Voces

martes 3 ago 2021 | Actualizado a 03:58

La A de ‘A por él’

/ 22 de noviembre de 2020 / 01:32

“A por él” es una expresión española que a muchos latinoamericanos nos choca por el simple hecho de juntar dos preposiciones. Pero viene muy bien para referirse a la bronca con la que se precipitaron contra el propietario de esta empresa periodística, Carlos Gill, en cuanto asumió el gobierno transitorio de Jeanine Áñez.

El baile comenzó con un sindicato de trabajadores de La Razón que planteó justas demandas sobre atrasos en los pagos de salarios derivando en el paro de actividades de un número importante en la Redacción que no impidió, sin embargo, que el diario circule al día siguiente, contra todo pronóstico. Poco después, en medio de la crisis política y económica poselectoral del año pasado se sumó el reclamo de periodistas por el editorial ¿Golpe de Estado? y las caricaturas de Al-Azar críticas al gobierno inesperado de Áñez; se remató con el pedido de salida de la Directora del diario como condición para cualquier diálogo con el propietario. Las medidas asumidas por el gobierno transitorio ante la pandemia dieron el golpe de gracia a una crisis económica insostenible en una empresa que debía destinar el 80% de sus ingresos al pago de su planilla. Las impostergables medidas de reducción de personal fueron las que convirtieron a “don Carlos” en “el magnate” que deja a trabajadores en la calle por no citar otras perlas que circularon en las redes con amplia difusión de extrabajadores y un par de entusiastas periodistas hace años pendientes del devenir de La Razón. Paralelamente, algunos medios de la competencia se sumaron a tan ardiente fogata para llenar sus páginas de información y opinión con la versión que más les gustaba de la peor crisis de La Razón y Extra: que Carlos Gill era el empresario detrás del masismo y que La Razón aprobaba sus contenidos en el Ministerio de Comunicación de Evo Morales porque dependía de la publicidad gubernamental. Y se dieron cuerda con esa cantaleta que alimentaba su satisfacción. Paralelamente, la entonces senadora Carmen Eva Gonzales iniciaba una demanda legal contra Carlos Gill con varias acusaciones sobre la compra de este medio. Semanas después, sorpresivamente recibimos una mañana la visita de una fiscal y tres investigadores en las instalaciones centrales de la empresa periodística en La Paz. Exactamente a la misma hora llegaban representantes del Ministerio de Trabajo para hacer una inspección no anunciada de nuestras medidas de bioseguridad. Fueron semanas en las que circuló un informe dependiente del Ministerio de Economía bajo la batuta de Óscar Ortiz difundido por manos de periodistas apuntando a que La Razón y Extra se habían adquirido con fondos del programa “Evo Cumple”. Publicamos un extenso comunicado rechazando rotundamente con pruebas documentadas todas las acusaciones que, por supuesto, no tuvo la misma resonancia que el escándalo inicial lanzado por la esfera política y amplificado por ciertos parlantes mediáticos. Así, este culebrón no está cerca de terminar: continúa la defensa legal del accionista mayoritario de la empresa, nos guía la confianza que da la transparencia. Tampoco se detiene el esfuerzo de su equipo por sacar a flote los diarios tan duramente golpeados en estos últimos meses. El prestigio de nuestras marcas periodísticas y la lealtad de nuestros lectores resultaron ser una amalgama más sólida que la bronca y la mala fe.

Resiliencia, trabajo, sacrificio, creatividad, austeridad, solidaridad y alegría resultaron ser el cóctel más dulce de la sobrevivencia. Es cabalmente en ese intento de deletrear “sobrevivencia” con el abecedario del esfuerzo que recordé la noche en la que conocí a Gill. Yo llevaba poco tiempo en el cargo cuando él pudo llegar, pese a la altura paceña, a la rotativa. Recuerdo que había como una decena de personas en mi oficina, entre miembros del directorio, jefes de Redacción, gerentes, Carlos y la todavía asustada nueva Directora. Al terminar la reunión, él pone el punto final deseándome suerte y da paso a la desconcentración. Cuando terminan de salir todos, cierra la puerta con los dos adentro para decirme claramente que podía yo trabajar con quien me sienta a gusto y con autonomía en las decisiones. Y que podía contar con él. Pasó una década. Miro hacia atrás y constato que se confirmó lo ofrecido en aquel primer encuentro. Hoy puedo decir alto y claro que de Carlos Gill solo hemos recibido confianza en la gestión de la empresa, su distancia sana de las decisiones periodísticas de los medios, el aporte de soluciones en los directorios, la serenidad en los días y noches de tormenta, el optimismo y la risa en medio de la obscuridad. Él tiene muchas expresiones según el momento, según la dificultad, según la celebración; pero si hay que elegir una, no tengo dudas de mi favorita: “De lo malo, lo bueno”. Y aquí estamos.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Comprar tiempo

/ 1 de agosto de 2021 / 01:11

Verónica Córdova, hoy cineasta de marcada y personalísima trayectoria y columnista de LA RAZÓN y ayer compañera de curso en la Universidad Católica Boliviana y poco después entrañable amiga que nos mandaba (a Toto Loayza, a Claudio Rossell y a quien escribe) canciones de Silvio Rodríguez y reflexiones políticas desde San Antonio de los Baños mientras esculpía su perfil cinematográfico en Cuba, me dijo hace ya algunos años lo que ella hace con el dinero. Me dijo con su voz serena y sus formas sencillas que hay que saber invertir el dinero que tanto nos cuesta a quienes trabajamos para ganarlo: no hay que malgastarlo, hay que “biengastarlo”. Y que para ella el dinero mejor invertido es el dinero que sirve para comprar tiempo. Abrí grandes los ojos ante tal revelación. Se acababa de abrir esa tarde la fórmula de la fortuna.

Comprar tiempo. Significa esencialmente vivir de la mejor manera la vida finita que nos regala el universo siempre generoso. Significa comprar buenos recuerdos. Significa poner el poco o no tan poco ahorro en dibujar momentos imborrables con nuestros seres íntimos. Son, al final del día, las grandes postales que trascienden la propia muerte. El filósofo Paul Ricoeur postuló en los tres largos tomos de Tiempo y relato que el tiempo solo puede ser tiempo humano cuando es tiempo narrado. Sin ninguna musculatura filosófica e inspirada en la receta financiero/temporal de Verónica, me atrevo a decir que el tiempo humano es el tiempo narrado y el tiempo bien recordado. Y el dinero bien invertido es el dinero que imprime los más coloridos lienzos de nuestra larga vida si es bien vivida.

Como el tiempo que le regalé a mi hijo por sus flamantes quince años: unos días en Cochabamba con su mamá, su abuela y la perrita Dalia. Perder el vuelo debido al embotellamiento en el último semáforo alteño que conduce al aeropuerto, ver a Dalia estrenando el pasto cochabambino, descubrir el escabeche a media tarde en el popular restaurante de doña Leo, los minibuses de a dos pesos, la piscina tibia bajo el sol, el encuentro con el compañero de curso del quinceañero (cortando así y sin permiso las inclemencias de la no/educación a distancia), dejarse tentar por el jugo vitamínico en el puestito callejero frente al reloj de las flores a mediodía… El dinero mejor invertido. Un almuerzo con nuestros incondicionales amigos alargado a punta de risas hasta el final de la tarde es otra gran operación. Sentarse con la mejor compañía y poner jamones y quesos vigilados por una botella de vino. Cine y pizza con rodajas de tomate fresco perfumados en aceite de oliva y sal. Qué hermosa puede ser la vida cuando nos damos cuenta.

El otro lado de esta misma moneda, el tiempo malgastado. No es otra cosa que el tiempo que nos envenena, el tiempo tóxico (tan nocivo como las personas tóxicas de la familia, de nuestro lugar de trabajo o el frío mostrador de “atención al cliente” de una empresa de telecomunicaciones). ¿Cómo se viste este tiempo contaminado? Tienen que ser cientos de mantos que lo cubren. Los estudios sociológicos volcados al tema deben tener ya mapeadas las grandes tendencias. No hay que ser un entendido para entender que nos carcome a diario la mala vibra de las redes sociales. Lo admiten los programadores de estos grandes inventos digitales: son empresas que cotizan en el mercado y tienen que mostrar a la selva financiera la mayor cantidad de clientes circulando por sus dominios y eso se logra fundamentalmente con las posiciones polarizadas, con los enfrentamientos de toda índole, con las peleas de perros en las redes. Así, las empresas ganan mucho dinero para volver a invertir mientras nosotros perdemos minutos y minutos hasta traducirse en horas. Al final del día, son horas malgastadas haciéndonos de mala sangre. Pasa algo similar con la espiral de la información general: buscamos estar al tanto de la actualidad y en eso no hay pecado; millones en el mundo prefieren lugares como Facebook en lugar de medios de comunicación más tradicionales y con certificación de autenticidad, tampoco hay pecado; nos enredamos casi sin darnos cuenta o sin querer queriendo en los brazos de la especulación, de la farándula que se pretende información relevante y en el lodo de las noticias falsas, en eso hay pecado capital. Los pecados capitales como éste son imperdonables porque tengamos ocho, cuarenta y nueve o setenta y dos años, lo que no sobra es tiempo; tenemos tanto por vivir, tanto por compartir con los nuestros, tanto por reír, tanto por bailar, tanto por soñar, tanto por amar. Necesitamos tiempo para trabajar, disfrutarlo y comprar tiempo, como me reveló aquella tarde mi amiga Verónica.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La vuelta al escenario de la Sinfónica Chuquiago fue emocionante de principio a fin

Toda la sala, de pie en el “Alberto Saavedra Pérez”, despidió la noche del viernes a los intérpretes, que cerraron su homenaje a La Paz.

El maestro Christian Asturizaga y su elenco en el recital del viernes. Foto: Claudia Benavente

/ 31 de julio de 2021 / 17:45

Cálido, emocionante, alegre, tal el concierto que ofreció la Sinfónica Chuquiago, dirigida por el maestro (nunca tan bien empleado el término) Christian Asturizaga, en el entrañable Teatro Municipal “Alberto Saavedra Pérez” de La Paz.

La velada fue justamente en homenaje a la ciudad, que el 16 de julio celebró 212 años de libertad, y ofreció una recreación inédita de himnos populares como Illimani, Nevando está, Pepino pandillero, Collita, Cholita paceña, Chuquiago Marka y otros 12 temas de honda significación para la bolivianidad y la comunidad en particular.

La cabalgata de temas fue desde la cueca al tango, pasando por el taquirari, el huayño, la kullawada, el vals o el caporal. Una forma de acercar la música clásica a lo popular. Magnífica presentación de una obra que comprende temas musicalmente históricos con nuevos arreglos que los embellecen y los adaptan a las orquestas de cámara. 

Toda la sala, de pie, despidió a los intérpretes con un aplauso de varios minutos.

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Fin de ciclo

/ 17 de julio de 2021 / 23:22

Lamento decepcionar a quienes, por un momento, pensaron que detrás de este título se abrigaba una renuncia. El equipo de esta casa periodística sigue firme pese a tanto en contra. La crisis de los impresos en tiempos de ritmos digitales, la crisis poselectoral, la crisis económica, las pedradas rabiosas de los enemigos de LA RAZÓN y sus medios hermanos y la paliza generalizada de la pandemia pusieron de rodillas a esta empresa privada que desde finales de 2019 hasta hoy hace gigantescos esfuerzos por salir viva y soñar con seguir existiendo. Con resultados, eso sí. Las ediciones de papel volvieron poco a poco a poco: desde el 1 de julio hay LA RAZÓN y Extra de lunes a domingo con estreno de suplementos y ediciones especiales cuando la información lo precisa; LA RAZÓN Digital es como una bailarina que gira de puntas y con gracia (la evolución de nuestros números en la esfera digital reafirma nuestros pasos); las transmisiones desde esta página digital con nítido eco en Facebook, YouTube y con comentarios a favor y en contra desde el entramado de las redes nos dan la luz verde para seguir con La Razón Radio, Tercer tiempo de Marcas, Como perros y gatos y Piedra, papel y tinta, las últimas apuestas audiovisuales de este equipo de trabajadores, bajo la confianza y sostenido apoyo del grupo propietario, que está dejando sus mejores cartas en la montaña paceña de Auquisamaña. Son justamente estas transmisiones las que cierran un nuevo ciclo de medio año para hacer un paréntesis de dos semanas.

Dos semanas para evaluar lo que sí funciona y lo que hay que afinar. Pero, seamos francos, dos semanas sobre todo para descansar. Rubén y Marco lo merecen, después de tantas mañanas de estricto frío frente a los micrófonos de la información y de la interpretación de nuestra radio. Rafa, Paulo, Priscila, Roberto y Jorge lo merecen, después de las noches exigentes de fútbol en pandemia y de dos Copas que nos inyectaron ganas, garra y goles. Alejandra lo merece: demostró que hay un mundo que cree en la inocencia y ternura de la existencia animal dispuesto a acompañarnos en nuestras transmisiones dedicadas a nuestras mascotas y vecinos silvestres con suplemento en papel y todo. Lo merecen Óscar, Gabriel, Joaquín y Gary, los arquitectos de cada uno de los programas, los bomberos que apagan los inesperados incendios. Un incendio es que el único entrevistado del programa que comienza en media hora llame al periódico para decir que recibió una llamada del Presidente y que tuvo que dar media vuelta cuando su seguridad ya había llegado a nuestra Redacción; otro incendio es madrugar y que la señal se corte en plena transmisión; otro es que Gabriel se quede dormido y con el celular apagado el día de la inauguración de nuestras transmisiones porque se quedó a probar detalles técnicos hasta la madrugada. Al final de este ciclo, la foto muestra que los desacuerdos, las tensiones, las peleas, las frustraciones, las metas inconclusas y los cansancios acumulados se compensan con una entrevista que rompe los números esperados y marca la agenda periodística nacional o cuando este pasado 16 de julio nos dimos el lujo de hacer un homenaje a esta ciudad maravillosa junto a las voces musicales que nos dieron confianza y amistad desde octubre de 2020. El telón, antes de caer para un intermedio, bebió los licores del charango, del bandoneón, de la guitarra, del piano, de la zampoña… y cantó hasta caer de alegría.

Una noche antes nos visitó el artista e intelectual Édgar Arandia, un cholo de Chuquiago Marka, para recordarnos su lealtad como columnista de LA RAZÓN. Como él mismo dice: “Para mí es un honor estar en esta casa que ya me ha acogido una década y que me ha hecho tener más amigos y, obviamente, también más enemigos. Y eso es bueno porque quiere decir que lo que uno opina o escribe tiene alguna resonancia. Yo siempre digo: me preocupa no tener enemigos porque quiere decir que no estoy avanzando, quiere decir que me he quedado y que me he resignado, que he capitulado en los sueños y yo no voy a capitular hasta el último suspiro”. Como Édgar, los soldados de esta empresa tampoco dejaremos de soñar, ni de creer, ni de madrugar, ni de cansarnos colocando los ladrillos del periodismo en el que creemos. La lucha es nuestro descanso.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Para recibir el canto de los pájaros

/ 4 de julio de 2021 / 00:35

LA RAZÓN, desde inicios de año, propone las transmisiones Piedra, papel y tinta, Tercer tiempo de Marcas, Como perros y gatos y La Razón Radio. Es en este último espacio que escuché, mientras iniciaba una mañana bañada en café con leche, a mi compañero Rubén Atahuichi reflexionar sobre el Año Nuevo Andino. Constataba él que había mucho reclamo en las redes sociales por esta celebración; que decían con enojo que su Año Nuevo es el 1 de enero y que lo otro es un invento del MAS. De pronto era evidente que la voz del periodista ya salía del interior de su emoción cuando pedía a los jueces de las redes que si no lo sienten, que lo respeten, que sean más empáticos. Se preguntaba después por qué no hay las mismas quejas sobre la tradición de San Juan y los hot dogs. Nadie dice nada en redes. El Año Nuevo Aymara, recordó, inaugura el calendario agrícola, la gente del campo planifica, se reúne con el horizonte de tener mejores cosechas de los alimentos que consumen los campesinos pero, sentenció Rubén, “también consumen los citadinos que hoy reniegan de esta celebración”. Y remató: “los productos de la tierra son también para ellos”. Caí entonces en cuenta que, detrás del odio político al MAS expresado en la descalificación de esta celebración está el desprecio por el mundo campesino y detrás de este desprecio está la deformación instalada por siglos de que el “no campesino”, el “menos indio” que el indio es superior.

La misma razón explica por qué esa mujer de pollera con sede en la ciudad de El Alto dijo recientemente a la cineasta Verónica Córdova: “Nosotros nunca quemamos la bandera boliviana, nosotros nunca les hicimos ponerse de rodillas, nosotros nunca les hicimos besar, semidesnudos y golpeados, la wiphala”. Podríamos también decir que tantos y tantos policías que se sienten representados en la wiphala nunca cortaron la rojo, amarillo y verde de sus uniformes.

La misma razón puede explicar por qué nos derretimos en medios de comunicación o en nuestras charlas privadas cuando una autoridad norteamericana hace un discurso en un esforzado aymara (amistoso gesto, sin la menor duda) y nos burlamos con crueldad cuando un indígena no habla bien castellano. De repente es la misma razón que transparenta la enorme crítica a la vacunación anticipada de la hija del expresidente indígena Evo Morales (absolutamente abusiva) y el poco ruido en torno a la vacunación, también anticipada y también abusiva, de la hija de la expresidenta Jeanine Áñez (cabellera rubia pero rasgos indígenas, como todos mis compatriotas).

Es ampliamente probable que el rechazo, el juicio o la ironía que nos sale con el Año Nuevo Andino o con la bandera embarazada de todos los colores que flamea en la Bolivia india tenga algo que ver con las masacres de nuestra historia americana. Es probable que las masacres de Sacaba, de Senkata, de El Pedregal, sigan gritándonos lo mismo. En un diálogo de periodistas con mis colegas Freddy Morales y Mario Espinoza intenté expresarlo en medio de un encendido debate sobre el monumental fraude versus el golpe de Estado de 2019 preguntando a mis invitados, más allá de las narrativas, de los artículos de la Constitución, del juramento o no de Jeanine Áñez… ¿Quiénes murieron en la noche poselectoral? ¿Cuáles son los apellidos de los muertos? ¿Dónde murieron? ¿Cómo murieron? ¿Quiénes se indignan con estas muertes?

Podríamos decir más: podríamos pensar con dolor adentro que somos una sociedad que pide con urgencia un diván y un psicoanalista que nos ayude a aliviar tanto desgarro interno que la colonia ha tatuado con sangre en nuestras pieles morenas de citadinos, en nuestros nombres que quieren ocultar nuestros apellidos indígenas, en nuestra burla de los indígenas que son solo nuestro llanto interno de negación de las mismas fuerzas indígenas que nos habitan hasta la muerte. Y es que, como escribió Eduardo Galeano, “en América todos tenemos algo de sangre originaria; algunos en las venas, otros en las manos”.

Sin embargo nada está perdido. La propuesta cinematográfica y de vida de Jorge Sanjinés, la mejor composición de Cergio Prudencio y la voz como nunca intensa de Emma Junaro, en esta mañana iluminada por el gigante sol de las montañas que me calienta y me consuela, me dieron la respuesta que me salva del ahogo en este teclado: “Para recibir el canto de los pájaros, escalar el viento, navegar la luz, iniciar el viaje del encuentro, última tarde de sombras y de invierno, canto, canto, canto”.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Las cosas más hermosas

/ 20 de junio de 2021 / 00:42

Ni la ficción pudo imaginar este sacudón al planeta. Una pandemia que nos dejó perplejos y que todavía no ha mostrado su cola: el temor, la incertidumbre, el riesgo, la enfermedad y la muerte nos acompañarán por lo menos hasta el próximo año. Escucharlo en estos últimos días me mandó directo a la experiencia que le está tocando vivir a mi hijo, con su proceso educativo remendado artificialmente desde una pantalla de computadora y dependiente de que no se caiga la señal de Internet, con su socialización al tacho, con su adolescencia refrigerada en un departamento; pensé en mi madre y su exposición al contagio, aliviada por la vacuna y pese a ello sin un cerrado blindaje; volvió a entristecerme el encierro de mi padre desde el inicio de la pandemia, su desamparo ante tantos meses entre cuatro paredes, mecido entre la lectura, la tele, los crucigramas y un moderno teléfono que no termina de domar. Y así como les comparto mi burbuja de piel y de afectos entrañables, cada uno puede hablar con dolor de la suya y nuestro miedo es el mismo. Estamos unidos en el temor. Resultó que sí somos iguales en nuestra frágil condición humana, más allá de vivir en un país que compró vacunas para nueve veces su población o pertenecer a una familia con mucho dinero o vivir de vender jugos de fruta en la esquina de un país del rincón del mundo. Al final del día estamos más o menos desnudos ante la enfermedad y ya sabemos en carne propia que somos diminutos ante la muerte. Hace más de un año que le conocemos el rostro. Porque la muerte ya dio entrevista en todos los medios de información a nuestro alcance; ella nos ha expuesto en terribles números de decesos la magnitud de nuestra impotencia; con su manto ha cubierto de luto a los nuestros sin que podamos despedirnos de ellos. Vimos partir a ese allá a compatriotas, a personas que vimos en alguna pantalla o fotografía de periódico, a grandes empresarios que parecían inmortales, a políticos que vimos en campañas electorales, a intelectuales que leímos y admiramos, a artistas que nos enseñaron a ver la vida desde otra ventana, a compañeros del trabajo, a vecinos del barrio, a conocidos del colegio, a amigos de toda la vida, a familiares, a seres de nuestro núcleo sentimental más íntimo…

La señora muerte nos mira sostenidamente. Exhibe su poder sobre nuestra pequeñez. Justo cuando nos creíamos todopoderosos con nuestros celulares de tres cámaras y San Google en la palma de nuestras manos, justo cuando ya circulan autos que se conducen solos, justo cuando Netflix promete el paraíso, justo cuando nuestros teléfonos nos leen el pensamiento. Parecía inverosímil y sucedió. Para quienes creemos que la vida es más que materia, este inolvidable y autoritario capítulo de la historia universal se las trae. No me gusta la idea de castigo porque para eso está nuestra propia miseria humana; es preferible pensar que se trata de una dolorosa pero valiosa oportunidad de hacer las cosas de otra manera, justo diametralmente opuesta. Nos llegó el aviso de que hay que salir de la Caverna de Platón y para dejar de ver las sombras en este hueco de ilusiones, ya sabemos, hay que darse la vuelta y permitirse mirar con la luz verdadera en los ojos. Al inicio lastima la vista, lastima el corazón, lastima el bolsillo. Pero sirve.

Cambiaron muchos (otros siguen lucrando descaradamente con la pandemia) sus ambiciones de dinero, de un puesto mejor en el trabajo, de casas con piscina, de un auto último modelo, del teléfono que se dobla en cuatro, de aplastar al enemigo a cualquier precio, por los únicos ejes humanos que nos mantienen vivos: estar junto al ser amado, conservarnos sanos, poder alimentarnos y también, claro, pasar horas con una amiga en el café de siempre riendo de nosotras mismas, celebrar un cumpleaños en la intimidad de una cocina, acceder a una vacuna gratuita, desplazarse unos kilómetros para abrazarnos, cenar y tomar dos botellas de vino con nuestros cómplices de vida, caminar por la calle sin que el barbijo de esta pesadilla tape lo que mejor nos sale, una sonrisa. Hoy la batalla de estos muchos es por lo esencial, por lo que no vale un peso, como me recuerda hoy ese relato animado que acompañó una vacación de mi pequeña infancia al lado de mi mamá y mi papá en un sencillo hotel del interior del país: Trapito. Volvió a mi alegría de cuarentona ese cuervo pícaro y ronco que cantaba con su acordeón: “Las cosas más hermosas de la vida no se pagan con dinero: mirar una estrella, correr junto al mar, jugar con un niño, reír, cantar, oler una rosa, dormir una siesta, oír un consejo, llegar hasta viejo”.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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