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lunes 18 ene 2021 | Actualizado a 03:49

El 20 + el 21, dos años difíciles

/ 5 de enero de 2021 / 13:13

Ya inició el nuevo año y quedan las vibras positivas de la provisión de buenos deseos, eminentemente virtuales por la pandemia y muy abundantes: todos necesitamos dar y recibir grandes dosis de esperanza.

Si 2020 fue para todo el planeta el año de la pandemia, para Bolivia lo fue agravado con el inicio de la crisis económica heredada de los cinco años anteriores y el de la frustrada transición constitucional con ausencia mayoritaria de visión y sacrificio políticos en la oposición democrática al Masismo. Pero también fue el año que la democracia electoral funcionó, fracasando el argumentario del “golpe” —cada vez más restringido a un golpe a la obnubilada soberbia de “gobernar 500 años” (Morales Ayma, Quiabaya, 26/12/2016)— y con la votación mayoritaria triunfó la pretendida Historia de Éxito del “milagro económico” del MAS —indulgencias ajenas.

Los resultados políticos fueron claros: el común fracaso de los viejos liderazgos políticos —incluida la debacle del mito Evo, con Arce elegido por más del 8% sobre los votos manipulados en 2019 para el Jefazo—, la realidad de que contener la crisis económica fueron los grandes motivadores del voto popular y la urgencia de la reingeniería profunda de la política nacional, tanto en propuestas como en crear mayorías —unidad no es stalinismo ni orwellianismo— y renovar liderazgos.

Al margen de otros actores importantes del período —y rindo homenaje a Mons. Eugenio Scarpellini, luego fallecido por el COVID-19 cumpliendo su labor pastoral y social—, entre el 11/11/2019 y el 7/11/2020 dos mujeres fueron, sin duda alguna, las que personalizaron el período: Jeanine Áñez Chávez y Eva Copa Murga, senadoras de los partidos mayoritarios enfrentados —Demócratas y MAS, hoy los más afectados y que ambas han abandonado—, las que, ante la presurosa desbandada de las autoridades masistas, asumieron lograr la transición democrática y evitar el desborde de la violencia. Con independencia de las decisiones erradas que durante ese año pudieron tomar, es de mérito reconocerlas.

Y está la pandemia. Vuelto a primar en el nuevo gobierno el concepto de “antes de nosotros, nada” y la amnesia en resultados económicos y de salud —tan caros al Evismo y a todos los populismos del socialismo 21—, en lo referido a la pandemia me detengo y preocupo.

La semana del 9 al 15/11 —primera semana de la nueva gestión—, Bolivia tuvo 110 nuevos casos confirmados promedio (771 en total), promedio de 919 pruebas PCR (6.435 total de la semana), 18.029 casos activos promedio (el 15 había 17.260) y una Incidencia Acumulada (IA: índice de nuevos casos x 100.000 habitantes) semanal de 7; los picos históricos habían estado en la semana del 13 al 19/07: 1.638 nuevos casos confirmados promedio (11.465 en total), 3.031 pruebas PCR promedio (21.220 la semana), 35.423 casos activos promedio (39.002 el 19) y 99 la IA semanal.

El 29/11, el Gobierno emitió su Decreto Supremo 4404 instituyendo del 1/12 y hasta el 15/1 una nueva fase de reapertura social para reactivar las actividades culturales, deportivas, recreativas y religiosas. Esa semana (30/11 al 6/12) hubo 134 nuevos casos confirmados promedio (938 en total), 1.209 pruebas PCR promedio (8.461 en la semana), 12.508 casos activos promedio (11.766 el 06) y 8 la IA semanal, datos que motivaron al Ministro Pozo a pronosticar una nueva Ola tan lejos como “entre marzo, abril y mayo” (UC/MS, 24/11), pero esta semana pasada (28/12 al 3/1) cerramos con promedio de 1.116 nuevos casos confirmados (total: 7.818), 2.756 pruebas PCR promedio (19.291 semanal), 18.548 casos activos promedio (20.965 el 03) y 67 la IA semanal: es la Segunda Ola que llega imprevista —y que será mayor porque el 28, el 1 y el 3 se hicieron muchas menos pruebas PCR que el promedio: 1.705, 1.345 y 1.620.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Un año (¡más!) aún sin fin

/ 21 de diciembre de 2020 / 23:07

Con esta columna cierro mis colaboraciones de 2020 y volveré a inicios de enero, Dios mediante. En la docena de años que llevo escribiendo para La Razón, esta columna de finales de año siempre ha tenido algo de política, mucho de buenos deseos y algunos recuerdos pero ésta será mucho de elecciones y política.

No podía ser diferente porque la lista es larga: inicio del proceso electoral general en 2018; campañas, primarias y elecciones nacionales en 2019 (fraudulentas éstas más allá de otras narrativas justificadoras); transición (zarandeada, improvisada y con más yerros en el conjunto que los actores cualificados que tuvo), nuevas elecciones generales en este 2020 y otras nuevas elecciones en 2021.

El 2020 fue desde los consensos de noviembre de 2019 que permitieron la transición (real inicio de este año) y la convocatoria de nuevas elecciones en enero hasta los conflictos y enfrentamientos (violentos o no) del período. El proceso electoral de 2020, condicionado sui generis por la pandemia, oficialmente se cerró el 8 de noviembre con la posesión presidencial de Luis Arce Catacora, pero sus antecedentes y consecuencias son como parteaguas.

Los resultados dieron cuatro consecuencias: la primera, que nadie auguró la magnitud de los resultados que dieron la victoria a Arce (al filo de la medianoche del 18 de octubre, en espera de los pronósticos últimos de las encuestadoras, Sebastian Michel, del MAS, declaraba en vivo a una televisora que habían alcanzado el 45% de la votación y ganaban, cuando realmente obtuvieron el 55,11%); la segunda, que todo el arco de partidos y organizaciones no-MAS (incluyo Juntos, aunque se retiró al constatar los potenciales resultados) fracasaron en lograr un frente común (o, al menos, coordinado) y demostraron que no tenían fuerza individual trascendente; la tercera, que los electores votaron para huir de la crisis (impelidos por el presunto “milagro económico” del ministro Arce) y que, además, la historia de éxito (aunque fuera ajena y apropiada) pesó más que el liderazgo de Evo Morales. La cuarta marcará el futuro perspectivo: ningún liderazgo trascendió al electorado (ya mencioné para Arce, y los votos que obtuvo Luis Fernando Camacho fueron por un sentimiento regional de reivindicación que fracasó en 2019 pero que sus estrategas supieron apropiar).

Las dos campañas más exitosas: la de Arce, que posicionó “su capacidad de hacer otro milagro”, y la de Camacho, que posicionó el discurso engañoso de que “las encuestadoras mentían” y que “sería el presidente” manipulando aspiraciones de sectores de la población.

Las consecuencias: Todos los liderazgos no-MAS fracasaron (incluyo Camacho, que no ha trascendido su discurso de 2019) y se impondrá una imprescindible renovación, que las subnacionales podrán ayudar a clarificar y generar.

Por último: Los dos mayores partidos de Bolivia, el MAS y Demócratas, tendrán que refundarse creativamente para sobrevivir. En el MAS, el liderazgo de Morales ha sido golpeado (primero ganando Arce con más del 8% de votos que los manipulados para el Jefazo en 2019 y ahora, en las subnacionales, por la rebelión de las bases masistas contra los candidatos impuestos por el expresidente), Arce tendrá que cumplir sus promesas para crearse su propio liderazgo mientras su vicepresidente David Choquehuanca marca significativas distancias con Morales y reagrupa los movimientos indígenas de Occidente en su nuevo liderazgo. Para Demócratas, ya sin su líder en una posición de gobierno (por pedido de su propia cercanía) y golpeado por los resultados de 2019 y la retirada de 2020 que dejó descolocada y frustrada a su dirigencia y bases, tendrá que reinventarse y contener la migración hacia Creemos que se ha apropiado, sin mucha actualización, del discurso que tuvo entre 2004-2008.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Desmitificando Bolivia frente al COVID-19

/ 8 de diciembre de 2020 / 17:34

Del COVID-19, mucho se ha escrito y dudo que haya alguien que desconozca del coronavirus porque lo hemos sufrido de una forma u otra o en muchas. No voy a contar su historia —demasiado se ha escrito— ni cómo se ha desenvuelto en el caso de Bolivia —los medios han hecho mucho por informarnos, aunque no pocas veces los datos oficiales de referencia pecaban confundiendo—: voy a hablar del ahora.

Lo primero es que se ha hecho y se sigue haciendo un esfuerzo desde los tres niveles de gobierno en Bolivia por reducir los contagios y paliar las consecuencias, a pesar de un sistema de salud paupérrimo —¿cuántos años lleva el pedido del 10% a la sordina en legisladores y ejecutores?—, gestionada la crisis por un gobierno transitorio atosigado con improvisaciones —y per se las urgidas para enfrentar esta pandemia—, la pesca en río revuelto de los corruptos y las mezquindades de la política criolla.  

Se habla en muchos países de una Segunda Ola —en Europa se augura una tercera ya en perspectiva y en EEUU algunos ya la anuncian tras el relajamiento colectivo por Thanksgiving Day—, pero en Latinoamérica aún gestionamos la primera.

Al domingo pasado, desde el inicio el 10 de marzo, Bolivia totalizaba 145.560 contagiados, 8.995 fallecidos y 124.799 recuperados —aclaro “vivos”—, lo que daba a ese día un 8,1% de casos aún activos (11.766); los casos totales representan un índice de morbilidad —“cantidad de personas enfermas en un lugar y tiempo determinado”— por 100.000 habitantes de 1.251,2, una mortalidad respecto a contagiados del 6,2% y del 77,3% por 100.000 habitantes y el 85,7% de recuperados, mientras la incidencia acumulada —“cantidad de nuevos contagiados por 100.000 habitantes”— en la última quincena es de 14 (España tiene 265 y EEUU, 231 en este período).

¿Somos los peores en Latinoamérica? No; aunque lejos porcentualmente de los más efectivos: en morbilidad Cuba (0,077) y Uruguay (0,202) (Bolivia 1,251); en mortalidad x morbilidad Uruguay (1,2) y Cuba (1,5) (nosotros 6,2); en mortalidad x 100.000 habitantes Cuba (1,2) y Uruguay (2,3) (Bolivia 77,3), y en recuperados Chile (95,4) y Perú (93,1) (Bolivia 85,7), cuando nos comparamos en morbilidad (1,251) mejoramos sobre República Dominicana (1,446), Belice (1,984), Colombia (2,751), Costa Rica (2,861), Chile (2,933), Perú (3,027), Brasil (3,140), Argentina (3,283) y Panamá (4,230) —y de EEUU: 4,510—; en mortalidad x morbilidad (Bolivia 6,2) estamos mejor que Ecuador (7,0) y México (9,4); en mortalidad x 100.000 habitantes (nosotros 77,3) nos superan Ecuador (80,9), Chile (81,8), Brasil (84,3), México (87,7), Argentina (89,3) y Perú (112,8), mientras en casos aún activos (Bolivia 8,1) nos sobrepasan Haití (10,6), Panamá (12,2), Guyana (13,8), México (17,1), República Dominicana (19,7), Uruguay (27,8), Nicaragua (24,9), Paraguay (27,6), Costa Rica (32,1), Belice (48,4) y Honduras (52,8).

¿Nos acercamos en Bolivia a una Segunda Ola? No hasta ahora, porque la incidencia acumulada para los pasados 14 días es baja (14) y los departamentos que la superan (Pando 15; Santa Cruz y Potosí: 21; Oruro: 23, y Tarija 27) no se desmarcan significativamente.

Aunque el Decreto 4404 flexibiliza las medidas de bioseguridad entre el 1 de diciembre pasado y el 15 de enero próximo con el objetivo explícito de promover la recuperación, no descarta la vigencia del espíritu de estas medidas y, a la vez, establece que serán los demás niveles de gobierno quienes las definirán para sus territorios sin obviar la preparación ante un eventual incremento de casos, dejándonos a todos la responsabilidad consciente de cumplirlas.

En mi próxima columna trataré nuestras peores “endemias”: las políticas. Es el momento de “vacunarlas”.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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‘Quo tendimus’, Lucho

/ 24 de noviembre de 2020 / 09:01

Para la entrega anterior, al escribirla me motivé en las Vidas paralelas de Plutarco de Queronea para, en elipsis, escribir mis Vías paralelas. Hoy me he dado cuenta que estos largos meses de cuarentena —y de muchas crisis— me han dejado refrescar las lecturas que, con excelente recuerdo, tuve en la adolescencia; por eso, aprovechando este período de casi calma —cual “ojo de tormenta”— al escribir entre las elecciones nacionales —antes, durante e inmediato después— que ya pasaron y las subnacionales que pronto empezarán y con peligro que me digan petulante, agradeceré a la memoria del Quo vadis de Henryk Sienkiewicz el poder preguntarle a nuestro Presidente: Quo tendimus, Lucho(¿Hacia dónde vamos?). (El ‘Lucho’ se lo agradezco al expresidente Morales que, con coloquialidad y, muy probablemente como yo ahora hago, sin atrevimiento del ninguneo llamó así afectivamente al Primer Mandatario).

Con tino y pertinente sagacidad, el candidato Arce Catacora —antes ministro, ahora Presidente— marcó en sus declaraciones de campaña un conjuntos de actitudes y valores diferenciados entre un “antes” —el “antes de antes” de la Transición, que vale decir: “antes” de la noche que se “paró” el TREP— y su “ahora” —que equivaldría a decir “después de elegido”—, lo que, para tranquilidad de muchos dentro y fuera de Bolivia —en los de “fuera” no sabría si se incluían las matricias (para estar en onda de despatriarcado) y los patricios del Grupo de Puebla—, se repitió en frases memorables (cual highlights de lo que sería su manera de gobernar) de su discurso de investidura: “Nuestro Gobierno buscará en todo momento reconstruir nuestra patria en unidad, para vivir en paz”, que reforzó al decir: “A pesar de las diferencias estamos en la obligación de estar a la altura del pueblo que nos demanda unidad, paz y certidumbre, unidad y complementariedad entre oriente y occidente, entre el campo y la ciudad, todos somos Bolivia” y que, en justo homenaje a Marcelo Quiroga Santa Cruz, mártir de la democracia, confirmó diciendo que “no es el odio lo que impulsa nuestros actos, sino una pasión por la justicia”.

Notables palabras que, unidas a un gabinete de nuevos nombres, trajeron la sensación que la frase “Este 8 de noviembre de 2020 iniciamos una nueva etapa en nuestra historia, y queremos hacerlo con un gobierno que sea para todas y todos sin discriminación”, era la mandatoria del Primer Mandatario.

Pero quizás no todos los recién advenidos las oyeron porque pronto empezó una competición para colegir quién vituperaba más a la Transición —el “de antes” que sí tuvo muchas sombras pero también nefastas herencias— para convencernos que “antes de antes” Bolivia fue Jauja, a pesar de que: si en el súper ciclo de precios extraordinarios para nuestras materias primas ingresaron más de $us 50.000 millones, 32.000 millones de estos fueron para gasto corriente —en sueldos y jornales se trepó de poco menos de un $us 1.200 millones (Bs 8.000 millones) en 2006 hasta más de $us 4.600 millones (Bs 32.000 millones) en 2019—; el PIB bajó de crecer el 6,8% en 2013 a solo el 2,9% en 2019 —este 2020, con la pandemia, será -11,1%—; las RIN cayeron de más de $us 15.000 millones en 2015 a poco menos de $us 6.500 millones en 2019; el déficit fiscal llegó en 2019 a casi $us 2.500 millones —7,7% del PIB, aunque este 2020 se pronostica que caerá a -11,1% por la pandemia—, el superávit acumulado del 14,5% entre 2006-2014 pasó a un déficit acumulado del 36% entre 2015-2019, y la deuda externa trepó de poco más de $us 3.000 millones en 2006 a más de $us 11.000 millones en noviembre de 2019 (datos todos del MINEF y el BCB). Con el Ministro Arce y sin pandemia.

Los primeros 100 días de gobernar la actual Administración Arce concluirán el martes de ch’alla tras la q’oa —homenaje e invocación a la Pachamama— y el periodo de gracia que la opinión pública da a un nuevo gobierno en cualquier país dará lugar al simbolismo popular y cristiano del Miércoles de Ceniza. Confiemos que de la gracia no pasemos a unos nemontemi criollos.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Vías paralelas

/ 10 de noviembre de 2020 / 11:14

No comentaré Vidas paralelas del gran Plutarco de Queronea pues nada más alejado de mi propósito y del tiempo de estas Vías: serán las del retorno —decisión ciudadana por medio— del socialismo populista: Alberto Fernández Pérez y Luis Arce Catacora.

El kirchnerismo fracasó en 2015 con la economía en bancarrota tras el fin del boom de precios extraordinarios de la soya y la falta de previsión tras el síndrome holandés de los “años dorados” —bonificaciones en lugar de puestos de trabajo, empobrecimiento acelerado de la clase media, exclusión del crédito externo y sin posibilidad del socorro de Chávez—; por el autoritarismo del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner —fracasado en las legislativas de 2013 que le cerró un referéndum prorroguista— y por los escándalos de corrupción, pero las indefiniciones del período Macri y sus desaciertos económicos regresó el kirchnerismo —aparentemente light— en 2019.

De este lado del Pilcomayo y el Bermejo, el evismo —versión boliviana del socialismo 21— llegó a 2019 fracasado en el referéndum de 2016 —luego violentado— y en las judiciales de 2017 —repitiendo el 2011— y su dolido recule en 2018 al abrogar el recién estrenado Código Morales. Lo demás lo paraleliza con la Argentina al 2015: economía en avanzada y progresiva crisis al final del boom para el gas y la soya bolivianos con déficit crónico y creciente del presupuesto, amplia deuda pública, contracción del PIB; falta de previsión; autoritarismo centralista del gobierno de Evo Morales Ayma con escándalos de corrupción que pulularon rayando en la anomia; el quiebre en 2019 con el demostrado fraude electoral y la caída-huída del evismo —maquillado como “golpe de Estado”. Pero, como  el macrismo, el gobierno que le siguió —de transición constitucional— unió a su inexperiencia e improvisada ineficiencia —con pocas y destacadas excepciones de mérito— la inopia con la que el mundo se enfrentó a la pandemia del COVID-19, potenciado aquende por el desfile de ministros: consecuente descontrol de gestión y descoordinación inicial entre los niveles de gobierno que facilitó la corrupción de enquistados y propios, agravado por el estado crítico heredado de la sanidad pública; tormenta que sumó para concluir “perfecta” el parón de la economía por la pandemia y trajo la añoranza por el pretendido mito de un “milagro económico” apropiado de indulgencias ajenas, una clase política asaz mediocre y envanecida —autoengañada y engañando a muchos— y una candidatura, la de Arce Catacora, que prometió recuperar la bonanza —dando a suponer que el Presidente Arce corregirá los errores del Ministro Arce— y ser un “Masismo sin evismo”.

Fernández ha sufrido, a veces con agonía, entre un pragmatismo moderado y el kirchnerismo duro que le dio la victoria y, pandemia por medio, el hundimiento de la economía heredada, con una oposición de los políticos no siempre efectiva pero sí con un creciente rechazo ciudadano. Arce inicia su gestión con gran expectativa de sus votantes —muchos por el mito del milagro y no por el evismo—, con potentes promesas que deberá cumplir entre un evismo recuperando espacios y un Masismo sin Evo: su propio discurso de investidura estuvo entre la conciliación, la indulgencia con el pasado previo, la ausencia de autocrítica real —los males: endilgados a la transición— y la reiteración de promesas de 2005, muchas aún en espera.

La Administración Fernández se ha desgastado mucho y el descontento ciudadano puede volver a cambiar el péndulo político en 2021 con las legislativas de medio término. Arce tiene aún todos los beneficios de la duda ciudadana.

En Bolivia segundas partes fueron convulsas: Banzer, Goni; Paz Estenssoro también en el 64, para la tercera cambió la piel en 1985. Espero que ahora no sea así, por todos nosotros.

José Rafael Vilar es analista y consultor político

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¿Cuál MAS ganó y por qué?

/ 27 de octubre de 2020 / 08:12

Desde las elecciones nacionales y pasada la perplejidad tras los resultados —para muchos, incluido el Sr. Michel que, al filo de medianoche, mencionaba un 45% obtenido por el MAS—, dos preguntas han permeado los comentarios y opiniones —descontando los triunfalistas y revanchistas, tan aturdidos como los demás—: ¿Cuál MAS ganó? Y en la misma lógica: ¿Por qué ganó? Responderé la segunda primero.

La primera respuesta es que hubo una amplia autonegación de la realidad. Desde centrarse en el rechazo a Morales y su rosca que tendría mayoritariamente la población —actora de “las pititas”— como la razón decisiva al decidir el voto, o en la negación de las tendencias que anunciaban la mayoría de las encuestas —el “cártel de las encuestadoras mentirosas” para Jorge Quiroga y Luis Fernando Camacho—; confiar en que un posible “voto útil” aparecería como factor de victoria, como en 2019 pero sin necesidad de ganarlo en campaña directa —reclamándolo como derecho frente a un librero— o por la infravaloración del verdadero impacto de la crisis económica y social tras el coronavirus en la gran mayoría de los bolivianos —muchos de la clase media emergente que dejaban de serlo y otros que cruzaban los límites de las estadísticas de las pobrezas. Muchos nos equivocamos porque —conscientes los que opinábamos sí de que el “milagro económico” entre 2008 y 2015 no fue resultado de ningún arte de barbiloque sino de fenómenos de mercado donde no incidíamos— no comprendimos que, para los que ahora vivían con muchas escaseces y avizoraban mucha más, el “milagro” sí sucedió y les benefició y el “milagrero” era Luis Arce Catacora. Hasta acá mi mea culpa.

Las del 18 fueron elecciones tranquilas, sin conflictos relevantes ni violencia, algo contra los augurios que llevábamos semanas esperando. ¿Acaso agosto no fue el desborde de la violencia marcada por el desprecio al prójimo? Lo fue. ¿Acaso Arce y Choquehuanca no eran quienes representaban el regreso de los violentos? Y entonces empieza la duda.

¿Es que hay hoy “un MAS” —trancado en su pasado de soberbia, corrupción y despilfarro— o hay “varios MAS”? Como para muchos en Bolivia que pensaron que Luis Arce Catacora fue “el ministro del éxito económico del MAS” y su vicepresidencial David Choquehuanca Céspedes, “el indigenista conciliador que relegaron los que ‘se robaron’ el MAS”, también muchos de ellos pudieron pensar que “había otro (u otros) MAS”. Arce y Choquehuanca hicieron mucho por poner distancia con Morales: Arce no apoyó los bloqueos de agosto y afirmó que “Evo debe aclarar sus asuntos pendientes con la justicia”; Choquehuanca repitió en varias ocasiones que “él no era del MAS sino de IPSP”. ¿Fueron táctica o convicciones? El tiempo lo dirá.

Como mencioné en mi anterior columna (Indecisos (y políticos) golean para el MAS, 20/10], Bolivia llegó a octubre 2020 para terminar un proceso electoral iniciado en octubre 2018, fracasado en octubre 2019 con el fraude y que llegó ahora tras tres postergaciones de fecha comicial por la pandemia, sin finalizar la crisis sanitaria e inmerso dentro de una amplia crisis económica que pondrá en jaque al próximo gobierno. Pero no solo fue el cansancio de los electores y todo lo antes mencionado los que decidieron el voto: también debió pesar el “Octubre Negro” de 2003 y cuán posible podría volver la inestabilidad —que hizo saltar dos gobiernos: a Sánchez de Lozada y a De Mesa.

Si la estrategia ganadora fue el distanciarse del MAS “duro” y presentar a Arce como “el mago de la economía”, pronto sabremos si el próximo Gobierno podrá —o querrá, quizás— mantener el equilibrio entre el MAS “duro”, el posible MAS “conciliador” —“renovador”— y los no-masistas que votaron por Arce: Un equilibrio azaroso.

¿Arce y los que lo acompañen podrán paliar la crisis? Lo que resulte —por éxito o fracaso— definirá los próximos cinco años.

José Rafael Vilar es analista y consultor político

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