Voces

sábado 24 oct 2020 | Actualizado a 02:42

Interregno autoritario y elecciones

/ 12 de octubre de 2020 / 01:37

Palabra interregno viene del latín inter, “entre” y regnum, “soberanía, reinado” y se remonta a la monarquía. Es un intervalo donde no hay soberano, o sea, hay un vacío de poder amén a la muerte o abdicación de un Rey hasta la posesión de su sucesor. La restitución hereditaria zanjaba este percance. De allí, el adagio: El Rey ha muerto, viva el Rey. Esta idea de interregno hoy se extrapola para comprender el devenir democrático boliviano.

La renuncia forzada de Evo Morales a la presidencia, previa una cruzada conspirativa, configuró las condiciones para el golpe de Estado blando. El autonombramiento de Jeanine Áñez como presidenta transitoria inauguró un interregno autoritario que se inició con masacres a campesinos y pobres; posteriormente, se orientó hacia un régimen autoritario: persecuciones judiciales y políticas, amedrentamiento, amenazas, surgimiento de grupos parapoliciales, saqueo, corrupción y un largo etcétera. Otorgando así la razón a Antonio Gramsci: “En el interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Entonces, la crisis poselectoral de noviembre posibilitó un gobierno transitorio carente de legitimidad de origen desembocando en un interregno autoritario.

Bolivia se caracterizó por una constante inestabilidad política produciendo varios interregnos. El gobierno de izquierda de Juan José Torres (1970-1971) fue un interregno entre el gobierno autoritario de René Barrientos y la dictadura de Hugo Banzer. La coyuntura entre la dictadura de Banzer y la de Luis García Meza estuvo marcada por un breve interregno de gobiernos democráticos. Finalmente, los gobiernos militares posteriores al régimen de facto de García Meza fueron parte de un interregno que desembocó en la restauración democrática. El gobierno de Hernán Siles Zuazo, desde 1982, marcó un ciclo democrático caracterizado por la sucesión presidencial continua, legal y legítima en los marcos constitucionales y dirimidos en las urnas. Empero, desde el 10 noviembre de 2019, Bolivia vive otro interregno arbitrario.

¿Cómo pensar este interregno? No es solamente un tránsito de un gobierno a otro, sino por las condiciones políticas precedidas es un trance dirimidor entre la restauración oligárquica —que el gobierno de Áñez representaba en sus inicios y desperdiciado luego por su mal gobierno— encarnada por partidos opositores al Movimiento Al Socialismo (MAS) y el proyecto nacional popular que simboliza éste.

Con el desmarque de Áñez de la disputa electoral vuelve al debate si este interregno autoritario terminará, o, por el contrario, se prolongará. El constante amedrentamiento gubernamental y de sus grupos parapoliciales generando zozobra dejan una espada de Damocles sobre la democracia, incluso a sabiendas de que hoy una salida autoritaria, a diferencia del año pasado, no es posible: no hay las condiciones materiales y subjetivas para una aventura golpista. Además, esa salida autoritaria sería un suicidio y un retroceso democrático.

Entonces, este interregno autoritario es una prolongación de la crisis política de 2019 que sirvió para desempolvar esa vieja frase gramsciana: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”. De allí, la disputa política y discursiva electoral es entre los viejos restauradores oligárquicos que pretenden volver al Estado republicano neoliberal y, el MAS, que busca retomar por la senda de la consolidación del Estado Plurinacional. Quizás, aquí estriba la importancia del voto.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Secreto a voces

/ 23 de octubre de 2020 / 03:42

Para nadie debería resultar extraño que algunas unidades educativas fiscales y de convenio hayan retornado a las aulas para continuar con las concreciones curriculares a través de la modalidad de atención semipresencial. Atrás quedó la Resolución Ministerial 0050/2020 que determinó la clausura de la Gestión Educativa y Escolar 2020.

