Voces

martes 20 oct 2020 | Actualizado a 13:20

Choquehuanca

/ 28 de septiembre de 2020 / 03:02

“Decimos que nuestra lucha va más allá de la democracia en la que hay sometimiento de las mayorías a las minorías, y someter no es vivir bien”, escribió David Choquehuanca en 2007 (revista Asuntos Indígenas – Primer año de presidencia de Evo Morales, Copenhague, Dinamarca), artículo en el que se explaya en conceptos y reflexiones acerca de la mirada aymara sobre el mundo, en la que prevalece la idea de armonización del hombre con la naturaleza y privilegia la lógica de complementariedad por encima del ida y vuelta utilitario de la reciprocidad.

Transcurridos 13 años de dicha reflexión, Choquehuanca es hoy candidato a la vicepresidencia por el Movimiento Al Socialismo (MAS), nominación que para él surgió de la legitimidad que le otorga su militancia y activismo en el Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (IPSP) y que fue aceptada a pesar de que la gran mayoría de las organizaciones lo querían presidenciable, con el razonamiento de que un indígena debía seguir encarando tan grande responsabilidad. Si el excanciller de los gobiernos de Evo Morales hubiera actuado bajo las coordenadas de la lógica occidental en la que se lucha a brazo partido por los espacios de poder, no habría resignado esa promoción al puesto número dos en la lista. Lo hizo porque se concibe como parte de un colectivo humano expresado simbólicamente por la wiphala, bandera de la inclusión, en la que todos tienen el mismo tamaño e importancia, y la unidad debe prevalecer por sobre todas las cosas.

Desacostumbrado al juego mediático, y obligado por su rol de candidato, Choquehuanca, ha comenzado a ejercitar implacables tareas de posicionamiento político, explicitando, en primer lugar, la obligación de Evo Morales a rendir cuentas ante la Justicia y a buscar ayuda profesional en un psicólogo, debido a las acusaciones de estupro y pedofilia que pesan en su contra. Con serenidad quirúrgica, como si se tratara de un especialista experimentado en desempeños de quirófano, ningún militante del MAS-IPSP había cuestionado de manera tan dura y descarnada al líder del llamado Proceso de Cambio. Desde Buenos Aires, Evo decidió hacer mutis por el foro.

Conforme fue aceptando entrevistas en radio y televisión, el exnúmero uno de la política exterior boliviana continuó en su implacable ruta autocrítica: “De 20 reuniones que tenemos, en 19 nos dicen que el entorno de Evo no debe volver, que se cometieron demasiados errores que no debemos repetir”, dijo Choquehuanca, afirmación rematada por su compañero de binomio, Luis Arce Catacora, candidato presidencial que afirmó que si el MAS regresa al gobierno, les extenderá los salvoconductos a los asilados en la Embajada de México, dos de los cuales, Juan Ramón Quintana y Héctor Arce Zaconeta, pertenecen claramente a ese entorno que tendría responsabilidades en algunas decisiones erróneas que desembocaron en el golpe de Estado del 10 de noviembre de 2019.

David sabe que lucha contra Goliat. Que la presión norteamericana es enorme y la gobernabilidad del próximo gobierno depende en gran medida de la reinstalación de la lógica de los acuerdos entre fuerzas representativas que llegarán a la Asamblea Legislativa Plurinacional, y que en ese contexto los subestimados “compañeritos” a los que se tacha de “levantamanos” que nada más atinaban a asentir las órdenes que llegaban desde el Ejecutivo, deberán jugar un rol activo, más allá de las roscas o círculos aúlicos que suelen evitar que los grandes líderes se acerquen a la ventana para mirar el horizonte. Se trataría, y esta vez en serio, de empoderar lo indígena originario campesino en la institucionalidad del país.

Durante los 10 años en que fungió como primer canciller del Estado Plurinacional de Bolivia, Choquehuanca encabezó una tendencia del MAS, por algunos llamada pachamamista, caracterizada no precisamente por una tensión creativa, sino más bien por un asedio que concluyó con una intriga en la que terminó sindicado como aliado, “vendido a los gringos”, versión que en determinado momento Evo habría aceptado como cierta. Concluido abruptamente su tercer mandato, y con una clara diferencia de visiones entre renovadores y nostálgicos que añoran el retorno del caudillo de Orinoca, el MAS-IPSP está cerca de lograr la hazaña electoral de trascender a su líder histórico, certificando que efectivamente se había tratado de un proyecto colectivo capaz de superar los tiempos de un culto a la personalidad que contradice una vocación y un espíritu comunitario, transparentemente expresados en el discurso de su indígena candidato vicepresidencial.

Julio Peñaloza es periodista.

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Persecución política y anticomunismo en los gobiernos del MNR (1952-1964)

Quinta entrega de esta serie en la que se abordan momentos significativos de nuestra historia vinculada a la persecución política. El sometimiento de Paz Estenssoro a las directrices de los gobiernos de Kennedy y Johnson, en los años 60, explica las razones estratégicas que condujeron a imponer políticas represivas de neutralización a la clase trabajadora boliviana, entonces ideológicamente influida por el comunismo que caracterizó la Guerra Fría de la época.

Víctor Paz Estenssoro, jefe del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR).

/ 18 de octubre de 2020 / 09:58

Ya dijimos que Bolivia cuenta con un archivo “oral” y documentación dispersa y desordenada acerca del autoritarismo y la represión política practicados por el MNR en sus 12 años de gobierno en la década del 50 y la primera mitad del 60. Es por ello que hasta aquí he privilegiado los ejemplos concretos vinculados al Control Político al mando de Claudio San Román, los campos de concentración y a las prácticas represivas que incluían métodos de tortura, especialmente practicados contra militantes del conservador partido Falange Socialista Boliviana (FSB), pero las razones de fondo estructurales para que especialmente Víctor Paz Estenssoro terminara prácticamente fagocitado por el gobierno y las políticas estadounidenses encabezadas por los presidentes John Fitzgerald Kennedy y Lyndon Johnson están relacionadas con la conversión del proceso revolucionario iniciado en 1952 hacia lo que se consolidó como un laboratorio en que combinarían esfuerzos “liberales desarrollistas norteamericanos” y “modernizadores autoritarios de América Latina”, como bien lo define el investigador Thomas C.Field Jr., quien afirma de manera rotunda, —producto de una exhaustiva investigación contenida en 16 archivos y 50 entrevistas personales que le permitieron construir una narrativa de historias orales y documentos personales — que “las ideologías tecnocráticas de desarrollo funcionaron como prismas a través de los cuales ambas administraciones libraron una guerra en contra el movimiento obrero boliviano”.

El intervencionismo, la injerencia, el control y la participación activa en aspectos tácticos en la “guerra contra el comunismo en Bolivia” tiene nombres y apellidos: “El embajador Douglas Henderson, el jefe local de la CIA, Larry Sternfield y un agregado aéreo de la embajada, Edward Fox,  dedicaron mucho tiempo a discutir los detalles de la política estadounidense con respecto a Bolivia durante esos tensos años. Sus historias se basaban en lo que el registro documental sugiere: que las administraciones Kennedy y Johnson estaban convencidas de que Paz Estenssoro era la única figura que podía guiar a Bolivia por el camino de la modernización anticomunista y que los funcionarios estadounidenses —a regañadientes en los casos de Sternfield y Fox— fueron forzados a mantenerse al margen, mientras el General Barrientos llevaba adelante la sublevación (noviembre, 1964), afirmación que queda corroborada por ex funcionarios de gobierno y familiares del mismísimo Paz Estenssoro que le achacan toda la responsabilidad para la caída del MNR al citado Cnl. Fox y a la CIA.

Quienes son afectos a la mitificación de personajes públicos en la vida de una sociedad, han omitido con premeditación o por ignorancia que el calificado por la historia oficial “personaje del siglo XX en Bolivia”, Víctor Paz Estenssoro, hipotecó la Revolución de 1952 a la estrategia planetaria estadounidense, enfrascada entonces en la confrontación que caracterizó la guerra fría y la lucha bipolar por el dominio del planeta frente a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). De esta manera, a título de “cooperación para el desarrollo” encomendada a la llamada Alianza para el Progreso y sus Cuerpos de Paz, y a sus distintas agencias de “cooperación”, vigilancia e inteligencia,  el líder movimientista terminó cediendo ante la presión y condicionamientos norteamericanos, dejando de lado una inicial postura de “tercera vía” entre capitalismo y socialismo que hacía a nuestro país un potencial reproductor del proceso revolucionario cubano triunfante en 1959.

En ese contexto, las historias de falangistas perseguidos, encarcelados, torturados o eliminados físicamente, terminan convirtiéndose en telón de fondo de una conflictividad que fundamentalmente estaba centrada en la resistencia popular al gobierno pazestenssorista con fuerte acento ideológico comunista, expresada a través de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) –Siglo XX, Irupata, Catavi, Llallagua, Uncía, Huanuni, Machacamarca, San José— liderada por Federico Escóbar e Irineo Pimentel, “obstáculos para la modernización de Bolivia” que fueron en su momento arrestados y como represalia grupos de mineros retuvieron a cuatro funcionarios de la “cooperación” estadounidense en una sede sindical en la que se encontraba almacenada una gran cantidad de dinamita.

He aquí el meollo de los móviles para la instauración de infraestructura, métodos y operadores paramilitares que hicieron del obsesionado desarrollista Paz Estenssoro, un obediente ejecutor de las directrices estadounidenses en las que el fin justificaba los medios violatorios de los derechos humanos, la pluralidad política, la autodeterminación y la soberanía nacionales. Los norteamericanos querían “una modernidad de clases medias, a fin de prevenir que la región adopte un socialismo obrero campesino”, y es en ese marco que puede comprenderse el postulado de la Alianza de Clases, política e ideológicamente distante de la visión marxista de la Lucha de Clases.

Convertido Bolivia en el segundo país receptor per cápita de ayuda estadounidense en el mundo con un 20% de su PIB, ese pragmatismo intervencionista, una vez que el crecimiento de la incidencia militar en la vida política se haría manifiesto, el gobierno norteamericano no dubitó en otorgarle solución de continuidad al golpismo militar inaugurado en noviembre de 1964, que se extendería hasta principios de la década de los 80 sustentado en las mismas bases de modernización desarrollista y lucha contra el comunismo esbozadas y puestas en práctica a partir de 1960, que hicieron de la República de Bolivia un país sometido a la dependencia y a las decisiones que se tomaban desde afuera sobre su destino con un fuerte costo político-social en  materia de libertades ciudadanas y derechos humanos.

Esta es la lógica de comprensión que debe ayudarnos a entender el porqué profundo y estructural del autoritarismo,  la represión y la violencia política practicadas por los gobiernos del MNR y que tuvo su cúspide en la puesta en vigencia del Plan Triangular con la participación de EEUU, Alemania Occidental y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), signatarios que compartían la visión de que “los sindicatos eran los inequívocos responsables de los problemas de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), cuyo presidente, Guillermo Bedregal Gutiérrez, recibió presiones para una “considerable reducción en el número de trabajadores”, medida que —quienes creen en la mirada cíclica de la historia— se repetiría en 1985, dos décadas y media después, con la dictación del decreto 21060 y el despido masivo de trabajadores mineros eufemísticamente llamado “relocalización” a cargo del mismísimo Paz Estenssoro al inicio de su cuarta gestión presidencial.

El Plan Triangular arrancó con $us 13,5 millones en “asistencia técnica como el primero de tres pagos”. La FSTMB se opuso tenazmente a través del control obrero a este “programa de cooperación”, asunto que se tradujo en severas medidas represivas: El 6 de junio se llevaron a cabo 50 arrestos sin muertos; Bedregal llamó a reunión a su oficina de La Paz, a líderes sindicales y en lugar de recibirlos él, fueron agentes del Control Político que dejaron libres a los dirigentes movimientistas y apresaron a los comunistas y trotskistas, luego enviados a la localidad amazónica de Puerto Villarroel. El líder sindical comunista Simón Reyes no pudo llegar a la reunión, pero con otra emboscada, Bedregal, preocupado por la “terrible reacción en las minas”, aparentó simpatía con Reyes para invitarlo al Palacio de Gobierno, lo que significó que el dirigente minero fuera también arrestado y embarcado en un avión junto a estudiantes universitarios y profesores.     

“Complot comunista”, dijo Paz Estenssoro para justificar la puesta en vigencia de un Estado de Sitio que facilitó el aislamiento e incomunicación de “cincuenta comunistas bolivianos” con las milicias campesinas movimientistas que coreaban en las calles “abajo el comunismo”:  Ejemplos como estos campean en los casi cuatro años del tercer gobierno pazestenssorista finalmente derrocado por su vicepresidente, el Gral. Barrientos  y solamente la palabra de un economista de USAID, Melvin Burke, que trabajaba en el Plan Triangular, comparte el criterio de los mineros, afirmando en carta de renuncia elevada a sus superiores que “USAID no tiene nada que ver ni con la economía, ni con el desarrollo de Bolivia”, que según el funcionario “el Plan (Triangular) era un Caballo de Troya que no tenía ninguna base económica excepto destrozar al sindicato comunista”, reivindicando la validez de lo planteado por los mineros “por haber luchado contra la supuesta eliminación de los mineros superfluos”. El mismo Burke, en un estudio realizado en años posteriores, escribió que la COMIBOL usaba una contabilidad “creativa” que alteraba datos de ganancias y pérdidas reales a su antojo, pretexto para racionalizar o dicho de manera más cruda, despedir trabajadores de la empresa. Y aquí va la clave de todo el análisis que hace Burke: “El Plan Triangular era una fachada que escondía un encubierto objetivo político, consistente en destruir el sindicato de trabajadores y revertir la nacionalización de la industria minera boliviana”.

Una conquista revolucionaria era así perforada por uno de los autores principales que la había gestado, con el gravísimo añadido de una campante corrupción: “El gobierno corrompió a los líderes afiliados al MNR de San José, en las afueras de Oruro con 400 chamarras americanas y 500 mil pesos”, que había ofrecido la liberación de los comunistas detenidos con excepción de Federico Escóbar e Irineo Pimentel.

Hasta la orden religiosa católica de los Oblatos se convirtió en instrumento de persecución de mineros con filiación comunista y el Comité de Amas de Casa, alineado con el Partido Comunista de Bolivia (PCB), pidió a Paz Estenssoro la liberación de sus esposos, movilización en que perdió la vida la huelguista Manuela de Sejas, fallecida poco antes de que finalmente Paz Estenssoro aceptara liberar a los prisioneros. Un poema escrito en homenaje a esta luchadora resume la ira que provocó el Plan Triangular, especialmente en los mineros de Siglo XX: “Fuiste a las huelgas de hambre rumbo a La Paz/llegaste a las puertas de COMIBOL/ gases lacrimógenos llegaron a tus hijos de los agentes pagados con el dólar de los yanquis Manuela de Sejas/ mujer valiente sin igual/ ofrendaste tu vida por la clase trabajadora/ luchaste junto a tu marido contra el Plan Triangular, oponiéndote contra la masacre blanca…/ Adelante compañeras!/ hasta la liberación de un pueblo oprimido por los capitalistas norteamericanos/tiranos, masacradores, perros asesinos./Algún día caerán en el fango de un precipicio sin final.”

En el tensionante marco de la Guerra Fría, los funcionarios estadounidenses comparaban a nuestro país “con alguien desnutrido, mal vestido, sin vivienda apropiada y expuesto a la tuberculosis”  y creían que la única forma de inmunizar al paciente de la enfermedad (el comunismo) era hacer cuanto fuera posible para evitar la intervención soviética en los asuntos internos de Bolivia.”

“Parece que cuanto más de cerca estudian los historiadores la política exterior del presidente Kennedy en distintos países, más se revela su autoritarismo. Los objetivos políticos impulsaron a la Alianza para el Progreso desde sus inicios y el fuerte sesgo ideológico de la administración simplemente exageró y radicalizó el nivel de intervención de Washington. En Bolivia, el tan anunciado programa de Kennedy trajo consigo una profunda implicación de EE.UU. en casi todos los aspectos de la vida social, política y económica. Basándose en el viejo paradigma del desarrollo autoritario del Presidente Paz Estenssoro, los desarrollistas estadounidenses tomaron las minas nacionalizadas como lógico punto de partida y adoptaron un autoritario plan de rehabilitación de la minería, redactado en gran parte por los propios bolivianos. Sin embargo, la resistencia de los mineros que no comulgaban con el MNR fue firme e inmediata, lo que obligó a la Alianza para el Progreso a apoyarse directamente en la represión política. Alentados por la aparente determinación de Paz Estenssoro, los desarrollistas estadounidenses colmaron al gobierno boliviano de asistencia policial, militar y económica, secundando de buena gana la batalla estratégica de Washington contra el comunismo en el corazón de América del Sur.”: La cita precedente registra una perfecta síntesis de la relación causal entre injerencia y las violaciones a los derechos humanos a cargo de los Estados Unidos de América en Bolivia.

(Datos de investigación de archivo personal y en ‘Minas, balas y gringos – Bolivia y la Alianza para el Progreso en la era de Kennedy’, de Thomas C. Field Jr.)

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Persecución contra los mineros, vanguardia obrera de Bolivia

La imagen de Paz Estenssoro de los años 80 conservó parte de un perfil autoritario y violento, reprimiendo sin contemplaciones la llamada “Marcha por la vida” y confinando a dirigentes políticos y sindicales.

Víctor Paz Estenssoro, junto mineros tras la Revolución de 1952. Foto: Biblioteca Vicepresidencia

/ 11 de octubre de 2020 / 08:56

El Secretario Ejecutivo de Falange Socialista Boliviana (FSB), Sergio Portugal Jofré (junio, 2001) publicó un documento que con el título Bolivia engrandecida y renovada da cuenta detallada de aspectos que caracterizaron las violaciones a los derechos humanos cometidas durante los gobiernos del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) entre 1952 y 1964: Inicio de la persecución. Gobiernos promotores de la represión política. Asesoramiento de elementos extranjeros para la represión. Violaciones de los derechos humanos. Violación de los derechos constitucionales, que prohíben la proscripción por motivos políticos. Confiscaciones de bienes, robo a los detenidos, allanamientos de morada. Víctimas de la represión. Control Político. Autores de represión y torturas. Algunos métodos de tortura utilizados. Campos de concentración. Algunos casos sobresalientes de persecución. Gran redada del 15 de abril de 1955. La primera “Marcha del hambre” de 1956, en el mundo. El primer secuestro aéreo en la historia del mundo. Violación de la autonomía universitaria. Ataques contra Santa Cruz. Primera invasión de Santa Cruz. Matanza de Terebinto y Poza de Las Liras. Matanza de Cuartel “Sucre” y asesinato de Oscar Unzaga de la Vega.

En dicho contexto, Claudio San Román y Luis Gayán Contador fueron los mastines de la peor cara del proceso político asentado en la legitimidad de sus transformaciones ciudadanas y sociales con el respaldo de milicianos y barzolas, algo así como los paramilitares de los períodos de facto que emergerían progresivamente después, con la llegada de René Barrientos Ortuño al poder, el 4 de noviembre de 1964, iniciando casi dos décadas de gobiernos militares dictatoriales.

La imagen actualizada que tenemos de Paz Estenssoro y Siles Zuazo nos remite a la de un líder que terminó convirtiéndose en el iniciador de la era neoliberal en democracia (1985) y a la del segundo jefe movimientista pactando a través de la llamada Unidad Democrátrica Popular (UDP, 1982) con la izquierda representada por su propio partido, el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda (MNRI), uno de los tantos desprendimientos del partido revolucionario original, junto con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Partido Comunista de Bolivia (PCB), y convirtiéndose en el vehiculador del complejo tránsito de las dictaduras hacia el ejercicio de una democracia plena y plural con los espectros de la violencia política ahuyentados, vaya paradoja, por el desgobierno y la ingobernabilidad que derivó en una feroz hiperinflación que obligó a un adelantamiento de elecciones para 1985.

La imagen de Paz Estenssoro de los años 80 conservó parte de un perfil autoritario y violento, reprimiendo sin contemplaciones la llamada “Marcha por la vida” y  confinando a dirigentes políticos y sindicales a la localidad de Puerto Rico, departamento de Pando, tal como hiciera en décadas pasadas en que puso en funcionamiento los campos de concentración descritos en esta investigación, para aplicar con la vía despejada el decreto 21060, mientras que la de Siles Zuazo sería la del líder bonachón y condescendiente que todo lo permitía, incluído el desgobierno generado por la Central Obrera Boliviana (COB) encabezada por el mítico y también movimientista de origen político, Juan Lechín Oquendo, perteneciente al ala de izquierda del MNR y en su momento candidato a la vicepresidencia junto al pragmático Paz Estenssoro. Ese “Doctor Siles” nada tenía que ver con aquél que alentó la reapertura de esos mismos campos de concentración y acciones persecutorias y represivas contra sus adversarios de los años 50 y 60.

Como hemos podido leer, los Estados Unidos de América fue un aliado fundamental de esta que podríamos llamar “Revolución vigilada” —y por lo tanto no considerarla una auténtica Revolución en el sentido pleno de la palabra—, a través del financiamiento de la represión e incluso la formación técnico profesional de San Román en el mismísimo corazón del tan cinematográfico FBI, algo así como un Ministerio Público con licencia para emplear todos los métodos que fueran necesarios para neutralizar delincuentes y enemigos políticos del sistema, no importando los grados de violación a los Derechos Humanos a los que pudieran atreverse.

Los Estados Unidos, a través de su embajador Douglas Henderson (1963-1968), llegaron al extremo de pertrechar de armamento a las milicias organizadas y dirigidas por el propio San Román con la presencia de la CIA, de USAID, de la Alianza Para el Progreso, agencias que monitorearon y respaldaron el proceso político de entonces que ingresó en fase de crisis terminal cuando las Fuerzas Armadas irrumpirían en acción a la cabeza del Gral. René Barrientos Ortuño.

Thomas C. Field Jr. registra en cuerpo, alma y esqueleto, la sujeción de los gobiernos movimientistas a los Estados Unidos en su extraordinaria investigación Minas, balas y gringos – Bolivia y la Alianza para el Progreso en la era de Kennedy (2014):

“Con un fuerte apoyo de Washington, el presidente Víctor Paz Estenssoro se empeñó en arrastrar a Bolivia hacia su visión de modernidad. Su enfoque autoritario del desarrollo estaba alimentando la rápida militarización del campo boliviano (zonas rurales), y las Fuerzas Armadas habían sido desplegadas contra los mineros recalcitrantes. Descritos por modernizadores en La Paz y Washington como obstáculos para el progreso económico, los izquierdistas abandonaron en masa al Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) de manera tal que el partido revolucionario se atrofió hasta convertirse en el reducto de tecnócratas del desarrollo y oficiales militares. Mientras Paz Estenssoro comenzaba su tercer mandato discutible desde un punto de vista constitucional, cambiando la constitución para habilitarse a una nueva reelección durante un Estado de Sitio con el apoyo de Lechín (nota de investigación periodística)— los mineros de izquierda y las guerrillas de derecha luchaban para derrocarlo. La izquierda boliviana había sido finalmente empujada a un incómodo acercamiento con los eternos enemigos de derecha del MNR, alejada por el reciente anticomunismo de Paz Estenssoro, por un trato autoritario con los obreros y por su descarada alianza con los Estados Unidos. A pesar de todo, la administración Johnson (Lyndon/ 1963 -1969) nunca se apartó de un enfoque favorable al MNR que su predecesor había asumido, incluso cuando Paz Estenssoro enfrentó una amplia insurrección popular. Hacia mediados de 1964, el régimen del MNR operaba exclusivamente a gusto y antojo de las Fuerzas Armadas, y el desarrollo impulsado  por los militares amenazaba con asumir un significado más literal.”  

