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lunes 30 nov 2020 | Actualizado a 22:19

Biden contra un ‘payaso’ peligroso

/ 4 de octubre de 2020 / 10:09

El primer debate por la presidencia de Estados Unidos dejó una estela de descalificaciones. Y arrojó una conclusión devastadora: la democracia está en riesgo.

Doloroso, indecente, degradante. Más de 200.000 personas han muerto por el coronavirus en Estados Unidos y millones están desempleadas durante una crisis brutal, pero Donald Trump, presidente en ejercicio, solo puede pensar en sí mismo. En el primer debate presidencial no vimos a un jefe de Estado: vimos a un peleador callejero incapaz de presentar mejores ideas que no sean arruinar a quien, como Joe Biden, se le oponga.

Siempre nos quedará la duda sobre qué eligen las sociedades cuando se sientan ante la democracia televisiva: ¿votamos propuestas o impresiones? ¿Puede la realidad alternativa de Trump trepanar cerebros hasta instalar la mentira de que sus gritos representan alguna verdad? ¿Funciona una estrategia de fabulación y chillidos para recuperar alrededor de ocho puntos de desventaja en las encuestas con pocos votantes indecisos?

Los debates presidenciales —como toda la discusión política que recreamos en medios, redes, cafés— son un atractivo coctel de morbo, curiosidad sincera y entretenimiento. Buscamos grandes declaraciones, tremendos tropiezos, pistas inescrutables que permitan entender cómo tal o cual dicho puede inclinar o no una elección. Pero es un teatro performático; rara vez hay sustancia.

Insistamos en el punto: ¿propuestas o impresiones? Es asunto importante cuando la ventaja de Biden (armado con programas) parece sólida pero el voto a los autócratas (que impresionan y no construyen) reconoce razones no siempre percibidas a simple vista.

En las últimas décadas, los candidatos del Partido Republicano han sido elegidos varias veces sin ganar el voto popular, valiéndose de una mezcla de bajo volumen de concurrentes a las urnas, leyes restrictivas para votar, un anacrónico Colegio Electoral, el “voto vergonzoso” y polémicas cuando no ilegales reestructuraciones de distritos electorales, entre otros factores. A pesar de las encuestas que dan a Biden ganador (el exvicepresidente mantiene una ventaja de 49% sobre el 41% de Trump), todo eso sigue allí hoy. Pero es aún más apremiante que en 2016.

Si esperamos dar con respuestas en un espectáculo de televisión, estamos acabados. Un debate ya no entrega una elección, como probó Hillary Clinton, quien ganó todos. Biden intentó repetidamente presentar propuestas para su futura presidencia mientras Trump demostró que no es otra cosa que Trump, un buen personaje de televisión, un presidente funesto y un ser humano amoral. Nada nuevo.

Pero puede que en este primer debate la competencia para arrojar las frases que mejor encajen en las planas de medios y en Twitter haya fijado los ejes políticos. Biden tuvo su momento: “Sigue ladrando, hombre” y “No puedes hablar con este payaso” son recursos pegadizos y vibrarán en las redes sociales, pero no son consignas movilizadoras.

Al acto más trascendente de la campaña hay que buscarlo en Trump, quien se robó la escena cuando le pidieron, en vano, que condenase a los supremacistas blancos de su base electoral. Su llamado al grupo de extrema derecha The Proud Boys (“retrocedan y estén listos”) es una declaración política: no cuestiona a las hordas radicales sino que las llama a reagruparse para la carga.

Esas cinco palabras plantean el problema central de esta elección, y es la estabilidad del sistema democrático. Son un mensaje desde el futuro: Trump va por todo y, de ganar, no dejará a la democracia en pie.

Desde antes del debate, Trump fijó su plan electoral de máxima: si no tiene votos suficientes, denunciará un fraude y deberán forzarlo a entregar la presidencia. Insistió en la idea durante el primer debate; mantendrá ese norte en la campaña.

En el peor de los escenarios, inflamará las calles con sus seguidores —stand back and stand by— y luego intentará que, ante resultados cerrados, los jueces que nombró en la Corte Suprema de Justicia, decididamente inclinada hacia el conservadurismo, concedan la reelección que lo proteja del escarnio y la justicia, y favorezca las necesidades políticas del Partido Republicano.

No lo espero, pero mi mayor temor es que ese ataque frontal triunfe. Entonces habrá acabado esa apuesta democrática llamada Estados Unidos y el mundo ingresará sin atenuantes en una zona de oscuridad donde la expectativa de la aplicación justa de la ley dejará paso a tribunales que se arrodillan al deseo de los autócratas. Lo hemos visto en muchas partes, no es nuevo y es factible.

Difícil pensar en un fin de época más sombrío para 200 años de dura escalada democrática. El Nobel de Economía Paul Krugman agitó la misma duda: si Trump pierde, dijo, enfrenta la ruina personal. “Ni siquiera tendrá palabras insinceras a la idea de perder pacíficamente”, tuiteó. “A menos que Biden gane de manera aplastante, se cocina una crisis institucional por la combinación de la desesperación de Trump y el desprecio de su partido por la democracia”.

Ante el desastre presente, la sociedad democrática estadounidense —que excede a los partidos— debe aliarse. Biden acertó con la respuesta política cuando Trump intentó acusarlo de socialista y, luego, de estar en manos de la izquierda de Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez: el Partido Demócrata soy yo, dijo. En instancias de polarización y fragmentación, se precisan liderazgos potentes capaces de mostrar un camino ancho, común para todos.

La complejidad de ese camino por supuesto excede a los debates restantes. Es imprescindible la vigilancia social, periodística e intelectual pero es todavía más importante un mayor activismo de base y el trabajo para garantizar que millones lleguen a las urnas, como cuando Barack Obama ganó sus dos elecciones.

La alternativa es desoladora. Trump, ese fabulador con demasiada suerte, puede arrastrar el zeitgeist global al autoritarismo descontrolado. No tiene nada, pero grita alto y, en ocasiones, el gritón gana la partida. Es un mentiroso con energía y enfrente tiene a un candidato serio, respetuoso y con propuestas pero de una voz rasposa y porte avejentado. Resulta incómodo ver a Biden necesitado de una energía que parece no estar ahí. Tiene planes para cada área y luce presidencial pero debe sonar como tal. Tiene que alzarla voz, metafórica y realmente.

En 2016 era una mujer preparada ante un payaso. Hoy es un hombre preparado contra un payaso ineficaz definitivamente peligroso. ¿La historia se repite como farsa o tragedia o hay lugar para alguna esperanza?

*Es escritor, periodista y director del Institute for
Socratic Dialogue de Barcelona. Es columnista de The NewYorkTimes.

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Joe y la esperanza

/ 13 de noviembre de 2020 / 02:23

Una semana atrás, la humanidad tenía un futuro oscuro. O más, y peor: nadie veía futuro. Solo una mancha ominosa. ¿Han visto esas tormentas tropicales donde el cielo se llena de nubes gordas, omnipotentes? La sombra de Donald Trump era peor.

Pero llegó Joe Biden —y la inteligente y carismática Kamala Harris— y en un día, el 7 de noviembre de 2020, descubrimos que podía haber una promesa esperando por nosotros: Biden fue declarado presidente electo. Tan potente fue que aunque el presidente en funciones de Estados Unidos no reconoce su derrota, el mundo parece sentir que el ahogo se ha acabado al menos un instante.

El triunfo de Biden nos ha dado una ficción orientadora: la idea de que, en las peores circunstancias, creer, organizarse, movilizarse puede llegar a producir una suerte de milagro. Al menos hoy tenemos la creencia —y en este caso la fe parece una elección razonada— de que podemos intentarlo y que otros lo intentarán. ¿El mundo ha cambiado, entonces? El ambiente ha cambiado. Los desafíos son los mismos. Tenemos delante una plétora de obstáculos que nos harán fallar.

Pero hay un comienzo: volvemos a confiar. Sobre todo, en la razón.

Como sucede con las catástrofes y las epifanías, supongo que todos recordaremos dónde estábamos cuando nos enteramos de que era el principio del fin de la presidencia de Trump. Mi vuelo de Dallas a Ciudad de México estaba a punto de despegar cuando entró una alerta a mi teléfono y a otras varias decenas: pasajeros que aplaudían, algunos grititos de alegría (modosos, cuidadosos). Yo pensé de inmediato en mis hijos. Alguna de las tantas formas de la alegría ha vuelto. Y, sobre todo, la intensa sensación de que hay una luz al final del túnel. Hemos recuperado la percepción —menor, débil y tal vez inalcanzable— de que no todo está dicho y que podemos construir un futuro mejor.

Lo he hablado con una decena de colegas, amigos y analistas en una visita exprés a México: la misma gente que en Zoom tenía rostro de desasosiego está ahora con una plenitud casi adolescente que resulta increíble, y me incluyo: hacía tiempo que las sonrisas no tapizaban una cara entera.

Así fracasemos en conseguir lo que busquemos, hemos reubicado el carro en una senda con posibilidades. Un par de décadas atrás leí una entrevista donde Primo Levi hablaba sobre la esperanza, retomando ideas de su novela Si ahora no, ¿cuándo? Dice Levi: “Puedes estar seguro de que el mundo se dirige a la destrucción, pero es una buena idea, algo moral, comportarse como si todavía hubiera esperanza”. Y sigue: “La esperanza es tan contagiosa como la desesperación: tu esperanza, o tu muestra de esperanza, es un regalo que puedes darle a tu prójimo e incluso puede ayudar a prevenir o retrasar la destrucción de su mundo”.

En estos días nos esperanzó el anuncio del hallazgo de una vacuna altamente efectiva contra el coronavirus. La totalidad de la noticia sonaba a justicia poética para una época de oscurantismo, sin épica: desarrollada en la Alemania de Angela Merkel por una pareja de científicos, un inmigrante y una hija de inmigrantes. Una suma perfecta: un país desdeñado por Trump, una mujer —una mujer, Donald— como epítome del liderazgo responsable que él es incapaz de encarnar; científicos —¡científicos!—; hijos de inmigrantes contra los que, con seguridad, el peor inquilino de la Casa Blanca hubiera sido inclemente.

Ahora bien, Joe Biden no es un héroe; no es un revolucionario que dará vuelta el mundo, pero su plan nos devuelve a una senda razonable. Biden pretende despolarizar y reconciliar a Estados Unidos con el mundo; recuperar el paso en el combate al cambio climático regresando a la conversación global; defender los derechos humanos y la democracia contra el avance de las autocracias y los populismos autoritarios; reforzar la cooperación regional y mundial para mejorar el comercio en plena crisis y favorecer un sistema internacional de instituciones que atiendan los desafíos presentes y futuros.

Los desafíos no dejarán de ser enormes y, por supuesto, no hay victoria garantizada —en absoluto—. Habrá errores reprochables y retrocesos inaceptables. Nos aguarda una colección de imposibles. La pandemia estira la lista de fatalidades; la crisis económica demandará volver a discutir paradigmas (y posiblemente no suceda); las fracturas sociales, culturales —civiles— no serán desmontadas por decreto. La pobreza se extenderá; millones están sin trabajo; la política del odio no se irá sin resistencia. Fallaremos en numerosos otros campos. Tendremos resultados buenos y malos. Nos defraudaremos y enojaremos.

Pero hoy sabemos que hay margen para la tolerancia, la civilidad, el diálogo. Se ha abierto un hueco en la oscuridad cerrada que nos envolvió, decía Levi, quien estuvo preso en Auschwitz y sobrevivió.

Tengo dos hijos, no quiero un mundo peor para ellos, y así era el futuro con Trump. Tendremos que meter el dedo en el agujero abierto, en esa brecha en la oscuridad, hasta crear un paso. Nos tomará cada día de los años por venir.

Diego Fonseca es columnista de The New York Times.

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El desastre del líder intuitivo

El gobierno de la ignorancia parece estar sostenido por una fe desmedida en la intuición del político y un menoscabo del conocimiento técnico.

/ 16 de junio de 2020 / 06:28

Está en boca de todos: varios de los países que mejor manejaron la crisis del coronavirus tienen mujeres al frente. Taiwán, Nueva Zelanda, Alemania, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Hong Kong. No sé si hay correlación de género, pero sí sé que en todos estos casos la estrategia ha sido más ciencia y menos intuición.

Ahora miren a gobiernos donde pavonea la pose de gran jefazo. Mientras en Corea del Sur y Nueva Zelanda se impusieron confinamientos inmediatos e instrumentaron decenas de miles de pruebas, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, (aun) menosprecia la crisis, pierde a dos ministros de Salud y convierte al país en una fosa abierta. Noruega, Dinamarca y Finlandia, que suman juntas menos de 1.200 muertes, aplican protocolos claros que siguen sus jefes de Estado, pero en Estados Unidos, donde han muerto casi 113.000 personas, no logran que Donald Trump deje de soltar cuanto pase por su cabeza de virólogo informal. Y mientras en varios gobiernos hay científicos en posiciones prominentes o se entienden con ellos —Angela Merkel es doctora en química; el vicepresidente de Taiwán, epidemiólogo—, en México el científico a cargo de las respuestas públicas a la crisis observa cómo el presidente Andrés Manuel López Obrador hace lo que quiere y reabre el país sin haber aplanado la curva de infecciones.

La línea que divide las aguas: los países que respondieron con una inmediata y sólida estrategia sanitaria y científica libran la crisis mejor que aquellos donde dominó la intuición.

No se trata de crear una sofocracia sino de usar el sentido común. Ante una crisis, el liderazgo político debe ceder protagonismo al conocimiento especializado. Los presidentes van a la guerra que diseñan sus generales y dirigen economías que no crean. Por lo mismo, no tratas una pandemia sin científicos al frente.

Con todo, aunque la sapiencia técnica concede capacidad para entender mejor un fenómeno, no garantiza resultados. La mayor parte de las naciones ha optado por un mix variable de asesoría técnica y liderazgo político. Por supuesto, algunos países y regiones fallaron, pero el fracaso ha sido desmoralizador donde la gestión del Estado giró alrededor de la improvisación y el desdén. La confianza en Trump cae a cinco meses de las elecciones presidenciales, la aprobación de Bolsonaro se ha desplomado desde enero y casi el 70 por ciento de los mexicanos cree que las giras proselitistas de AMLO son riesgosas.

Ya no tenemos estadistas, especie en extinción. Tal vez esto nos indique que nuestros políticos no parecen preparados para la complejidad del siglo XXI. Trump promete aislacionismo y nativismo en una época de intercambios culturales y económicos globales. Bolsonaro hunde a Brasil en las miasmas del fascismo. Y López Obrador: besos y mítines multitudinarios durante la pandemia y, como corolario, pone y quita recortes presupuestarios brutales en centros educativos y de investigación en plena crisis.

Necesitamos dirigentes preparados para hallar soluciones dialogadas en un mundo que experimentará crisis profundas. Líderes capaces de re-unir a la sociedad, no incendiarios ni bravucones. Las naciones sin un liderazgo informado la pasan peor que aquellas donde sus dirigentes entienden que un gobierno es una administración de recursos.

Un presidente es un símbolo. Cuando Trump, Bolsonaro o AMLO ignoran el consejo profesional y se exhiben sin tapabocas, estrechan manos y reparten abrazos sugieren que están por encima de la inteligencia médica. Presidentes con mensajes contradictorios banalizan el trabajo de médicos, enfermeros y científicos. Minimizan la gravedad de la crisis y vandalizan el esfuerzo de las personas confinadas.

Desear la atención permanente expone la fragilidad de esos gobernantes. ¿Cómo convivimos con esos hombres —sobre todo eso: hombres— que se precipitan cuando deben proyectar calma? ¿Cómo, cuando fueron elegidos para guiar en la penumbra de la incertidumbre y confunden los caminos? ¿Cómo, si vemos que sus capacidades son inadecuadas?

El gobierno de la ignorancia parece estar sostenido por una fe desmedida en la intuición del político profesional y un menoscabo del conocimiento técnico. La crisis del coronavirus ha dejado en los huesos a los reyes desnudos.

Un líder —señor Bolsonaro, señor Daniel Ortega, señor AMLO y más— tiene la inteligencia de construir equipos. El éxito de esos equipos barniza su gobierno. Un líder no es unificador de masas de nueve a doce y epidemiólogo improvisado por la tarde-noche. Se prepara para gobernar, o el desgobierno le cae encima.

Podemos votarlos una vez, pero si con las evidencias los reelegimos, no hay excusa: la bola recae sobre nosotros. Hemos sido incapaces de empoderar o crear alternativas mejores. Es el problema de la deserción social de la cosa pública: se postulan quienes desean el poder y eso a menudo nos deja solo con la opción del mal menor. Y esa es una salida degradante, porque supone que somos capaces de tolerar y aceptar que baje otra vez el umbral de calidad.

¿Hay solución? Hay ensayos. Es probable que en Occidente estemos en presencia de la peor camada de gobernantes de los últimos cuarenta años a la par que celebramos una reducida pero interesante experiencia de mujeres que lideran países. No sé si es asunto de género o un reflejo de sociedades más equitativas, pero parece evidente que se puede gestionar una crisis con inteligencia y sin megalomanía. Líderes que unen son infinitamente mejores que hombres que gustan dar golpes de mano sobre la mesa porque así actúa un jefazo. Razón versus intuición. No parece tan difícil.

Diego Fonseca es colaborador regular de The New York Times y director del Institute for Socratic Dialogue de Barcelona. «Voyeur,» su nuevo libro de perfiles, se publicará en agosto en España.

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