Voces

domingo 25 oct 2020 | Actualizado a 04:38

Repensar nuestro feminismo

/ 9 de octubre de 2020 / 04:29

En enero de este año publiqué en este espacio un artículo denominado Fue por el feminismo, su contenido nació en el intento de hacer un paralelismo del actual Gobierno transitorio con el que encabezó Rodríguez Veltzé hace 15 años. A medida que recorría el ejercicio de sucesión presidencial de 2005 con el de 2019 se hizo evidente una importante diferencia que radicaba en la presencia de mujeres en la línea de sucesión constitucional, esto como producto de los esfuerzos que históricamente se han realizado desde algunos feminismos cuya lucha pone buena parte de sus esfuerzos en la participación política de la mujer teniendo como horizonte la democracia paritaria. De alguna manera esa variable (junto a otras) viabilizó que, luego de la renuncia de Morales y una suerte de reacomodo político el país quedara a la cabeza de Áñez y Copa. Así también nació el título que le puse a esa nota de opinión.

Aunque la manera en que este gobierno llegó al poder fue —por decir lo menos— anómala y los sucesos de noviembre de 2019 aún continúan sobre la mesa de debate nacional e internacional, el haber transitado estos largos meses pandémicos en medio de una crisis política ha permitido sacar a flote complejas problemáticas estructurales que datan de la época colonial y republicana, que no solo no pudieron ser resueltas durante el último largo gobierno de Evo Morales sino que varias habían sido puestas “bajo la alfombra” para darle paso a una puesta en escena estatal que, primero, poco a poco fue ralentizando la implementación de un verdadero Estado Plurinacional para luego, en dirección opuesta, dar cabida a un proceso de desconstitucionalización. Y que hoy simplemente ha desaparecido de los horizontes institucionales nacionales producto del momento de transición irresuelto que vivimos.

Por varias décadas las diferencias entre los diversos feminismos han estado sobre la mesa, aunque con los años éstas se han hecho más visibles ante gran parte de nuestra sociedad. Y aunque se registran importantes avances sobre los que no hay que permitir retrocesos también es importante identificar los riesgos que se han instalado dentro de éstos. Concretamente, tras lo que hemos presenciado se hace crucial para algunos feminismos instalar un debate en torno a la calidad de la representación y participación política de las mujeres que llegan a cargos de poder, pues no debiera ocurrir que una causa tan justa como la inclusión política rinda solo resultados cuantitativos y no cualitativos. Si algún feminismo no puede transformar el contenido de la política patriarcal sino solo su apariencia, algo está fallando. De ello quedará —como objeto de amplia reflexión histórica— el recuerdo de una mujer que, de manera azarosa, accedió a una presidencia transitoria que fue ejercida de la manera más patriarcal y traumática, tanto para nuestras causas compartidas como para nuestra democracia.

Lo más probable es que entre las consecuencias de todo este opaco tiempo se materialice el ingreso por la vía democrática de corrientes reaccionarias y fundamentalistas (es decir, fascistas) a los espacios legítimos e institucionales del poder político, poniéndonos a tono con lo que ocurre regional y globalmente.

Los antídotos ante esta arremetida vendrán en clave de feminismo junto al enorme desafío de repensarlo en sus mayores aciertos y errores, como única manera de fortalecer los feminismos que tenemos. Y también en clave de autocrítica propia por la mirada acrítica o el silencio, como mejor manera de construir a las feministas que queremos ser.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Nuevamente, nada es lo mismo

/ 23 de octubre de 2020 / 03:23

Bolivia es, hoy, un país en el que se ha vuelto muy fácil decir la palabra fraude. Y, tras lo ocurrido esta última semana, es posible pensar que esa palabra ya no hace referencia solamente a un cúmulo de acciones planificadas para revertir los resultados de la voluntad popular en un determinado proceso electoral, sino más bien se puede decir que su fácil evocación es un síntoma claro de un desborde del léxico democrático.

Para consolidar la ruptura de la institucionalidad democrática era necesario ponerle en frente una idea en torno a la voluntad popular que la pudiera hacer tambalear. La repostulación del expresidente Morales, en irrespeto a la votación del referéndum de 2016, puso en bandeja la excusa perfecta para que gran parte de la ciudadanía, indignada, se volcara a las calles optando por pasarse por encima las instituciones que habían posibilitado ese hecho. Pero entre 2016 y 2019 habían pasado tres años y en la sociedad global hiperdigitalizada, donde cada segundo ocurre un hecho que es un mundo semántico en sí mismo y que, si nos involucra, puede acabar con todo nuestro espectro emocional en segundos, era difícil que una simple reavivación de un discurso como el del 21F pudiera remover tan a fondo las emocionalidades para exacerbarlas al punto de movilizarlas en 2019. Por eso era necesario un nuevo dispositivo discursivo, uno que permitiera rememorar el malestar por una ilegítima repostulación pero que, a la vez,  pudiera dar una estocada final a la paciencia democrática: dejar el centro, abandonar la institucionalidad. Ese nuevo dispositivo discursivo fue la palabra fraude y conllevó toda una narrativa posterior que se fue construyendo incesantemente, por varios poderes políticos y mediáticos, a través de los siguientes meses.

Los dispositivos discursivos pueden llegar a tener el efecto inmunitario al que Roberto Esposito hace mención cuando se refiere a la lógica de la biopolítica. Esto es que, a reserva de la fe con la que se inserta un dispositivo discursivo en un determinado conflicto, su inserción en un grado insoportable puede llevar a causar el efecto contrario. Una causa, al ser excedida en su objetivo, puede llegar a volverse contra ella misma.

La estrategia de hacer de la palabra fraude el núcleo para una extensa e insistente narrativa, junto al uso de otras palabras para la estigmatización continua y desenfrenada de un grupo político, terminó desbordando los propios bordes semánticos de estas palabras que, ante los hechos políticos registrados el pasado domingo, se están volviendo desechos semióticos que existen pero ya no dicen ni significan nada.

Los unos la resignifican para engalanar su victoria, señalando que en este país el triunfo es de aquellos que fueron llamados machaconamente “bestias humanas” y “salvajes”. Y los otros la usan a conveniencia para justificar su derrota, arguyendo que todo lo que no pueden entender tiene por nombre: fraude.

Ah, las palabras, esas que quedan por llenar de significado y estas que se están vaciando. Tantas de ellas que deberemos desechar, inventar y resignificar. Ya lo ponía como desafío el más grande de los ángeles poetas: “La lágrima fue dicha (…) Después de haber hablado, de haber vertido lágrimas, silencio y sonreíd: nada es lo mismo. Habrá palabras nuevas para la nueva historia y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde”.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Campañas electorales digitales II

/ 25 de septiembre de 2020 / 03:20

Esta serie de apuntes sobre las campañas electorales digitales iniciaba bajo el supuesto de que un proceso electoral realizado en medio de una pandemia iba a imprimir un cambio sustantivo en las formas de hacer campaña y propaganda por parte de los partidos políticos y la ciudadanía. Este escenario cambió inesperadamente cuando a días del inicio del periodo de campaña electoral se determinó, desde el Gobierno, una flexibilización de la extensa cuarentena que atravesó el país desde marzo.

Tras tres cambios de la fecha de votación producto, precisamente, de que el escenario de la pandemia empeoraba esta flexibilización de la cuarentena —sobre todo durante el periodo de campaña y propaganda— resultó una novedad inesperada. Con todo, aún se podía mantener en pie la hipótesis de una sobredigitalización de las campañas puesto que aún son obligatorias las medidas de bioseguridad en toda actividad.

Históricamente, la penetración de Facebook ha sido tan alta en el país que se la conoce como la red sociodigital más usada en Bolivia desde que se tiene registro de su uso. Así, esta red se ha constituido en una plataforma para campañas electorales de manera más clara durante los procesos democráticos de 2014, 2015 y 2016 en el país. No obstante, en 2018 Facebook atravesó por un complejo escándalo que develaba la influencia de las tecnologías de información y comunicación en el desempeño de las democracias y en los resultados electorales. Este punto de inflexión obligó a esta empresa a buscar la forma de implementar mecanismos que permitieran transparentar los recursos que se invierten en esta plataforma para promover contenidos políticos. Así nació la herramienta denominada Transparencia, mediante la cual se hacen públicos para consulta los datos de administración de anuncios pagados en páginas de contenido político. Aunque esta funcionalidad existe desde 2018, Facebook comunicó su disponibilidad para el país a poco de arrancar este periodo de campaña electoral 2020.