“Con el inquebrantable apoyo de la liberal Alianza para el Progreso –nota de investigación periodística: dedicada entre otras tareas al control de la natalidad y a la esterilización de mujeres campesinas en las áreas rurales, a través de los llamados Cuerpos de Paz–, el Presidente Victor Paz procedió a crear un Estado autoritario orientado al desarrollo, dedicado a la transformación de Bolivia según su visión de una nación moderna. Las conspiraciones de izquierda y de derecha contra su gobierno fueron numerosas a mediados de 1964, pero el asediado reformador sobrevivió, en gran parte gracias a la férrea resistencia de la administración (Lyndon) Johnson (Presidente de los Estados Unidos, sucesor de Kennedy, luego de su asesinato)  a un golpe militar. Sin embargo la implacable presión estadounidense para que el régimen de Paz Estenssoro rompa las relaciones diplomáticas con Cuba equivalía a echar por tierra el maquiavélico modus vivendi del líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) con el comunismo interno. A medida que más facciones de la izquierda se sumaban a la conspiración contra Paz Estenssoro, los líderes militares del país hicieron oídos sordos, con mayor frecuencia, a las recomendaciones de Washington. Frente a una sociedad cercana a la rebelión total, los generales del presidente finalmente se echaron para atrás. Antes que dirigir sus armas contra sus compatriotas en nombre del desarrollo, el Alto Mando militar forzó a Paz Estenssoro a dimitir a principios de noviembre de 1964. Decenas e intrincadas conspiraciones habían fracasado en su intento de derribar al MNR a lo largo de sus doce años en el poder. Para los autoproclamados nacionalistas revolucionarios del país, resultaba una cruel ironía ser derrocados mediante un confuso y azaroso golpe, puesto en marcha por uno de los suyos, el general René Barrientos. “

Todo pasa (La impunidad y la cultura política boliviana)

Sin juicios de responsabilidades, sin investigaciones concluyentes, sin la conformación de comisiones de la Verdad para todas las épocas, se ha construido la cultura política boliviana inaugurada a mitad del siglo XX, con la irrupción de la Revolución de 1952, que ha transitado por las rutas del “todo pasa”, de la impunidad y sin el debido esclarecimiento de asesinatos políticos, conculcación de derechos ciudadanos, y violaciones a los derechos humanos relacionadas con la libertad política, de pensamiento y expresión.

Hay un elemento fundamental en nuestra historia del poder, relacionada con los pactos partidarios que suele contribuir a extender dichos mantos de impunidad nunca más descorridos. Así sucedió con la conformación del Frente Popular Nacionalista (FPN)  creado por el entonces Coronel Hugo Banzer Suárez, instalado en la presidencia de la República, luego de derrocar al Gral. Juan José Torres Gonzáles a través de un cruento golpe de Estado (19-21 de agosto de 1971), que tuvo la capacidad de juntar al Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y a Falange Socialista Boliviana (FSB) bajo las directrices de las Fuerzas Armadas de la Nación para conformar un gobierno “anticomunista”, con claridad acerca de lo que la estrategia norteamericana de entonces llamaba el “enemigo interno”, alentada doctrinalmente desde la llamada Escuela de las Américas por la que Banzer pasó en su trayectoria de formación militar que es definida de la siguiente manera por el periodista Mariano Vázquez: “Establecida en 1946 en Panamá, allí se formaron 61.000 militares latinoamericanos de 23 países en técnicas de contrainsurgencia, tortura, infiltración, espionaje y persecución de opositores. El aprendizaje que recibieron lo utilizaron para sumir a la región en su hora más oscura. El Terrorismo de Estado y la Doctrina de Seguridad Nacional fueron implementados por las dictaduras utilizando la desaparición forzada como método.” 

De esta manera, quedaba extinguido para siempre el legítimo reclamo por justicia de parte de falangistas contra movimientistas, por la memoria contra el autoritarismo y la instauración del terrorismo de Estado ejercido en los 50 y parte de los 60 durante los doce años de gobierno de la llamada Revolución Nacional.  Podría asumirse como una especie de síndrome de Estocolmo con víctimas finalmente enamoradas de sus victimadores de ayer, con las que llegan finalmente a un acuerdo con el propósito de gozar del ejercicio del poder, no importando cuanto de tragedia y escombros humanos hayan quedado atrás. Esta es la interpretación que suele no encararse a la hora de preguntarnos por qué los crímenes políticos a cargo del movimientismo de Paz Estenssoro y Siles Zuazo quedaron en la impunidad, y no sólo eso, por qué luego de superada la etapa de las dictaduras militares regresaron para gobernar sin que se revisaran y procesaran trayectorias o prontuarios políticos, erigiendo a Siles Zuazo, como ya dijimos, como el paladín de la restauración democrática con todas las libertades vigentes que ello implicaba, y a Paz Estenssoro como el salvador de la patria, recuperándola de la debacle económica sustentado en el Consenso de Washington, en gran medida provocada por la ineptitud gubernamental de la UDP que reinauguró el Estado de Derecho el 10 de octubre de 1982.

Hay que concebir al MNR, a FSB y a las FF.AA. de la nación como un triángulo de articulación del proyecto de poder de los 70 más tarde reproducido con el Pacto por la Democracia firmado en 1985 por Banzer y Paz Estenssoro, jefes de partidos políticos inscritos en el Estado de Derecho, y por supuesto que con la conformación del Acuerdo Patriótico (AP) en el que el ya General, Banzer, con su partido Acción Democrática Nacionalista (ADN) cerró un acuerdo con Jaime Paz Zamora del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), organización política nacida en la clandestinidad y perseguida por las dictaduras encabezadas por el propio Banzer que logró la “hazaña” de producir un “entendimiento” político en dos momentos distintos: Primero con el MNR y FSB entre 1971 y 1974, y ya en democracia entre su propio partido ADN con el MIR para cogobernar entre 1989 y 1993.

De esta manera, a través de episodios histórico-políticos rocambolescos, la impunidad en el ejercicio de la violencia política en Bolivia sigue intacta, aunque la Revolución del 52 exija continuamente revisionismo histórico para relativizar su importancia transformadora, debido, precisamente, a su falta de autenticidad, a partir de la dependencia del gobierno boliviano a los designios imperiales, de la gran corrupción que es capaz de generar un proyecto político hegemónico y de la violencia política, y por lo tanto el autoritarismo que debiera desactivar legitimidad, pero que con la fuerza de un poder mayoritario termina imponiéndose y permitiendo una narrativa oficial, encargada de esconder o invisibilizar las grandes sombras que ayudan a dimensionar la importancia de su gravitación política, económica, social y cultural con exactitud.

Memoria y justicia, son los elementos y valores centrales que terminan siendo subsumidos —desaparecidos— y que ponen en evidencia ese Todo pasa, que sirve para consagrar el olvido y la infamia.

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Una transición espuria

/ 10 de octubre de 2020 / 02:57

Los artículos 169 y 170 de la Constitución Política del Estado, vigente por voluntad popular expresada en las urnas en 2009, dice claramente que la sucesión constitucional en caso de impedimento o ausencia definitiva pasa del Presidente del Estado al Vicepresidente, de éste al Presidente del Senado y llega en última instancia al Presidente de la Cámara de Diputados, quien quedará obligado a convocar a nuevas elecciones generales en un plazo de 90 días. En la Constitución de 1967, la sucesión se extendía hasta el Presidente de la Corte Suprema de Justicia y, por ello, en 2005, Eduardo Rodríguez Veltzé fue posesionado como Presidente de la República encargado de la transición hacia nuevas elecciones.

En el capítulo tercero del Reglamento General de la Cámara de Senadores, artículo 35, segundo parágrafo se lee el procedimiento con que se conforma la directiva: Por la bancada mayoritaria, Presidente, Primera Vicepresidencia, Primera y Tercera Secretaría; y por la bancada minoritaria, Segunda Vicepresidencia y Segunda Secretaría.

Cuando el 14 de agosto de 2018, José Alberto Gonzáles renunció a la presidencia del Senado, no asumió el cargo la Vicepresidenta (Lineth Guzmán), precisamente porque la norma señala que en situaciones excepcionales como ésta, correspondía elegir al remplazante que debía surgir de la bancada mayoritaria —la del MAS— y no de otra manera, y en consecuencia fue nombrado Milton Barón, que hasta ese momento no formaba parte de la directiva. Similar procedimiento debió haberse aplicado al día siguiente de la renuncia de Evo Morales, Álvaro García Linera y la también renunciante presidenta del Senado, Adriana Salvatierra, para que de esa nueva directiva surgiera la transición que debería encarar el llamamiento a nuevas elecciones, y en última instancia llegar hasta la Presidencia de la Cámara de Diputados.

La senadora Jeanine Áñez era segunda vicepresidenta del Senado como representante de la bancada minoritaria de la directiva, y ni siquiera buscando bajo las alfombras de la más sofisticada institucionalidad o buceando en las aguas más profundas encontraremos que en esa condición quedaba habilitada para asumir la Presidencia del Estado Plurinacional de Bolivia: Los artículos 169 y 170 de la CPE son concluyentes en ese sentido. Los acontecimientos de movilización y violencia se desataron entre el 10 y el 12 de noviembre de 2019 de manera tan vertiginosa y burda, que la representante beniana del Movimiento Demócrata Social (Demócratas), jefaturizado por el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, juro como Presidenta sin el quórum correspondiente, investida con la banda presidencial por un oficial del Ejército con uniforme de camuflaje.

