Voces

domingo 19 sep 2021 | Actualizado a 01:27

La A de Anamar

/ 25 de octubre de 2020 / 06:57

La noche de la partida. Ana María Romero de Campero era presidenta del Senado cuando emprendió su vuelo sin retorno. Era la noche del 25 de octubre, la recuerdo con nitidez porque era mi décimo día en la dirección de La Razón. La primera trasnochada. Ya tarde llegó a nuestra redacción el dato no confirmado de que doña Anita nos había dejado. Llevaba meses delicada de salud. Tocaba confirmar y trabajar con doble esmero por tratarse de esa irrepetible referencia del periodismo nacional. Su colega más cercana, Ana Benavides, ya tenía el teléfono apagado, esa era nuestra primera confirmación. Periodistas, políticos, autoridades, amigos, obreros, Bolivia toda sintió un doloroso temblor en el pecho en las horas siguientes. Pasaron exactamente 10 años de ese frío 25 de octubre y siguen abiertos los brazos para envolver a una mujer que puso brillo y toma de posición en el periodismo, que dignificó la política, que inventó la Defensoría del Pueblo, que enamoró al pueblo boliviano.

Su camino. De reportera en varios medios y agencias de noticias a columnista de La Razón. De periodista a Directora del periódico católico Presencia. De Ministra de Prensa e Informaciones de Walter Guevara Arce a Presidenta del Senado bajo el gobierno del Movimiento Al Socialismo, después de aceptar una invitación bajo su anuncio imponente de no perder su espíritu crítico con el mundo político. De mediadora en más de un conflicto del país a primera y más querida Defensora del Pueblo. Competente, segura de ella misma, solidaria, profundamente femenina, fuerte como firme, valiente. Ana Benavides me dijo en esos días, con hondo dolor, que la vio partir hacia la cremación tan solita. Nunca sola, Anita, seguimos millones con ella. Y ella nos miró votar millones hace siete días. Nunca sola. Nunca olvidada.

La cueca. No puedo decir que la conocí bien en lo personal. La seguí con atención en sus diferentes facetas y observé sus huellas en la construcción de la historia boliviana en las últimas décadas, como tantos testigos de su paso. Puso en nuestra mesa dignas piezas periodísticas, logró encauzar afiladas tensiones sociales y políticas; inventó un palacio de todos en la Defensoría del Pueblo que después quedó grande para otros; no le tuvo miedo a la política y menos al qué dirán. Una noche de esas, la periodista Sandra Aliaga convocó a algunos amigos para compartir en su casa en honor a Anita. La recuerdo sentada, cómoda, en el sillón. Chimenea al lado. Pide al de la guitarra su cueca favorita, No le digas. Y con luz en su mirada canta: Si te encuentras con la Ninfa, no le digas que he llorado, dile que en los ríos me viste lavando oro para su cofre. Ahí está ella todavía, calentando nuestros corazones.

Mejor claveles. Queda una confesión por hacer. Su florero está en mi escritorio sin ningún permiso de la dueña. Resulta que cuando mi madre se entera de la partida de Anamar, suelta su tristeza con el adiós más sentido. Luego se queda pensando y me comunica su determinación: “Te daré su florero”. ¿Qué florero? Solo entonces me revela que cuando Romero de Campero era directora del periódico Presencia y mi madre tenía una florería en la planta baja de aquel edificio, la pequeña empresaria mandaba rosas todos los lunes a la Dirección. Lo hacía en señal de agradecimiento ya que Presencia encargaba todos sus ramos a la planta baja. Anamar mandó ese entonces a la diminuta casa de flores dos recipientes de vidrio idénticos, hermosos por igual. Los lunes subía uno con las mejores rosas y bajaba el de la semana anterior con las marchitas. Cuando mi madre me contó esta historia se acordó que Romero había sido dulcemente clara cuando le expresó su preferencia: “clavelitos”. Después dejó de ser la Directora y nadie más pidió flores allí arriba y mi madre se quedó con uno de los floreros guardado, a la espera de su dueña. Al enterarse que no lo reclamaría ya, la ex pequeña empresaria decidió dármelo un día después de la irreparable pérdida, yo cumplía 10 días en la dirección de La Razón y me moría de miedo. Antes de que usted lo piense, lo escribiré yo: ni con toda su cristalería en mi poder me atrevería a pensar en tocar los talones de su ímpetu periodístico. Pero me niego rotundamente a devolver el florero porque llegar a mi oficina y verlo con o sin flores a lo largo de esta década, me recuerda ese rostro de madre, me trae esa sonrisa de defensora del pueblo (así, con minúsculas) y me lleva el demonio de la lucha.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de Adair

/ 12 de septiembre de 2021 / 00:26

El anterior fin de semana, una noticia firmada por mi colega Mónica Arrien en LA RAZÓN me devolvió a las jornadas de la larga noche que Bolivia atravesó en una de sus más dolorosas rajaduras como sociedad: Periodista se salvó de la muerte a manos de un miembro de la RJC. Detrás de este titular hay un nombre propio: Adair Pinto.

Érase una vez un 12 de noviembre (2019, cuándo no); un medio de comunicación había encargado a Adair una cobertura periodística en la ciudad de La Paz. Caminaba hacia la Asamblea Legislativa cuando, de pronto, un capitán de la Policía lo detiene acusándolo de periodista vendido y extranjero, por lo tanto, tenía que abandonar el país. El acusado quiere defenderse y, cuenta él, es rodeado por más efectivos policiales. Le quitan el celular, lo golpean, le vendan los ojos y lo suben a una camioneta a plena luz del día. Alejados ya de este primer escenario, lo obligan a ponerse de rodillas, cuenta, sobre piedras diminutas. Le toca entonces recibir más golpes e insultos mientras le dicen voces con acentos bolivianos, argentinos y colombianos que es un terrorista que vino a Bolivia a armar la resistencia armada frente a la “recuperación de la democracia”. Falta más: vienen los escupitajos y sobran los insultos. En algún momento de la paliza llega una persona que lo saca de esta tortura argumentando a los agresores que Adair Pinto es un periodista y no un terrorista. Su defensa inesperada funciona y le permiten escapar con la condición de no mirar atrás. Qué habrá sentido el periodista cuando se dio cuenta, ya sin venda en los ojos, que estaba en las puertas del gran cuartel de Miraflores (vaya lugar para la ocasión). ¿Qué habrá ganado en ese cuerpo aquel minuto? ¿Se impuso el alivio, el temor, la indignación, la pura bronca? No falta, al día siguiente, quien le recomienda dejar el país pues ya era evidente que asumiría un nuevo gobierno en Bolivia apoyado, entre muchos actores sociales, por la Resistencia Juvenil Cochala (RJC). El periodista decide partir a Argentina, lugar de nacimiento de su padre; pero tarda más en ir que en volver por las razones de siempre: estar cerca de los suyos y trabajar.

¿Por qué este periodista boliviano-argentino paga todo este pato en plena crisis poselectoral? Parece que la madre del cordero de esta múltiple agresión es una de sus investigaciones periodísticas: “Obtuve los antecedentes de los líderes de la RJC; todos tenían prontuario delincuencial, fueron expulsados por FBI de Estados Unidos por estar vinculados al tráfico de armas y drogas con la Mara Salvatrucha de El Salvador”. La denuncia, como plantea la nota de Arrien, casi le cuesta la vida. El 1 de febrero de 2020, el taxi en el que se transportaba en Cochabamba es interceptado por tres personas: Roger, Harold y Cristian. Los hermanitos Revuelta. La canción es la misma: lo insultan, lo golpean y uno remata hiriéndolo con un arma blanca varias veces. La gente en el lugar trata de ayudarlo; la Policía, no. Posteriormente a este último ataque, el agresor es detenido preventivamente mientras el periodista, encerrado en su libertad, recibe las amenazas de noviembre. November rain. Adair le cuenta a mi colega en esa larga entrevista cómo motociclistas rondaban su casa para presionarlo a retirar la denuncia; le cuenta cómo tuvo que ir a vivir con sus padres mientras sus familiares vigilaban por turnos su casa desde una terraza, pendientes de las motos de los jóvenes de esta Resistencia que para algunos es necesaria. ¿Hubo amparo para Adair? Él mismo buscó proteger sus derechos. Respondió la Defensoría del Pueblo, ayudó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y actuó el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Así, gracias a estos amparos, vuelve a Argentina en marzo de 2020, en plena pandemia. Y colorín colorado, este cuento no ha terminado porque como muchas historias nacidas de nuestra noche boliviana, está en pleno proceso de reconocimiento, está buscando las palabras para contarse y unirse al gran rompecabezas de un país quebrado donde el sufrimiento de las víctimas no tiene partido político, es el dolor y la vergüenza de habernos apuñalado como sociedad. Debe ser este dolor y esta vergüenza que explican que hoy muchos evitan mirar al otro. Las miradas se evitan en el mercado, en las oficinas públicas, en el centro de vacunación, en el bus, en los bancos. No hay contacto visual, no hay palabras que hoy nos acerquen. Esta A amante está entre quienes sí creen que el país está profundamente dividido y herido. Los medios están diariamente llenos de declaraciones de una parte y otra de las lecturas políticas de la noche que pasamos. Las calles están llenas de silencios adoloridos. Y eso duele.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La fotografía

/ 29 de agosto de 2021 / 00:31

Hubo fraude y no golpe; hubo golpe y no fraude, hubo fraude y golpe; no hubo fraude ni golpe; me importa un rábano y otro rábano. Éstas son las principales categorías pero no las únicas de los posicionamientos de los bolivianos respecto de los dramáticos acontecimientos que estallan durante el recuento de votos de las elecciones generales del 2019. El primer informe de la OEA bajo la dirección del entonces secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Paulo Abrão, ya planteaba los grandes ejes del descalabro. Sin embargo, las trabas del gobierno transitorio y el papel de Luis Almagro en la salida de Abrão quitaron impulso a un trabajo que hace pocos días recobró fuerza y verdad con las cientos de páginas entregadas por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI). Los principales actores públicos leyeron con los lentes de sus intereses políticos, de sus verdades preestablecidas y caprichosas. Así, hay tantas lecturas como intencionalidades. Bajo ese mismo derecho, pongo en este cuadrado de papel o pedacito de pantalla, la lectura de la A amante que en situaciones como ésta quiere ser más amante que parlante, más amante que pensante.

El documento sobre la violencia y la violación de derechos humanos en 2019 muestra la indolencia con la que se trató, desde el poder, al prójimo, a la prójima. Información ampliamente sustentada que a su vez es la foto de un Estado raquítico y una democracia contaminada de odio político y de un racismo de siglos, una sociedad quebrada por la diferencia y el desprecio, todo representado en medios de información presos de los mismos síntomas, repitiendo los discursos irracionales de que se mataron entre ellos o de que querían volar la planta de Senkata sin buscar en esos días, a las víctimas de la violencia y la muerte. Y tantas esquinas en las que grupos física o simbólicamente violentos hacían el streap tease de su mezquindad y su intolerancia.

Acabamos de recordar los 50 años del golpe banzerista del 21 de agosto de 1971 y resulta que nuestra celda sigue siendo la misma. Se perpetraron, en nuestras narices, masacres, ejecuciones sumarias, torturas, persecuciones, detenciones ilegales, violencia sexual, todo envuelto en discursos de odio, decorado con variedad de actos racistas. Nuestra celda, como en el pequeño mundo de Banzer, es obscura, fría y apesta.

Esta A amante está del lado de las víctimas. Es, como siempre, el lado de los más desamparados, de los discriminados, de los pobres, de las mujeres, de los indígenas. Es un lado que está a espaldas del Estado. Ay, el Estado: esa estructura sin rostro que quiere estar en todo y está en tan poco; esa criatura de piel helada; extendió su brazo policial y su brazo militar con la autorización de un gobierno transitorio extraviado en su poder y ciego en su venganza. No fue para abrazar y defender a su pueblo, como insiste alguna activista de los derechos de ciertos humanos únicamente, fue para disparar, para torturar, para agredir sexualmente a las mujeres pobres e indígenas. Como hicieron ciertos médicos de este mismo Estado atrofiado cuando se negaron a atender, por ser “indios” o “masistas”, a los heridos de bala de esos días. Está escrito en el informe. Está sellado en el corazón y en la memoria y después de este documento, no podemos dar un paso más con estas Fuerzas Armadas, no podemos dar un paso más con esta Policía.

