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jueves 21 ene 2021 | Actualizado a 01:32

Definiciones en la transición

/ 27 de noviembre de 2020 / 01:23

Toda transición política tiene sus matices de percepción según sea el punto de vista desde el que se analice; aunque el último cambio político suena más a retorno que a transición, ya se aprecian tintes autoritarios, de venganza en algunos casos y también de imposición de autoridades por los grupos corporativos de toda laya que no tardan en reaparecer cuando la oportunidad se presenta. Sin entrar en estos detalles, que escapan del alcance de esta columna, me llamó la atención la perspectiva variopinta que tiene la gente sobre la reactivación del sector productivo minero e industrial del país, que va desde mantener la preponderancia de la minería artesanal e informal como protagonista de primera línea, ignorar al sector privado manteniendo la camisa de fuerza que le impide aportar más al desarrollo de la minería mediana y de gran escala, mantener la expectativa en antiguos distritos ya casi marginales como Huanuni, Karachipampa, Corocoro o Telamayu, hasta proponer un Ministerio del Litio para reactivar el proyecto de Uyuni (Nota en El Financiero de La Razón del 22.11.20). Todo comprensible desde el punto de vista político pero incoherente, para decir lo menos, desde el punto de vista técnico.

Como reitero en mis escritos, la tarea principal ahora es definir si se quiere hacer minería moderna, de clase mundial, amigable con el medioambiente y que genere excedentes para el Estado y para los operadores o se quiere fomentar la minería tradicional que genera empleo a un alto costo ambiental y económico para el Estado y en el caso del oro se da un mix un poco raro pero efectivo de grupos corporativos que se aprovechan de la informalidad y/o ilegalidad para amasar fortunas en detrimento de los intereses del Estado. Hay una tercera posición obviamente, la de los grupos antiminería que tienen hoy la posibilidad de demostrar que la transición hacia una economía verde en el país es factible sin el sector extractivista (minería e hidrocarburos). Tomada la definición hay protocolos a seguir, áreas y proyectos potenciales a desarrollar, tecnologías a las que se puede acceder y personal idóneo para manejar los emprendimientos.

Otra definición necesaria, ¿seguiremos dependiendo de la inversión estatal en minería como hasta ahora o se abrirán accesos al capital privado nacional y extranjero para nuevos proyectos mineros e industriales? Hay que modificar la Constitución y las leyes sectoriales para viabilizar la segunda opción.

También es necesario definir si proyectos como la producción de hierro y acero del Mutún o la extracción e industrialización de sales de litio, potasio, boro, etc., al grado de productos intermedios y finales (v.g. cátodos y baterías de uso múltiple en el caso del litio) son objetivos políticos a conseguir a toda costa, o se pretende viabilizar proyectos competitivos en el ámbito global. Para lo último, es necesario “medir” en cada etapa la viabilidad de cada uno de ellos a nivel de Evaluación Técnica Preliminar, Pre factibilidad, hasta llegar a su Factibilidad Final (PEA, PFS, FFS por sus siglas en ingles); no estamos acostumbrados a estas delicadeces pero ya va siendo hora de un manejo adecuado de la inversión, más aún de aquella proveniente de las arcas del Estado. Así evitaríamos generar elefantes blancos o proyectos de muy baja competitividad como es el caso de la actual planta piloto de carbonato de litio, que tiene una recuperación del 18% y tendría que competir con un nivel tecnológico de última generación en proyectos similares en curso en Chile y Argentina, que tienen recuperaciones mayores al 90%, costos muy bajos y mínima afectación del entorno hidrológico de los salares. Y podemos seguir.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Un año para el olvido

Así las cosas, el sector productivo está en crisis, de manera particular el sector minero formal del país.

/ 25 de diciembre de 2020 / 02:18

Para usar el término futbolero del título hay que estar realmente sobrecogidos por los resultados, y creo que todos nos sentimos sobrecogidos de espanto, estrés, desaliento y un largo etc., que puede pintar sin tapujos lo que hemos vivido cada uno de nosotros en un año atípico donde los buenos deseos con que se suele empezar cada gestión, pasaron a segundo plano para enfrentar un enemigo nuevo, desconocido y atroz. Sobrevivir la pandemia ya era un triunfo, seguir con la familia completa y con cada componente estable física y emocionalmente era para congratularse. No todos pudieron hacerlo, hubo muchísimas pérdidas a nivel global y también mercaderes del sufrimiento que lucraron y bastante; pero eso es harina de otro costal que no corresponde analizar aquí.

Con dos transiciones políticas en un año, solo se podían esperar medidas gubernamentales de coyuntura centradas en el sector salud, en mantener la capacidad mínima de sobrevivencia de los sectores menos favorecidos de la sociedad y maquillar el sector productivo que se paralizó por meses, reaccionó poco y mal y cuya estructura de reacción resultó ineficaz para operar en condiciones de alta presión. Pasado el primer sofocón de la pandemia —ya se anuncia un segundo que tendría características de mayor gravedad—, los funcionarios gubernamentales y los políticos de gestiones oficiales anteriores se dan a la tarea de acusarse mutuamente de la paupérrima situación económica del país, no solo por efecto de la pandemia sino también por la pésima administración que deviene ya de años anteriores, cuando la época de las vacas gordas había pasado. En una anterior columna (La Razón 04.09.20) detallo por qué considero a Bolivia un país de gastadores, esta cualidad llevó al país y a través de su historia a crisis existenciales cuando la plata escaseaba y a parafernalias apoteósicas cuando ocurría lo contrario; nunca pensamos más allá de la coyuntura y los políticos, con honrosas excepciones, son los magos de la improvisación y del cálculo. Así las cosas, el sector productivo está en crisis, de manera particular el sector minero formal del país, ejemplos hay muchos: El proyecto de litio, la fábrica de úrea y amoniaco, el Mutún que vende «al raleo» y a precios de gallina muerta su esmirriada producción de hierro para mantener su planilla básica pero no el avance del proyecto de acería, Amayapampa, Mallku Khota, Karachipampa, etc.; mientras tanto los políticos de turno se pelean por sobresalir en un inédito casting para acceder a candidaturas para las elecciones subnacionales; nadie debate sobre la crisis económica, peor sobre la pandemia que a esta altura de los acontecimientos ya tiene visos de descontrol, todos o casi todos bailan la fanfarria electorera, total de lo demás se ocupará en última instancia la Divina Providencia.

En estos días que deberían ser de paz a pesar de la pandemia, meditemos estas cosas, sin acudir a cifras ni a estadísticas como es la costumbre en esta columna; solo pensemos cómo el inmediatismo y la anomia resultante degradan lenta pero inexorablemente nuestros valores morales como sociedad al anteponer intereses personales y/o corporativos a los de la sociedad, como nos limita el horizonte y como llegamos a asombrarnos del poder como nos asombran los sahumerios y espejitos de colores de los gitanos; y así nacen los áulicos del poder. “El asombro es la base de la adoración”, decía Carlyle en uno de sus escritos y la adoración no tiene límites cuando de amor o de poder se trata. Solo un delgado hilo de racionalidad queda todavía para hacernos reaccionar como nación; ojala lo logremos y ojala empecemos 2021 con nuevos bríos y con energía renovada. FELICES FIESTAS.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

 

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Nacionalización de las minas

/ 30 de octubre de 2020 / 02:21

Este 31 de octubre recordamos los 68 años de uno de los hitos históricos más significativos de la historia nacional, la nacionalización de las minas del control que hasta entonces ostentaban los Barones del Estaño. El Decreto de nacionalización 3223 de 31 de octubre de 1952 transfería ese control a la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), que había sido creada para tal efecto mediante el Decreto Supremo 3196 de 2 de octubre del mismo año. Más allá del hecho y sus consecuencias políticas, cabe destacar que el Estado heredaba una estructura grande y compleja, 34 centros nacionalizados entre empresas mineras, plantas metalúrgicas, hidroeléctricas, infraestructura ferroviaria y agencias; y una estructura de negocios donde en el circuito financiero Catavi estaba más cerca de Londres que de La Paz (detalles en mi artículo Comibol un sueño inconcluso, en ¿De vuelta al Estado minero? Fundación Vicente Pazos Kanki, 2013). Ese fue, en mi concepto y por mi vivencia de más de una década en la empresa minera estatal, el origen del todavía no resuelto entuerto de querer manejar una estructura de negocios corporativos de alcance internacional con lineamientos de una empresa social; no funcionó antes, no funciona ahora y no funcionará en el futuro si no se resuelve el entuerto.

Pese a los vaivenes entre posiciones políticas nacionalistas y liberales a través de su historia, Comibol no halló nunca la receta salvadora, se probaron reestructuraciones de todo tipo, hasta se llegó a probar nuevas estatizaciones en la década precedente; su situación hoy es en extremo delicada, todos pretenden acceder a su patrimonio con diferentes propuestas, éste es todavía muy grande y se incrementó substancialmente con los proyectos de exploración, las estatizaciones y la declaratoria de áreas exclusivas para la Comibol que manda el DS 1369 de 3 de octubre de 2012, que añadió a su patrimonio cerca de 40.000 cuadrículas mineras (1 cuadrícula=25 hectáreas) distribuidas en 26 zonas altamente prospectivas del territorio nacional y seleccionadas en base a los resultados del boom de exploraciones de los años 90 de varias empresas Junior de ultramar que llegaron al país en esa época de apertura al capital privado. Todo este patrimonio no se puede desarrollar por las limitaciones económicas, técnicas y tecnológicas de Comibol para hacerlo por cuenta propia, ni por empresas privadas nacionales y/o extranjeras por la camisa de fuerza que representan las regulaciones sectoriales contenidas en la Constitución Política y en la Ley Sectorial 535 de Minería y Metalurgia. Así las cosas volvemos a vivir aquella situación de principios del siglo anterior cuando se consideraba al país un mendigo sentado en una silla de oro.

Estrenando un nuevo gobierno que pretende no ser más de lo mismo, sería oportuno plantearse la necesidad de solucionar el entuerto que vive Comibol, atrapada entre un gran patrimonio y una adversa legislación; en la obra citada líneas arriba y en varias de mis columnas siempre defendí la tesis de que Comibol puede ser una corporación exitosa que fue el mandato de su creación; recetas hay muchas, algunas se describen en mis escritos, solo falta decisión política para definir el cambio que puede ser traumático en un país como el nuestro, pero que es el único camino posible en las circunstancias descritas. Sería el mejor regalo para honrar la gesta que creó la empresa minera estatal y para dar utilidad a sus recursos minerales que, soterrados en la corteza terrestre no tienen ningún valor; se viene una época de dura crisis pospandemia y no usar el potencial que se tiene suena a falta de compromiso con los intereses del país.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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‘Cazar efefantes en tierra de efefantes’

/ 2 de octubre de 2020 / 03:32

Son tiempos electoreros, de propaganda y promesas variopintas, de reuniones virtuales, de webinares y otras hierbas que ocupan el quehacer y el qué pensar de los potenciales votantes; todos se vuelven especialistas, todos opinan, todos sueñan y como soñar no cuesta nada y todos tenemos derecho a aumentar el nivel de la marea electorera, nadie se entiende y hoy tenemos un país dividido con un panorama incierto sobre el resultado final de esta competencia.

El sector minero no escapa a este comportamiento, se escucha de nuevo el renacer de proyecciones para una minería moderna, competitiva y amigable con el medio ambiente para la próxima década, de fabulosas inversiones que se espera vendrían a apalancar este intento. Se vuelve a hablar del yacimiento de hierro más grande del mundo, del salar con la acumulación de sales más importante, del oro que de la noche a la mañana se lo encuentra en cualquier parte, de los metales tecnológicos y de las tierras raras que muchos no conocen pero de las que todos hablan y, por un lapso indefinido, nadie se acuerda de los movimientos anti-minería, anti-extractivismo ni de los áulicos de la energía verde y de la transición energética; total el extractivismo y la minería en particular son los remedios que están más a la mano para paliar las crisis y recuperar la economía de nuestros países emergentes que nunca terminan de emerger. Todo vale en este periodo pero, no hay que perder la idea de escala de los efectos que este comportamiento de candidatos y de grupos de influencia generarán —cualquiera sea el resultado de las elecciones — en el pueblo, entelequia a la que se recurre en estas circunstancias y que más temprano que tarde, exigirá el cumplimiento de las promesas.

Los geólogos acudimos al aforismo que titula esta columna, para medir las pretensiones de calidad y cantidad de los yacimientos minerales que se podrían encontrar en una zona, de acuerdo a sus características. Extrapolando a la realidad nacional, hoy pretendemos ser el centro energético y el corazón verde de Sudamérica, el principal proveedor de sales de litio y de potasio o la futura Arabia Saudita de la región con la revolución industrial que planeamos; sin embargo, a través de la historia hemos cosechado muchos fracasos por pretensiones sin medida y por falta de ubicuidad de lo que somos y de lo que tenemos, de las condiciones del país y de nuestra competitividad en un mundo donde hay muchos candidatos para cualquier emprendimiento.

Hablando de recursos minerales, no podemos competir con Brasil en exportaciones de hierro o en producción de acero y sus derivados, con Colombia en producción de carbón mineral, con Chile o Perú en producción de cobre, ni con África en producción de cobalto; somos importantes en yacimientos de estaño, plata, zinc, wólfram, antimonio, litio y oro, hemos dilapidado estos recursos a través de la historia y lo seguimos haciendo. Nunca hemos podido construir una cadena de producción e industrialización importante de estos productos mineros, pero siguiendo las corrientes del mercado, cada cierto tiempo cambiamos de objetivo, nos afanamos en hacer inversiones de alto riesgo para el Estado y cuando empiezan los problemas (v. g. los del proyecto de litio en Uyuni) recién vemos el detalle de lo que debía ser y no fue. Así las cosas, es probable que nazca otro elefante blanco y empezaremos con el siguiente objetivo. Es hora de cambiar, es hora de escuchar las propuestas de los candidatos, pero aquellas que vayan más allá del qué se debe hacer y lleguen hasta el cómo se debe hacer; caso contrario seguiremos a vendedores de humo, ilusionistas y magos de toda laya.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Bolivia, ¿país de gastadores?

/ 4 de septiembre de 2020 / 05:43

Tradicionalmente en Bolivia usamos frases hechas para mostrar el sumun de las intenciones de un gobierno, de una corporación o de grupos de poder, cuando se quiere influir en las mayorías sociales cuyo apoyo es importante circunstancialmente o como componente de un mercado en el que se quiere tener réditos. Recuerdo algunas de ellas: “País de ganadores”, “Exportar o morir”, “Orden, paz y trabajo”, algunas revolucionarias: “Hasta la victoria siempre” o “Patria o muerte venceremos”, alguna de tinte mesiánico: “No soy enemigo de los ricos pero soy más amigo de los pobres”… y podría seguir una larga lista de clichés que adornan nuestra historia política y social desde que somos independientes.

En la situación actual del país, con una tremenda pandemia a cuestas, una elección en puertas y un clima social de desánimo y miedo generalizados sobre lo que nos espera en los años venideros, hay una proliferación de frases hechas en los medios de comunicación que pretenden influir en la gente para controlar sus emociones y marcar tendencias de comportamiento, sin las cuales el control del Estado no sería posible. Todos los niveles de gobierno están centrados en la pandemia y pareciera que las actividades tradicionales del Estado están en statu quo hasta que aquella pase. Esto es muy comprensible, pero en el campo pragmático estamos transitando a una crisis económica y social pospandemia de dimensiones insospechables y no dejamos un resquicio para la ejecución de un plan económico y social de urgencia, que permita tener una alternativa de reacción al impacto negativo de la pandemia.

No me refiero a aumentar el nivel de gastos en bonos, programas sociales y de generación de empleo temporal, sino a la generación de riqueza activando el sector productivo; me llamó la atención un hecho del sector minero que se dio en los días precedentes, la paralización temporal de Minera San Cristóbal, la mayor productora de plomo, zinc y plata del país, casi no hubo reacción significativa, solo aislados comentarios oficiales; lo mismo en el caso de San Vicente, Bolívar, San Bartolomé, las minas de la Comibol, la minería chica, las cooperativas, etc.; todo el sector está con problemas o paralizado. ¿Cómo se reemplazará la generación del 49% de las divisas que entran al país si la situación del sector se agrava?

Nos gusta el despilfarro en tiempos de vacas gordas y acudimos al trámite de endeudarnos en tiempos de vacas flacas para seguir gastando y pasar la tormenta; los elefantes blancos de antaño (Mutún, Karachipampa, La Palca, etc.) y algunos proyectos que van en ese camino (Mallku Khota, Amayapampa y hasta el proyecto de litio y otras sales) confirman este comportamiento cuyo origen se remonta a los arcanos del tiempo colonial cuando la plata del Cerro  Rico de Potosí sentó las bases del capitalismo europeo y el nivel de vida del Potosí colonial no tenía nada que envidiar a las grandes ciudades europeas; la plata del coloso potosino pagaba todo. Eran otros tiempos.

Hoy, con un sector minero sin horizonte (no solo este sector, todos los sectores productivos están en crisis), seguimos aumentando el nivel de gasto y el endeudamiento externo e interno del país para paliar los efectos de la pandemia, pero no tenemos un plan económico paralelo que nos permita activar el sector productivo, ni se vislumbra un cambio substancial en las propuestas de los candidatos en carrera electoral. ¿Quién pagará las facturas en el largo plazo?, ¿cómo se gestiona la incertidumbre?, pareciera que la coyuntura manda, total algún día volverán las vacas gordas y adicionaremos una nueva frase al largo repertorio de frases hechas: “Bolivia, país de gastadores”.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Minería boliviana, entre la leyenda y el desarrollo

/ 8 de agosto de 2020 / 11:16

En el mes de la Patria y a 195 años de su nacimiento cabe una reflexión que ayude a comprender cómo una tierra bendecida con riquezas naturales sin par, pueda seguir a lo largo de siglos estancada en su pobreza, con esmirriados resultados económicos y siempre viviendo de sueños de grandeza que se disipan en una realidad lacerante donde los únicos beneficiados son los grupos de poder y los intereses corporativos. He escrito mucho a lo largo de décadas sobre el sector minero que fue (y todavía es) a lo largo de la historia, el pilar fundamental para el nacimiento de la República y para su desarrollo actual. Siempre acudo —en el intento — a una leyenda quechua sobre el Cerro Rico de Potosí, la acumulación de plata más grande del planeta y que los nativos llamaban Sumaj Orcko (El cerro supremo, en traducción libre): se dice que los súbditos del Inca Huayna Cápac ya explotaban en esos lejanos tiempos plata en la montaña hasta que un día una voz tronó y exclamó “No saques más plata de esta montaña, está destinada a otros dueños”;ese pareciera ser el sino que persigue a los bolivianos que siempre vivimos la coyuntura y estamos esperando al dueño de las riquezas.

En mis recientes columnas escribí sobre el proyecto de litio y otras sales del Salar de Uyuni, proyecto avanzado que pareciera ajustarse a lo escrito líneas arriba, se ha hecho ya una inversión muy significativa (cerca de $us 1000 millones), pero el proyecto no acaba de entrar en la corriente global de encadenamientos productivos, cuyo destino final es la producción de baterías de litio para autos eléctricos y otros usos finales, y en el caso del potasio, la producción de fertilizantes potásicos. Lo que más se ha producido en el proyecto hasta ahora son anuncios grandilocuentes, conferencias y artículos de prensa; un halo de misterio no permite acceder a los datos económicos y financieros y nadie habla de costos, factibilidad, encadenamiento con usuarios finales, etc., y pareciera que seguimos esperando al dueño de estas riquezas. ¿Quién será?

Quiero referirme hoy al Mutún, uno de varios elefantes blancos que adornan nuestro territorio, que tiene una historia centenaria desde que en 1845 Francis Casteneau descubrió la Serranía Mutún-Urucum. Se intentó explotar hierro e instalar una acería desde 1952 en el lado boliviano de la serranía pero nunca se lo logró, las razones son muchas (detalles en mi libro De oro, plata y estaño, Plural Editores 2014 y 2017) y hacen al manejo político del emprendimiento. El último capítulo de esta historia es el mini-proyecto actual de producción de acero laminado para el mercado local;194.000 ton/año en la primera etapa, según información oficial asequible, con el aval de un crédito del EXIMBANK de China de $us 396,13 millones más un aporte estatal de $us 70 millones, que implican un acuerdo con la operadora china Sinosteelpara el diseño, construcción, ejecución y puesta en marcha de la acería en un plazo de 30 meses. El avance financiero a febrero del presente es de 23% (ya se ejecutaron $us 108,9 millones), pero el avance físico es mínimo (solo 3,6% según algunas publicaciones de prensa). Así las cosas, pareciera que estamos en vías de presenciar otro fracaso, si añadimos que el Estado se comprometió a dotar al proyecto de un acueducto de 105 km y de un gasoducto de 15 km, que por lo que se conoce tendrán muchos problemas de cumplimiento si se considera la emergencia sanitaria que vivimos y la crisis económica que se avecina.  

Este tipo de situaciones no debieran ser tratadas en fechas tan festivas para el país pero, la realidad es determinante, solo queda desear que esta vez la leyenda no se cumpla, FELICIDADES BOLIVIA.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia

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