Voces

viernes 15 oct 2021 | Actualizado a 17:26

Se fue Diego, el jugador del pueblo

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 27 de noviembre de 2020 / 12:19

La villa, el potrero, el barro, los arcos con dos piedras, las zapatillas rotas (las únicas…), Doña Tota protestando desde la esquina, pidiendo que vayas a hacer la tarea… “Pará, mami, dos goles más…” Ya está oscuro, pero la zurda sigue, la picardía, un amague acá y dos que pasan de largo, un caño allá… La habilidad suprema unida a la fuerza mental, el deseo de ayudar a la familia, la prueba en Argentinos Juniors, los sueños de Primera, la Selección… “Mi meta es jugar un Mundial y ser campeón”.

Los códigos… El 2 que busca achicarte a golpes: “Te dan y te la aguantás, te levantás y seguís jugando”. El miedo cero: “A estos les jugamos donde quieran y les hacemos cuatro…” La arenga eterna en el túnel: “¡A no achicarse nadie, eh…! ¡Ellos no son más que nosotros! ¡Vamos que tenemos que ganar…! ¡Vamos, carajoooo…!”

Las leyes del juego… “El pase nunca para atrás, la gambeta hacia adelante, levantar la cabeza, entrar al área, buscar el segundo palo, apuntar abajo que los arqueros no llegan, tocar al ras, en los penales pegarle a una punta, cabecear con los ojos abiertos…”

Esa microscópica gotita de esperma llevaba los genes de millones de argentinos, del país más futbolero de la Tierra. Contenía la experiencia acumulada, la pasión, la sabiduría de un pueblo que vivió para la pelota. Y salió Diego… Diego Armando Maradona, el Pibe de Oro. El que los reunió a todos: la gambeta de Houseman y Juan Ramón Verón, el genio de Bochini, la zurda de Sívori, la potencia de Batistuta, la altivez de Mario Kempes, el talento de Pontoni, la guapeza de Moreno, el carácter de Di Stéfano… Toda la historia celeste y blanca de la pelota confluyó en esa gotita que germinó en el vientre de Doña Tota. Y nació el jugador del pueblo.

Esa gotita se corporizó en el gol a los ingleses. En ese viaje desde la media cancha íbamos todos, todos metidos en ese cuerpo retacón y fuerte, en esa mente arrogante y ganadora. Y con cada inglés que quedaba atrás gritábamos “bieeeeennn…” El zaguero inglés Butcher dijo años después: “Nunca le vi la cara, sólo la nuca”.

¡Qué suerte haber sido contemporáneos de Diego…! Haber visto su arte, su obra completa, la zurda creativa y demoledora. Ha sido el futbolista con más épica de la historia, el que cuando le llegaba la pelota uno pensaba que podía hacer cualquier cosa, así tuviera diez adelante. Una tarde en Italia volvieron al vestuario en el entretiempo, Napoli perdía y jugaba mal, Diego entró rabioso al vestuario:

-¿Por qué no me pasan la pelota, viejo…?

-Por que estás muy marcado, Diego-, se excusó Ciro Ferrara.

-Vos dámela siempre, que yo algo voy a hacer.

Sufrió verdaderas salvajadas de sus marcadores, alevosía jamás vista con otro jugador, pero nunca arrugó ni dejó de pedirla. Y tenía el cuerpo de acero, resistía todo.

Suele contarlo José Pekerman, surgido también del semillero de Argentinos Juniors:

-Estábamos en Primera, entrenábamos temprano y después de nosotros practicaba la novena. Todos los profesionales nos quedábamos a ver entrenar a Maradona. Ya se sabía que hacia genialidades con catorce años.

Ahí empezó la escalera hacia el cielo. El debut a los quince y en la primera bola que tocó le hizo un caño a Juan Domingo Cabrera, de Talleres. Y los primeros goles, la platita inicial que la modestia de Argentinos le puso en el bolsillo. Con ello se llevó de vacaciones a su familia (Don Diego, Doña Tota y nueve hermanos) a Mar del Plata, a conocer el mar. Para tenerlo feliz, Argentinos le alquiló una casa en La Paternal, así dejaba la villa. Y le compró un Ford Taunus usado. “Pero está lindo, Diego…”, lo confortaron los dirigentes. A los dieciséis le llegó la Selección, el gran amor de su vida. Y con ella el ruido grande, los clubes del mundo que pugnaban por el pibe de Fiorito. Pero una interminable y loquísima negociación lo llevó a Boca: a préstamo por un año a cambio de dos millones de dólares (¡en 1981…!) y seis jugadores. Es difícil narrar hacia afuera la expectativa que el pase y su estreno en la Bombonera despertaron en el país. Cuando Diego asomó sus rulos por el túnel literalmente explotó el estadio. Aún transitaba los veinte años, aunque ya le afloraba el carácter indomable, reclamante, contestatario.

Como jugador tuvo todo lo que se puede esperar de un supercrack: clase, valentía, magia, talento, espíritu ganador, rebeldía. Europa se rindió a su estilo fue auténticamente sudamericano. Como personaje ha sido cinematográfico, inigualable. Es uno de los fenómenos más notables que ha dado el deporte universal.

Luego vinieron el Barcelona, los Mundiales, el Napoli, la gloria total, la leyenda, los honores, los excesos, las peleas, los desplantes… Vivió varias vidas, hizo y dijo todo lo quiso sin importarle las consecuencias. Ganó fortunas, se las gastó, volvió a ganar. Tuvo infinidad de mujeres y muchos hijos regados por ahí. El límite de todo era él mismo. La única que lo mandó fue su madre. Don Diego si acaso le ganaba por bonachón. Imponía la ley en cada vestuario. Estuvo por encima de cada Presidente de la Nación, insultó a la FIFA, a todos los poderes. No esperaba agradar, cautivó con su fútbol. Y no se apartó nunca de su clase. Para lo bueno y para lo malo, no existe nada más argentino que Diego Maradona. Él era la bandera, la camiseta, lo que había para hacerle frente al contrario. Por eso lo amaron.

Se fue agradecido con la gente; en su retorno al fútbol argentino como técnico de Gimnasia todos los clubes, todas las hinchadas le hicieron homenajes increíbles. Hasta le preparaban un trono en lugar del banco de suplentes. Recibió ovaciones, lagrimeó, se sintió otra vez como al comienzo en Argentinos. Cercanos a su entorno refieren que ya no quería nada más, deseaba despojarse del personaje, sacarse el traje de Maradona para vivir unos años como un hombre común. Anhelaba sentarse en un sillón del living con su perro al lado a mirar partidos, lejos de todo. Pero el personaje lo perseguía a donde estuviera. Murió sólo, sin ningún afecto cerca. El complejo entramado familiar no podía llegar a él. Lloraba mucho últimamente, quizás veía que la vida se le escurría temprano; ya había gastado varias. ¡Y con tanto por vivir…!

Sabíamos que podía suceder y aún así nos tomó con la guardia baja: ¡murió Maradona…! ¿Cómo…? No puede ser… Sí, un paro cardíaco, se fue Diego. Y nos quedamos mudos, congelados. Ahora empieza a ser recuerdo, el mortal se va, queda el legado del artista, almacenado en las retinas, en los textos, en los videos. Provocó cientos de millones de “ooooooooohhhhh…” Su herencia es la magia, el asombro, la alegría que generó. Con la muerte, muere todo lo demás, sobrevive su obra.

El Gobierno decretó tres días de duelo nacional y recibirá funerales de estado en la Casa Rosada. Va a ser parecido al adiós de Gardel y de Perón, a esa altura. A él le hubiese gustado, seguro, algo menos solemne, un velatorio a todo volumen con la voz de Rodrigo entonando “La mano de Dios”:

-Y todo el pueblo cantó: / ‘Maradó, Maradó…’ / nació la mano de Dios / ‘Maradó, Maradó…’ / sembró alegría en el pueblo / regó de gloria este suelo…

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Neymar: ¿Qué pasó con este fenómeno…?

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 11 de octubre de 2021 / 08:01

“Es un exjugador”… “Está quemado físicamente”… “Está gordo”… “Ya es ultramillonario y no le interesa más el fútbol”… “Un juerguero”… “Lo inflaron”… “La pasa peleando con los rivales”… “Exagera cualquier golpe”… “Es un niñato”… “Puro marketing”… “Vive para las fiestas, no para el fútbol”… “No está ni entre los primeros cien cracks de todos los tiempos”… “Nunca ganará el Balón de Oro”…

Además de los millones que recoge por sus contratos varios, Neymar cosecha animadversión en iguales proporciones de los hinchas de todo el mundo, un caso insólito por tratarse de un jugador fascinante que, efectivamente, no ha logrado las cotas que se esperaban de él dadas sus extraordinarias habilidades futbolísticas. Lo increíble es que la inmensa mayoría de esas críticas provengan de Brasil, su país, y de Francia, donde acomete su quinta temporada y donde semana a semana tiene roces con rivales y árbitros. ¿Cuál es la razón de tanta animosidad contra él…? Posiblemente el exceso de prensa del personaje y su propia altísima exposición. Pasa con James Rodríguez. Es tanta la propalación de noticias sobre su figura que luego termina jugándole en contra. Porque no puede devolver con fútbol y éxitos el nivel de expectativa que genera. Aunque, al menos, Neymar juega.

Más allá de la relación público-atleta, el mundo del fútbol se pregunta qué pasa con Neymar, por qué es tan bajo su nivel. Sólo Ney podría responderlo. Pero está convertido en un jugador común. Bueno, pero normalísimo. Un auténtico monstruo de la gambeta (esto es indiscutible) no puede superar una marca, lo enciman y se la quitan. Un crack del pase no logra meter una bola filtrada para dejar sólo a un compañero de cara al gol. Un muchacho velocísimo como era, acelera, pero no consigue superar la línea del rival. Y cada vez menos y menos goles. Un atacante que llegó a marcar 43, 42, 31 goles en otras temporadas, en las dos últimas sumó 19 y 17. Siete de estos 17 fueron de penal. Y en lo que va de este curso, apenas un tanto, también de penal. Lo mismo acontece con las asistencias: llegó a servir 27, 25, 22 goles a sus compañeros; esa cifra ha bajado dramáticamente a 13, 12, 11. Ahora lleva 2.

Eso, en sus distintos clubes (Santos, Barcelona, PSG). En la selección verdeamarilla es un calco. Alcanzó años de 15 y 9 goles con Brasil, luego cayó a 3, 1, 3, ahora lleva 5, tres de ellos mediante la pena máxima. Una caída de estrépito, casi inexplicable. Se fue alejando del arco rival y también fue cediendo protagonismo en el armado. Hoy seguramente Tite alistará a Everton Ribeiro (de gran presente en Flamengo) y a Lucas Paquetá, para que lo ayuden en la construcción de juego.

Estamos hablando de un deportista de élite con apenas 29 años, una edad perfecta para ser el rey del fútbol. A los 29, Di Stéfano estaba empezando su leyenda con el Real Madrid, Pelé todavía era una máquina, Messi y Cristiano Ronaldo pasaron las 60 anotaciones. Es como que Ney se cansó de correr detrás de Messi y Cristiano por el número uno y se echó a un costado del camino. Y es perfectamente entendible, los dos son animales competitivos como el fútbol nunca vio, irrenunciables a la idea de seguir en lo más alto pese al almanaque. “Estuvo diez años peleando contra el mejor de la historia (Messi) y contra un individuo que tiene la cabeza de titanio (Cristiano), es lógico que pueda haber abandonado esa carrera. No le dio, pero Neymar era más que Romario, Rivaldo, Ronaldo, tenía más cosas. Incluso está como segundo goleador de la historia de la Selección Brasileña detrás de Pelé. Y lo puede pasar, sólo le faltan diez goles”, nos dice Héctor, seguidor en Twitter y agudo analista del juego. También es factible que cediera a la presión que le impusieron sus propios compatriotas, ávidos de tener un sucesor de tantos fenómenos anteriores. Incluso que lo abrumaran las constantes predicciones de Pelé, Kaká, Cafú, Roberto Carlos, Thiago Silva de que sería el rey del fútbol. Durante años fue algo semanal. Ahora acallaron sus voces.

Hoy está en el puesto 12 entre los favoritos al Balón de Oro, y eso que juega en Francia, donde entregan el premio. Claro que ahí lo ven semana a semana y pueden palpar su rendimiento de primera mano, que es menos que discreto..

Este declive lleva ya demasiado tiempo como para denominarlo “un bajón momentáneo”. Y se entiende que, rumbo a los 30 calendarios, puede alcanzar todavía una óptima condición atlética, pero ya no tendrá la velocidad ni el deslizamiento de los 19 ó 20. Siempre decimos que, cuando él tenía 21 ó 22 años, enfrentaba zagueros de 29, ahora se invirtió: él tiene 29 y debe cuerpear y desnivelar a zagueros de 21 ó 22. Al momento de llegar al Barcelona, a mediados de 2013, Ney era un avión, una gacela, parecía andar en patines, tiraba el balón hacia adelante y pasaba como un rayo entre tres, ahora lo adelanta y no puede sacar ese medio metro que necesita el atacante para desnivelar. Por eso mismo se fue retrasando en el campo. Manuel Pellegrini nos dijo en una entrevista en 2002: “Hay dos cosas que un delantero no puede ser: lento y cobarde. Sino no desequilibra nunca”.

“Se me falta el respeto”, declaró al llegar a París tras la triple fecha eliminatoria de septiembre, en la que sus actuaciones fueron tan pobres que le llovieron palos en Brasil, incluso de exjugadores hoy dedicados a comentaristas, siempre muy benévolos entre colegas. Walter Casagrande, centrodelantero corintiano de los ‘80, muy escuchado en TV, es particularmente duro con Ney: “No es el jugador que precisamos para la Copa del Mundo”.

Ayer, la sombra de Neymar deambuló por Barranquilla. No pesó en absoluto, los volantes y defensores de Colombia le quitaban la pelota con facilidad de asombro. Dos días antes había anunciado en su propia cuenta de Twitter que quizá el de Catar sea su último Mundial. Olió a retiro cercano.

No será fácil que se repita un futbolista de virtudes tan infrecuentes: técnica suprema, gambeta frontal, velocidad, excelente disparo de derecha, vocación ofensiva, fantasía, gol, alegría para jugar y combinar. Pero está escrito que con las condiciones solas no se llega a la cima, hay que acompañarlas con actitud, mentalidad, constancia. El mejor parámetro de comparación es Cristiano: siendo muchísimo menos dotado futbolísticamente ha logrado diez veces más.

Ningún jugador se termina a los 29. Hay que esperar -y desear- que vuelva a niveles de excelencia, hoy mismo puede empezar ante Venezuela. No obstante, ya es un crimen de lesa fútbol, un desperdicio. Debutó en 2009, por aptitudes podría haber alcanzado niveles estratosféricos. Pero le fueron pasando los años y no se le dio. Y ahora está irreconocible. Quizás logre coronar en el Mundial del año que viene. Está a tiempo.

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Goleadores eran los de… ahora

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 3 de octubre de 2021 / 19:06

El fútbol está asistiendo a un extraordinario auge de los grandes goleadores en todo el mundo: Haaland, Lewandowski, Cristiano, Messi, Lukaku, Suárez, Falcao, Mbappé, Benzema… Ibrahimovic y Agüero alejados un tiempo por lesión… Incluso Neymar, a quien habitualmente no se considera goleador pero ya toca los 400 goles (van 399) y seguro hará cien o doscientos más, le dan los años y la calidad. Cavani (422)… No hay partido que no se anoten. Toda la vida hubo delanteros letales: Puskas, Di Stéfano, Pelé, Eusebio, Spencer, Gerd Müller, Cruyff, Romario, Zico, Kempes, Hugo Sánchez… Pero sólo algunos fueron contemporáneos entre sí. Ahora estamos viendo trece o catorce artilleros que comparten época y todos lucen encendidos.

“Hubo otros: el Gordo Ronaldo, Zamorano, Salas, Vieri, Adriano, Raúl y puedo continuar”, nos dice Karib Gómez, un seguidor en Twitter. “Batistuta, Kluivert, Del Piero, Crespo, Trezeguet, Henry, Van Nistelroy…”, agrega Miguel Tolmos en la misma red social.

Buen aporte. Pero la mayoría de los que nombran dichos lectores están a cientos de goles de los actuales. Ejemplo 1: Adriano se retiró con 197 goles, Haaland, que recién está empezando, suma ya 175 impactos. Ejemplo 2: Ronaldo Nazario, a quien todos creen un bombardero letal, ocupa el puesto 36 en la tabla histórica con 429 tantos.

Cristiano Ronaldo anotó 790, Messi 752, Ibrahimović 564, Lewandowski 544, Suárez 508… Los otros fueron buenos, pero con cifras muy inferiores. Y los enunciados al inicio continúan en actividad, pueden aumentar sus números. De hecho lo hacen casi todas las semanas.

Amigos del gol hubo toda la vida, sin embargo el fenómeno actual no pasó en otra época del fútbol. Lo que no deja de ser notable porque hoy los dispositivos defensivos son muy superiores a los de antaño. En los tiempos de Puskas, Di Stéfano, Pelé, Eusebio, atacaban cuatro y defendían tres, había enormes espacios, y abundante tiempo para resolver y ejecutar. Si se eludía a un rival, el siguiente estaba a cuatro o cinco metros, ahora está encima. Tampoco existía la presión. Hoy es todo al revés. Pocos atacantes, muchos defensas, la presión impide maniobrar con libertad, hay menos huecos por donde pasar. Y hasta el equipo más ofensivo pone sus once hombres a defender en el área en cada córner o tiro libre en contra. Antes, ni remotamente bajaban los delanteros a marcar, se quedaban arriba esperando. Alfredo Di Stéfano cuenta en su autobiografía Gracias, Vieja que, por sus características y afán de cooperación, en sus comienzos en River solía bajar hasta el mediocampo, pero los mayores del equipo lo sacaban corriendo: “¿Qué hacés acá…? ¡Andá arriba…!”. Ahora, atacante que no baja a colaborar en la recuperación no juega.

Asimismo, hasta los años ’80 los equipos eran dirigidos por un técnico y un preparador físico, sólo dos profesionales. En nuestros días los cuerpos técnicos cuentan con hasta 25 preparadores y ayudantes, se analiza detalladamente al rival, hay un mar de información y se sabe hasta cómo remató los últimos veinte penales un ejecutor, dato que se pone al alcance del arquero para facilitar su posibilidad de atajar el tiro. El grado de oposición es infinitamente mayor, y aún así los matadores del área alcanzan cifras asombrosas de goles.

Antiguamente, cuando un artillero llegaba a 30 ó 35 goles en el campeonato era una cifra de escándalo, hoy ese número sigue siendo atractivo, pero no conmueve en absoluto. Messi hizo 91 goles en una temporada. No existe una explicación racional de por qué estos fenómenos marcan tanto.

“La pelota es más liviana”, se argumenta. Error. La pelota pesa y mide lo mismo que toda la vida, incluida la presión atmosférica, el reglamento nunca cambió: entre 410 y 450 gramos al momento de comenzar el juego. Y entre 68 y 70 centímetros de circunferencia. Sí es verdad que, si antes llovía, al ser de cuero y absorber el agua, se ponía más pesada. Pero en campo seco pesaba igual que ahora. Y medía lo mismo. Sin embargo, lo más extraordinario del tiempo actual son los arqueros. Todos, todos son de alto nivel, muchos excepcionales. Porteros desconocidos que uno ve en la Champions y que hacen proezas. Antes se le hacían goles inocentes a los arqueros. Es el puesto que más evolucionó y hacen verdaderos milagros en el arco. Un buen ejemplo es Diego Alves, golero del Flamengo, un hombre de 36 años, ya de vuelta del fútbol europeo, que hace tapadas de asombro como lo hemoscomprobado en las semifinales de Libertadores ante Barcelona. Pero se puede nombrar a Neuer, Oblak, Handanovic, Ospina, Emiliano Martínez, Lloris, Sommer, Alisson, Donnarumma, Ter Stegen, Keylor Navas, Claudio Bravo y decenas más. Pese a ellos, los romperredes la meten igual. Y en altísimo número.

En ese contexto que debiera serles adverso, cada uno se destaca por algo en particular. Cristiano Ronaldo es el oportunismo, no participa del juego, pero está al acecho y se sitúa al borde de los 800 goles con casi 37 años. Y en la Premier League; o sea, no hay nivel más arriba. Messi es un milagro: el único de los supergoleadores de la historia que no es delantero, volante de armado. Lewandowski muestra una regularidad de asombro en una liga durísima, juega siempre y, aunque ya tiene 34 largos años, pinta para alcanzar las 700 conversiones, sobre todo si en los próximos años pasa a un fútbol menos exigente que el alemán. Lo de Suárez es fabuloso porque mostró su olfato con la red en Holanda, Inglaterra y España, siendo cañonero en todas. Un demonio difícil de marcar para los zagueros.

Haaland es una tromba humana, una fuerza de la naturaleza que convierte de las maneras más diversas: atacando, contragolpeando, de cabeza, reboteando, de zurda, de derecha, de media distancia. Benzemás es un artista, un exquisito que tanto puede concretar él como servírselo a un compañero. Lukaku, un oso con botines y camiseta, un gigante con un apetito voraz por hacer red. Mbappé es velocidad y potencia puras. Tenemos que celebrarlo, los goleadores de 300 y 400 goles quedaron muy atrás, ahora estamos viendo a los de 500, 600 y 700. Y siguen. Enhorabuena.

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Jugadores en redes sociales

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 27 de septiembre de 2021 / 12:01

Nadie desea lo que ya tiene… Excepto James Rodríguez. Es un hombre inmensamente rico, pero va por más. El Al Rayyan le permite incrementar su ya fabuloso salario con menos responsabilidades y, naturalmente, sin demasiado esfuerzo. El Everton le pagaba honorarios de superstar, pero había que demostrar, en cambio la liga catarí, notablemente menos rigurosa que la inglesa, compra notoriedad: le ofrece tres años relajados con un opíparo contrato. Fuentes evertonianas afirmaron que James percibía 200.000 libras semanales, unos 14.248.000 millones de dólares anuales, sueldo de superestrella. En Catar se lo habrían mejorado.

Su agente, Jorge Mendes, lo tiene claro: lo que cotiza es la fama, no el rendimiento. Su método infalible para mantener su mercadería en el estante de arriba es que se hable todo el tiempo de ella, en los medios y en las redes. Da resultado: hay millones que disfrutan leyendo cada artículo sobre su héroe. Aunque no juegue, eso no tiene la menor importancia. Pero que se hable, de sus contratos, del número de seguidores en Instagram, del yate, de la modelo, de los autos de lujo… Esto explica que aparezcan tres, cuatro, cinco notas de prensa diarias de un futbolista que no actúa hace casi cinco meses (aunque cobra puntualmente, de aquí o de allá). Ni Messi ni Cristiano Ronaldo gozan de tales caricias de la prensa.

Su decisión de irse de Inglaterra a los 30 años es incomprensible a los efectos deportivos, pero perfectamente respetable desde lo personal. Es dueño de su carrera. Lo significativo es que, inversamente proporcional al declive de su rendimiento en el campo, aumentan su salario y su popularidad. Ya van seis años que la flecha de su parábola futbolística desciende sin parar. Es la curiosa realidad de los jugadores de redes sociales: gran éxito de la raya de cal hacia afuera, pobre respuesta dentro. Un caso similar al de José Mourinho, cuanto peor le va, más rico es: a la par de cobrar estruendosas indemnizaciones por despido (a causa de malas campañas), lo contrata otro club por una suma sideral en la esperanza de que vuelva a ser el técnico ganador de antaño.

Esa parábola no sólo marca su escasa aportación en el campo, también dice que juega poquito, mucho menos que la mayoría. En sus 12 temporadas en Europa, desde octubre de 2010 hasta hoy (esta ya empezó), el volante cucuteño disputó 24.417 minutos en sus cinco clubes: Porto, Mónaco, Real Madrid, Bayern Munich, Everton. Esto se traduce en 271,3 partidos reales, o sea de 90 minutos. A su vez registra 80 presentaciones en Selección Colombia. Total: 351 cotejos. Cristiano Ronaldo, ya cercano a los 37 años, contabiliza en el mismo lapso 520 juegos en clubes más 104 en la Selección de Portugal. Redondeando: 624. Casi no ha tenido lesiones CR7 porque se cuida científicamente, tiene alma de número uno. Por su parte Messi, con 34 calendarios encima, suma 534 en clubes y 97 con la camiseta nacional, o sea 631. Otro que llega dos horas antes al entrenamiento y tiene un gimnasio en su casa y una cancha para practicar tiros libres. Cotejado con dos profesionales de mucha más edad y ultramillonarios, pero con hambre de gloria, James pierde feo: los viejitos lo doblan en presencias y siempre están disponibles, no se quieren perder ni un minuto de ningún partido.

La gélida despedida del Everton, a donde lo llevaron como estrella, es similar a su salida del Madrid y del Bayern. No lo extrañarán. Los medios no afines a Mendes hablan sin rodeos: “fracaso”, “Calamity James”. Culpar a Rafa Benítez de su salida tiene poco sustento, como no lo tenía demonizar a Zinedine Zidane o Niko Kovač. Ningún técnico juega en contra de sus propios intereses; el que tiene un crack, lo pone. Quien no la va a tener fácil ahora será Reinaldo Rueda. El entorno James y el grupo Mendes lo someterán a una presión feroz para que lo incluya en la Selección y esté en Catar 2022, porque desde ahora la Selección será su único canal de visibilidad. Y porque no se puede jugar el Mundial en el pequeño emirato con el 10 en la tribuna. Deberá incluirlo o las redes sociales hostigarán duro al técnico caleño.

“Indisciplinado”, “farrero”, “agrandado”, “no entrena”… Son algunas de las etiquetas que sus críticos le cuelgan a James. No adherimos. No nos consta. Y nunca, en más de cuarenta años de periodismo, nos hemos permitido cuestionar la vida privada de un deportista. ¿Quiénes somos los periodistas para hacerlo…? ¿Quién cuestiona nuestras vidas…? Pero el rectángulo es otra cosa. Allí salta el atleta a ofrecer su espectáculo y el trabajo del hombre de prensa es opinar de lo que ve, es libre de hacerlo. Desde aquel gol sensacional a Uruguay en Brasil 2014 -todos saben cuál-, se instaló en el imaginario popular que estábamos frente a un grande del fútbol; todos supusimos en ese mismo instante que había un nuevo supercrack (también el Real Madrid). Nunca lo refrendó. Esa maniobra bellísima y perfecta lo depositó en la élite, y Mendes se encargó de amplificarlo, le consiguió sueldo de élite, pero en el césped no logró demostrar ser parte de ella. No tuvo la actitud, se fue apoltronando. Y la actitud es una de las condiciones esenciales. No tiene nada de malo, simplemente no es aplaudible. Se conformó con la fama y los ingresos. Está bien, es su elección.

Nunca un gol facturó tanto. Porque lo que todos compramos fue ese gol. Nadie hace semejante gesto técnico si no es muy bueno. Sin embargo, resultó como el escritor de una sola novela, que asombró al público y luego no volvió a sentarse ante la máquina de escribir.

Liverpool Echo, un medio seguramente vinculado a Mendes, hablaba de números excepcionales de James en Everton. Una irrealidad (por no decir otra cosa). La verdad es que con el paso de los años cada vez fueron menos partidos jugados, menos minutos, menos goles y asistencias, menos recorrido en campo y menos incidencia en el juego. Sólo algunos de sus centros fantásticos, algunas pelotas filtradas brillantes, chispazos y poco más.

La última: Falcao. Tiene el mismo representante que James. También pudo haberle dicho: “No seas malo, conseguime Catar a doce kilos por año”. Pero eligió el Rayo Vallecano, una opción más deportiva, volver a una liga de máxima resonancia como la española. Cada gol ahí vale por cinco en el mundo árabe. Y con toda seguridad ha resignado mucho dinero. El Rayo apenas llega a fin de mes. Pero se lo ve feliz al goleador. Y cada gol suyo lo festejamos como nuestro. Ojalá las lesiones no lo damnifiquen. Y ojalá James lea esta nota, se llene de rabia y nos quiera demostrar. Lo celebraremos también.

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Hasta las redes lo lloran

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 19 de septiembre de 2021 / 20:15

Sin conocerlo, nadie lo hubiera elegido para número 9. No daba, era rechoncho y no muy alto. Gordito, le decían. Pero sus piernas eran dos árboles. Su colocación, su velocidad mental y sobre todo sus cuádriceps de acero fueron determinantes para el fútbol alemán. Cuando él clavaba la zurda en el suelo para darle espacio al derechazo, contra esa estaca podía chocar un pueblo: no la movería un centímetro. Y con la diestra facturaba. ¡Sesenta y cuatro centímetros de cuádriceps le midieron los médicos…! Sólo con eso ya podía ser futbolista. Sin embargo, tenía mucho más… Un instinto casi animal para el gol, la fuerza y el carácter indomable de un jabalí. Así defendía la pelota. Luego giraba y pum, adentro…

“Lo pondría al nivel de Van Basten, aunque Müller desequilibra por ser campeón mundial”, nos escribió un amigo peruano desde Canadá. Error: Müller tal vez fuera menos elegante que el holandés, pero casi lo triplica en goles y lo aplasta en títulos. Van Basten fue un artillero excepcional, Müller además era feroz. Vivía pastando en el punto del penal hasta el momento de entrar en acción. Allí liberaba la fiera montañesa que llevaba dentro, anticipaba con impresionante decisión de cabeza o con el pie y definía con potencia y justeza. Poseía, como los muy grandes, un grado de concentración absoluto. Marcado por auténticos carceleros, a veces tocaba dos pelotas en todo un partido. No obstante, seguía al acecho, atento, esperando una bola. Y en esa definía el pleito. Todo ello a pesar de que, cuentan, padecía un problema crónico: sufría de insomnio; no dormía bien antes de los partidos.

Gerd Müller es, seguramente, el máximo romperredes de la historia del fútbol si computamos cantidad de goles, torneos donde fueron marcados, importancia de los mismos, títulos que posibilitaron y promedio por partido. Sólo un puñadito de próceres estaría en condición de discutirle el trono: hablamos de Pelé, Di Stéfano, Puskas, Eusebio, Romario, Messi, Cristiano Ronaldo. Y quién sabe…

Hace un mes falleció el verdadero Müller, los demás son copias. Es increíble, hay muertes de ídolos que impactan más que la de un tío o de alguien cercano. Me pasa con este señor al que nunca conocí. En muchos otros países hubiese recibido funerales de estado, en Alemania su partida no mereció ni una tapa de los grandes diarios nacionales. El popular Bild al menos le dedicó un recuadrito con una foto en portada y la leyenda “Gracias por todo, Gerd”. Y algún que otro periódico regional publicó su foto en la primera plana. Son menos pasionales. “Es realmente muy pobre el homenaje que le hizo la prensa alemana -nos dice Hernán Jorge, argentino y futbolero que lleva muchos en la patria de Goethe-. El Spiegel apenas le sacó un obituario de una columna, algo ínfimo. Yo entiendo que ya se dijo y se escribió todo sobre Gerd Müller, no pedía un suplemento especial, pero sí que saliera en la tapa de todos los diarios”.

En atletismo y en cuestión de goles es difícil contrariar los números. Pero, aunque otros marcaron un poquito más, Gerd Müller fue el más extraordinario hombre de área que este cronista haya visto. No malgastaba un segundo en hacer un amague o una finta, era simple, práctico y letal. Asolaba defensas. La media vuelta, el cabezazo y el remate punteado eran su marca. Resultaba imposible marcarlo. Si había que volar para conectar una pelota de aire, literalmente volaba. Y si había una remota posibilidad de llegar a la pelota un centímetro antes, era gol de Müller. No se acomodaba ni demoraba una milésima de segundo en patear al arco, lo tenía claro: pronto es más efectivo que lindo. “Hay que hacerlo rápido o ya no lo haces”, decía. Nadie reaccionaba con más presteza. Con zurda, con derecha, de puntín, desde el suelo, cayéndose, con perfil o desacomodado, si pescaba la pelota, ésta iba al arco. Y entraba, era más rápido que la reacción de los arqueros y los defensas. Recomendamos un video para apreciar su virtud: bit.ly/3CYmglt

Beckenbauer lo adoraba. Lo va a sufrir mucho. Siempre ha dicho: «La grandeza del Bayern no me la deben a mí, todos se la debemos a él, a sus goles». Y es cierto. Fue una máquina goleadora, marcó 735 tantos en 793 partidos, a un asombroso promedio de 0,93 por juego, exactamente el mismo que Pelé. «Aunque ya hace tiempo lo veíamos venir, la noticia me cae como un rayo. Era un tipo fino y mucho más sutil de lo que muchos piensan. Gerd y yo éramos como hermanos”, comentó el Kaiser al diario Bild. “Antes de los partidos, Gerd me pasaba a buscar para después irnos en el micro con el equipo. Si me retrasaba me decía ‘Apúrate que llegamos tarde’. Y yo le replicaba: ‘Gordito, sin nosotros el Bayern no va a ninguna parte’».

La revista Kicker publicó una larga entrevista a Rummenigge acerca del Bombardero de la Nación: Dice Karl-Heinz: “Cuando lo vi a Müller por primera vez, me salió tratarlo de usted, pero él me dijo ‘Chico, jugamos en el mismo equipo. Soy Gerd’». También él recordó las palabras de Beckenbauer: “Franz dice que si no fuera por Müller, el Bayern todavía estaría jugando en su viejo estadio de tablones”. Y agrega: «Nunca voy a olvidar su positivismo, su sonrisa, su sentido del humor y por supuesto sus grandiosos goles. El área era su lugar. Un paso adelante, uno para atrás, otra vez para adelante, otra vez para atrás, hasta encontrar los pocos centímetros que necesitaba para meterla en la red. Eso, además de las paredes que hacía con Beckenbauer».

Todos sus compañeros lo idolatraban, incluso por encima del gran capitán. Rainer Bonhof es contundente: «La importancia de Gerd es gigantesca. Él convirtió a Alemania en una potencia del fútbol mundial. En la final del ’74 le di el pase para que haga el gol del triunfo, y después le dije en broma: ‘Vos eras el único que podía hacer algo con esa pelota’. Típico gol de Gerd, de la nada». Günter Netzer, aquel gran centrocampista que brillara en el Real Madrid, lo mismo: «El mejor jugador alemán de todos los tiempos fue Beckenbauer, pero Gerd Müller fue el fenómeno más grande. A veces hacía cosas que ni él mismo entendía. Era puro instinto.»

A diferencia de todos los demás futbolistas del mundo, Gerd ganó todos los títulos posibles siendo el héroe en cada uno de ellos. Nunca “participó”, siempre “protagonizó”. Bayern Munich era, hasta 1964, un club de orden regional. Ese año ganó el ascenso a la Bundesliga gracias, en buena medida, a los 33 goles de un retacón jovencito de 19 años, de gesto siempre adusto, casi hosco: Gerd Müller.

A partir de allí marcó todos los goles que fueron necesarios para que el Bayern se transformara en el club más fuerte de Alemania, de Europa y del mundo durante años. En 15 temporadas en el club muniqués anotó 365 veces sólo en la Bundesliga (ganó cuatro). Siete años fue máximo artillero de Alemania (67-69-70-72-73-74-78). En seis temporadas registró más goles que partidos jugados. Siempre con cifras bonitas: 30, 33, 36, 38, 40.

Sumó 78 tantos en la Copa de Alemania (obtuvo también cuatro) y 66 en las Copas de Europa (tres veces seguidas logró lo que hoy es la Champions). Es el único artillero del mundo de selecciones que tiene más goles que partidos jugados: registra 68 gritos en 62 salidas al campo. Ni Pelé ni Di Stéfano ni Eusebio pueden mostrar estas credenciales.

Paul Breitner se emociona al evocarlo: «Para mí, Gerd Müller fue el más grande jugador de mi vida. El fútbol pierde a un goleador único, capaz de hacer desde la nada los goles decisivos. Gerd es el cimiento sobre el que está construido el Bayern de nuestro tiempo. Lo llevó al nivel de los clubes más grandes. Jugar con él fue lo máximo que me pasó como jugador”.

Y era cero marketing, cero prensa; nunca hablaba. Sólo abría la boca para gritar “Goooollll”.

(19/09/2021)

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Sin mística no se puede ni entrar a la cancha

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 12 de septiembre de 2021 / 16:30

Brasil se perdió en el horizonte, Argentina ya se ve más chiquita. Uruguay va enrumbado, Colombia se enderezó y puso proa en igual dirección que ellos. Y Ecuador está entre que voy y me quedo, pero es la mejor de todas las embarcaciones restantes. Así está hoy el mar de la Eliminatoria. Que difícilmente cambie mucho de aquí a fin de marzo próximo, cuando quede definida la grilla sudamericana para Catar 2022. El 4 de octubre pasado, como previa al comienzo de la carrera mundialista, titulamos una columna “Argentina, Brasil, Uruguay, Colombia y…” Sugeríamos como quinto a Ecuador. Era el panorama que pintaba en el fútbol continental de acuerdo a la potencialidad de los diez competidores, la cual se compone de calidad y cantidad de jugadores, categoría de su cuerpo técnico, tranquilidad y capacidad institucional de cada federación para acometer la empresa.

Un año después, muy poco ha cambiado. Los fuertes siguen siéndolo, acaso Argentina está mucho más sólida y en crecimiento, y Colombia ha recuperado la fortaleza futbolística y la confianza para ser nuevamente competitiva, como corresponde a los jugadores que posee. Y en lo individual, salvo Luis Díaz, no han aparecido nuevas estrellas en la región. Hubo, sí, un cambio radical: tras disputarse la cuarta fecha, Chile le ofreció a Colombia a Reinaldo Rueda. A como diera lugar quería sacarlo porque negociaba a sus espaldas la contratación de Matías Almeyda y, para no pagarle indemnización, le consiguió equipo (lo confirman los magníficos periodistas chilenos Danilo Díaz y Juan Cristóbal Guarello). Dado el pavoroso inicio de Carlos Queiroz, la Federación Colombiana aceptó. Finalmente, Almeyda desistió de ir a La Roja y Chile, urgido, desesperado casi, tomó al primero que vio, el uruguayo Martín Lasarte, que estaba en Santiago por razones personales. Fue un cambio decisivo en la clasificatoria. Chile era sexto con 4 puntos, 6 goles a favor y 6 en contra; Colombia séptimo también con 4 y un saldo goleador deficitario de 6 / 11. A partir de ahí se realizaron cinco jornadas: hoy Colombia es quinto con 13 puntos y en goles está 16 a 16; Chile es octavo con 7 unidades, 9 goles marcados y 13 recibidos. Un vuelco fundamental propiciado por la propia dirigencia del fútbol chileno. Ni a Bartomeu se le hubiera ocurrido. “Rueda nunca pidió permiso para negociar con su país, lo ofrecieron”, escribe Guarello.

Si ambas selecciones mantenían a sus entrenadores, hoy la tabla cantaría otra canción. Pero así se dio. Fuera de ello, asistimos a una maratónica y convulsionada triple jornada en ocho días, con viajes transcontinentales de ida y vuelta, enfrentamientos entre clubes y ligas con la FIFA por la cesión de futbolistas y el lamentable atropello de Brasil en su partido frente a Argentina. En el medio, los arbitrajes que solemos lamentar en Sudamérica. Hace tiempo no sentíamos la punzada de la injusticia como en el Uruguay 1 – Ecuador 0. El juez brasileño Daronco, ya tristemente célebre, ignoró dos patadas monumentales de Bentancur y Nández. Les mostró amarilla cuando eran para una noche de calabozo. ¿Y el VAR…? Bien, gracias. Uruguay (con la reciedumbre de sus grandes épocas) debió haber jugado un largo rato con nueve. Pero en el minuto 92 llegó al gol gracias a un fantástico desborde por derecha de Nández, quien ya debía estar duchado y mirando desde la platea. Y antes hubo un penal clarísimo de Giménez a Michael Estrada, pasado por alto también por el mencionado Daronco, quien lisamente decidió el resultado. Ecuador, el país entero, se sintió robado, impotente, con el pecho saliéndosele por la garganta. Estas perlas negras pertenecían al pasado, no deberían suceder más. Daronco las exhumó.

Hubo también páginas blancas. Una fue la estimulante victoria de Colombia 3 a 1 sobre Chile. Que se pareció mucho a aquellos inolvidables primeros tiempos de Pekerman. Volteó a un rival que “era” directo, lo hundió en la tabla, sigue invicto con Rueda y sumó de a tres. Pero lo relevante fue su fútbol penetrante, veloz, potente, hasta con lujos. Fue un equipo seguro de sí mismo, confiadísimo. La tarea de reconstrucción de Reinaldo Rueda en sólo tres meses es asombrosa. Los jugadores querían tocar, demostrar, hacer goles. Eso muestra el clima interno actual. Queda toda una rueda y es brava la carrera: le falta jugar dos partidos con Brasil, visitar a Uruguay y Argentina, pero ahora respira otra brisa y sopla viento de popa.

Otra página agradable es el presente de la Selección Argentina, que crece de a pasitos cortos, pero está, como Colombia, cada día mejor de la cabeza. Eso le permite mejorar su fútbol, desarrollarlo con mayor convicción. Ganó los dos partidos (3-1 a Venezuela y 3-0 a Bolivia) derramando situaciones de gol. Scaloni, al final, ha hecho un trabajo magnífico, tapando muchas bocas (la de este cronista incluido). Silenciosamente logró el recambio, armar un EQUIPO. Y rodear mejor a Messi, algo que todos proclamaban y ninguno gconseguía. Messi se siente feliz ahora con la celeste y blanca. Y, como dice Guardiola, “si Messi está feliz, hay paraíso”. Pese a jugar sólo 25 minutos en el PSG en el término de 60 días, fue el eje de los dos triunfos y marcó un triplete bellísimo a Bolivia con el que batió el récord de Pelé en materia de goles seleccionados. También se convirtió en el máximo artillero histórico de las Eliminatorias Sudamericanas. Pero, como siempre, lo más trascendente en él es la belleza de su juego, de sus goles elaborados, artísticos. Ya definitivamente en su rol de armador, mucho más retrasado en el campo, lleva 17 años en el mismo altísimo nivel de excelencia, algo que el fútbol jamás había visto. Cuida su cuerpo científicamente, llega dos horas antes al entrenamiento y, aunque está en la lista Forbes de los ultramillonarios, muestra un deseo irrefrenable de jugar todo, de no perderse un minuto ni en su club ni en la selección. Su gen competitivo es notable. Si fuera por él, quisiera que ya fuera octubre para acometer la siguiente triple fecha eliminatoria.

¿Y Bolivia…? Da la impresión de que participa por participar, porque lo obliga el reglamento. Hay que viajar, viaja; hay que presentarse a jugar, se presenta; hay que patear para aquel lado, patea… Se le advierte cero mística. Y la mística de un vestuario la crea el director técnico. Si el entrenador empieza con excusas entonces que no acepte. Fernando Costa asumió con la Eliminatoria empezada y el técnico puesto. Para la próxima es preciso revolucionar el proceso. No es un tema menor, la selección viste los colores del país, cuando sale a jugar tocan el himno nacional, si gana alegra a toda la nación, si pierde la deprime. Esta verde no representa a su gente.

El Brasil de Tite no deslumbra, pero en resultados es una apisonadora y aún con once bajas (los jugadores desafectados de la Premier League y de Rusia), consiguió puntaje perfecto ante Chile y Perú. Otro que aprovechó en grande fue Uruguay: obtuvo 7 puntos de 9 y desbancó del tercer puesto a su vencido Ecuador. En Paraguay estaba “casi echado” el DT Eduardo Berizzo, pero Venezuela, el gran salvador de todos, le tiró una soga y sigue en competencia: sexto a dos puntos de Colombia. Ambos se verán en noviembre en Barranquilla.

Queda por resolver el escándalo de Brasil-Argentina. Que un particular armado entre en un campo de juego mientras se disputa un partido de Eliminatoria de un Mundial que están viendo millones y empiece a arrear jugadores no se vio nunca, ni en la selva. FIFA habilitó a los jugadores en planilla, podían jugar. Y, como confirmó el presidente de Conmebol (también vice de la FIFA), “El protocolo firmado por los diez gobiernos del continente les permitía ingresar a Brasil, desde Inglaterra o desde cualquier país del mundo”. Alejandro Domínguez agregó: “De última, si los querían detener igual podían haberlo hecho antes o después del partido”.

Es una ley del fútbol que está en el reglamento de la FIFA: el local es el responsable del espectáculo. De su celebración y consecución. Quien debe dar las garantías para su normal disputa. No puede ser el que invada el campo de juego y aborte el encuentro. Sería el fin del fútbol si cualquiera puede entrar y suspender un partido por la causa que fuera. Sentaría un precedente nefasto. A partir de esto cualquiera presentaría una denuncia falsa en una fiscalía y sería suficiente para interrumpir y abortar un partido. El fútbol tiene garantías, se las da el mismo país anfitrión. No se puede entrar con un arma y suspender un partido llevándose preso a uno, dos o tres jugadores.

La FIFA está debilitada como nunca. De no ser así podría aplicar una sanción durísima a Brasil. En 1989 el arquero Rojas simuló ser impactado por una bengala en el Maracaná y se cortó él mismo. Chile se retiró del campo. La FIFA lo eliminó de dos Mundiales. Pero Infantino no es Havelange, que resolvía con el hacha. Este arregla con apretones de mano y palmadas en el hombro.

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