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sábado 16 ene 2021 | Actualizado a 19:53

Evo, Eva y la manzana de Adán

/ 3 de enero de 2021 / 06:54

La manzana, como fruto prohibido, es un símbolo cristiano del pecado original, para los musulmanes y judíos no tiene mayor relevancia. Es solo una fruta que da el manzano (lignum  pomiferum)  que tiene múltiples virtudes alimenticias y medicinales.

La manzana dorada es también atributo de Venus, la divinidad romana correspondiente a Afrodita, la divinidad griega. Esta divinidad lleva en sus manos —como símbolo del amor seductor— una manzana dorada que permitió el enamoramiento ipso facto de Marte, de fiereza indomesticable por sus atributo bélicos. Según los comentarios de mi compadre Teo, esto equivaldría al mate de calzón boliviano.

No sabemos por qué razón el manzano apareció en el Edén para que sucumbiera Adán ante los encantos de Eva en alianza con la víbora y expiáramos culpas ajenas, y que gracias a esta argucia teologal, se edificaran dogmas de fe como un gran negocio, desde hace más de 2.000 años.

Adán, hombre o humanidad en hebreo, es considerado el padre genealógico del género humano (Gn. 4,25,5,5), por lo tanto es un hombre terrenal porque fue modelado en arcilla y es distinto a Yavé, que mora en el cielo. De su costilla nació Eva para que compartieran el Edén; lo incomprensible hasta ahora es por qué Yavé hizo a Eva si Adán la estaba pasando bomba en el Paraíso, interrogante profunda de mi compadre, sobre todo cuando ve de reojo a mi comadre. Adán, según las escrituras y su concepción del tiempo bíblico, vivió 930 años. ¿Sufriendo por el pecado junto a Eva? Solo Dios sabe.

Eva, del hebreo Hawwa, que significa vida, dadora de vida, nombre con el que Adán bautizó a la primera mujer bíblica (Gn. 3,20 ss.), a la que también llamó “varona” o mujer varonil. Para algunos estudiosos, Eva sería la Gran Madre de todos los seres vivientes o según la teología práctica de mi compadre, otra forma de la Pachamama que los evangélicos que lo rodean en su barrio en El Alto consideran una versión herética y por el que fue expulsado con ignominia de su culto y volvió nomás a ensayar morenada.

Eva, considerada como la primera “mujer fatal”, causante  de la muerte por el pecado, del latín pecatum o culpa, concepto que cambia con la historia y los contextos culturales; así tenemos por ejemplo los adjetivos que tratan de reputarlo como desobediencia,  transgresión y ofensa voluntaria: nuestra Eva boliviana, ¿incurrió en ello?

Este fruto tiene también otras interpretaciones simbólicas, como por ejemplo la manzana de Adán, o nuez de la garganta que Eva no posee y distingue a los géneros y otra que parece adecuada para estos tiempos: la manzana de la Discordia. 

En Bolivia, convivimos dos imaginarios en treguas cíclicas, cuyos choques siempre son bañados en sangre por el Ejército, actos que ensombrecen las formas de plantear la lucha por el poder y generan interpretaciones subjetivas sobre la lealtad. Así, la tragicomedia plurinacional entre el exmandatario Evo Morales y la expresidenta del Senado Eva Copa, ambos de origen aymara, no es más que un momento importante del cambio dentro del cambio; una pulsión entre los nuevos horizontes ideológicos que promueven el avance y dejan atrás los conmovedores discursos de la fuerzas conservadoras encarnadas en el expresidente neoliberal Mesa y el empresario Doria Medina, quienes festejan ruidosos un supuesto fraccionamiento.

Los derechos de las Evas pertenecen a este siglo y esa perspectiva histórica ya no se detendrá. Sin embargo, estos malos entendidos electorales no romperán el cordón umbilical con los movimientos sociales, es solo un bache en la nueva carretera que se vislumbra: el fortalecimiento de un Estado Plurinacional simétrico entre sus regiones y su población, orientado al Buen Vivir con la naturaleza. Es un advenimiento monumental y difícil, pero se avanza paso a paso, cayendo, levantándose y tropezando, la historia lo devela así.

Muchos candidatos municipales anhelan sentarse en un sillón poblado de manzanas discordantes, distinto al manzanar que es un terreno plantado de manzanas concordantes y diferentes a las manzaneras que son silvestres y rebeldes, crecen sin planificación y donde menos esperamos. Florecerán más Evas y Evos, eso es seguro. Y en el frente antagónico, solo se vislumbra esterilidad.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Las calles hablan del pasado…

/ 20 de diciembre de 2020 / 00:22

La pandemia nos devolvió muchas costumbres que habíamos archivado, una de ellas era caminar grandes trechos atravesando el centro de la ciudad. Las noches de noviembre son frescas y agradables para tal ejercicio y la poca afluencia de personas circulando nos permite sentir a la ciudad desde otra perspectiva, observar sus calles detenidamente y toda la arquitectura que devela la ocupación de estos espacios por la clase hegemónica de principios del siglo pasado, o la torrencial irrupción del cholaje y las migraciones indígenas dispuestas a copar los lugares menos apreciados, establecerse, asentar su cultura y  construir una hegemonía contestataria en permanente pulsión con una casta, cada vez más alejada de la realidad y asombrada por la “aparición” de una sociedad que —según su visión— estaba oculta entre las sombras de la historia.

 Los seres humanos somos frágiles animalitos que nos adaptamos a las circunstancias impelidos por el temor y la desconfianza, hemos erigido ciudades como fortalezas y tomamos mucha atención sobre todo a las puertas y ventanas, ambas reforzadas con armazones metálicos, mirillas para ver quién toca el timbre; como si fueran posibles delincuentes los que nos llaman del exterior. Desconfiamos de lo desconocido porque no lo comprendemos, el temor nos ciega.

Así, una noche emprendimos una larga caminata desde la plaza España, donde mora en una estatua la figura de Cervantes, hasta la otra ladera de la ciudad. 

Sopocachi, otrora barrio residencial, ahora es un hervidero de negocios incrustados en bellas edificaciones que develan el gusto decimonónico de las clases latifundistas y mineras, compelidos a parecerse a París o Londres para simular ser otros.

Se percibe que este barrio fue atendido afanosamente por los sucesivos alcaldes de la ciudad, todavía luce —felizmente— calles adoquinadas, aceras de piedra de Comanche, abundante vegetación y señalización nueva que rememora a los patricios paceños que fueron protagonistas de la Guerra Federal y promovieron el traslado de la sede de gobierno a La Paz.

Hicimos el recorrido hasta la calle Segundo Crucero, que rememora la batalla del 10 de abril de 1889, entre las tropas de Zárate Willca y José Manuel Pando contra el ejército conservador de Fernández Alonso. Momento de reconfiguración de las castas criollas que consolidó una larga noche de dominio liberal y su fortalecimiento y sedimentaron su imaginario hasta este siglo.

A medida que llegamos a las principales calles de Sopocachi, recordamos cómo la nostalgia por su viejo barrio de las tradicionales familias paceñas se manifiesta al culpar a los “cholos ricos” de su forzado desplazamiento al vender su casa o alquilarla y bajarse a la zona Sur para vivir entre “gente decente” o emigrar a Tarija o Santa Cruz, según su cacofónico reclamo.

Al recorrer El Prado, antes la Alameda, llamado así en imitación a los grandes paseos madrileños, todavía se alzan bellas edificaciones que están más allá de las fracturas étnicas y sociales que develan un Estado asimétrico y que ahora tiene su respuesta con las edificaciones de la llamada arquitectura neoandina que ya se exporta y llama la atención, pese a los comentarios peyorativos de algunos académicos apolillados.

A modo de campaña política municipal, casi sin excepción, todos los burgomaestres pulen y afinan este paseo tradicional como a la niña de sus ojos, por supuesto para que todas la vean y piensen que toda la ciudad es así. Al llegar al centro del poder y muy cerca de la plaza Murillo están las calles angostas, diseñadas durante la colonia y que estaban pensadas para el tránsito de acémilas y carromatos. Éstas, durante el día, son verdaderos infiernos por el desorden y el caos, precisamente, frente al Departamento de Tránsito. A altas horas de la noche se percibe cómo la vieja ciudad murió en manos de la codicia por los espacios abigarrados, traducidos en intrincados edificios aprovechados al milímetro.

La Paz-Chukiyawu marca es una ciudad de constantes pulsiones entre dos modos de imaginarse la ciudad, traducido en un combate silencioso por ocupar sus pliegues y espacios que todavía están en disputa con mafias organizadas coludidas con autoridades. Se supone que todos somos iguales ante la ley, por lo tanto el mejoramiento de los barrios de la ciudad debe tener los mismos derechos de atención.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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El miedo y nosotros

‘La gente siempre está dispuesta a ceder sus libertades cuando tiene miedo’ (Jeffrey Tiel).

/ 11 de noviembre de 2018 / 13:20

Durante el largo proceso histórico de la humanidad, el miedo ha jugado un papel protagónico. Hábitos de conducta fuertemente arraigados en algunas culturas han cambiado; ideologías enteras se han visto modificadas por el pavor de los ciudadanos. Según algunos estudiosos del tema, desde la perspectiva de fenómeno social, el miedo puede tomar forma a partir de las maneras en que percibimos el mundo. El miedo a la muerte y al olvido funcionan como catalizadores de comportamientos sociales extremos. Así, la conmemoración a las almas errantes o muertos olvidados, conocido como el día de la ñatitas (cráneos humanos), que se conmemora el 8 noviembre, cobró un nuevo impulso después de la masacre del 1 de noviembre de 1979.

Los cientos de muertos, muchos de ellos anónimos, fueron como un detonante para vivificar una ancestral práctica que se la cultivaba para solicitar fecundidad a la Pachamama a través del restablecimiento del jacha ajayu o el alma mundo. El miedo a las sequías y nuestro instinto de sobrevivencia nos hicieron concebir lazos íntimos entre la tierra fecunda y los muertos como semilla, sin que nadie falte al convite de la vida que se regenera. Bolivia todavía en pleno siglo XXI sigue siendo un mundo encantado, en el que no se han perdido las relaciones míticas con los seres sobrenaturales.

Todas las civilizaciones son producto de una larga lucha contra el temor, una estrategia de supervivencia normal en nuestro milenario proceso de adaptación al medio que se expresa cuando nos enfrentamos a situaciones desconocidas, ante objetos, personas y cosas que suponen una amenaza, como las sequías, las inundaciones o terremotos imprevisibles. El miedo es una reacción emocional ante un peligro definido como una tendencia escapar, o alternativamente a inhibirse cuando se acentúa la amenaza.

Según Donald Hedd, el miedo se originaria por una desorganización de estructuras temporales y espaciales neurofisiológicas, debido a cambios súbitos e inesperados de los estímulos, la ausencia de estímulos apropiados o el exceso de estímulos; en tanto que el equilibrio se restablecería mediante la fuga o huida. Hedd clasifica los miedos en i) causados por conflictos —amenaza y daño— (vg. dolor, observación de cadáveres, personas y animales extraños); ii) miedo al déficit sensorial (vg. falta de soporte, oscuridad y soledad); iii) por trastornos sicosomáticos y factores constitucionales.

El miedo genera tensión en nosotros cuando se activan las señales de alarma, el ritmo cardiaco se acelera, aumenta la sudoración, aumenta la presión arterial y ante una amenaza inminente de tortura o dolor intenso desconocido. La muestra más dramática de estos efectos fisiológicos es la imposibilidad de contener la orina.

Sumada a todos estos factores, la inseguridad en las urbes produce el miedo colectivo y moviliza a la ciudadanía. El pavor colectivo hace que afloren los mejores sentimientos solidarios del ser humano, y éstos pueden ser canalizados por los medios de comunicación y manipulados por grupos de poder y gobiernos a través de la táctica publicitaria. Cuando ya estamos sumergidos en un año preelectoral, los estrategas del marketing político apelarán a estos conocimientos para incidir en la conciencia de los potenciales votantes y favorecer a sus clientes; para eso no existe la ética, todo vale. Generar miedo y desconfianza contra un candidato es la artillería más conocida; sin embargo, a veces sucede lo imprevisto.

Hoy vivimos en una sociedad obsesionada con la seguridad y más temerosa: asaltos, secuestros, robos, locos armados disparando contra multitudes, cámaras en todas partes, casas con perros y alarmas. Toda esta cadena de amenazas induce a perder el horizonte ideológico en una sociedad en ciernes de un acto electoral, y como afirmó hace 16 años atrás Jeffrey Tiel (analista de ética militar): “la gente siempre está dispuesta a ceder sus libertades cuando tiene miedo”. Eso nos suena conocido, y los asesores de marketing político de Jair Bolsonaro en Brasil lo sabían muy bien.

En nuestro patio boliviano, algunos candidatos copiones ya están apelando a esta fórmula. Entre ellos el exvicepresidente Víctor Hugo Cárdenas, quien emite discursos de pastor evangélico. Para tener un discurso que se desmarque del oficialismo ha desterrado al limbo a la Pachamama y a la corriente katarista de su línea. Pronto saltarán otros haciendo algo parecido, pero habrá que recordarles que Bolivia no es Brasil ni Estados Unidos.

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