Voces

domingo 9 may 2021 | Actualizado a 12:44

Evo, Eva y la manzana de Adán

/ 3 de enero de 2021 / 06:54

La manzana, como fruto prohibido, es un símbolo cristiano del pecado original, para los musulmanes y judíos no tiene mayor relevancia. Es solo una fruta que da el manzano (lignum  pomiferum)  que tiene múltiples virtudes alimenticias y medicinales.

La manzana dorada es también atributo de Venus, la divinidad romana correspondiente a Afrodita, la divinidad griega. Esta divinidad lleva en sus manos —como símbolo del amor seductor— una manzana dorada que permitió el enamoramiento ipso facto de Marte, de fiereza indomesticable por sus atributo bélicos. Según los comentarios de mi compadre Teo, esto equivaldría al mate de calzón boliviano.

No sabemos por qué razón el manzano apareció en el Edén para que sucumbiera Adán ante los encantos de Eva en alianza con la víbora y expiáramos culpas ajenas, y que gracias a esta argucia teologal, se edificaran dogmas de fe como un gran negocio, desde hace más de 2.000 años.

Adán, hombre o humanidad en hebreo, es considerado el padre genealógico del género humano (Gn. 4,25,5,5), por lo tanto es un hombre terrenal porque fue modelado en arcilla y es distinto a Yavé, que mora en el cielo. De su costilla nació Eva para que compartieran el Edén; lo incomprensible hasta ahora es por qué Yavé hizo a Eva si Adán la estaba pasando bomba en el Paraíso, interrogante profunda de mi compadre, sobre todo cuando ve de reojo a mi comadre. Adán, según las escrituras y su concepción del tiempo bíblico, vivió 930 años. ¿Sufriendo por el pecado junto a Eva? Solo Dios sabe.

Eva, del hebreo Hawwa, que significa vida, dadora de vida, nombre con el que Adán bautizó a la primera mujer bíblica (Gn. 3,20 ss.), a la que también llamó “varona” o mujer varonil. Para algunos estudiosos, Eva sería la Gran Madre de todos los seres vivientes o según la teología práctica de mi compadre, otra forma de la Pachamama que los evangélicos que lo rodean en su barrio en El Alto consideran una versión herética y por el que fue expulsado con ignominia de su culto y volvió nomás a ensayar morenada.

Eva, considerada como la primera “mujer fatal”, causante  de la muerte por el pecado, del latín pecatum o culpa, concepto que cambia con la historia y los contextos culturales; así tenemos por ejemplo los adjetivos que tratan de reputarlo como desobediencia,  transgresión y ofensa voluntaria: nuestra Eva boliviana, ¿incurrió en ello?

Este fruto tiene también otras interpretaciones simbólicas, como por ejemplo la manzana de Adán, o nuez de la garganta que Eva no posee y distingue a los géneros y otra que parece adecuada para estos tiempos: la manzana de la Discordia. 

En Bolivia, convivimos dos imaginarios en treguas cíclicas, cuyos choques siempre son bañados en sangre por el Ejército, actos que ensombrecen las formas de plantear la lucha por el poder y generan interpretaciones subjetivas sobre la lealtad. Así, la tragicomedia plurinacional entre el exmandatario Evo Morales y la expresidenta del Senado Eva Copa, ambos de origen aymara, no es más que un momento importante del cambio dentro del cambio; una pulsión entre los nuevos horizontes ideológicos que promueven el avance y dejan atrás los conmovedores discursos de la fuerzas conservadoras encarnadas en el expresidente neoliberal Mesa y el empresario Doria Medina, quienes festejan ruidosos un supuesto fraccionamiento.

Los derechos de las Evas pertenecen a este siglo y esa perspectiva histórica ya no se detendrá. Sin embargo, estos malos entendidos electorales no romperán el cordón umbilical con los movimientos sociales, es solo un bache en la nueva carretera que se vislumbra: el fortalecimiento de un Estado Plurinacional simétrico entre sus regiones y su población, orientado al Buen Vivir con la naturaleza. Es un advenimiento monumental y difícil, pero se avanza paso a paso, cayendo, levantándose y tropezando, la historia lo devela así.

