Voces

lunes 18 ene 2021 | Actualizado a 13:32

El Diego: cuatro silencios

Silencio uno: cada vez que Maradona agarraba la pelota en San Mamés, la hinchada del Athletic Club guardaba un extraño silencio, muy parecido al que se produce en el circo segundos antes de un triple mortal sin red

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo

/ 30 de noviembre de 2020 / 21:51

Dice Charly García que lo importante en una pieza musical no son las notas sino las pausas entre ellas. No hay música sin silencios. La vida del Diego fue un permanente cántico de barra interrumpido por silencios abismales.

Silencio uno: cada vez que Maradona agarraba la pelota en San Mamés, la hinchada del Athletic Club guardaba un extraño silencio, muy parecido al que se produce en el circo segundos antes de un triple mortal sin red. El bullicio propio de la vieja “Catedral” se transformaba en una ausencia de ruido expectante ante cualquier posibilidad de milagro. Esa tarde de septiembre de 1983, lo único que escuché desde el fondo norte fue el tobillo partido del Diego tras una durísima entrada de “Goiko”. Después se calló la tribuna bajo un espeso manto de nada.

Silencio dos: volví a ver a Maradona cuando regresó a Bilbao nueve años después, en octubre de 1992, para debutar con el Sevilla de Bilardo tras su paso como nuevo dios por Nápoles. Con la camiseta blanca impoluta, 32 años y sobrepeso, el Diego alabó al estadio donde había sufrido su peor lesión: “San Mamés es precioso, divino”. Horas antes del “match”, tomó un café en el hotel de concentración con Andoni Goikoetxea, su “verdugo”. El silencio volvió cuando agarró una pelota para ejecutar una falta al borde del área que acabó en gol. El primer abrazo que recibió fue de un “cholo”, el Simeone.

Silencio tres: cuando a mediodía del pasado miércoles, la noticia de la muerte de “Maradó” nos despertó a todos, la primera sensación después del estupefacto fue una rara ausencia de palabras. La incredulidad recorría el planeta. Cuando la mala nueva comenzó a ser asimilada, los cánticos entre lágrimas y nudos en la garganta lo inundaron todo. Jamás un entierro estuvo rodeado de tanta pasión, de un sufrimiento colectivo del tamaño del cielo.

Silencio cuatro: el cementerio privado de Bella Vista está custodiado por la policía. A lo lejos se va apagando la última barra emocionada. La vida del Diego, el futbolista más grande, se ha callado para siempre. Fue y es mito popular, símbolo de rebeldía contra los poderosos y encarnación de la magia del talento que cultivó como nadie el arte del silencio, el grito más fuerte. Ahora que duele respirar, queda la gratitud. No hay música -ni cántico ni marcha triunfal- ajena a los silencios. Gracias, compañero Diego.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Fútbol y tele, una burbuja

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo

/ 18 de enero de 2021 / 08:47

¿Vive el mundo del fútbol una burbuja respecto a los derechos de televisación? Pareciera que si. Las empresas pagan al alza y los clubes contratan jugadores con sueldos estratosféricos, aquí y en la China. ¿Se puede pinchar ese globo como desapareció la burbuja financiera en 2008 dando paso a una crisis estructural capitalista? Pareciera que también.

El fútbol de Francia se quedará a partir de febrero sin televisión y sus hinchas no podrán ver a sus equipos favoritos en la pequeña pantalla. La cadena que ostentaba los derechos, Mediapro –con sus equipos se retransmite el fútbol boliviano- ha roto el contrato pues las cuentas no cuadran después de que el balompié galo congelara el torneo en abril pasado, incumpliendo por ende el número de partidos a retransmitir. La otra empresa –Canal Plus- que tenía los derechos (en un 20%) ha renunciado.

¿Cuáles serán las consecuencias? Un peligroso abismo, una rebaja de salarios de los futbolistas y una fuga de “estrellas”, como Neymar o Mbappé (a pesar de que el PSG vive del dinero de una dictadura absolutista como la de Catar). Los presupuestos de algunos clubes de España o Francia llegan a ser 90% dependientes de los derechos televisivos. De tanto explotar la gallina de los huevos de oro, el “bisnes” se puede arruinar solito.

En Bolivia los sueldos que se pagan a determinadas “figuras”, cercanos a los 20.000 dólares al mes, no están acorde con la economía nacional ni con lo (poco) que se genera. Esta inflación provocada por los grandes equipos ha traido una desigualdad acelerada y una apuesta obsesiva por la clasificación a torneos internacionales. Ya no importa tanto salir campeón como asegurarse fase de grupos de Copa Libertadores o lo que es lo mismo, tres millones de dólares de un saque. Dicha “manía” está matando la propia idiosincrasia del juego: morir por dar la vuelta olímpica y levantar la Copa.

El negocio del fútbol, tarde o temprano, cambiará su forma de consumo. Del actual sistema privado de cable al “pago por ver” para cada partido y de ahí al dominio de las “viejas” plataformas, como Amazon, o las nuevas como Twitch con periodistas abriendo sus canales en ellas para adaptarse a la nueva era. La burbuja se ha pinchado en Francia. ¿Se pinchará en Bolivia también con varias empresas poniendo 50 millones de dólares y condicionando los torneos por un negocio que no lo parece?

Comparte y opina:

Los Gismondi: Un legado fotográfico rico y vivo

Luigi Doménico fue el gran retratista de La Paz. Por su estudio de la calle Comercio pasaron desde presidentes hasta caciques aymaras. 114 años después de su fundación, cierra sus puertas en el centro y se traslada a la zona Sur

Una reunión de caciques aymaras, registrados por Gismondi

Por Ricardo Bajo

/ 13 de enero de 2021 / 12:19

Un cartel da el aviso sobre una vieja puerta de madera de la calle Comercio, al 1013: “Foto Gismondi se traslada a la zona Sur” y debajo dos teléfonos, una dirección de Facebook y un correo electrónico. El mítico estudio fotográfico de Luigi Doménico Gismondi se inauguró en 1907 a una cuadra de la plaza Murillo y hoy, tras 114 años, cierra sus puertas en el centro. La familia Gismondi tiene negativos corriendo por sus venas desde hace siglo y medio: la bisnieta Geraldine sigue a pie de cañón tras heredar el oficio de su bisabuelo Luigi, su abuelo Adolfo y su madre Graciela. “Hemos vivido la fotografía en mi familia desde la cuna, está en nuestros genes”, dice Geraldine. Su madre Graciela tiene 81 años y siempre se opuso a trasladar el estudio, a hacer cambios. “Con su edad sigue sacando fotos y ese es su gran motivo para vivir”, contaba su hija el martes. Un día después, Graciela va a morir; quizás por un resfrío mal curado, quizás por el dolor de ver ese cartel sobre el número 1013 de la calle Comercio.

Luigi Doménico Gismondi llegó al puerto peruano de Mollendo desde San Remo, Italia, en 1890, huyendo de la miseria apenas unas décadas después de la unificación italiana. Viajó en barco junto a su padre Pietro, su madre María y sus tres hermanos mayores Giacinto, Stefano y Angelina. Tenía 18 años y todo un mundo para recorrer por delante. Se casó en 1901 en Arequipa con Inés Morán, una peruana de Majes, con la que tuvo catorce hijos, de los cuales solo sobrevivieron siete. Los Gismondi eran/son una familia de artistas e iban a seguir el legado de otros italianos célebres en el Perú como Bernardo Bitti y su rol fundamental en la Escuela Cuzqueña de Pintura.

Giacinto y Stefano comienzan a viajar por el vecino país y así recorren a finales del siglo XIX Cuzco, Arequipa, Lima, Chincha, Callao, Trujillo y Huacho. Son a estas alturas los Gismondi Hnos o Gismondi y Cía y sus servicios van desde los retratos al óleo, la acuarela y el pastel hasta los cuadros mitológicos/históricos y las decoraciones al estilo del Renacimiento italiano. Los hermanos de Luigi Doménico llegan incluso a pintar la “Capilla Sixtina” de Colán. Para entonces, nuestro Gismondi ya había viajado por todo el sur del Perú, el norte de Chile y toda Bolivia a lomos de una mula o simplemente caminando, siempre con su cámara de fuelle al hombro. El foto-óleo era una de las atracciones novedosas de su repertorio.

En 1904, Luigi Doménico llega por primera vez a La Paz. La flamante sede de gobierno apenas tiene 70.000 habitantes y 22 barberos. Tres años después, el italiano se instala y abre su primer estudio en la calle Yanacocha al 95 esquina Comercio en plena arteria comercial donde se asienta una nutrida colonia de extranjeros para vender telas, trajes, embutidos, cerveza y relojes. Ha conocido al presidente José Manuel Pando en uno de sus andanzas y ha logrado que lo nombre fotógrafo oficial de la presidencia. El negocio comienza a ir viento en popa con retratos de los mandatarios de turno que llegan caminando desde la antigua Plaza Mayor al estudio Gismondi. Los pongos, los caciques aymaras, los mendigos y las hermosas cholas se alternan en el tercer piso de su taller con las damas y los caballeros de la alta alcurnia paceña. Para Luigi Doménico, un rostro en primer plano es un rostro en primer plano. El racismo y el clasismo siempre quedarán fuera de foco.

El letrero de la mudanza del estudio

Por las noches, el italiano reproduce la Alameda iluminada, también hace inéditos fotomontajes y usa sus habilidades artísticas para retocar las fotos. Entonces, Gismondi decide embarcar de nuevo a toda su familia de regreso a Italia para comprar la vieja casa del padre rodeada de olivares, cerca de San Remo, junto al mar Adriático. Se va toda la prole menos dos hijos que han heredado la pasión paterna: Cesare parte a Lima para montar su propio estudio y

Adolfo se queda en La Paz. De los tres hijos que tuvo don Adolfo, solo Graciela siguió con el oficio de fotógrafa. “Desalojamos el estudio de la Comercio justo antes de la cuarentena rígida, tardamos dos días en trasladarnos en dos camiones grandes, bajamos todo, desde muebles del siglo XIX hasta viejas películas de mi abuelo Adolfo y el enorme catálogo desconocido de mi bisabuelo”, dice la bisnieta, la cuarta generación de los Gismondi.

Hace unos años, una institución de Estados Unidos llegó a La Paz interesada en la magna obra fotográfica y digitalizó unas 300 instantáneas que registran el trabajo en las minas, las ciudades de Bolivia y sus monumentos y las diferentes nacionalidades de todo el país desde el Chaco, los valles y la Amazonía hasta el altiplano. No es ni el 10% de todo un rico patrimonio que hoy está guardado en la casa particular de doña Geraldine. “Tres veces la Alcaldía ha intentado comprarme el archivo, como hicieron con don Julio Cordero, pero no hemos llegado a ningún acuerdo. Ellos quieren quedarse con los derechos de autor y yo no quiero renunciar al sello de Gismondi, ese es mi mayor tesoro y lo que me mantiene hoy haciendo fotos bajo el legado de mi bisabuelo. También quisieron darme unos 50 pesos por unos muebles de hace dos siglos diciendo que eran solo trastos viejos. Una vez también vinieron al estudio unos señores de Chile y me dijeron que las películas de cine son altamente inflamables, que tienen TNT en su composición. Lamentablemente en nuestro país no es como en otros que existen fundaciones públicas o privadas que tienen el presupuesto y el cuidado para tener todo estos materiales en buenos lugares de conservación y preservación con temperatura y luz adecuada”, añade.

Geraldine Gozálvez enseña un retrato de su abuelo Adolfo Gismondi

Geraldine todavía recuerda cómo jugaba con los químicos bajo la atenta mirada de su abuelo Adolfo. “Nos gustaba enredar con nuestras manos y asistir a ese acto de magia al ver cómo el blanco y el negro se convertían en sepia con el virado, adoraba colorear y sellar las fotos. Y me acuerdo de niña ver a mi madre batir la cola para pegar los cartones y las postales con fotos de naturaleza”, relata con nostalgia a pesar de que también rememora el frío y la oscuridad del cuarto de revelado y las manos dañadas. Su vida ha estado rodeada de negativos de vidrio, de acetato, de rollo, placas, daguerrotipos y grandes lentes. Y también de fuego y sus restos: “El estudio se quemó un día que llegó una pareja de recién casados a sacarse un retrato. El hombre encendió un cigarrillo y lo apagó en un maceta con serrín. Eso originó el incendio y se quemaron muchos negativos que hoy tienen la marca quemada. No me acuerdo si fue en vida de mi bisabuelo o unos años después”.

Geraldine Gozálvez Gismondi ha pasado en los últimos años buenos y malos momentos. Los malos se resumen en los días y semanas de octubre y noviembre de 2019 cuando el centro se llenó de gases y se vació de clientes. Luego llegó la pandemia y la posterior quiebra. Y el obligado traslado por la imposibilidad de pagar alquileres y demás gastos.

Los buenos momentos siempre llegan de la mano de los clientes más fieles. “Me siguen buscando en mi estudio de la zona Sur personas que llaman al teléfono desde Ciudad Satélite en El Alto o desde la plaza Riosinho. Son hombres y mujeres que estaban acostumbrados a pasarse por el estudio de la Comercio. Un señor mayor vino el otro día y me dijo: La fotografía más hermosa de toda mi vida me la tomaron en Foto Arte Gismondi en el año 1946, quería una copia, estoy recién buscando el original”. Geraldine suele vender también los originales de las fotos más celebres del bisabuelo, como esa que titula Hombres tirando una cuerda de 1925, obra que compró por su belleza y composición —propia de un gran artista plástico— el fotógrafo paceño Patricio Crooker.

Una de las virtudes del estudio es ofrecer fotos de antaño y retratos “vintage” con vestidos de hace un siglo que eran propiedad de las abuelas paterna y materna de Geraldine. “He estudiado publicidad, diseño gráfico y escenografía. He tomado cursos de maquillaje y de fotografía con grandes maestros como el peruano Oscar Medrano, que fue el primero en retratar a los guerrilleros de Sendero Luminoso en la selva de Ayacucho. Soy diseñadora de modas y fui bailarina con el ballet de Chela Urquidi y conozco mucho de posturas y poses. También fui modelo, por lo que sé cómo deben pararse las chicas y los chicos para una buena foto. Pero a pesar de todos los estudios y experiencia, creo que este oficio es innato”, dice Geraldine que reniega porque hoy la gente —con los celulares a bocajarro— no aprecia ni distingue una buena foto de una mala y porque hoy lo digital permite retocar todo y cambiar hasta la identidad de lo retratado.

Luigi Doménico —cuya biografía definitiva está escribiendo Miriam Quiroga Gismondi— no quiso comprar nunca los cuatro locales donde funcionó su legendario estudio entre la calle Comercio y la Yanacocha. Volvió a Mollendo para morir dos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Nunca pensó en quedarse pero se quedó. Gismondi, el gran retratista de La Paz, el gran constructor del imaginario de todo un país diverso que recorrió de punta a punta, registró para la posteridad nuestro mejor presente.

Comparte y opina:

Agárrense los corazones

/ 13 de enero de 2021 / 00:17

(‘In memoriam’, Iván Aguilar Murguía)

La última vez que te vi fue en una cancha de fútbol. No podía ser de otra manera, don Iván Aguilar Murguía. Habías subido a Villa Ingenio para charlar con Fernando Costa, presidente de la Federación Boliviana de Fútbol. Cargabas uno de tus libros no publicados, aquel que tiene todas las estadísticas habidas y por haber de la “verde” y fotografías inéditas, recolectadas durante tus viajes por toda la patria grande. Y pensar, don Iván, que ahora engrosas la larga lista de escritores nacionales que se quedaron con valiosos libros en los cajones por falta de apoyo y plata.

Aquella tarde de diciembre charlamos en las gradas del estadio alteño sobre tu nuevo proyecto, un abecedario de personajes del club The Strongest. Me preguntaste por mi fecha de nacimiento y por el día exacto en que llegué a La Paz. Y mientras veíamos el “match”, jugamos otra vez a nuestro “deporte” favorito. Arrancaba así: “Don Iván, hablemos del tetracampeonato de la década de los 20, ¿quién era el presidente del club?”. Aguilar no dudaba —nunca— ni un segundo: “El primer año, 1922, era Humberto Montes”. Y seguía la detallada biografía de un hombre clave en la primera época de The Strongest, excapitán y primer “player” boliviano en un equipo del exterior (en Colombia merced a su trabajo en la embajada boliviana en Bogotá).

No había manera de agarrarte en curva y menos cuando contragolpeabas con preguntas hasta que uno sacaba la bandera blanca y se rendía. Pocas veces he tenido el placer de charlar con alguien con una capacidad de memoria tan grande como la tuya. Tu pasión siempre me dio y me dará ánimos en los momentos de flojera. Siempre pensé que no te merecíamos. ¿Con quién voy a jugar ahora, don Iván?

Lo peor de tu repentina muerte son esos proyectos soñados que se truncan ahora para siempre. Íbamos a viajar a la tierra de tus antepasados vascos (con el arquitecto comparto un apellido materno en común, Murguía) para honrar el recuerdo del coronel Ildefonso Murguía, héroe de la batalla del Alto de la Alianza. En la entrada de tu casa, en el mirador de Killi Killi, todavía luce un retrato del Comandante de Batallón 1ª de Línea. Siempre te dije que tu sangre guerrera y stronguista (valga la redundancia) había que buscarla en el valor y las palabras de tu bisabuelo: “Rotos de espantajo, agárrense los calzones que ahora entran los Colorados de Bolivia”.

Te gustaba charlar con un singanito durante horas de fútbol e historia. Hablabas de la Guerra del Chaco y del aporte ya olvidado de tu querido club Atlético Alianza, al que llegaste a presidir. Te emocionaste cuando te llevé un banderín de la selección italiana porque te recordaba los colores de tu poderoso Atlético. Te daba bronca la desaparición del museo/salón del Tigre en Achumani y el abandono de nuestro trofeo más lindo, el plateado “Buque Quinteros”.

Te daba rabia que algún colega mío visitara la sala de los recuerdos en tu oficina de la calle Indaburo esquina Junín y no te devolviera alguna antigua revista deportiva prestada. Te enojaba que el periodismo te sacara datos históricos de tu chistera y no te citara. Te recuerdo con tu nieto Alan, en oro y negro, llegando a las butacas de la Preferencia del “Siles”, me acuerdo de ti colgado del teléfono fijo llamando a tu hija Diana hasta Santa Cruz para preguntar por la wawa y sus estudios.

La penúltima vez que nos vimos fue en El Prado hace un mes con motivo de la Feria de la Biblioteca Stronguista de Pamela y Oswaldo, que ahora llevará tu nombre y apellidos. Extrañamente llegaste tarde y rápidamente vendiste un par de libros autografiados. Jugamos por última vez a nuestro “deporte” favorito: me volviste a ganar a la tercera pregunta.

El mejor homenaje a tu vida y obra sería levantar de una vez por todas el museo del club The Strongest y recuperar todos los trofeos diseminados en domicilios de exdirigentes y/u olvidados en una sala oscura del estadio Rafael Mendoza Castellón. Cuando ese museo dedicado al club con más grande historia sea una realidad, en este siglo o en el próximo, vamos a poner tu nombre en letras gualdinegras pues nadie ha hecho ni hará tanto por recuperar y registrar nuestro pasado más glorioso. Agárrense los corazones, este es legado/ajayu de don Iván, ¡hurra, hurra!

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

Comparte y opina:

Tres equipos y tres DT

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo

/ 11 de enero de 2021 / 09:00

Uno: la dirigencia de Always está decidida a cambiar la dinámica de los fichajes en el fútbol boliviano. La intención real de traer a un técnico de primera categoría como el “´Patón” Bauza —se concrete o no— viene a graficar que la “banda roja” ha llegado a la pugna por el primer lugar para quedarse. El CAR quiere volver a vivir su década de oro: los años 50 del siglo pasado donde salió campeón dos veces y jugó Copa Libertadores. Si algo ha caracterizado la gestión de la familia Costa ha sido la ambición, no conformarse nunca y mirar siempre hacia lo más alto. Always Ready se está reforzando bien. Los dirigentes fichan, la hinchada alteña exige y el técnico de turno debe acomodarse a un plantel donde los referentes mandan y mucho.

Dos: The Strongest ha ratificado al “Flaco” Illanes. Eso ya es una buena noticia en este mundo de urgencias y prisas. El fútbol boliviano puede y debe apostar a técnicos y proyectos, más allá de los inherentes tropiezos. El modelo Simeone en el Atlético de Madrid señala el camino. El desafío del Tigre es sencillo y complicado a la vez: debe dar paso a un proceso de renovación. Consolidar nuevos liderazgos y apostar decididamente por la juventud es la tarea. Y reforzar el equipo en puestos claves: un arquero que dispute la titularidad al gran Dani Vaca, traer un central que solucione los problemas aéreos, fichar un volante central para que Wayar tenga descanso y compañía y lograr más gol arriba. Hay tres millones de dólares en la alcancía.

Tres: Bolívar sigue dependiendo de los arrebatos a control remoto y Twitter de Claure. Lamentablemente, la “Academia” se ha caracterizado en la última era por maltratar a sus ídolos. Pasó con la dupla Flores-Soria. Ocurrió antes con Ferreira y volvió a pasar con Riquelme. Sacar a once jugadores de golpe no habla bien de la institucionalidad de un club señor. Para tapar el sol de la improvisación, Claure se refugia en el dedo de un lejano Centenario. Del sueño de la cancha propia, mejor no hablemos.

Cuatro: la buena noticia hasta ahora —faltan más de tres meses para que se cierre el libro de pases y todavía no sabemos cuando arranca el torneo— es el regreso de los tres “mosqueteros” cochabambinos a la dirección técnica: Baldivieso, Soria y Villegas. Apostar por entrenadores bolivianos con tremendos “currículums” siempre será para celebrar, más allá de filias y fobias.

Comparte y opina:

Cecilio Guzmán de Rojas: arte, magia y muerte

Reproducimos el reportaje que obtuvo el segundo lugar del I Concurso Municipal de Crítica del Arte y Periodismo Cultural 'Luis Espinal Camps' 2020, en la categoría B de 'Reportaje, Entrevista o Crónica'.

El célebre 'Illimani negro' (1937).

/ 8 de enero de 2021 / 09:36

¿Por qué se suicidó el artista más grande de Bolivia del siglo XX? ¿Fue por cuestiones amorosas? ¿Fue por el trauma de la guerra del Chaco? ¿O fue el frontal rechazo a su técnica de la coagulación? ¿Tuvo algo que ver su misticismo y su afición por el ocultismo, la hipnosis y el esoterismo? ¿O fueron sus presuntos problemas psíquicos no tratados?

Cecilio Guzmán de Rojas trabaja en su atelier de la calle Abdón Saavedra N° 2221, barrio de Sopocachi, La Paz. Tiene enfrente dos “Peréz Holguín”. Es enero de 1949. Un año y un mes después se va a suicidar en Llojeta (en la madrugada del 14 de febrero). Estamos ante un momento insólito del arte boliviano: los dos grandes maestros de todos los tiempos están “trabajando juntos”. Los siglos se han esfumado. Don Cecilio mima y restaura tajos, agujeros y roturas a través de una técnica polémica llamada coagulación, una excitación química de tintas. Los lienzos de don Melchor que en 1929 costaban apenas tres pesos, ahora ya restaurados se cotizan en medio millón. Por arte de magia, reaparecen los colores primitivos del siglo XVIII. Pareciera que el vigor y las tonalidades del cochala-potosino recién brotaran del atelier del potosino-paceño. El periódico La Razón titula a siete columnas: “Guzmán de Rojas da por terminada su investigación de pintura coagulista”.

Cecilio dedica sus últimos años de vida, finales de los febriles cuarenta, a ese método revolucionario. De la obsesión por el arte y su docencia ha pasado a la obsesión por el patrimonio artístico y su protección. En Potosí, antes de la guerra del Chaco, levanta en 1930 el Museo de Arte Retrospectivo, convertido luego en el Museo de la Casa Nacional de Moneda. En La Paz, a inicios del conflicto bélico (1932), asume como director de la Escuela de Bellas Artes “Hernando Siles” para formar una nueva generación de artistas.

En el invierno de 1935, amanecer del fin de la “guerra estúpida” y preámbulo de la firma del Tratado de Paz, inaugura una nueva exposición en la galería Gutiérrez de la calle Florida al 970 de Buenos Aires. De pie frente a sus telas, sabe que no hay cuadro alguno que pueda compararse al silencio que antecede a la muerte en un nido de ametralladoras. Entonces su vida ya es otra. Las trincheras han cambiado a Cecilio. El pintor —pionero del arte indigenista en una sociedad terriblemente racista — ha descubierto los colores más tristes en el Chaco Boreal, donde ha peleado durante siete meses.

Después de la guerra, en 1940, monta en La  Paz la Pinacoteca Nacional, hoy conocida como el Museo Nacional de Arte. Guzmán de Rojas pinta la guerra con rabia y asco: decenas de acuarelas, dibujos y pequeños óleos en cartones y papeles por los dos lados. Veintisiete cuadros del potosino retratan cuerpos mutilados en el fango de las trincheras y enseñan los rostros de la muerte. “Trajo el horror del Chaco a la Argentina como diciéndole a todos: mirad como es la guerra, odiadla”, reseña el diario porteño La Prensa. Influenciado por la serie del maestro español Francisco de Goya, nuestro Cecilio ha pintado los desastres de su guerra, de Platanillos a Conchitas, de Cañada Tarija a Tres Pozos, de Nanawa al último fortín.

El “Brujo de Llojeta” se incorpora al ejército boliviano en 1934, agregado al Comando Superior, destino Fortín Ballivián. Una tarde se presenta ante el general Enrique Peñaranda para rogarle que lo destinen a los puestos más avanzados, a los “velos” como se llamaban en jerga militar las primeras líneas del frente. De este modo marcha hacia Cañada Strongest, el lugar de mayor intensidad en las operaciones militares de aquel año. Con el espanto en carne propia, el gran pintor indigenista con pasado cubista, educado artísticamente en Francia y España, refleja su particular historia gráfica. Protagoniza la batalla más gloriosa teñida de oro y negro y convive junto a soldados heridos y moribundos con las que habla en aymara y quechua. Celebra los avances, sufre en los retrocesos y retorna enfermo de la campaña. Don Cecilio no podrá nunca substraerse de aquel aire envenenado del Chaco, del paludismo, de los mosquitos odiosos, de la sed y el hambre, del dolor en las caraguatas en medio del bosque.

El Chaco, dice Guzmán de Rojas a la revista Noticias Gráficas, “tiene una vegetación enfermiza, los árboles no son verdes ni proyectan sombras. La vegetación, que en lo normal emana vida, oxígeno y belleza, en el Chaco parece que envenenara la atmosfera. Pero pictóricamente hablando, el Chaco es interesantísimo, sus matices son a base de violeta y de una luz blanquecina. Mas el paisaje chaqueño que yo he sentido es aquel en que la guerra se ha enseñorado trágicamente. Quién sabe si en otra época de paz hubiese podido contemplar otro paisaje, distinto. No importa el arte por sí mismo, importa esta prédica, a través de mis cuadros, contra la guerra, contra ésta y contra todas”.

El 14 de febrero de 1950, Cecilio Guzmán de Rojas —el pintor de las grandes pasiones — se pega dos tiros en el pecho. Tres días después es hallado sin vida en su particular escondite paceño, vestía “paletot” café a rayas y sombrero azul oscuro; había vivido medio siglo. Su cuerpo físico fue velado primero en su casa de Sopocachi Alto y luego en la Biblioteca Municipal. Fue enterrado en el Pabellón de los Ilustres del Cementerio General de La Paz. Cecilio escoge su querida “comarca de magos y brujos, de adivinos y suicidas” (Saenz dixit) para partir; esa Llojeta que pintó tantas veces con los mismos colores tristes que descubrió en las trincheras. Nadie conoce a ciencia cierta las verdaderas causas del suicidio del artista más grande del siglo XX en Bolivia.  

El crítico de arte Harold Suárez Llápiz tiene varias teorías: “Por lo que conversé en alguna oportunidad con su hijo Iván, sé que arrastraba una profunda depresión por problemas psiquiátricos, ocasionados por los traumas ( y frustraciones tal vez) de la Guerra del Chaco. Patología a la que en aquel tiempo no se la prestaba la atención y contención profesional que se le da en nuestros días. Además hay que analizar el contexto de esos tiempos difíciles y violentos dentro del país y en el ámbito internacional: pocos años antes había acabado la Segunda Guerra Mundial y habían colgado a Gualberto Villarroel en la plaza Murillo en julio del 46, entre otras atrocidades. Se venían tiempos de cambio en una Bolivia convulsionada, se venía la Revolución del 52. También sé que existió un lío de faldas de por medio que pudo haber precipitado su drástica decisión”.

¿Qué papel jugó, sin embargo, el rechazo mayoritario en Bolivia y en el extranjero a su técnica de restauración, la pintura coagulatoria? No lo sabemos. ¿Fue esa la causa de una posible depresión galopante? Lo que sí conocemos es que don Cecilio tuvo lados secretos y clandestinos que todavía hoy ni soñamos. Estudió con Salvador Dalí en Madrid y con Pablo Picasso en París. Fue compañero de kallawayas y se pasó a las filas del vegetarianismo. Comenzó a pintar de noche (su Illimani negro todavía seduce) e hizo una fortuna con sus cuadros. Se interesó por el espiritismo, la astrología y las ciencias ocultas. Practicó el masajismo con imanes (la magnetoterapia) y también la hipnosis con familiares y amigos. Sufrió como nadie el horror de la guerra en Cañada Strongest. Tuvo «relaciones» con pintores y pintoras. Escandalizó a todo un país con sus desnudos de mujeres.  Y terminó sus días dando charlas por medio mundo explicando y defendiendo aquella técnica provocadora marcada por el frontal rechazo. 

También, según la investigadora y gestoral cultural Amparo Miranda, fue un ferviente creyente del desdoblamiento. Mientras trabajaba en 1946 para la National Gallery de Londres –a invitación del British Council- restaurando cuadros destruidos por los bombardeos nazis sobre Inglaterra, un arquitecto argentino (Juan Carlos Delponte o Dellepiane) supuestamente le hipnotizó para robarle los manuscritos de su teoría pictórica coagulatoria. No si antes, dejarle un regalo “envenenado” a manera de presente: el libro Biathanatos de 1608, una apología del suicidio del inglés John Donne. Cecilio para vengarse usó el desdoblamiento para terminar con la vida del ladrón en un extraño accidente de tránsito. Años después, Cecilio se ufanaba de la “hazaña” en charlas familiares y de amigos en La Paz.

Su gran amigo de cafés en Buenos Aires, el escritor y diplomático paceño Oscar Cerruto, lo cuenta entre ficciones y realidades en ese gran relato llamado “La muerte mágica”. Amparo Miranda también confirma la “venganza”  al tener acceso en la casa familiar de Sopocachi a una pequeña libreta azul del pintor en cuya carátula se puede leer “Libro de oro. Londres, febrero 1947”. En una de sus hojas, Guzmán de Rojas escribe: “Antes que nada no olvidar los libros, fotos y antigüedades que me ha robado Delponte por medios hipnóticos. Tengo que sentarle la mano con el mismo refinamiento, pero con más poder porque el que tiene razón, justicia y moral es el que triunfa”.

Cecilio era así, para bien y para mal: al todo o nada, a capa y espada, genio y figura por siempre, la fuerza de lo invisible por bandera. Del autor de Ñusta (1936) Cristo aymara (1939) se dijo y se dice aún hoy de todo. Las especulaciones dan de comer al mito, al gran personaje, a la buena persona. La obra y el legado del místico y críptico artista siguen intactos, eternos, más vigentes que nunca. Aunque ya no lo vemos ni tocamos en el billete de diez bolivianos, su ajayu retorcido —así son también las dos calles que llevan su nombre en Potosí y La Paz — nos acompaña y acompañará por siempre, como el misterio de su muerte.

Las enigmáticas ‘sales’ coagulatorias

Cecilio Guzmán de Rojas dedicó los últimos años de su vida a la pintura coagulatoria con la que pretendía “liberar al arte contemporáneo del visualismo óptico”.  Pensaba que los materiales que utilizaron los grandes maestros del pasado no eran solo óleos o pinturas al aceite. Había llegado a tal conclusión tras trabajar con fotografías infrarrojas y de rayos X de cuadros del Renacimiento durante su etapa londinense. Su taller fue también laboratorio. El artista comenzó a hacer mezclas químicas. ¿Se atrevió a restaurar cuadros de la época virreinal con su método de la pintura coagulatoria? Unos creen que sí. Otros no se la creen. “Ningún restaurador cuerdo y sensato lo haría, solo usó esos pigmentos con su propia obra”, asegura el crítico Harold Suárez. “Dicen que destrozó para siempre algunos cuadros”, añade el artista cochabambino Fredy Escóbar Vega. En el libro de Marcelo Calvo Valda, Mística y paisaje, ensayos sobre la obra de Cecilio Guzmán de Rojas (Librería Editorial “Juventud”, 1986), su autor asegura lo contrario. 

Pero, ¿en qué basó sus métodos de alquimista? Cecilio cayó intrigado tras leer el “Tratado de la Pintura” (1651) de Leonardo da Vinci, un libro también de códigos esotéricos. A partir de esas lecturas, comenzó a sostener que los grandes artistas del siglo XV y XVI habían logrado colores transparentes y diferenciación tonal a partir de reacciones químicas coaguladas, técnica que luego se perdió en el olvido. “Logra fijar una película de brillo luminoso, que coagula e ilumina los colores con duración perenne es la técnica elegida en el Renacimiento para captar el brillo del sol y la atmosfera”, dice Marcelo Calvo Valda.

Cecilio defendió su técnica en Bolivia y fuera de nuestro país. En 1949 dio charlas en la UMSA y en el Club de La Paz, después de varias conferencias internacionales en Londres, Nueva York (hasta la revista Time se hizo eco), Santiago de Chile y otras capitales de Sudamérica sobre la interpretación de las fórmulas de Leonardo da Vinci.

Y llegó a decir cosas tan enigmáticas como ésta, según la estudiosa Amparo Miranda: “Sal hecha de excremento humano quemado y calcinado al fuego lento y de modo análogo todos los excrementos hacen ‘sales’ y estas sales destiladas son muy penetrantes”.  Eran los famosos “estímulos” para que todo brillara con una sutileza y matiz superior al óleo.

En un artículo de La Razón de 1948 también se puede leer: “sobre una base alcalina, preparada especialmente, el pintor realiza su obra. Líquidos incoloros que bajo la acción del estimulante y la plancha coagulatoria, cobran forma y colorido para desaparecer al contacto del líquido descoagulador. Estos frascos encierran el oculto proceso en sus tres fases: pigmento saturado, pigmento en proceso de coagulación y la clave: el pigmento coagulado incoloro. Arte y magia para coronar el supremo esfuerzo del hombre en busca de lo sublime. Los ácidos esparcidos dan a los ojos el espectáculo de lo imprevisto, una visión policromada se hace presente al solo toque de una mágica mano que excita el proceso; utensilios de la nueva pintura, artículos de metal, lápices de punta misteriosa y ante todo superficies que bajo la acción del calor darán a la pintura el rumbo que el artista requiere para su efecto”.

Comparte y opina:

Últimas Noticias