A casi una semana de iniciado el periodo de propaganda se pueden evidenciar algunos apuntes que son importantes al momento de generar hipótesis en torno a lo que es el desarrollo de las campañas electorales digitales, al menos en Facebook, por ahora. Un barrido a las páginas verificadas de las siete candidaturas presidenciales en carrera, muestra que tres de ellas comparten su administración desde otros países: la página de Luis Arce cuenta con siete administradores de Argentina, la de Jorge Quiroga tiene tres administradores en Estados Unidos y la de Carlos Mesa tiene un administrador en México. Además de ello, esta herramienta permite ver la cantidad de mensajes pagados que han circulado en esta red desde el inicio del periodo de propaganda, destaca la cantidad de mensajes “posteados” por Quiroga (67), seguido por Mesa (12), Chi Hyun Chung (3), Camacho (2) y, hasta la fecha, no se ha pagado por la difusión de ningún mensaje desde la página de Arce. Ojo, existen algunos casos de mensajes pagados previos al inicio del periodo de propaganda. Desde las páginas verificadas de los partidos políticos no se emiten estos contenidos, se los difunde preferentemente desde las cuentas de los presidenciables.

Preguntas. ¿Los candidatos están empezando tarde, no cuentan con presupuesto o no las están contemplando en su estrategia? Lo cierto es que lo que sí se ha visto bastante son los clásicos mecanismos de campaña “de tierra”, es decir: caravanas, concentraciones, proclamaciones y caminatas. Actividades cuyo éxito depende de una gran cantidad de adherentes, todo un riesgo en pandemia. Así, hasta ahora, la paradoja de las campañas en medio de una pandemia.

Verónica Rocha es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Campañas electorales digitales I

/ 11 de septiembre de 2020 / 04:09

Apenas seis años han transcurrido desde que las campañas electorales digitales comenzaron a prefigurarse como tales en nuestro país. La investigación Comicios Mediáticos, realizada tras las elecciones generales de 2009 y 2014 pudo evidenciar que si bien en 2009 hubo algunos esfuerzos por utilizar espacios digitales para las campañas de entonces, fue un hecho marginal. Así, se puede considerar que el año 2014 fue en el que las plataformas digitales fueron consideradas como verdaderos espacios de realización de campaña electoral por parte de las organizaciones políticas, esto acompañado de la legitimación de los mismos por parte de medios de comunicación y ciudadanía. Salvo puntuales excepciones, de manera general la clase política había llegado tarde al ciberespacio, años antes las y los cibernautas ya transitaban los escenarios digitales intentando conocer y documentar sus características, usos y beneficios. Luego de un buen tiempo de escepticismo se les unieron las y los periodistas.

Con todo, aún en 2014 (e incluso en 2015) se mantenía —con algunas reservas— la mirada tecno-optimista sobre el ingreso de estas nuevas plataformas de comunicación a las arenas de la política institucionalizada. Desde entonces la forma de entenderlas cambió aceleradamente, sobre todo durante el desarrollo de campañas electorales entre 2016 y 2018, en las que tanto en Bolivia como en el mundo la mirada en torno al uso de redes sociodigitales en campañas electorales terminó constituyéndolas en una posible amenaza a los procesos democráticos.

Elecciones anuladas el pasado año y pandemia de por medio durante todo este año, se ha tendido mucho a calificar prematuramente a esta campaña 2020 como el año en que presenciaremos la campaña electoral digital por excelencia. Sea por el camino avanzado en breve tiempo, por el aumento lógico (aunque aún lento) de los niveles de conectividad en el país o porque la pandemia nos ha llevado a “digitalizar” abruptamente muchos aspectos de nuestras vidas y tendremos elecciones en medio de ella.

Es difícil pensar qué estaría ocurriendo en este momento si aún se mantuvieran las estrictas medidas de confinamiento establecidas hasta hace pocos días producto de una larga cuarentena, pues lo primero que se pensaba hasta el pasado mes cuando se trataba de ensayar las características de esta campaña electoral era en su digitalismo. La sorpresiva flexibilización de una mermada cuarentena aún dejaba sobre la mesa la duda en torno a cómo las campañas iban a ser encaradas; no obstante, la población ha atestiguado desde el pasado domingo que pese a los riesgos que todavía implica la aglomeración de personas, nuestra política pareciera aún no estar preparada para abandonar del todo las calles.

Si bien las campañas electorales digitales ya habían arrancado mucho antes del 6 de septiembre en las redes sociodigitales ante la mirada de todos, lo cierto es que será seguramente durante lo que resta de estos 45 días de campaña y 30 de propaganda, los que nos servirán para comprobar cuán cierta es la hipótesis de que estamos ad portas de vivir la campaña electoral más digitalizada de nuestra historia democrática. Mientras tanto, lo crudamente cierto es que la mirada con la que se la espera desde la ciudadanía puede estar siendo más bien tecno-pesimista. Habrá que ver pues si, al final del proceso electoral, esta campaña habrá posicionado más conceptos como posverdad, desinformación, noticias falsas y manipulación; u otros como interacción, participación, propuestas y voto informado.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Pedagogía electoral, tarea conjunta

/ 28 de agosto de 2020 / 02:15

A pesar de lo erosionada que se encuentra nuestra democracia, se puede afirmar (hasta que se demuestre lo contrario) que Bolivia aún goza de una saludable cultura del voto que ha permitido que entendamos a la jornada de votación como una fiesta democrática. Habiéndose retomado por segunda vez el calendario electoral pendiente para el desarrollo de las elecciones generales 2020 pareciera ser que, en esta ocasión y casi sin tránsitos, se ha dejado de lado el debate ciudadano en torno a las complejidades que demandará llevar adelante una votación en medio de una pandemia para adentrarnos de lleno en otros temas colaterales al proceso electoral como tal.

Así, lo que parece ocurrir en el siempre dinámico espacio de la opinión pública y publicada es que aún por fuera del periodo permitido por la norma, las campañas electorales han comenzado y parecieran avanzar sin pausa rumbo a que el posicionamiento de discursos, sucesos de campaña y, ojalá, propuestas programáticas vayan copando progresivamente las agendas informativas y de opinión.

A ello se suman las no pocas demandas de acción al Tribunal Supremo Electoral (TSE) desde partidos políticos, comités cívicos y ciudadanía organizada por vías digitales que incluso llegan a exigir acciones que exceden los alcances de este proceso electoral pero que la institución deberá asumir explicando y transparentando en aras de afianzarse como el único poder estatal con la capacidad de generar espacios de encuentro, en medio de nuestra tensa coyuntura.

En suma, parece ser que la importante cantidad de cambios logísticos electorales que experimentaremos por vez primera el 18-O corren el riesgo de permanecer tras bambalinas de la avalancha de hechos que se irán desarrollando en las siete semanas que aún le preceden a la fecha de votación, donde se jugarán principalmente intereses político partidarios de poder.

Por el otro lado, en muestra de que las actividades preparatorias avanzan, el TSE aprobó esta semana el protocolo de bioseguridad que guiará el accionar de los múltiples actores institucionales y ciudadanos encargados de garantizar el éxito de la jornada electoral.

El mencionado documento consigna 51 medidas sanitarias, distribuidas en siete actividades concretas que tienen lugar en el proceso electoral y especialmente durante la jornada de votación. Las medidas de bioseguridad que se han establecido permitirán garantizar el incremento de recintos, la ampliación por una hora del horario de votación, la restricción de actividades comerciales cerca de los recintos, dos horarios para la votación diferenciados por terminación de los carnets de identidad, el sorteo de jurados exclusivamente entre ciudadanos de entre 18 y 50 años, la orientación a las y los electores, y el uso obligatorio de  barbijos y lentes de protección durante la jornada de votación. 

La adecuada implementación de estas medidas será el ingrediente determinante que permitirá que la ciudadanía acuda a ejercer su derecho político resguardando simultáneamente su salud y, como todas las medidas de bioseguridad relativas a la prevención de la COVID-19 que hemos ido implementando los últimos meses, tendrán su éxito garantizado solamente si toda la comunidad las conoce y practica adecuadamente.

Así, a la ciudadanía democrática interesada en que las elecciones se realicen de la manera más segura, organizada y transparente posible le corresponderá constituirse parte activa de un acelerado y complejo proceso de pedagogía electoral que permita que las innovaciones logísticas sean adecuadamente conocidas e implementadas y que su éxito le pueda ganar a la desinformación propiciada desde los ojalá pocos flancos interesados en no llevar adelante las elecciones.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Binarismo simplificador

/ 14 de agosto de 2020 / 01:58

En periodo electoral es común evaluar todo hecho político mediante el balance en torno a las “ganancias” y las “pérdidas” que cosechan las fuerzas políticas institucionalizadas que pugnan por el voto, con especial énfasis en aquellas que encabezan la preferencia electoral. De hecho, este análisis de tipo político es moneda corriente en la mayoría de los espacios periodísticos y mediáticos. Así, son periféricos los análisis de tipo sociológico o cultural en torno a nuestra agenda política cotidiana, se trata de una omisión muy normalizada en el ajetreo mediático y que, como resultado, deja por fuera la valiosa pregunta en torno a qué gana y qué pierde la sociedad (como tal) en estos hechos políticos.

Las causas y consecuencias de que una de nuestras ventanas al mundo esté configurada de esta manera, sea por la volatilidad de nuestra política diaria o sea porque vivimos en una sociedad altamente politizada nos lleva inevitablemente a una simplificación de la realidad que se torna muy riesgosa para nuestra convivencia democrática. De ahí que resulta bastante fácil y simplista dividir la política viva de este país en clave binaria: aquellos de absoluta bondad contra los de inconmensurable maldad. Y es que es así cómo desde buena parte de los partidos políticos se construyen estos relatos, fruto de posiciones dogmáticas propias de instituciones verticales y patriarcales. Para corroborarlo, basta mirar un poco el escenario de las vocerías y fuerzas políticas hasta encontrar a quienes se muestran más reactivos ante las corrientes autoritarias y que suelen ser quienes mejor han aprendido y replican esa forma de mal entender la democracia.

Volviendo a la sociedad, lo cierto es que pareciera ser que la imposibilidad de leer sociológica, cultural o políticamente (por fuera de la política formal) a la sociedad boliviana nos lleva a elaborar y manifestar nuestros (pre)juicios en torno al comportamiento de los otros con base a estos parámetros propios del campo político institucional; que, ya se dijo, actualmente están establecidos de forma plana y binaria. Es así que un desaforado discurso de un Comité Cívico tienda a asociarse directamente a la totalidad de una ciudadanía calificada como “pitita” o que un intransigente pliego petitorio de una organización sindical tienda a ser asociado directamente a la totalidad de una ciudadanía calificada como “masista”.

Esta forma sesgada de leer la política que se hace desde la sociedad permite que las manifestaciones propias de grupos sociales con intereses y agenda propia sean reducidas a adjetivos que nacen en los relatos de la política institucional confrontada. Esto hace que se tienda a eliminar definitivamente su complejidad y, al hacerlo, se cancele la necesidad de su comprensión.

El tiempo ha demostrado que casi a toda generación de bolivianas y bolivianos le ha tocado mirar(se) al espejo para resolver las grietas sociohistóricas que comúnmente salen de debajo de la alfombra cuando no se resuelve o gestiona adecuadamente lo que es la bolivianidad y la democracia. Y aunque la historia nos encuentre hoy bastante cansados de hacerlo una vez más, es necesario que encontremos las formas de renovar las preguntas antes de acudir a respuestas pre fabricadas, descubramos las formas creativas de dialogar antes de recurrir a instancias agotadas en su recurrencia, (re)inventemos el espíritu democrático que nos permita no solo tolerarnos sino entendernos y, sobre todo, usemos con templanza y buena fe el pasado común para visualizar un futuro.

Verónica Rocha es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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