Voces

lunes 20 sep 2021 | Actualizado a 13:42

¿A cuántos estadounidenses matará Ayn Rand?

/ 24 de octubre de 2020 / 04:22

Hace mucho tiempo, en una nación muy muy lejana (en realidad, apenas la primavera pasada), muchos conservadores menospreciaron el poderío del COVID-19 y calcularon que solo causaría problemas en Nueva York. Es cierto que en los primeros meses de la pandemia el área de Nueva York, que fue el puerto de entrada para muchos visitantes infectados provenientes de Europa, sufrió un fuerte embate. Sin embargo, concentrar en Nueva York las acciones en respuesta a esa acometida también ayudó a respaldar la retórica de derecha sobre una “matanza estadounidense” causada por los terribles males de las ciudades densamente pobladas y diversas. Los estados rurales blancos se creyeron inmunes.

A fin de cuentas, Nueva York controló el brote viral, en gran parte gracias al uso generalizado de cubrebocas, y en este momento esa “jurisdicción anarquista” es uno de los lugares más seguros del país. Con todo y que existe un preocupante repunte en algunos barrios, en especial en comunidades religiosas que no han respetado las normas de distanciamiento social, la tasa de positividad de la ciudad de Nueva York (la fracción de pruebas que muestran la presencia del coronavirus) se ubica apenas por encima del uno por ciento.

Por desgracia, justo cuando Nueva York logró contener su pandemia el coronavirus se disparó fuera de control en otras áreas del país. Observamos un mortífero repunte durante el verano en una extensa zona del Cinturón del Sol. En este momento, el virus se propaga con rapidez por una vasta extensión del Medio Oeste; es posible que las Dakotas, en particular, sean ahora los lugares más peligrosos de Estados Unidos.

El fin de semana pasado, Dakota del Norte, cuyo promedio diario de casos nuevos de coronavirus superó los 700, solo tenía 17 camas disponibles en sus servicios de terapia intensiva. Dakota del Sur, por su parte, tiene una aterradora tasa de positividad del 35%. Aunque la tendencia es que las muertes vayan desfasadas con respecto a las infecciones y hospitalizaciones, en este momento ya se registran más muertes en las Dakotas que en el estado de Nueva York, cuya población equivale a diez veces la población combinada de las Dakotas. Lo peor es que hay muchas razones para temer que la situación empeore conforme las temperaturas más frías obliguen a las personas a permanecer en espacios interiores y la COVID-19 interactúe con la temporada de resfriados.

¿Pero por qué sigue pasando esto? ¿Por qué Estados Unidos sigue cometiendo los mismos errores?

El desastroso liderazgo del presidente Donald Trump, por supuesto, es un factor importante. No obstante, también culpo a Ayn Rand o, de manera más generalizada, a una interpretación distorsionada del liberalismo libertario, una malinterpretación del concepto mismo de libertad.

Si le ponemos atención a las frases que usan los políticos republicanos ahora que la pandemia arrasa sus estados, se percibe una gran negación de la ciencia. La gobernadora Kristi Noem, de Dakota del Sur, ha adoptado por completo la ideología de Trump: cuestiona la utilidad de los tapabocas y alienta la realización de eventos que podrían ser superpropagadores (el festival de motocicletas de Sturgis, que atrajo a casi medio millón de motociclistas a su estado, quizás haya sido clave para disparar el número de infecciones virales).

Claro que también se escucha mucha retórica libertaria, comentarios sobre la “libertad” y la “responsabilidad personal”. Incluso los políticos dispuestos a decir que la gente debería cubrirse la cara y evitar las reuniones en interiores se niegan a aplicar sus facultades para imponer reglas en ese respecto, con el pretexto de que esas acciones deberían ser el resultado de una elección individual.

Qué tontería.

Es cierto que hay muchas decisiones que deben basarse en preferencias individuales. El gobierno no tiene por qué opinar acerca de tus gustos culturales, tus creencias o las actividades que realizas con otros adultos capaces de dar su consentimiento.

Pero rehusarnos a utilizar un cubrebocas durante una pandemia o insistir en reunirnos en grupos numerosos en espacios interiores no puede comparase con la decisión de a qué iglesia asistir. Es más parecido a verter aguas residuales en una presa que les surte agua potable a otras personas.

Aunque parezca increíble, todavía hay muchas personalidades destacadas que no parecen comprender (o no están dispuestas a hacerlo) por qué debemos cumplir con las reglas de distanciamiento social. La principal razón no es que queramos protegernos a nosotros mismos. Si fuera así, por supuesto que sería una cuestión de elección personal. Pero en este caso, más bien se trata de no poner en peligro a otros. Es cierto que usar una mascarilla protege en cierta medida al portador, pero su principal función es reducir las probabilidades de que esa persona infecte a otros.

En otras palabras, en estos momentos cualquier conducta irresponsable es, en esencia, una especie de contaminación. La única diferencia radica en cuán grande es el cambio de conducta necesario. Se puede hacer mucho para controlar la contaminación con solo regular a las instituciones de tal forma que las plantas eléctricas emitan menos dióxido de azufre o exigir que los automóviles tengan convertidores catalíticos. Si bien las decisiones individuales, como preferir papel o plástico, caminar o conducir, no son totalmente intrascendentes, sus efectos son tan solo marginales.

Controlar una pandemia, en cambio, requiere sobre todo que las personas modifiquen su conducta: que cubran su rostro o eviten convivir en bares, por ejemplo. No obstante, el principio es el mismo.

No niego que algunas personas se enfurecen a la mínima insinuación de que deberían soportar algún tipo de molestia en favor del bien común. De hecho, por razones que no comprendo bien, parecen enfurecerse todavía más cuando la molestia involucrada es trivial. Por ejemplo, ahora que el número de estadounidenses que mueren cada semana de COVID-19 ronda los 5.000, Donald Trump está obsesionado con los problemas que parecen ocasionarle los inodoros de bajo consumo.

Pero no es momento de preocuparnos por obsesiones insignificantes. Tal vez Trump se queje de que “lo único que escuchas es COVID, COVID, COVID”. Sin embargo, lo cierto es que el rumbo actual de la pandemia es aterrador. Por eso necesitamos más que nunca tener al mando a políticos dispuestos a tomar en serio el problema.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Llega el otoño de la ansiedad

/ 12 de septiembre de 2021 / 00:22

En los embriagadores días de la primavera, cuando Estados Unidos vacunaba a tres millones de personas al día, el presidente Joe Biden predijo un “verano de alegría”. Pero, entonces, la campaña de vacunación se estancó y la variante Delta alimentó una nueva ola de infecciones, hospitalizaciones y muertes.

No hay ningún misterio sobre por qué ha ocurrido esto: es político. Según una encuesta reciente de NBC, el 91% de quienes votaron por Biden se han vacunado, mientras que solo el 50% de quienes votaron por Trump lo han hecho. También lo podemos ver en el número de muertes: los estados demócratas se parecen más a Canadá o Alemania que a Florida o Texas.

Y, como podemos observar, además de matar a la gente, el resurgimiento del COVID-19 por motivos políticos también tiene consecuencias económicas. El informe de empleo de agosto no fue terrible (la recuperación no se ha estancado), pero sí fue decepcionante. Y aunque, como siempre, hubo cierta controversia sobre lo que nos indican las cifras exactamente, y algunos economistas laborales se opusieron a que se tratara de una historia estrictamente relacionada con la variante Delta, la mejor apuesta es que el resurgimiento del virus fue el mayor factor de la decepción, ya que la gente redujo sus salidas a comer, sus viajes, etcétera.

El impacto económico no parece tan grave como el que experimentamos en las primeras olas de la pandemia. Esa es la buena noticia. La mala noticia es que en esas olas anteriores, Estados Unidos hizo un trabajo increíblemente bueno para ayudar a quienes padecían las consecuencias económicas. En esta ocasión no es así.

Dado el historial de Estados Unidos de no ayudar a los necesitados, nuestra respuesta inicial a la pandemia fue casi un milagro: subsidios por desempleo generosos, cheques para la mayoría de los hogares, la extensión de otras prestaciones. ¿Por qué fue posible esto en términos políticos? En parte, creo, porque al principio incluso muchos conservadores veían el desempleo ocasionado por la pandemia como un acto de Dios, no como una falta personal de los desempleados. En parte, también, los progresistas tenían ideas sobre qué hacer, mientras que el gobierno de Trump y sus aliados no tenían ni idea.

En todo caso, el resultado fue extraordinario: a pesar de la enorme pérdida de empleos, la pobreza se redujo.

No obstante, el más importante de los programas de alivio de la pandemia, las prestaciones mejoradas por desempleo, ya expiró y no hay posibilidades de renovación, dadas las brutales divisiones políticas y el regreso de los republicanos a su opinión de que ayudar a los desempleados los vuelve holgazanes. Si hubiéramos tenido el verano de alegría que nos prometieron, esto no sería tan malo. Pero el estancamiento de la campaña de vacunación provocó el resurgimiento del virus que está frenando la economía.

Ahora bien, el otoño pasado hubo una interrupción en la mejora de las prestaciones por desempleo y, en su mayor parte, las familias salieron adelante. Muchos habían acumulado ahorros en 2020 y esto les sirvió de ayuda hasta que se restablecieron las prestaciones en diciembre. Y tal vez, solo tal vez, esto no salga tan mal. Los datos apuntan a que la ola Delta está remitiendo y que el vigoroso crecimiento del empleo puede reanudarse a tiempo para rescatar a los desempleados.

Pero tal vez no. La política ya nos ocasionó una tragedia completamente innecesaria: miles de muertes evitables a pesar de la fácil disponibilidad de vacunas que salvan vidas. Y puede que además estemos a punto de sufrir una tragedia económica gratuita.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

Empresas y desastre climático

/ 7 de septiembre de 2021 / 01:25

¿Por qué Mickey Mouse quiere destruir la civilización? De acuerdo, quizá no sea eso lo que los ejecutivos de Disney creen estar haciendo. Pero se dice que The Walt Disney Co. y otros titanes corporativos, incluyendo ExxonMobil y Pfizer, se están preparando para apoyar una importante estrategia de cabildeo contra el plan de inversión de $us 3,5 billones del presidente Joe Biden, una iniciativa que podría ser nuestra última oportunidad de tomar medidas serias contra el calentamiento global antes de que sea catastrófico.

Para decir lo que debería ser obvio, los peligros del cambio climático ya no son hipotéticos. Y este es solo el principio de la pesadilla, el primer paso de una ola de desastres y un presagio de la crisis que nos espera si no actuamos con rapidez y contundencia para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero.

¿Qué se puede hacer para evitar la catástrofe? Muchos economistas están a favor de incentivos de amplio alcance para limitar las emisiones, como un impuesto sobre el carbono. Sin embargo, en la práctica, ese debate es discutible. Lo que sí podría ser políticamente viable (a duras penas) es un conjunto de medidas más específicas, en particular un esfuerzo por descarbonizar la generación de electricidad.

La buena noticia es que las propuestas de Biden darían un gran impulso a la descarbonización. Estas políticas solo cumplirían una parte de las listas de deseos de los ecologistas, pero serían algo muy importante. La mala noticia es que, si estas propuestas no se promulgan, es probable que pase mucho tiempo (tal vez una década o más) antes de que tengamos otra oportunidad para contar con políticas climáticas relevantes.

Seamos realistas: es muy probable que los republicanos controlen una o ambas cámaras del Congreso como resultado de las elecciones intermedias. Y en este momento, el negacionismo climático tiene mucha aceptación en el Partido Republicano, una aceptación que tal vez no disminuya sino hasta que se produzca una catástrofe total, y tal vez ni siquiera entonces. Por lo tanto, puede que el proyecto de ley de reconciliación demócrata que triunfe o fracase en las próximas semanas sea, en efecto, nuestra última oportunidad de hacer algo significativo para limitar el cambio climático.

Entonces, ¿por qué las empresas estadounidenses se movilizan contra este proyecto de ley? Porque los demócratas proponen compensar el nuevo gasto en parte con mayores impuestos sobre las ganancias de las empresas y, en menor medida, a través del poder de negociación del gobierno para conseguir precios más bajos para los medicamentos controlados. Este enfoque es necesario por una cuestión política: si hay que subir los impuestos, la gente quiere que el aumento sea para las empresas. Pero las empresas, como es lógico, no quieren pagar.

Así que la oposición de las empresas al plan de Biden es comprensible. También es imperdonable. Y quizás se pueda hacer algo al respecto. Me temo que en este momento es imposible convencer a los republicanos. Pero las corporaciones y el puñado de demócratas tentados a llevar agua a su molino todavía pueden ser susceptibles a la presión. Las empresas de hoy en día quieren que se piense que son socialmente responsables. Sin embargo, es difícil pensar en algo más irresponsable que dilapidar los esfuerzos para evitar una crisis que amenaza a la civilización solo por reducir el pago de impuestos.

Así que hay que nombrar y avergonzar a las empresas que se unen a este esfuerzo. Lo mismo debe ocurrir con el puñado de demócratas “moderados” que las apoyan (“mercenarios” sería un mejor término para los políticos que se oponen a medidas que deberían saber que son necesarias y populares).

Recuerden que esto no es una disputa política cualquiera, que puede retomarse en otra ocasión. Esta la hora de la verdad, y los que no hagan lo correcto ahora no tendrán una segunda oportunidad.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

La furia silenciosa de los responsables

/ 23 de agosto de 2021 / 01:28

Hablemos un momento de Lollapalooza. Tras cancelar los eventos presenciales el año pasado, hace unas semanas Chicago volvió a albergar el longevo festival de música, que atrajo a más de 385.000 personas. Muchos temían que las enormes y estridentes multitudes pudieran producir un evento de superpropagación del coronavirus. Pero el festival exigía una prueba de vacunación o una prueba COVID negativa para entrar, e introdujo el requisito de usar cubrebocas en los espacios. Muy pocas personas parecen haberse infectado. ¿Qué nos dice esto? Que la vuelta a la vida más o menos normal y a sus placeres que muchos esperaban que ofrecieran las vacunas contra el COVID- 19 podría haberse producido en Estados Unidos. La razón por la que no ha sido así es que no se ha vacunado a suficientes personas y no hay suficientes personas que usen cubrebocas.

Es posible sentir compasión por algunos de los que no se han vacunado, en especial los trabajadores a los que les resulta difícil tomarse tiempo libre para vacunarse y les preocupa perder un día por las secuelas. Pero hay menos excusas para aquellos que se niegan a vacunarse o a usar cubrebocas por razones culturales o ideológicas, y ninguna excusa para los gobernadores republicanos como Ron DeSantis en Florida, Greg Abbott en Texas y Doug Ducey en Arizona que han estado obstaculizando de manera activa los esfuerzos para contener el último brote.

¿Ustedes qué opinan de los que se oponen a las vacunas y los cubrebocas? A mí me molestan sus payasadas, aunque tengo la posibilidad de trabajar desde casa y no tengo hijos en edad escolar. Y sospecho que muchos estadounidenses comparten esa molestia. La pregunta es si esta molestia totalmente justificada —que llamaremos la rabia de los responsables— tendrá un impacto político, si los gobernantes defenderán los intereses de los estadounidenses que intentan hacer lo correcto pero cuyas vidas se están viendo afectadas y amenazadas por los que no lo hacen.

Para decir lo que debería ser obvio, vacunarse y usar cubrebocas en espacios públicos no es una “elección personal”. Cuando alguien rechaza las vacunas o se niega a ponerse el cubrebocas, está aumentando mi riesgo de contraer una enfermedad que puede ser mortal o incapacitante y también contribuye a perpetuar los costos sociales y económicos de la pandemia. En un sentido muy real, la minoría irresponsable está privando al resto de nosotros de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

En específico, desde que los cubrebocas se convirtieron en un frente en la guerra cultural, ha quedado claro que muchos de los que se oponen a los mandatos de usarlos no se limitan a exigir el derecho a no usarlo ellos; quieren impedir que otros actúen con responsabilidad. Además, es sorprendente la rapidez con la que se han abandonado los supuestos principios conservadores allí donde honrar esos principios ayudaría, y no perjudicaría, los intentos por contener la pandemia.

Los conservadores también han defendido el control local de la educación —salvo, resulta, cuando los distritos escolares quieran proteger a los niños con reglas para el uso de cubrebocas, en cuyo caso los gobernadores de los estados republicanos quieren tener el control y recortarles el financiamiento. Así que a los amigos del COVID-19 no los motiva el amor a la libertad. Podría presentar algunas hipótesis sobre sus motivos reales, pero entender las motivaciones de estas personas es menos importante que entender cuánto daño están ocasionando. Esto aplica doblemente para los políticos que con cinismo les hacen segunda a los que se oponen a las vacunas y los cubrebocas.

Las encuestas recientes sugieren que la gente está muy a favor de los mandatos de usar cubrebocas y que una abrumadora mayoría de estadounidenses se opone a los intentos de impedir que los distritos escolares locales protejan a los niños. No he visto las encuestas sobre los intentos de impedir que las empresas exijan una prueba de vacunación, pero mi opinión es que estos intentos tampoco son populares.

Sin embargo, los políticos como Abbott y DeSantis quieren quedar bien con la minoría contraria a la salud pública porque ésta es ruidosa e iracunda, y porque no creen que vayan a pagar ningún precio político.

Bueno, creo que la mayoría de los que están a favor de la salud pública también está cada vez más molesta, y con razón. Solo que no se ha manifestado lo suficiente, y muy pocos políticos han tratado de aprovechar esta rabia justificada.

Así que es hora de dejar de ser tímidos y llamar el comportamiento destructivo por lo que es. Hacerlo tal vez haga que algunas personas se sientan menospreciadas. ¿Pero saben qué? Sus sentimientos no les dan derecho a arruinar la vida de los demás.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

Negacionismos de la derecha

/ 19 de agosto de 2021 / 01:17

Antes de que la derecha adoptara el negacionismo del COVID-19, existía el negacionismo del clima. Muchas de las actitudes que han caracterizado la respuesta de la derecha a la pandemia de coronavirus (como el rechazo a reconocer los hechos, las acusaciones de que los científicos forman parte de una vasta conspiración liberal y la negativa a enfrentar la crisis) se prefiguraron en el debate climático.

Sin embargo, a partir de la respuesta al COVID- 19 entre los funcionarios republicanos — en particular, la oposición a las vacunas que salvan vidas— es difícil escapar a la conclusión de que la vena paranoica y antirracional de la política estadounidense no es tan mala como pensábamos; es mucho mucho peor.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU publicó su último informe. Las conclusiones no sorprenderán a nadie que haya seguido el tema, pero no dejan de ser aterradoras.

Según el grupo, los daños más importantes del cambio climático ya están hechos. De hecho, ya se están produciendo, ya que el mundo experimenta fenómenos meteorológicos extremos, como olas de calor en el noroeste del Pacífico e inundaciones en Europa, que se han hecho mucho más probables por el aumento de las temperaturas globales. Y a menos que tomemos medidas drásticas muy pronto, se avecina una catástrofe.

Sin embargo, podemos predecir con seguridad cómo reaccionarán los conservadores influyentes al informe, si es que reaccionan. Dirán que es un engaño o que la ciencia no tiene todavía certeza o que cualquier intento de mitigar el cambio climático devastaría la economía.

Es decir, reaccionarán como han reaccionado a las advertencias anteriores, o como reaccionaron al COVID-19. Los fenómenos meteorológicos extremos tal vez no cambien nada. No obstante, aunque hay importantes similitudes entre la respuesta de la derecha al cambio climático y su respuesta al COVID-19, también hay algunas diferencias importantes. La pandemia ha abierto fronteras a la irracionalidad destructiva.

Aunque el negacionismo del cambio climático era intelectualmente irresponsable y moralmente indefendible, también incluía una especie de cerrazón mental.

Sin embargo, henos aquí: tratar de limitar una pandemia mortal, incluso a través de vacunas que transmiten enormes beneficios con poco riesgo, se ha convertido en una cuestión sumamente partidista.

¿Cómo pasó esto? Yo contaría la historia de esta manera: el ritmo acelerado en la vacunación de Estados Unidos durante la primavera fue una muy buena noticia para la nación, pero también fue una historia de éxito para el gobierno de Joe Biden. Así que los conservadores influyentes, para quienes controlar a los liberales es siempre un objetivo primordial, comenzaron a poner obstáculos al programa de vacunación.

Esto tuvo consecuencias de gran alcance. Como he escrito antes, el Partido Republicano moderno se parece más a una secta política autoritaria que a un partido político normal, por lo que la obstrucción de las vacunas se convirtió en una prueba de lealtad, una posición que uno tomaba para demostrar que era un republicano leal a Trump.

Es de suponer que los políticos que hicieron este cálculo no tenían ni idea de que la realidad devolvería el golpe así de duro y así de rápido: que Florida se encontraría tan rápido con un índice de hospitalizaciones casi nueve veces superior al de Nueva York, que las ciudades de Texas se encontrarían casi sin camas en la unidad de terapia intensiva. Pero es casi imposible que cambien de rumbo.

Así que el negacionismo del COVID-19 ha resultado ser incluso peor que el negacionismo del cambio climático. Hemos pasado de un cínico servicio a los intereses corporativos a una agresiva e histriónica antirracionalidad. Y la caída de la derecha continúa, sin tocar fondo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

Oda al humo y las cortinas

/ 10 de agosto de 2021 / 01:08

A Estados Unidos le urge empezar a invertir en sí mismo. Y no hay duda de que se lo puede permitir. Pero, el camino hacia un futuro mejor se ha visto obstaculizado por el partidismo y los conceptos erróneos de rectitud hacendaria. Por eso me complace ver a los miembros del Congreso adoptar argucias presupuestarias.

Los antecedentes: el Senado parece estar a punto de aprobar un proyecto de ley de infraestructura bipartidista. Pero, ¿cómo llegó el Senado a ese punto? La política era bastante obvia: el gasto en infraestructura es muy popular y un número importante de republicanos no querían que se les considerara absolutos obstruccionistas. No obstante, lo que no estaba claro era cómo se financiaría el gasto.

A primera vista, las exigencias republicanas deberían haber hecho imposible el acuerdo. Sin embargo, al mismo tiempo, los republicanos insistieron en que el nuevo gasto fuera pagado, a diferencia, por ejemplo, del recorte de impuestos que aprobaron en 2017, del cual alegaron con desparpajo (y falsedad) que se pagaría solo.

Así que, ¿cómo lo hicieron? En esencia, se abrieron paso mediante engaños; gran parte del supuesto financiamiento provendría de trucos contables. En particular, involucraría la “reutilización” de dinero de los programas de ayuda del COVID-19 que terminaron costando menos de lo esperado, y se ignoraron los programas que costaron más de lo esperado. En otras palabras, se podría decir que la inversión en infraestructura se pagaría con cortinas de humo (la Oficina Presupuestaria del Congreso está de acuerdo). ¡Y eso está bien! De hecho, tal vez eso sea algo bueno.

¿Y qué hay de la preocupación de que un mayor gasto sea inflacionario? Aquí es donde se necesita un sentido de las magnitudes relativas. Estamos hablando de un gasto que se repartiría a lo largo de una década, una década en la que la oficina presupuestaria estima que el PIB total de Estados Unidos será de $us 287 billones. Así que incluso varios billones de dólares en inversión pública equivaldrían solo a un modesto estímulo fiscal como porcentaje del PIB, con cualquier impacto inflacionario controlado con facilidad mediante una política monetaria un poco más estricta. Ahora bien, la parte del programa de inversión pública que corresponde a los demócratas quizá incluya algunas fuentes genuinas de nuevos ingresos, aunque solo sea para satisfacer a los moderados que aún están preocupados sin razón por la deuda.

Pero a la hora de encontrar estas “desventajas”, la negativa del Partido Republicano a subir los impuestos o incluso a intentar recaudar los impuestos que se deben según la ley actual puede haber hecho un favor a los demócratas. ¿Por qué? Porque los demócratas pueden pagar mucho de lo que quieren con políticas populares. Las encuestas muestran que el aumento de los impuestos a las empresas y a los ricos suele tener una aprobación sistemática. Así que los republicanos han ofrecido a los demócratas una oportunidad de oro para demostrar que son responsables a nivel hacendario y están del lado de los trabajadores en contraposición a las élites tramposas.

Por supuesto, en el fondo, no deberíamos tener ninguno de esos debates. En un mundo mejor, los políticos señalarían con honestidad y franqueza que los gobiernos, al igual que las empresas, a veces deben pedir dinero prestado para poder realizar inversiones productivas. Pero si los políticos sienten la necesidad de ocultar lo que están haciendo con un poco de palabrería hacendaria, eso es mejor que no invertir en absoluto. La contabilidad creativa en busca de un futuro mejor no es ningún vicio.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

Comparte y opina: