Voces

sábado 15 may 2021 | Actualizado a 02:07

Un mundo distópico

/ 22 de noviembre de 2020 / 01:26

La utopía, como se sabe, significa  en “ningún lugar o la tierra de ningún sitio” y se difundió a partir del texto de Tomás Moro (1516). En este texto, Moro describió una isla ideal, sin excluidos, lugar de armonía y paz. Este deseo “inalcanzable” se convirtió en un mito para los gobernantes del siglo XVI, etapa de numerosos conflictos bélicos y religiosos en Europa. Su antecedente es la Politeia de Platón.

Es a partir del Renacimiento que los textos utópicos aparecieron continuamente, así La ciudad del Sol de Tomasso Campanella (1612), New Atlantic de Francis Bacon (1627), entre otras, diseñaban los anhelos de una sociedad sin incertidumbres y temores, creando una metapolítica que permitía contrastar con las estructuras injustas de poder real y tomar acciones para corregirlas.

Esta necesidad provocó en los pensadores a elucubrar soluciones para que el estado belicoso pudiera ingresar a una etapa de acuerdo duradero, de esta manera apareció el Leviathan (1650) que promovía el contrato social con el Estado para establecer soberanía a partir de un gobierno que represente a la sociedad. Locke, con Ensayo sobre el entendimiento (1690), se preocupó del manejo discrecional de estas representaciones y planteó el derecho a la rebelión contra un Estado opresivo. Todas estas obras son clásicas en las ciencias sociales y muchos de sus argumentos todavía influyen de distinta manera en la vida colectiva. Todas buscaban un bienestar, paz, justicia y certidumbre.

La humanidad, a base de pequeñas utopías que parecían irrealizables, alcanzó bastantes logros que permitieron a la humanidad avanzar, por ejemplo, en la jornada laboral de ocho horas, el seguro social, el derecho a la educación de hombres y mujeres en igualdad de condiciones, entre otras conquistas sociales menores y otras mayores que constituyen una tarea global, como la preservación de la vida, el medioambiente y la igualdad de derechos de todos los seres humanos, sin excepción.

Sergio Vilar, un estudioso del tema, asegura: “Al no tener utopías, el presente resulta estéril: solo se sobrevive en una serie de reproducciones simples de lo que fue y fuimos”.

Los acontecimientos diarios nos señalan que el mundo tiene siempre malas nuevas, sucesos negativos que se acumulan desde hace siglos y que la humanidad no puede resolverlos y, lo más desastroso: los países del primer mundo los viven como todos, en distintos grados e intensidades.

Los avances rutilantes de la ciencia más bien han acentuado señales distópicas, como el hecho de que un microscópico virus pone en jaque al mundo y todo su aparato científico no puede vencerlo todavía y tal vez no lo haga, sin embargo, no cesa la fabricación de armas letales; la violencia y el racismo develan que estamos retrocediendo a los miedos apocalípticos de la Edad Media.

Hay un estado de crispación que se manifiesta en las conductas de las personas que ejercen la intolerancia en vez de la convivencia, a esto contribuye la manipulación de la información al servicio de corporaciones con propósitos de dominio, así las redes sociales, varios medios escritos y la televisión se han convertido en armas letales que no te matan, pero penetran tu consciencia que es otra manera de morir.

El historiador Max Nettlau dice: “Cualquiera que sea el descubrimiento, la realización de un ideal considerado utópico, se sabe que mañana será un arma más de destrucción, que será vulgarizado en el sentido comercial”.

La distopía es lo contrario de la utopía, ambas son laicas y terrenales, aunque como dice Jhon Gray, las religiones también te ofrecen paraísos utópicos, agregamos, también distópicos como el infierno y el purgatorio.

Este término empezó a usarse a finales del siglo XIX por Jhon Stuart Mill, su raíz griega dys significa “malo”, se refiere a un lugar (topos) malo, no deseable para los seres humanos. La literatura y las artes se han nutrido de este estado de crisis, así en 1860, Lord Litton publicó La raza futura, en la que prefiguraba el desarrollo solamente de la técnica, la ciencia y la corrupción, que conduciría al mundo hacia la desdicha en desmedro de los valores humanos.

Hemos pasado la pesadilla de un año distópico y extenuante, con una tropa de políticos de cuarta categoría: ¿Qué nos pasó para merecer esto?

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Tinku por la Madre Tierra

/ 24 de abril de 2021 / 23:18

En el área andina, al encuentro o pelea entre contrarios o dos lados opuestos, entre los de arriba contra los de abajo se denomina tinku o… tinkhuta = “encontrarse los ejércitos, o bandos contrarios en la guerra, pelea y cosas semejantes”, según Ludovico Bertonio (1557- 1625), quien estuvo destinado a Potosí a principios del siglo XVII. En su estadía seguramente apreció este ritual que —desde su cosmovisión judeocristiana— le pareció una guerra y no un ritual que promovía la igualación entre partes o paridad de los opuestos (Bouysse) y las fuerzas sociales para evitar conflictos en base al principio ideológico indígena del dualismo.

Este ritual es desarrollado para resolver problemas familiares, comunales, intercomunales y en estos pugilatos o tinku pueden participar hombres y mujeres que descansan después de cada encuentro, entre ritmos guerreros que tocan música considerada sacra por la sangre derramada que fertiliza la tierra. Laimes y Qaqachacas siguen en una controversia desde el siglo XVI, cuando el acta de posesión suministrado por Miguel García Morató a Don Bartolomé Astete y Fernando Taquimallku, gobernador de los originarios sobre las parcialidades de los ayllus Cahuali, Callapa, Sullkayana, dejaron sin definir con precisión los límites, origen de las continuas disputas.

Los conflictos desde 1830, con incursiones de uno y otro bando (1949-1959-1975-1977- 1989-1991-1992) continuaron hasta 2003, después de un reguero de muertos de ambas partes, lo que obligó al Estado a convocarlos para firmar un acta de entendimiento en el Ministerio de Defensa, junto a los prefectos de Oruro y Potosí. No fue la solución y estas reparticiones territoriales que datan del siglo XVI siguen afectando a varias poblaciones del Estado boliviano. Finalmente, en el gobierno de Evo Morales se aprobó la Ley de Delimitación Interdepartamental (2014) entre Oruro y Potosí; Laimes, Jucumanis y Qaqachacas festejaron el hecho con un partido de fútbol en el estadio Bermúdez de Oruro.

La marcha por territorio y dignidad de 1990 fue organizada por las naciones indígenas del oriente boliviano (Chimanes, Yuracarés, Sirionós, Mojos), entre otros grupos campesinos cuya motivación central era la defensa de sus derechos territoriales que son constantemente despojados ilegalmente por el Estado coludido por empresarios, mayormente extranjeros, que conocen la debilidad institucional y moral de las autoridades para apropiarse de inmensos predios, expulsando comunidades enteras y condenándoles a la miseria y exclusión a nombre del “progreso y desarrollo” que benefician a reducidos grupos familiares.

El resultado de esta movilización social fue el reconocimiento de los cuatro primeros territorios indígenas: DS 22612: Creación del Parque Nacional Isiboro Sécure y DS 22611: Chimane y Multiétnico (Chimané, Mojeño, Movima y Yuracaré), ordenamiento jurídico que permitió fortalecer las instituciones indígenas para preocupación, en este caso, de las logias latifundistas cruceñas que se habían apoderado, durante la república, de enormes extensiones de manera amañada e ilegal. La Reforma Agraria de 1953 no afectó estos grandes territorios productivos, lo que permitió la emergencia de grupos conservadores, que se fortalecieron y aplicaron políticas de expulsión de los indígenas originarios a través de sus “empleados” enquistados en el aparato estatal. Recuérdese al ministro de Educación Hedim Céspedes, que tenía una empresa como camuflaje para el tráfico de tierras fiscales y al que nunca se juzgó.

Esta estrategia de infiltrarse al gobierno no es nueva; así en el gobierno de facto, el exlegislador y candidato a la presidencia Óscar Ortiz fue nombrado ministro de Economía con un solo propósito, promover el DS 4232 que permite el uso indiscriminado de transgénicos a los agroindustriales, aprobado en tiempo récord y sobreponiéndose a la Constitución Política del Estado. Una vez cumplida su misión, renunció. Otro tanto ocurrió con uno de los líderes de la logia serbocroata, el señor Marinkovic, que ocupó el mismo cargo y renunció luego de apropiarse de miles de hectáreas, incluyendo la Laguna Corazón que hasta la fecha el oficialismo no revierte al Estado para repartir a los campesinos sin tierra.

El despojo de tierras productivas es una guerra en la que los valores románticos de preservación de la Madre Tierra suenan a canto surrealista a los grupos neoliberales, habida cuenta de que para los capitales no existe Patria ni Matria, solo intereses y codicia, y para ello usan dinero para comprar conciencias. 

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

Comparte y opina:

Implantar los versos…

/ 28 de marzo de 2021 / 01:19

En 1532, en Cajamarca, el cura Valverde mostró a Atahuallpa la Biblia y exclamó “¡Esta es la palabra de Dios!”, en tanto blandía un crucifijo como si fuera una espada. Estaba acompañado de hombres rubios con trabucos y embutidos en armaduras para amedrentar a los indígenas que acompañaban a su Inca. Eran aventureros ibéricos analfabetos, llegados de Europa en busca de riquezas y gloria. A partir de entonces, esta narrativa de “civilización” fue implantada, en versos edulcorados, por los historiadores a la población vencida.

En 2019, desde el balcón del Palacio Quemado, en La Paz, Bolivia, una mujer con el pelo teñido de rubio enrostraba una Biblia a una exaltada multitud que daba mueras a un indio. En el balcón no había un solo indígena y los acompañantes de la mujer eran descendientes del cura Valverde y de los soldados de Pizarro. El Palacio rebosaba de militares armados para la guerra.

La historia tiene parangones que se parecen, pero con nuevos actores. El afán de reinstalar un régimen neocolonial y volver al pasado costó a las clases populares un retroceso de medio siglo. Volvió el racismo virulento y el verso implantado durante siglos en el subconsciente: la superioridad del dios de los conquistadores, que los indios y cholos herejes son ignorantes y “salvajes” y por lo tanto deben desaparecer. El verso funcionaba otra vez. Por eso no fue raro ver escupir a un indígena a su par, creyéndose superior. Detrás tenían el aval de los Valverdes que nunca aceptaron perder sus privilegios de siglos, al declararse al Estado boliviano como laico.

Después del nacimiento de la república, la casta criolla hizo a un lado a guerrilleros de las republiquetas y a los indígenas, e instalaron su verso: la res pública, identificada con el bien público… de su casta que, en la matriz ideológica, era más bien un conjunto de normas y leyes por el que se repartían la torta (minas y latifundios) y excluían de sus planes al oriente boliviano porque era inaccesible, no tenía minas para explotar y los indios estaban ocultos en el monte. De ahí deviene el regionalismo y provincianismo oriental que no logra un liderazgo político plurinacional y el origen del recalentado discurso del centralismo, dando vía libre a los latifundistas para exterminar indígenas, repartirse sus mejores tierras y conformar logias cerradas que gobiernen desde atrás. En la población está instalado el verso del andinocentrismo satánico, culpable de todo y con este remoquete se reproducen y atizan los afanes separatistas de grupos ligados a la ultraderecha racista al grito de “¡Raza maldita!”

Hace unas semanas, un tarambana de una secta religiosa cruceña, con la misión evangélica de exorcizar a la indiada y a la ciudad precolombina de Tiwanaku, atentó contra ella, transmitiendo odio y oscurantismo. Su pretensión de hacer desaparecer las estructuras religiosas andinas, más remotas que el cristianismo, fue un acto grosero que develaba que sus patrones instalaron en su débil cerebro, aplastado por la Biblia del cura Valverde, repudio contra algo que desconoce.

En los años 30, antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Hitler rescató el antisemitismo de grupos oligárquicos germanos que habían instalado en el subconsciente de su población que judíos, gitanos y comunistas eran la causa de su atraso y sus desgracias. Goebbels, el Ministro para la Ilustración Pública y Propaganda, repuso el verso y lanzó “el asalto a la razón” (G. Lukács) más tenebroso que la humanidad pudiera imaginarse. Muchos de estos tempranos nazis fueron parte del ejército boliviano, instructores como Ernest Röhm, jefe de los Camisas Pardas, o Hans Kundt, nombrado por el presidente Salamanca Comandante en Jefe en la Guerra del Chaco (1932-35), nombramiento que ratificó la inutilidad de los militares en esta contienda por la que Bolivia perdía otro extenso territorio.

La primera institución republicana en la que se instaló el verso, fue en las Fuerzas Armadas, institución tutelar que debe defender y obedecer a la casta republicana y disparar si alguien atenta contra ella; de otra manera el militar que sale del esquema es eliminado: Cnl. Germán Busch, Cnl. Gualberto Villarroel, Gral. Juan José Torres.

¿Cómo desmontar este imaginario implantado desde el siglo XVII, origen del racismo y la exclusión?

Edgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

Comparte y opina:

El monstruo de la cola larga

/ 31 de enero de 2021 / 00:38

Debo recorrer varias cuadras para llegar al banco a sacar dinero, antes de salir, desinfecto la mascarilla con alcohol aromatizado con manzanilla y cargo mi alcohol en gel. Soy afortunado, tengo sueldo, a mi familia no le faltará alimentos y atención. En mi barrio, un grupo de la Junta de Vecinos, durante el confinamiento del año pasado, solicitaba que donáramos alimentos para los más necesitados, los que viven al día y también mueren al día. Ya no lo hacen porque un sacerdote jesuita, hace más de 10 años, montó un comedor popular en mi zona y la fila que antes de la pandemia y del golpe se había reducido, ahora ha dilatado su tamaño notoriamente. La mayoría son personas de la tercera edad, como yo, no tienen familia y se sienten solos. En las filas se ponen a charlar y no guardan la distancia sugerida para evitar contagios, hablan y cuentan de los que faltaron este día: “El Manuel ha partido, ¡mejor! estaba muy solito”; “Margarita estaba enferma, el bicho le agarró, también partió”. Cada día hay espacios vacíos que son ocupados inmediatamente por otras personas. La mayoría son varones. Reciben sus raciones en envases descartables porque ya no pueden ocupar el comedor por temor a más contagios y la vulnerabilidad de los comensales.

Las señoras cocineras se esmeran, desde muy temprano los aromas de cilantro, orégano y el chasquido de las asaduras alegran la calle. Trabajan riendo y alegres. El acto de cocinar es un arte que se ejecuta con todo el cuerpo, como todo el arte que comunica. Ellas comunican la alegría porque este día muchas personas tendrán comida segura y esperanza. Pero la cola crece todos los días…

El afán de las mujeres de la ciudad empieza muy temprano, muchas veces cargadas de sus hijos, recorren kilómetros para vender sus productos, se quejan. Dicen: “Ya no hay venta, la gente gasta poco, apenas nos alcanza para comer”.

Según las estadísticas últimas del INE (Instituto Nacional de Estadística), el consumo de pollo, leche y otros productos de la canasta básica ha bajado notoriamente desde hace un año. Una población que no se alimenta correctamente, con tres comidas como mínimo al día, es más vulnerable a cualquier contagio y la pandemia la devora. Y las filas de vendedoras siguen creciendo y se sienten desoladas. También, en algún momento, engrosarán otros comedores solidarios.

Paso por el SEGIP (Servicio General de Identificación Personal), una gigante fila de jóvenes y adultos, todos silenciosos y mirando sus celulares, esperan que avance. Es todavía muy temprano y no atienden al público sino a partir de las 08.30.

Cerca del Banco me encuentro con un amigo que me reconoció; yo no pude porque transita vestido como extraterrestre, con mascarilla que le cubre enteramente el rostro. No se acerca, me habla de lejos, escoltado por su hija, está aterrorizado y me hace un recuento de los amigos de nuestra generación que sucumbieron al COVID.

De lejos veo la inmensa cola para la atención en el Banco, es un público heterogéneo. No tengo más remedio que enfilarme y esperar, esperar… y pienso: Mantenemos un ejército que nos cuesta mucho dinero, ¿por qué no se convierten en comedores populares con productos de Emapa y evitamos la desnutrición de familias empobrecidas? Así, en vez de masacrar ciudadanos indefensos, ahora proclamarían la solidaridad y la vida.

La nutrición, si no va acompañada de educación, provocará un retraso irremediable en estas generaciones. Tenemos dos canales estatales que llegan a todo el territorio y pueden ser el vehículo ideal para la educación a distancia. El Ministro de Educación puede delegar nuevas competencias a estas instituciones, ¿qué espera?

¿Por qué la banca no habilita cajas para la tercera edad? Existía un servicio para los jubilados con problemas de salud que recibían su sueldo en sus domicilios. ¿Por qué no se retorna a esa modalidad para evitar aglomeraciones dolorosas?

El monstruo de la burocracia fortalece su cola cada día que pasa y nos estrangula, impide una atención eficaz en los servicios de salud y educación. El poder político debe usarse para cuidar la vida, el único bien sagrado que justifica su aplicación creativa porque no deseamos volver a la pesadilla del año pasado.

          Edgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

        

Comparte y opina:

Los círculos de la zalamería

/ 6 de diciembre de 2020 / 07:06

Hace aproximadamente un año tratamos sobre el mismo tema, advirtiendo cómo los adulones del expresidente Evo Morales, al que encasquetaron una campana Ray-Ban para que viera lo que ellos querían que vea, le condujeron a la pesadilla que todos vivimos  hace un año. En la gestión del presidente Arce aparece esa misma táctica que nos puede conducir a un perverso círculo de la repetición. Para evitar la ingrata experiencia, debe mantener la costumbre de visitar los mercados populares para ponerse al tanto de la realidad; la campana que le colocaran —simulando una corona— no le permitirá ver.

Tarea imprescindible del Presidente es desarticular la quinta columna que inventó el Gral. Mola durante la Guerra Civil española, a través de grupos incrustados que le servían de informadores y saboteadores al interior mismo de sus adversarios. Las muestras que dio al prescindir de un ministro que apenas pone el pie en el ministerio tiende su red de corrupción, fue encomiado por la oposición, militantes y simpatizantes del oficialismo. Pero eso no es todo, aún anidan al interior varias autoridades que tienen observaciones por la Contraloría, con antecedentes de abuso de autoridad y malos manejos de los recursos públicos y, contra todo pronóstico, están dentro, para regocijo de los opositores que, al no tener un horizonte ideológico, intentarán medrar de los errores del oficialismo.

El abogado Mario Urdidinea hacía circular un ensayo sobre la nueva clase republicana que se engendró en Bolivia con la burocracia estatal, fundando círculos de influencia en los que la ideología y lealtad son ajenas a sus propósitos. En este texto, develaba las artimañas para ingresar al aparato estatal y asentarse como grupo, y favorecerse con los dineros del Estado; éstos subsisten cuando cambia el gobierno, ocultos en distintas esferas de poder y son los perros falderos que gestionan apoyos para lograr que otra vez —alguno de ellos— continúen en cargos importantes para acrecentar el negocio y ser favorecidos. Por supuesto que esta repelente caterva cuenta con personas de toda índole, no solo pelafustanes que buscan una pega, sino personas con formación académica que conocen los vericuetos burocráticos y sus atajos a partir de la corrupción.

Una de las primeras promesas del Gobierno fue remozar a todos los personeros del Estado y promocionar a nuevos servidores públicos; no fue así, actitud que generó un descontento y desazón en sus militantes y simpatizantes que fueron humillados y masacrados en Senkata, Sacaba, Huayllani y otras regiones de Bolivia. Lo consideran una deshonra a sus muertos, ya que muchos cargos recayeron en individuos que usufructuaron de manera abusiva del poder, acusaron de fraude descarado a su gobierno que se derrumbaba, cerraron el pico —asustados bajo su cama — y nunca lo defendieron.

Estos círculos, a su vez, ya se sirvieron de otros gobiernos, incluyendo los dictatoriales, acoplan intereses a través de proyectos, licitaciones, donaciones; maquillan deudas con el Estado y regresan para borrarlas, entre otras argucias.

Es necesario distinguir, en todo caso, a funcionarios de carrera a los que deben respetar sus derechos; también, en términos éticos, es necesario que exfuncionarios que fueron autoridades regresen a compartir su experiencia con los nuevos. Pero premiar a exfuncionarios despóticos, que tienen cuentas pendientes con la Contraloría, declarados personas no gratas, como un viceministro y varios directores recién posesionados, son injustificables errores que causan indignación y crearán resistencia. ¿La ciudadanía podrá confiar en autoridades que abusan de su circunstancial poder?

Es la hora de los chupamedias y oportunistas, esta clase camaleónica e híbrida que repta en los pasillos del poder, entre la política y la delincuencia, entre los consabidos cafecitos para montar su empresa política perversa y servirse de los recursos públicos. El prestigio que debería tener el ejercicio de la militancia política no existe. El nuevo Gobierno, con una legitimidad incuestionable, adolece del mismo mal y si el presidente Arce no se quita la campana Ray-Ban, estará cobijando al huevo de la serpiente en el interior de su gobierno, condenado a repetir la historia. Ha dado una señal importante y la ciudadanía espera que obre de la misma manera con estos círculos tramposos.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Renovar la vida

/ 8 de noviembre de 2020 / 03:30

El achiku, abuelo Cumbay me mira desde su fanal, me acompaña varias décadas y mis hijos, desde niños, nunca le tuvieron miedo. Es mi ñatita o calavera que me ayudó en mi catarsis para recuperar mi qamasa o coraje e impidió que me apoltronara en la tibieza. Después de estar al borde de la muerte, a consecuencia de la masacre militar de Noviembre de 1979, (Masacre de Todos Santos), me topé con un cráneo y en sueños me dio su nombre: Cumbaé, como el lugarteniente guaraní de Juana Azurduy.

 Es la octava de noviembre, el momento en que debemos honrarle, así, después que un ser deja de existir, para que su alma se vaya, no vuelva y perturbe se lava su ropa el octavo día y se la quema o regala; pero las almas que no han recibido un trato amoroso antes de partir, ya sea porque murieron violentamente, como en las masacres de Senkata y Sacaba o en desastres naturales, vagan por el mundo, entonces hay que brindarles cobijo y cariño para que se reintegren al gran círculo del alma mundo o jacha ajayu para renovar la vida convertidos en semillas. Por eso la honramos compartiendo un abundante almuerzo, acompañado de chicha kulli y música sacra indígena. Es tiempo hembra, cuando los muertos son  semillas que deben dar frutos en pleno jallu pacha, o tiempo húmedo y alimentarnos para que nada  falte, para que todos comamos; y si los viejos nos estamos quedando, que los jóvenes regresen y nos impulsen y, si los jóvenes tienen dudas y temores, los viejos debemos ir adelante para contagiarles nuestro coraje. Para que todos vayamos juntos y nadie se quede atrás.

¿De dónde viene todo este ciclo de rituales que empieza el 1 de noviembre y se prolonga durante cuatro meses hasta el Anata Carnaval?

El sistema religioso de las naciones originarias tiene una vinculación estrecha con los ciclos agrícolas y la fusión íntima naturaleza-ser humano, cosmovisión ajena a la tradición occidental judeocristiana que más bien promueve la separación del ser humano de la naturaleza y, para quienes su teleología se resume en irse al paraíso o infierno, según como haya sido su comportamiento moral en la tierra, por lo tanto el cielo es contrario a la tierra. En la filosofía indígena, el cielo es un reflejo de la tierra, así los espíritus se van a Wiñay Marka, la ciudad eterna donde no existe el infierno y se los espera a todos por igual para que bajen a este mundo, por eso en la distribución de los niveles que se arman el 1 de noviembre para recibirlos, están los tres de la cosmovisión originaria: la alaxpacha, o el mundo de arriba, para la tradición judeocristiana es el cielo; la akapacha o el mundo donde moramos, comemos, gozamos y sufrimos, para la tradición occidental es el lugar del pecado punible en el más allá y, finalmente, la mankha pacha o mundo de abajo: para la tradición judeocristiana es el infierno, para el mundo indígena es el lugar donde mora la pareja del chacha (Hombre) y warmi (Mujer) Supay, que guardan las riquezas minerales, las semillas, donde residen el sapo, la víbora y las hormigas que emergerán en el Anata Carnaval para celebrar la vida y la abundancia que nos brinda la Pachamama, después de un arduo trabajo.

 El 21 de diciembre, equinoccio de verano, fecha probable de la celebración de las illas e ispallas llamada Alasita, trasladada al 24 de enero, después de la negociación durante la tregua de la rebelión de 1781,  encabezada por la pareja de Túpac Katari y Bartolina Sisa, es el preludio a la gran celebración de la vida y la fecundidad en el Anata. Las treguas cíclicas entre estos imaginarios son transversales a la vida social, económica y política, y generan un espacio de estabilidad corta. El mundo indígena y su influencia en los comportamientos subjetivos son un muro para la mayoría de los políticos bolivianos que, desde la invención republicana, intentaron eliminar el logos indígena que se devela en los sincretismos y la yuxtaposición, como resistencia política y cultural. No habrá pacificación mientras no entiendan y aprendan que en Bolivia existen otras realidades profundas.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

Temas Relacionados

Comparte y opina: