Voces

martes 20 oct 2020 | Actualizado a 13:57

La A amante: La A de Aliaga

/ 27 de septiembre de 2020 / 07:00

Renace en esta zamba el recuerdo del ayer

y esta soledad que no puedo comprender

(Zamba ‘La compañera’)

Dejó un huecote en el directorio de La Razón y Extra. Cumplía años este septiembre. Sandra Aliaga Bruch: comunicadora y periodista. Es probable que sus primeros destellos se encuentren en los medios radiales e impresos. Carlos Soria Galvarro tiene de ella innumerables recuerdos en la lucha clandestina. La década de 1980 la vio desarrollarse más allá de los medios de comunicación. Sus militancias, en la izquierda y en el feminismo, establecieron un camino que nunca abandonó. Todavía muy joven, se hizo cargo de la comunicación gubernamental durante el gobierno de Hernán Siles, después de los golpes militares entre 1964 y 1982. Volvió a hacerlo cuando acompañó al gobierno de Carlos Mesa. Investigó y escribió sobre temas tan incómodos como el aborto y el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y su reproducción. Presidió el Tribunal Nacional de Ética Periodística. Estaba en la escritura final de la biografía de Ana María Romero de Campero. Saben sus cercanos cuánto estoy olvidando.

Una noche de diciembre me llama Patricia Cusicanqui, jefa de Redacción que ese fin de semana estaba de turno en la montaña de la rotativa. Con cuidado me hace saber que Sandra se había ido. Primero me dije no, después me invadió la bronca, solo después pude llorar (y eso que para llorar soy re buena).

Mientras estuvo con nosotros, solo había que gozar su presencia. Hoy, su partida invita a dibujar una postal y esta es la mía: mujer honesta, sincera, crítica, analítica, propositiva, sencilla, amigable, frontal, solidaria, tan firme en sus convicciones como generosa en sus aprecios. Sandra solo tenía que abrir la boca unos minutos para desvelar que ahí bullía una amalgama de intereses, de conocimientos, de compromisos, de pasiones. Escucharla era tan útil como inolvidable.

Maestra en tejer diálogos. Doctorado en romper el hielo. Sin ceder un milímetro marcaba sus ideas. Respetuosa pero clara en subrayar sus diferencias. Clara en defender a las personas que respetaba. Más clara todavía para sus críticas a quienes despreciaba. Era un placer verla hilar sus historias, desprender sus argumentos, sus espirales terminaban de puntillas en un bucle de humor. Me reía y mi risa era barrida por su carcajada. Ahí pensaba (y nunca se lo dije) en mi incalculada fortuna de contar con ella. Su amistad se basaba en la franqueza sin anestesia, la frontalidad se anestesiaba con el detalle del pensamiento, el pensamiento se endulzaba con la habilidad emocional para cortar distancias, la cercanía se coronaba cuando reía. El mundo se aligeraba cuando reía. El directorio de La Razón y Extra se aligeraba cuando reía. Mi plan perverso había resultado.

Tiempo atrás propuse a Carlos Gill invitar a Sandra Aliaga al directorio por las virtudes profesionales que le sobraban. Mi obscura intención era que el momento de las decisiones no se pase por alto las consideraciones del periodismo en el que Aliaga creía. Doblé la apuesta una mañana de reunión de directorio. Sandra llegó tarde y quejándose de la tardía convocatoria; Carlos estaba apenas unas horas en La Paz y teníamos varios temas pendientes; era 27 de mayo. “A quién se le ocurre convocar a una reunión justo hoy” soltó mientras se acomodaba, dueña de sí, en su silla. Carlos, sorprendido, admitió no saber que era el Día de la Madre y añadió que en Venezuela es ya no recuerdo en qué fecha. Entonces Aliaga no aguantó y alto y claro le dijo a Gill: “¡O sea que porque en Venezuela es en otra fecha, nos van a fregar a nosotros el Día de la Madre!” Alguien le preguntó inmediatamente cuántos hijos tenía. “Cero” fue la respuesta. Carcajadas y reunión.

La última vez: Sandra y Lucía Sauma me bajaron de la montaña para tomar un café que por capricho de Aliaguita se transformó en un chocolate caliente. Comenzamos comentando el país postoctubre 2019, terminamos hablando de periodismo y de los ataques a La Razón. Las colegas me dieron consejos mientras yo me vaciaba la taza. Nos quejamos, coincidimos, disentimos, nos pinchamos, contamos chistes con pastel de chocolate, hablamos bien y mal de otros. Reímos. Después me ofrecí llevarla a su casa, había entrado la noche. Al llegar a su esquina, me pidió que me detenga en la rotonda. Y en lugar de decir que así daba menos vuelta para ir a mi casa me provocó: “No quiero que me vean llegar contigo”. Cada vez que paso por el lugar la devuelvo a mi vida.

Tenerla como miembro del directorio de este medio fue un honor; tenerla como amiga de la empresa, un regalo de la vida; tenerla como cuata a secas, para dejar seca esta copa ahora entre mis dedos.

En la soledad de mi pobre alma, cantaré para recordarte.

Y andaré sin tener un consuelo para mi dolor.

Volverás un día, compañera mía, sangre de mi corazón.

(Zamba ‘La compañera’)

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A amante: Me quedaré con Manolito

/ 11 de octubre de 2020 / 07:25

Recibí la noticia de boca de un argentino: se fue Quino. En un año de tantas despedidas, esta partida golpea diferente porque este mendocino logró lo que pocos: retratar con ternura la Argentina de las últimas décadas, cuestionar con cabeza, corazón y talento los absurdos de su América Latina.

Mientras llegaban los comentarios a la pantalla de mi teléfono, pensaba que el mundo estaría más seguro con él mirando un partido de fútbol en su casa (ya que desde 2009 no publicaba porque temía repetirse); pensaba también si mi Toda Mafalda estaba en su lugar privilegiado del escritorio; pensaba si me faltaba alguno de sus libros; pensaba si no tenía a mi Quino personal abandonado en algún rincón de las prisas cotidianas o si no lo había dejado postergado junto a mi urgencia de juventud de que lo injusto se transforme.

Este meticuloso observador apuntaba al cambio de las desigualdades y de los sinsentidos de nuestras realidades: “No era mi intención que Mafalda durara tanto tiempo. Yo esperaba que el mundo mejorase, pero la política liberal está convirtiendo a los ricos en cada vez más ricos, y a los pobres en cada vez más pobres”, dijo en 1999 a Folha de Sao Paulo. Hay que buscar con paciencia las declaraciones de este artista que comunicaba a través de un cartel: “Por razones de timidez no se aceptan reportajes de ninguna índole”. Un introvertido profesional. Me recordó al caricaturista boliviano Al-Azar (Alejandro Salazar): nunca pude convencerle de que venga a dibujar a la Redacción de La Razón. Alejandro reivindicó a muerte la soledad de su estudio. Sin celular, esquivando el teléfono, evitando las multitudes, creando silenciosos retratos de su Bolivia con la fuerza del verdadero artista. Como Quino, Al-Azar también sufrió intentos de censura y agresiones de intolerantes a sus visiones de país. Dejó La Razón cuando sus caricaturas ya no encontraban un espacio seguro en medio de la crisis política poselectoral. Y como Quino y muchos otros humoristas gráficos en este loco globo, Al-Azar es imprescindible para mitigar los dolores de la sociedad con humor y amor. Espero paciente su retorno a las páginas de este diario.

Volvamos. Los homenajes cariñosos al gigante Quino revelaron que este hombre tocó las cuerdas interiores en todos los continentes como atravesó con su universalidad generaciones de conquistados por su trazo. Ningún sociólogo, ningún politólogo ha logrado la claridad, la agudeza, la firmeza de su lectura crítica que ha sellado con tinta indeleble el alma de millones y ha clavado sobre la mesa las verdaderas problemáticas del continente.

¿Cuándo entra este historietista en su vida, lector/a? Yo tuve que escarbar en mi niñez para recordar que mi mamá puso a mi alcance, separadamente, esos libritos rectangulares con las tiras de Mafalda. Llegaron a aquella casa sin terminar de construirse los números en desorden y siempre de sorpresa. Ella me leía las historietas y cuando se iba a la oficina yo las repasaba con el mismo tono y me quedaba mirando con detenimiento cada viñeta en la serenidad de las tardes de una hija única en tiempos de pre Internet, las releía con el tono que hasta hoy recuerdo y repito cuando las leo a mi hijo único. Cuando crecí un poco más, en los sábados que pasábamos juntos, mi papá me heredaba uno a uno los otros libros clásicos de este argentino hincha de Independiente. Mientras paseábamos las páginas, él describía a tiempo de explicar lo que no alcanzaba a agarrar sola. En los últimos años hizo el mismo gesto con su nieto. “Me avisan cuando no entiendan algo” dice hasta hoy. Como calculará usted, Quino solo es sinónimo de amor en mi núcleo íntimo.

Aquel mismo día de la noticia de la partida de Joaquín Salvador Lavado llamé a mi viejo para comunicarle la triste noticia pero ya la sabía. “Mendocino” fue lo primero que me dijo. Lo segundo fue que él lo conoció ya cuando publicaba en la revista argentina Rico Tipo.  Y que cuando el genio llegó a La Paz fue a verlo firmar sus libros. ¿Y lo que más te gusta de todo lo que hizo? “Uy, Mafalda”. ¿Y cuál es tu personaje favorito de Mafalda? preguntó la hija niña que todavía me habita. “Manolito” repondió sin tardar. ¿Por? “Todo es billete para ése”. Y como dice siempre Susanita, es un bestia y eso lo hace doblemente encantador. Manolito es el más sufrido, Don Manolo lo hace laburar durísimo en el almacén. Sin contar la de palizas que lleva, el pobre. Por solidaridad, yo también me quedaré con Manolito. Y con Quino, mi favorito de los favoritos.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A amante: La libélula y la A

/ 13 de septiembre de 2020 / 05:52

Antes de que el Presidente del Directorio de esta casa periodística me proponga, una tarde de octubre de 2010, asumir la dirección de semejante barco delante de una diminuta taza de café, yo tenía y sostenía con puntualidad y esfuerzo una columna quincenal en La Razón: Efecto libélula. Sin duda el nombre se inspiró del “efecto mariposa” según el cual el aleteo de una simple mariposa puede provocar un tifón al otro lado del mundo. El Efecto libélula, al contrario, fue un vuelo apenas perceptible alrededor de la impresionante rotativa en el vientre de la montaña de Auquisamaña. Le tomé cariño al curioso animal: grandes ojos, inofensivo con el ser humano, sin piedad con moscas y mosquitos. En Japón son tan apreciadas como las mariposas o los pequeños pájaros. Con su aire prehistórico, están impresas en las armaduras de los samuráis porque simbolizan el poder, la agilidad y sobre todo la victoria. En China las asocian a la prosperidad, la armonía y la buena suerte. En América son símbolo de felicidad, velocidad y pureza. Pueden copular en pleno vuelo. ¿Cómo resistirse al encanto de la libélula? Sí, tiene sus debilidades, pero nunca como para confundirlas con los Caballitos del diablo, otros insectos que vuelan por la zona y que cazan sus presas cuando éstas no se mueven; muerden (diría que ladran también) pero son totalmente inofensivos. Todos insectos en el gran universo, al final del día.

Desde el 15 de octubre de 2010 dejamos congelado el desapercibido vuelo de nuestra querida libélula; fue cuando acepté el desafío de encarar la dirección de la empresa y mi alada quedó guardada en su papel periódico. Supongo que solo yo la extrañé. Silenció porque asumí que se debía sacrificar lo que se quería decir por “lo que se debía decir” desde la posición editorial de este diario. Y así fue durante una década. Este 2020 vuelvo a ensayar la voz de esta columna. La razón es, cuando no, La Razón.

El motor es compartir posiciones personales; es intentar un aleteo alrededor de lo que no califica para un editorial, es también contar lo que se vive en esta montaña energética, es plantear interpretaciones casadas únicamente con las letras de la firma de esta columna. El ataque a este diario (al propietario Carlos Gill y a quienes desempeñamos funciones de responsabilidad y decisión) ha sido tan entusiasta que me ha invitado a participar del abanico de lecturas sobre La Razón o desde un rincón de La Razón. A unirme al hualaycheo.  

Vamos entonces: el 30 aniversario de este diario ha coincidido con la peor de sus crisis: la tormenta en cámara lenta de los medios impresos del mundo después de la metamorfosis tecnológica; la crisis transversal boliviana postelectoral cuyo brazo político estaba claramente enganchado al económico en todos los rubros de la producción boliviana; la pandemia (ella sí, de enormes alas e implacables dientes). Sena quina. La transformación de La Razón y Extra no esperaba más. Tampoco lo harían sus ya conocidos detractores. Se las jugaron todas: aparecieron cartas de todos los palos: los diamantes afilados de ciertos actores políticos, las espadas de contados periodistas siempre pendientes de este diario, los tréboles de la competencia desleal que sigue buscando su cuarta hoja de la suerte, pero también una que otra carta con un corazón.  Y el corazón fue cabalmente el blanco de las balas textuales, de las acusaciones/sentencias hace años atragantadas en almas adoloridas. Pero el amor es más fuerte. El corazón sobrevive latiendo. Tiene el oficio innato de amar. Es entonces que el Efecto libélula cede el paso a una letra: la A, que a veces habla, muchas veces calla, siempre siente. Es que el amor es más fuerte. La libélula vuela en forma de A y se dibuja La A amante. Es que el amor es más fuerte.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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