Los pragmáticos y quienes se pasan por el forro todo código de decencia y ética con observancia de las reglas de juego constitucionales, dirán que la política va por delante de las leyes, y que en la turbulencia que vivía el país en esas horas, había que buscarle una salida a la crisis fundamentalmente desatada por el imperdonable error cometido por Evo Morales al haber instruido a Adriana Salvatierra a renunciar a la presidencia del Senado. Dicen las malas lenguas que el cálculo estaba basado en el golpe asestado contra Hugo Chávez en Venezuela en 2002, que en cuestión de 72 horas logró recuperar el poder.

De ahí en más, lo que nos llegó no fue un gobierno provisional que se convirtiera en árbitro equidistante de quienes serían actores del nuevo proceso electoral previsto para 2020. La llegada del coronavirus, la fobia y la sed de revancha contra el Movimiento Al Socialismo (MAS), un fuerte acento en tareas represivas violatorias de los derechos humanos y en persecuciones político judiciales, más la decisión de convertir a la Presidenta en candidata y las varias trastadas relacionadas con actos de corrupción, condujeron al Gobierno, principalmente administrado por su Ministro de Gobierno, a acelerar su desgaste en tiempo récord, al extremo de haberse desplomado en las encuestas que dieron lugar a la determinación de bajar a la señora Añez de la candidatura presidencial.

Como para que no hayan dudas de la autodestrucción de la que fue capaz este gobierno espurio, su principal referente, candidato a la presidencia en 2019, Óscar Ortíz, decidió renunciar al Ministerio de Economía y Finanzas, por profundas diferencias con el que hasta entonces había sido su principal compañero de ruta, Arturo Murillo, que en 2018 dejó el partido de Samuel Doria Medina (Unidad Nacional) para abrazarse con los Demócratas cruceños.

Para cerrar este recuento hay que quedarse con la inolvidable frase del candidato presidencial de Comunidad Ciudadana (CC) en enero de este año: “La tesis del golpe de Estado se basa en la idea de que quien lo dio, usa la sucesión constitucional como una excusa para hacer realidad su verdadera intención: apropiarse del gobierno en el largo plazo como quien se apropia de un botín.” (Una decisión equivocada, 26 de enero de 2020, carlosdmesa.com).

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La casa de la represión en la Revolución de 1952

Para San Román tener las cárceles llenas era una de sus mayores satisfacciones y solía enfadarse cuando no tenía carne para torturar.

Campesinos armados en la Revolución de 1952. Foto: Archivo Vicepresidencia

/ 4 de octubre de 2020 / 10:45

Koatravel es un blog en el que se pueden encontrar textos relacionados con asuntos de la  vida pública de Bolivia, perdidos con el transcurso del tiempo. El responsable y autor de este interesantísimo espacio,  Freddy Céspedes Espinoza, es un especialista en turismo y luego graduado en comunicación de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). En el referido blog a su cargo figura, incluso, un testimonio del que fuera chofer de Victor Paz Estenssoro en los años 50, Luis Sánchez Vargas.

Luego de leer su relato acerca de la céntrica casa en la que se encontraba el Control Político dirigido  por Claudio San Román, fui en su búsqueda para que me autorizara publicarlo, con ajustes de edición para esta serie de artículos sobre la persecución política . En nuestra conversación, Céspedes me refirió que en esa transformadora y turbulenta época para Bolivia, se quemaban libros que no eran del agrado del régimen movimientista, y que con los años, logró organizar una pequeña biblioteca referida a la persecución y a la violencia política. Él está convencido que los bolivianos dedicados a la política se pasan la vida persiguiéndose unos a otros, ajustando cuentas, echando mano de algo así como un catálogo del rencor y la revancha.

La tenebrosa casona de Claudio San Román

Cae la noche y un constante aguacero detiene mi marcha por la Calle Potosí y Yanacocha en La Paz, allí sigue en pie una maciza casona republicana, con ventanales opacos de principios del siglo XX y vetustos balcones que cuelgan peligrosamente hacia la calle. Pareciera que este edificio, nunca hubiera tenido color, que nadie sintió apego ni atracción por ella. Siempre lució igual, desprovista de nobles sentimientos.

 Ingreso a la casona y continúa la lluvia con un viento que me estremece  por  los fuertes truenos que  sacuden la cordillera y  se amplifican en la  profundidad de la ciudad. Cada rayo ilumina La Paz,  menos a esta casa, herméticamente cerrada por sus cuatro lados, prisionera de los gritos internos.

Me deslizo por un zaguán  que conecta  al  patio casi cuadrado; observo las habitaciones de la planta baja y levanto la cabeza con temor  hacia el  primer  y segundo pisos que mantienen sus corredores y balcones de hierro forjado que permanecen fríos, sólidos y apáticos ante mi presencia.

Estoy en la casa más abominable del pasado movimientista, imagino en cada espacio un murmullo  inusual de  gente que corre por sus escaleras, escucho los disparos aislados de la lejanía y  duele  imaginar a tanta gente asustada que  ingresa  a ella por razones políticas. Han sido capturados.

Me doy  un respiro profundo, cierro los ojos y los vuelvo a abrir. Están enfrente mío, bien alineados,  los agentes del Control Político del MNR que tenía las ventanas cubiertas de madera para evitar que se escucharan los gritos de los torturados. En medio del patio se encuentra un hombre muy moreno, algunos lo tildan de Negro,  cuello grueso y robusto, casi calvo que con su voz estremece todo el ambiente y arenga a sus subordinados con palabras durísimas de tinte cuarteril. Se encuentran también, Luis Gayán Contador, antiguo mercenario chileno que sirvió en la Guerra del Chaco y segundo en la jerarquía, y Ademar Menacho, ex falangista,  obeso pero fuerte como un oso, y aburrido de la arenga del jefe Claudio San Román. Luego observo a Jorge Orozco Lorenzety, René Gallardo Sempértegui, Oscar Arano Peredo, Mario Zuleta,  José Soria Galvarro, Raúl Gomez, Andrés Herbas Ramallo y otros que conformaban ese grupo de agentes y milicianos a las órdenes de San Román.

Se trata del aparato de represión mejor organizado en la Bolivia de los años 50-60, dejando muy atrás a otros que existieron en nuestra historia,  fueran democráticos o  dictatoriales,  y que les permitió a varios presidentes respirar por más tiempo en el poder.

El jefe es el ya citado Claudio San Román,  entrenado por el Federal Bureau of Investigatión (FBI) de los Estados Unidos de América  en técnicas de persecución humana, con vocación para martirizar  y castigar con  violencia  extrema a los falangistas, enemigos políticos del régimen. Fue el creador  de la policía política organizada en Bolivia y supo fusionar técnicas de tortura  de la Cheka  rusa y la Gestapo alemana. Bajo su dirección se modernizaron los sistemas de  control  de   archivos de seguimiento, ficheros para el manejo de la información  precisa  de cada ciudadano, de asociaciones, sindicatos, empresarios, comerciantes  o cualquier militante del partido (MNR)  y de la oposición. Nadie se salvaba. Todo estaba perfectamente registrado y con un presupuesto altísimo que erogaba el Estado a través  del ítem “Gastos Reservados”.

San Román y el Control Político recibían directamente fondos asignados en el presupuesto General de la Nación, además de otras sumas extraordinarias que la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) debía entregar cuando se presentaba alguna emergencia.

 Llenar de presos las cárceles

 Para San Román tener las cárceles llenas era una de sus mayores satisfacciones y solía enfadarse cuando no tenía carne para torturar. Increpaba a sus esbirros, amenazándolos, para que cuando regresara de sus “diligencias”, pudiera encontrar unos cuantos dientes esparcidos en el piso.

 A mayor cantidad de  presos, mayor era el presupuesto. Las sumas que manejaba San Román eran significativas. Basta anotar que en 1964 se asignaron al capítulo de Gastos Reservados, 232 millones de bolivianos —íntegramente administrados por San Román— a los que hay que agregar  52 millones que recibía para pago de sueldos mensuales a los milicianos, 3500 dólares mensuales de entonces que nunca tuvieron explicación acerca de su destino y otros mil dólares más, también mensuales, que se le entregaba directamente por orden expresa del Presidente de la República.

Volvamos al patio de la Casona: Todos los que estaban formados, habían recibido entrenamiento en violación de correspondencia, escuchas telefónicas, seguimiento personalizado constante, técnicas de tortura sofisticadas y  criollas con el único fin de proteger al  Estado del MNR. Además todos habían regresado de la guerra del Chaco  y disfrutaban disparar armas de fuego, cualquiera fuera el motivo.

La planta baja estaba íntegramente destinada a las celdas para los presos, existiendo en una de ellas un recinto subterráneo destinado al castigo de los detenidos que, por su estado de salud, ya no podían soportar tormentos más violentos.

El segundo piso albergaba algunas oficinas y algunas celdas, pero estaba principalmente destinado a las salas de tortura, como la llamada cámara de gases en la que eran encerrados aquellos elementos que se resistían a revelar sus presuntos secretos. Allí se utilizaban gases lacrimógenos, gases fétidos, gases vomitivos, hasta gases que provocaban carcajadas que destrozaban el sistema nervioso,  que  desesperan  y martirizan a la víctima, llegando inclusive hasta a enfermarla gravemente.

En otra sala de regulares proporciones, habían sido instalados varios aparatos destinados al castigo de los detenidos rebeldes o reacios a contestar adecuadamente las preguntas que se les hacían. El potro del tormento, por ejemplo, era una máquina conocida desde el medioevo para atormentar a los presos; el  “chanchito”, cuyas horribles consecuencias eran heridas de vidrio roto en el pecho y en la cara de la víctima; las “roldanas” que se aplicaban atando al detenido de los pies y estirándolo mediante un fierro  que era pasado por debajo de los brazos, utilizando un sistema de cadenas. Con estos tres sistemas de tortura se obtenían generalmente los resultados pretendidos, pues a cualquiera le resulta en extremo difícil soportar por mucho tiempo los agudos dolores que su aplicación provoca. Existía además un cuarto especial, conocido  como el” Cuartito Azul”, que estaba revestido de cemento, para “bañar” al preso que se desmayaba o que evidentemente no podía soportar castigos peores, al que se baldeaba intermitentemente y se dejaba  toda la noche desnudo o semidesnudo en el  cuartucho con agua hasta cierta altura.

Finalmente, el tercer piso estaba destinado a almacenar y revisar toda la correspondencia que se sustraía de correos, así como todos los libros y folletos calificados como propaganda comunista o falangista por el experto español Francisco Lluch Urbano. Las cartas eran secuestradas en valijas de las dependencias postales. Había en este piso, igualmente, un corredor que aparentemente servía para las prácticas de tiro de los agentes del Control Político, pero que con mucha frecuencia era ocupado para simular fusilamientos, causando en las víctimas, graves alteraciones nerviosas y psíquicas.

El Control Político inició sus actividades en 1953 con un total de 150 agentes, que paulatinamente fueron en aumento hasta llegar en 1964 a 600 aproximadamente sólo en La Paz, y sin contar confidentes, y soplones que no ganaban  sueldos, aunque sí recibían jugosas comisiones: prostitutas, peluqueros, lustrabotas,  taxistas y otros,  por ser ellos,  los escuchas  y delatores  de potenciales enemigos del gobierno.

“Señor Gayán, cayó un falangista” (Testimonio de Hernán Landívar Flores)

“A las 11 de aquel mismo día, yo, Hernán Landivar Flores, fuí sacado de mi celda y llevado ante Gayán.  Al ingresar a su oficina lo encontré sentado detrás de su escritorio. Inmediatamente me di cuenta,  con solo mirarlo, que la leyenda de  terror que sobre él corría en el pueblo boliviano era cierta. Al primer golpe de vista uno comprendía estar ante un degenerado. Era sencillamente repulsivo. Con un ojo desviado, la mirada fría que se fijaba en uno, lo hacía aparecer como un poseído. Al levantarse de su asiento su figura  me pareció grotesca.”

“Hombre corpulento de más de un metro con 80 centímetros y cien o más kilos de peso. Sus ojos tenían una aureola roja de un habitual aficionado al alcohol. Su tufo era asqueroso y emanaba de su cuerpo un olor repugnante. Tenía colgado del cuello un tirante especial del cuál pendía una cachiporra de goma con la punta emplomada”.

“El chileno Luis Gayán Contador fue contratado por la llamada Revolución Nacional para torturar a los bolivianos, con  pésimos antecedentes, fichado en su propia patria por robos y crímenes y dado de baja del Cuerpo de Carabineros de su país”.

 —“¿Niega usted ser amigo del señor Unzaga?”

—“No, no niego, soy su amigo y lo estimo muchísimo, pero no sé dónde se encuentra”.

“Luego Gayán suavizó la voz , se sentó y me dijo: El presidente  Paz Estenssoro es magnánimo y le promete que olvidará sus trajines subversivos si usted  nos indica dónde se encuentra el señor Unzaga y Ambrosio García . Le daremos un cargo en el Consulado de Bolivia en Buenos Aires y dos millones de bolivianos. ¿Acepta usted? No pierda esta ocasión que es la única salvación que le queda. Piense en su mujer y sus hijos…Pueden quedar sin padre!”

—“Me es imposible indicarle el domicilio del Señor Unzaga o el de García  porque no sé dónde viven. Nadie puede confesar lo que no sabe. Además aun cuando lo supiera no se lo diría, pues no nací delator”.

“Gayán saltó de su asiento y se lanzó sobre mí . Caí al suelo por supuesto al recibir el impacto de semejante mole. Traté de levantarme  y no lo conseguí. Me dio un pisotón en el estómago y quedé desmayado.  Volví en mí al recibir un chorro de agua fría en la cara. Cuando trataba de incorporarme, Gayán se echó sobre mí, puso sus rodillas sobre mi vientre  y con sus dos manazas asquerosas me tomó de la cabeza  y comenzó a golpearla contra el suelo. Pensé que no resistiría  un minuto más. Luego con una brutalidad increíble introdujo sus dedos pulgares en mis ojos que iba oprimiendo lenta y despiadadamente.”

“Yo no veía estrellas, veía venir la muerte, sentía un sudor frío y un desvanecimiento que  me iba anestesiando el alma. El dolor era desesperante, el torturador no cesaba de preguntar “Dónde está el señor Unzaga, Unzaga, Unzaga, dónde está? Y me arrojaba a las narices su hedor y su saliva.”

“Cuando me recupere del desmayo, me encontraba completamente desnudo y con las manos atadas. Gayan estaba solo y me contemplaba con mirada siniestra. Luego tomó unos aparatos que no alcancé a precisar, pero que parecían castañuelas, me agarró con ellos los testículos y me los fue oprimiendo poco a poco, brutalmente. Fue terrible aquello. Nunca había sufrido dolor más grande. Me retorcía, me desmayaba, volvía a recuperar  el sentido para seguir sufriendo la misma tortura y escuchar las mismas inquisiciones : “¿Dónde está Unzaga… Unzaga, y al final García…García?”.

“Sus palabras ya no tenían sentido para mí. Saciado ya de haberme torturado y sin haber conseguido la delación que perseguía,  Gayán volvió a llamar a sus ayudantes y les ordenó: “ Llévenlo al Panóptico y si no habla mátenlo” y dirigiéndose  a su principal secuaz Jorge Rioja, le dijo: “ Tú me respondes de este carajo”. Las torturas continuaron en el Panóptico…

¿Quién fue Claudio San Román?

Nació en el Valle de Carasa, hoy Santiváñez,  en el departamento de Cochabamba. Su niñez fue oscura y fue criado por un tío que de acuerdo a las fuentes, lo ocupaba para hacer mandados y cargar pesados bultos del mercado. De una infancia vacía  de amor,  ya joven, con la necesidad de independizarse de su duro pasado, llegó a La Paz y se enroló  en la Escuela de Clases del Ejército, que entonces se encontraba en la zona de San Jorge.

Partió como cabo  al Chaco, volvió  con el grado de sargento  reenganchado en el Ejército. Nada promisorio  en su ascenso y como militar de baja graduación, tuvo que dar  cumplimiento  a los diferentes destinos que le asignaron en Bolivia.

Durante el gobierno de Gualberto Villarroel en 1943, su paisano José Escobar le ofreció un cargo  en el Departamento de Investigación Especial. Desde allí se le abrió un horizonte promisorio pese a ser semiletrado y  comenzó a obrar con astucia y viajar becado a los EE.UU, ya con el grado de teniente de Ejército. Allí  afinaron sus atributos personales en el FBI. Aprendió el arte de acosar al ser humano, darle caza, y sobre todo, los infalibles métodos de tortura para hacer hablar y confesar. Era todo un profesional.

