Voces

domingo 17 ene 2021 | Actualizado a 08:45

El cargo de Evo

Se producirá un inevitable relevo generacional con la emergencia de nuevos Andrónicos y otras Evas.

/ 2 de enero de 2021 / 04:25

¿Llegará el día en que Evo Morales asuma sin excusas que un apreciable número de seguidoras y seguidores suyos quedaron en estado de indefensión cuando instruyó la renuncia de quienes alcanzaban la sucesión constitucional (Senado y Diputados) “para que los golpistas se quedaran con su golpe”? Las señales dicen que no. Que el presidente vitalicio de las seis federaciones cocaleras del subtrópico cochabambino no quiere enterarse del desgraciado destino que tuvieron que soportar a partir de persecuciones políticas y extorsiones judiciales, entre otros argumentos, para defender su liderazgo histórico, mientras él disponía de muchas horas diarias para tuitear desde Buenos Aires. Valiosas y valiosos cuadros del mejor momento del masismo en el gobierno (2006-2014) fueron abandonados a su suerte, soportando, hasta ahora, detenciones preventivas, detenciones domiciliaras, y peor todavía, desde la esfera interna, vetos partidarios.

En el contexto de las incongruencias masistas, se sabe, por ejemplo, de un exviceministro que poco y nada aportó con su trabajo a las transformaciones del Estado en su área, que en su nueva calidad de asesor decidió apartar de su trabajo a un funcionario estatal por el solo hecho de haber aparecido en una selfie junto a un individuo tildado de “pitita”, cuando este sujeto había dado inequívocas señales de alineamiento. Este ejemplo pinta de cuerpo entero cuánto de inorgánico tiene el nuevamente partido de gobierno, en el que tantas veces se ha premiado el oportunismo y se ha castigado la lealtad incondicional y la responsabilidad funcionaria. En este contexto varias y varios masistas decidieron dejar la política o cuando menos, la militancia en el partido azul.

Dice Evo Morales que ahora queda claro quiénes estaban en el MAS nada más que por cargos. ¿No será que en este caso se aplica lo de la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio? Porque hasta donde tenemos registrado, Evo se aferraba con uñas y dientes al cargo de Presidente, objetivo para el cual ocasionó el embarrancamiento del Tribunal Constitucional que el 28 de noviembre de 2017 lo habilitó como candidato presidencial, decisión con la que se perforó un referéndum en el que se impuso el No a una nueva reelección. Así que, si a Evo le ha dolido la partida de Eva en busca de su legítima aspiración en base a méritos propios, aceptando ser candidata a Alcaldesa de El Alto por otra tienda política, tendrá que aceptar que la expresidenta del Senado, reducto desde el que defendió al MAS con su decisión de lucha contra el golpismo, no quiere una “pega”, sino más bien, ser electa por voluntad popular, aunque el precio sea el de la expulsión por indisciplina partidaria.

En el MAS —único partido nacional del país— se ha producido como nunca en la última década, una intensa y febril deliberación democrática para la determinación de candidaturas a gobernaciones y alcaldías, sin explícitas reglas de juego institucionales, con la influencia del caudillo y los criterios de las bases que se mezclan para en unos casos arribarse a decisiones concertadas y en otros, a rupturas inevitables. Es el caso del departamento de Santa Cruz, en el que quien fuera Alcalde de Warnes, Mario Cronenbold, ha terminado inscrito como candidato a gobernador, a 15 días de haber proclamado y levantado en andas al presentador televisivo Pedro García con la presencia de Evo, pero que de militancia masista tiene nada y en su momento, desde la Red Uno, fue uno de los conductores televisivos encargado de las encerronas mediáticas contra dirigentes de organizaciones sociales y que conforme transcurrieron los años, fue migrando en materia de visión de país, lo que le permitió perfilarse como potencial candidato finalmente inscrito para vicegobernador, no se sabe exactamente si por imposición del jefazo, influencia de algunos sectores, o la combinación de ambos factores.

Evo ha hecho y ha deshecho en el MAS con el liderazgo y la legitimidad que le otorgaron sus tres aplastantes triunfos en las urnas, pero ese tiempo ha fenecido y ahora ejerce la conducción que las federaciones cocaleras del Chapare le otorgan, teniendo que aceptar, como jefe del MAS, otros liderazgos, como el de David Choquehuanca, respaldado por la legitimidad institucional de la Vicepresidencia del Estado, con participación e influencia en el Pacto de Unidad, ese acuerdo de organizaciones monolítico que la derecha no supo copiar en más de una década.

Evo debe estar persuadido que volverá a ser candidato a la presidencia en 2025. Van a suceder muchas cosas en los próximos cinco años y entre ellas se producirá un inevitable relevo generacional con la emergencia de nuevos Andrónicos y otras Evas. A estas alturas, a Evo le queda ejercer el cargo de jefe del MAS con magnanimidad, contribuyendo a perfilar su partido más allá de él mismo. Es lo que les toca a quienes aspiran a trascender en el tiempo con su legado.

    Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Jota Ere

/ 16 de enero de 2021 / 02:16

Los reagrupamientos en el MAS–IPSP han dado lugar a un par de decisiones emergidas por unanimidad, una vez alcanzado el triunfo de Arce y Choquehuanca para acceder a la presidencia y la vicepresidencia del Estado: El entorno de Evo Morales no debe retornar al poder y los que ya fueron ministros no podrán volver a serlo en el marco de una voluntad renovadora y de un pedido de cuentas para quienes habrían sido partícipes o autores de la errónea decisión de desoír la voluntad electoral del 21 de febrero de 2016, que por mayoría decidió no habilitar una nueva postulación a la presidencia de quien ya había ganado tres elecciones consecutivas.

Las medias verdades suelen ser más nocivas que las altisonantes mentiras y, en ese sentido, culpar a un grupo palaciego de lo que hizo o dejó de hacer Evo Morales y que condujo a un quebrantamiento de la constitucionalidad boliviana encabezado por Mesa-Camacho- Doria Medina-Quiroga, será atribuible a equivocadas decisiones unipersonales —Evo es el responsable de Evo y nadie más— y no a supuestos calentamientos de cabeza ejercitados por sus cercanos, esos a los que se les llama llunkus en idioma quechua y han practicado con sistemático entusiasmo la zalamería para conveniencias personalísimas.

El entorno inmediato de Evo era muy peculiar en tanto estaba compuesto no por un coro polifónico, sino por un puñado de solistas, cada uno con estilo y orientaciones propias, fuera por intereses materiales concretos o por ámbitos de actuación especializada, y en ese marco de comprensión, la figura de Juan Ramón Quintana destaca por encima del resto, debido a su cotidiana influencia en la construcción discursiva antiimperialista. Si comparamos las alocuciones de Evo con las de su equipo de colaboradores más cercano, la retórica anticolonial, contra la derecha neoliberal y contra todo lo que significara “Imperio”, estaba provista por la influencia de este sociólogo y militar tempranamente retirado de las Fuerzas Armadas con grado de capitán, encargado de manejar asuntos estratégicos gubernamentales con especial influencia en el oriente y en la Amazonía bolivianos.

Quienes atribuyen a Jota Ere, como se le llamaba en los pasillos políticos de entonces, cualidades maléficas orientadas a la caza de reaccionarios de todos los matices, no saben, por ejemplo, que su manera de encarar y concebir las cosas era distinta y muchas veces contrapuesta a la de su colega de Gobierno, Carlos Romero, y que jamás se le pasaría por la cabeza escribir para un medio de comunicación que forma parte de lo que él mismo etiquetó como “cártel de la mentira”, como sí lo hace otro de los componentes de ese entorno, el que fuera Procurador y Ministro de Justicia, Héctor Arce.

Quintana ha sido pues un brazo fundamental del evismo, especialmente en períodos turbulentos cuando los cívicos y los prefectos, ahora gobernadores, conversaban fluidamente con la Embajada de los Estados Unidos para desestabilizar a un gobierno que fue capaz de reproducir el poder en dos oportunidades consecutivas (2009 y 2014) y desde el que se instaló una hegemonía parlamentaria como nunca antes había sucedido en la historia republicana del país. Controversial por su manera frontal y virulenta de encarar a sus adversarios de circunstancia, se convirtió en el trofeo más afanosamente perseguido por el murillismo, objetivo imposibilitado por la obtención de asilo político en la Embajada de México en La Paz. Se lo buscaba por sedición y terrorismo, con una endeble y poco seria base de sustentación como esa expresión que todavía debe retumbar en las cabezas más reaccionarias que mal gobernaron el país entre fines de 2019 y octubre de 2020, que decía que Bolivia se convertiría en un “Vietnam moderno” para resistir la arremetida golpista de la derecha en la que confluyeron militares, policías, la derecha partidaria y el fascismo cívico atrincherado en Santa Cruz de la Sierra.

Evo ha dejado de ser presidente hace 14 meses y por lo tanto el tan mentado entorno ha dejado de existir, aunque, por supuesto, cada una de sus figuras mantiene vínculos por separado con el jefe del MAS-IPSP, considerando que el actual presidente del Estado Plurinacional, Luis Arce Catacora, no fue parte de ese entorno, en tanto su peso específico lo perfiló como maestro de Economía del líder cocalero, y la política económica funcionó a través de una combinación de tecnocracia e ideología que le permitió al país indicadores competitivos en el espectro continental. Para el presidente Arce está claro que la voz partidaria debe respetarse, y nadie del entorno evista forma parte de los ámbitos de influencia gubernamentales en la actualidad, situación que aconseja a Jota Ere, en primer lugar, continuar reinventándose en el campo de la lucha contra el imperialismo y la antinación.          

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El cargo de Evo

/ 2 de enero de 2021 / 06:01

¿Llegará el día en que Evo Morales asuma sin excusas que un apreciable número de seguidoras y seguidores suyos quedaron en estado de indefensión cuando instruyó la renuncia de quienes alcanzaban la sucesión constitucional (Senado y Diputados) “para que los golpistas se quedaran con su golpe”? Las señales dicen que no. Que el presidente vitalicio de las seis federaciones cocaleras del subtrópico cochabambino no quiere enterarse del desgraciado destino que tuvieron que soportar a partir de persecuciones políticas y extorsiones judiciales, entre otros argumentos, para defender su liderazgo histórico, mientras él disponía de muchas horas diarias para tuitear desde Buenos Aires. Valiosas y valiosos cuadros del mejor momento del masismo en el gobierno (2006-2014) fueron abandonados a su suerte, soportando, hasta ahora, detenciones preventivas, detenciones domiciliaras, y peor todavía, desde la esfera interna, vetos partidarios.

En el contexto de las incongruencias masistas, se sabe, por ejemplo, de un exviceministro que poco y nada aportó con su trabajo a las transformaciones del Estado en su área, que en su nueva calidad de asesor decidió apartar de su trabajo a un funcionario estatal por el solo hecho de haber aparecido en una selfie junto a un individuo tildado de “pitita”, cuando este sujeto había dado inequívocas señales de alineamiento. Este ejemplo pinta de cuerpo entero cuánto de inorgánico tiene el nuevamente partido de gobierno, en el que tantas veces se ha premiado el oportunismo y se ha castigado la lealtad incondicional y la responsabilidad funcionaria. En este contexto varias y varios masistas decidieron dejar la política o cuando menos, la militancia en el partido azul.

Dice Evo Morales que ahora queda claro quiénes estaban en el MAS nada más que por cargos. ¿No será que en este caso se aplica lo de la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio? Porque hasta donde tenemos registrado, Evo se aferraba con uñas y dientes al cargo de Presidente, objetivo para el cual ocasionó el embarrancamiento del Tribunal Constitucional que el 28 de noviembre de 2017 lo habilitó como candidato presidencial, decisión con la que se perforó un referéndum en el que se impuso el No a una nueva reelección. Así que, si a Evo le ha dolido la partida de Eva en busca de su legítima aspiración en base a méritos propios, aceptando ser candidata a Alcaldesa de El Alto por otra tienda política, tendrá que aceptar que la expresidenta del Senado, reducto desde el que defendió al MAS con su decisión de lucha contra el golpismo, no quiere una “pega”, sino más bien, ser electa por voluntad popular, aunque el precio sea el de la expulsión por indisciplina partidaria.

En el MAS —único partido nacional del país— se ha producido como nunca en la última década, una intensa y febril deliberación democrática para la determinación de candidaturas a gobernaciones y alcaldías, sin explícitas reglas de juego institucionales, con la influencia del caudillo y los criterios de las bases que se mezclan para en unos casos arribarse a decisiones concertadas y en otros, a rupturas inevitables. Es el caso del departamento de Santa Cruz, en el que quien fuera Alcalde de Warnes, Mario Cronenbold, ha terminado inscrito como candidato a gobernador, a 15 días de haber proclamado y levantado en andas al presentador televisivo Pedro García con la presencia de Evo, pero que de militancia masista tiene nada y en su momento, desde la Red Uno, fue uno de los conductores televisivos encargado de las encerronas mediáticas contra dirigentes de organizaciones sociales y que conforme transcurrieron los años, fue migrando en materia de visión de país, lo que le permitió perfilarse como potencial candidato finalmente inscrito para vicegobernador, no se sabe exactamente si por imposición del jefazo, influencia de algunos sectores, o la combinación de ambos factores.

Evo ha hecho y ha deshecho en el MAS con el liderazgo y la legitimidad que le otorgaron sus tres aplastantes triunfos en las urnas, pero ese tiempo ha fenecido y ahora ejerce la conducción que las federaciones cocaleras del Chapare le otorgan, teniendo que aceptar, como jefe del MAS, otros liderazgos, como el de David Choquehuanca, respaldado por la legitimidad institucional de la Vicepresidencia del Estado, con participación e influencia en el Pacto de Unidad, ese acuerdo de organizaciones monolítico que la derecha no supo copiar en más de una década.

Evo debe estar persuadido que volverá a ser candidato a la presidencia en 2025. Van a suceder muchas cosas en los próximos cinco años y entre ellas se producirá un inevitable relevo generacional con la emergencia de nuevos Andrónicos y otras Evas. A estas alturas, a Evo le queda ejercer el cargo de jefe del MAS con magnanimidad, contribuyendo a perfilar su partido más allá de él mismo. Es lo que les toca a quienes aspiran a trascender en el tiempo con su legado. 

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La Presidenta Eva

/ 19 de diciembre de 2020 / 01:46

No hay mejor tontómetro que el de los alucinados con lo que hace o deja de hacer el MAS. Esos cultores de lo obvio afirman que la ruptura del partido azul se encuentra a la vuelta de la esquina debido a las últimas batallas por candidaturas a alcaldías, con exhibición amenazante de quimsacharanis, sillas voladoras de plástico muy barato que le pegan hasta al propio Evo Morales y desconocimientos a decisiones cupulares, sencillamente porque el Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos (IPSP) es una convergencia/divergencia de pareceres, por sus características corporativas nutridas de componentes caracterizados por lógicas que van desde lo étnico cultural hasta lo político sindical.

El MAS ha ganado nuevamente las elecciones presidenciales porque su militancia y sus simpatizantes de grados distintos lo consideran suyo: Ni repitiéndolo hasta el cansancio el conservadurismo comprende que ellas y ellos no son del MAS, que el MAS-IPSP es de ellas y ellos. Como la Madre Tierra. Como la Pachamama. Lo tienen penetrado en lo más profundo de sus creencias y, por ello, ganan elecciones nacionales desde hace 15 años con guarismos aplastantes que superan el 50%, así que quienes crean que una reyerta por candidaturas, propia de una organización amplia por su plurinacionalidad y por sus intereses diversos y a veces contrastados, va a tumbar su unidad, prefieren seguir sometidos al tontómetro de los lugares comunes y la incapacidad interpretativa.

El pedazo de institucionalidad democrática que se mantuvo en pie durante los oprobiosos días del gobierno de facto encabezado por la exsenadora Jeanine Áñez, supo conservarlo el MAS desde las directivas y los dos tercios en las dos cámaras. Fue la Asamblea Legislativa Plurinacional, que en determinado momento los golpistas se vieron tentados en cerrar, la que impidió que el autoritarismo fuera total en el país, gracias, fundamentalmente, al coraje de la presidenta del Senado, Eva Copa, que desafió al tenebroso ministro de Gobierno, Arturo Murillo, a que la fuera a buscar, que la esperaba en su despacho, y tuvo la valentía de plantarse contra la prepotencia del Gral. Sergio Orellana, comandante en Jefe de esas Fuerzas Armadas que forzaron la ruptura constitucional el 10 de noviembre del pasado año, cuando éste, junto con camaradas suyos, se apersonó con traje de combate para exigir los ascensos a generales esperados por aquellos que hicieron de su comandante simbólico a Luis Fernando Camacho, el cívico, encarnación del Cristo Redentor de Santa Cruz de la Sierra.

A partir de entonces, Murillo decidió ser cuidadoso para referirse a Copa, los militares tuvieron que regresar sobre sus propios pasos con la cabeza gacha y resignarse a que los ascensos no serían aprobados por el Senado, y como si esto no fuera suficiente, Copa se plantó inconmovible ante las presiones del Ejecutivo para la aprobación de deuda externa a través del Fondo Monetario Internacional (FMI). Encabezando la bancada mayoritaria del MAS, supo, conforme se iba superando el miedo a las metrallas y a las bayonetas, que el parlamento boliviano no levantaría la bandera blanca, y en la pulseta, la representante de El Alto demostró ser más presidenta que Jeanine, que ella mandaba en la Asamblea y que era capaz de exhibir una entereza admirable. Casi nadie la conocía hasta el día en que debió asumir, forzada por las circunstancias, la conducción parlamentaria, y hoy es precandidata a Alcaldesa de El Alto. Los mejor informados en el MAS están persuadidos que ganaría la elección de marzo, y aunque Evo no esté convencido de ese cálculo, ya está claro que las decisiones se toman a partir de hace unos días, a través de una combinación de las decisiones de las bases y de la experimentada orientación de su líder histórico.

Eva Copa era una “compañerita” a la que seguramente los maniáticos de la adjetivación incluían en el rebaño de los masistas levantamanos. Que estaban ahí para hacer número, cuando las circunstancias instruidas desde el Ejecutivo lo ameritaban. En situaciones extremas, cuando el golpismo le había propinado un derechazo furibundo a su fortaleza mayoritaria, la militante alteña fue rearmando el escenario, haciendo escuchar su voz, imponiéndose y doblándole la mano a su excolega, en ese momento, alojada en el Palacio Quemado y que terminó anunciando el retiro de su candidatura a la presidencia con un abrigo color sandía. 

A Eva Copa, alteña de nacimiento y corazón, Bolivia le debe, otra vez, como a tantos alteños, la defensa intransigente e indoblegable de la democracia. Lo poco que quedaba de ejercicio del Estado de derecho fue defendido con valentía y lucidez política por una bancada parlamentaria, encabezada por ella y secundada por Sergio Choque en Diputados. Con ese indiscutible ejercicio de compromiso, hoy, el MAS en la ciudad de El Alto se encuentra en la disyuntiva de si esta podría ser o no su próxima Alcaldesa.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La persecución política interrumpida por el voto popular

Si, como se prevé, se enjuiciará a los golpistas por sus distintos grados de responsabilidad en los hechos de noviembre de 2019, que se lo haga sin conculcar libertades y derechos ciudadanos,

Jeanine Áñez, en el balcón del Palacio de Gobierno, al proclamarse presidenta el 12 de noviembre de 2019. Foto: La Razón-archivo

/ 13 de diciembre de 2020 / 10:15

La inoperante y nociva política exterior del gobierno de facto de Jeanine Áñez, o, mejor, la No política exterior de Bolivia producida entre noviembre de 2019 y octubre de 2020, ayuda a entender que ni siquiera con cierta complicidad foránea el régimen autoritario de transición se dejó ayudar: su fundamentalismo antimasista lo sepultó. Con apenas un trío de embajadores nombrados a dedo, sin autorización del Senado, conforme a ley, el país dejó de ser interlocutor válido ante la comunidad internacional, incluso para Estados Unidos de Donald Trump, que a través de su secretario de Estado, Mike Pompeo, saludó presuroso el triunfo de Luis Arce Catacora en las urnas con el que el Movimiento Al Socialismo (MAS) retornó al poder, demostrando que se había podido sin Evo, que se había tratado de un proyecto nacional popular o de izquierda nacional, como dirían los movimientistas de antes, con vida propia, sustentado por un sujeto colectivo que ha demostrado que las urnas pueden ser poderosamente contestartarias contra cualquier imperialismo y todo su aparataje de dominación y sometimiento.

Como por arte de prestidigitación en que aparecen-desaparecen las cosas instantáneamente, se fue poniendo de manifiesto que la detención preventiva, la detención domiciliaria y el autoexilio para escapar de la persecución política sustituyeron al debido proceso, ese que en muchos casos también fue sepultado en la última administración de Evo Morales y que, como la falta de pruebas o de materia justiciable, se hacían escandalosamente evidentes en la gran mayoría de los casos; ese puñado de fiscales mandados a operar por el poder político comandado por el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, y secundado por el de Economía, Óscar Ortíz —entendido éste como el estilo gubernamental que caracterizó la presidencia de la señora Añez, tan decorativa ella—, se vieron obligados a rectificar sus infracciones procedimentales y a recular en sus intentos extorsivos como ese del millón y medio de dólares y la entrega de la propiedad de una emisora televisiva a cambio de la libertad de uno de los tantos perseguidos de turno.

Así se gobernó Bolivia durante casi un año: sin servicio exterior formalmente nombrado, con oportunistas encargados de negocios que fueron becados para ir de paseo, y en La Paz, atropellando y expulsando a personeros y ciudadanos de países como Cuba y Venezuela, que tan mal le caen a ese anacrónico anticomunismo que, entre otras cosas, pone en evidencia lo poco actualizada y casi nada leída oposición al MAS, que en su prepotencia estaba convencida de que narrar ante los medios los pormenores de cómo se convenció a policías y militares de amotinarse y rebelarse contra el orden constituido resultaba hasta anecdótico y simpático. De esta manera quedó debidamente registrado que Luis Fernando Camacho formó parte del gobierno inconstitucional con la presencia de dos ministros que lo representaban (Presidencia y Defensa) y un presidente de empresa estatal (Entel), lo que certifica su participación durante la interrupción parcial del Estado de Derecho, que en su momento —pensaron— podía extenderse al cierre de la Asamblea Legislativa Plurinacional, que fue el escenario institucional no conculcado, hecho que condujo a medios como The Economist a afirmar que en Bolivia se había instalado una democracia híbrida.

Hasta aquí llegamos con el cúmulo de información que se refiere a la persecución política en Bolivia —publicada desde septiembre, aquí, en el Animal Político de La Razón— que data desde tiempos de Tupac Katari y Bartolina Sisa, y que encuentra sus momentos más significativos y nefastos a lo largo de nuestra historia republicana en el período hegemónico del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), resultante de la Revolución de 1952, y durante las dictaduras militares que se extendieron hasta principios de los 80, con un descenso significativo en términos estadísticos y cambios de método persecutorio durante la etapa caracterizada por la democracia pactada (1985-2005), y puesta nuevamente en funcionamiento durante los gobiernos de Evo Morales a través de un mecanismo al que se ha denominado “fiscalato” y elevada a índices de escándalo durante el “oncemesino” gobierno de Añez-Murillo-Ortíz, trío al que se debe agregar  los ministros de la Presidencia, Yerko Núñez, y de Obras Públicas, Iván Arias, quienes también habrían hecho uso de su influencia política para digitar acciones en el Ministerio Público, en tareas de criminalización de militantes, simpatizantes, dirigentes sindicales y empresarios con distintos grados de sintonía con el Movimiento Al Socialismo (MAS).

En el contexto del falso debate entre fraude versus golpe de Estado, las órdenes judiciales y las actuaciones de algunas fiscalías departamentales fueron revirtiendo sus decisiones y apenas posesionado Luis Arce como presidente del Estado, las Fuerzas Armadas y la Policía Boliviana dejaron de tener esa presencia callejera que hasta hace unos meses garantizaba la circulación de grupos de civiles en conductas paramilitares y parapoliciales, con los que se demostró que una porción minoritaria de nuestra sociedad ha demostrado una vocación linchadora en el convencimiento de que se puede hacer justicia por mano propia.

Si, como se prevé, se enjuiciará a los golpistas por sus distintos grados de responsabilidad en los hechos de noviembre de 2019, que se lo haga sin conculcar libertades y derechos ciudadanos, ya que hasta un fascistoide como Camacho tiene derecho al debido proceso, mecanismo que podría contribuir a recuperar la credibilidad en un sistema de justicia ahogado en una profunda crisis y que debe restituir con privilegio el ejercicio y el respeto irrestricto de los derechos humanos. Se trata, en consecuencia, de acabar con la persecución política a cargo del poderoso de turno. La historia nos ha enseñado que, independientemente del color ideológico que caracteriza a quien detenta el poder, la tentación autoritaria es inherente a su ejercicio. Bolivia no necesita más San Román, Gayán, Arce Gómez, Guerrero o Murillo. Es hora de inventar a los jueces y a los fiscales probos y desterrar —ojalá que para siempre— a los torturadores, represores y criminalizadores que tanta impotencia y dolor han sembrado a lo largo de toda nuestra historia, sobre todo en ese mundo popular que por defender sus derechos y expresar su visión del mundo ha sido asediado con violencia extrema hasta provocar su eliminación física, como infelizmente sucedió en Senkata y Sacaba en noviembre de 2019.

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Tuto

/ 5 de diciembre de 2020 / 01:20

No se conoce en nuestra historia otro delfín de dictador latinoamericano más paradójico que Jorge Quiroga Ramírez, aquel presidente accidental que entre 2001 y 2002 supo reemplazar constitucionalmente a su mentor, el Gral. Hugo Banzer Suárez, que en el tramo final de su vida no fue condenado por una sentencia ejecutoriada ante el juicio de responsabilidades que le iniciara Marcelo Quiroga Santa Cruz, asesinado en 1980 por paramilitares que conectaban a la entrante dictadura de Luis García Meza con Banzer reciclado a la democracia.

Tuto, que lleva el sobrenombre de su padre, Jorge Joaquín Quiroga Luizaga, representante de la dictadura banzerista (1971–1978) ante el Consejo Internacional del Estaño en Malasia, se ha pasado los últimos años, desde que fuera sometido a una paliza electoral en 2005 casi idéntica a la recibida por Carlos Mesa el pasado 18 de octubre, profiriendo cuanto adjetivo agraviante encontraba a su paso para referirse al dictador Castro, al dictador Chávez, al dictador Daniel Ortega, al dictador Nicolás Maduro y cómo no, al dictador Evo Morales que lo sacudió en las urnas 54 contra 28. En síntesis, lo paradójico consiste en que el hijo político del dictador con siete años de permanencia en la presidencia de Bolivia, se refiera en esos términos a personajes que a excepción de Fidel Castro llegaron a los gobiernos de sus países a través del voto ciudadano.

A Tuto nadie le decía ni mu, hasta este momento en el que resulta oportuno recordar que la Memoria y el Archivo existen. Varios de sus adversarios ya ni se molestaban en retrucarlo seguramente por considerarlo un muerto viviente de la política, un candidato que no pudo superar el 1% en las encuestas para las elecciones de 2020, con ese su anticomunismo en blanco y negro, de traje y corbata, que a estas alturas del siglo XXI resulta vetusto e incomprensible a las nuevas generaciones.

Hay que suponer que su intuición de rima fácil le fue dictando que había que llamar títere al candidato del MAS, ahora Presidente. O decirle cobarde a Evo Morales por haber salido del país en noviembre del año pasado, cuando fue él quien intercedió ante el Gral. Jorge Terceros, comandante de la Fuerza Aérea, ya que el puñado de golpistas entre los que por esas horas se movía —sí, Tuto terminó siendo golpista, igual que su maestro— era el más lúcido: “Si Evo Morales se queda en el país, el nuevo gobierno no aguanta”, pensaba, por lo que era aconsejable que se le diera el visto bueno para salir hacia México vía Paraguay.

El doble discurso es una vieja práctica en el escenario de la confrontación política. Fue Tuto, si se acepta la versión que informaba que la vida de Evo Morales corría peligro, uno de sus generosos salvadores, obviamente por necesidades inmediatas de consolidación de un gobierno que en la teoría debía ser exclusivamente de transición hacia nuevas elecciones, y que tomó cuerpo a partir de la violación de la Constitución Política del Estado y del Reglamento del Senado, con el ágil asesoramiento jurídico de Luis Vásquez Villamor, que aconsejó fabricar la habilitación de la nueva presidenta a través de una minuta emitida por el Tribunal Constitucional debido a un “peligroso vacío de poder”.

Habrá que recordar que esta generosidad demostrada en favor de la preservación de la vida de su archienemigo político no asomó, por ejemplo, cuando en 2002 se dedicó a boicotear al binomio de su propio partido, Acción Democrática Nacionalista (ADN), conformado por Ronald MacLean Abaroa y Tito Hoz de Vila (+), en tiempos de una agria disputa interna generacional que enfrentaba a los llamados “pitufos” de los que él se constituía en líder, frente a los viejos amigos del General, etiquetados como “dinosaurios”. Más adelante, la justicia poética se encargaría de su destino, convirtiéndolo en ser pensante del derrocamiento de Evo, nombrado embajador itinerante para explicar el “procedimiento” de la llegada de Jeanine Áñez a la silla presidencial y más tarde implacablemente sancionado por la opinión ciudadana a través de encuestas que nunca lo situaron por encima de ese 1% de las preferencias: El buen amigo de la Embajada de los Estados Unidos quedaba así, afuera de la contienda, no por generosidad personal como pretendió posicionar, sino simplemente por incapacidad competitiva.

Habrá que decir en favor de este protagonista de la democracia pactada, exvicepresidente de Banzer antes que nada, que se perfilaba como el mejor candidato posible de la derecha: Todos sus socios golpistas debieron deponer sus candidaturas para potenciar la de Tuto, que por supuesto es el neoliberal más estructurado de todos quienes han participado en la última contienda de la que se salvó de recibir otra goleada como la de 2005, por abandono. El voto “útil” no estaba destinado para él.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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