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viernes 22 ene 2021 | Actualizado a 15:54

La riqueza de la Chiquitanía

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/ 25 de noviembre de 2020 / 06:47

Los últimos años el fuego puso en el mapa las tierras bajas del país y en especial a la Chiquitanía. De todas partes del país se preocuparon y movilizaron para alertar sobre el problema de los incendios y tratar de combatirlos. Y no es para menos, de acuerdo con los datos registrados por SATRIFO, Sistema de monitoreo y alerta temprana de riesgos de incendios forestales, el año pasado se quemaron 1,5 millones de hectáreas de bosques y este año se quemaron 600.000 hectáreas de bosques en todo el país.

Al mismo tiempo, menos visibles, están los números que reflejan la gran riqueza natural y cultural de la Chiquitanía. Estudios botánicos han registrado 2.843 especies de plantas útiles que crecen sin ser sembradas. Gracias al conocimiento tradicional pasado de generación en generación, y poco a poco registrado de manera formal, se conoce las propiedades de estas plantas, que así pueden ser usadas para alimentos, medicina y varios otros usos.

La abundancia de varias de estas plantas abre la oportunidad a que, además del consumo local, haya un consumo comercial con prácticas sustentables que cuiden el bosque, generen ingresos a las comunidades rurales y beneficien al público en general haciendo posible que puedan acceder a las propiedades beneficiosas de estas plantas. Con base en las propiedades conocidas, emprendedores bolivianos están sumando sus conocimientos y experiencia para aprovechar estas plantas del bosque y generar más y nuevos productos. Algunos ejemplos son la almendra chiquitana, el aceite de cusi y la oleorresina de copaibo.

La almendra chiquitana, producida por árboles de porte pequeño, es consumida por las comunidades por su sabor agradable. Estudios de su composición revelan que es una de las almendras más nutritivas, ya que tiene una alta proporción de proteínas y antioxidantes. Así, esta almendra se la vende tostada con sal o también confitada, y puede ser usada en refrescos, en leches vegetales, en granolas e incluso galletas.

Se conoce tradicionalmente que se puede extraer aceite de los frutos de la palmera de cusi y usarlo para el cuidado del cabello. Las nuevas iniciativas han mejorado el proceso de extracción preservando mejor las propiedades, generando el aceite virgen de cusi. Por sus características humectantes y nutritivas, este aceite es usado en champús, jabones de tocador e incluso en máscara para pestañas.

El copaibo es un árbol de porte alto que produce en su tronco una oleorresina. La oleorresina de copaibo tradicionalmente ha sido utilizada en la Chiquitanía para curar heridas por sus propiedades cicatrizantes y desinflamantes. Estudios más detallados del copaibo han permitido desarrollar productos para usos no conocidos, como las lociones repelentes de mosquitos.

La riqueza de la Chiquitanía es inmensa. Sus áreas naturales y su gente brindan productos y conocimientos ancestrales que están generando trabajo, y que pueden desarrollar productos naturales que contaminen menos y beneficien más a la población boliviana. Podemos darles la mano y caminar juntos hacia un futuro más sostenible para todos.

Ruth Delgado es gerente de Proyecto de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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Una nueva normalidad

Estas medidas están contribuyendo a reducir la presión sobre los sistemas naturales y nos dan un vistazo de cómo podría ser un medio con menos emisiones de carbono y aire más limpio.

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/ 24 de junio de 2020 / 06:27

La pandemia del COVID-19 nos ha forzado a adaptar rápidamente nuestras rutinas. En el camino, cambios que se pensaba que requerían de mucho tiempo e inversión para implementarse se están dando en pocas semanas. Como resultado de la cuarentena se está haciendo un mayor uso de la tecnología para poder trabajar y estudiar a distancia. En algunos temas, se ve un aumento de la accesibilidad al conocimiento mediante el incremento de seminarios y conferencias en línea gratuitos, en los que ahora pueden participar más personas, que además pueden conectarse desde distintas ciudades y provincias sin gastos de traslado. Con la reducción de los desplazamientos en motorizados, se está reduciendo la contaminación.

También, se ha tenido que privilegiar la producción local para garantizar la provisión de alimentos, reduciendo las distancias desde donde vienen para evitar la expansión del virus. En algún grado, el consumo local activa la economía local, disminuye los costos de transporte, apoya emprendimientos locales y la agricultura familiar, y reduce el consumo de combustible y la contaminación asociada; todos aspectos que necesitamos para enfrentar la crisis actual.

En vista de la restricción del uso de transporte tanto público como privado, se ha visto un incremento del uso de la bicicleta. Este medio de transporte permite que la población salga a abastecerse y además se genera trabajo para quienes proveen servicio de mantenimiento. Los gobiernos municipales de varias ciudades del país están incentivando su uso, ya que permite desplazarse manteniendo el distanciamiento social y reduciendo la exposición al virus.

En Sucre se ha iniciado el trazado de una red de 36 kilómetros. En La Paz se están estableciendo cinco circuitos alrededor de la ciudad. En Cochabamba, donde ya tenían un recorrido de 25 km, se estudia cómo mejorarlo para atender las necesidades de los ciclistas. En Santa Cruz se está trabajando para establecer 69 km de ciclovías temporales. Además de los beneficios para la salud física y mental, la bicicleta es un medio de transporte económico y amigable con el medio ambiente.

Indirectamente, estas medidas están contribuyendo a reducir la presión sobre los sistemas naturales y nos dan un vistazo de cómo podría ser un medio con menos emisiones de carbono y aire más limpio. Estos y otros cambios que hemos tenido que realizar pueden ser temporales, o podemos incorporarlos a una nueva normalidad. Podemos elegir aprender de cómo estamos enfrentando esta crisis y juntos reconstruir una sociedad más saludable, más sostenible, más humana.

Ruth Delgado, gerente de Proyecto
Fundación Amigos de la Naturaleza

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La biodiversidad importa

/ 14 de mayo de 2019 / 00:05

Una evaluación de la ONU presentada días atrás advierte que cerca de 1 millón de especies, entre plantas y animales, están en peligro de extinción. Estamos transformando los paisajes naturales de la Tierra de manera tan drástica que los ecosistemas de los que dependemos para sobrevivir están gravemente amenazados.

Se trata de datos alarmantes tanto para los que vivimos en las ciudades como para quienes viven en el área rural, por cuanto la diversidad de plantas y animales resulta esencial para cada aspecto de nuestras vidas. Por ejemplo, tres de cada cuatro cultivos de frutos o semillas para consumo humano dependen de los animales polinizadores. Los ecosistemas diversos también ayudan a capturar el agua y a filtrarla, proporcionando el 75% de los recursos mundiales de agua dulce. Cerca del 70% de los medicamentos contra el cáncer son naturales o son productos sintéticos inspirados por la naturaleza.

Además de alertarnos que la respuesta global para conservar la biodiversidad resulta insuficiente, este informe también propone soluciones. Algunas de éstas son proteger paisajes clave, conservar la agrobiodiversidad y reducir el consumo en general.

En Bolivia hemos estado avanzando por décadas en varios de estos temas. Se han declarado casi 15 millones de hectáreas (ha) como humedales de importancia internacional (sitios Ramsar), los cuales suministran agua potable y suelos fértiles para la agricultura familiar. Están establecidas por ley y reconocidas por la CPE más de 17 millones ha de áreas protegidas nacionales, cuya gestión protege la biodiversidad. Se han titulado 12,7 millones de ha a favor de los pueblos indígenas de tierras bajas. Su conocimiento, cultivado y transmitido por generaciones, es un medio reconocido mundialmente para contribuir a la conservación de manera más efectiva y menos costosa. Se están haciendo esfuerzos para preservar y usar la agrobiodiversidad sosteniblemente. Por ejemplo, existen 55 variedades de quinua en el altiplano y más de 80 especies de frutos comestibles silvestres en la Chiquitanía.

Aunque estos y otros avances nos dan una base para tener esperanza, es importante consolidarlos y seguir abordando las acciones pendientes que atentan contra la biodiversidad como la tala ilegal, la caza furtiva, la sobrepesca y, en general, vivir por encima de la capacidad del planeta. Queda mucho por hacer para los gobiernos alrededor del mundo, pero también para nosotros como ciudadanos. Desde nuestro día a día podemos contribuir ahorrando agua y energía, evitando comprar lo que no es necesario y reutilizando aquello que ya tenemos. Por separado parece poco, pero unidos representamos millones de cambios que contribuyen a la conservación de nuestro patrimonio natural.

* Gerente de proyecto de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

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Ciudades habitables

/ 20 de marzo de 2018 / 03:59

De los aproximadamente 11 millones de habitantes que tiene Bolivia, al menos 6,8 millones viven en las ciudades; es decir, cerca de dos tercios de la población total. A nivel departamental, Santa Cruz, Beni, Cochabamba y La Paz tienen la mayor proporción de población urbana. Además, se estima que la tasa de crecimiento de las ciudades en los próximos años será cinco veces mayor que la de las áreas rurales, lo que nos plantea grandes retos de sostenibilidad urbana, en procura de poder proveer a esa población creciente suficiente agua, calidad del aire, espacios públicos y fuentes de trabajo, entre otras necesidades y servicios.

Este 21 de marzo se celebra el Día Internacional de los Bosques, y el tema elegido para este año es “Bosques por unas ciudades sostenibles”. Y es que las áreas forestales, ya sea que estén dentro o fuera de las ciudades, son fundamentales para sostenibilidad. Por ejemplo, pueden contribuir a hacer máshabitables las ciudades, mejorar la calidad de vida de la población e incluso generar empleo.

Se sabe que los árboles, al proporcionar sombra, ayudan a enfriar el aire y, por tanto, colaboran a lidiar con climas calientes. Sin embargo, también ayudan a mejorar el clima en zonas frías. Por caso, las áreas boscosas urbanas ayudan a evitar que bajen mucho las temperaturas, tanto que se podría ahorrar entre 20% y 50% de la energía utilizada en calefacción si se masificaran; además de contribuir a combatir los vientos fríos.

A medida que crecen las ciudades necesitan más carreteras y tienen más vehículos. Los árboles también pueden ayudarnos con esto, pues cuando son plantados al borde de las vías más concurridas, reducen la contaminación acústica y sirven de filtro para limpiar la polución. De esta manera pueden servir como zonas de amortiguamiento en las autopistas y avenidas y las zonas residenciales, escuelas y hospitales. Otro reto de las ciudades es suministrar agua dulce de calidad a millones de personas. Los bosques que rodean las áreas urbanas contribuyen a esta necesidad, al filtrar y regular el agua. Además, contribuyen a prevenir inundaciones al almacenar agua en sus troncos, ramas y en el suelo.

Los árboles también colaboran a dinamizar la economía y por tanto a crear empleo. Los bosques cercanos a las ciudades generan turismo, y con ello, trabajo para operadores turísticos, transportistas, hoteles y servicios de comida. En las ciudades, los árboles dan un ambiente agradable y atraen más clientes a restaurantes, cafés y áreas deportivas que los incluyen en su diseño.

Así, los bosques facilitan que los habitantes de las ciudades tengan mejores medios de vida y puedan ser más activos y saludables. Por estas razones, este miércoles, 21 de marzo, pensemos cómo plantar más árboles en nuestras ciudades o cuidar los que ya tenemos.

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Habitantes verdes

/ 3 de octubre de 2017 / 04:00

Comienza la época de calor y con ella los recuerdos de titulares de enero del año pasado como “Ola de calor rompe récord histórico en cinco ciudades de Bolivia” o “Sube la temperatura por falta de árboles urbanos”. En ciudades como Santa Cruz, el termómetro marcó un máximo de 39 °C y la sensación térmica llegó a más de 41 °C.

Estas altas temperaturas habrían sido causadas por el calentamiento global pero también, por la pérdida de árboles, los cuales contribuyen a mitigar los efectos del cambio climático. Tales reportes cobran mayor importancia considerando que, según el último censo, más del 67% de la población de Bolivia vive en el área urbana.

Al mismo tiempo, el 1 de octubre se celebró el Día del Árbol, conmemoración que nos recuerda sus múltiples beneficios ambientales y socioeconómicos. Por ejemplo, ayudan a mejorar la calidad del aire en las ciudades, pues son filtros del polvo y de la contaminación. Los bosques urbanos regulan el flujo del agua, siendo claves para crear y mantener la humedad en ambientes secos, así como para la prevención de inundaciones y, por tanto, de pérdidas económicas y humanas.

Los árboles también proporcionan alimento y cobijo a diferentes tipos de aves, las cuales mejoran la salud física y mental de los habitantes. Además, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el mantener o incluir árboles en las áreas urbanas puede aumentar el valor de una propiedad entre un 20% y un 50%.

Asimismo, los árboles enfrían el aire entre 2 y 8 °C, contribuyendo a controlar el efecto conocido como “isla de calor urbana”, por el cual ciertas áreas urbanas tienen temperaturas más elevadas, especialmente durante la noche. Entre los principales factores para este fenómeno está la mayor concentración de edificaciones de cemento y vías asfaltadas que atrapan el calor. Lo que no sucede en áreas con mayor vegetación; de ahí la importancia de los árboles para regular la temperatura en el área urbana.

Nuestras ciudades crecen y con ello también crece la necesidad de mantener áreas verdes. Los bosques urbanos, los parques con arboledas, los árboles en jardines y aceras son todos necesarios para mejorar la calidad de vida en las ciudades. Todos podemos colaborar a que el patrimonio verde de nuestras urbes se mantenga y aumente. Podemos unirnos a uno de los varios grupos ciudadanos que se han propuesto plantar nuevos árboles y cuidar los ya existentes; o podemos simplemente cuidar del árbol que tengamos más cerca de casa o en el trabajo. Podemos hacer la diferencia y disfrutar de la compañía de nuestros silenciosos habitantes de las ciudades, los árboles. 

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Desperdicio de comida

Podemos ignorar el problema o, con pequeñas acciones diarias, ser parte de la solución.

/ 13 de junio de 2017 / 04:00

Chacaltaya, después de ser el centro de esquí más alto del mundo a 5.421 metros de altura sobre el nivel del mar, se redujo con rapidez, hasta desaparecer en 2009 debido al cambio climático. Ahí donde antes se veía una montaña nevada, ahora solamente quedan rocas desnudas. Glaciares como el Chacaltaya son vitales para el abastecimiento de agua en La Paz, y su desaparición incrementa los problemas causados por el calentamiento global.

El incremento de la temperatura, modificaciones en la época de lluvias, inundaciones y sequías más severas son una evidencia del cambio climático a nivel mundial. Esto afecta directa e indirectamente a nuestro suministro de agua y a la productividad de los cultivos.

¿Pero qué está causando el cambio climático? Se debe a la mayor emisión de gases de efecto invernadero generados principalmente por la agricultura, las industrias, la deforestación de los bosques y el uso de combustibles fósiles como la gasolina y el diésel. Entre los gases más abundantes y conocidos están el dióxido de carbono y el metano, que evitan que el planeta pierda el calor recibido del sol. Si bien existen de forma natural, su exceso en la atmósfera causa incrementos anormales de la temperatura.

Aparte de las grandes industrias, algunos de nuestros hábitos también son parte del problema, como el desperdicio de alimentos en buen estado; al comprar o servir demasiada comida, que termina en rellenos sanitarios, donde al descomponerse emiten metano, uno de los gases con mayor efecto invernadero, 25 veces más potente que el dióxido de carbono.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que en América Latina cada año se desperdician aproximadamente 348.000 toneladas de alimentos, a pesar de que 47 millones de latinoamericanos aún sufren hambre cotidianamente.

No obstante, existen varias formas que están a nuestro alcance para evitar el desperdicio de alimentos. Por ejemplo, resulta muy útil organizarlos según su fecha de caducidad en un lugar visible en la alacena y en la heladera, para poder consumir primero aquellos que vencen antes. Si en fiestas y reuniones sobra mucha comida, conviene repartirla entre los invitados, y así evitar que termine en la basura. También podemos llevar las sobras de los restaurantes para una próxima comida.

Reducir el desperdicio de comida implica una menor emisión de gases de efecto invernadero, y por tanto, contribuye a reducir el calentamiento global. Podemos ignorar el problema o, con pequeñas acciones diarias, ser parte de la solución. 

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