En 1946 Gualberto Villarroel fue colgado en la Plaza Murillo  y quedaron  el MNR y Razón de Patria (RADEPA) desarticulados, pero  lo peor que le sucedió fue haber sido dado de baja del Ejército. San Román, solicitó ser reincorporado y se lo negaron. También se dirigió  a la Policía con su título del FBI y tampoco lo aceptaron. Fue soplón del Departamento Segundo del Ejército, estuvo en el panóptico de San Pedro como preso en 1949. Fue tildado de informante dentro la cárcel y salió para desaparecer.

Al producirse el triunfo movimientista en Abril de 1952, San Román fue uno de los primeros en aparecer mezclándose entre los revolucionarios, y por supuesto demandando su cuota en la repartija de situaciones. Logró que lo reincoporaran al Ejército, también restituir los sueldos de los años perdidos por la baja, y así se encaramó de a poco en la difícil lucha de ganarse loas del Ministro de Gobierno, Federico Fortún,  a fuerza de brutalidad, inteligencia y sagacidad.

 “Curawara de Carangas palomita, testigo de mis horrores, ciento por ciento me han de pagar”. Así coreaban los falangistas torturados en la calle Potosí, luego  trasladados al panóptico y luego a los campos de concentración de Coro Coro, Catavi, Uncía y los más peligrosos para el gobierno, precisamente a Curawara de Carangas, cerca al nevado Sajama donde las temperaturas suelen bajar hasta 25 grados bajo cero.

San Román fue el creador del Control Político que durante doce años fue  una dependencia funesta y temida en la que se cometieron todos los excesos y se violaron todos los derechos humanos  bajo su dirección. Fue el alma y cerebro de la organización persecutoria, represiva y violenta de los gobiernos del MNR.

Fuentes de Freddy Céspedes Espinoza Koatravelnews.blogspot.com:

San Román,biografía de un verdugo (Autor anónimo )

Infierno en Bolivia, Hernán Landívar Flores, 1965.

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Represión y violencia política en la Revolución de 1952

Ésta es la segunda parte de una serie de textos dedicados a la revisión histórica de la persecución política en Bolivia. En las siguientes entregas figuran las dictaduras militares, la puesta en vigencia del Estado Plurinacional y el actual gobierno de transición como momentos referenciales significativos acerca de esta controvertida temática referida a las violaciones de los derechos humanos en nuestro país.

Víctor Paz Estenssoro fue el principal rostro político de la Revolución de 1952. Foto: Libro Víctor Paz Estenssoro

/ 27 de septiembre de 2020 / 08:19

En tiempos de posverdad y redes sociales queda mejor evidenciado que la historiografía oficial de Bolivia se ha encargado de soterrar pasajes fundamentales e indicativos de momentos históricos cúspide de la construcción nacional republicana y uno de ellos está específicamente relacionado con la violencia política, entendida esta como mecanismo de control para la preservación de proyectos de poder concebidos y aplicados con el propósito de consolidar hegemonía y dominio, tal como sucedió con el hecho más relevante para la transformación del Estado boliviano en el siglo XX, la Revolución de 1952, encabezada y luego consolidada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) que, de manera paralela en unos momentos, y conjunta en otros, con las Fuerzas Armadas de la Nación, dominaría el espectro de la vida nacional durante medio siglo, aplicando simultáneamente medidas que generarían transformaciones sociales y económicas, y otras relacionadas con el autoritarismo y la represión contra el adversario, focalizadas en quienes aparecían como amenaza desestabilizadora a lo largo de los 12 años de gobierno que les tocó presidir a Victor Paz Estenssoro (1952-1956, 1960-1964) y Hernán Siles Zuazo (1956-1960).

Por toda la información que hemos sabido recolectar y editar, Paz Estenssoro y Siles Zuazo son conocidos por las generaciones actuales, gracias a sus últimos gobiernos correspondientes a la nueva era democrática inaugurada en 1982, y prácticamente piezas de museo sin desempolvar de los 50 y 60, de las que poco se ha dicho acerca de responsabilidades relacionadas con la instauración de un tenebroso Control Político que logró mantener a raya a sus principales opositores, en principio aliados, pertenecientes a la Falange Socialista Boliviana (FSB) jefaturizada por Óscar Unzaga de la Vega, pero fundamentalmente, desde la perspectiva de la consolidación de la dependencia de los Estados Unidos, a mineros como preclaro sector representante de la clase obrera (Irineo Pimentel, Federico Escóbar, de la Federación Sindical de Trabajadores de Bolivia —FSTMB —), campesinos sin militancia, universitarios y a algunas otras facciones minoritarias e irrelevantes en la vida política de entonces.

Es sugestivo que la mejor producción bibliográfica acerca de la Revolución del 52, así como de sus antecedentes y sus posteriores consecuencias histórico políticas, haya sido investigada y escrita por académicos e investigadores estadounidenses, digamos que la contracara pensante desligada de los mecanismos que hacen funcionar al sistema imperial. Así tenemos La revolución inconclusa (1970) de James Malloy (Tesis de doctorado, Universidad de Nueva York); La revolución antes de la Revolución– Luchas indígenas por tierra y justicia en Bolivia (2011) de Laura Gotkowitz (Universidad de Chicago),“Minas, balas y gringos – Bolivia y la Alianza para el Progreso en la era de Kennedy (2016) de Thomas C. Field Jr. (Embry-Riddle College of Security and Intelligence) y Victor Paz Estenssoro – Una biografía política (2015) de Joseph Holtey (Rutgers University). Incluso podría citarse San Román – biografía de un verdugo (autor anónimo, sin más datos), publicada en inglés por la Universidad de Texas en 44 páginas, breve biografía del represor de confianza de Paz Estenssoro, que dirigió campos de concentración e infligió torturas a quienes osaban contradecir los preceptos revolucionarios enarbolados por el MNR, finalmente fagocitados por la agenda impuesta por la Embajada de los Estados Unidos de América a partir de la puesta en vigencia del Plan Triangular. Esos fueron presos políticos en el verdadero sentido de la palabra y se pueden recoger hasta ahora, testimonios de situaciones desgarradoras, de parte de los herederos de esos falangistas a los que el movimientismo acusaba de estar coludido con los terratenientes de la época y por supuesto que desde la profunda perspectiva ideológica de clase, lo sucedido con los trabajadores mineros, bastión obrero de Bolivia que en su momento constituyó el ala izquierdista del proceso revolucionario organizada en sindicatos de tendencias comunista y trotskista.

La Revolución del 52 y su instrumento político, el MNR, tuvieron una estrecha y sistemática relación con los Estados Unidos de América que incidieron con recursos económicos, siempre condicionados a intereses relacionados con el acaparamiento y el saqueo de nuestros recursos naturales, así como también en las tareas represivas violatorias de los derechos humanos, con el muy distintivo estilo de actuar a la sombra, con una especie de mano invisible, que solventaba recursos para mantener el sistema de vigilancia y sofocación de conatos subversivos. La “ayuda” norteamericana estuvo siempre condicionada, inconfundible manera de consolidar la dependencia de los países periféricos, especialmente en América Latina en los años 60, a la agenda dictada desde Washington para todo el planeta en su lucha contra el polo soviético y en el objetivo de que Bolivia, por su estratégica condición geopolítica, no llegara a convertirse en una segunda Cuba, país que le quitaba el sueño a la Casa Blanca, hecho evidenciado con la invasión a la Bahía de Cochinos también conocida como invasión de Playa Girón y que se constituyó una operación militar en la que tropas de cubanos exiliados, apoyados por Estados Unidos, invadieron Cuba en abril de 1961, para intentar crear una cabecera de playa, formar un gobierno provisional y buscar el apoyo de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y el reconocimiento de la comunidad internacional. La acción acabó en fracaso en menos de 65 horas. Fue aplastada por las Milicias y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) cubanas. Más de un centenar de soldados invasores murieron, y los cubanos capturaron a otros 1.200, junto con importante material bélico.

Dos versiones periodísticas acerca de los Campos de Concentración, los perfiles de los principales esbirros del régimen revolucionario, Claudio San Román y Luis Gayán Contador, y un informe de Falange Socialista Boliviana (FSB) de 2001 (de próxima publicación), son los documentos que nos sirven para graficar lo que significó la injerencia y la represión política atentatorias contra los Derechos Humanos en pleno proceso revolucionario movimientista.

Más adelante, en la parte final de este informe correspondiente a la etapa revolucionaria del 52 encabezada por el MNR (también de próxima publicación), incluimos un análisis de cómo los intereses de dominio económico de parte del gobierno de John Fitzgerald Kennedy (1960 – 1963) que penetró la revolución movimientista, utilizó para sus fines injerencistas, el asesoramiento para el control y la represión políticos contra todos quienes fueran adversarios o impugnadores del proyecto hegemónico del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), procurando, desde el principio, incorporar a las Fuerzas Armadas en su lógica de poder.

Con fortalezas y debilidades, este material ayuda a contar con un panorama escondido por nuestra historia e invisibilizado en el debate nacional que cuando genera discusiones sobre persecución y represión políticas, y sus variantes autoritarias, se circunscribe a las dictaduras militares inauguradas en 1964, considerando que el antecedente de la violencia política en la Bolivia contemporánea se encuentra en el escenario del primer gran cambio social producido en nuestro país con la ciudadanización que implicó la puesta en vigencia del Voto Universal, la Reforma Educativa, la Nacionalización de las Minas y la Reforma Agraria. He aquí la agenda oculta –y oscura— de un proceso revolucionario y hegemónico plagado de atropellos y conculcación de libertades ciudadanas, que para conseguir sus objetivos, instaló un muy bien pensado aparato represivo, útil para la defensa de un ejercicio pragmático de la hegemonía política, capaz de espantar amenazas internas como el sindicalismo “comunista” que hiciera trastabillar la llamada Revolución de Abril.

Campos de concentración, un hecho desconocido para las nuevas generaciones (*)

Bolivia tuvo campos de concentración en el primer gobierno del MNR muy parecidos a los instalados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

El MNR fue fundado oficialmente el 2 de junio de 1942. A partir de ese momento estuvo presente en cada decisión política para influir en la vida pública del país según sus propios intereses y su propia visión de país. Como claro ejemplo de sus primeras actuaciones políticas, figura su participación en el golpe de estado de 1943, cuando junto a la logia Razón de Patria (RADEPA) de Gualberto Villarroel, expulsó del Palacio de Gobierno a Enrique Peñaranda.

El MNR también fue artífice de la caída de Villarroel, al que apoyó hasta días antes de su derrocamiento. Desde ese momento fue perfilándose como artífice de la Revolución del 9 de abril de 1952, con el objetivo de tomar el poder, pero previamente, los movimientistas fueron activos protagonistas políticos del país al conspirar en el gobierno de Enrique Hertzog en 1947, promoviendo un enfrentamiento entre mineros y obreros que logró su renuncia para que asumiera Mamerto Urriolagoitia, que durante su interinato, el 27 de agosto de 1949, sufrió un levantamiento liderado por el partido rosado. Más adelante llegaría el “mamertazo” con el que Urriolagoitia decidiera provocar un autogolpe y entregar el poder a una junta militar encabezada por el Gral. Hugo Ballivián.

Según registros de la época, el MNR fue un partido muy bien organizado en cuadros, casi al estilo militar. Advirtió con vehemencia que tomaría el poder, pese al anuncio de la junta militar de convocar a elecciones en 1952, comicios que jamás se concretaron, porque la presión social azuzada por el movimientismo, puso contra las cuerdas a Ballivián. Fue uno de sus ministros, Antonio Seleme, quien conspiró contra su propio gobierno al convertirse en informante del MNR para propiciar la Revolución del 9 de abril de 1952. Dicha conspiración tenía originalmente prevista la participación de la Falange Socialista Boliviana (FSB), que por disputas en planes de gobierno y repartija de cargos terminó desmarcándose de la Revolución que dejó 490 muertos y más de mil heridos. Los aliados del MNR fueron los mineros que ayudaron a consolidar la toma del poder.

La primera participación del MNR en 1952, se produjo en co-gobierno con la Central Obrera Boliviana (COB) fundada el 17 de abril del mismo año, por Juan Lechín Oquendo. Sin  perder de vista  transformaciones como la nacionalización de las minas, la reforma agraria, la reforma educativa, el voto universal, quedaron en el olvido una serie de negocios «turbios» emprendidos con gobiernos extranjeros. Una muestra de ello, es el tan problemático código petrolero Davenport, que parceló el país en tres partes, para la explotación petrolera y comprometió nuestros recursos hidrocarburíferos por décadas.

Los campos

Volviendo al tema central, el MNR hizo un gobierno de fuerte acento represivo y producto de ello, fue que para sacar del camino a sus opositores, instaló campos de concentración en distintas localidades del país  para encarcelar a los denominados presos políticos. Las prácticas autoritarias del partido rosado se caracterizaron por la aplicación de métodos violentos de control político. El 23 de octubre de 1952, a través del Decreto Supremo 02221, Víctor Paz Estenssoro estableció prisiones bajo administración militar en Corocoro, La Paz; Uncía y Catavi, Potosí; y Curahuara de Carangas en Oruro. Tres de los cuatro campos de concentración se encontraban en centros mineros. Eran controlados por mineros y militares a los que se trasladaban presos políticos, opositores al gobierno, principalmente pertenecientes a la Falange Socialista Boliviana (FSB), que eran vejados y torturados sin piedad. Según testimonios de algunos presos políticos como Gad Lemús, la prisión de Corocoro era el purgatorio, mientras que Curahuara de Carangas,  se asemejaba al averno. En Catavi, en 1953, se encontraba un contingente de 131 presos; mientras que en Curahuara, entre 1953 y 1954, 254 presos.

“Carne de presidio”

En Curahuara de Carangas, el Teniente Bacarreza mandó una formación y ordenó que los prisioneros alojados en la celda del lado oeste del cuartel fueran trasladados a las barracas del frente, quien a modo de explicación dijo que “eso les conviene porque entre ustedes ya se conocen”. Las confusas palabras de Bacarreza dieron a entender que otra “carne de presidio” ocuparía las celdas más frías, oscuras y destartaladas del campamento. Pronto fue una triste constatación cuando el Teniente, respondiendo a las interrogantes de Lemús, le confió que estaban por llegar presos de Uncía y marchaban a Curahuara los del clausurado campo de Catavi. Los prisioneros supieron entonces del establecimiento de un nuevo campo de concentración, que hasta el mes de diciembre carecía de posibilidades concretas de apertura. Curahuara de Carangas era algo así como la Siberia del altiplano boliviano, escenario ideal, incrustado en la infinitud de la pampa para que los detenidos y confinados fueran presas del terror, el hambre y la soledad.

Otro relato está relacionado con lo que le sucedió a Jaime Villarreal, quien fue prisionero sin ser político, por el simple hecho de trabajar en la fábrica de catres del falangista Víctor Kellemberger. Las privaciones, preocupaciones, castigos materiales y el trabajo forzado, habían desembocado en la tuberculosis pulmonar que sobrellevaba pacientemente, perdiendo peso a ojos vista. Su rostro naturalmente blanco, se cubrió de intensa palidez, y sus mejillas, a los 25 años, comenzaron a hundirse. Ninguna consideración impidió, no obstante, que el responsable del campo, René Gallardo, dispusiera su inhumano flagelamiento. El centenar de latigazos que su enflaquecida carne soportó heroicamente, terminó por sumirlo en cama acelerando las secuelas de su tremenda enfermedad.

Presos

Es interminable la lista de presos que llegaron a esos campos de concentración que eran dirigidos por el entonces ministro de Gobierno, Federico Fortún, mientras Claudio San Román, Luis Gayán Contador, Emilio Arze Zapata, Alberto Bloomfield, René Gallardo, Juan Peppla y Adhemar Menacho, se encargaban de las torturas y vejámenes, que para muchos presos políticos se convirtieron en  una triste memoria por el sufrimiento generado por el llamado «Control político». De los mencionados, unos estaban a la cabeza del sistema represivo, otros dirigían los campos, y otros directamente eran los torturadores de los detenidos.

Se intentaron justificar esos excesos con el argumento de que se ejercía una violencia revolucionaria y antioligárquica para sostener la estabilidad de la Revolución. La intransigencia y los abusos se convirtieron en el pan de cada día.

*Texto original de Dehymar Antezana, periodista, La Patria de Oruro, 31 de julio de 2011, debidamente editado para los objetivos de esta investigación. Antezana consultó la ‘Historia de Bolivia’, José de Mesa, Teresa Gisbert, Carlos D. Mesa, y ‘Campos de Concentración en Bolivia’ de Fernando Loayza Beltrán.

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