humillan y victiman a sus hijos. Comenzamos esta semana conociendo que una mujer en Tirata, departamento de La Paz, hacía que su hijo, un niño de tan solo cinco años, trabajara en pesadas labores agrícolas a cambio de un pago que ella recibía. Es angustiante imaginar a un pequeñito obligado a trabajar desde la mañana hasta la noche sembrando y cosechando hortalizas, siendo maltratado y castigado por su madre y por la dueña del predio.

Por último el domingo, en la localidad de Apolo, un chiquito de cuatro años fue asesinado en su vivienda, mientras su madre cumplía con el trabajo de guardia municipal. El sospechoso es la expareja de la mamá. Qué fácil es vengarse de otro adulto agrediendo, matando a un niño que nada puede hacer para defenderse, ni pedir auxilio, ni hacerse escuchar.

La violencia es una pandemia que ataca a los niños, sin importar la edad, la extracción social, el grado de instrucción o la posición económica de los agresores. No hay cura ni vacuna. Los niños están expuestos a ser víctimas de este mal que se ensaña con ellos hasta quitarles la vida en manos de sus propios padres y dentro de sus propios hogares. Tampoco hay ley que valga o norma que se cumpla. Los niños se están convirtiendo en mártires de un tiempo de indolencia y con absoluta falta de conciencia. 

Lucía Sauma es periodista.

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