Voces

domingo 17 ene 2021 | Actualizado a 14:49

Empresas vs. comunidades

/ 4 de enero de 2021 / 02:11

¡Qué año el 2020! Año pandémico, año sombrío, año de crisis política, año de cambios. Muchas cosas negativas, algunas buenas.

Nos dejó cambios que marcan el año y el futuro, y que serán permanentes, también en el mundo de Internet. Ya no volveremos a ser los mismos ni mismas después de esta ducha fría de digitalización que enfrentamos a tropezones.

Aprender que la tecnología intenta ser intuitiva (unas propuestas lo logran mejor que otras sin duda) para permitirnos operarla, que es posible aprender nuevas herramientas, primero el Zoom, después Teams o vuelta a Skype, y los más afortunados y afortunadas, Jitsi. ¡Es posible usar otras cosas en el celular! Como cualquier aprendizaje genera tensión pero de a poco, nos vamos asentando con la nueva herramienta y quién sabe, nos da curiosidad por mirar otras.

Aprender que no solo hay una propuesta tecnológica que podemos usar sino un montón, que algunas son igualmente buenas que la que estamos usando —o incluso mejores— y son gratuitas o no. Ese aprendizaje de despertar la curiosidad por la tecnología podría trazar un mundo diferente. Podría ser que la gran mayoría de ciudadanía entienda que hay vida más allá de WhatsApp, se llama Telegram o Signal, por ejemplo, o Messenger aunque sea. Que entiendan que hay empresas que compiten y que, como usuarias y usuarios tenemos derecho a elegir la que mejor nos guste; la competencia mejora los servicios, llegamos a la conclusión que podemos hacer competir a las empresas. Pasa lo que alguna gente llama empoderamiento.

Aún mejor, podría ser que en un buen porcentaje despierte realmente la curiosidad tecnológica y entienda que las ofertas de tecnología no vienen solamente de empresas sino también de comunidades, usualmente más respetuosas con la privacidad de las personas, que quieren construir mundos más justos en la producción y uso tecnológico, y que son más respetuosas con los derechos humanos. Entender que podemos tener mejores servicios tecnológicos no solo como producto de la competencia entre empresas sino porque los productores de esas tecnologías son comunidades y personas con responsabilidad y respeto por sus consumidores, con quienes es posible conversar.

Cualquier aprendizaje es costoso e incómodo al principio pero después de un tiempo es satisfactorio. Vale la pena continuar curioseando, aprovechar estos días de inicio de año que suelen ser más flojos para dañinear el celular o la computadora, como diría mi amiga Lorena desde Santa Cruz.

Estoy convencida de que esa patadita de impulso que nos ha dado el 2020 en dirección al mundo digital ha debido doler, pero puede haber valido la pena. Lo veremos en este 2021. Tengan un muy feliz y productivo nuevo año.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata. blog: www.internetalaboliviana. word-press.com.

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Privacidad de las comunicaciones

/ 21 de diciembre de 2020 / 06:59

Durante la crisis política de octubre-noviembre de 2019 y meses siguientes hubo violaciones de derechos humanos, de principios constitucionales y se cometieron delitos por doquier. También en los espacios digitales y en soportes informáticos.

Una práctica que se hizo común entre personas de bandos políticos contrarios e incluso por policías fue el acceso a celulares y smartphones de forma no consentida con la intención de acceder a conversaciones de mensajería, fotos y videos. Vimos denuncias en redes sociales y quizás por eso, no nos percatamos que eso es un delito.

Esta práctica se la realiza con la intención de “incriminar” a alguien en algún delito o de demostrar que piensa diferente y por eso merece alguna sanción. Todo está mal en esta práctica.

Primero, las personas tenemos garantizado constitucionalmente nuestro derecho a la privacidad. El artículo 21.2 de la CPE dice: “Las bolivianas y los bolivianos tienen los siguientes derechos: a la privacidad, intimidad, honra, propia imagen y dignidad”.

Las comunicaciones a través de sistemas de mensajería, sea WhatsApp, Telegram, Messenger, Signal u otra, forman parte de nuestra privacidad. Nadie puede acceder a ellas sin consentimiento. El consentimiento debe ser informado y no coaccionado, si existe una presión de parte de una autoridad o un civil que amenaza con violencia si no se da acceso, no es un acceso consentido.

De hecho, esto es un delito tipificado en el Código Penal en el artículo 363° ter. “(ALTERACION, ACCESO Y USO INDEBIDO DE DATOS INFORMÁTICOS). El que sin estar autorizado se apodere, acceda, utilice, modifique, suprima o inutilice, datos almacenados en una computadora o en cualquier soporte informático, ocasionando perjuicio al titular de la información, será sancionado con prestación de trabajo hasta un año o multa hasta doscientos días.”

Supimos de personas en El Alto que exigían a pasajeros de aviones mostrar carnets de identidad y dar acceso a celulares para darles permiso de paso, supimos de un funcionario público que estaba siendo coaccionado por policías para darles la contraseña de su celular y estos policías revisar el celular sin el titular presente, supimos de personas en las rotondas de Santa Cruz exigiendo acceso a celulares para verificar que las personas no tenían conversaciones afines a una organización política y así darles permiso de paso.

Ciudadanía y autoridades obviaron o desconocían que estaban cometiendo delitos contra la privacidad y con bravuconerías exigían acceso a conversaciones privadas.

Lo preocupante es que esta práctica se extienda y se normalice. Tiene que quedar claro que es un abuso y un delito, y que se puede tomar acciones legales al respecto.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata. blog: www.internetalaboliviana.word-press.com

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Privacidad de las comunicaciones

Ciudadanía y autoridades obviaron o desconocían que estaban cometiendo delitos contra la privacidad y con bravuconerías exigían acceso a conversaciones privadas.

/ 21 de diciembre de 2020 / 03:20

Durante la crisis política de octubre-noviembre de 2019 y meses siguientes hubo violaciones de derechos humanos, de principios constitucionales y se cometieron delitos por doquier.

También en los espacios digitales y en soportes informáticos.

Una práctica que se hizo común entre personas de bandos políticos contrarios e incluso por policías fue el acceso a celulares y smartphones de forma no consentida con la intención de acceder a conversaciones de mensajería, fotos y videos. Vimos denuncias en redes sociales y quizás por eso, no nos percatamos que eso es un delito.

Esta práctica se la realiza con la intención de “incriminar” a alguien en algún delito o de demostrar que piensa diferente y por eso merece alguna sanción.

Todo está mal en esta práctica.

Primero, las personas tenemos garantizado constitucionalmente nuestro derecho a la privacidad. El artículo 21.2 de la CPE dice: “Las bolivianas y los bolivianos tienen los siguientes derechos: a la privacidad, intimidad, honra, propia imagen y dignidad”.

Las comunicaciones a través de sistemas de mensajería, sea WhatsApp, Telegram, Messenger, Signal u otra, forman parte de nuestra privacidad.

Nadie puede acceder a ellas sin consentimiento. El consentimiento debe ser informado y no coaccionado, si existe una presión de parte de una autoridad o un civil que amenaza con violencia si no se da acceso, no es un acceso consentido.

De hecho, esto es un delito tipificado en el Código Penal en el artículo 363° ter. “(ALTERACION, ACCESO Y USO INDEBIDO DE DATOS INFORMÁTICOS).

El que sin estar autorizado se apodere, acceda, utilice, modifique, suprima o inutilice, datos almacenados en una computadora o en cualquier soporte informático, ocasionando perjuicio al titular de la información, será sancionado con prestación de trabajo hasta un año o multa hasta doscientos días.” Supimos de personas en El Alto que exigían a pasajeros de aviones mostrar carnets de identidad y dar acceso a celulares para darles permiso de paso, supimos de un funcionario público que estaba siendo coaccionado por policías para darles la contraseña de su celular y estos policías revisar el celular sin el titular presente, supimos de personas en las rotondas de Santa Cruz exigiendo acceso a celulares para verificar que las personas no tenían conversaciones afines a una organización política y así darles permiso de paso.

Ciudadanía y autoridades obviaron o desconocían que estaban cometiendo delitos contra la privacidad y con bravuconerías exigían acceso a conversaciones privadas.

Lo preocupante es que esta práctica se extienda y se normalice. Tiene que quedar claro que es un abuso y un delito, y que se puede tomar acciones legales al respecto.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata.
blog: www.internetalaboliviana.
word-press.com

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Algoritmos polarizantes

/ 7 de diciembre de 2020 / 02:24

La herencia que nos deja un año de conflictos políticos y desinformación es una sociedad polarizada, radicalizada y violenta. Muchas personas se quejan de la violencia que reciben en redes sociales y, sin darse cuenta o con un doble estándar que pretende justificar sus acciones, muchas veces también ejercen violencia en esos espacios.

Tendemos a culpar a los otros de esas interacciones llenas de ironía hiriente, de descalificación, en casos extremos incluso de amenazas en público o por inbox. No nos damos cuenta de que las redes sociales están diseñadas para provocar opiniones y mensajes polarizantes. Veamos.

Primero, las plataformas de Internet (Facebook, Twitter, WhatsApp, etc.) son empresas privadas, y como tales, muchas de ellas cotizan en bolsa, es decir, venden acciones. Para mostrar a potenciales inversores que son un buen negocio tienen que mostrar que tienen cada vez más usuarios y usuarias, y que estos usuarios y usuarias son activos, es decir, que interactúan entre sí.

Segundo, tienen un alto incentivo para provocar enfrentamientos que provocan más interacciones y comentarios. Los posts amables, de centro, conciliadores no suelen obtener muchas reacciones. Si se publica un mensaje de apoyo a un polo, digamos, por legalización del aborto, ese mensaje tendrá más posibilidades de ser atacado, en este caso, por personas que no apoyan la legalización del aborto, deseosas de lograr que su posición sea la que gane la pulseta en las redes sociales. Como reacción a esto, quienes sí apoyan la legalización del aborto saldrán a defender el mensaje original.

Tercero, la forma de lograr estos enfrentamientos es a través de algoritmos que indican, por ejemplo, que los posts con más reacciones y comentarios aparezcan más arriba en el Timeline o Muro, siendo vistos por más personas y motivando más interacciones y comentarios de ataque o defensa.

Cuarto, por tanto, los algoritmos de las plataformas de Internet están mejor guardados que la fórmula de la Coca Cola. No se transparentan, no permiten ser juzgados. Las empresas no los liberan ni los liberarán porque son la fórmula de su éxito.

Este es uno de los mecanismos en los que estamos envueltos cuando entramos a nuestras redes sociales, así que no es raro que aunque no queremos entrar a un debate, finalmente lo hagamos y que lo hagamos descalificando las otras posiciones ante la frustración de que nuestra verdad no es respetada.

La forma de desactivar este mecanismo es aguantarse un poco y amarrarse los dedos antes que lleguen al teclado y entender que ni Facebook ni Twitter ni WhatsApp son los espacios para dilucidar cosas tan complejas como nuestras posturas ideológicas.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata. blog: www.internetalaboliviana.word-press.com

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La pelea por el sentido

/ 23 de noviembre de 2020 / 09:58

La pelea por el sentido de los sucesos políticos en Bolivia fue descarnada desde octubre de 2019 y aún lo es. Se ha dado y se da en espacios políticos y sociales, virtuales y físicos. Ha definido dos polos radicalizados violentos, cada uno con mecanismos para reforzarse: exigencias de lealtad, referentes modelo de sus posiciones, capacidad de producción de mensajes y amplia difusión de sus ideas, grupos sociales que recrean y repiten esas posiciones en las redes sociales y otros espacios de interacción social, y grupos sociales violentos en calle.

Lo digo más claro. No hay un solo lado, una sola verdad. Hay al menos dos lados luchando por convertirse en “la” verdad; y muchas veces estas posiciones se tornan violentas provocando reacciones igualmente violentas y victimización del otro polo.

¿Qué sentido está en juego? El sentido de legitimidad de una posición política, es una pelea política por la toma y conservación del poder. Tomo un ejemplo con el respeto que se merecen las personas fallecidas y sus familias. Se han construido varios sentidos acerca de los sucesos de hace un año en la planta de Senkata. Se defiende la posición que la intención de las personas que derribaron el muro de la planta de YPFB era terrorista y pretendían volar media ciudad de El Alto. Hay otra versión: era una lucha por el control de un recurso estratégico de abastecimiento, una presión hacia el gobierno y una reacción a la violencia militar. También se ha mencionado que la intención era recuperar los cuerpos de las personas fallecidas que habían sido trasladados dentro de la planta.

Cada versión ampliamente difundida en medios de comunicación y en redes sociales tiene una intención de legitimar una posición política y desacreditar la contraria. Se puede debatir que una posición fue más difundida que la otra pero ambas tuvieron mecanismos para hacerlo.

Releo lo que escribo y parecen obviedades: que no hay una sola verdad, que es una pelea política. Pero entonces ¿por qué nos dejamos llevar por un debate altamente emocional, lleno de imprecisiones, de información que con seguridad no conocemos a plenitud y de violencia? Porque las redes sociales nos dan el espacio, porque estamos radicalizados y frustrados, porque queremos creer en esa verdad, porque queremos reducir la incertidumbre que nos lastima.

Les traigo malas noticias. Este tiempo exige mayor dedicación a informarnos por fuentes diversas, la incertidumbre no se reducirá, no es tiempo de certezas. La llave para ser feliz es ser complejos, desarrollar capacidad crítica y respetar las posiciones diferentes. ¡Ah! Y también bajarle a la autovictimización que no ayuda en el debate y, con frecuencia, provoca vergüenza ajena.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata. blog: www.internetalaboliviana.word-press.com

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Odios digitales

/ 9 de noviembre de 2020 / 03:36

El rol de Internet en las elecciones del 18 de octubre en Bolivia ha estado más orientado a la guerra sucia que a promover campaña positiva. Las personas simpatizantes de diferentes candidaturas se han enfrascado en discursos de odio, promover posverdades, amedrentar a posiciones disidentes e incluso autoconvocarse para acciones de protesta violentas (porque la violencia es también verbal, no solo física). Es verdad que las candidaturas han promovido sentimientos positivos desde sus cuentas de campaña pero sus declaraciones a prensa que, a veces tienen más capacidad de viralización, no han sido tan benignas.

Esta caja de pandora que han resultado ser las redes sociales, canales de conducción de inconfesables odios y complejos obviamente nos afectan a nosotros y a nuestra relación con los otros y otras. Es decir, a nuestra capacidad de convivencia que construimos y destruimos cada día frente a nuestras pantallas. Básicamente estos efectos sociales son el alejamiento, la polarización y la radicalización.

¿Hay un impacto directo en la intención de voto? Es una pregunta que no se puede responder taxativamente porque hay muchas razones por las que la gente vota como vota pero algunos estudios y la experiencia nos cuentan que si bien no cambian la base de nuestras creencias, sí las exacerban y nos ponen un velo que impide entender que existen otras formas de concebir el mundo, tan poco informadas, ingenuas, cercanas al pensamiento mágico, dogmáticas y parciales como las nuestras propias.

Ha pasado en Bolivia lo mismo que sucede en Estados Unidos y todo indica que seguirá sucediendo en cada país que enfrente elecciones. Se crean cuentas falsas, páginas masivas, trolls que se meten a conversaciones para generar odio y hasta, quién sabe, se generan tendencias automatizadas, es decir, falsas. Empresas de marketing y hasta emprendedores locales ofertan estos servicios, es un negocio como varios otros en época de elecciones.

Lo que me queda claro después de mirar estas dinámicas digitales es que expresar tanto odio, tanta frustración, tanto barro solo nos degrada a cada uno y una de nosotros. Tal vez hacemos daño al objeto de nuestros insultos y manipulaciones pero nos hacemos mucho daño también a nosotros mismos.

El camino para reducir los efectos de la desinformación, del discurso de odio, de las estrategias políticas para dañar al contrincante somos nosotros mismos, es un camino largo, tiene que ver con informarnos más, con dudar de nuestras creencias, con ser benévolos con nuestros debilidades, miedos y complejos, y con los de los demás. Tiene que ver con crecer como personas. El primer paso es deshacer la relación tóxica con el odio que hemos construido en este año.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata.

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