En ese otro lado también está el sistema de justicia con sus tentáculos corruptos, con sus omisiones, con sus acomodos al poder del día, con sus laberintos que nos están enfermando como sociedad. Ni un paso más con este sistema judicial que detiene ilegalmente, que funciona según el color político de turno en el poder o según el color de nuestra piel.

En los últimos días el país se volvió a tensionar con el debate sobre las condiciones de Jeanine Áñez en la cárcel y, pese a tener delante de nosotros este informe que nos está suplicando actuar con honestidad, responsabilidad y justicia, los enfrentamientos en la puerta de la cárcel de mujeres nos volvieron a poner en el borde. Ante la indolencia con una mujer presa que hoy sufre, las exigencias de respeto de los derechos visiblemente selectivas que guardaron un sonoro silencio cuando se violaron los derechos fundamentales de otras mujeres y hombres durante el gobierno transitorio o los insultos más hirientes al que levanta una wiphala, se abre un vacío que corta las venas de este país que es nuestra única casa. Es un vacío que nos persigue. Es el vacío del milenario desencuentro.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Las lágrimas de Lionel

/ 15 de agosto de 2021 / 00:44

Primeras horas de la mañana en Sudamérica. De pronto, hasta para una no futbolera como quien escribe, parecía que el centro del mundo se instalaba en esa sala del FC Barcelona. Un parco presentador de la conferencia de prensa anuncia, en catalán, la intervención de Messi. Poca gente para tamaño astro; su pareja y sus tres hijos en primera fila; sus compañeros sentados en algún lugar de la sala. Se esperaba a un Messi sereno, por lo menos en los primeros minutos, sereno. Pero contra todo pronóstico, no entró el seis veces Balón de Oro, entró Lionel.

Lo vi y me vino a la mente un texto de un columnista de LA RAZÓN, Jorge Barraza, a propósito del cumpleaños del gigante de las canchas. Un diálogo en el que el primer profesor de ese pibe menudito le decía que si no pasaba la pelota, no había partido. Lo vimos hace contados días y nadie se despistó con ese Messi metido en un terno azul nostalgia y con el único escudo de su cubreboca cuando lo que necesitaba era un cubrecorazón y nos dimos cuenta, millones, de que no era el diez de 34 años quien intentaba hablar en el micrófono. Había entrado el chico de trece años que arañaba, hace más de dos décadas, una oportunidad en el prestigioso Barça. Lo vi y mi corazón inamoviblemente maradoniano se abría con maternidad a un Lionel que salía ante las cámaras ya destrozado. Lloraba sin consuelo un niño que ya no jugaría en su campo, lloraban sin remedio sus compañeros que ya lo sabían ausente. Mientras tanto, el presentador repetía con voz de hielo que el jugador tomaría la palabra y que posteriormente vendría una ronda de preguntas. Le faltó decir que el Barça quería que todo acabe pronto para poder sacar de sus muros la imagen enorme de su artista veloz, ágil, hábil, certero, mago, goleador hasta el cansancio. Que hable y que se vaya. “Le haremos el homenaje que quiera”, dijo una de las voces autorizadas del club de toda su vida. Pero ni con diez presentadores. Ese niño rosarino se quebraba en una intragable tristeza y los segundos buscando tapar el llanto escribían la eternidad más gris del último tiempo del planeta del fútbol. Presa su voz en esas franjas rojas y azules que lo mecieron desde su infancia, admitió que hace un año sí quería irse pero ahora no, así de contradictorio, así de simple. Hablaba el niño, sentía el niño, lloraba el niño. En la otra esquina de la ruptura: Laporta. Qué gran apellido para tirarle la puerta en la cara a Leo en el último minuto. ¿Que el asunto es mucho más complejo de lo arriba descrito y que hay capítulos anteriores que no hay que olvidar como no hay que pasar por alto los millones que van y vienen en las narices de un planeta empobrecido por la pandemia? Cierto. Pero de que el Barça le daba una fuerza emocional al ya bien esculpido héroe que lo abrigó con 35 copas, también. 

Propongo para este domingo este más que comentado episodio porque resulta casi inverosímil que el gigante del fútbol, con una carrera trabajada con rigor, con pasión, con sed de arco, con timidez, con alegría de niño y después de haber vivido una gloria después de otra y de haber ganado un millón multiplicado hasta donde no llega nuestra imaginación, la vida lo ponga contra la pared. Ya no juegas aquí, ya no entras al campo, ya no tienes estos compañeros y ya no tienes esta camiseta. Ni los trofeos ni el dinero pueden nada cuando se lastima al niño. No hay vacuna contra las lecciones de la señora vida; ella nos desafía cada día, nos plantea acertijos, nos pone a prueba. Como dijo Eduardo Galeano, para tener aliento, hay que tener desaliento; para levantarse hay que saber caerse; para ganar hay que saber perder. La vida es así. Lo sabe el pequeño Lionel, hoy abrazado por un París enamorado del Messi de 34 que acaba de sufrir el golpe más duro. Paris vaut bien un Messi (París merece un Messi) tituló un impreso francés; Messi beaucoup, acertó otro medio especializado; el número de seguidores del Paris Saint-Germain crece que da miedo; la camiseta con el 30 de Messi ya es un fenómeno; la fiesta en las calles francesas le terminan de secar las lágrimas al rosarino que tendrá que acostumbrarse a los ángeles y demonios que habitan la ciudad de las luces. Mira por la ventana y le sale una sonrisa que consuela a millones en el mundo.

Mientras tanto, en la ciudad de El Alto, a María, una trabajadora del hogar, le dijo su hijo: “Si de verdad eres mi mamá, me vas a comprar la nueva camiseta de Messi con el número 30”. Me la compraré también. Por la esperanza de un mañana.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Comprar tiempo

/ 1 de agosto de 2021 / 01:11

Verónica Córdova, hoy cineasta de marcada y personalísima trayectoria y columnista de LA RAZÓN y ayer compañera de curso en la Universidad Católica Boliviana y poco después entrañable amiga que nos mandaba (a Toto Loayza, a Claudio Rossell y a quien escribe) canciones de Silvio Rodríguez y reflexiones políticas desde San Antonio de los Baños mientras esculpía su perfil cinematográfico en Cuba, me dijo hace ya algunos años lo que ella hace con el dinero. Me dijo con su voz serena y sus formas sencillas que hay que saber invertir el dinero que tanto nos cuesta a quienes trabajamos para ganarlo: no hay que malgastarlo, hay que “biengastarlo”. Y que para ella el dinero mejor invertido es el dinero que sirve para comprar tiempo. Abrí grandes los ojos ante tal revelación. Se acababa de abrir esa tarde la fórmula de la fortuna.

Comprar tiempo. Significa esencialmente vivir de la mejor manera la vida finita que nos regala el universo siempre generoso. Significa comprar buenos recuerdos. Significa poner el poco o no tan poco ahorro en dibujar momentos imborrables con nuestros seres íntimos. Son, al final del día, las grandes postales que trascienden la propia muerte. El filósofo Paul Ricoeur postuló en los tres largos tomos de Tiempo y relato que el tiempo solo puede ser tiempo humano cuando es tiempo narrado. Sin ninguna musculatura filosófica e inspirada en la receta financiero/temporal de Verónica, me atrevo a decir que el tiempo humano es el tiempo narrado y el tiempo bien recordado. Y el dinero bien invertido es el dinero que imprime los más coloridos lienzos de nuestra larga vida si es bien vivida.

Como el tiempo que le regalé a mi hijo por sus flamantes quince años: unos días en Cochabamba con su mamá, su abuela y la perrita Dalia. Perder el vuelo debido al embotellamiento en el último semáforo alteño que conduce al aeropuerto, ver a Dalia estrenando el pasto cochabambino, descubrir el escabeche a media tarde en el popular restaurante de doña Leo, los minibuses de a dos pesos, la piscina tibia bajo el sol, el encuentro con el compañero de curso del quinceañero (cortando así y sin permiso las inclemencias de la no/educación a distancia), dejarse tentar por el jugo vitamínico en el puestito callejero frente al reloj de las flores a mediodía… El dinero mejor invertido. Un almuerzo con nuestros incondicionales amigos alargado a punta de risas hasta el final de la tarde es otra gran operación. Sentarse con la mejor compañía y poner jamones y quesos vigilados por una botella de vino. Cine y pizza con rodajas de tomate fresco perfumados en aceite de oliva y sal. Qué hermosa puede ser la vida cuando nos damos cuenta.

El otro lado de esta misma moneda, el tiempo malgastado. No es otra cosa que el tiempo que nos envenena, el tiempo tóxico (tan nocivo como las personas tóxicas de la familia, de nuestro lugar de trabajo o el frío mostrador de “atención al cliente” de una empresa de telecomunicaciones). ¿Cómo se viste este tiempo contaminado? Tienen que ser cientos de mantos que lo cubren. Los estudios sociológicos volcados al tema deben tener ya mapeadas las grandes tendencias. No hay que ser un entendido para entender que nos carcome a diario la mala vibra de las redes sociales. Lo admiten los programadores de estos grandes inventos digitales: son empresas que cotizan en el mercado y tienen que mostrar a la selva financiera la mayor cantidad de clientes circulando por sus dominios y eso se logra fundamentalmente con las posiciones polarizadas, con los enfrentamientos de toda índole, con las peleas de perros en las redes. Así, las empresas ganan mucho dinero para volver a invertir mientras nosotros perdemos minutos y minutos hasta traducirse en horas. Al final del día, son horas malgastadas haciéndonos de mala sangre. Pasa algo similar con la espiral de la información general: buscamos estar al tanto de la actualidad y en eso no hay pecado; millones en el mundo prefieren lugares como Facebook en lugar de medios de comunicación más tradicionales y con certificación de autenticidad, tampoco hay pecado; nos enredamos casi sin darnos cuenta o sin querer queriendo en los brazos de la especulación, de la farándula que se pretende información relevante y en el lodo de las noticias falsas, en eso hay pecado capital. Los pecados capitales como éste son imperdonables porque tengamos ocho, cuarenta y nueve o setenta y dos años, lo que no sobra es tiempo; tenemos tanto por vivir, tanto por compartir con los nuestros, tanto por reír, tanto por bailar, tanto por soñar, tanto por amar. Necesitamos tiempo para trabajar, disfrutarlo y comprar tiempo, como me reveló aquella tarde mi amiga Verónica.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La vuelta al escenario de la Sinfónica Chuquiago fue emocionante de principio a fin

Toda la sala, de pie en el “Alberto Saavedra Pérez”, despidió la noche del viernes a los intérpretes, que cerraron su homenaje a La Paz.

El maestro Christian Asturizaga y su elenco en el recital del viernes. Foto: Claudia Benavente

/ 31 de julio de 2021 / 17:45

Cálido, emocionante, alegre, tal el concierto que ofreció la Sinfónica Chuquiago, dirigida por el maestro (nunca tan bien empleado el término) Christian Asturizaga, en el entrañable Teatro Municipal “Alberto Saavedra Pérez” de La Paz.

La velada fue justamente en homenaje a la ciudad, que el 16 de julio celebró 212 años de libertad, y ofreció una recreación inédita de himnos populares como Illimani, Nevando está, Pepino pandillero, Collita, Cholita paceña, Chuquiago Marka y otros 12 temas de honda significación para la bolivianidad y la comunidad en particular.

La cabalgata de temas fue desde la cueca al tango, pasando por el taquirari, el huayño, la kullawada, el vals o el caporal. Una forma de acercar la música clásica a lo popular. Magnífica presentación de una obra que comprende temas musicalmente históricos con nuevos arreglos que los embellecen y los adaptan a las orquestas de cámara. 

Toda la sala, de pie, despidió a los intérpretes con un aplauso de varios minutos.

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