Voces

lunes 2 ago 2021 | Actualizado a 05:07

Democracia Concomitante

/ 8 de noviembre de 2020 / 10:41

La tarea está ahora en la reconstrucción de la democracia. El intervalo oscuro producido por el hecho de noviembre deja expuesto el mayor desafío político del nuevo tiempo que se inaugura hoy: la necesidad de otro sentido común, innovador y transformador de las actuales formas que caracterizan las relaciones políticas en Bolivia. Un sentido común que debe, imprescindiblemente construir identidades democráticas abarcadoras de la equivalencia de intereses, conectando la suma de preocupaciones y tensiones de una sociedad plural que está intentando reacomodarse. Esto no se construye con una alianza declarativa ni la expresión de intencionalidades afables, precisa comprender de manera inequívoca que una comunidad no es un espacio constitutivo único de lo político donde el bien común es el factor unificador por antonomasia. La colectividad boliviana está signada por la multiplicidad de sujetos, contradictorios por supuesto, diversos, con temporalidades diferentes y miradas subjetivadas de lo nuestro y de lo prioritario; con estructuras organizativas que combinan tiempos prehispánicos e incipiente modernismo. Un espacio donde el sujeto individualizado precisa de una renovada filosofía política que haga posible la convivencia de la expresión plural y democrática.

Trabajar en una filosofía política posmoderna obliga rearmar la democracia, las institucionalidades y las miradas individuales en una perspectiva de respuestas diversas e inclusivas. Precisa a su vez trascender la idealización de la Ilustración y del sujeto unitario asentado sobre el mito exclusivo del bien común como hecho totalizador para, concentrarse, con mayor fuerza en la búsqueda de la democracia diversa y su coexistencia tácita con las formas tradicionales del institucionalismo liberal.  

Hoy Bolivia se ha fragmentado en espacios políticos radicalmente nuevos y contrapuestos, con intenciones no silenciosas de marginar la otredad molesta. Esto incide sobre las nociones e ideas de libertad e igualdad que deben estar presentes en este reinicio institucional. La “democracia concomitante”que debe construirse en Bolivia reclama derechos democráticos, que si bien suelen entenderse como individuales su ejercicio es colectivo pues se expresan en el derecho de todos. Las libertades y la igualdad deben tener hoy una dimensión que interseccione la esfera individual y política. Compartimentar de forma intemperante el individualismo liberal y el comunitarismo intercultural sin espacios intermedios de convivencia necesaria es una apuesta inviable.

Las relaciones político sociales del Gobierno que hoy asume deben ser esencialmente constructivas y dialógicas, asentadas sobre una matriz democrática de valores y prácticas que se extiendan progresivamente y que permitan reducir las disonancias de intolerancia. En sociedades diversas, las lógicas unipolares son conducentes a la construcción de figuras autoritarias y restrictivas del pensamiento y las libertades, la democracia plural es tarea del nuevo gobierno, pero ello se edifica sobre la necesaria existencia y aceptación de multiplicidades y conflictologías que se superan cuando los métodos que las resuelven son dialógicos.

La reconstrucción democrática no es posible cuando se substrae únicamente a la reedición de modelos pasados e insuficientes. Un nuevo tiempo que llega pide otros patrones democráticos. La Democracia Liberal de los años noventa y la Democracia Intercultural del Proceso de Cambio deben abrir espacio a la “Democracia Concomitante”, un espacio que en el mundo aymara se llama el espacio taypi, ese lugar/zona donde lo indígena y lo occidental se entretejan en su más profunda expresión de abigarramiento para ordenar las asimetrías hoy existentes.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Momento de bifurcación resolutivo

Urge un nuevo sentido común, que vea la inclusión como el elemento imprescindible de una sociedad justa. 

