Voces

lunes 2 ago 2021 | Actualizado a 12:19

Casta y feminicidio en la India

/ 31 de octubre de 2020 / 02:55

Las frecuentes violaciones colectivas que conmueven hoy a la India me traen a la memoria las reflexiones contenidas en mi libro Pueblos sin voz, publicado en 1994, que abogaba por los derechos de aquellas comunidades postergadas a lo largo y ancho del Planeta: kurdos, palestinos, uirgurs, tibetanos, catalanes, vascos y otros, a los que añadí las naciones quechua y aymara (antes de la invención del Estado Plurinacional). El común denominador entre todas ellas era la carencia de su respectivo Estado que las represente en el tinglado internacional. Esa fue la razón de bautizar mi obra como “pueblos sin voz”.

Aunque la lucha continúa, en la actualidad subsiste en la India, la más grande democracia del mundo, aquella odiosa estratificación social de las castas, instaurada desde hace 2.500 años. Si bien todos son étnicamente indios, la tonalidad de la piel y otras consideraciones propias de la religión hindú continúan dividiendo a la sociedad, de acuerdo con la anatomía del dios Brahma, que ubica en el nivel más alto a Brahmanes (sacerdotes y maestros), luego a Chatrias (políticos y soldados), seguidos por los Vaishias (comerciantes y artesanos) y los Shudras (obreros y campesinos). La base está conformada por los Dalit, los intocables, que son considerados impuros, cuyo Kharma (destino) solo podrá ser superado en repetidas reencarnaciones.

A ese enjambre de creencias, se añade la legendaria enemistad entre hindúes y musulmanes, mayorías religiosas que despiertan incontrolables pasiones. En ese marco, el 14 de septiembre pasado una joven dalit de 19 años en el Estado de Uttar Pradesh fue salvajemente violada y masacrada por cuatro hombres de la subcasta superior de los thakur, muy influyente en la región. Ello explica que el cadáver de la víctima hubiese sido cremado de inmediato para encubrir la violación. Semejante atropello está fuera de la letra muerta de la Constitución que teóricamente afirma la igualdad entre los ciudadanos y prohíbe la discriminación basada en la religión, la casta, el sexo o el lugar de nacimiento. Lamentablemente, en la práctica, los cerca de 200 millones de dalits siguen siendo parias en la India (1.300 millones de habitantes). Curiosamente muy pocos de ellos pueden abrirse paso hacia los retos de la modernidad, siendo excepción notable el dalit Ram Nath Kovind, actual presidente de la Republica. No es el caso de la inmensa mayoría de “intocables” a quienes únicamente se les reserva las ocupaciones laborales más despreciables como la limpieza de baños públicos, el recojo de basura, o el cuidado de las bestias. La percepción que esa gente continúa siendo impura hace que personas de castas superiores no los toquen, no les hablen y menos compartan comida con aquellos. Inútil añadir que el matrimonio con un dalit está proscrito y que la supuesta relación carnal inter-casta acarrea frecuentemente los “crímenes de honor”.

Como sucede en buena parte del mundo no-occidental, las tradiciones sobrepasan a las legislaciones modernizadoras.

Por otro lado, preocupa que la división de castas se traslade a la numerosa diáspora de migrantes indios, incluyendo en los Estados Unidos, ahora de moda con la posible ascensión a la vicepresidencia de Kamala Harris, cuya madre, brahmán, es oriunda de Madras.

Eso demuestra que aun fuera de la madre patria, la casta sigue primando, recordando aquel adagio orwelliano “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que los otros”.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Un capitalista espacial

/ 24 de julio de 2021 / 01:42

El planeta Tierra le quedó chico a quien ya impera con su base financiera como la persona más rica del mundo ($us 200.000 millones en su haber). Entonces, juzgó llegado el momento de explorar y explotar el espacio sideral y bajo esa aspiración Jeff Bezos (57) se lanzó el 20 de julio al cielo ignoto para contemplar la redondez terrestre desde su propia nave, aventura pionera de su empresa Blue Origen que organiza turismo espacial al módico precio de $us 250.000 por una vista privilegiada que dura menos de cinco minutos.

Jeff nació en 1964 en Alburquerque, Nuevo México, registrado Jeffrey Preston Jorgensen, fruto del amor de colegiales adolescentes cuyo padre lo abandonó al nomás nacer. Fue el cubanoamericano Miguel Bezos quien asumió la paternidad y lo crió esmeradamente como hijo suyo. Jeff desde la tierna infancia, reveló prematuramente su talento reconocido de niño superdotado. Prontamente, después de graduarse con un bachillerato en informática, creó su propia empresa, escalando peldaños cada vez más altos. En 1994, funda Amazon, nombre por analogía con aquel río caudaloso de enorme horizonte que, como esa multinacional, desde su concepción, no solo llega a ser la campeona indiscutible de las ventas a domicilio, sino que adquiere otros rubros como el prestigioso Washington Post o la hollywoodiana MGM. La dramática irrupción de la pandemia del COVID-19 que significó la quiebra de muchos negocios, se convirtió para Amazon en dorada oportunidad para crecer aún más, pues sus ventas en 2020 subieron a $us 386.000 millones, doblando sus beneficios a $us 21.000 millones. Y, mientras el desempleo cundía por doquier, Amazon contrató en ese año a 500.000 nuevos empleados, o sea 1.369 por día. Esas cifras que producen vértigo me indujeron a comparar mutatis mutandis con algunos datos de Bolivia, donde el capitalismo es vilipendiado como el siniestro sistema de explotación, ofreciendo en cambio recetas abstractas y confusas.

Mientras Amazon crea por sí misma 1.369 empleos por día, en el Estado plurinacional se cerraron 3.032 empresas en 2020, lo que significó la baja de ocho fuentes de empleo cada 24 horas, causando la desocupación consiguiente. Cotejar los 1.298.000 de sus asalariados con toda la fuerza de trabajo de Bolivia, resulta deprimente. Mas aún si se confronta sus $us 21.300.000.000 de beneficios en 2020 con el magro PIB boliviano en igual periodo. Todo ese parangón es útil para constatar la dimensión del país y apreciar el rendimiento del capitalismo contemporáneo, así sea en la versión china o vietnamita de capitalismo de Estado versus el sonoro fracaso del remedo de socialismo impuesto a algunos países latinoamericanos. La proyectada tasa impositiva a las multinacionales de 15% anual sobre sus beneficios, podría de alguna forma compensar la asimetría social que causa la concentración de la riqueza en pocas manos.

Sin embargo, Jeff Bezos es el mejor ejemplo para evaluar la igualdad de oportunidades que se abren para las personas de talento superior en el marco del sistema capitalista frente al modelo socialista, o a las autocracias que acuden a la represión y la corrupción para mantenerse en el poder, cerrando el paso al talento y a la creatividad.

Personalmente, mi asociación con Amazon no pudo ser más feliz. Su sección libros, publica y difunde ampliamente desde hace cinco años, cinco obras mías, en inglés, español y francés, tanto en formato digital como impresas en papel. Ese pequeño detalle, dentro de la modalidad de venta a distancia, es parte de la respuesta al desafío de “crear una librería en línea con millones de títulos, algo inconcebible en el mundo físico”. Todas esas innovaciones de Amazon son el futuro que ya llegó.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

Comparte y opina:

Nicaragua, ‘aparta de mí este cáliz’

/ 10 de julio de 2021 / 02:15

Apocos meses del triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, el nuevo gobierno me seleccionó de una troika presentada por la Unesco para el cargo de asesor técnico principal, ofrecimiento que acepté de inmediato, dejando mi cómoda oficina de Naciones Unidas (UNFPA) en Nueva York para trasladarme a Managua y comenzar un fresco destino laboral. Como también participé personalmente en las revueltas del Barrio Latino en el Paris de 1968, condenamos la masacre de estudiantes en Tlatelolco, lloramos el heroísmo fatal de Allende en La Moneda, y encontramos “por fin en Nicaragua, una revancha de los sueños perdidos en Chile… era la izquierda. Una época que también fue épica”, como diría Sergio Ramírez Mercado.

