Voces

lunes 25 ene 2021 | Actualizado a 14:06

Desafíos e incentivos

/ 3 de enero de 2021 / 06:57

Un hilo de mi reflexión sobre el proceso político boliviano es la representación política. Sus fortalezas y debilidades; el riesgo de una crisis que impulse la vigencia de tendencias antipolíticas en la sociedad y los desafíos que enfrenta en determinadas coyunturas. En este caso me concentro en las señales que surgieron en la definición de las estrategias electorales de las principales fuerzas políticas del campo opositor rumbo a las elecciones subnacionales de 2021.

Un punto de partida es la modificación del sistema de partidos con la presencia de Comunidad Ciudadana y Creemos en la Asamblea Legislativa Plurinacional en reemplazo de Demócratas y Unidad Nacional. Dos fuerzas de reciente creación desplazaron a dos partidos con más de 10 años de trayectoria. El MAS ratificó su condición de pivote del sistema de partidos siendo la única fuerza parlamentaria estable durante casi dos décadas. Ahora bien, ¿qué denota la selección de candidatos y la formación de frentes electorales para el fortalecimiento o deterioro de la capacidad de representación política?

Comunidad Ciudadana perdió la oportunidad de constituirse en una organización política nacional puesto que optó por una estrategia de subordinación a las relaciones de fuerza locales en vez de consolidar su base de apoyo electoral. Sin candidato propio a la Alcaldía de la ciudad de La Paz —además, con una ruptura aparatosa de su alianza con Sol.bo— y con un invitado en Cochabamba —que antaño perteneció al partido de Manfred Reyes Villa— no pudo (o no supo) traducir la fuerza electoral que obtuvo en los comicios del año pasado en capacidad para articular a los opositores al MAS. No pudo hacerlo en octubre y noviembre del 2019 y terminó subordinado a Luis Fernando Camacho que comandó, desde el Comité Pro Santa Cruz, la conspiración que culminó con el golpe de Estado contra Evo Morales. Y ahora es una sigla más en una lista de siete organizaciones que apoyan la candidatura de Camacho a la Gobernación de Santa Cruz. Es evidente que se diluyeron las posibilidades de consolidación institucional de CC y en la medida que su líder —Carlos Mesa— no tiene otro incentivo para seguir en la arena política que su reyerta con Evo Morales, puesto que ya no será candidato presidencial, esta organización política enfrentará un futuro incierto. Un dato preocupante para el sistema de representación política.

Mayor certeza denota la estrategia de Creemos que optó por consolidar su fuerza electoral en Santa Cruz con la postulación de Camacho como gobernador y que cuenta con el apoyo, entre otros, de Demócratas. Es un cambio sustantivo en el mapa político cruceño como reacción a la victoria del MAS en octubre pasado expresado en un recambio en el liderazgo regional que tiene perspectivas de disputar la presidencia en los próximos comicios. A diferencia de Comunidad Ciudadana, Creemos tiene mayores posibilidades de consolidarse institucionalmente puesto que esta organización política puede estar al mando del gobierno departamental de Santa Cruz y Luis Fernando Camacho tiene el incentivo de la candidatura presidencial sin rivales fuertes en el campo opositor. No es casual que en su discurso de proclamación como candidato se haya referido a la “federalización”. La consolidación de Creemos será una buena señal para el sistema de representación política puesto que su base electoral es conservadora y tiene tendencias antipolíticas.

La democracia se fortalece si incluye a esos segmentos de la sociedad. Y también si se resuelven las contradicciones internas en el MAS —entre renovación e inercia— que salieron a relucir en la elección de candidatos, sobre todo en El Alto con la lamentable exclusión de Eva Copa, que puso en evidencia la necesidad de que esta organización política defina un nuevo esquema para sus procesos decisionales puesto que está viviendo la rutinización del carisma de Evo Morales aunque muchos dirigentes, incluido él, no se dan cuenta. Tema pendiente, en todo caso, porque ya no hay espacio; se terminó, como 2020. Abur.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Contradicciones y desafíos

En la actualidad, el MAS enfrenta varias contradicciones internas, no son tensiones (palabra de moda).

/ 17 de enero de 2021 / 02:02

En varias ocasiones he alertado sobre el riesgo de una crisis de representación política. Este fue mitigado el 18 de octubre de 2020. La contundente asistencia a las urnas y la concentración de votos en la fuerza vencedora implicó la plena recuperación de la democracia y la anulación de los temores de ingobernabilidad. Por eso es importante analizar lo que acontece en el seno del partido de gobierno, puesto que es el pivote del sistema de partidos. En la actualidad, el MAS enfrenta varias contradicciones internas; no son tensiones (palabra de moda) porque, en política, las relaciones de fuerza no son estáticas y las contradicciones se resuelven más temprano que tarde. En la selección de candidaturas para las elecciones subnacionales se puso de manifiesto una contradicción entre las organizaciones de base (Pacto de Unidad) y el aparato partidista (la dirigencia del MAS), otra entre modalidades de elección (democracia de asamblea y designación vertical —“dedazo”—) y, finalmente, entre renovación (generacional) e inercia (permanencia del “entorno”).

Estas contradicciones expresan la búsqueda (contingente) de un nuevo formato en el proceso decisional en el MAS que, antes de noviembre de 2019, dependía de la centralidad del “jefazo” que ocupaba el centro decisorio como presidente del Estado, del partido y de la coalición de organizaciones sindicales. Hoy, el MAS vive la rutinización del carisma de Evo Morales; su rol histórico fue reconocido de manera apoteósica por sus seguidores en su retorno (exactamente un año después de su partida al exilio en una suerte de heroísmo minimalista), pero ese reconocimiento no implica una aceptación indiscutible de su liderazgo. Nunca fue indiscutible (lo estudié en mi libro Mandato y contingencia. El estilo de gobierno de Evo Morales) pero, en esta coyuntura, sus decisiones fueron cuestionadas, en algunos casos repudiadas —El Alto y Potosí, los más visibles— como consecuencia del incumplimiento de las resoluciones del ampliado del MAS que resolvió que la elección de candidaturas debía seguir dos criterios: renovación —veto a quienes estuvieron en el gobierno en el pasado— y decisión de las organizaciones sociales —sin incidencia de la dirigencia del partido—. Los conflictos —algunos con violencia— en la definición de las candidaturas fueron resultado de la inobservancia de estas reglas. Y eso fue resultado de una contradicción, antes inexistente, entre las organizaciones sociales, reagrupadas en el Pacto de Unidad, y el “instrumento político” (MAS-IPSP). Ahora, paradójicamente, el partido es fortalecido como institución puesto que se ha convertido en un recurso de poder para Evo Morales en la medida que sigue ostentando el cargo de presidente del MAS (antes nominal, ahora eficaz). Por las circunstancias, Evo Morales promueve un proceso de institucionalización del partido que transcurre al margen del Gobierno, un hecho que nunca procuró — ni ocurrió— durante su presencia en el poder. Esta contradicción explica las disyunciones internas y se alimenta con la disparidad de criterios sobre las causas del golpe de Estado que, en la visión de Evo Morales y sus allegados, no contempla ninguna responsabilidad y se refugia en la victimización. Es evidente que la autocrítica en las filas del MAS es una asignatura pendiente. Sin ese acto no habrá renovación discursiva y sin renovación discursiva —y de liderazgos— será difícil que el MAS impulse una nueva fase en el “proceso de cambio”, más necesaria que nunca.

Fernando Mayorga es sociólogo.   

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Ciclo electoral

/ 6 de diciembre de 2020 / 07:16

La política está en proceso de reacomodo después de los resultados del 18 de octubre de 2020 y la conformación del nuevo Gobierno en noviembre al mando de Luis Arce Catacora. Ese reacomodo tendrá otro hito importante con la realización de los comicios subnacionales en marzo del año próximo. Entonces se cerrará el ciclo electoral puesto que a la distribución horizontal del poder —con el MAS al mando del Ejecutivo y con mayoría en el Legislativo— se sumará el panorama de la distribución vertical del poder, esto es, la composición de los gobiernos departamentales y municipales en términos de la pugna entre oficialismo y oposición.

Desde la instauración de la división vertical del poder en diciembre de 2005, con la elección popular de prefectos, se estableció un nuevo mapa institucional del poder político que se confirmó y robusteció con la implementación del régimen de autonomías territoriales desde 2009. Por eso es preciso hablar de ciclo electoral, para evaluar de manera integral la distribución del poder. Es preciso recordar que el MAS obtuvo mayoría absoluta en tres elecciones presidenciales (2005, 2009, 2014), no obstante, en los comicios subnacionales de 2005, 2010 y 2015 no superó el 50% de la votación nacional y perdió en la mayoría de las capitales de departamento. Por ahora es una incógnita si se repetirá o no esa distribución de la votación en los comicios de marzo de 2021.

Un tema preocupante antes de las elecciones generales era la crisis de representación política y el riesgo de su agudización expresado en un mayor debilitamiento del lazo entre las organizaciones políticas y la sociedad o en un rechazo general a la mediación partidista. La aguda polarización política y social, la ruptura del orden constitucional mediante un golpe de Estado y la pésima gestión gubernamental de un gobierno carente de legitimidad sentaron las bases para que este riesgo sea una amenaza real. Sin embargo, la primera respuesta que disipó ese riesgo fue la masiva asistencia a las urnas con un 88% de participación ciudadana. Existía cierto temor de que no se repita el promedio de participación de las últimas dos décadas debido al contexto de la pandemia, cuyos efectos inhibitorios se demostraron en comicios realizados en varios países; sin embargo, el comportamiento positivo de la sociedad fue contundente. La segunda respuesta fue la concentración del 55% de los votos en la organización política vencedora, denotando la fortaleza del MAS como un partido con presencia nacional, arraigo social y respaldo popular. Una de las incógnitas del evento electoral de 2020 era el desempeño del MAS, considerando su grave derrota política en noviembre de 2019, la ausencia de su líder y el asedio represivo gubernamental durante 11 meses. La resiliencia del MAS y su capacidad organizativa y movilizadora reflejada en las urnas lo convierte en un factor decisivo para que no se haya agudizado la crisis de representación política.

La tercera respuesta fue la irrupción de Comunidad Ciudadana y Creemos, nuevas fuerzas políticas en la escena legislativa, cuyo derrotero dependerá de sus procesos de consolidación institucional y de su irradiación territorial. Ambos aspectos se definirán, precisamente, en las elecciones subnacionales. El campo opositor se ha modificado de manera notable puesto que los dos partidos con cierta consistencia organizativa —Unidad Nacional y Demócratas— ya no tienen presencia en la Asamblea Legislativa Plurinacional y solamente les queda disputar espacios en la política departamental y municipal para seguir teniendo vigencia. Esto implica que competirán contra Creemos y Comunidad Ciudadana, provocando una dispersión en el campo opositor que puede terminar debilitando a todos sus integrantes y favoreciendo al MAS. Es evidente que la crisis de representación política no puede ser resuelta si no se consolidan las fuerzas de oposición, sobre todo considerando la existencia de grupos rupturistas —aquellos que pidieron la anulación de las elecciones y una “junta militar” de gobierno y, también cuestionaron a los partidos— que pueden canalizar el descontento de ciertos sectores sociales urbanos hacia posturas anti-políticas, es decir, antidemocráticas.  En marzo será posible discernir acerca de este peligro para la democracia.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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La oposición parlamentaria y sus desafíos

/ 8 de noviembre de 2020 / 03:21

Después de los comicios, el escenario político presenta ciertas transformaciones entre las que destaca un cambio en la composición y dinámica del sistema de partidos. Entre 2010 y 2020 prevaleció un sistema de partido predominante puesto que el MAS dispuso de mayoría calificada de dos tercios en las dos cámaras de la Asamblea Legislativa. Este nuevo periodo se caracteriza por un pluralismo moderado con tres fuerzas con representación parlamentaria y aunque el MAS mantiene supremacía en ambas cámaras ya no dispone de mayoría calificada. En estas circunstancias es posible que se produzcan interacciones entre oficialismo y oposición para la concertación en temas puntuales. Para tal cometido, es importante que se revisen los reglamentos de debates de las cámaras legislativas y debatir los cambios aprobados por la anterior ALP. No para dar curso a un reclamo opositor que utilizó este tema para reiterar su retórica anacrónica y desgastada acerca de la “dictadura masista” sino para establecer reglas que incentiven la deliberación en el ámbito legislativo. La concertación política es una condición ineludible para mitigar la polarización ideológica y fractura social. Y es un requisito para enfrentar la crisis económica y sanitaria. Para que se cumpla este cometido es crucial el papel de los adversarios del MAS habida cuenta que se han producido notables cambios en el campo opositor.

Dos organizaciones políticas con trayectoria y grado de institucionalización desaparecieron de la escena legislativa: Unidad Nacional y Demócratas. Fueron reemplazadas por Comunidad Ciudadana y Creemos, nuevas entidades de reciente creación y forjadas para la contienda electoral. Tienen adherentes pero carecen de militancia, no tienen estructura organizativa nacional y tampoco disponen de recursos de poder institucionales. Por ahora son bancadas parlamentarias y organizaciones políticas en ciernes que, para consolidarse, deberán encarar exitosamente el desafío de las elecciones departamentales

Empero, no es el único rostro de la oposición, puesto que existe una oposición extraparlamentaria radical, golpista y anti-institucional con fanatismo religioso y racismo explícito que, después de la victoria del MAS, ha realizado acciones de protesta violando el orden constitucional. Sin duda que el rol de las fuerzas parlamentarias de oposición será decisivo para que este accionar antidemocrático se difumine y se desarticulen esos grupos irregulares que piden “junta militar”. Por ahora las señales son confusas. Comunidad Ciudadana no asistirá al acto de posesión presidencial y Carlos Mesa descalificó al MAS como fuerza democrática en un balance publicado hace días. Es incongruente pedir que se restituyan los dos tercios en los reglamentos de las cámaras legislativas en resguardo del debate pluralista y la búsqueda de acuerdos y, al mismo tiempo, descalificar a la principal fuerza política. Por su parte, como parte de una disputa al interior de las élites en Santa Cruz, Luis Fernando Camacho terminó plegándose al paro cívico del viernes pasado, alineándose con los grupos radicales puesto que su partido, Creemos, no puede poner en riesgo el apoyo de su base electoral con miras a las elecciones de gobernador y alcaldes. En suma, mientras las fuerzas de oposición privilegien lo táctico y sigan reproduciendo sus prejuicios antimasistas será difícil encauzar el proceso político hacia una fase de estabilidad, necesaria para enfrentar la múltiple crisis heredada del deplorable “gobierno transitorio”.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Lecciones y elecciones

/ 11 de octubre de 2020 / 06:57

El próximo domingo acudiremos a las urnas. Casi en la misma fecha que el año pasado. ¿Qué sucedió en el transcurso de 11 meses para que el panorama electoral sea análogo al de 2019, es decir, que el MAS sea favorito y que Comunidad Ciudadana aspire a una segunda vuelta? Sin Evo Morales en escena y con Carlos Mesa esperando, otra vez, el beneficio del voto ajeno o la declinación de algunas candidaturas. Esto denota que el MAS no perdió su fortaleza política y que sus rivales no forjaron una coalición alternativa.

La caída de Evo Morales mediante un golpe de Estado fue una victoria imprevista para los opositores al MAS que actuaron por única vez de manera cohesionada. Esa coalición puso a Áñez en la presidencia y dispuso de condiciones favorables —represión policial y militar de por medio y cierto estupor en los sectores populares— para impulsar un proyecto de restauración oligárquico señorial con el objetivo de desmantelar el modelo estado-céntrico forjado por el MAS con la nacionalización y la nueva CPE. Sin embargo, los personajes que tomaron el poder no entendieron el alcance de su victoria. La furia contra la wiphala fue la señal de que el rencor era más fuerte que la ideología y ese encono marcó la impronta de un gobierno sustentado en la violencia estatal (Senkata y Huayllani) y un desapego absoluto por el Estado de derecho. Y todo en nombre de la “libertad” y la democracia, nunca tan vilipendiada con acciones autoritarias y una retórica altisonante de tinte ultra conservador rociada con agua bendita. 

La euforia por esa victoria imprevista se transformó en triunfalismo y esa coalición de noviembre se desagregó en varias candidaturas, incluyendo a la autoproclamada Presidenta y al dirigente cívico que orquestó la conspiración. Pensaron que la disputa electoral sería un juego reservado para ellos bajo el supuesto de que el MAS estaba derrotado. Nunca entendieron ese fenómeno sociopolítico que irrumpió victoriosamente en diciembre de 2005 y disfrazaron su desprecio por lo nacional-popular con un racismo rancio y decimonónico asentado en una curiosa antinomia: “ciudadanos” versus “salvajes”. Esa era, y es, la visión de “modernidad” de las élites políticas y económicas que retornaron a los meandros del poder después de una década y media.

Esa visión del mundo les hizo creer que el MAS era un mero reflejo de su “caudillo” y no un “instrumento político” de las organizaciones campesinas indígenas y otros sectores populares. Ese rasgo constitutivo salió a relucir prontamente. El MAS mostró la primera señal de recuperación a principios de diciembre con la realización de un ampliado en Cochabamba. No había transcurrido ni un mes después del golpe de Estado y el Pacto de Unidad tuvo la capacidad de reagruparse demostrando su consistencia organizativa, aquella que se expresa, estos días, en capacidad de movilización proselitista. Esa base social se sentía representada por Evo Morales pero no dependía de su liderazgo y por eso reitera su voto leal a Luis Arce. Así, el MAS convoca el apoyo del votante medio de las ciudades que se siente agobiado por la crisis económica, mientras sus rivales se disputan el voto antimasista con consignas vacuas y anacrónicas —“evitar el retorno de la dictadura” (sic)—. En estas circunstancias, la disputa política se encamina a las urnas para la forja de un gobierno legítimo después de un oscuro paréntesis en nuestra historia democrática.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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La representación política en crisis

/ 13 de septiembre de 2020 / 05:46

Rumbo al 18 de octubre, la democracia enfrenta una crisis de representación política. Existen varias señales que confirman esa aseveración. Entre ellas se destaca el accionar de las fuerzas políticas que compiten contra el MAS porque reiteran el comportamiento que asumieron en el pasado como parte de un campo opositor fragmentado y con disputas internas. En el transcurso de las tres gestiones de Evo Morales, las fuerzas de oposición no articularon una coalición estable y, en la actualidad, ese formato se repite porque las fuerzas contrarias al MAS disputan una franja del electorado con una batalla discursiva sobre quién “frenó” al MAS. Un eufemismo que disfraza su accionar conjunto en la conspiración que derrocó a Evo Morales y pone en evidencia que se trató de una coalición circunstancial.

Por eso, un par de meses después del golpe de Estado, esa seudo-coalición parió varias candidaturas reiterando aquella tendencia centrífuga que, estos días y según las encuestas, se expresa en tres candidaturas que vencen en tres departamentos —uno por cabeza— mientras que su rival obtiene el primer lugar en los seis restantes.  Es decir, la política opositora al MAS no se tradujo en la forja de partidos fuertes y lo táctico prevaleció sobre su mirada estratégica.

Por lo  pronto, y no se vislumbran sorpresas, Luis Arce es el candidato favorito; sin embargo, el MAS tiene el desafío de mantener o ampliar la votación que obtuvo en octubre de 2019. Es decir, casi la mitad del electorado. Mientras no se resuelva esta incógnita se puede afirmar que otra señal de la crisis de representación política tiene que ver con el MAS. Su grave derrota política en noviembre del año pasado marcó el fin de un ciclo signado por una capacidad hegemónica —entre 2009 y 2019— manifiesta en el control del Órgano Legislativo con mayoría calificada como expresión de un sistema de partido predominante. Al margen del fin de ciclo, en octubre se conocerán los efectos de esa derrota en el MAS, si tuvo carácter episódico o fue indicio de una hendidura histórica.

Ahora bien, esa derrota también mostró los límites del liderazgo de Evo Morales, cuya ausencia ha provocado una serie de incongruencias en el modelo decisional del MAS, entre su líder, la estructura partidista y las organizaciones que conforman su base popular. Estas disonancias se manifestaron en la elección del binomio presidencial, en las divergencias iniciales en la bancada legislativa y, más nítidamente, en los bloqueos de agosto que demostraron la inexistencia de una línea estratégica común. La radicalización de la protesta —transitó de la demanda por comicios el 6 de septiembre a la renuncia de Áñez—, el pedido tardío de Evo Morales para que se acepte el 18 de octubre como fecha de elecciones y las críticas de varios dirigentes sindicales a esa propuesta —finalmente aprobada por la bancada del MAS y aceptada a regañadientes por los movilizados— expresa esa ausencia de estrategia y pone en evidencia las dificultades del proceso decisional en sus filas. 

El MAS es la única fuerza política con amplia presencia en el territorio nacional y con arraigo en la sociedad, sobre todo en los sectores populares, merced a su peculiar armazón organizativa que radica en las entidades sindicales y las comunidades. Si no resuelve las incongruencias en su modelo decisional, el MAS puede ver mermada su convocatoria electoral y, si eso acontece, se habrá debilitado la pieza más sólida del sistema de partidos; sin duda, una mala noticia para la democracia. 

Fernando Mayorga es sociólogo.

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