Según el controversial Decreto Supremo 4260 y su reglamentación específica para el Subsistema de Educación Regular, la modalidad de atención semipresencial es el proceso educativo caracterizado por combinar, de manera sistemática, la modalidad presencial con las modalidades de atención a distancia y/o virtual, sustentada en recursos físicos, televisivos, radiales, digitales, telefónicos, herramientas tecnológicas y en la interacción entre maestro y estudiantes.

Sin embargo, el Decreto Supremo 4314 del 27 de agosto, en su artículo quinto (Restricciones), inciso f, refiere textualmente la suspensión de clases presenciales en todo el territorio nacional, lo que fue ratificado por el Decreto Supremo 4352 del 29 de septiembre, que en su artículo único, parágrafo primero, amplía hasta el 31 de octubre la vigencia de las medidas de la fase de posconfinamiento con vigilancia comunitaria activa de casos de coronavirus.

La reanudación de las actividades curriculares en unidades educativas, en la modalidad semipresencial, tiene diferentes realidades y aristas. En algunos casos es el resultado del consenso entre maestros, estudiantes y padres de familia; no obstante, en otros contextos educativos prevalece el ultimátum de las juntas escolares y autoridades originarias, argumentando la cancelación de sueldos a los maestros y la desescalada de casos positivos por el COVID-19. 

Por consiguiente, es imperante que el Ministerio de Educación, Deportes y Culturas emita un pronunciamiento oficial sobre la autorización o prohibición del retorno a las aulas en la modalidad de atención semipresencial, ya que se carece de sustento legal y protocolos de bioseguridad para el desarrollo curricular en presencia del maestro y estudiantes.

De persistir la omisión dolosa de las autoridades educativas nacionales, departamentales y distritales, quedará demostrado una vez más la ausencia del Estado en algunos contextos educativos, siendo inadmisible que el retorno a las aulas no tenga ningún sustento legal y sanitario.

Luis Callapino es magíster en Políticas de Formación Docente.

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El MAS que conocí

/ 23 de octubre de 2020 / 03:34

Cuando se consumó el golpe de Estado de 2019, hasta el más optimista dentro del MAS-IPSP consideraba la posibilidad de que su partido tardaría más de una década en volver a levantarse, si lograba sobrevivir hasta las siguientes elecciones. Tiempo después, cuando quedaba patente el terco afecto del mundo popular por el partido azul, todavía primero en las encuestas electorales a mediados de este año, hasta el más pesimista de los masistas pensaba que era posible una victoria, pero nunca como efectivamente se dio el domingo pasado. No es posible predecir Bolivia; sí, tal vez, explicarla, quizá comprenderla.

Lo que sí podemos hacer con seguridad es reflexionar y adoptar una posición frente al mundo que se presenta ante nosotros, ejercitando nuestras capacidades valorativas permitidas por la razón. En ese sentido, me gustaría destacar lo que considero es rescatable en el MAS, y también señalar aquello que debería, a mi juicio, descartarse y superarse. Más allá de caudillos y mesías, éstas son las razones por las que creo que este partido es el único capaz de resolver los persistentes traumas colectivos de nuestro país.

Primero, intenta comprender y valora la identidad indígena boliviana que las clases privilegiadas del país rechazan visceralmente; segundo, entiende y se resiste, al menos en discurso, a perpetuar un orden internacional donde la división internacional del trabajo condena a Bolivia a producir materias primas y subordinarse a potencias extranjeras; y tercero, ensaya formas de distribución social de la riqueza en favor de los más pobres, a partir de la propiedad y control soberano de los recursos naturales y una decidida intervención estatal sobre la economía. Inclusión política, soberanía nacional y redistribución de la riqueza son, en suma, elementos que nos inclinan a muchos a favor del MAS, al menos el MAS que conocí.

Pero también debo indicar, negativamente, que este partido no pudo superar críticas deficiencias que hicieron posible la sedición “pitita” de noviembre pasado, tutelada por policías y militares: primero, no pudo articular las diferentes corrientes ideológicas que cohabitaban en su interior en una doctrina coherente capaz de ser transmitida y aplicada; segundo, permitió que las organizaciones sociales que posibilitaban su existencia fueran desplazadas en su conducción del Proceso de Cambio por clases medias que muchas veces justificaban su primacía en el manejo del Estado a partir de los excluyentes criterios del capital cultural y educativo; y tercero, concentró demasiado poder de decisión en un líder, Evo Morales, que tampoco trató de contrarrestar los nocivos efectos del culto a la personalidad, que de hecho fomentó.

Todo esto, lo bueno y lo malo, hizo que, durante 14 años de gobierno, contrastaran en Bolivia incipientes procesos de democratización socioeconómica e inclusión social frente a instituciones políticas informales como el clientelismo, el patrimonialismo y la corrupción, que fueron minando el respaldo popular al mencionado Proceso de Cambio. Un estancamiento que inadvertidamente se tornó en decadencia, y luego, en aparente extinción.

No sé si el MAS que describí y juzgué acá sigue existiendo. Tal vez es ya otro partido, mejor, peor, solo el tiempo y la calidad de sus líderes lo dirá. Más del 50% del electorado boliviano considera que merece otra oportunidad. Yo creo que la política es la solución colectiva a los problemas que enfrentamos como sociedad, y ésta no es posible sin ideas ni principios. He tratado de señalar algunos.

Carlos Moldiz es politólogo.

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Nuevamente, nada es lo mismo

/ 23 de octubre de 2020 / 03:23

Bolivia es, hoy, un país en el que se ha vuelto muy fácil decir la palabra fraude. Y, tras lo ocurrido esta última semana, es posible pensar que esa palabra ya no hace referencia solamente a un cúmulo de acciones planificadas para revertir los resultados de la voluntad popular en un determinado proceso electoral, sino más bien se puede decir que su fácil evocación es un síntoma claro de un desborde del léxico democrático.

Para consolidar la ruptura de la institucionalidad democrática era necesario ponerle en frente una idea en torno a la voluntad popular que la pudiera hacer tambalear. La repostulación del expresidente Morales, en irrespeto a la votación del referéndum de 2016, puso en bandeja la excusa perfecta para que gran parte de la ciudadanía, indignada, se volcara a las calles optando por pasarse por encima las instituciones que habían posibilitado ese hecho. Pero entre 2016 y 2019 habían pasado tres años y en la sociedad global hiperdigitalizada, donde cada segundo ocurre un hecho que es un mundo semántico en sí mismo y que, si nos involucra, puede acabar con todo nuestro espectro emocional en segundos, era difícil que una simple reavivación de un discurso como el del 21F pudiera remover tan a fondo las emocionalidades para exacerbarlas al punto de movilizarlas en 2019. Por eso era necesario un nuevo dispositivo discursivo, uno que permitiera rememorar el malestar por una ilegítima repostulación pero que, a la vez,  pudiera dar una estocada final a la paciencia democrática: dejar el centro, abandonar la institucionalidad. Ese nuevo dispositivo discursivo fue la palabra fraude y conllevó toda una narrativa posterior que se fue construyendo incesantemente, por varios poderes políticos y mediáticos, a través de los siguientes meses.

Los dispositivos discursivos pueden llegar a tener el efecto inmunitario al que Roberto Esposito hace mención cuando se refiere a la lógica de la biopolítica. Esto es que, a reserva de la fe con la que se inserta un dispositivo discursivo en un determinado conflicto, su inserción en un grado insoportable puede llevar a causar el efecto contrario. Una causa, al ser excedida en su objetivo, puede llegar a volverse contra ella misma.

La estrategia de hacer de la palabra fraude el núcleo para una extensa e insistente narrativa, junto al uso de otras palabras para la estigmatización continua y desenfrenada de un grupo político, terminó desbordando los propios bordes semánticos de estas palabras que, ante los hechos políticos registrados el pasado domingo, se están volviendo desechos semióticos que existen pero ya no dicen ni significan nada.

Los unos la resignifican para engalanar su victoria, señalando que en este país el triunfo es de aquellos que fueron llamados machaconamente “bestias humanas” y “salvajes”. Y los otros la usan a conveniencia para justificar su derrota, arguyendo que todo lo que no pueden entender tiene por nombre: fraude.

Ah, las palabras, esas que quedan por llenar de significado y estas que se están vaciando. Tantas de ellas que deberemos desechar, inventar y resignificar. Ya lo ponía como desafío el más grande de los ángeles poetas: “La lágrima fue dicha (…) Después de haber hablado, de haber vertido lágrimas, silencio y sonreíd: nada es lo mismo. Habrá palabras nuevas para la nueva historia y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde”.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Urgente

/ 21 de octubre de 2020 / 03:00

Un año después del fallido acto electoral de 2019, mujeres y hombres bolivianos del campo y las ciudades acudimos a votar con la boca tapada, el carnet y el bolígrafo en mano, realizando larguísimas filas, bajo el sol y la lluvia, dispuestos a entregar nuestra confianza a quien se vea con mejor aptitud para cumplir con lo más urgente, lo importante, lo necesario para sostener nuestras vidas con cierta dignidad y un toque de esperanza. Ya verá el candidato elegido que hay tareas impostergables, de esas que se dicen para ayer. La lista viene encabezada por salud y educación, todo un mundo por hacer, más todavía cuando le sigue trabajo, producción, generación de recursos y todo en tiempos de pandemia. Un enorme desafío que el nuevo gobierno tendrá que afrontar. Una tarea titánica que a los no elegidos les hará decir “de la que me libré” y al seleccionado le quitará el sueño y más de una vez le hará exclamar “en la que me metí”.

Sin embargo, para quien asuma el desafío con integridad, valentía, pleno conocimiento de la situación y suficiente apoyo de la ciudadanía, ésta puede ser una gran oportunidad de reconstruir el país y la vida de sus habitantes con grandeza, encarando lo verdaderamente importante y urgente. Durante este tiempo de crisis sanitaria hemos palpado que si bien hay infraestructura hospitalaria, falta implementarla con personal idóneo y equipos adecuados. Pero también ha quedado evidenciado que la población tiene muchas enfermedades de base como diabetes, obesidad, producto de una mala alimentación, por lo que se deben encarar políticas públicas de prevención, sin descuidar las políticas de atención.

En cuanto a la educación ya no se pueden hacer experimentos o reformas educativas inútiles que no han conducido a nada. Lo que está claro es que el derecho a la educación tiene que ser una realidad para todos, porque es la única forma de salir de la mediocridad y la pobreza en la que Bolivia todavía está sumergida. Se ha dicho que  la educación tiene que actualizarse, innovarse, esas acciones necesitan que los maestros y maestras gocen de una buena capacitación basada en valores de ambición por el conocimiento, superación y actualización permanente.

Claro que son tareas enormes, muy fáciles de decir y con sello de imposibles a tiempo de hacerlas realidad. Pero ese es el desafío, es la encrucijada en la que estamos y no solo los bolivianos más pobres, menos asistidos en educación o salud. Es una necesidad de todos, porque esa situación de carencias es la que nos representa como país, como pueblo. ¿O quien tiene la posibilidad financiera y social de recibir buena educación y gozar de buena salud se libra automáticamente de la Bolivia con los menores índices de desarrollo humano?

Lucía Sauma es periodista.

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Diarios de octubre

/ 21 de octubre de 2020 / 02:58

Viernes, 16: ha llovido al mediodía y ha llovido en la tarde. La sensación térmica es de un “frío infernal”. Estamos en primavera y desde mi ventana saco una foto de Alto San Isidro con los cerros pintados de nieve. Es un buen presagio. La plana mayor del Banco Central de Bolivia abandona el barco. El penúltimo esperpento llegó hace dos días, el miércoles, cuando la canciller Longaric recibió las cartas credenciales de un “embajador” venezolano elegido por un presidente autoproclamado en una plaza. Carolina, la hija de la Presidenta, de golpe, lanza un mensaje en su Facebook a las cuatro de la tarde: “El MAS va a ganar en primera vuelta; la soberbia y la terquedad de muchos no solo nos está cegando sino que también nos está condenando”. Mario Vargas Llosa pide aglutinar el voto de la derecha en el candidato Mesa. Dos días antes, el periodista estrella(do) de CNN Fernando del Rincón, ídolo “pititero”, ha dado una orden desde el norte: Camacho, bajáte. Camacho es “acusado” de facilitar una hipotética victoria del MAS. Camacho no se rinde, no se cansa. Somos un gran manicomio al aire libre.

Sábado, 17: el día amanece con militares en las calles para resguardar la democracia. Las tapas de los periódicos llevan la foto de un diputado argentino retenido por la Policía en el aeropuerto de El Alto. Ha sido invitado para acompañar las elecciones y es acusado de “agitador” por el mismísimo ministro de Gobierno, conocido con el sobrenombre del Bolas. Algunos vecinos de la zona Sur tapian las puertas de sus casas. Cuando cae la noche y la población está guardada por un toque de queda de facto, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) anuncia la suspensión del mecanismo de conteo rápido. Es decir, no habrá datos oficiales definitivos el día del sufragio. Algo se está cocinando. Mañana vamos a votar para recuperar la democracia. Muchos temen los resultados electorales, como se teme una cirugía al corazón: pueden salir mal muchas cosas.

Domingo, 18: las colas en los colegios son largas por el necesario distanciamiento social. Pero hay muchas ganas de votar y las horas parecen minutos. Ha llovido, ha tronado, ha salido el sol, ha hecho frío, ha hecho calor. Es un día normal en Chuquiago Marka. Los militares han estado fuera y dentro de los colegios electorales: votos versus botas. Es la primera vez que voy a votar rodeado de uniformes color caqui, algunos de asalto. ¿Quién es el enemigo? Los resultados a boca de urna anunciados para las ocho de la noche no llegan. Pasadas las nueve, el presidente del TSE, don Salvador, comparece ante los medios. Si nos fijamos en su lenguaje verbal, es fácil llegar a una conclusión: las noticias no serían buenas para la(s) derecha(s). Los canales anuncian que “en instantes” habrá resultados. Es la última metafísica popular para el Papirri: el «instante» de las cuatro horas. A las once de la noche, el avance de conteo oficial solo llega al 1,71%. A todo esto, ¿dónde está el Inge Villegas? ¿”en instantes” saldrá la OEA a cantar fraude?

Lunes, 19: han pasado solo dos minutos del nuevo día y estallan los petardos en La Paz. También en Cochabamba, me cuenta mi cuate Ramiro. El conteo rápido de Ciesmori anuncia la victoria en primera vuelta del MAS con 52%. A las 00.23 aparecen los resultados de La Paz, tumba de tiranos: 65,3% para Arce; 31,7% para Mesa. A la media hora del lunes, habla Lucho presidente: “Vamos a reconducir el proceso de cambio sin odio”. Hay abrazos, hay lágrimas de alegría, hay lágrimas también de pena por los caídos. El odio nunca construyó nada. El racismo rimando con el fascismo nunca levantó un país. Tuvieron un año para ser mejores, se creyeron sus propias mentiras y fueron apenas un montón de humo asesino. El pueblo fue masacrado en Senkata y Sacaba ante el gran silencio mediático. La clase media progresista (la vieja y la emergente) fue estigmatizada hasta la saciedad. Fue el famoso voto oculto que volvió al MAS, como se vuelve a los viejos amores. Los “pititas” dicen en las redes sociales que quieren irse a vivir a Júpiter. Es raro, siempre me pareció que viven en Marte. Quedénse en la patria/matria, que es la de todos, salgan de sus burbujas sociales. Bolivia es el país más maravilloso y enigmático del mundo. Es y será un Ave Fénix de sangre caliente. Bolivia es Viloco: morir trágicamente y resucitar heroicamente, es la vida misma. Ya lo decía el comandante Chávez, amor con amor se paga.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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