Voces

sábado 6 mar 2021 | Actualizado a 23:21

Inconsciencia

/ 30 de septiembre de 2020 / 02:52

El mundo en llamas es uno de tantos titulares que preponderó en las últimas semanas por la prensa nacional e internacional. Pues sí, nuestra Madre Tierra arde por nuestra negligencia; el cambio climático desde hace dos siglos indica que la temperatura del planeta entró en estado de fiebre y que con el pasar de los años se está haciendo más aguda, sin embargo, seguimos echando más leña al fuego.

Ante toda la evidencia científica, prepondera la inconsciencia. Los glaciares y hielo en las zonas polares cumplen la función de regular la temperatura global y mantener en equilibrio la acidez y alcalinidad de los mares, hoy están en el punto de no retorno. El hielo de la Antártida se derrite hasta seis veces más rápido que hace 40 años.

La humanidad alteró el 75% de la superficie terrestre, según informe del IPBES y la biodiversidad está en un punto crítico: el 84% de especies acuáticas disminuyeron. La Amazonía, el pulmón y reservorio de agua dulce presenta síntomas de pérdida de funcionalidad en sus ecosistemas. Un estudio de RAISG (Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada) indica que su capacidad de almacenamiento de carbono disminuyó no solo por deforestación, sino que casi la mitad es por degradación de los bosques; este dato debe alarmarnos, los bosques se degradan por los incendios y las sequías cada vez más extremas.

La intolerancia y el creernos especie superior que puede modificar la genética pasando parámetros de ética a título de combatir plagas, enfermedades y mejorar rendimiento en la producción, hoy nos cobran factura. La salud de los ecosistemas está en fase de deterioro, así lo demuestra el sitio Ramsar Laguna Concepción, un humedal clave para la producción está en agonía, miles de peces y fauna acuática perecieron porque la escasa lámina de agua está contaminada y sedimentada por la deforestación de casi todo su entorno.

Impotencia es lo que se siente ante casos de crueldad sucedidos con el tucán Tuki Tuki, la osa hormiguera Valentina, y cientos de animales que mueren en silencio y quedan invisibles porque no avanzamos en racionalidad. Mientras sociedades más avanzadas buscan revertir el daño, muchos apoyan el desarrollo enfocado en eliminar bosque para el agronegocio; es equivocado pensar que el bosque en pie es tierra floja.

Estamos al límite de tiempo, las acciones deben ser acertadas para salvar el planeta. En época electoral es crucial analizar y evaluar propuestas ambientales que vislumbren el cuidado de nuestra naturaleza como la base del desarrollo. Planeta sano, debe ser la premisa de la política ambiental. Cuanto más sigamos fracturando la naturaleza y no frenemos el comercio ilegal de vida silvestre, es probable que surja otra pandemia. Nos enfrentamos a una crisis ambiental sin precedentes. Es tiempo de actuar con racionalidad y consciencia ambiental.

Marlene Quintanilla es directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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Seguridad hídrica

/ 3 de febrero de 2021 / 00:51

Espectaculares en biodiversidad y altamente importantes para el aprovisionamiento de agua y alimentos, los Humedales de Importancia Internacional (celebrados cada 2 de febrero) en Bolivia abarcan 14,8 millones de hectáreas en 11 sitios Ramsar creados desde 1990, a partir de su adhesión a la convención Ramsar (un tratado intergubernamental de 1971 firmado en la ciudad iraní del mismo nombre) con el objetivo de establecer medidas de protección y conservación ante el preocupante deterioro y pérdida de humedales.

Muchos de estos sitios no solo representan la seguridad hídrica actual y futura, son también un eslabón clave de nuestra historia. Ancestralmente las “Culturas Hidráulicas de Moxos” (culturas precolombinas, 800 a.C. y 1200 d.C.) supieron sacar el mayor provecho a las inundaciones; sus obras hidráulicas en las llanuras desarrollaron una producción agrícola intensiva que permitió la supervivencia.

A escala mundial, Bolivia es el país con mayor extensión de sitios Ramsar y es responsable de salvaguardar las mayores reservas de agua dulce donde habitan más de 15 pueblos indígenas, interconectan ecosistemas terrestres y acuáticos en más de 16 áreas protegidas nacionales y subnacionales, posibilitando la funcionalidad ecosistémica fundamental para sostener medios de vida y para afrontar el cambio climático.

Sin embargo, más allá de su declaración no se han dado los pasos esenciales para impulsar una estrategia nacional para la conservación y uso sustentable de los humedales, tampoco se cuenta con planes de monitoreo. El 35% de la extensión de los sitios Ramsar coinciden con áreas protegidas, por lo que se asume que esta fracción estaría bajo planes de manejo y con gestión de protección. No obstante, en las últimas dos décadas existe un debilitamiento en la gestión de las áreas protegidas que batallan y afrontan grandes problemáticas con bajos recursos, escaso personal que arriesga su integridad física para frenar actividades ilegales y no son valorados ni dignificados por el valioso rol que desempeñan. Bolivia podría generar importantes ingresos impulsando el turismo local e internacional en estos espacios, además de otras iniciativas compatibles con la conservación.

El país requiere mayor atención en sus espacios protegidos, deben ser gestionados desde el conocimiento técnico y no político porque ahí se localiza nuestra fábrica de agua. La deforestación y los incendios avanzan disminuyendo nuestras posibilidades de un desarrollo sostenible que será difícil de alcanzar si no logramos la seguridad hídrica a través de estos espacios. Sin beber agua apenas se sobrevive de 3 a 5 días, sin este elemento se apaga la vida.

Estamos en la era del desbalance global, las sequías e inundaciones se intensifican; la lluvia puede ser nuestra aliada o amenaza. No logramos planificar bien los espacios que habitamos, ocupamos zonas de riegos y no tenemos certeza de cómo afrontar el cambio climático. Pese a la pandemia, no hemos comprendido el rol que juega la naturaleza en el equilibrio de la vida; con la zoonosis no se juega, tampoco con la degradación del medio ambiente. Cada espacio protegido, sea bosque o humedal, define nuestro presente y futuro, se trata de supervivencia humana.

    Marlene Quintanilla es directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la FAN.

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El futuro de la Amazonía

/ 9 de diciembre de 2020 / 00:10

En los años 70, un viaje por la Amazonía cambió la vida del antropólogo y ambientalista brasileño Beto Ricardo. Su convivencia con pueblos indígenas, la apreciación de valores humanos como el respeto a las minorías y el fortalecimiento de la diversidad socioambiental lo conmovieron en su lucha y activismo para salvar la Amazonía. Sus logros lo hicieron ganador del Premio Goldman 1992, su pasión y convicción ha articulado a instituciones y países para cartografiar lo que viene sucediendo. En Brasil, Bolivia y otros países amazónicos, si no está mapeado, no existe.

Así como Alexander von Humboldt (científico del siglo XIX) pensaba que la única forma de entender el mundo era verlo como un todo, Beto Ricardo comprende que la Amazonía debe ser entendida como una unidad, como un todo y para ello a través de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG), una iniciativa de organizaciones de la sociedad civil de los países amazónicos trabaja para construir una visión integral de la Amazonía.

Nuestro pulmón verde y reserva de agua dulce más grande del planeta está cambiando. La Amazonía lamentablemente hoy se degrada. Los síntomas y consecuencias mapeados en RAISG evidencian que de 2000 a 2018 perdimos el 6% (513.016 km2) de los bosques más biodiversos. La función de purificar del aire (almacenamiento de carbono) se está reduciendo (un 48% por degradación). La minería ilegal se expande en 4.472 puntos de actividad ilícita afectando a pueblos indígenas y especies acuáticas del Amazonas.

En la Amazonía operan 350 hidroeléctricas y 483 están en planificación, muchas de ellas se localizan en grades ríos como el Xingú en Brasil (7800 m³/s de caudal), o el Madera en Bolivia, modificando la hidrología y el ciclo del agua. A esto se suma que más de 433 lotes de petróleo cubren el 9% de la Amazonía (797.824 km2). Como si fuera poco, cada año los incendios se expanden en una superficie similar a Uruguay (169.000 km2/año) impactando millones de hectáreas, calcinando nuestra biodiversidad y futuro.

El 33% de la Amazonía ya está bajo alta presión y un 33% con algún tipo de presión o amenaza. Los nueve países que comparten la Amazonía tienen entre el 52% y el 72% de su porción bajo presión. Bolivia está entre los países más presionados después de Brasil.

La deforestación acelera la pérdida de la Amazonía. La esperanza reside en mantener y proteger espacios clave como los territorios indígenas que cubren un 28% y las áreas protegidas, un 23%. Éstos se han convertido en los mejores aliados para conservar la Amazonía. Su consolidación y expansión para proteger la seguridad alimentaria, la seguridad hídrica y los múltiples beneficios ambientales requieren de acciones políticas concretas bajo una mirada integral de la Amazonía.

La visión de Beto Ricardo a través de RAISG busca acciones contundentes. Una economía socioambiental basada en la diversidad cultural y los paisajes forestales aún es posible, pero requiere de una visión estratégica y volúmenes de inversiones y modelos de gobernanza capaces de detener el modelo depredador de la Amazonía.

Marlene Quintanilla es directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la FAN.

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Alfa y omega

En miles de años de civilización no hemos comprendido que los más afectados por este tipo de acciones somos nosotros, los humanos

/ 14 de abril de 2020 / 06:31

¿Quién pensó que el mundo luciría como hoy? ¿Los sucesos que hoy transcurren en nuestras vidas se vislumbran como el principio o final? La vida no volverá a ser igual tras la crisis global desatada por el COVID-19. Al parecer es el fin de una era económica altamente dependiente de la globalización para los países industrializados. Y para países como el nuestro, quizás represente la culminación de la explotación de las materias primas. Bolivia, como otros países en vías de desarrollo, se enfocó en la explotación de sus recursos naturales, relegando el conocimiento y la investigación por otras prioridades. Hoy el mundo ha puesto su esperanza en la ciencia para afrontar la pandemia.

Nos encontramos en una suerte de “arresto domiciliario” por maltratar a la Madre Tierra. Hemos exterminado bosques tropicales (los más biodiversos) a un ritmo sin precedentes: 12 millones de hectáreas (30 canchas de fútbol por minuto) deforestadas a nivel global en un solo año (2018), según estimaciones de World Resources Institute (WRI). A ello se suma la tragedia de los incendios forestales (cada vez más severos), el tráfico de especies, la contaminación y una larga lista de acciones que generamos en contra de nuestro propio hogar.

En miles de años de civilización no hemos comprendido que los más afectados por este tipo de acciones somos nosotros, los humanos. Carlos Zambrana-Torrelio, científico boliviano que monitorea epidemias relacionadas con la vida silvestre (EcoHealth Alliance), indica que hemos destapado la Caja de Pandora, pues las alteraciones de los ecosistemas estarían propiciando el brote de nuevos virus que se escapan al control humano.

Parece que estamos en el omega (final) de nuestra habitual forma de vida: miles de extranjeros repatriados, abordando su última oportunidad para llegar a casa. Millones de personas confinadas, esperando que la tempestad pase para retomar la normalidad. El dinero es inútil frente al COVID-19. Este coronavirus ataca sin discriminar y nos quita lo fundamental: el aire. Sin tiempo definido, la espera de una vacuna se torna tensa e incierta. Mientras tanto, los ecosistemas se recuperan, la biodiversidad retoma lo que es suyo, y nos corrobora que la naturaleza no necesita a las personas, que está preparada para evolucionar…

Entonces, será qué necesitamos trazar un plan B para este principio, o inicio (alfa), en el que trascurrirán nuevas formas de encarar la educación, la salud, la vida familiar, nuestras fuentes laborales (cada vez más digitales y virtuales), el transporte (hoy la bicicleta se ha vuelto indispensable). Quizás es el momento de ser más amigos de nuestro planeta.

Marlene Quintanilla, directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN)

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Alianza por el clima

/ 21 de enero de 2020 / 00:09

Con más esperanza en lo ambiental, esta década podría vislumbrase como el inicio de la revolución verde. Después de los devastadores sucesos en América Latina, Australia y otras regiones, se nos avecina la peor guerra que el humano deberá afrontar y es contra el cambio climático. Las megasequías hoy son el preámbulo de megaincendios que no dan tregua, calcinando a millones de árboles y animales, destruyendo viviendas y llevándose vidas humanas. Si bien los incendios en varios países son sucesos comunes, las dimensiones en magnitud e intensidad nos muestran un holocausto ambiental cada vez mayor.

Los bosques son esenciales para limpiar el dióxido de carbono; pero lamentablemente nuestro modelo de desarrollo los está transformando en ceniza en poco tiempo. Greta Thunberg dice que la esperanza para reducir el calentamiento global está en el pueblo y en la democracia; menciona que el ciudadano común puede cambiar el destino del planeta.

La COP25, realizada semanas atrás en Madrid, fue denominada la “COP de las lágrimas”, porque concluyó sin consensos ni acciones concretas. Durante el evento, la comunidad científica alertó que los países debían comprometerse para lograr la neutralidad de carbono hasta el 2050. Esta medida es urgente y necesaria para que el planeta sobreviva. “¡Qué lejos están las palabras de las acciones concretas!”, afirmó el papa Francisco antes de esta cumbre, e hizo un llamado para escuchar el clamor de los jóvenes, quienes demandan un mundo mejor, y subrayó la necesidad de una acción climática urgente.

Iniciamos un nuevo año, con nuevos actores en la política que definirán el rumbo del país, en una era en la que lo ambiental requerirá propuestas concretas para dar respuestas a los sucesos que han marcado la sensibilidad de las familias tras lo sucedido en la Chiquitanía, y porque ya afrontamos la crisis climática mundial. Es la oportunidad de implementar una agenda ambiental innovadora, productiva y sostenible; que haga de Bolivia un país que no solo ofrezca materia prima, sino que además pueda trazar y diseñar un modelo de desarrollo resiliente capaz de afrontar los efectos del cambio climático; y cuyos grandes recursos sean administrados con inteligencia.

Si no se toman medidas urgentes para frenar y reparar los graves daños causados al medio ambiente, la contaminación del agua, del aire y los desechos químicos amenazarán la integridad de los seres humanos y hasta su capacidad para reproducirse. Requerimos unir esfuerzos, proponer y ejecutar acciones concretas para adaptarnos a un mundo que atraviesa una crisis climática. Este 2020 tracemos y desarrollemos mayores acciones ecológicas para una Bolivia que garantice el futuro de nuestros niños y jóvenes.

* Directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la  Fundación Amigos de la Naturaleza

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Desbalance

/ 8 de julio de 2019 / 23:26

Con más del 50% de bosques en su territorio, Bolivia es sin duda uno de los países más ricos en naturaleza y recursos; pero a la vez es también el que menor desarrollo y avance ha logrado en términos de salud, educación y medio ambiente de la región. Al parecer, no podremos alcanzar un mayor desarrollo mientras no seamos capaces de reconocer que debemos avanzar de la mano del medio ambiente. Incorporar la conservación de ecosistemas en los desafíos del desarrollo es fundamental para ser sustentables. Aunque paradójicamente suele malinterpretarse a la conservación como freno al desarrollo.

Hoy más que nunca urge hablar de conservación, porque de ella ya depende producir más y mejor. Además, la salud de los ecosistemas se acerca a puntos críticos de inflexión; su retorno será difícil y complejo. Los controladores biológicos naturales están disminuyendo y desapareciendo de los ecosistemas. Esto nos conlleva a una producción agropecuaria altamente dependiente de agroquímicos, los cuales si bien son una medida inmediata para mejorar las cosechas, en el mediano y largo plazo, desencadenan muchos impactos en ambiente y en la salud de las personas. Las bacterias, virus, pestes y plagas son parte de la naturaleza; éstas recobran su fuerza o control cuando los ecosistemas van perdiendo su balance.

El cambio de uso de suelos junto a la caza indiscriminada de predadores claves están provocando la sobrepoblación de especies que pueden causar muchos daños. La filosofía que adoptamos para producir no está contribuyendo en nuestra resiliencia y capacidad de adaptación a riesgos y fenómenos climáticos. Los que producen y trabajan la tierra están cada vez más expuestos a los impactos. Probablemente esto esté relacionado con la reducción de nuestros bosques.

Desde 2005, la deforestación y el cambio de uso de suelos han avanzado más que nuestro conocimiento e investigación sobre el potencial de los ecosistemas y sus especies. Bolivia es el segundo país con más pérdida de bosque amazónico (6 millones de hectáreas), solamente después de Brasil. La Amazonía es el bioma terrestre que más beneficios brinda al planeta, pero es el más frágil. Sus suelos no son capaces de soportar la producción agropecuaria intensiva, porque su balance depende de los bosques. Asimismo, no soporta el efecto invernadero que sufre la tierra.

La evolución ha demostrado que la naturaleza se adapta y se modifica. Sin embargo, nuestra especie es vulnerable. Cualquier desbalance expone nuestra baja resiliencia y capacidad de adaptarnos. La naturaleza no necesita del hombre, pero nosotros sí necesitamos de ella para coexistir.

* Directora de investigación y gestión del conocimiento de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN). (08/07/19)

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