/ 18 de julio de 2021 / 18:04

Dibujo libre

El 12 de junio de 1964, las noticias daban a conocer que Nelson Mandela, el hombre que desafió el poder blanco en Sudáfrica, era conducido a prisión, pues había sido condenado a cadena perpetua bajo el cargo de traición. Una larga lista de leyes convertía a la población negra en hombres y mujeres con derechos restringidos o recortados. Ante la lúgubre discriminación de lo que era el inmisericorde apartheid, Mandela optó por apoyar la resistencia armada, fundó con otros luchadores de su tiempo “La Lanza de la Nación”, un grupo alzado en armas que hizo de los atentados contra militares y políticos que impulsaban el segregacionismo la forma de combatir el hecho excluyente. Aquel día, cuando era conducido a su encierro sin fin, “por encima del molesto zumbido del tráfico y el intermitente rugido de las motos de la escolta, Mandela pudo oír el griterío de fuera, las llamadas y respuestas de consignas y cánticos que se habían congregado a los incondicionales de la lucha a lo largo del tiempo. Una potente voz gritó ¡Amandla! (¡Poder! en xhosa, idioma bantú y una de las 11 lenguas oficiales de Sudáfrica) y la gente respondió ¡Awethu! (¡Al pueblo!). Jamás en la lucha de la historia sudafricana existió nada tan elocuente como esas dos sencillas palabras para expresar la agonía de millones de personas y su determinación de cambiar radicalmente los siglos de opresión”. Mandela fue incansable en su activismo en pro de los derechos humanos, se entregó a su misión de buscar la reconciliación si retaceos y en el ánimo de que “el éxito de la reconciliación y la unidad de la nación esté en que todos los sectores de la sociedad reconozcan, al igual que el mundo, que el apartheid fue un crimen contra la humanidad cuyos viles actos trascendieron nuestras fronteras y sembraron las semillas de la destrucción”. Desde que alcanzó el gobierno de su nación, Nelson Mandela se desveló por afirmar la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, para ello buscó persistentemente reconciliar a su pueblo por encima de odios eternos y diferencias despectivas.

La paz, la reconciliación y la pacificación son procesos de construcción social y política, nunca eventos de voluntades cortas y coyunturas breves. El sostener las lógicas de enfrentamiento permanente, donde la idea de hegemonía no es una reformulación de sentidos comunes extendidos y superadores de las formas matrices de generación de conflicto, sino un entender de primacía política, de imposición social, de instalación de grupos y sectores de poder dominante; todo ello sedimenta y afianza la distancia, los clivajes y la confrontación política.

2019 fue el año de la ruptura de un extendido tiempo de construcción democrática ininterrumpida. Expresa también un momento resolutivo entre los demócratas sedicentes y el movimiento popular articulado al espacio estatal. La profundización de la histórica polaridad social instalada en el país como consecuencia de los hechos sucedidos en noviembre de 2019 acrecienta diariamente las asimetrías de una sociedad que naturaliza el enfrentamiento y los grados de conflictología en espera del momento resolutivo. Hoy, las inmateriales corrientes sociales arrastran al país hacia un momento de bifurcación resolutiva, donde una tríada de resistencias fuertemente instaladas en la lógica política de los sectores conservadores de Bolivia hace que estos impulsos dirijan su trayectoria, infaliblemente, hacia un tiempo de inflexión. La resistencia a democratizar la democracia, esto como hecho de no aceptación de la inclusión generada por la conformación del Estado Plurinacional, lo cual empuja a la vieja intención de sobreponer las tradicionales clases dominantes sobre una realidad social diversa y plural que reclama y afirma su voluntad de estar. La resistencia a la aceptación del ciclo constitucional, ello a través del propósito constante de conseguir su abreviación mediante conductas de indiscutible inconsistencia democrática. Y un tercer elemento de resistencia, conectado a las otras dos, que se expresa en un rechazo a las formas institucionales de democracia electoral, validando metodologías de fuerza para la apropiación del poder político, ignorando intencionadamente la supremacía de la reconstitución de legitimidades y de la norma constitucional.

El momento de bifurcación resolutivo es un impulso social y político, una fuerza que avanza en una dirección como consecuencia de un hecho, y este es la no búsqueda de espacios dialógicos generadores de consensos y complementariedades indispensables que eviten la ruptura del tenue equilibrio de la tranquilidad social. El momento de bifurcación resolutivo ofrece dos vías diferenciadas y opuestas con eje ineluctable en la plurinacionalidad: la pacificación social y política en iniciativa y voluntad de construcción social; y, el hecho insurreccional armado y rupturista desde la diversidad social confrontada en rechazo y no aceptación del Estado Plurinacional.

La bifurcación resolutiva amenaza resolverse en alguna de las dos vías señaladas, ahí donde las formas republicanas y neoliberales propias de los sectores conservadores, de centro y radicales de derecha, chocan con las realidades de la corporatividad social y popular, expresión de una diversidad plural inacabada. Son dos modelos de democracia y Estado, miradas divergentes de las formas de gobierno y Estados que no consiguen acoplarse complementaria y simultáneamente: la república liberal y el Estado Plurinacional.

La plurinacionalidad de esta América del Sur, diversa en su racialidad y cultura, asienta su mirada en lo que hoy hace Elisa Loncón en Chile. Como presidenta de la Convención Constitucional de su país, reflexiona y dice: “Transformaremos a Chile en un Chile plurinacional, intercultural, en favor de la mujer y que cuide la Madre Tierra… construiremos un Chile inclusivo, ampliando la democracia y la participación”. La democracia boliviana, aquella que empezó en 1982, ya es una democracia agotada en sus viejas, tradicionales y excluyentes formas. La Bolivia de hoy es ya un Estado Plurinacional sin espacio al regresionismo, al exclusivo tiempo liberal. El momento de bifurcación resolutivo debe encontrarnos inexorablemente en la vía útil y constructiva de la pacificación complementaria y de un nuevo sentido común, ese que comprenda la inclusión como el elemento imprescindible de una sociedad justa e igualitaria.

(*)Jorge Richter R. es politólogo

Comparte y opina:

¿DÓNDE JURÓ ÁÑEZ?

Los presidentes no constitucionales no juran en el recinto sagrado de la democracia, la Asamblea Legislativa.

/ 27 de junio de 2021 / 20:35

DIBUJO LIBRE

Ungido entre sus partidarios, todos ellos armados, unos empuñando pistolas y otros con las manos en las cartucheras, listos por si la ocasión demandara un cruce de fuegos. Allí estaba Luis García Meza, atrincherado en el Gran Cuartel de Miraflores. Próximo a jurar como nuevo presidente de Bolivia, soltó su argumentario sobre el golpe de Estado que había forzado a Lydia Gueiler a firmar su renuncia: “Pueblo de Bolivia: en vista de la renuncia a su mandato y resignación de su Gobierno ante la institución tutelar de la patria por parte de la presidenta de la república, y en uso de atribuciones legales conferidas por la Constitución vigente, así como el derecho de libre determinación, las Fuerzas Armadas de la nación han asumido la responsabilidad directa de administrar y transformar positivamente el país… el electorado boliviano no concurrió a las urnas ni avaló con su presencia el fraude organizado y la violación de la confianza pública. Por eso sus intérpretes, las Fuerzas Armadas, con la voz libre y la conciencia tranquila, con la fuerza colectiva y la fuerza moral, denunciamos ante el mundo, ante los tribunales de la historia y ante los cinco millones de habitantes del pueblo boliviano, que las elecciones son nulas de pleno derecho, razón por la que los poderes del Estado no podían caer bajo el control de usurpadores de la voluntad soberana y falsificadores de la democracia”. Unos días antes de la ruptura institucional, el influyente general Armando Reyes Villa se mostró en Palacio Quemado para una vez más reafirmar, como siempre suelen hacer en las horas previas al golpe, su lealtad al poder civil y expresar que la institución armada “es disciplinada y acatan todas las órdenes de su capitana general”.

Las elecciones generales de 29 de junio de 1980 mostraron el triunfo de las fuerzas populares, que aliadas todas bajo la histórica figura del Dr. Hernán Siles Zuazo habían logrado derrotar a Paz Estenssoro y a la candidatura del exdictador Hugo Banzer. Ante ello, la derecha militar, el paramilitarismo y los sectores profundamente conservadores del país encontraron el pretexto político para generar una acción de ruptura del frágil orden constitucional en un informe de los servicios de inteligencia: “El Servicio de Inteligencia Militar (sic) había detectado un fraude favorable a la extremista Unidad Democrática y Popular, que solamente en La Paz superaba los 200.000 votos”. El comunicado estaba refrendado en firma por el Departamento II de Inteligencia. Aquel comunicado sentenció el proceso electoral y la vida, entre otros líderes, de Marcelo Quiroga Santa Cruz.

El pasado martes 22 de junio, la alta jerarquía de la Iglesia Católica presentó su Memoria de los hechos del proceso de pacificación en Bolivia. Octubre 2019-enero 2020. Un esfuerzo abreviado por darle credibilidad escrita a la inverosimilitud del relato conservador del país. Una narrativa indemostrada que ahora, cobijada en la Memoria, busca exonerar responsabilidades de la visible participación en la ruptura institucional que instaló en la presidencia del Estado un gobierno NO constitucional. En una mirada razonada, corresponde decir y afirmar que la imperfección de la Memoria no se puede hallar en su lacónico entender de los hechos vividos en aquel noviembre, lo incomprensible está en citar una encíclica papal que habla del amor fraterno, de la verdad, del pueblo y de lo popular como categorías esenciales para comprender la realidad social e invocar, en 25 páginas, una sumisa e incondicional aceptación de una secuencia de hechos no veraces, extremadamente inconsistentes y respaldados en “remembranzas”. Un documento ficcional con lo vivido por miles de bolivianos, pero expresado en una sincronía perfecta con el argumentario de no/verdades de los operadores de la ruptura.

Detrás de cada cicatriz siempre hay un dolor que la explica. Se piensa también que las cicatrices son en realidad costuras que encubren silenciosamente una historia. Son las maneras que tiene la vida de recordarnos lo poco que valemos si olvidamos nuestras historias de dolor. El golpe de Estado es la cicatriz de una historia que dejó 37 muertes, zozobra y desasosiego. La Memoria de la alta jerarquía eclesiástica ensaya soslayar esas marcas y ser uno más de los que ansían cambiar la historia hasta embrollar los hechos y trastocarlos en irreconocibles. El rupturismo no se accionó en tiempos secuenciales y quirúrgicamente acoplados para después implementar en emergencia un Plan B, que en los hechos mismos fue siempre el Plan A, ese que buscó desalojar del poder a Morales y asir en la presidencia del Estado a Áñez, para consumar distintos fines y propósitos.

La señora inició su audaz vuelo hacia la presidencia determinada a contradecir lo normado en la Constitución Política del Estado, la acompañaron en ello varios actores políticos e institucionales. El 12 de noviembre en la tarde, la Memoria afirma que se “llevó adelante el acto en el cual fue investida la senadora Jeanine Áñez Chávez, como nueva presidenta del Estado Plurinacional de Bolivia. Acto al que los facilitadores del diálogo no asistieron porque estaban esperando que se instalase la sesión bicameral. Pero sí los invitaron después a realizar el saludo protocolar”. Sin embargo, sí asistieron, sí estaban allí, en la misma Asamblea Legislativa Plurinacional, observando cómo la señora Áñez iba inescrupulosamente, mientras leía su discurso interpretativo de las normas y la CPE, autoproclamándose presidenta del Estado. Estuvieron presentes, les pareció benéfico aquello y jamás contradijeron nada. Cuando Áñez terminó de arrancar el mando del Estado de su debida constitucionalidad, hizo un público y expreso agradecimiento a la Conferencia Episcopal de Bolivia (CEB) que quedó registrado en las cadenas televisivas. Después ya ella apareció con la banda y la medalla presidencial. ¿Hubo juramento de ley? No, no lo hubo. La historia señala que los presidentes no constitucionales no juran en el recinto sagrado de la democracia que es la Asamblea Legislativa Plurinacional, ellos toman posesión del mando del Estado allí donde las armas los protegen, no donde la democracia los acompaña. Áñez no juró como presidenta porque suma a la lista de quienes usurparon el poder del Estado.

El 17 de julio de 1980, García Meza eligió como justificación y argumento político para despedazar la incipiente institucionalidad democrática boliviana un supuesto fraude electoral del movimiento popular encarnado por Siles Zuazo. Un “monumental fraude” se diría hoy, que solo en La Paz superaba los 200.000 votos según el dictador. Habló como lo suelen hacer los rupturistas, de la Constitución y de transformar el país, pero su acción golpista y usurpadora del poder le impidió el honor de quien es electo y ejerce la presidencia del Estado con la venia de todos: jurar en el entonces Congreso Nacional de Bolivia.

 (*)Jorge Richter R. es politólogo, actual Vocero presidencial 

Comparte y opina:

LA DERECHA INSUSTANCIAL

La derecha ya no busca el poder por un fin filosófico o ideológico, sino por el beneficio que da desmantelar el Estado.

/ 6 de junio de 2021 / 17:39

DIBUJO LIBRE

Lo que asfixia a la derecha boliviana no es el largo tiempo de una vida política errabunda, vacía de pensamiento y sin miradas propias del país que ambicionarán construir. El fondo de ese extravío se explica en la carencia de una identidad propia y nacional y en el alejamiento casi natural de dos factores sustanciales que concluyen siéndoles extraños: las injusticias instaladas en la sociedad y su incomprensión de las formas construidas y necesarias de libertad e igualdad social.