Vibrando de unción revolucionaria, ya ataviado de pantalón de pana y guayabera blanca, me presenté al ministro de Educación, el exrector Carlos Tunnermann, quien con aire grave me señaló la función que esperaba de mí y dotándome de un despacho contiguo al suyo, me incorporó a la misión unesquiana que ya trabajaba en los proyectos educativos y culturales. El entusiasmo era desbordante y entre los logros más importantes, con orgullo anotamos la exitosa campaña de alfabetización que redujo en dos años la tasa de iletrados de 52% a 12,5%. En calles y plazas nos cruzábamos con miles de jóvenes soñadores llamados “internacionalistas”, que gratuitamente prestaban sus servicios con más buena voluntad que profesionalismo y cooperaban en emprendimientos sociales, agrícolas, sanitarios y hasta militares. Unos lucían blue-jeans y los más fanáticos se empaquetaban en uniformes verde-olivo para confundirse con los milicianos locales apodados los “compitas” con tolerancia y “piricuacos”, por los contras. Era la generación de una juventud que aspiraba a contribuir en la construcción de aquella ilusoria utopía moderna. Decenas de nacionalidades, incluso las más exóticas, deambulaban por el campo y la ciudad, particularmente escandinavos, rumanos, checos, búlgaros, franceses, españoles y entre los latinoamericanos aquellos evacuados de las trincheras urbanas y rurales de las guerrillas: chilenos, argentinos, colombianos y decenas de bolivianos. Mayormente organizados trabajaban los rusos y los cubanos.

La influencia del proceso castrista en la Revolución Sandinista era notoria en varias facetas de la ejecutoria política y gubernativa, con algunas diferencias de idiosincrasia localista. Daniel Ortega emulaba ser otro Fidel y llevó a su país a alinearse con el bloque soviético. Estados Unidos bajo la administración Reagan fustigó fieramente la rebeldía sandinista y armando financiera y militarmente la “contra” trató inútilmente de derrotar a los Ortegas. Sin embargo, más pudo la consulta democrática porque en las elecciones de 1990 la opositora Violeta Chamorro ganó la presidencia para el interregno (1990-1996). Daniel Ortega retornó al gobierno en 2006 y desde entonces, fue reelecto tres veces, la última con su esposa Rosario Murillo como vicepresidenta. Hoy, el camino a su cuarta reelección está regado con sangre. Lamentablemente, siguiendo la vesania de los autócratas, distorsionó el curso revolucionario con la corrupción y el atropello a los derechos humanos, empeñado en sostenerse perpetuamente en el poder, instaurando esa tiranía bicéfala muy parecida al sistema Somoza que, cuando joven, Daniel ayudó a aplastar.

Triste comprobar que la parodia de Orwell en Revuelta en la granja se cumple otra vez. Cuando los animales destierran a los patrones y se instalan en su lugar, los cerdos asumen como la casta gobernante, los perros ofician de policías y fiscales, mientras los burros son la clase trabajadora. Al principio ideológico de que “Todos los animales son iguales” se le agrega un añadido para justificar la irrupción de la nueva clase: “Pero algunos animales son más iguales que los otros”.

Dolor grande constatar que la terca obstinación del hombre que se cree providencial se impone sobre la lucha heroica del pueblo nicaragüense por la libertad y la dignidad.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

Comparte y opina:

Expresidente confronta el debido proceso

/ 26 de junio de 2021 / 01:42

La reciente decisión del tribunal condenando a tres años de cárcel (uno con prisión firme) y sujeto al régimen de brazalete electrónico, máxima humillación para el exmandatario francés Nicolás Sarkozy (2007-2012) por “corrupción y tráfico de influencia”, fue un duro golpe para la derecha moderada. Mientras sus partidarios reclaman la extrema rudeza de los jueces, sus detractores repiten que nadie puede estar encima de la ley. Sin embargo, la sentencia se explica por sí sola: “Los hechos que se reprochan a Sarkozy son de una particular gravedad, habiendo sido cometidos por un expresidente de la República que estaba llamado a ser el garante de la independencia de la justicia”.

Pero, ¿cuál es la sustancia de este fallo? Cuando en 2014 se ventilaba en la Corte de Casación la reclamación de Sarkozy por el secuestro judicial de sus agendas presidenciales, éste encomendó a su abogado Thierry Herzog convencer al magistrado Gilbert Azibert de interceder ante sus pares para obtener alguna opinión en su favor, a cambio de un puesto honorífico ante el Principado de Mónaco. Lo que ignoraba el ingenuo Nicolás es que su celular estaba bajo escucha policial, con el agravante que el expresidente se servía de otro aparato alquilado con nombre ficticio. O sea, la perfecta figura de “asociación para delinquir” registrada en la transcripción de 17 conversaciones telefónicas interceptadas. Irónicamente la decisión de la Corte fue adversa para Sarkozy y el apalabrado magistrado, por lo tanto, tampoco obtuvo el cargo prometido. Ergo, un asesinato sin cadáver. Empero los jueces piensan que tan solo la intención de cometer aquel delito es suficiente para caracterizarlo. En esa circunstancia, tanto el abogado como el magistrado también fueron condenados a sufrir análogas penas. En efecto, no es el único enfrentamiento que Sarkozy tiene con la ley, pues le esperan nueve otros casos tanto o más espinosos, incluyendo aquel que descansa sobre la sospecha de haber financiado una parte de su campaña presidencial de 2007 con fondos provenientes del exdictador libio Muamar El Gadafi. La justicia francesa sienta singular precedente para condenar la intencionalidad de cometer un delito, incluso cuando éste no ha sido, realmente, consumado. Qué diferencia con el procedimiento que acontece en ciertas repúblicas bananeras cuando los magistrados se dejan corromper por el mandatario de turno para fabricar fallos que le favorezcan, a cambio de nombramientos, en sendos puestos diplomáticos u otros, donde efectivamente se aposentan. A esos prevaricadores les cuesta comprender que el tráfico de influencias es un crimen grave contra el Estado. Aun así, todo expresidente en Francia tiene garantizado el debido proceso para que pueda defenderse en libertad.

El mejor retrato de Sarkozy corresponde a la pluma de Barack Obama en sus memorias: “Con su piel mate, sus rasgos expresivos, vagamente mediterráneos (su padre era húngaro y su abuelo materno era judío griego), de pequeña talla (1,66 metros) pero que porta taloneras para agrandarse, se diría un personaje escapado de un cuadro de Toulouse Lautrec… compensa su falta de coherencia ideológica con la audacia, el encanto y esa energía frenética… en perpetuo movimiento de su pecho abombado como la de un gallo enano…”

Aunque la apelación de dicha sentencia pende de un hilo incierto, triste epílogo el de Sarkozy (66), quien aún aspiraba volver a la palestra política en las elecciones presidenciales de 2022.

  Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

Comparte y opina:

‘Obama’ por Obama

/ 12 de junio de 2021 / 01:20

La versión al francés tiene 844 páginas, además de 36 folios a todo color de mementos fotográficos de la primera gestión de su presidencia (2009-2013), cuyo sugestivo titulo Una tierra prometida encierra sus recuerdos en 3 kilos de papel, con al menos 200 páginas superfluas si el autor hubiese omitido los párrafos de amor y admiración por su esposa Michelle, el relato de las travesuras de sus hijas Malia y Sasha y las enseñanzas recibidas de su madre y hasta de su abuela. Por añadidura, es recurrente esa tendencia americana de reseñar el origen étnicogeográfico y la bio-data de cuanto personaje aparece en escena, incluyendo al jardinero y al cocinero de la Casa Blanca. Francamente, si no hubiera sido por el confinamiento impuesto por la pandemia me hubiese privado de conocer al detalle los trajines domésticos del recinto presidencial en Washington, las tareas furtivas del Servicio Secreto, las comodidades del Air Force One, la fabricación de los discursos oficiales, las técnicas manifiestas y encubiertas del cabildeo senatorial, los diálogos con su círculo íntimo transcritos verbatim, y la debilidad por el tabaco y por el basketball de aquel joven negro que desde los tugurios de Chicago trabajó infatigablemente por hacer realidad el sueño de conquistar el cetro del país más poderoso del planeta.

En la parte sustantiva del libro se puede detectar las descarnadas batallas que libra Obama para abrirse campo en su ascenso al escaño senatorial, el arduo camino para ganarse el respeto de sus colegas blancos apoltronados por décadas en sus sillones parlamentarios, su postulación a las primarias del Partido Demócrata, las escaramuzas en los debates con sus rivales Hillary Clinton y Joe Biden, a quienes arroparía luego de su victoria que lo lleva hasta la Oficina Oval, donde se resiste a creer que “Dios lo convocó a ser presidente” para enfrentar en el plano interno la tremenda crisis financiera de 2008 como herencia de la administración anterior y en política extranjera, las acciones militares en Afganistán y en Irak, la hostilidad del régimen norcoreano y el desafío nuclear que persiste en Irán. Gran parte de su tiempo consume su obstinación por la reforma del sistema de salud en los Estados Unidos, en el cual cerca de 50 millones de americanos no están cubiertos por la seguridad social. Su batalla por lo que se apoda como el Obamacare es planificada militarmente y defendida con ardor. En cuanto a política exterior, la temprana asignación del Premio Nobel de la Paz (2009) lo obliga a privilegiar la diplomacia sobre la guerra y a contener las pulsiones de sus generales belicosos. Creyente en el multilateralismo busca el apoyo de Naciones Unidas y se esfuerza por coordinar iniciativas con sus aliados de la Unión Europea en puntos vitales como el calentamiento climático o la lucha contra el terrorismo.

Ingredientes sabrosos son los picantes retratos de sus interlocutores. Mientras le impresiona el azul de los ojos de Angela Merkel, ironiza la pequeña estatura de Nicolás Sarkozy (1,66 metros) elevada por altos tacones que dice lo hacen parecer “un personaje escapado de un cuadro de Toulouse-Lautrec”, y en otros viajes encuentra a Vladimir Putin “pequeño y rechoncho. Cuerpo de luchador…con ojos claros y vigilantes”. En cambio, su pupila capta, el bigote recortado del checo Vaclav Havel y le sorprende que el octogenario rey saudí… tenga 30 mujeres oficiales que sumarían 50 con las amantes. Pero halla “soporífica” la charla con el mandatario chino Hu Jintau. Sorprende que Obama describa con suprema meticulosidad los palacios y lugares visitados, lo que hace presumir que llevaba un diario personal, aunque la minucia de sus diálogos con colaboradores y homólogos son registrados cotidianamente por medios electrónicos. En América Latina solo se detuvo en Brasil y en Chile, con tenues referencias a Dilma Rousseff y a Sebastián Piñera, por estar esos días orientando el bombardeo aéreo a Libia. En el epílogo hace un relato cinematográfico de la ejecución de Osama Bin Laden en Abbottabad (Pakistán) ordenada por él mismo, en uso de su prerrogativa presidencial. Luego se aboca a la campaña por su reelección que culminó exitosamente y cuyo siguiente periodo (2009-2017) será objeto del segundo volumen de esas copiosas memorias.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

Comparte y opina:

Gaza: martirio y resistencia

/ 29 de mayo de 2021 / 02:03

En la primavera de 1961, llegué — mochila al hombro— al kibbutz Givat Haim, la innovadora forma organizativa para aglutinar en comunidades agrícolas a los judíos de la diáspora que acudían entusiasmados a vivir y trabajar en el nuevo Estado de Israel, instaurado años antes, en 1948. Durante seis meses recorrí el primigenio territorio israelí que, en guerras sucesivas dobló su tamaño, a expensas de tierras palestinas usurpadas sin escrúpulo alguno, ocasionando miles de refugiados, causa básica de los actuales conflictos. En aquella época, recién construía esa sociedad, una generación que abominaba los horrores de la guerra, privilegiando la paz y la democracia, contraria a todo tipo de discriminación. Los nativos acogían a los inmigrantes con sincero candor y tanto en Jerusalén como en el resto del país cohabitaban en cautelosa armonía judíos, cristianos y musulmanes, todos ellos píos de la Tierra Santa. Lamentablemente estallaron las contiendas de los seis días (1967) y de Yom Kippur (1973) que envenenaron para siempre el ambiente. Los subsiguientes acuerdos de paz no fructificaron y los israelíes presas de nefaria paranoia defensiva fortalecieron progresivamente al Tsahal, un aparato militar omnipotente que condenó a la sumisión a la población palestina de Cisjordania y de la franja de Gaza, dirigida por la Autoridad Palestina desde Ramallah y por el Hamas, respectivamente. Gaza, en 365 km2, contiene hacinados a 2 millones de habitantes, entre ellos 750.000 refugiados, rebalse de una operación de limpieza étnica. Víctima de los repetidos bombardeos, esos pobladores al presente soportan agua contaminada, servicios de salud deplorables, cortes de electricidad repentinos, pobreza extrema y desempleo abismal.

Como precedente importante del actual conflicto, recordemos que el anterior pleito se remonta a 2014, cuando el ataque israelí a Gaza duró 51 días, dejando 2.200 palestinos muertos, de los cuales 551 fueron niños. Es, pues, una pugna asimétrica, en la que Israel goza de la ayuda anual americana en material militar ultramoderno avaluado en más de $us 3.000 millones, aparte del apoyo logístico y diplomático en el Consejo de Seguridad, donde el veto de los Estados Unidos impide la aprobación de cualquier decisión contraria a los intereses sionistas.

Ante un enemigo tan poderoso, Gaza solamente recibe el auxilio de Irán en transferencia tecnológica militar centrada en la capacitación de ingenieros habilitados para la fabricación de misiles caseros, los mismos que en el enfrentamiento de mayo, posibilitaron el lanzamiento de más de 3.000 cohetes contra objetivos israelíes. Fue obra de las brigadas Ezzedine al Qassam, el ala militar de Hamas que se desplaza a través de una red de túneles apodada el “metro”.

Al alto el fuego fue acordado el 21 de mayo bajo presión del presidente Biden sobre el intransigente primer ministro Bibi Netanyahu, el balance de 11 días de bombardeos en Gaza fue de 248 civiles muertos, de los cuales 66 eran niños y 38 mujeres, además de 1.300 heridos. Israel sufrió 12 víctimas fatales, entre ellas un niño.

Entre los efectos colaterales, este último choque en el Medio Oriente ha roto el tradicional apoyo bipartidista en el Congreso americano a la causa de Israel. También la pax americana laboriosamente lograda por Trump, al estimular las alianzas pactadas entre Tel Aviv y Arabia Saudita, pasando por los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán, quedarán resquebrajadas. También, a la luz de una opinión pública mundial mayoritariamente adversa a la incursión israelí, Egipto, que bloquea a Gaza, en tándem con Israel, podría revisar su posición.

Al interior de Israel, Benjamín Netanyahu que, con la lluvia de bombas sobre Gaza creía salir triunfante para asegurar la formación de un gobierno de coalición, resultó estropeado por la tenaz resistencia de Hamas que, pese a las bajas sufridas, aumentó su popularidad tanto en Gaza como entre los palestinos de la Cisjordania y al interior de Israel.

Finalmente, Estados Unidos revertirá posiblemente su tolerancia hacia Israel, para insistir en la única solución factible al sempiterno problema: volver a la tesis de dos Estados vecinos dentro del territorio en disputa con Jerusalén como capital judía y el este de la ciudad como capital de una nueva Palestina, negociando la unidad territorial de la Cisjordania con Gaza.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

Comparte y opina: