Voces

domingo 17 ene 2021 | Actualizado a 09:11

Reconciliación, pero con justicia

El esclarecimiento de esta cadena de hechos luctuosos que rodearon al gobierno de Áñez es un mandato popular.

/ 4 de enero de 2021 / 02:18

Gracias al COVID-19, el 2020 fue el año de los abrazos perdidos y se “inventaron” modos de sustituirlos. Una foto periodística retrababa a mujeres humildes con polleras y barbijos. Sus manos alcanzaban levemente rozar los uniformes policiales al momento de entregarles wiphalas. Ambos lanzaban palomas blancas hacia el cielo en señal de reconciliación. Este acto aconteció hace poco en la zona Sur de Cochabamba (lugar de la represión policial y quema de instalaciones policiales en el golpe de Estado), organizado por el Ministerio de Gobierno.

Con la restitución de la democracia, en el espectro político resurgió la idea de la reconciliación. Ocurrió muchas veces en la historia. Cuando los opresores se sienten vencedores, sobre todo, posmasacre, por temor a que la indignación de los oprimidos se convierta en una furia insaciable de justicia, claman por la paz. Cuando los opresores son derrotados, en un instinto de sobrevivencia claman reconciliación, no en un acto de sinceridad, sino, todo lo contrario, es el último martillazo de impunidad sobre los ataúdes de las víctimas de las atroces masacres.

Bolivia vivió una época donde el odio no solo político, sino racial, se apoderó de los bolivianos. Un odio que se encarnó en el gobierno de Jeanine Áñez, un gobierno inmisericorde que masacró a los más humildes, persiguió con saña, encarceló injustamente a sus rivales políticos, incluso a mujeres embarazadas. No olvidemos, ese gobierno fue resultado de una cruzada conspirativa. Una de sus estocadas letales fue el motín policial. Entonces, hay una larga agenda de temas que ameritan ser investigados, no con el afán de venganza, relato urdido hoy por los golpistas y sus colaboradores —mediáticos e intelectuales—, sino de buscar justicia.

La democracia boliviana necesita repararse. El esclarecimiento de esta cadena de hechos luctuosos (golpe de Estado y masacres) que rodearon al gobierno de Áñez es un mandato popular. Policías, militares, jueces, fiscales e inclusive periodistas e intelectuales fueron parte de ese entramado perverso al servicio del régimen de terror e hicieron posible el infierno.

Los miembros de la Policía y las Fuerzas Armadas que intervinieron en el golpe de Estado, las masacres y la persecución política necesitan ser sometidos a la rigurosidad de la ley. Se amerita dejar un precedente para que en un futuro nadie se anime a ninguna aventura golpista o, por lo menos, sepan, tarde o temprano, que serán juzgados.

Obviamente, los bolivianos necesitamos vivir en paz. Venimos de experimentar un régimen de terror: calles militarizadas, surgimiento de grupos parapoliciales atormentando y amedrentando cobardemente a los más pobres. Pero, eso no significa impunidad. Junto al motín policial, la investigación sobre estos grupos parapoliciales y la posible protección y quizás el asesoramiento de (algunos) policías son respuestas que espera la sociedad de la institución policial.

Los tantos muertos (sus huérfanos y sus viudas), cuantiosísimos perseguidos y muchísimos presos políticos del gobierno de Áñez nos han enseñado que solo la justicia es el sendero de la reconciliación. Como dice Corazón Aquino: “La reconciliación debe ir acompañada de justicia, de lo contrario no durará. Todos esperamos la paz, no debe ser la paz a cualquier precio, sino la paz basada en los principios, en la justicia”. Entonces, para que todo un año de tragedia y dolor no haya servido de nada, necesitamos justicia por los muertos y por los vivos.

 Yuri Tórrez es sociólogo.

Comparte y opina:

Contradicciones y desafíos

En la actualidad, el MAS enfrenta varias contradicciones internas, no son tensiones (palabra de moda).

/ 17 de enero de 2021 / 02:02

En varias ocasiones he alertado sobre el riesgo de una crisis de representación política. Este fue mitigado el 18 de octubre de 2020. La contundente asistencia a las urnas y la concentración de votos en la fuerza vencedora implicó la plena recuperación de la democracia y la anulación de los temores de ingobernabilidad. Por eso es importante analizar lo que acontece en el seno del partido de gobierno, puesto que es el pivote del sistema de partidos. En la actualidad, el MAS enfrenta varias contradicciones internas; no son tensiones (palabra de moda) porque, en política, las relaciones de fuerza no son estáticas y las contradicciones se resuelven más temprano que tarde. En la selección de candidaturas para las elecciones subnacionales se puso de manifiesto una contradicción entre las organizaciones de base (Pacto de Unidad) y el aparato partidista (la dirigencia del MAS), otra entre modalidades de elección (democracia de asamblea y designación vertical —“dedazo”—) y, finalmente, entre renovación (generacional) e inercia (permanencia del “entorno”).

Estas contradicciones expresan la búsqueda (contingente) de un nuevo formato en el proceso decisional en el MAS que, antes de noviembre de 2019, dependía de la centralidad del “jefazo” que ocupaba el centro decisorio como presidente del Estado, del partido y de la coalición de organizaciones sindicales. Hoy, el MAS vive la rutinización del carisma de Evo Morales; su rol histórico fue reconocido de manera apoteósica por sus seguidores en su retorno (exactamente un año después de su partida al exilio en una suerte de heroísmo minimalista), pero ese reconocimiento no implica una aceptación indiscutible de su liderazgo. Nunca fue indiscutible (lo estudié en mi libro Mandato y contingencia. El estilo de gobierno de Evo Morales) pero, en esta coyuntura, sus decisiones fueron cuestionadas, en algunos casos repudiadas —El Alto y Potosí, los más visibles— como consecuencia del incumplimiento de las resoluciones del ampliado del MAS que resolvió que la elección de candidaturas debía seguir dos criterios: renovación —veto a quienes estuvieron en el gobierno en el pasado— y decisión de las organizaciones sociales —sin incidencia de la dirigencia del partido—. Los conflictos —algunos con violencia— en la definición de las candidaturas fueron resultado de la inobservancia de estas reglas. Y eso fue resultado de una contradicción, antes inexistente, entre las organizaciones sociales, reagrupadas en el Pacto de Unidad, y el “instrumento político” (MAS-IPSP). Ahora, paradójicamente, el partido es fortalecido como institución puesto que se ha convertido en un recurso de poder para Evo Morales en la medida que sigue ostentando el cargo de presidente del MAS (antes nominal, ahora eficaz). Por las circunstancias, Evo Morales promueve un proceso de institucionalización del partido que transcurre al margen del Gobierno, un hecho que nunca procuró — ni ocurrió— durante su presencia en el poder. Esta contradicción explica las disyunciones internas y se alimenta con la disparidad de criterios sobre las causas del golpe de Estado que, en la visión de Evo Morales y sus allegados, no contempla ninguna responsabilidad y se refugia en la victimización. Es evidente que la autocrítica en las filas del MAS es una asignatura pendiente. Sin ese acto no habrá renovación discursiva y sin renovación discursiva —y de liderazgos— será difícil que el MAS impulse una nueva fase en el “proceso de cambio”, más necesaria que nunca.

Fernando Mayorga es sociólogo.   

Comparte y opina:

Los libelos inflamatorios

Percibimos una floja performance de los postulantes y sus equipos de campaña para engendrar deliciosos calificativos.

/ 17 de enero de 2021 / 01:57

En 1979, el periodista Raúl Rivadeneira publicó un estudio sobre el manejo lingüístico de los candidatos y su verbosidad para descalificar a sus oponentes, tituló su texto La guerra de los Insultos. La propaganda política en Bolivia. El escenario conflictivo de entonces, derivado por un virtual empate entre Paz Estenssoro y Siles Zuazo, incitó a provocar una cruenta masacre militar en noviembre de ese año, encabezada por el Coronel Natusch Busch, coludido con el infamante Guillermo Bedregal. El libro fue mal recibido por los políticos, porque desnudaba sus limitaciones y su total falta de ética.

Si bien esta vieja manera de “hacer” política a partir de la diatriba y el insulto no cambia, percibimos ahora que tenemos un escenario democrático, una floja performance de los postulantes y sus equipos de campaña para engendrar deliciosos y ocurrentes calificativos y, por lo menos, divertir a los electores. Creo que esta esterilidad se debe a los millones de usuarios del Facebook que tienen la oportunidad de insultar ensuciando el lenguaje, y arrastrándole por la esterilidad que devela la crisis educativa, sobre todo en cuanto a la instrucción en lectura y escritura.

El uso desenfrenado de las redes constituye un foco de irradiación de las idioteces repetidas y mal escritas por otros seguidores; sin embargo para nuestro pobre consuelo, el ejército de ágrafos no atañe solo a nuestro Estado.

Los debates fecundos siempre son —precisamente— sobre política y religión, interminables peroratas que generalmente conducen hacia la dispersión, porque nadie cede, solo la realidad, más poderosa que ninguna, pone en su sitio a todos.

En 1920, Belisario Díaz Romero, un prominente intelectual positivista, se enfrascaba en una dura polémica con un oscuro cura que lanzó duras diatribas contra su posición sobre la creación y la evolución. Después de largas batallas en los periódicos de la época, Díaz Romero publicó un libro que encendería mucho más la polémica y develaría la posición altamente conservadora de la élite paceña criolla coligada con la iglesia. En el libro Ecclesia versus Scientia, publicado en 1921, en parte del preámbulo el autor anota: “Forzosamente tenemos que hablar recio y claro, empleando frases duras y, por cierto, desagradables a los oídos castos o delicados. (…) En la lucha tenemos que emplear todas las armas, “en la guerra como en la guerra”, le habíamos anunciado al enemigo, por lo tanto este no tiene que tomar con extrañeza que esgrimiremos calificativos amargos o cáusticos para él. Nuestras expresiones serias unas veces, ya recatadas, ya iracundas, servirán de placer para todos los gustos”

Díaz Romero se preocupaba por el goce del lector, y consideraba su campaña a favor de la ciencia como un acto estético. El libro es delicioso y merece una reedición por la Biblioteca del Bicentenario, del cura que incitó el libro ya nadie se acuerda.

José María Vargas Vila (1860-1933), novelista colombiano, tuvo su época de gloria con novelas calientes que buscaban los jóvenes de la época (Flor de fango, Ibis), pero en el texto La muerte del cóndor desata su furia y enjundia de alto vitriolo por el asesinato de su amigo, el liberal ecuatoriano Eloy Alfaro (1842-1912), en manos de una turba encaminada por Leónidas Plaza. Este acudió a sus zalameros para descalificar el libro. Vargas Vila respondió: (…) los bonzos gelatinosos del capitolio de Quito, se volvieron hacia su amo para desagraviarlo, balbuceando cosas ineptas contra mí. Los niños mamantones del Tiberio ecuatorial, soltaron aquello que les servía de biberón, para vomitar sobre mi sus prosas escrofulosas, y, se dispersaron por las repúblicas del Pacífico para polucionar las prensas con sus dicterios de foliculares vergonzantes… fetos de la prostitución.

Plaza, es la enorme vaca andrógina, hecha para desconcertar por igual, todos los cálculos de la Zoología y todos los postulados de la Ética…. En la escala teratológica, no pertenece a los felinos, a los carniceros,… pertenece a los rastreros, a los vertebrados inferiores, anfibio extraño que busca la sombra violácea de las aguas del pantano, mitad hiena, mitad boa, esperadlo en la noche, en el silencio, a la hora de devorar los cadáveres… Un día el apogeo del insecto tuvo su fin, como larva coronada…

Aquellos tiempos de libelos inflamatorios dirigidos al hígado del adversario ¿han muerto?

 Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.   

Comparte y opina:

Una gestión concertada para una crisis inédita

/ 17 de enero de 2021 / 01:51

La crisis sanitaria global iniciada a comienzos del año pasado ha impulsado la crisis del empleo atribuible a la interrupción de las actividades económicas y el confinamiento de las personas en sus viviendas, a lo que se han sumado también complejas repercusiones institucionales en muchos países, que han debilitado la democracia en general, la credibilidad de las entidades políticas y el sistema multilateral de cooperación.

Aunque es válido caracterizarla como la primera crisis de la globalización, no resulta apropiado abordarla de manera dogmática, ni en el diagnóstico ni en cuanto a las medidas que se recomienda adoptar según dictado de las preferencias ideológicas.

Los rasgos generales de la crisis sanitaria son conocidos, pero sus manifestaciones son diversas en los diferentes países, así como también son diversas las tendencias que se anuncian para el futuro. Con respecto al año pasado, una diferencia importante estriba en el inicio de la vacunación en varios países, en un contexto de marcada desigualdad en el acceso a las diferentes vacunas. Los esfuerzos del mecanismo establecido por la Organización Mundial de la Salud todavía no muestran resultados satisfactorios, entre otras cosas, debido a la conducta egoísta de algunos países desarrollados.

La experiencia de los últimos 12 meses en el mundo muestra también que enfoques que parecían exitosos en la primera ola del COVID-19, ya no mantienen su eficacia con el despliegue de la segunda ola y la existencia de vacunas. Se puede afirmar en consecuencia que no existen modelos ni estrategias aplicables en cualquier contexto nacional, salvedad hecha de las responsabilidades individuales en cuanto al uso del barbijo, el distanciamiento social y el lavado frecuente de manos.

En cuanto a la gestión pública, se trata de administrar las medidas de confinamiento y suspensión de actividades a partir de un monitoreo riguroso de la velocidad y formas de propagación del contagio en el nivel local. Un componente crítico en este ámbito consiste en la comunicación completa y transparente sobre la evolución de la pandemia; ocultar o manipular la información es altamente perjudicial y alimenta conductas contraproducentes de ciertos intereses políticos y religiosos, con graves consecuencias para el sistema institucional, sobre lo cual existen abundantes ejemplos recientes en el mundo.

En materia económica la intervención del Estado debería privilegiar el objetivo estratégico de preservar el máximo posible de empleo, a partir de una visión integral de la coyuntura social, fiscal y financiera.

Tomando en cuenta los aspectos mencionados, resulta conveniente adoptar una estrategia integral de largo plazo, mediante una serie de acuerdos y consensos transparentes entre los diferentes actores institucionales, políticos, financieros y económicos. Un mecanismo de concertación de tales características, facilitaría también establecer los criterios sanitarios que habría necesidad de considerar respecto de la eventual postergación de las próximas elecciones departamentales y municipales.

Conviene recordar, por último, que la gestión exitosa de las políticas públicas es un arte que se funda en ciertos elementos teóricos, entre los cuales destaca por cierto la interpretación certera de la situación imperante, sus factores causales y sus posibles trayectorias en diferentes escenarios futuros. El achicamiento de la distancia entre las intenciones de las autoridades y los resultados que se obtengan en realidad, depende sin duda de la disponibilidad de condiciones institucionales, tales como la calidad profesional y experiencia de los operadores públicos, así como de la habilidad de las élites políticas para lograr consensos pragmáticos, eficaces y transparentes entre los principales actores en los ámbitos político, social y económico.

      Horst Grebe es economista.      

Comparte y opina:

La calle Harrington

/ 17 de enero de 2021 / 01:46

Para Elba ese jueves 15 de enero de 1981 era un día normal. Llevó el almuerzo a su hermana y cuñado; almorzó y se quedó a tomar el té allí, a pocas casas del lugar de la masacre de los dirigentes del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). Esa tarde encapotada se reunían clandestinamente a las tres de la tarde en el número 730 de la calle Harrington, barrio de Sopocachi, La Paz. Bolivia respiraba angustiada bajo la dictadura del militar Luis García Meza, se había anunciado una serie de medidas económicas y este grupo de militantes de izquierda se organizaba para resistir. La calle estaba callada. Elba recuerda que la Harrington era una calle vacía, muy quieta, ni siquiera se percibía que gente vivía en esas casas, apenas se notaba el movimiento de un par de tienditas entre cuadra y cuadra. La calle guardaba silencio como guardaba izquierdistas en sus entrañas. A las cinco de la tarde, se escuchó la llegada de dos Jeeps; bajaron efectivos paramilitares para asaltar abruptamente el lugar rastreado. Se escucharon rugir estruendosamente las metrallas durante unos minutos después de que el agente gubernamental infiltrado en el MIR, Adhemar Alarcón, confirmara las identidades de los emboscados. Los vecinos de la calle levantaron colchones contra las ventanas. El terror abría la boca. Elba recuerda que conversaba con su hermana hasta que llegaron los disparos. Almohadas en las ventanas y a masticar miedo bajo la mesa del comedor. Minutos. Una eternidad. Se preguntó si esta pesadilla ocurría en toda la ciudad. Pensó en sus familiares pero esperó la llegada del silencio para tomar el teléfono. Sus parientes no la dejaron salir hasta el día siguiente y cuando lo hizo, las tienditas estaban firmemente cerradas. Hubo matanza, decían por ahí. Elba recuerda, después de 40 años, que para ir a casa de su hermana en lo posterior ya no pasaba por la Harrington, la bordeaba. “Había mucho olor a sangre, había mucho olor a pena”.

Solo Gloria Ardaya sobrevivió a esa masacre y escuchó de cerca el festín militar. Algunos de ellos fueron torturados antes de ser asesinados por orden de Luis García Meza y de su ministro Luis Arce Gómez. El Ministerio del Interior informaba después de enfrentamientos armados con “delincuentes subversivos”. Cierta prensa los llamó terroristas cuando recibió la foto de los cuerpos acomodados junto a armas de fuego, cuenta una de las hijas. “¿Hay esperanza?” preguntaba una y otra vez otro de los pequeños hijos hasta que una tarde la respuesta fue: “no, lo han matado, está aquí conmigo”. Las esposas caminaron mundos para ver los cuerpos. Los entierros y las misas se llevaron a cabo entre las botas y los gases de los militares. El resto se ha ido escribiendo a retazos cosiendo ocho caminos, ocho vidas, ocho familias: Artemio Camargo, dirigente minero; Jorge Baldivieso, responsable Regional del MIR en Chuquisaca; Gonzalo Barrón, responsable del Frente Estudiantil Universitario y dirigente de la CUB; Arcil Menacho, responsable Regional del MIR de Pando; Ricardo Navarro, dirigente del Frente Universitario; José Reyes, responsable Regional del MIR en La Paz; Luis Suárez, responsable del Frente Docente-Universitario; y Ramiro Velasco, directivo del Colegio de Economistas.

En estas cuatro décadas hemos visto en los medios cómo organizaciones políticas quisieron convertir esta masacre en su bandera. Fue el MIR incluso después de su alianza con el dictador Banzer y en el último tiempo hasta Sol.bo. Más de una vez los familiares de las víctimas limpiaron de las tumbas la basura proselitista que horas antes habían dejado militantes en plena campaña electoral. Y en verdad es tan sencillo comprender que después del 15 de enero de 1981, aquella lucha que arriesgó y entregó la vida por un país con más igualdad y justicia no puede pertenecer a ningún partido político. Solo puede ser la bandera íntima del pueblo boliviano. La masacre desgarradora de la calle del silencio solo puede ser la promesa viva de la calle de la democracia. La calle del compromiso inamovible.

   Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.   

Comparte y opina:

No es lo mismo, pero es igual

/ 17 de enero de 2021 / 01:41

La semana pasada una turba de seguidores de Donald Trump tomó violentamente las instalaciones del Congreso de Estados Unidos, con el objetivo de impedir que se certifique oficialmente la derrota de su líder en las elecciones presidenciales. Poco después empezaron a circular ingeniosos memes comparando ese evento con lo ocurrido en Bolivia en 2019, cuando una turba de seguidores de Mesa, Ortiz, Cárdenas y otros perdedores de las elecciones presidenciales atacaron y quemaron instalaciones de los Tribunales Electorales Departamentales para impedir que se termine el conteo oficial de los votos.

La justificación para ambas acciones es una palabra sin pruebas que la respalden: Fraude. Desde mucho antes de las elecciones, el candidato Trump cuestionó el sistema electoral norteamericano y a las personas a cargo de administrarlo. “Será el fraude más grande de la historia”, afirmó en Twitter el 24 de mayo pasado. O sea: un “fraude monumental”, como se dice por estos pagos.

Una vez realizadas las elecciones y verificada su derrota, Trump se negó a reconocer esa realidad y llamó a sus seguidores a movilizarse para defender su voto. Exactamente lo mismo que hizo Carlos Mesa cuando en 2019 perdió contra Evo Morales por un 10% de diferencia. Decir que hubiera ganado la elección si se iba a segunda vuelta, es lo mismo que decir que Bolivia hubiera ganado el Mundial si no lo hubieran eliminado en la primera fase.

Tanto en Estados Unidos como en Bolivia, las declaraciones de fraude sin respaldo real encendieron iras irracionales y generaron violencia con tintes fascistas. Entre los cánticos de la turba que atacó el Capitolio se podían oír insultos a legisladores demócratas y amenazas contra la izquierda y los inmigrantes, y se podía ver muchos símbolos antisemitas. En los puntos de bloqueo de Bolivia los cánticos incluían insultos racistas, machistas y homofóbicos. En ambos casos, hubo también profusión de banderas nacionales, de biblias y de carteles con alusiones religiosas.

En Estados Unidos se está investigando ahora la participación en la toma del Capitolio de grupos paramilitares muy bien organizados, con armas, logística y asesoría de militares y policías en retiro. En las movilizaciones de 2019 en Bolivia sucedió exactamente lo mismo: en muchos puntos de bloqueo de la Paz vimos la presencia de jóvenes cruceños que se hacían cargo de la organización y la logística con tácticas sospechosamente similares a las castrenses. En el caso de Cochabamba se ha mostrado incluso videos de policías coordinando con los motoqueros.

El rol de la Policía y el Ejército, en el caso boliviano, fue determinante. Cuando ambas fuerzas traicionaron su rol constitucional y se plegaron a las fuerzas sediciosas, cayó el gobierno legalmente establecido. En el caso norteamericano eso no ha sucedido. La posesión del presidente electo está prevista para dentro de unos días y, con un poco de suerte, ese país (y el mundo) se librará de Donald Trump el 20 de enero. Aquí también prevaleció la democracia y nos libramos del gobierno dictatorial instalado por la traición del Ejército y la Policía, la ambición de la oligarquía agroindustrial y la ceguera de las clases medias “pititas”.

Hay algunas diferencias. Ayer el Congreso gringo aprobó el inicio de un juicio político contra Trump por incitar a la violencia. Sus cuentas en redes sociales fueron canceladas, como las de muchos de sus seguidores. Aquí quienes incitaron a la quema y toma de instituciones todavía se campean impunemente. Muchos son candidatos a alcaldes o gobernadores y escriben lo que les da la gana en sus redes sociales. Tanto allá como acá, la justicia es la última de las prioridades.

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Últimas Noticias