Agustín Tosco, aquel dirigente sindical argentino que tributó su vida, infatigablemente, por los derechos de las clases trabajadoras, protagonista determinante en la gesta conocida como el Cordobazo, (protesta obrero-estudiantil, acaecida en Córdoba, Argentina, los días 29 y 30 de mayo de 1969, en oposición a la dictadura militar presidida por Juan Carlos Onganía) dejó un pensamiento y una reflexión de compromiso infinito: “…Hago lo que hago porque quiero a la justicia. Si bien yo nací en una familia de pequeños propietarios y no he experimentado la injusticia que sufre tanta gente, tantos trabajadores, sé que no solo lucha contra ella quien la padece, sino también quien la comprende”. Sin un sentido de las injusticias que inciden determinantemente en la vida y dignidad de hombres y mujeres, no es posible transitar el camino de la demanda interminable, la urgente profundización de la democracia. El conservadurismo nacional padece de ello.

En noviembre de 2019, los grupos conservadores, los de radicalidad extrema y aquellos contemporizadores con el centro político, articularon esfuerzos para componer, tras largos años de ausencia en la administración del Estado, la ofensiva antidemocrática. Los ejes discursivos utilizados en referencias constantes a “recuperar la democracia”, a “retornar a la libertad y la institucionalidad del Estado” y al “fin del autoritarismo” solapaban la pretensión última: un desembarco en el Estado con fines de urgencias personales, de grupo y corporativas siempre económicas y nunca en perspectiva histórica transformadora. El concepto de Estado no tenía sustancia ideológica, se simplificó exclusivamente en una mirada utilitarista de vaciamiento económico. Las estructuras ocultas en la lógica policial que construyó el noviembrismo, con perfiles propios de crimen organizado e internacionalizado, develan la esencia de una derecha que rastreó el poder y la administración del Estado en una perspectiva de posibilidades eventuales de apropiación y uso personal. Albert Camus expresó una máxima de dimensiones inagotables en el tiempo y que aplica al interés en referencia al poder: “Se trata de servir a la humanidad con medios que sigan siendo dignos en medio de una historia que no lo es”.

La urgente inclusión social en la construcción de una sociedad equilibrada que diluya las formas de discriminación a sectores sociales marginados históricamente, condenados a vivir en la periferia de las decisiones políticas y la vida social, prueba que las clases dominantes resisten en formas que generan nuevos antagonismos. El conservadurismo en Bolivia ha desarrollado un imaginario de democracia que tiene en el concepto solo un beneficio discursivo, actuando en la práctica con métodos sobrecargados de autoritarismo e intenciones regresivas a las viejas lógicas del Estado noventista, esto es, una clase media radical y dominante como única articuladora de la administración de Estado y sectores sociales y populares con representaciones marginales.

La ofensiva antidemocrática. Lo que la derecha conservadora hace en el país es cuestionar el Estado Plurinacional, las formas de inclusión social y la capacidad lograda por los movimientos sociales de articular un enorme bloque con toda la corporatividad popular en conductas electorales homogeneizadas hasta consolidar una potencia electoral casi invencible. La negación del país plural y diverso, su desprecio racializado por la gente campesina, originaria e indígena en un maltrato que llega a las culturas ancestrales y a las nuevas identidades ya hoy politizadas, los convierte en representantes de la intolerancia y la hostilidad sempiterna.

Los procedimientos de poder expuestos por el noviembrismo en 2019 evidenciaron el ánimo de implementar un Estado Policía a partir del cual se reconfiguraron las intervenciones del mismo, disminuyéndolas para favorecer las prácticas neoliberales. El nuevo neoliberalismo se exaspera con las formas manifestadas por los movimientos sociales, las identidades y las maneras colectivas de comprender la libertad. La ofensiva antidemocrática es la presencia del neoliberalismo impaciente, la exaltación de la libertad individual extrema que estando carente de posibilidades democráticas y electorales recurre a los inéditos formatos que sugiere el neogolpismo. La libertad ultraindividualizada fragmenta el movimiento popular. En palabras de E. Hayek, “la democracia es esencialmente un medio, un instrumento utilitario para salvaguardar la paz interna y la libertad individual”. El sentido de Hayek apunta a un retorno de las formas duras de un capitalismo de mercado que desprecia la conformación de Estados fuertes; Robert Nozick con su planteamiento del Estado mínimo, restringido únicamente a funciones de orden y establecimiento de la ley; Brzezinski y la sugerencia de “separar el sistema político de la sociedad y empezar a concebirlos como entidades separadas”. Los actuales teóricos de la nueva derecha en el mundo que interpelan, en un extremo preocupante, el sufragio universal. Alain de Benoist se expresa al respecto diciendo que “la democracia pone a todos los individuos en un mismo plano haciendo caso omiso de las importantes diferencias que existen entre ellos. Siendo el resultado una uniformización y masificación de los ciudadanos, lo que revela el carácter necesariamente totalitario de la democracia”. En suma, un vasto desarrollo de quienes construyen sus ideas en el lado derecho del pensamiento político.