Muchos candidatos municipales anhelan sentarse en un sillón poblado de manzanas discordantes, distinto al manzanar que es un terreno plantado de manzanas concordantes y diferentes a las manzaneras que son silvestres y rebeldes, crecen sin planificación y donde menos esperamos. Florecerán más Evas y Evos, eso es seguro. Y en el frente antagónico, solo se vislumbra esterilidad.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Inseguridad pandémica

/ 9 de mayo de 2021 / 00:57

Según los últimos diagnósticos económicos de la región, la pobreza extrema se ha incrementado en 18%. Las causas más importantes son la pandemia y, en el caso boliviano, el golpe que paralizó las inversiones públicas, la corrupción que se sigue develando, entre otros factores como los mercados para la exportación y el contrabando.

Al mismo ritmo ha crecido la delincuencia y los trastornos psicológicos en las poblaciones del mundo. Hace una semana sufrí el robo de mi viejo automotor que me acompañó tres lustros, su valor monetario no es expectable por su modelo, pero su valor afectivo es mucho mayor: en ellos conduje a mucha gente y allí fueron creciendo mis hijos. Como no quería perderlo, hice lo que cualquier ciudadano haría, recurrí inmediatamente a la Diprove (Dirección de Prevención e Investigación de Robo de Vehículos) en Tembladerani, donde están registrados los automotores con el RUAT (Registro Único de Automotores) y cuya obtención es un laberinto de cuchillos afilados y látigos burocráticos.

Allí me atendió el suboficial J. Choque K., quien me dijo que antes de hacer la denuncia y obtener mi reporte de robo para alertar a las trancas de la ciudad, debía llevar mi testimonio de compra del primer dueño, de la casa importadora, pagos de impuestos, certificado de autenticidad, etc., etc. Regresé desconsolado a mi casa y en cinco horas logré reunir una carpeta de casi 50 hojas; mientras tanto los ladrones, con tanto tiempo a su disposición, ya podían pasar las trancas de Senkata o tal vez ya estaban en Oruro o Chile. Algunos días después, otra víctima me insinuó que dicho funcionario es cómplice de los auteros o ladrones de autos que pululan por la zona.

Cada vez que íbamos a buscar cámaras de seguridad, llegaban a ese cubículo semisubterráneo y con luces mortecinas a plantear nuevas denuncias de automotores lujosos y casi nuevos que desaparecían. Todas las víctimas sabemos que debemos “ayudar“ a nuestros agentes designados para que compren “material de escritorio” y hacer personalmente nuestra solicitud a los vecinos para grabar de sus cámaras de seguridad. Obtuvimos dos filmaciones (siempre nos pareció que esa labor corresponde a la Policía y no a las víctimas) y destacamos la solidaridad y buena voluntad de la gente que nos permitió ver a tres delincuentes que disponían de sus “campanas” o gente que vigila y al experto que destrabó el seguro y la puerta en menos de 10 minutos.

Si bien no hemos perdido la esperanza de rescatar nuestro viejo automotor, antes que lo descuarticen y lo vendan por partes en Puente Vela o la 16 de Julio, somos realistas y sabemos que no será fácil y tal vez, como en otros casos, aparezca de aquí a 10 años abandonado como chatarra en una ciudad minera, por su condición de carro khullu o duro para el trabajo. Ando buscando a mi viejo amigo “chacho plantado” o choro jubilado para que me otorgue un taxi o mensajero en el panóptico de San Pedro y pueda averiguar que “chacho firme” o ladrón activo me puede dar información fidedigna sobre mi automotor que puede estar oculto en un garaje, ya no podrán venderlo porque está “marcado” y solo pueden descuartizarlo.

Estas indagaciones me permitieron informarme de algo macabro, cuando una vecina nos relató sobre los nuevos “cementerios de elefantes” o los tugurios donde los alcohólicos beben hasta morir: Su hijo fue a beber con personas desconocidas, lo narcotizaron; despertó en un local donde pululaban alcohólicos jóvenes a los que no se permitía salir. Su hijo vio cómo uno de ellos murió y fue sacado por tres personas. Una hermosa chola les daba bebidas y los animaba cada vez que deseaban abandonar el local, en tanto los alimentaba precariamente. El joven novato logró escabullirse, luego de 10 días, de la espeluznante aventura. Fueron a buscar con la Policía el lugar y no encontraron nada. Es la nueva manera de reinstalar el tráfico de órganos humanos que está vinculado al narcotráfico: las víctimas nunca aparecen.

Los crímenes, asaltos y robos están a la orden del día. Cada semana se reportan feminicidios y los infanticidios ahora forman parte de las crueles estadísticas. Tenemos un Viceministerio de Seguridad Ciudadana. Estamos esperando su trabajo.

 Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Casco de realidad virtual

/ 10 de abril de 2021 / 22:59

Mi generación solo vio en películas de ciencia ficción los cascos de realidad virtual, esos artilugios que se colocan en la cabeza, montados con lentes que pasan imágenes y te separan de la realidad objetiva. Puedes escoger aventuras mil, vivir sensaciones de terror y felicidad el tiempo que te dure la batería, luego despertar y seguir viviendo con esos mensajes en tu cerebro. Te cuesta admitir que la vida no había sido así.

Eso nos pasaba en las clases de literatura en los colegios, cuando nos obligaban a leer las novelas que estaban canonizadas académicamente como el reflejo de la sociedad boliviana, más o menos ideal y que los constructores de ese orden simbólico consideraban que las generaciones debían internalizar ese producto.

Entre ellas estaba Raza de bronce, de Alcides Arguedas (1879-1946), autor vinculado a la aristocracia paceña, dueño de enormes latifundios con indígenas que trabajaban para él y que le permitiera obtener una vida de holganza y bohemia en París, espacio considerado como Ciudad Luz, desde donde se exportaba el positivismo, la idea de progreso ilimitado y la supremacía de la raza blanca y la cultura occidental.

Este casco con el que escribió su novela contenía toda esa idea mundo del que procedía, desconocía el universo simbólico indígena y, secretamente, lo abominaba; es así que en tono desdeñoso relata un ritual lacustre de fecundidad, donde los trataba como “los pobrecitos hombres”; en otro párrafo, asegura sobre el personaje Choquehuanca: “Su rostro cobrizo y lleno de arrugas acusaba una gravedad venerable, rasgo nada común en la raza”.

Cuando hablaba de los patrones, argumentaba con éstos sobre la imposibilidad de la redención indígena: “Por otra parte, ellos nunca habían visto descollar a un indio, distinguirse, imponerse, dominar, hacerse obedecer de los blancos. Puede sin duda cambiar de situación, mejorar y aún enriquecerse, pero sin salir nunca de su escala, ni trocar de inmediato, el poncho y el calzón partido, patentes signos de inferioridad, por el sombrero y la levita de los señores.” Para el indígena, esto se trocó en una danza que ridiculizaba a los doctorcitos republicanos y pendolistas de la colonia que abusaban de los comunarios inventándose normas y engañando a sus líderes para avasallar sus tierras.

Arguedas, en su novela supuestamente “indigenista”, re-fosiliza su orden simbólico cada vez que la emoción literaria le hace perder su guion preestablecido por su casco virtual obtenido en París y consolidado en la república criolla con su estructura de jerarquización pigmentaria. Otro tanto ocurre con la novela Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre (1843-1888), nacido antes que Arguedas y en cuya memoria estaban frescas las republiquetas y las organizaciones de resistencia contra la colonia, durante la Guerra de la “independencia”. Devela su irrefrenable desprecio por el quechua, lengua que seguramente hablaba y que para el medio en que se vivía, era signo de barbarie; así en un párrafo de su novela, se espanta: “Me volví con un esfuerzo a un lado, y vi en cuclillas y arrimado a la pared de piedras toscas sin cimiento, a un indio viejo con montera abollada y poncho negro que le cubría todo su cuerpo hasta los pies. —¿Dónde está Alejo? Le pregunte en quichua, o más bien en ese feísimo dialecto de que se sirven los embrutecidos descendientes de los hijos del sol.” Javier Sanjinés, en su texto El espejismo del mestizaje concluye que Aguirre trataba de apartar al indígena, “de negarle la posibilidad alguna en la construcción nacional”.

Se hace ocioso mencionar a Gabriel René Moreno, cuya virulencia contra los indígenas de las tierras altas y bajas era constante. En Bolivia, una importante universidad lleva su nombre como homenaje, no solo a su erudición como un notable bibliógrafo, sino también como vigilante del orden simbólico criollo republicano que sirve para reproducir la falacia de la supuesta superioridad blanca y garantizar su universo social, tarea delirante y engañosa de las clases hegemónicas, por el rumbo imparable que toma la historia.

Estos discursos narrativos fueron pasados por los cascos virtuales de las clases de literatura a generaciones de jóvenes que renegaron de su pasado y cuyo modelo original fue la Historia de la Villa Imperial de Potosí de Arzáns Orsúa y Vela.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Las marchitas levitas y las ojotas

/ 14 de marzo de 2021 / 01:08

En 1942 se promulgó la Ley Orgánica de Municipalidades, instrumento jurídico que permitió establecer la autoridad de un alcalde rentado y cuya designación dependía del gusto y talante del Presidente o dictador de turno. Si hacemos un ejercicio simple, al ver el almanaque Argote y su mosaico de presidentes, veremos que casi la totalidad de éstos pertenecían al criollaje hispanófilo y reproducían su imaginario con resistencias y sublevaciones constantes.

Un caso emblemático es el de nuestra ciudad escindida entre la ciudad chola e indígena y la otra, citadina occidentalizada y cuyas fisuras culturales se develan claramente desde 1985, cuando se promulga la nueva Ley Orgánica de Municipalidades y es la ocasión para celebrar las primeras elecciones municipales y la evidencia de las pugnas entre dos visiones.

El origen se remonta a 1549, cuando las autoridades coloniales españolas se reparten las tierras del margen izquierdo del río Choqueyapu, encajonando a la población aymara dentro de cuatro barrios situados en el otro margen, separados de los conquistadores, por el río. Nacía la criatura bicéfala: Chukiyawu Marka y La Paz, en “barrios de indios y de españoles”.

La orden llegaba desde Madrid, emitida por el rey Carlos V, consolidaba un imaginario entramado por prejuicios raciales y una supuesta superioridad cultural, además reforzada por la imposición de un universo religioso, aprovechada perversamente por los conquistadores aludiendo al mito aymara quechua de la llegada por el mar de un dios rubio y blanco, llamado Wiracocha (wira: grasa, espuma; qocha: lago) que se asociaría armoniosamente con la cultura y la religión autóctona: “(…) para producir de este modo, un empuje civilizatorio significativo”(Estermann.2013). Hasta el día de hoy, en algunas comunidades todavía llaman a los extranjeros y a los bolivianos de tez clara wiracochas, “(…) seguidores del dios blanco, alto y barbudo que coincidía por supuesto en muchos aspectos con la imagen vigente, en ese entonces, de Jesús” (Ib. 2013).

Mientras en Europa los romanos llamaban bárbaros a los germanos, normandos, celtas, etc. por sus aspectos fieros de rostros barbados y su resistencia al dominio imperial; en Aby Ayala sucedió al contrario, los conquistadores llamaron bárbaros y salvajes a los indígenas sin barba.

Esta sedimentación cultural, en una parte de la población occidentalizada, fue promovida por los gobernantes que, por la acumulación histórica de exclusión y racismo, engendraron un descontento y un inevitable camino a la reestructuración del poder; así después de la Guerra del Chaco estalló la revolución del 52. La migración que produjo este suceso cambió aceleradamente la conformación étnica y cultural de la ciudad aprisionada por los wiracochas liberales de levita que vieron, acongojados, la invasión de las ojotas y no pudieron impedirlo.

El puente llamado C’uscuchaca, que lleva al Cuzco, separaba y a la vez unía a las dos poblaciones, generando un mestizaje biológico y cultural que se diseminó en múltiples opciones y formas de asumir la interculturalidad. Evoluciones parecidas acontecieron en casi todas las ciudades del Estado boliviano que afloran en momentos constitutivos para concertar treguas —si releemos la historia— que duran entre 10 y 15 años. El poeta paceño Jaime Saenz resume este evento humano apostrofando: ”El boliviano se oculta de sí mismo”, nos llama la atención sobre el desconocimiento de nuestro pasado, nos devela que todavía tenemos incorporados en nuestro ethos la narrativa instalada por los conservadores del racismo contra nosotros mismos y los complejos de conquistador decadente.

Casi todos los políticos tienen la ilusión que les sigue “el pueblo” y manejan este concepto solo para mentirse cada vez que hay elecciones, y lo preocupante es que los seguidores, ingenuos e inocentes, les creen y generan pulsiones virulentas, reflotando las decrépitas visiones del colonialismo y su correlato republicano liberal.

Para San Agustín el pueblo es “(…) un conjunto de seres racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados, (razón por la cual) para saber qué es cada pueblo, es preciso examinar los objetos de su amor. Hay pueblo cuando los individuos aman las mismas cosas, cuando existe comunidad de objetos amados.”

En el escudo de la ciudad de La Paz, se habla de discordes en concordia y ese símbolo fallido nunca representó la casa, la urbe y el orbe.

  Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Diez años después

/ 28 de febrero de 2021 / 01:21

El 21 de diciembre de 2010, escribí: Una de las maneras más fáciles de ser feliz es hacer derretir lentamente un pedacito de chocolate amargo entre el paladar y juguetear con la punta de la lengua y apretarlo, chupándolo. Tal vez este intenso placer se le debe al mito de que es afrodisiaco.

Fue en el puerto de Guayaquil, donde sentí la embriaguez del cacao que estaba secando para la molienda, bajé hipnotizado para sentir de cerca sus aromas y una iguana azulenca se cruzó; fue una iluminación que no me abandona, al igual que mi adicción al chocolate.

Hace unas semanas, expertos medioambientalistas y estudiosos de este fruto anunciaron que tenemos ¡20 años! para disfrutarlo y que luego, probar un chocolate será otra vez un lujo, cosa de reyes como en sus orígenes.

Hace 1.750 a.C. probablemente ya se consumía este alimento-placer, la prueba es una vasija que se encontró en Honduras con restos de teobromina (teo=dios, bromina= alimento), componente básico que repone las inversiones de péptidos que los enamorados pierden y los vuelve cojudos. Según otros estudiosos, suponen que el cacao se diseminó por el trópico de Sudamérica hasta el suroeste de México, o a la inversa. Su nombre, del que también hay muchas versiones, viene del náhuatl, xocolatl.

De la manipulación de sus semillas nace una materia sólida o la pasta y una materia grasa o la manteca de cacao, de éstas emergen las combinaciones traducidas en múltiples sabores y texturas.

El primer europeo que probó esta bebida pudo haber sido Colón, porque a su vuelta a España llevó muestras a los Reyes Católicos; cuando los religiosos lograron incorporar el azúcar, la bebida se introdujo exitosamente en la alta sociedad (…)

En el siglo XVII, el chocolate era considerado medicamento y alimento y su expansión fue imparable. Carletti lo introdujo en Italia en 1606 (…), llega a Francia en 1615 y en Alemania recala en 1657, donde se expendía en farmacias y droguerías; actualmente el principal mercado del cacao orgánico boliviano.

En el siglo XVIII, el chocolate había conquistado a los conquistadores de toda Europa y los tenía cautivos. Los suizos le domesticaron hasta el éxtasis, inventando el conchado, es decir, pasar entre dos rodillos de porcelana la fina pasta, durante varias horas, logrando la suavidad embriagadora.

Millones de personas consumen el chocolate de cacao y mantecas pobres llamadas cocoa, producidas del reciclamiento de las cáscaras y hollejos que también sirven como compost para jardinería. No se desecha nada de este árbol maravilloso.

Bolivia es un país privilegiado porque tiene espacios para su cultivo en el norte de La Paz, Pando, Beni, Cochabamba, Santa Cruz. El chocolate de Baure es apreciado ahora en Europa y Estados Unidos por un emprendimiento holandés que recolecta cacao silvestre diseminado en la Amazonía por monos y tejones.

Este producto requiere mayor atención del Gobierno porque (lo dijimos hace 10 años) puede ser una alternativa al cultivo de la hoja de coca. La falta de visión prospectiva que tienen los políticos sobre nuestros recursos alternativos es alarmante, durante una década no mejoraron las condiciones de explotación del producto y constatamos que los problemas de exportación con valor agregado del cacao boliviano —uno de los mejores del mundo— enfrenta problemas de logística y certificaciones que encarecen su mercadeo y su competencia. Recién descubrimos la marca “ruah, fundada y producida por mujeres emprendedoras de la amazonía”, en este tiempo aparecieron otras marcas, todas de buena calidad.

En Zongo se produce un cacao híbrido, fuerte y sabroso, y es poco aprovechado porque se requiere de mayor tecnología y, sobre todo, resolver problemas contingentes que están en manos de la gobernación y del ministerio del rubro. El porcentaje de exportación del producto boliviano es menor al 5% (La Razón, 21-2-21), por eso no figuramos en las estadísticas sobre la producción mundial del cacao y, sin embargo, en estos últimos años nuevos emprendimientos han enriquecido la variedad de nuestros chocolates. Escribo esto mientras diluyo una tableta de cacao 75 % puro y tajaditas de locoto verde sin pepas, un manjar que saboreamos los adictos. ¿Seguiremos durmiendo otros 10 años para posicionar en el mundo nuestro maravilloso cacao y generar divisas?

   Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Los muertos de la fecundidad

El mecanismo de la memoria nos permite reproducir cómo era la vida y, sobre todo, cómo era el Anata Carnaval.

/ 13 de febrero de 2021 / 23:49

Sin duda, la pandemia ha trastornado los tiempos de consagración de la vida por el miedo y la incertidumbre. La autodefensa del espíritu apela a la memoria para reforzar nuestro sentido vital y sopesar la precariedad de todo lo que parece caerá sin remedio.

El mecanismo de la memoria nos permite reproducir cómo era la vida y, sobre todo, cómo era el Anata Carnaval. Para ello recurrí a una fotografía donde están mis abuelos y parte de mi familia; en el centro mi abuelo, excombatiente de la Guerra del Chaco y antiguo miembro de la Federación Obrera Local (FOL) de tendencia anarquista y la matriarca, mi abuela, protegiendo entre sus polleras a mi hermano mayor, a su lado mi tío menor, vestido con pantalones cortos y traje. Nosotros todavía no existíamos, pero unas décadas después seríamos testigos de los espléndidos festejos de Carnaval que estaban al comando de mis abuelos, emigrantes rurales de Oruro y Cochabamba que cargaron sus ethos, para armonizar lo ancestral del Anata con el Carnaval occidental.

Los preparativos empezaban el día de Todos Santos, en noviembre, así entendimos que la rememoración de nuestros muertos olvidados y recordados tiene que ver estrechamente con el Anata, el tiempo de jugar, del cuerpo y la fecundidad; por eso la adaptación del pulichinela o pierrot convertido en pepino se entierra en el cementerio y se lo revive en el mismo lugar, para significar el ciclo agrícola vital de la reproducción: muerte y vida, semilla y cosecha.

En la ciudad, el Carnaval empezaba viernes, todos los empleados del comercio y públicos cha’llaban sus oficinas; el sábado sucedía lo mismo en los talleres artesanales y en los barrios con emigrantes rurales, estos recorrían las calles con sus tropas munidas de tarkas y moxeños, instrumentos exclusivos de esas fechas porque “sus melodías son alegres y sus timbres ayudan a que las plantas florezcan y den sus frutos”, explicaba mi abuela.

El domingo ingresaba el corso infantil y al mediodía, taypi, centro que divide el día y la noche, se concentraba la multitud festejante en la ex Estación Central para la Entrada de Carnaval. Esta bajaba hasta el centro mismo de la ciudad y se expandía por todos sus alrededores. La clase media y alta entraba en carros alegóricos, adornados profusamente y con atuendos lujosos, las clases populares con vestimenta autóctona para la ocasión, adornadas con flores, duraznos, lúcumas, choclos, repartiendo entre la gente, para rememorar la reciprocidad de los frutos que brinda la Pachamama. Las tropas de pepinos eran enormes y no requeríamos de mucho dinero para incorporarnos a esa ola de alegría; los jóvenes de los barrios populares eran fervientes militantes de esas acciones, sobre todo durante la adolescencia, pero no entendíamos el sustrato profundo de lo que se vivía. Lunes del Jisk’a Anata Carnaval derrochábamos el agua, jugábamos hasta horas de la noche, luego se prohibió y esta forma de cha’llarse entre humanos se acabó.

El martes era el jacha anata uru, el gran día de celebración, donde todo está vivo, desde las herramientas, las casas que tienen su lugar hembra y macho, adornadas con flores, regadas de alcohol, agua y cereales dorados y plateados que simbolizan la luna hembra y el sol macho; el confite y las mixturas para que la Pachamama siempre nos dé abundancia de vida. Esos momentos están sedimentados en el comportamiento de muchos pobladores de Chukiyayu marka, la ciudad india que comparte con todos.

El miércoles, temprano, algunos carnavaleros iban a misa y llegaban con su cruz de ceniza en la frente; luego, inmediatamente, a desplazarse a la zona Sur para el día de campo, a comer comunitariamente, con las manos sin gel ni guantes, el apthapi. Los mayores libaban con cóctel de tumbo (mi favorito porque hice mi primera incursión festiva con este perfumado elixir) y adultos y niños bailaban hasta retornar a la casa y seguir la fiesta. Era fiesta total porque los menores nos quedábamos con los cambios de dinero que el abuelo, frenético como colibrí, se olvidaba.

El sábado y domingo de tentación, en la zona del Cementerio, era —en la ciudad— el remate con los chu’tas. En el área rural, la consagración a la vida y la fecundidad continuaba…

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.   

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