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domingo 1 ago 2021 | Actualizado a 06:27

Desmitificando Bolivia frente al COVID-19

/ 8 de diciembre de 2020 / 17:34

Del COVID-19, mucho se ha escrito y dudo que haya alguien que desconozca del coronavirus porque lo hemos sufrido de una forma u otra o en muchas. No voy a contar su historia —demasiado se ha escrito— ni cómo se ha desenvuelto en el caso de Bolivia —los medios han hecho mucho por informarnos, aunque no pocas veces los datos oficiales de referencia pecaban confundiendo—: voy a hablar del ahora.

Lo primero es que se ha hecho y se sigue haciendo un esfuerzo desde los tres niveles de gobierno en Bolivia por reducir los contagios y paliar las consecuencias, a pesar de un sistema de salud paupérrimo —¿cuántos años lleva el pedido del 10% a la sordina en legisladores y ejecutores?—, gestionada la crisis por un gobierno transitorio atosigado con improvisaciones —y per se las urgidas para enfrentar esta pandemia—, la pesca en río revuelto de los corruptos y las mezquindades de la política criolla.  

Se habla en muchos países de una Segunda Ola —en Europa se augura una tercera ya en perspectiva y en EEUU algunos ya la anuncian tras el relajamiento colectivo por Thanksgiving Day—, pero en Latinoamérica aún gestionamos la primera.

Al domingo pasado, desde el inicio el 10 de marzo, Bolivia totalizaba 145.560 contagiados, 8.995 fallecidos y 124.799 recuperados —aclaro “vivos”—, lo que daba a ese día un 8,1% de casos aún activos (11.766); los casos totales representan un índice de morbilidad —“cantidad de personas enfermas en un lugar y tiempo determinado”— por 100.000 habitantes de 1.251,2, una mortalidad respecto a contagiados del 6,2% y del 77,3% por 100.000 habitantes y el 85,7% de recuperados, mientras la incidencia acumulada —“cantidad de nuevos contagiados por 100.000 habitantes”— en la última quincena es de 14 (España tiene 265 y EEUU, 231 en este período).

¿Somos los peores en Latinoamérica? No; aunque lejos porcentualmente de los más efectivos: en morbilidad Cuba (0,077) y Uruguay (0,202) (Bolivia 1,251); en mortalidad x morbilidad Uruguay (1,2) y Cuba (1,5) (nosotros 6,2); en mortalidad x 100.000 habitantes Cuba (1,2) y Uruguay (2,3) (Bolivia 77,3), y en recuperados Chile (95,4) y Perú (93,1) (Bolivia 85,7), cuando nos comparamos en morbilidad (1,251) mejoramos sobre República Dominicana (1,446), Belice (1,984), Colombia (2,751), Costa Rica (2,861), Chile (2,933), Perú (3,027), Brasil (3,140), Argentina (3,283) y Panamá (4,230) —y de EEUU: 4,510—; en mortalidad x morbilidad (Bolivia 6,2) estamos mejor que Ecuador (7,0) y México (9,4); en mortalidad x 100.000 habitantes (nosotros 77,3) nos superan Ecuador (80,9), Chile (81,8), Brasil (84,3), México (87,7), Argentina (89,3) y Perú (112,8), mientras en casos aún activos (Bolivia 8,1) nos sobrepasan Haití (10,6), Panamá (12,2), Guyana (13,8), México (17,1), República Dominicana (19,7), Uruguay (27,8), Nicaragua (24,9), Paraguay (27,6), Costa Rica (32,1), Belice (48,4) y Honduras (52,8).

¿Nos acercamos en Bolivia a una Segunda Ola? No hasta ahora, porque la incidencia acumulada para los pasados 14 días es baja (14) y los departamentos que la superan (Pando 15; Santa Cruz y Potosí: 21; Oruro: 23, y Tarija 27) no se desmarcan significativamente.

Aunque el Decreto 4404 flexibiliza las medidas de bioseguridad entre el 1 de diciembre pasado y el 15 de enero próximo con el objetivo explícito de promover la recuperación, no descarta la vigencia del espíritu de estas medidas y, a la vez, establece que serán los demás niveles de gobierno quienes las definirán para sus territorios sin obviar la preparación ante un eventual incremento de casos, dejándonos a todos la responsabilidad consciente de cumplirlas.

En mi próxima columna trataré nuestras peores “endemias”: las políticas. Es el momento de “vacunarlas”.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Tierra de huracanes y tormentas perfectas

/ 20 de julio de 2021 / 01:08

Cuba, tierra de huracanes, estos días estuvo en el centro de muchas noticias tras la explosión de protestas populares que desconcertaran a ajenos y a propios: El 11 de julio, el cansancio por los continuados “alambrones” — más que “apagones”— en la ciudad de San Antonio de los Baños —sede de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano— lanzó a sus habitantes en una inusual protesta que, chispa vía redes sociales, se extendió a la capital y diferentes provincias —muchas se dice, aun el controlado silencio mediático—, uniendo los más disímiles reclamos latentes y convirtiendo el país — y las noticias— en un guirigay.

Aunque no era la primera gran protesta en el país —el Maleconazo de 1994 lo antecedió—, sí pasmó el Poder en un inicio. Para quien lo recuerde o lo googlee, el Maleconazo fue en pleno periodo especial en tiempos de paz —la grave crisis económica tras colapsar el bloque soviético, que José Carlos Cueto (BBC) describió: “La economía cubana se desangra. Escasean la comida y las medicinas. Los apagones son constantes. Muchos se hartan”—: miles de cubanos salieron al Malecón de La Habana para la mayor protesta contra el Gobierno desde 1959; vandalizaron, rompieron vidrieras y enfrentaron a palos y piedras a la Policía, desbordada y desconcertada en un primer momento; al rato, Fidel Castro —Castro el mayor— fue hasta los manifestantes y, con su carisma ineludible, apaciguó la revuelta y exhortó —in situ, solo él podía— a «derrotar a los apátridas» que protestaban. Palo y zanahoria, Castro el mayor —como en Mariel 1980— dio vía a la emigración masiva en balsas, a una progresiva apertura económica —con trancas y retrancas que Castro el menor, al sucederlo, intentó profundizar— y acuerdos migratorios con los EEUU, destinatario de los migrantes.

Veintisiete años después, el ciclo —nunca cerró totalmente— se repite: la desaparición del apoyo externo —el madurismo en rotundo fracaso— provoca nueva contracción —si entre 1990 y 1995 el PIB cubano cayó 36%, solo en 2020 cayó 11% y empeorará en 2021— y una tormenta social y económica “perfecta”: pandemia —su manejo muy augurioso en 2020 pero crítico en 2021, peor para un país dependiente del turismo—, más restricciones del embargo y complicaciones emanadas del recién implementado ordenamiento cambiario, parte de la moderada transformación del modelo —fracasado el absoluto estatismo centralizado desde la ofensiva revolucionaria de 1968 que acabó la propiedad privada no personal.

Aunque desde Clinton, los EEUU son de los primeros proveedores de alimentos a Cuba y no hay restricción para medicinas, el embargo impuesto desde 1962 —el bloqueo solo duró la crisis de los misiles—, su recrudecimiento bajo Trump, luego de la flexibilización de la era Obama, afectó significativamente los ingresos por turistas estadounidenses, los envíos de remesas y las inversiones y transacciones financieras con Cuba, complejizando más la situación.

Hay mucho más: los pedidos de libertad de expresión —por el autobloqueo ideológico tras el Congreso Cultural de La Habana en 1968— consignados con “Patria y Vida” —antítesis del “Patria o Muerte”—, la criminalización de estas protestas y el llamado a combatirlas —luego suavizado—, los fake news, bulos y rumores múltiples de todos lados…

¿Las moderadas medidas económicas —suspensión de restringidas previamente— serán paliativo suficiente o urgirán otras más? ¿Incidirá la ausencia de Castro el mayor?

Cerraré con mi afirmación que, de todo lo descartable, la batalla de los relatos de la Guerra Fría ocupa el lugar importante: de un lado, achacar al embargo todos los males propios sin sonrojo de mea culpa; del otro, la fantasía —criminal para el pueblo cubano— de insistir en una invasión norteamericana. Como mi anterior columna, ahora también me agarro del apóstol Pablo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12: 10).

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Conciliación y encuentro: virtudes pendientes

/ 6 de julio de 2021 / 02:53

Días atrás se realizó en La Paz el Seminario Internacional de Experiencias para el Reencuentro, organizado por la Vicepresidencia del Estado y el Sistema de Naciones Unidas en Bolivia. Como lo considero un evento muy importante que, por la pandemia y por los muchos ruidos mediáticos de la crisis social y política (el video de Morales, acusaciones y aprehensiones como parte de la judicialización de la política, el affaire Murillo y la rocambolesca acusación, rápidamente diluida, de “invasión mercenaria en convivencia con las FFAA”, entre otros), fue poco divulgado y menos analizado, expondré mis percepciones al respecto.

¿Por qué titulo Conciliación y encuentro: virtudes pendientes y no, como se denominaba el seminario, Reencuentro? Conceptualmente concuerdo con el vicepresidente Choquehuanca Céspedes que para “reencontrarnos todos, absolutamente todos” hay, primero, que encontrarse —González Cueva, en su participación, confirmó que para que haya “reconciliación” debía haber antes una “conciliación”— y esa es una asignatura —ambas virtudes que menciono— que está pendiente. La Guerra del Chaco fue el alumbrón de la urgencia de un encuentro de las Bolivias y la Revolución del 52 lo empezó —la criolla y la indígena de Occidente principalmente— dando inicio a un mestizaje etnosocial, cultural y económico que no avanzó en empoderar realmente al indígena, perdiéndose la oportunidad de ese encuentro; tampoco se avanzó en profundizar el encuentro Oriente- Occidente y quedaron muchas Bolivias sin encontrarse definitivamente —interreconocerse— aunque unidas en el sentimiento de país, himno y bandera.

El seminario no era recetas sino experiencias. Los expositores fueron Rigoberta Menchú Tum, líder indígena y activista guatemalteca por los derechos humanos, premio Nobel de la Paz; Vera Grabe Loewenherz, antropóloga y política colombiana, exguerrillera del Movimiento 19 de Abril e integrante del Observatorio para la Paz de Colombia; Eduardo González Cueva, sociólogo peruano, director del Programa Verdad y Memoria en el Centro Internacional por la Justicia Transicional; fungió como moderador Francisco Díez Moscarda, abogado argentino y senior mediation advisor de la Unidad de Apoyo a la Mediación de la Organización de Naciones Unidas. Un grupo que, al margen de visiones ideológicas que pudieran ser diferentes, acumulaba una gran experiencia en mediación y solución de conflictos políticos y distributivos, religiosos, identitarios y etnolingüísticos en Latinoamérica, África y Asia.

Es muy importante primer paso, que este encuentro realizado por la Vicepresidencia del Estado haya sido patrocinado por la Organización de Naciones Unidas y contara con la participación de la Unión Europea porque ambas entidades, como se desprende de la Memoria del Proceso de Facilitación de Diálogo 2019- 2020 presentada por la Conferencia Episcopal Boliviana, fueron partes acompañantes del entonces proceso de transición política y constitucional y no apadrinaron ningún golpe de Estado.

Tres conceptos de los intervinientes — incluido del Vicepresidente desde su visión cosmogónica indigenista aymara— son fundamentales: “Respetar lo que piensa nuestro semejante” que no es comulgar con las mismas ideas pero sí oírlas y entenderlas en lo que de común tienen; “la búsqueda del territorio común” para el entendimiento y, fundamental para avanzar en los anteriores, “voluntad política”.

Lograr esa voluntad política —desarme de posiciones encontradas de todos los actores nacionales— será un proceso largo y minado. Coincido con Michael Doczy, embajador de la Unión Europea en Bolivia, en sus declaraciones a raíz del encuentro: “Para avanzar en la reconciliación es necesario bajar tensiones y tener voluntades. De lo contrario, no funcionará”.

Porque, como dijo el Apóstol Pablo, “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12: 10).

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Tetrix a la boliviana

/ 22 de junio de 2021 / 08:35

¿Recuerdan el Tetrix? Tonta pregunta hago para los más de 40 (y aun menos) porque desde 1984 que lo diseñó Alekséi Pázhitnov en todo el mundo se ha jugado en consolas, PC y teléfonos en 2 y 3 dimensiones. Encajando adecuadamente los tetrominós —las formas geométricas de cuatro cuadrados iguales que conformaban el juego—, muchos se acercaron por primera vez a una forma divertida de ver la geometría que, como el dominó con sus puntos, daba un mosaico armónico: un poliominó. ¡Pero cuán estresante es este Tetrix para quienes, inhábiles, no logran encajar correctamente los tetrominós!

El 9 de noviembre pasado asumió el gobierno de Bolivia don Luis Arce Catacora con su equipo, elegido incuestionablemente con 55,11% y con dos mandatos inequívocos de sus electores: trabajo y paz —en orden intercambiable porque ambos tenían, y tienen, la misma importancia—, mandatos que necesariamente pasaban por solucionar, de una vez y definitivo, los últimos resquicios de una pandemia cuya primera ola ya finalizaba. Pero como refranea el Oddun Oshe Obara en el yoruba caribeño: “Una cosa piensa el borracho, y otra el bodeguero”…

Tras su aureola de candidato-mago —indulgencia ajena de “ministro milagrero”— y candidato-conciliador, acordes con los mandatos populares, el nuevo presidente llegaba con otros dos mandatos “de arriba”, ineludibles y diferentes a los de los electores: a tambores batientes posicionar el relato del “golpe de Estado” —como vía para “sanificar” el desbande y apologizar el regreso— y castigar ejemplarmente la transición. Pero 2021 no era 2009 y, parafraseando a Talleyrand-Perigord, “(las porras, los garrotes y las rejas) sirven para muchas cosas menos para (a)sentarse sobre ellas”.

El desplante creciente dentro del mismo MAS-IPSP al verticalismo de Morales Ayma —expresión del quiebre interno que empezó en 2019—, el cada vez mayor resquebrajamiento del relato —reducido a “creyentes y fieles”, aunque en muchos «de dientes para afuera”—, la esperada y no llegada aún política de recuperación económica —con fulgores aislados y, al inicio, discursos exitistas ya olvidados—, la pacificación devenida en represión —a fin de cuentas, Del Castillo del Carpio, Chávez Serrano y Lima Magne fueron designados con la misión de cumplirla a profundidad, Del Castillo con más constancia que las incertidumbres de Lima o los pocos “éxitos” de Chávez— y la pandemia que, en vez de acabar, pasó a una segunda ola y se sobrepasó, hoy, en una más dañina tercera.

Lo que he sostenido fue en diciembre una estrategia adecuada para prevenir estragos de la pandemia —más allá de las críticas a la de “detención y aplane” de la primera ola bajo las paupérrimas condiciones heredadas en la sanidad pública—: “detectar” —muchísimas pruebas— y “prevenir” —vacunación masiva—, fue quedando progresivamente traumada por decisiones y discursos ideologizados, con pruebas en niveles muy fluctuantes y vacunas en incierto arribo (me solidarizo desde hace tiempo con Benjamín Blanco Ferri, quien ha tenido que dar las noticias de los reiterados incumplimientos de sus, también, anuncios de arribos), todo juntado con una comunicación irregular —exitismos falsamente obvios— y con un presidente cual agente aduanero que —sin pintar pero asaz naïf—me recuerda a Henri Rousseau.

Aunque algunas decisiones gubernamentales, como el “sana sana” con el “maldito imperialismo del Norte”, hacen pensar en urgencias pragmáticas —el feraz refranero iberoamericano nos lo pontifica en “la necesidad tiene cara de hereje”—, faltan muchas aún. Urge un entendimiento conciliado entre el masismo oficial, el masismo disidente y las dispersas oposiciones, porque si Biden y Putin se reunieron y entendieron, ¿por qué entre bolivianos no?

Renovemos nuestra política y sus liderazgos para que los tetrominós encajen.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Absurda pandemia en tiempo de ‘descarte’ III

/ 8 de junio de 2021 / 01:12

Esta es la tercera columna que dedico a esta pandemia absurda junto al concepto de “descarte”… y aún no he escrito sobre él. Es hora de hacerlo.

Durante mis años largos dando cátedra, William J. Stanton, Charles Futrell, Philip Kloter y Jean-Jacques Lambin —entre otros más— me permitían introducir en mis áreas lectivas, ya fuera elecciones y campañas políticas o publicitarias o su planificación: El trascendental cambio de paradigma de vender a satisfacer necesidades tras la posguerra sentó las bases de una revolución cultural. Saltaré las muchas consideraciones críticas para quedarme en la principal consecuencia de este paradigma mercadotécnico: El consumismo, “creando” presuntas necesidades insatisfechas —más allá de solucionar carencias— y hacer productos más perecederos (más descartables) para conllevar su continuo recambio.

Tras esa explicación a grosso modo —espero que suficientemente inteligible— podemos hablar de una “economía del descarte” que abarca no solo la vertiginosa urgencia de materias primas —y las consecuencias que conlleva— sino también, por la vía de acentuar la pobreza y la injusticia social —frente a la cual el papa Francisco promueve capitalismo con visión social: la Economía de Comunión (Focolares)—, a la marginación y abandono de grupos e, incluso, países como consecuencia del descarte social y cuya “solución” muchas veces va por el populismo y las tendencias rupturistas y extremistas (incluyo la llamada Economía del Desorden poscrisis).

Ese descarte social se ha acentuado en esta pandemia. Junto con inequívocas muestras de solidaridad de grupos, instituciones e individuos y con el esfuerzo sacrificado de los trabajadores de la salud, se han dado ejemplos de egoísmo y deshumanización, ya fuera el agiotaje de medicinas e insumos de urgente necesidad o por la corrupción en adquisiciones o por sobreprecios o por bulos, entre otros muchos. La crisis inesperada y demasiado larga de la pandemia —absurda, por ende— ha despertado lo mejor y lo peor en nuestras comunidades y entre muchos países; como Yuval Noah Harari, tengo una gran incertidumbre si, unidos como humanidad, tomaremos decisiones ahora que definirán el futuro porque “no hay nada predeterminado en la manera de lidiar con esta crisis y que hay muchas opciones (y) las decisiones que tomemos (…) reconfigurarán el planeta”.

Estamos en Bolivia en la etapa de crecimiento de la tercera ola, la de mayor morbilidad de las tres que hemos sufrido y aún nos pronostican, al menos, dos semanas de ascensos —la letalidad y mortalidad llegarán a su máximo unas dos semanas después del clímax de contagios, como ha sucedido en las precedentes.

Como ya he sostenido, la estrategia planteada en diciembre por el entonces equipo del Ministerio de Salud: detección —pruebas masivas— y prevención —vacunación amplia— era, por experiencias en otros países, la más adecuada para sustituir a la de detención que la administración precedente aplicó en la primera ola, que fuera la estrategia posible —a pesar de los problemas que tuvo— frente al desconcierto de la epidemia desconocida y de la pésima herencia de la sanidad pública. Gracias a la detección, la segunda ola fue mucho más corta y con menor morbilidad, letalidad y mortalidad; sin embargo, la irregularidad posterior en la cantidad diaria de pruebas y, sobre todo, los incumplimientos en la provisión de vacunas —consecuencia de decisiones más ideológicas “antimperialistas” que realista para su adquisición, con incumplimientos del proveedor ruso— han sido una de las causas de la alta morbilidad de esta tercera ola, así como la virulencia de nuevas cepas virales y el no-importismo de parte importante de la población, a modo de laissez passer, descuidando —cuando no abandonando— las medidas de bioseguridad.

Ésta será mi última columna de la serie Pandemia Absurda… eso espero.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Absurda pandemia en tiempo de ‘descarte’ II

/ 24 de mayo de 2021 / 23:54

Hace dos semanas publiqué la primera parte de esta columna. Llamé a la pandemia del COVID-19 “absurda” porque era todo lo contrario que el país esperaba: tras tres años de intentos gubernamentales para saltarse la Constitución y, de colofón, un fraude que nos hizo bordear una guerra civil —uno de cuyos epicentros, El Alto, tras poco más de un año le daría la espalda masivamente al partido del que entonces se abanderaba—, se preveía la estabilidad tras nuevas elecciones democráticas pero, como en todo el mundo, caímos de bruces en el desorden y la incertidumbre mayúsculos de la pandemia.

Casi 15 meses después de su inicio en Bolivia, estamos en la Tercera Ola. Mejor pertrechados sanitariamente sin dudas por los dos gobiernos que han navegado la pandemia —inversiones en instalaciones, técnica y contrataciones de personal tras la herencia paupérrima precedente— a pesar de una economía en rápido declive desde 2015 cuando acabaron los precios extraordinarios de nuestras materias primas de exportación que alimentaron el mito de un presunto “milagro económico” que le diera la victoria en 2020 a su pretendido gurú —claro que sin demeritar la “ayuda” del desaguisado de los demás partidos en competencia.

Recalando en la pandemia, noviembre 2020 coincide con el fin de la Primera Ola. En ese momento, sin la urgencia incierta del inicio y con la legitimidad de su victoria en las urnas, el nuevo gobierno cambió la estrategia sanitaria anterior de detención —alargar la curva para evitar el colapso sanitario— por la de detección temprana —pruebas— y prevención —vacunas—, pero se sustentó en dos axiomas: ideología —el antimperialismo del socialismo 21— y revancha —“todo lo malo era culpa de los de la transición”. Veremos los resultados de la nueva estrategia, acertada para ese momento de declive de la pandemia.

A grosso modo, la Primera Ola duró de mediados de marzo a fines de agosto de 2020 con algunas subidas hasta mediados de septiembre: siete meses; su pico de 2.036 nuevos contagios fue el 18/7 y el de fallecidos (102) el 2/9. La Segunda Ola transcurrió desde finales de diciembre de 2020 a fines de febrero de 2021: dos meses y el 27/1 tuvo su pico de 2.866 nuevos contagios, mientras que el de decesos (74) fue el 2/2. Esta Tercera Ola —anunciada y “desanunciada” hasta su inevitabilidad— tuvo un corto conato de inicio al abrir marzo pero ya el 30 de ese mes las cifras la daban iniciada; su pico —hasta ahora— de nuevos detectados (3.005) fue el viernes pasado y el de fallecidos —también hasta ahora— el jueves: 87; estamos en su segundo mes pero el Institute for Health Metrics and Evaluation de la Universidad de Washington (Seattle) —autoridad para la OMS— nos augura el pico de nuevos casos a inicios de junio con declive a fines de julio; el de decesos lo ubica a finales de junio. (Me abstengo de mencionar sus cifras pronosticadas.)

Las vacunas —que retomaré en la próxima tercera columna sobre el tema— son parte de la consecuencia de la ideologización del tema. Mientras se atacaba al imperialismo, el amigo al que se apostó principalmente —Rusia— incumplió ampliamente el cronograma y los volúmenes de provisión y las llegadas han sido las vacunas Sinopharm y parte de COVAX —demorado por la India—, provocando un ritmo fluctuante de vacunación. Hasta este domingo pasado, en 115 días de vacunación se habían inoculado 1.376.494 dosis: 1.076.034 primeras y 300.370 segundas, quedando 775.754 esperando la segunda dosis, aún cubierta por las 1.268.936 restantes de las ya llegadas, pero pendientes aún 11.690.148 dosis por llegar.

Muchas pruebas —detección— y muchas inoculaciones —prevención— son la estrategia contra la pandemia. A menos pruebas, menos casos detectados; a menos vacunados, más potenciales contagiados. Gravísimo en un país carente de concienciación de bioseguridad.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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