Carente incluso de estas ideas, el conservadurismo boliviano se ve comprimido a una voz en el vacío mientras aguarda un error histórico del movimiento popular. Pero cuando ya su paciencia se reduce a grados no administrables, opera en la subversión, la desestabilización y la gesta rupturista. El por qué busca el poder del Estado ya no es una cuestión filosófica e ideológica, sino el enorme atractivo de los beneficios que concede la desmantelación de la estructura estatal.

 (*)JORGE RICHTER R. es politólogo, actual Vocero presidencial

Comparte y opina:

NARRATIVA, POLÍTICA Y REALIDAD

La narrativa del ‘fraude’ expresa un intento de validación del pensamiento no democrático.

/ 23 de mayo de 2021 / 21:05

DIBUJO LIBRE

Cuáles son los hábitos dominantes del análisis político en nuestros espacios mediáticos? El criterio interpretativo de valoraciones subjetivas y personales reducidas a la exposición simplista del “yo creo” y “yo pienso”, expuestas con una carga de mayor histrionismo y extravagancia como muestra veraz de convicción en la exhibición de la verdad “conseguida y defendida”, podría ser una respuesta a la interrogante inicial.

Las sociedades se fragmentan de formas infinitas, se polarizan y se distancian en apariencia irreconciliable, esto porque la naturaleza de ellas se caracteriza por miradas y sentires variados en las maneras de gobernarse y de disipar sus prioridades e intereses. Se instalan entonces significantes vacíos, palabras o imágenes, en los hechos términos privilegiados, significantes sin significado que condicionan los constructos discursivos de manera determinante en este tiempo político.

Los hechos acontecidos en 2019 conservan a nuestra sociedad enfrentada ahora en interpretaciones, significantes, categorías y conceptos: una narrativa que habla de Fraude y No- Golpe frente a una vívida realidad de Golpe de Estado y Gobierno No Constitucional. El problema de fondo trata sobre la desesperada impunidad que buscan, unos por su participación en aquellos días de muerte y dolor y, otros, en la búsqueda de memoria urgente por la ruptura institucional y la violación de los derechos humanos de una extensa y dramática lista de hombres y mujeres bolivianas.

La instalación de la narrativa post noviembrismo llega en el propósito de sobresimplificar premeditadamente la ruptura constitucional en un hecho —improbado a hoy— como fue el relato del fraude. La construcción ficcional de la derecha conservadora se asienta, desde entonces, en un extenso eje discursivo polivalente que pretende soterrar e invisibilizar el neogolpismo propiciado desde el conglomerado político, cívico, empresarial, mediático e institucional del país.

El relato de quienes subvirtieron el orden constitucional inicia con la instalación de un imaginario gesto épico que llamaron “la revolución de las pititas”. Los hechos de la realidad develaron que aquello fue un intento regresionista, un camino al tiempo del Estado neoliberal, caracterizado por clases sociales privilegiadas y dominantes, fuertemente transversalizado por miradas de soslayo racializado y favorecimiento de intereses económicos. Algo así como una síntesis desagradable de la historia de un país plural donde millones de seres estuvieron penados, filosóficamente, en el anonimato cruel de una vida resignada a los contornos de lo social y lo político.

La narrativa del fraude expresa un intento de validación del pensamiento no democrático, con intencionalidades inocultables de repudio a la diversidad, a la otredad y a las ideas inclusivas. Un relato con dos momentos: una acción rupturista y de implementación de las nuevas formas de golpe de Estado que buscan ser normalizadas y aceptadas como metodologías modernas y admitidas de recambios y alternancias gubernamentales; y una práctica constante sobre la conciencia de la individualidad del ciudadano, distorsionando lo que se sabe, lo que se piensa y aquello que se siente en relación a las experiencias presenciadas e innegables.

El relato/narrativa ficcional del fraude, de la revolución democrática de las pititas, de la sucesión constitucional y de la recuperación de la libertad y la institucionalidad democrática expresa en términos transformadores, la reificación de lo social y popular que, ante el fracaso en su tiempo de gobierno, pretende excusar responsabilidades y culpas. La construcción discursiva del fraude es el camino a la desesperada impunidad primero y a la normalidad de las formas rupturistas después.

Frente a la narrativa del fraude indemostrado hasta hoy, después del uso discrecional del poder propio de un gobierno amparado en la fuerza militar, de la presencia de un representante personal —con afinidades políticas y de clase indiscutidas— en la mayor instancia electoral del país, se coloca la realidad evidente que se cuenta y comprueba: aquel enorme grupo de personas propiciadoras de la ruptura de la secuencia constitucional de un gobierno electo, configuraron un Golpe de Estado para instalar en Bolivia un Gobierno NO Constitucional que violentó derechos, hirió y laceró a cientos de ciudadanos; hostigó, encarceló y en muestra de su inacabado desprecio por la vida humana de los bolivianos, también finalizó abruptamente con la vida de 37 ciudadanos.

La narrativa del fraude enceguece argumentalmente cuando ante ella cuestionamientos irresueltos no encuentran respuesta. La señora Áñez, figura visible del noviembrismo, instrumentalizada por políticos tradicionales, grupos de poder e instituciones, pero también incontrolada en su desesperación de poder desmedido, siempre supo y así se refirió a los medios de comunicación de forma antelada el mismo 10 de noviembre, que debía dar cumplimiento a los artículos 161 y 154 de la CPE (esa misma que ella como constituyente ayudó a redactar) “tendría que convocarse a una asamblea para poner en consideración las renuncias de los primeros mandatarios… primero convocar para consideración de la asamblea las renuncias, así viene la sucesión constitucional…” declaraba la señora Áñez el mismo día que el Mando Militar, horas antes había “sugerido” la renuncia de Evo Morales y Álvaro García Linera.

Un día después vuelve a hablar, y dice que las Fuerzas Armadas le transmitieron que ellas estaban comprometidas con las fuerzas cívicas y que éstas “pretenden acompañar este momento tan difícil”, en la misma declaración dijo estar también en contacto con los organismos internacionales. “Primero voy asumir la presidencia del Senado”, fue su otra declaración. En tanto, políticos de la vieja partidocracia, miembros de organizaciones internacionales y eclesiásticas — que hoy recortan la verdad de los hechos— ya habían concertado que la sucesión era con la señora Áñez, para ello el operador político/ jurídico del eterno representante de la derecha boliviana realizaba consultas personales ante el Tribunal Constitucional (los señores de la reunión en la Católica así lo expresaron) y así encontrar una forma “constitucional” que invierta la inconstitucionalidad pactada. Solo les faltaba lograr lo más ambicioso de la escalada rupturista: convencer a la dirigencia del partido de gobierno de que asistan a la Asamblea para respaldar su propuesta de Áñez Presidente en sucesión presidencial. Tuvieron un no por respuesta y activaron el Plan B sin demora y sin principios democráticos y, por supuesto, también la narrativa de la sucesión constitucional, esa que pueda condescender un rostro amable y democrático al Golpe de Estado.

 (*)Jorge Richter R. es politólogo, actual Vocero presidencial

Comparte y opina:

‘La barbarie de la literalidad’

El autor señala que el Golpe de Estado y la argumentación forzada de la Sucesión Constitucional no se comprimen y anulan en la intención de validar el hecho violento y de sangre con dos palabras literales

/ 14 de abril de 2021 / 14:51

DIBUJO LIBRE

El empirismo lógico del Círculo de Viena, corriente filosófica influyente en los años 20 del pasado siglo, estuvo fuertemente determinado por el Tractatus logico-philosophicus, obra del lúcido filósofo Ludwig Wittgenstein. Este profesor nacido en Viena, estudió, afirmó y habló de los hechos del mundo tal y como son, una idea del uso del lenguaje para describir la realidad. Con esas inferencias conclusivas y resueltos sus propios desafíos intelectuales finalizó su atención a la filosofía. Pero sería únicamente una pausa. Transcurrió el tiempo y Wittgenstein regresó a sus investigaciones filosóficas (que será el título de su segunda obra en publicación póstuma en 1953), pero en un sentido profundamente diferente de los años anteriores. Este otro tiempo, que hoy se comprende y denomina como el segundo Wittgenstein, refiere a las construcciones llevadas a cabo con el lenguaje de los humanos; cómo vamos construyendo nuestras formas de hablar donde los seres humanos, con sus formas de usar el lenguaje creamos constructos referidos a la realidad. El “segundo Wittgenstein” se constituyó en un áspero crítico del “primer Wittgenstein”. Fue la expresión del pensamiento dinámico. Evolución, investigación, análisis y contrastación para concluir en la explicación de paradigmas superadores.

Compendiando las crónicas escritas entre 2016 y 2020, Thomas Piketty ha publicado su libro ¡Viva el socialismo! En 1992, Piketty realizaba su primer viaje a Moscú, visitaba entonces la plaza Roja, donde la bandera soviética ya había dejado de flamear y ahora el viento ondeaba los colores de la insignia rusa. Pasó también varios minutos detenido, mirando y observando el mausoleo de Lenin. En ese tiempo el convencimiento de sus ideas liberales lo llevaban a afirmar que la economía de mercado y la propiedad privada eran las soluciones que reducirían las brechas de la desigualdad social. Treinta años después, en la mirada de sobrepasar alternativamente al capitalismo —dice Piketty— “uno no puede contentarse con estar en contra del capitalismo o del neoliberalismo: hay que estar también y sobre todo a favor de otra cosa, lo que exige ser capaz de definir con precisión el sistema económico ideal que uno desearía poner en práctica, la sociedad justa que uno tiene en mente, sea cual sea el nombre que finalmente decida darle”. Piketty sorprende aún más cuando señala: “Empecemos con una afirmación que a algunos les puede parecer sorprendente. Desde una perspectiva de largo plazo, la larga marcha hacia la igualdad y el socialismo participativo está bien encaminada”. Todo ello es la evidencia aguda del movimiento del pensamiento dinámico, de la construcción de las ideas y de la fuerza de la observación e investigación.

El español Javier Cercas, quien en 2016 produjo un llamativo artículo al que tituló La barbarie de la literalidad, opinaba: “los ‘tontos cultos’ no detectan una ironía, una metáfora o una provocación, y así atrofian el pensamiento”. Pues el pensamiento atrofiado, inmóvil y raquítico se anota en el extremo opuesto del pensamiento dinámico. Allí no hay evolución, no existe un ejercicio de continuo esfuerzo interpretativo con la suma de elementos que se incorporan, que clarifican y que contrastados todos ellos, van revelando los hechos de un acontecimiento de manera gradual. La literalidad cerrada como forma y metodología para interpretar y analizar un momento coyuntural, que en sí y en esencia, es fuertemente volátil, encierra un pensamientoabandono intelectual cuando no fingidos intereses que agravian al pensamiento.

Reducir los hechos de noviembre de 2019 a dos declaraciones de literalidad editada, abandonando la exposición global, no reúne el requisito de honestidad que el firmante anónimo reclama y que él no logra acreditar. El Golpe de Estado y la argumentación forzada de la Sucesión Constitucional no se comprimen y anulan en la intención de validar el hecho violento y de sangre con dos palabras literales. La intención de asociar aquellos hechos a un relato de forzadas interpretaciones y visiones de conspiración para escapar del apuro, desafía a sus mismas hojas de periódico, esas que tuvieron que recoger los números dejados por las horas golpistas del orden constitucional: 37 muertos, más de 800 heridos y por encima de 1.000 personas detenidas de forma injusta y expedita. El relato es un intento de modulación discursiva de una realidad ficcional que busca desesperadamente imponerse para obtener impunidad negociada. La realidad, en cambio, enumera las cifras de la angustia producida por la gente del noviembrismo.

La crítica de cierta fuerza mediática asociada al conservadurismo opositor del hecho popular, reincide en la superficialidad del argumento que tiene más de desesperación emocional que de inteligencia objetiva. Esta acción fustigadora, que esperanzada en la literalidad no modifica las metodologías reiteradamente fracasadas en las últimas décadas, solo favorecen al poder sus adversarios. Unos y otros, hablando y escribiendo mucho, pero leyendo y comprendiendo poco, con apariciones y publicaciones de fuerte ferocidad discursiva, pero solo para un público de convencidos que necesita consumir aquello en lo que se reconoce, esto que se llama sesgo de confirmación; sin audiencias, sino con hinchadas abarrotadas de delirio obsesivo. Leen selectivamente para confirmarse, escuchan para validarse. Especulan con estrategias inexistentes, realidades artificiales que imaginan ver o requieren fundar.

Obliga parafrasear la intención de un editorial que busca eximirse de integrar el extendido e ingrato club sin membresía de quienes deforman y modulan las noticias que debemos consumir: “Si en Bolivia la justicia fuera eficiente e imparcial”, entonces las manifiestas intenciones de manipular y modular la voluntad ciudadana con información falsa “podrían ser sujetos de prueba”. Pero no, ocultan su inconsistencia democrática retornando a la diaria clase de moralina, siempre estampada en la opinión del nombre oculto.

(*) Jorge Richter Ramírez es politólogo y vocero presidencia

Comparte y opina: