Voces

sábado 31 jul 2021 | Actualizado a 04:54

Háganse cargo

/ 2 de diciembre de 2020 / 07:18

¿Qué será de los huérfanos? ¿Qué será de los padres? ¿Qué será de los hermanos menores? ¿Qué será de los enfermos que estaban a cargo de las víctimas de feminicidio? Son los sobrevivientes, de esas tragedias producto del machismo. ¿Quién se hace cargo de todas esas personas? Los huérfanos con más suerte pasarán a vivir con sus tíos, abuelos, que quizás los traten con cierto cariño; los menos afortunados van a formar parte de hogares de acogida donde todo es incierto, desde el presupuesto que tengan para la alimentación hasta las amistades que lleguen a forjar. La misma situación pasará con los ancianos que se irán con algún pariente si tienen o terminarán en algún asilo con más abandono que compasión. Las personas que estaban bajo la protección o el cuidado de la mujer asesinada por su pareja, sienten cómo se trunca su vida.

Cada vez con mayor frecuencia los medios reproducen noticias sobre feminicidios,  comparan las cifras de años anteriores, realizan infogramas comparativos por categorías, algunos mencionan el nombre y apellido de la víctima y escriben la iniciales del feminicida. Los que quedan aparecen en una línea, en una frase, así nos enteramos que quedaron huérfanos bebés de tres meses, pequeños de dos a seis años, adolescentes de 12 o 15 años. Muchos de ellos fueron testigos del asesinato de su madre, son ellos los que en su media lengua relatan lo que vieron aunque no terminen de entender el drama al que se están enfrentando. Son esos adolescentes que en muchos casos quedaron heridos en el cuerpo y en el alma porque intentaron defender a su madre y en el intento se pusieron en medio, el agresor les asestó el golpe, el cuchillo, la bala. Se salvaron, pero a medias, porque seguirán vivos pero con heridas incurables en sus corazones y en sus mentes.

¿Qué necesitan esos niños y adolescentes que en su mayoría nadie quiere porque no son sus hijos o porque no pueden mantenerlos? Necesitan protección. Necesitan ayuda para reconstruir su vida. Muchos podrían ser adoptados por parejas deseosas de tener hijos, dispuestas a hacerse cargo de dar bienestar y cariño a niños que están en desgracia. A los posibles padres y a quienes los necesitan los separa una burocracia interminable.

Los legisladores tienen que saber que la Ley 348 de Lucha Contra la Violencia tiene un vacío respecto a los hijos que son las otras víctimas de los feminicidios. Y que el Código Niño, Niña y Adolescente tampoco prevé ninguna medida para salvaguardarlos. Corrijan estos errores y dicten normas que asistan a estos niños en su recuperación por el trauma sufrido. Hace mucho que la sociedad civil pide acciones responsables para este flagelo.

Lucía Sauma es periodista.

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¿Ya te vacunaste?

/ 29 de julio de 2021 / 01:45

En este tiempo las vacunas son tema de conversación entre todos los grupos sin importar edad, ocupación, estado civil o profesión. Se arman charlas sobre si ya están vacunados, si ya tienen la segunda dosis o no. La comunicación entre los grupos de amigos o compañeros de trabajo, sea virtual o presencial, tiene a las vacunas como tema favorito para romper el hielo. La conversación fluye, se comparten las direcciones sobre dónde están vacunando, en qué centros las filas son más cortas o en qué lugares lo hacen sábados y domingos. El tema da para mucho, porque siempre queda averiguar sobre los efectos que sintió, si en su familia todos recibieron la misma vacuna, etc., etc.

Frente a esas voces, hay otras que sin ninguna vergüenza propagan una serie de negras profecías decretando la muerte para quienes se vacunan, de tonterías como convertirse en hombres lobo, de quedar estériles, de la introducción de un chip para ser controlados. Lo dicen sin empacho, sin sonrojarse por su enorme ignorancia. Son los grupos antivacunas que siembran dudas, difunden teorías conspiracionistas absolutamente dislocadas. El Centro de Lucha Contra el Odio Digital (CCDH), del Reino Unido, ha detectado 12 grupos antivacunas con 58 millones de seguidores en varios países del mundo, estos grupos pagan anuncios en Facebook dirigidos a madres jóvenes en los que muestran niños enfermos supuestamente por efecto de las vacunas. Esas madres pasan la información en sus redes y así se convierten en activistas. El mismo centro también ha calculado que las redes sociales se embolsan $us 1.000 millones al año por diseminar información falsa y nunca desmentirla. En esos anuncios aparecen supuestos “expertos” que arguyen, por ejemplo, el poco tiempo en el que los científicos han elaborado las vacunas. Ocultan el hecho de que estos experimentos llevan al menos 20 años de trabajo. Los movimientos antivacunas generalmente representan a otros intereses sectarios de grupos religiosos, políticos o económicos que buscan su propio beneficio sin importarles el daño que puedan ocasionar. Así se inició en Europa y Estados Unidos el rebrote del sarampión hace cuatro años. Así también es el peligro al que exponen a las personas que enferman con el COVID-19 y terminan muriendo después de pasar por el calvario de una unidad de terapia intensiva.

Con esos absurdos comentarios hacen escarnio de los tremendos esfuerzos que realiza la humanidad para salvarse del virus. Las vacunas son una forma de decirle sí a la vida, a la esperanza, al regreso de los niños y adolescentes a la educación, a la recuperación de las fuentes laborales, de las actividades culturales, de los viajes, los encuentros. La vacuna es la única alternativa para continuar con la vida.

Lucía Sauma es periodista.

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En vivo y directo

/ 14 de julio de 2021 / 01:55

Hace unos días una psicóloga daba cuenta de las secuelas poscuarentena que logró registrar en la conducta de niños y adolescentes, que a pedido de sus padres atendió esta temporada. Entre los niños pequeñitos menores de siete años se repetía un comportamiento muy evidente de terror a salir a la calle ni para realizar paseos o visitas a parientes cercanos, que antes de la cuarentena eran habituales. Ante el anuncio de que sus padres saldrían a la calle, los chiquitos reaccionaron llorando, gritando, mostrando pánico, intentando a toda costa impedir que salgan. La psicóloga explicó que estas reacciones se debían a que los padres, para mantener a los niños encerrados durante la cuarentena, les habían dicho que si salían de la casa podrían morir. Finalizado el encierro, los niños prefieren no salir porque temen morir.

En el caso de los adolescentes que están recibiendo tratamiento, sus padres observaron que los chicos habían perdido interés por tener contacto con el mundo externo. Durante la cuarentena aprendieron a convivir a través de la computadora o el teléfono móvil, les resultó cómodo no exponerse al rechazo o la crítica tanto física como psicológica de sus pares. Además que podían quedarse en sus dormitorios, encerrados, vistiendo como querían, comiendo cuando les apetecía, conectándose o desconectándose con un simple click, sin dar grandes explicaciones. Con ponerse unos auriculares podían alejarse de la clase por Zoom y en realidad escuchar la música que querían. Así que ahora esos adolescentes perdieron el interés o el gusto por relacionarse directamente con sus amigos y prefieren vivir aislados.

Después de escuchar a la psicóloga de la entrevista, hice recuento del síndrome que viven muchas personas mayores que se encerraron en sus casas y, a pesar de haber terminado la cuarentena, ellas están convencidas de que no salir las salva no solo del COVID-19, sino de compromisos profesionales incumplidos, de promesas innecesariamente postergadas, de incómodos horarios, y se dedicaron a cavar profundo en el pozo de la más pura rutina envolvente como tela de araña, de la que ya no saben cómo zafar y de la que tampoco nadie les quiere sacar porque, a esta altura, se cansaron de insistir.

Definitivamente estos síndromes no pueden ser parte de la “nueva normalidad”. El barbijo, el lavado de manos y el uso de alcohol no disminuirán nuestra esencia, pero el perder sensibilidad por el relacionamiento social, sí nos daña. En el aire flota la enorme necesidad de volver a los días despreocupados de antes del COVID-19. Disfrutar una charla, ir en transporte público sin temor, festejar un cumpleaños, una boda, un bautizo con todos reunidos en un solo lugar. Hay una enorme necesidad de humanizarnos en vivo y directo.

Lucía Sauma es periodista.

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Desamparados

/ 30 de junio de 2021 / 01:03

Ha crecido el desamparo, podríamos decir que se ha institucionalizado a fuerza de ejercerlo a diario, las 24 horas del día y los siete días de la semana. Las aceras de cualquier calle o avenida de nuestras ciudades tienen enjambres de familias que extienden sus manos, piden para dar de comer a sus hijos; los niños que aprenden la vida imitando, también estiran las manos, se ponen delante, te siguen, te cuestionan si no les entregas unas monedas. Lado a lado están extranjeros y bolivianos mendigando. No es como en el pasado, ahora hay algo distinto, es como si todos estaríamos en un gran escenario donde la escena se repite una y otra vez sin tregua, sin descanso.

Hay quienes con trapo y goma en mano pasan algo de agua en los parabrisas de los autos, generalmente su acción es una forma disimulada de pedir limosna. Grupos enteros se apropiaron de determinadas esquinas y recorren las hileras de autos mientras se detienen frente a la luz roja del semáforo. Desde hace un tiempo han extremado sus medidas y caminan en medio de los autos mientras están en movimiento, algunos casi se abalanzan. A los niños más pequeños los llevan en brazos, a los que saben caminar los dejan sueltos, sin importar su edad. Viven en peligro constante, exponen y se exponen. No hay autoridad que controle. ¿Quién sabe cuál es la institución que debería intervenir ante tanto desamparo?

En esta época de pandemia, puestos a mirar la calle, irremediablemente vemos crecer el agobio, la dejadez, el abandono, el desorden de una sociedad que entre sus planes solo cuenta la sobrevivencia.

A pesar de lo sombrío de estos pensamientos, aún permanece la inmensa necesidad de que todo se transforme. Que despertemos dispuestos a limpiar la casa, a que el desamparo sea pasajero. Que el que hoy estira la mano, consiga y tenga un trabajo de verdad. Que las calles se llenen de gente que camina con rumbo. Que los niños jueguen en lugares seguros, que estudien con libros y profesores de verdad.

La pandemia ha transformado las boutiques de ropa en tienditas de barrio, donde se vende desde una bolsa de leche hasta jengibre y limón. Las joyerías y perfumerías de antes, ahora son casas de cambio y sin que importe la competencia conviven hasta cinco en una misma cuadra cambiando su pizarra de precios, como se cambia el menú diario de una pensión popular. Las agencias de viaje mutaron en locales donde se vende material de bioseguridad con una impresionante gama de colores, modelos y tamaños de barbijos, dispensadores de todos los precios y tamaños, para niños, adolescentes o personas más prácticas que no buscan nada especial.

Esa capacidad de transformación es deseable para nuestras ciudades, pero en el sentido de cambiar el desamparo que las envuelve por vidas más dignas con una generosa dosis de esperanza.

Lucía Sauma es periodista.

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No basta pedir perdón

/ 16 de junio de 2021 / 01:31

Perdón parece ser la palabra más difícil es el título de una hermosa canción de Elton John y ciertamente no es fácil pedir perdón de verdad, pero además no es suficiente si al pedido no le sigue la acción para corregir el daño. Sin reparación, el perdón se convierte en la forma más fácil de sepultar hechos que han afectado gravemente a una persona, un grupo o un pueblo y mandar al olvido cientos de vidas, de sueños, de grandes y pequeñas esperanzas.

El 4 de junio, el Primer Ministro de Canadá dijo que estaba decepcionado porque la Iglesia Católica no se disculpó por los abusos y muertes de cientos de niños indígenas en el sistema de internados cristianos, que existían en ese país desde el siglo XIX hasta la década de 1970, creados y solventados por el Gobierno con el fin de que olviden su cultura. Más de 150.000 niños indígenas fueron obligados a dejar sus hogares para vivir sin amor, soportando frío, hambre, abusos sexuales y maltrato físico, en esos recintos construidos especialmente para que abandonen su forma de vida, no hablen ni les hablen en su lengua materna. En 2017 el primer ministro Justin Trudeau pidió disculpas, pero no fue suficiente, porque en una sociedad tan desarrollada como la canadiense, los indígenas de ese país aún viven en condiciones de desigualdad, los originarios de esas tierras tienen las tasas más altas de desempleo y las más bajas de cobertura en el seguro de salud, por eso no basta con pedir disculpas.

El 11 de junio, el expresidente de Colombia Juan Manuel Santos pidió perdón a los familiares de los llamados falsos positivos, es decir los civiles asesinados por militares para hacer pasar esas muertes como bajas guerrilleras en combate. “Me queda el remordimiento y el hondo pesar de que durante mi ministerio muchas, muchísimas madres, incluidas las de Soacha, perdieron a sus hijos por esta práctica tan despiadada, unos jóvenes inocentes que hoy deberían estar vivos. Eso nunca ha debido pasar. Lo reconozco y les pido perdón a todas las madres y a todas sus familias, víctimas de este horror”. Ahora se sabe que esos muertos eran parte de las cuotas que los soldados debían cumplir. ¿Qué piden los familiares de las víctimas? Quieren que el Alto Mando de los militares dé la cara, que declare qué pasó con sus hijos, hermanos, esposos, que revelen quién dio la orden, mientras tanto el pedido de perdón no es suficiente.

Indudablemente no es fácil pedir perdón, pero cuando se lo hace de poco o nada sirve si no se busca la reparación, eso sí es más difícil porque para hacerlo se tocarán intereses, se involucrará a personas o grupos de poder que aún están vigentes, pero el verdadero pedido de perdón pasa por actuar en serio, por esclarecer la verdad, por mejorar la vida de los que quedan.

Lucía Sauma es periodista.

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Por los jóvenes

/ 2 de junio de 2021 / 02:01

El coronavirus, a diferencia de mayo de 2020, ahora amenaza a los jóvenes, quienes se contagian en un número alarmante, con graves consecuencias sobre su salud y su vida. El año pasado los mayores de 60 debían quedarse en casa temerosos, custodiados por sus hijos, nietos o cualquier miembro de la familia que no lleve inscrito el dato de “indefinido” en su carnet de identidad. En el mundo entero los adultos mayores padecieron de soledad, abandono, encierro y en algunos casos dejaron de ser candidatos a una cama de hospital si delante había alguien más joven que necesitaba atención.

A esta altura de 2021 un gran número de personas mayores de 60 e incluso de 50 años están vacunadas con ambas dosis. En su momento acudieron como pudieron para conseguir la vacuna. Se inmunizaron a insistencia de sus hijos o por decisión propia, a pesar de tener que ir en la madrugada a realizar la fila frente a sus seguros, muchos de ellos vencieron con ayuda o sin ella, su registro vía internet en un teléfono inteligente que no siempre era de su propiedad o la laptop del nieto, que manejada diestramente por el menor sirvió para que los abuelos tengan una cita en la fila de la vacuna.

A esta altura del año, la tortilla se dio la vuelta, ahora son abundantes los mensajes, las llamadas telefónicas para pedir medicinas, plasma, lugares en los hospitales con terapia intermedia o intensiva, para jóvenes menores de 50 años. Son los hijos o hijas de los adultos mayores que se están contagiando. Son las personas económicamente activas con las que el virus se ensaña de forma agresiva.

A principios de marzo, autoridades de salud advirtieron que la variante brasileña del coronavirus ya estaba en el país, entonces hicieron notar que atacaba a las personas más jóvenes, incluso menores de 15 años. A esta altura se conoce que esas advertencias son ciertas. Los hospitales están colapsados, no hay unidades de terapia intermedia, tampoco intensiva, la tercera ola está arrasando.

Ante esta realidad fue acertada la medida de vacunar a los mayores de 40 años. Para junio, sin precisar la fecha, se anunció la llegada de un millón de vacunas de Sinopharm, esas dosis deberían aplicarse a los mayores de 30 años. También se debería vacunar en los centros de trabajo donde su personal es más joven aún, como bancos, entidades públicas y educativas, o aquellas que están abiertas a la atención de público.

Es momento de cuidar a los más jóvenes, de pedirles que tomen todas las medidas de bioseguridad, como ellos lo hicieron con los adultos mayores. Es momento de persuadirles para que desistan de acontecimientos sociales, fiestas clandestinas y cualquier otro evento donde no exista distanciamiento social. Es momento de velar por toda nuestra juventud, de batallar contra el virus tomando medidas a nivel nacional que rebajen el nivel de contagio.

Lucía Sauma es periodista.

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