Voces

lunes 2 ago 2021 | Actualizado a 05:40

366 días después

/ 9 de noviembre de 2020 / 03:33

Exactamente, hace un año atrás, el domingo 10 de noviembre de 2019, la plaza Murillo, ícono del poder, estaba vacía, solo las palomas consuetudinarias pululaban libremente. Una imagen desoladora. Una metáfora: la democracia desportillada gracias a una cruzada conspirativa sediciosa que derivó en un golpe de Estado. En el ocaso de esa tarde, horas después que Evo Morales renunciaba a su cargo de presidente de Bolivia, Luis Fernando Camacho, líder de las movilizaciones urbanas que precipitó la renuncia del exmandatario, ingresaba al palacio de gobierno con una biblia y una bandera nacional entre sus manos pregonando que Dios volvía al palacio. Mientras, en otras ciudades bolivianas se quemaba la wiphala.

Dos días después de la renuncia presidencial, en un hemiciclo casi vacío, Jeanine Añez se autonombraba presidenta de Bolivia. Días posteriores se estrenaba con masacres a campesinos y pobres en Sacaba y Senkata marcando así un devenir oscuro para la democracia boliviana: corrupción, persecución política y judicial o, mejor dicho, caza a enemigos políticos.

No solamente para los perseguidos políticos, sino para el pueblo boliviano, este año fue de sobresalto. Esa aura de autoritarismo del gobierno de Áñez alentando a grupos parapoliciales para generar terror, usar el miedo como mecanismo de sometimiento y temor configuró un régimen de terror.  Todo ello con el consentimiento del entramado mediático del establishment.

Aquí estriba una de las lecciones más transcendental: los bolivianos, por lo menos la mayoría, reconocen a la democracia como un sendero no solo para canalizar la voluntad del soberano, sino hoy sabemos por carne propia, después de experimentar un régimen autoritario, la paz y la justicia social son partes fundamentales de la democracia. 

A esa democracia estropeada luego se vino una pandemia haciendo estragos en el mundo. Una desafortunada combinación histórica. Parecía ser una trama tejida por Allan Poe. Inclusive, en momentos que el grueso de la población estaba en cuarentena para protegerse del coronavirus, el gobierno de Áñez no solo usó este tiempo para su propio festín traducido en el uso discrecional de bienes estatales y saqueo, sino que utilizó el pánico para incrementar su cariz autoritario. 

Después de este interregno autoritario, el Movimiento Al Socialismo (MAS) supo recomponerse del golpe de Estado que muchos consideraban una derrota política para este partido y, un año después, retorna al gobierno, pero sin su líder, Evo Morales como presidente. El triunfo electoral contundente del MAS obedece, sobre todo, a la movilización de lo nacional-popular.

Mientras tanto, en la otra orilla política/ideológica, el mal gobierno de Áñez supuso también el fracaso del bloque oligárquico de la derecha, quizás este bloque tenía un momento inmejorable para torcer el “giro a la izquierda” que representa el MAS, pero desperdició ese momento político. Queda solo grupos minoritarios de exaltados y violentos buscando con sus escombros en las calles vanamente torcer la historia. Esos escombros son la metáfora patética de un movimiento que destilla racismo, negando al otro: el indígena que, además, es la mayoría. Entonces, se odia al expresidente Morales y a su partido, porque representan lo nacional-popular. Quizás, la otra metáfora, en otro domingo de noviembre, sea la misma plaza Murillo, pero, esta vez, 366 días después del golpe de Estado, atiborrada de ponchos y whipalas. Allí, miles de indígenas y pobres se confunden en abrazos interminables con el ajayu sosegado festejando la posesión del binomio ganador del MAS.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Un millón de niños sin cuidadores

/ 2 de agosto de 2021 / 00:53

A causa del COVID-19, desde marzo de 2020 hasta este pasado mes de abril, más de un millón de niños en todo el mundo perdieron a una madre, un padre, un abuelo u otro adulto de quien dependían como su tutor o cuidador principal. En Sudáfrica, 1 de cada 200 niños perdió a su cuidador principal. En Perú, fue 1 de cada 100.

Dadas las brechas internacionales en las pruebas de coronavirus y los informes de casos, es probable que estas cifras sean una subestimación. Pero nuestro equipo de investigadores, que incluye a expertos de organizaciones de salud pública y universidades de todo el mundo, usó modelos matemáticos, así como datos de letalidad y fertilidad de 21 países con el 76% de muertes globales por COVID- 19 para calcular el número de niños que perdieron un cuidador (algunos perdieron a uno de sus padres, o ambos. Otros perdieron a abuelos que cuidaban de ellos). Creamos una calculadora en línea que muestra estimados mínimos para cada país en el mundo.

Lo que descubrimos fue una pérdida de familiares a una escala que no se había visto desde que el sida devastó por primera vez el África subsahariana. “¿Recuerdan la situación de África en 2002, cuando nos dimos cuenta de que todos los adultos muertos equivalían a niños huérfanos?”, preguntó la autora principal de nuestro estudio, Susan Hillis, asesora técnica superior para COVID-19 en los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.

Ahora, se está viendo una situación similar con el COVID-19. Nuestros cálculos sugieren que, cada 12 segundos, un niño pierde a un cuidador importante a manos del coronavirus. Aunque se han administrado miles de millones de vacunas contra el COVID-19 en todo el mundo, más del 75% se ha usado para inocular a los residentes de los países más ricos a nivel mundial.

En vista de que la cobertura de vacunación generalizada podría tardar años, el número de niños afligidos podría aumentar de manera exponencial en todo el mundo. El sufrimiento y el futuro de estos niños son responsabilidad de la comunidad internacional. Otros brotes causantes de muertes masivas, como el VIH y el virus del Ébola, podrían mostrarnos el camino para salir adelante.

En 2003, Estados Unidos asumió un compromiso revolucionario con los niños de todo el planeta afectados por la epidemia del sida. Decretó que el 10% del Plan de Emergencia del Presidente para el Alivio del SIDA, también conocido como PEPFAR por su sigla en inglés, se destinaría al apoyo de niños cuyos cuidadores principales hubiesen fallecido o estuvieran contagiados. Este programa sigue apoyando a las familias que se ocupan de niños que perdieron a sus cuidadores, lo cual ayuda a impedir que los niños sean llevados a instituciones.

También proporciona fondos a hogares para cubrir gastos de alimentos y otras necesidades básicas de los niños. Existen programas de paternidad que ayudan a prevenir la violencia, mejorar las relaciones y la salud mental, así como subsidios para que los niños, y sobre todo las niñas, puedan ir a la escuela. Dieciocho años después, esta orden judicial sigue manteniendo el apoyo de ambos partidos, y el programa aún invierte cientos de millones de dólares en cuidados seguros, estables y cálidos basados en una estructura familiar. La evidencia sugiere que programas como éste ayudan a los niños a avanzar en la escuela y a mejorar su salud física y mental.

El mundo necesita una iniciativa parecida al PEPFAR que pueda ofrecer la misma clase de apoyo a los niños afectados por el COVID- 19. El aumento de la vacunación en todo el mundo impedirá que los cuidadores mueran. Cuando los niños pierden a un padre debido al COVID-19, lo ideal es que reciban el apoyo de una trabajadora social o una organización comunitaria. Los hermanos deben permanecer juntos, y se les debe preguntar a los niños con quién quieren vivir. También se requieren inversiones para brindar servicios de cuidado seguros basados en una estructura familiar y ofrecer programas de paternidad a los nuevos cuidadores, así como dinero para comprar alimentos y pagar la escuela.

Los programas así son viables y pueden ser asequibles. Los programas de apoyo a padres vía telefónica, que ayudan a los cuidadores a manejar el estrés, les sugieren estrategias para fomentar la disciplina sin violencia y les muestran maneras de mantener a los niños a salvo de la violencia sexual, pueden costar tan solo $us 8 por niño. En Kenia, una subvención de apoyo infantil para las familias con niños huérfanos o vulnerables cuesta alrededor de $us 18 al mes, y las investigaciones muestran que las familiares que lo usan dan prioridad al pago de alimentos y educación.

La comunidad internacional necesita considerar opciones como ésta. El hecho de que los niños pierdan a sus padres y a sus cuidadores por el COVID-19 es una pandemia derivada.

Lucie Cluver es profesora de asistencia social para niños y familias en la Universidad de Oxford y la Universidad de Ciudad del Cabo; es columnista de The New York Times.

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¿Qué es un golpe de Estado?

/ 2 de agosto de 2021 / 00:47

En ese aciago noviembre de 2019, se produjeron dos imágenes grotescas que ilustran la naturaleza del golpe de Estado perpetrado en Bolivia. La primera es una foto de un oficial vestido en traje de combate rodeado de todos los miembros del entonces Alto Mando militar que ese 10 de noviembre leía una “recomendación” para que Evo Morales renunciara a la presidencia. La otra imagen se produjo dos días después de la “recomendación”, cuando el mismo oficial en el Palacio de Gobierno le investía con la banda presidencial a Jeanine Áñez, que momentos previos esquivaba los procedimientos constitucionales para autonombrarse mandataria.

Esas imágenes develan el “factor militar” como una cuestión crucial para la ruptura constitucional. Además, el domingo de la renuncia de Morales, en horas matinales, muchos militares desobedecieron órdenes presidenciales presagiando el golpe de Estado. Así, el “factor militar” entró en la escena rupturista instalando una variable explicativa para el garrotazo golpista.

Últimamente, aparecieron opinadores negacionistas del golpe de Estado que usando sus espacios periodísticos o sus redes sociales buscan con lupa hallar algún argumento anacrónico de una dizque teorización sobre el golpe de Estado en concordancia con sus deseos golpistas para alivianar sus angustias —o su complicidad— con el quiebre democrático, aunque esos conceptos van en contrarruta con las nociones convencionales.

Los principales teóricos sobre la democracia coinciden que “un golpe de Estado es la toma del poder político de un modo repentino por parte de un grupo de poder de forma ilegal, violenta o a la fuerza, generalmente se realiza por militares o con apoyo de grupos armados”. Si hay consenso con esta conceptualización, entonces, emerge una pregunta insoslayable: ¿En noviembre de 2019 existió un golpe de Estado en Bolivia? La respuesta es de Perogrullo.

Si al “factor militar” prosiguió el incumplimiento de un procedimiento constitucional necesario para la sucesión constitucional, entonces se perpetró un golpe de Estado. Los opinadores rupturistas afirman que se cumplió con la normativa constitucional para la elección de Áñez como presidenta constitucional, pero los hechos contradicen esas apreciaciones.

No se leyeron las cartas de dimisión de Morales y sus sucesores constitucionales; no existió la mayoría en el hemiciclo parlamentario en el momento de la posesión de la nueva mandataria y, finalmente, según el reglamento del Senado, la presidencia debería corresponder a la mayoría legislativa, pero Áñez era de la bancada minoritaria, por lo tanto, usurpó un cargo que no le correspondía para nombrarse presidenta. O sea, no se cumplieron los requisitos sine qua non para la sucesión presidencial.

Al inicio, para entender al golpe de Estado en Bolivia se usaron las nuevas categorías analíticas en boga: “neogolpismo”, “golpe blando” o “lawfare”, que caracterizaron los nuevos cortes constitucionales en América Latina del siglo XXI y que consistieron en un “blindaje” constitucional jaqueando a las democracias donde las artimañas legales operaron como mecanismo político para derribar a gobernantes democráticamente elegidos, pero descartando la participación militar. Empero, la variable castrense, elemento decisivo en el caso boliviano, supone inferir que el último golpe de Estado en Bolivia, por sus rasgos constitutivos, fue una imbricación entre el “factor militar” de antes y el “neogolpismo” de hoy. Mientras tanto, el relato negacionista golpista, poco a poco, al igual que la narrativa del fraude electoral descomunal, se hacen añicos.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Datos personales

/ 2 de agosto de 2021 / 00:44

En América Latina, 12 países cuentan con una Ley de Protección de Datos Personales. Ecuador la aprobó hace unos meses este año y otros como Argentina y Chile están revisando sus leyes que ya cumplieron 20 años para adecuarlas a los últimos adelantos tecnológicos, como los relacionados a la inteligencia artificial.

Bolivia tuvo un momento pasado en el que tanto sectores de la sociedad civil y de la academia como el ejecutivo del gobierno nacional, y las bancadas oficialista y de oposición en la Asamblea Legislativa, estaban impulsando proyectos de Ley de Protección de Datos Personales en debates de múltiples partes interesadas con intenciones de dar el siguiente paso hacia el debate parlamentario. Sucedió en 2018 y 2019. Las razones para identificar la necesidad de una ley de este tipo tenían que ver con dos principales razones: darse cuenta de que varios datos personales de ciudadanos y ciudadanas estaban en bases de datos públicos y privados en Bolivia sin ninguna regulación, aunque sí con reconocimiento institucional acerca de privacidad, por lo tanto, había la necesidad de garantizar este derecho, ya que la situación de falta de legislación abría la posibilidad de usos abusivos de estos datos. Por otro lado, para que las entidades de gobierno y las empresas privadas pudieran utilizar los datos personales para mejorar los servicios brindados a la ciudadanía, requerían de un marco legal que les indicara las reservas que debía tomarse debido a la naturaleza delicada de esos datos. Es decir, posibles mejoras de servicios como la simplificación de trámites se paraban por la ausencia de esta norma.

Ese proceso se truncó en 2019, pero los últimos meses se ha retomado con nuevos bríos como una iniciativa desde la Cámara de Diputados de la Asamblea Legislativa. Pero, ¿qué regula este proyecto de ley?

Los datos personales son datos que pueden llevar a la identificación de la identidad de las personas y de características sensibles que podrían llevar, en el peor de los casos, a estigmatizaciones o discriminaciones como la identidad ética, sexual, preferencia religiosa o política, situación de salud, entre otros, como fue el caso del magistrado Cusi, de quien se develó su condición de salud relacionada al VIH.

Las innovaciones basadas en datos han acelerado el ritmo de uso de este tipo de datos incrementando también los riesgos de violaciones a la privacidad de las personas. Se dice que el nuevo petróleo de la economía global son los datos y si bien las grandes empresas tecnológicas son las que usan con mayor frecuencia este nuevo petróleo, los Estados y las empresas locales, como bancos y supermercados, también obtienen muchos datos nuestros.

Estamos a la expectativa del debate.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata. blog: www.internetalaboliviana. word-press.com.

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¡Cuidado con el futuro del fútbol…!

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 1 de agosto de 2021 / 20:48

“El fútbol, como la vida y las personas, tiene que adaptarse a los tiempos que vivimos. El 40% de los jóvenes entre 16 y 20 años ya no tiene interés por este deporte”. El diagnóstico, sombrío por cierto, lo vertió Florentino Pérez el 18 de abril pasado al momento de lanzar la Superliga Europea, una beba que nació muerta, pues apenas 48 horas ya la habían enterrado la UEFA, los medios, los hinchas y hasta los mismos clubes ingleses que figuraban como fundadores. Pero no funcionó, básicamente, porque era un esperpento jurídico: seguían afiliados a la UEFA, pero hacían un torneo aparte de ésta. Como si Mbappé dijera “sigo perteneciendo al PSG, pero desde ahora voy a jugar un campeonato para el Chelsea y otro para el Bayern Munich”.

A modo de justificación para sostener la idea, Florentino Pérez y Andrea Agnelli, capitanes de esa malograda embarcación, informaron sobre un estudio encargado a una consultora de prestigio mundial que arrojó aquella y otras conclusiones: que los muchachitos, quienes debieran ser los nuevos consumidores del espectáculo, no gustan precisamente del espectáculo: los aburre y no soportan estar dos horas frente al televisor. Y que ello pone en peligro de esta industria que mueve cientos de miles de millones de dólares anuales. “Por ello, hay que mejorarlo o acortarlo”, sentenció Florentino. Agnelli aportó más elementos: “El fútbol está experimentando una enorme crisis que afecta a las nuevas generaciones. Solo el 40% de los jóvenes entre 15 y 24 años están interesados en el fútbol”.

En verdad, las explicaciones de los presidentes del Real Madrid y la Juventus sonaron a excusa pueril para blanquear la Superliga, un torneo elitista y completamente insolidario, un círculo de ultramillonarios que se reunían para ser un poco más ricos y “salvar al fútbol de su ruina”. Y los tumbaron. Bien. Pero el estudio aludido no miente: hoy los jóvenes ven más excitantes otras actividades, están con los influencers, los youtubers, el celular, las redes sociales, la música, etcéteras varios, el fútbol viene quinto y pegando. Y en cualquier momento lo pasan otros competidores. Debe agregarse, además, que en los años ’60, ’70, ’80, el fútbol reinaba a placer, estaba solo o casi, hoy existen decenas de entretenimientos que rivalizan con él.

Si los jóvenes pierden la fidelidad, el futuro del fútbol tambalea. El cimiento de su liderazgo es, ante todo la pasión del público. Por eso un Boca-River era un acontecimiento nacional en 1930, en el ’50, en el ’70, con mejores o peores actores. Si se esfuma ese amor incondicional, cuidado… Y la pandemia ha hecho estragos considerables al jugarse con tribunas vacías.

El informe aquel agregaba que los chicos de todo el planeta tienen ahora dos clubes: uno en su país y otro a escala internacional, que son los grandes equipos europeos. Cierto. Y que son más hinchas de las figuras individuales que de los equipos. Eso explica por qué Messi tiene 240 millones de seguidores en Instagram y el FC Barcelona apenas 99. En breve estará triplicándolo. Por eso, si se le va el 10 se le caen varios contratos de patrocinio, supeditados a su permanencia allí. Y no asoma otra figura de esa categoría. Ni de esa ni de otras más bajas: no asoman. Los casos de Haaland, Luis Díaz, Federico Chiesa, son alentadoras excepciones.

Ahora bien: a Pérez y Agnelli no se les ocurrió que sus equipos mejoren la calidad del juego para atraer a los chicos sino hacer un club privado de doce potentados que jueguen entre sí, promoviendo interés con el nombre, con nuevas estructuras, no a través de la pelota. Pero lo que debe mejorar es el juego. No hace un mes terminaron una Eurocopa y una Copa América que no figurarán entre nuestros recuerdos más entrañables. Pasaron de largo. El fútbol ha avanzado en decenas de aspectos, todo ha evolucionado respecto al pasado, hay mayor eficiencia, dinámica y táctica, pero salió de casa sin peinarse, arreglarse y lucir guapo. Se olvidó de ser lindo, de gustar y atraer. Cuidado, porque hay menos devotos de esta fe.

 Además de la sobreoferta de fútbol que hay los 365 días y a cualquier hora, los partidos -no todos- están careciendo de interés. Por lo general son cerrados, con pocos goles, muy estudiados… Antes uno se sentaba frente al televisor y no se levantaba ni para ir al baño, cosa de no perderse una sola incidencia; ahora va, se hace un café o unos mates, vuelve, atiende el teléfono, postea un tuit y puede que hasta saque la basura mientras se disputa el primer tiempo. Cuando juega la selección sí estamos muy pendientes, la nacionalidad sigue ejerciendo un fuerte compromiso de lealtad y pertenencia, pero si el choque es entre dos representativos foráneos apenas si se pregunta el resultado. “¿Cómo salieron Paraguay y Uruguay…?”. A lo sumo se repregunta: “¿Quién hizo el gol…?”.

Durante años comenté a mis hijos las maravillas del fútbol del pasado. Impregné en ellos mi admiración por jugadores y equipos pretéritos. Que todo era buenísimo, hermoso, épico. Un impensado día se derrumbó el castillo: vimos una película en color, en filmación de cine, de un clásico entre Boca y San Lorenzo de 1971. Qué extraordinario, dije, así van a poder ver a aquellos fenómenos. Fue una decepción tremenda. Era un juego lento, más bien tosco, los de Boca le pasaban la pelota a los de San Lorenzo y los de San Lorenzo a los de Boca. No era el recuerdo que yo tenía (la memoria es traicionera). Mis hijos se miraban entre ellos sorprendidos; el mayor me hizo una pregunta que no olvido: “Papi, ¿qué es esto…?”

Tenían razón, había sobrevalorado el ayer. No volví a cometer ese error, aprendí a valorar el presente. Ahora lo percibo diferente: sin adorar el pasado, está claro que hay una crisis de espectáculo. El fútbol no está generando expectativa. Arsene Wenger dice algo cierto: hay que hacer más atractivo el juego. Y volver a apasionar.

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El regreso del zombi de los valores familiares

/ 1 de agosto de 2021 / 01:30

En 1992, durante unas semanas, la política estadounidense giró en torno a los “valores familiares”. El presidente George H. W. Bush tenía problemas electorales por la debilidad de la economía y el aumento de la desigualdad. Así que su vicepresidente, Dan Quayle, intentó cambiar de tema y atacó a Murphy Brown, un personaje de un programa de comedia, una mujer soltera que decidió tener un hijo. Me acordé de ese incidente cuando leí las declaraciones de J. D. Vance, que ahora es candidato republicano al Senado de Ohio. Señaló que algunos demócratas importantes no tienen hijos y arremetió contra la “izquierda sin hijos”. Alabó las políticas de Viktor Orbán, el mandatario de Hungría, cuyo gobierno subvenciona a las parejas que tienen hijos, y preguntó: “¿Por qué no podemos hacer eso aquí?”.

Como señaló Dave Weigel, de The Washington Post, que estaba allí, fue extraño que Vance no mencionara la recién instituida deducción fiscal por hijos de Joe Biden, que supondrá una enorme diferencia para muchas familias más pobres que tienen hijos. También fue interesante que elogiara a Hungría en vez de citar los ejemplos de otras naciones europeas con fuertes políticas pronatalistas. Francia, en particular, ofrece grandes incentivos financieros a las familias con hijos y tiene una de las tasas de fertilidad más altas del mundo desarrollado. Entonces, ¿por qué Vance destacó a un gobierno represivo y autocrático con una fuerte tendencia nacionalista blanca? Era una pregunta retórica.

Tampoco puedo resistirme a señalar que cuando tuiteé sobre algunas de estas cuestiones, al centrarme sobre todo en la debilidad de los argumentos económicos a favor de las políticas pronatalistas, la respuesta madura y ponderada de Vance fue llamarme una “señora rara de los gatos”. Sin embargo, hay una cuestión más extensa en esto: todo el énfasis en los “valores familiares” —en contraposición a las políticas concretas que ayudan a las familias— resulta haber sido un error intelectual épico.

Claro está que Dan Quayle no es un intelectual. Pero su ofensiva de comedia tuvo lugar en medio de un argumento sostenido por pensadores conservadores como Gertrude Himmelfarb de que el declive de los valores tradicionales, en especial de la estructura familiar tradicional, presagiaba un colapso social generalizado. La desaparición de las virtudes victorianas, se argumentaba de manera amplia, conduciría a un futuro de crimen y caos crecientes.

Sin embargo, la sociedad se negó a derrumbarse. Es cierto que la fracción de nacimientos de madres solteras siguió aumentando. Pero el apogeo del soponcio por la pérdida de los valores familiares coincidió con el inicio de un enorme descenso de los delitos violentos. Las grandes ciudades, en particular, se volvieron mucho más seguras: en la década de 2010, la tasa de homicidios de Nueva York había vuelto a los niveles de la década de 1950.

Y como de seguro alguien sacará el tema, sí, durante la pandemia se registró un aumento de los asesinatos, aunque no de la delincuencia en general. Nadie está seguro de las razones, al igual que nadie está seguro de por qué la delincuencia disminuyó tanto para empezar.

También cabe señalar que el declive de las familias tradicionales es incluso más pronunciado en algunos países europeos que aquí; Francia, como he dicho, ha logrado alcanzar una alta tasa de fertilidad, pero la mayoría de esos nacimientos son de madres solteras. Sin embargo, al igual que en Estados Unidos, hay muy pocos indicios de caos social: la tasa de homicidios de Francia es menos de una séptima parte de la nuestra.

Por supuesto, a la sociedad estadounidense no le ha ido bien en todo. Hemos tenido un aumento alarmante de las muertes por desesperación; es decir, muertes por drogas, alcohol y suicidio. Pero es difícil argumentar que esta alza refleja un declive de los valores tradicionales.

De hecho, si observamos la situación en los distintos estados, de los 10 estados donde prevalece con mayor fuerza una medida de los valores tradicionales, la religiosidad, siete tienen una tasa de mortalidad por desesperación superior al promedio. Es casi seguro que se trata de una historia de correlación, no de causalidad.

El hecho es que hay muchas cosas que podemos y debemos hacer para mejorar nuestra sociedad. Hacer más para ayudar a las familias con hijos —con apoyos económicos, mejor atención médica y acceso a guarderías— está en el primer lugar de la lista, o casi. Por cierto, no se trata de animar a la gente a tener más hijos, eso es cosa suya, sino de mejorar la vida de los niños, para que crezcan y se conviertan en adultos más sanos y productivos. Por otro lado, vociferar contra los miembros de la élite por sus decisiones personales no está en la lista en absoluto. Y cuando eso es todo lo que hace un político, es signo de bancarrota intelectual y quizás moral.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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