Voces

viernes 30 oct 2020 | Actualizado a 03:04

Reclamamos respeto

/ 7 de octubre de 2020 / 02:22

Demasiadas entrevistas, demasiados foros, demasiadas promesas, todo olvidable, cansador, nada convincente, cientos de promesas espantadas ante el polígrafo, ese en resumen es el sentimiento que queda de la participación de los candidatos a la presidencia de Bolivia. Mirándolos, escuchándolos, uno se pregunta: ¿Nos merecemos estos candidatos? Tienta contestar que no, entonces ¿qué necesitamos? ¿Expertos de Harvard? No. ¿Millonarios a los que ya no les interese robar las pobrezas que son nuestras riquezas? No.  ¿Grandes estadistas, premios Nobel de Economía, gurús politólogos? No, no y no.

¿Entonces qué? Una respuesta digna es que los bolivianos necesitamos alguien que nos respete y se respete. Necesitamos decencia. Esa respuesta es el reclamo de un país donde se ha clausurado el año escolar y vive retrasando el derecho a la educación de sus niños y sus adolescentes, quienes solo se preparan para repetir la mediocridad que observamos indignados en el circo electoral al que nos someten.

El reclamo de respeto es el de los bolivianos que peregrinaron por los centros de salud para ser atendidos por el COVID-19 y se encontraron con las puertas cerradas porque no había condiciones, mientras llegaban respiradores defectuosos, falsos, inservibles, útiles solo para acumularse donde ni siquiera se recuerde el lugar en el momento de auditarlos. El pedido de respeto es el de los enfermos de cáncer que cumplen una huelga de hambre reclamando la atención que les niegan las clínicas privadas porque el Estado no honró su deuda desde hace meses. Entretanto un letrero en una avenida paceña les envía la promesa electoral de atención gratuita a los pacientes de cáncer, sin tener seguridad de lo llenas o vacías que estén las arcas del Estado.

Aproximadamente 5.000 personas quedaron sin trabajo y ahora viven pendientes de cualquier chispa de esperanza. Estos días los candidatos despilfarraron las ofertas laborales, como prestidigitadores con poco talento abrieron su abanico de ofrecimientos. La gente mide sus posibilidades, tantea sus bolsillos, le bailan en la cabeza las cifras de antiguas promesas, vuelve a pensar en sus posibilidades, otra vez comprueba cuán vacíos están sus bolsillos, entonces las ofertas le suenan como un televisor al final de la emisión.

Cada quien defendiendo su microespacio de influencia se atreve a poner nombres de ganadores en uno u otro debate. Las noticias no son buenas, no hay ganadores, porque las ofertas electorales están lejos de la realidad. Sobre todo de la vida cotidiana de la mayoría de esta sociedad, los que no fueron encuestados, a los que les tiene sin cuidado el foro, el debate, la entrevista, que aunque viven ignorados, no son ignorantes y saben que finalmente, ellos deciden.

Lucía Sauma es periodista.

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Urgente

/ 21 de octubre de 2020 / 03:00

Un año después del fallido acto electoral de 2019, mujeres y hombres bolivianos del campo y las ciudades acudimos a votar con la boca tapada, el carnet y el bolígrafo en mano, realizando larguísimas filas, bajo el sol y la lluvia, dispuestos a entregar nuestra confianza a quien se vea con mejor aptitud para cumplir con lo más urgente, lo importante, lo necesario para sostener nuestras vidas con cierta dignidad y un toque de esperanza. Ya verá el candidato elegido que hay tareas impostergables, de esas que se dicen para ayer. La lista viene encabezada por salud y educación, todo un mundo por hacer, más todavía cuando le sigue trabajo, producción, generación de recursos y todo en tiempos de pandemia. Un enorme desafío que el nuevo gobierno tendrá que afrontar. Una tarea titánica que a los no elegidos les hará decir “de la que me libré” y al seleccionado le quitará el sueño y más de una vez le hará exclamar “en la que me metí”.

Sin embargo, para quien asuma el desafío con integridad, valentía, pleno conocimiento de la situación y suficiente apoyo de la ciudadanía, ésta puede ser una gran oportunidad de reconstruir el país y la vida de sus habitantes con grandeza, encarando lo verdaderamente importante y urgente. Durante este tiempo de crisis sanitaria hemos palpado que si bien hay infraestructura hospitalaria, falta implementarla con personal idóneo y equipos adecuados. Pero también ha quedado evidenciado que la población tiene muchas enfermedades de base como diabetes, obesidad, producto de una mala alimentación, por lo que se deben encarar políticas públicas de prevención, sin descuidar las políticas de atención.

En cuanto a la educación ya no se pueden hacer experimentos o reformas educativas inútiles que no han conducido a nada. Lo que está claro es que el derecho a la educación tiene que ser una realidad para todos, porque es la única forma de salir de la mediocridad y la pobreza en la que Bolivia todavía está sumergida. Se ha dicho que  la educación tiene que actualizarse, innovarse, esas acciones necesitan que los maestros y maestras gocen de una buena capacitación basada en valores de ambición por el conocimiento, superación y actualización permanente.

Claro que son tareas enormes, muy fáciles de decir y con sello de imposibles a tiempo de hacerlas realidad. Pero ese es el desafío, es la encrucijada en la que estamos y no solo los bolivianos más pobres, menos asistidos en educación o salud. Es una necesidad de todos, porque esa situación de carencias es la que nos representa como país, como pueblo. ¿O quien tiene la posibilidad financiera y social de recibir buena educación y gozar de buena salud se libra automáticamente de la Bolivia con los menores índices de desarrollo humano?

Lucía Sauma es periodista.

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Mujer, trabajo y pandemia

/ 23 de septiembre de 2020 / 02:28

Esta época de pandemia y cuarentena trajo para las mujeres, además de la violencia, otras amenazas a sus derechos y libertades. Con razón Naciones Unidas dijo que “es probable que la profunda recesión económica que acompaña a la pandemia tenga un rostro claramente femenino”.

Las mujeres se han insertado en el ámbito laboral ejerciendo trabajos mal pagados, en los que previamente renunciaron a beneficios establecidos por la Ley General del Trabajo como el derecho a un salario mínimo, seguro de salud, vacaciones pagadas, jornada laboral de ocho horas, baja por maternidad y otros derechos que son abiertamente desconocidos por los empleadores. La OIT estima que solo en los próximos tres meses se perderán casi 200 millones de puestos de trabajo en el mundo. En Bolivia, los despidos se masificaron y las mujeres (principalmente ellas) fueron despedidas sin ningún goce de haberes, sin los tres meses de desahucio, sin el pago de los salarios devengados y en muchos casos fueron obligadas a renunciar por quiebra de las empresas.

En varios sectores los contratos en planillas anuales o incluso mensuales son una quimera. Ahora los acuerdos laborales se dan en forma semanal o diaria y por tanto el concepto de salario y mucho más el de beneficios sociales desaparece. En nuestro país el gran bolsón de actividad laboral está en el trabajo llamado informal o de cuenta propia, que implica principalmente la venta callejera, realizada en un 80% por mujeres, quienes también se han visto gravemente afectadas por la cuarentena de seis meses. Para estas trabajadoras esto significó la pérdida del 70% de sus ingresos en los dos primeros meses de confinamiento.

Otro tema importante a tomar en cuenta en el trabajo de las mujeres en tiempos de pandemia es el enorme aumento en las labores del trabajo reproductivo, que no fueron repartidas equitativamente dentro de los hogares. Por ejemplo, el cierre de escuelas supone tener a los niños en la casa debiendo cuidarlos a la par que realizar todas las tareas del hogar, extremar los cuidados de los ancianos y además buscar la manera de inventar otras actividades para cubrir el sustento diario.

La pandemia ha dejado al descubierto la desigualdad en la que las mujeres cumplen su doble jornada: el trabajo productivo que además suele ser más precario para las mujeres y el trabajo reproductivo o de cuidado que generalmente es invisible, gratuito y exclusivamente femenino. Y aunque la Constitución Política del Estado dice que el trabajo que se realiza en el hogar debe ser reconocido en las cuentas públicas, aún no se ha logrado siquiera que sea catalogado como trabajo, aunque la vida de las personas depende de él, todavía se lo considera inferior seguramente porque es ejercido principalmente por las mujeres.

Lucía Sauma es periodista.

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Ni patadas, ni mordiscos

/ 9 de septiembre de 2020 / 00:45

En un solo día escuché dos exabruptos de dos autoridades y sobre dos temas distintos, aunque ambos tengan que ver con violencia y la violencia es un exabrupto en sí misma. El primero tiene la autoría de Rafael Quispe, director de Coordinación con Movimientos Sociales, quien dijo que “si fuera Ministro de Gobierno, meto a patadas la Embajada de México y saco del cuello a Quintana”. Detrás de esas palabras seguramente hay un afán de protagonismo, un ardid para atraer la atención a toda costa, negándose a pensar en lo que significa agredir una embajada, en todos los convenios y acuerdos internacionales que se mandan por la borda, en la reacción del país aludido y el hazmerreír en el que terminan esas insulsas palabras.

El otro caso es el que lanzó Aníbal Rivas, jefe policial de Bermejo, quien cuestionó a una víctima de violación sexual arguyendo que “tiene dientes, ¿por qué no mordió a su agresor, por qué no lo arañó?”, luego dijo que eso le hace pensar que “la actuación de la víctima fuera porque quiso que suceda de esta manera”, también se preguntó si las personas no pueden defenderse. Este señor seguro no pensó en su madre, su esposa, en su hija o su hermana, en el momento de hablar tan irrespetuosamente, poniendo en duda la denuncia y convirtiendo a la víctima en una provocadora de la agresión. No pensó el jefe policial que sus palabras suenan a justificación del delito y la conducta del violador, otorgando grado de culpabilidad a las mujeres, las niñas o las bebitas que son violadas a diario en el monte, o en sus casas sin la mínima posibilidad de defenderse como él con tanto desparpajo aconseja.

Ambas aseveraciones provienen de quienes aceptan la violencia, la defienden, la justifican y posiblemente la utilizan. Ninguna de esas conductas, ninguna de esas declaraciones deben pasarse por alto. Quien es capaz de entrar a un lugar a la fuerza es porque tiene alguna experiencia en hacerlo. Y quien aconseja morder o rasguñar olvida que las relaciones humanas hace miles de años dejaron atrás la edad de piedra, donde el macho arrastra de los cabellos a la hembra. Tan erráticas aseveraciones tienen el trasfondo de la fuerza bruta con la que actúan los defensores del patriarcado que solo piensan en cómo dominar a las mujeres y es la defensa de los dictadores que gobiernan pisando la cabeza de los ciudadanos.

Quienes vertieron esas palabras deberán tener en cuenta que no importa si luego de decirlas apelan a que sus declaraciones fueron tergiversadas como es el caso del jefe policial de Bermejo, porque lo dicho, dicho está. Muchos piensan como ellos y solapadamente festejan el atrevimiento. Sepan que ambas declaraciones están defendiendo lo indefendible, están justificando la violencia, terminan eligiendo la barbarie.

Lucía Sauma es periodista.

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Educación a distancia de los políticos

/ 26 de agosto de 2020 / 01:51

El domingo 2 de agosto el Gobierno anunció la clausura del año escolar 2020, lo hizo el ministro de la Presidencia, Yerko Núñez. Al día siguiente, el ministro de Educación, Víctor Hugo Cárdenas, dijo que las clases continuaban en todos sus niveles y que la clausura era solo administrativa. Luego de ambos anuncios la confusión y el caos reinaron a sus anchas. Cuando las aguas habían bajado su caudal, el 19 de agosto, la Sala Constitucional Primera del Tribunal  de Justicia de La Paz dejó sin efecto la clausura del año escolar. Más confusión, más caos.

En estos cinco meses de cuarentena quedó claro que fueron muchos los ofrecimientos para solucionar la orfandad de educación, pero en realidad no se encaró el tema con seriedad ni responsabilidad. Primó como siempre el tema político, las acusaciones, la revisión del pasado como el mejor ardid para justificar lo injustificable. Desde el momento que se declaró la cuarentena en marzo, escuchamos una y otra vez la retahíla constante de un supuesto plan salvador, de un salto a la modernización y el uso de plataformas, aulas virtuales, clases por radio y televisión, programas y planes que nunca se hicieron realidad. Por entonces también se aseguró una y otra vez que no se clausuraría el año escolar.

Inexorablemente llegó la medida tantas veces desmentida de la clausura, ésta vino acompañada de la decisión, a modo de alfiler que pincha el globo, de pase de curso para todos, dejando al descubierto los cimientos de nuestra educación memorística, probada con exámenes donde solo importa la nota y pasar por pasar. A casi nadie le interesa si de verdad se aprendió algo. Se califica el sometimiento, no la reflexión o el desarrollo de una idea con argumento.

Por contradictorio que parezca es necesario aferrarse a este momento como de una tabla salvadora en lugar de seguir dando manotazos de ahogado. Este es un tiempo en el que se puede promover una educación que sea fruto del racionamiento, la que conlleve investigar, la que promueva la curiosidad, la que forme estudiantes con criterio, la que amplíe la visión hacia el mundo del siglo XXI, capaz de aceptar la diversidad como una riqueza, desde el nivel inicial hasta la educación superior. No clases repetitivas y memorísticas sino la presentación de situaciones a resolver.

 Este es un momento en el que se pueden proponer cambios profundos en el sistema educativo. En este tiempo la educación es un tema a salvar a la par que la salud. Y si existe la decisión de hacerlo, el primer paso será despolitizar ambos temas y encararlos con seriedad invitando a quienes hacen ciencia, a quienes son verdaderos especialistas para que implementen políticas de Estado sin la presencia de aquellos que solo miden la ganancia o pérdida según los intereses de su color político partidario, es decir mantener la educación a distancia de los políticos.

Lucía Sauma es periodista.

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No somos enemigos

/ 12 de agosto de 2020 / 02:29

Estos días cientos de imágenes han impreso la radiografía del país: bebecitos en incubadoras a punto de quedar sin oxígeno. Cientos de caminos y carreteras bloqueados. Miles de personas que tienen reclamos de todo tipo desde una prueba de COVID, retorno a clases para sus hijos, renuncia de autoridades, alimentos, trabajo, cama en un hospital, entierro digno. Son demasiadas demandas, demasiadas necesidades. Lo peor es que todas estas imágenes son reales y la falta de respuestas, de soluciones, también.

Puestos frente a esta situación nos preguntamos: ¿Qué hacer? ¿Cómo evitar las escenas que se vieron el pasado domingo en Cochabamba? La radicalidad entre un grupo y otro se da por la falta de racionalidad de ambos, por eso termina desencadenando violencia. Quienes se quejan de la ignorancia o la indolencia de los bloqueadores tampoco reconocen sus propias ignorancias o sus indolencias ante la cotidianidad de quienes solo conocen la sobrevivencia y cuya imagen del futuro es tan triste que no existe.

Bolivia es un país muy desigual, la aceptación sin cuestionamiento de esa desigualdad como algo natural es el peor impedimento para una verdadera salida. Mientras la mayoría de la población no alcance mejores situaciones de vida, no tenga acceso a una educación de calidad, mientras el agua o la luz no pasen de enunciados a derechos cumplidos para todos, el país seguirá siendo un espacio imposible de ordenarse.

Para conseguir  los mínimos logros de igualdad es necesario que en todos los sectores sociales se entienda la urgencia de un acuerdo de unidad en torno a un solo objetivo: la construcción de un país con un mayor nivel de igualdad del que disfrute la mayoría de la población. ¿Ilusorio? ¿Ingenuo? Mi respuesta es que así se construyeron países devastados, destruidos, por guerras, por desigualdades tan aberrantes como las que ahora nos enfrentan. Fueron capaces de dejarse llevar por la oportuna lucidez y depusieron sus armas, sus odios, sus antiguas afrentas. Desecharon lo que les dividía y dieron importancia a los puntos en los que coincidían.

En situaciones como las que vivimos es muy fácil identificar al contrincante, al enemigo, al adversario, lo difícil es encontrar a quienes pueden actuar con  grandeza, los dispuestos a trascender más allá de sus intereses personales e inmediatos y proceder en consecuencia, sin violencia, sin amenazas, sin mentiras. Son muchos los que están dispuestos a trabajar en el cuidado del prójimo. Son mayoría los que quieren que sus hijos estén ocupados en sus tareas escolares, en sus juegos de niños, en sus propios sueños. Son multitud los que están dispuestos a entregar sus energías por una sociedad que enorgullezca a todos. Solo que a veces no los vemos.

Lucía Sauma es periodista.

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