Voces

miércoles 20 ene 2021 | Actualizado a 12:59

¿Podrán esta vez los adversarios del MAS?

/ 6 de enero de 2021 / 00:02

En medio del rebrote de la pandemia, otra vez el país está sumergido en unas elecciones, las subnacionales del 7 de marzo, que terminarán de configurar el mapa político cuya hegemonía recuperó el Movimiento Al Socialismo (MAS) luego del poder arrebatado por fuerzas minoritarias al amparo de organismos internacionales y representaciones políticas periféricas.

Se suponía que dichas fuerzas minoritarias, remozadas con la irrupción de Comunidad Ciudadana (CC) y Creemos, al menos en la Asamblea Legislativa, iban a estructurar aparatos políticos capaces de mejorar sus posibilidades en los venideros comicios. No fue así, y eso llama poderosamente la atención.

Un primer elemento para el análisis es que esas fuerzas políticas, cuyas matrices ideológicas fueron derrotadas en 2005, porfían en una “unidad” imposible desde hace varias elecciones. No habrá unidad posible mientras no haya una estructura política articuladora.

Si alguna posibilidad tuvieron fue por el desgaste del MAS desde antes del referéndum de 2016. La victoria del No a la modificación constitucional para una eventual repostulación del binomio masista no fue capitalizada con sabiduría ni bajo un interés nacional.

Un segundo elemento resultó catastrófico: un improbado “fraude electoral” que, al influjo de la Organización de Estados Americanos (OEA), retiró del poder a Evo Morales, terminó desahuciando otra posibilidad.

Degeneró en una cuestionada sucesión, desinstitucionalizó el Estado más allá del descrédito precedente, institucionalizó la persecución, legitimó las masacres de Sacaba y Senkata, y puso en el poder un gobierno autoritario, ilegítimo y corrupto, que, empezando por sus aliados fundacionales (Carlos Mesa, Jorge Quiroga, Waldo Albarracín y Luis Fernando Camacho), terminó liquidando a sus aliados políticos: Soberanía y Libertad (Sol.bo), Unidad Nacional (UN) y Demócratas. Estos últimos afectados por la frustrada candidatura de la entonces presidenta transitoria Jeanine Áñez, que los dejó sin representación legislativa.

Finalmente, como en las varias y últimas elecciones, la propuesta de candidaturas contra el MAS, solo contra el MAS, no es rentable. No es posible que las representaciones políticas solo busquen la derrota del adversario —en este caso, casi hegemónico— más que una victoria electoral particular, partiendo desde una propuesta seria de gobierno y una asimilación de la identidad nacional.

Las fuerzas adversas al MAS todavía no entienden que su éxito electoral no depende de quién desacredita o estigmatiza más a ese partido y su militancia, sino de sus propias capacidades de generar empatía con esa otra nación a la que recurrentemente califican de “salvajes”, “ terroristas” o “sediciosos”.

El MAS tiene más que un “voto duro”; ha logrado en el tiempo cooptar las mismas instituciones sociales y estructuras indígena originario campesinas, que, sumado el apoyo de las clases medias y el arraigo ciudadano casi natural, son su base electoral.

Si sus adversarios políticos tuvieran esa lectura y la convicción de incluir a esos sectores en sus planes de gestión y sustento ideológico, que no es poniendo guardatojo, poncho y polleras a sus contados cuadros, tendrían mejor suerte y mejores posibilidades.

Si antes no lo hicieron, es difícil que lo logren ahora. Además de fragmentados, en las últimas semanas —precisamente por ese afán de unirse contra el MAS y no precautelar una propuesta de gobierno seria— terminaron de improvisar alianzas y candidaturas con destino incierto. Los ejemplos visibles de esa improvisación son CC, UN y Sol.bo, ahora contendores, y la alianza Demócratas-Creemos.

Albarracín y sus aliados quedaron desguarnecidos por la salida de la alianza de Sol.bo, que se dio cuenta que puede perder su plaza “eterna” de La Paz sin candidato propio, situación que se ahonda más con el reciente precedente de aliado del gobierno de Áñez.

En Santa Cruz, la alianza Demócratas-Creemos (Camacho a la Gobernación y Roly Aguilera a la Alcaldía) ha terminado desportillando el partido de Rubén Costas y sacrificando a Vladimir Peña, que era potencial ganador, y Óscar Ortiz, dos influyentes cuadros de esa fuerza política ahora entregada a Creemos.

Más allá de las gobernaciones, el poder político se despliega a los municipios, y la mayoría de éstos son tradicionalmente del MAS. Así, el camino es difícil para sus adversarios.

Rubén Atahuichi es periodista.

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3D: el sistema en cuestión

Hubo en los comicios de 2011 candidatos que fueron elegidos con una votación ínfima.

/ 28 de noviembre de 2017 / 04:15

Los bolivianos se aprestan a asistir una vez más a las urnas, ahora para elegir a las autoridades del Tribunal Supremo de Justicia, Tribunal Constitucional Plurinacional, Tribunal Agroambiental y Consejo de la Magistratura, en un ambiente también políticamente polarizado como en la primera experiencia electoral de 2011.

El proceso en general sufre/sufrió una serie de problemas no necesariamente concernientes al Tribunal Supremo Electoral (TSE), que rige la votación nacional.

La selección de candidatos padeció de varios incidentes, desde los cuestionamientos a la participación de la Universidad en ella, las confusiones en la puntuación de los postulantes, la ambivalente presencia de la oposición en las deliberaciones legislativas para el caso y la escasa apertura del oficialismo a las observaciones.

Más adelante, quizás impedido por las mismas restricciones legales, el TSE no logró mostrar con eficiencia a los candidatos; es complicado saber por quién votar en las dos papeletas del sufragio. Los líderes de opinión, muchos activistas y la oposición han jugado también su rol en este proceso, se han convertido en actores clave en la “socialización” del “voto nulo”.

Todo eso ante una complicada situación del gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS), que promueve el sistema de elecciones judiciales, afectado por denuncias de corrupción y, lo más grave, los intentos de forzar una nueva repostulación del presidente Evo Morales en las elecciones generales de 2019.

Serán un factor posiblemente determinante como lo fue en 2011 —cuando las elecciones judiciales fueron la primera experiencia— el conflicto por el Territorio Indígena del Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS).

Arrecia el voto consigna desde cualquiera de las posiciones políticas, más allá de la convicción democrática de quienes se guardan el voto secreto.

La del domingo es una elección atípica: no hay partido que promueva candidatos (aunque al MAS le atribuyen el “padrinazgo” ahora), los candidatos no pueden hacer campaña para buscar el voto y no está permitido —aunque el TSE consideró que son permitidas las “expresiones” sobre el voto— hacer campaña por los candidatos y las distintas opciones del voto.

El MAS promueve el voto válido, el que finalmente determinará la elección de los candidatos, y la oposición, el nulo, que puede tener un efecto político interesante.

A pesar de todo. Las elecciones judiciales se definen con solo una mayoría simple de votos. Hubo en los comicios de 2011 candidatos que fueron elegidos con una votación ínfima, que incluso bordeó el 5%, ahora no será la excepción.

Aunque no hubo encuestas como ocurre en votaciones para elección de autoridades políticas, a juzgar por la opinión pública, la campaña de la oposición y del activismo, los traspiés del Gobierno y la influencia de las redes sociales, se prevé que el voto nulo supere sus resultados de 2011. Más allá de su condición plebiscitaria, esa opción anticipa una dura interpelación al sistema de elección de magistrados.

No son comicios para calificar al Gobierno, cuestionar al MAS o juzgar a Morales, como es su naturaleza, pero al ser éstos sus promotores resultarán los directos afectados por una eventual votación adversa para los candidatos, sea por la escasez de votos o la predominancia del voto nulo. El sistema de elección de autoridades judiciales no ha tenido repercusiones favorables en la gestión de las elegidas en 2011, una segunda votación que desemboque en otro fracaso deberá plantearnos la necesidad de modificar el sistema de elección. Pero hay que salir el domingo a votar, con convicción propia, sin consignas ajenas a uno.

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El símbolo y el intelectual

Boaventura de Sousa Santos estuvo la semana pasada en La Paz. Ofreció una serie de charlas con el público, los periodistas y los movimientos sociales. En esta entrevista repasa la trascendencia de Evo Morales.

/ 27 de octubre de 2013 / 04:04

El 14 de julio, en una carta pública que circuló en Animal Político, Boaventura de Sousa Santos expresaba sus disculpas, a nombre de muchos connacionales suyos, por el incidente que el presidente Evo Morales había sufrido 12 días antes en Austria, cuando, al influjo de Estados Unidos, la autoridad fue impedida de cruzar espacio aéreo de Portugal, Francia, España e Italia.

“El Gobierno de Portugal no pidió disculpas. Las pido yo, ciudadano común, avergonzado por pertenecer a un país y a un continente que es capaz de cometer esta afrenta y de hacerlo de modo impune, ya que ninguna instancia internacional se atreve a enfrentar a los autores y a los mandantes de este crimen internacional”, dijo entonces en el texto, reproducido a la vez en varios diarios del mundo, entre ellos Página/12 de Argentina o The Guardian del Reino Unido.

De vuelta a La Paz, luego de una semana intensa entre charlas y entrevistas, De Sousa Santos masculla los motivos de su bronca. “Era mi manera de mostrar mi indignación contra el modo en que los europeos, al servicio del imperialismo norteamericano, hicieron algo, a mi juicio, porque es Evo Morales; porque (en) un indígena nunca se confía”.

Superado con creces el impasse, con el antecedente de que el líder boliviano ya recibió las disculpas del caso, incluso se reunió con los presidentes de Francia, Francois Hollande, y del gobierno español, Mariano Rajoy, el sociólogo portugués se atreve a caracterizar la personalidad y la incidencia nacional e internacional del presidente Morales. “Hasta ahora, un solo indígena llegó a un alto cargo en un país, en un proceso histórico muy largo. Eso tiene un valor simbólico”, afirma con relación a la llegada al poder de Morales.

Nacido el 26 de octubre de 1959 en Isallavi, en municipio de Orinoca (Oruro), aquél fue elegido por primera vez el 18 de diciembre de 2005, con el 53,7% de los votos. Su elección es considerada un fenómeno político, por su condición indígena y en un momento complicado para los partidos tradicionales en el país. De Sousa Santos compara esa situación con la que experimentó también por primera vez un afrodescendiente en Estados Unidos, Barack Obama, cuando en 2008 venció en los comicios al republicano John McCain.

“Los símbolos valen por sí mismos, tienen un valor político propio. (…). La política está hecha de símbolos”, insiste el sociólogo.

Así, recuerda, por ejemplo, cómo, en una ceremonia ancestral en Tiwanaku, Morales fue investido el 21 de enero de 2006, un día antes de su posesión formal. “Que un indígena llegue a un cargo político alto, por vía democrática, es realmente un acontecimiento histórico”, comenta.

Oficialmente, si es que vale la acepción, De Sousa Santos nunca se reunió con la autoridad, con quien, sin embargo, dice haberse cruzado y haber conversado “en otro contexto”, en varios foros sociales, como el de Sao Paulo.

Modestamente muy cordial con Animal Político, si de algo puede jactarse el hombre es de su militancia con los movimientos sociales de América Latina y el mundo. Ha hecho muchos estudios y exposiciones al respecto. El martes 8  ofreció una conferencia magistral en la que planteó la necesidad permanente de imponer críticas sobre las relaciones de poder; a repasar no solamente la teoría, sino también las propias prácticas. La acción social —lo que llama “el campo social de la emancipación”— tiene que ser “una respuesta desde abajo y (eso) no es desobediencia civil”, desafió.

Otra vez en la charla que nos ocupa en esta edición, De Sousa Santos cuenta que quien sí lo recibió en su despacho de La Paz fue el vicepresidente Álvaro García Linera, durante tres horas. De esa reunión, no obstante, no guarda buenos conceptos, aunque —con esos matices— considera que el segundo hombre del país, elegido y ratificado en los mismos comicios que consagraron a Morales, “es uno de los grandes intelectuales marxistas del continente”.

Recuerda que en esa charla tuvo dos serias discrepancias con la autoridad, que marcan, paradójicamente, la política del gobierno de Morales: la calidad jurídica sobre los títulos de las tierras y el afán gubernamental de construir una carretera en el corazón del Territorio Indígena del Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS).

Sobre el primer caso, cree, como los mismos liderazgos y filosofía de la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob) que defiende el TIPNIS, que las tierras son ancestrales. Éstas “han sido víctimas de situaciones de servidumbre y de atropello, de migraciones, y, hoy, de conflictos y enfrentamientos entre mineros y cocaleros”.

“Me parece que no hubo sensibilidad cuando pudo haberla en relación a la propiedad ancestral, precolonial, que es la memoria, cultura, historia y lugar sagrado”, juzga. “Si despreciamos eso, estamos asumiendo una actitud colonial”, remata De Sousa Santos.

En el segundo punto hace un ejercicio interesante que, según cuenta, no comparte García Linera. Propone “una carretera que pase al lado del TIPNIS, más larga y más cara”.

Confía en que, a cambio de preservar la integridad del parque, la comunidad internacional puede contribuir con el costo adicional de la vía. “Podemos apelar a la solidaridad internacional diciendo que hay un costo extra por la carretera, para no dañar el TIPNIS”.

Decepcionado, rememora su desaire con el Vicepresidente del Estado. “No le convenció esta idea, le parecía que no era muy sensata. Y él tampoco me convenció de que tenía que haber esta fatalidad de carretera”.

Más allá de esas discrepancias, De Sousa Santos cree que el proceso que lideran Morales y García Linera tiene que seguir, como la presión de parte de los movimientos sociales. Considera que “hay una pulsión de seguir con este proceso”. Lo dice con autoridad. Boaventura es también, por sí solo y por su trascendencia mundial, el símbolo y el intelectual.

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El símbolo y el intelectual

Boaventura de Sousa Santos estuvo la semana pasada en La Paz. Ofreció una serie de charlas con el público, los periodistas y los movimientos sociales. En esta entrevista repasa la trascendencia de Evo Morales.

Boaventura de Sousa en La Paz.

/ 27 de octubre de 2013 / 04:04

El 14 de julio, en una carta pública que circuló en Animal Político, Boaventura de Sousa Santos expresaba sus disculpas, a nombre de muchos connacionales suyos, por el incidente que el presidente Evo Morales había sufrido 12 días antes en Austria, cuando, al influjo de Estados Unidos, la autoridad fue impedida de cruzar espacio aéreo de Portugal, Francia, España e Italia.

“El Gobierno de Portugal no pidió disculpas. Las pido yo, ciudadano común, avergonzado por pertenecer a un país y a un continente que es capaz de cometer esta afrenta y de hacerlo de modo impune, ya que ninguna instancia internacional se atreve a enfrentar a los autores y a los mandantes de este crimen internacional”, dijo entonces en el texto, reproducido a la vez en varios diarios del mundo, entre ellos Página/12 de Argentina o The Guardian del Reino Unido.

De vuelta a La Paz, luego de una semana intensa entre charlas y entrevistas, De Sousa Santos masculla los motivos de su bronca. “Era mi manera de mostrar mi indignación contra el modo en que los europeos, al servicio del imperialismo norteamericano, hicieron algo, a mi juicio, porque es Evo Morales; porque (en) un indígena nunca se confía”.

Superado con creces el impasse, con el antecedente de que el líder boliviano ya recibió las disculpas del caso, incluso se reunió con los presidentes de Francia, Francois Hollande, y del gobierno español, Mariano Rajoy, el sociólogo portugués se atreve a caracterizar la personalidad y la incidencia nacional e internacional del presidente Morales. “Hasta ahora, un solo indígena llegó a un alto cargo en un país, en un proceso histórico muy largo. Eso tiene un valor simbólico”, afirma con relación a la llegada al poder de Morales.

Nacido el 26 de octubre de 1959 en Isallavi, en municipio de Orinoca (Oruro), aquél fue elegido por primera vez el 18 de diciembre de 2005, con el 53,7% de los votos. Su elección es considerada un fenómeno político, por su condición indígena y en un momento complicado para los partidos tradicionales en el país. De Sousa Santos compara esa situación con la que experimentó también por primera vez un afrodescendiente en Estados Unidos, Barack Obama, cuando en 2008 venció en los comicios al republicano John McCain.

“Los símbolos valen por sí mismos, tienen un valor político propio. (…). La política está hecha de símbolos”, insiste el sociólogo.

Así, recuerda, por ejemplo, cómo, en una ceremonia ancestral en Tiwanaku, Morales fue investido el 21 de enero de 2006, un día antes de su posesión formal. “Que un indígena llegue a un cargo político alto, por vía democrática, es realmente un acontecimiento histórico”, comenta.

Oficialmente, si es que vale la acepción, De Sousa Santos nunca se reunió con la autoridad, con quien, sin embargo, dice haberse cruzado y haber conversado “en otro contexto”, en varios foros sociales, como el de Sao Paulo.

Modestamente muy cordial con Animal Político, si de algo puede jactarse el hombre es de su militancia con los movimientos sociales de América Latina y el mundo. Ha hecho muchos estudios y exposiciones al respecto. El martes 8  ofreció una conferencia magistral en la que planteó la necesidad permanente de imponer críticas sobre las relaciones de poder; a repasar no solamente la teoría, sino también las propias prácticas. La acción social —lo que llama “el campo social de la emancipación”— tiene que ser “una respuesta desde abajo y (eso) no es desobediencia civil”, desafió.

Otra vez en la charla que nos ocupa en esta edición, De Sousa Santos cuenta que quien sí lo recibió en su despacho de La Paz fue el vicepresidente Álvaro García Linera, durante tres horas. De esa reunión, no obstante, no guarda buenos conceptos, aunque —con esos matices— considera que el segundo hombre del país, elegido y ratificado en los mismos comicios que consagraron a Morales, “es uno de los grandes intelectuales marxistas del continente”.

Recuerda que en esa charla tuvo dos serias discrepancias con la autoridad, que marcan, paradójicamente, la política del gobierno de Morales: la calidad jurídica sobre los títulos de las tierras y el afán gubernamental de construir una carretera en el corazón del Territorio Indígena del Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS).

Sobre el primer caso, cree, como los mismos liderazgos y filosofía de la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob) que defiende el TIPNIS, que las tierras son ancestrales. Éstas “han sido víctimas de situaciones de servidumbre y de atropello, de migraciones, y, hoy, de conflictos y enfrentamientos entre mineros y cocaleros”.

“Me parece que no hubo sensibilidad cuando pudo haberla en relación a la propiedad ancestral, precolonial, que es la memoria, cultura, historia y lugar sagrado”, juzga. “Si despreciamos eso, estamos asumiendo una actitud colonial”, remata De Sousa Santos.

En el segundo punto hace un ejercicio interesante que, según cuenta, no comparte García Linera. Propone “una carretera que pase al lado del TIPNIS, más larga y más cara”.

Confía en que, a cambio de preservar la integridad del parque, la comunidad internacional puede contribuir con el costo adicional de la vía. “Podemos apelar a la solidaridad internacional diciendo que hay un costo extra por la carretera, para no dañar el TIPNIS”.

Decepcionado, rememora su desaire con el Vicepresidente del Estado. “No le convenció esta idea, le parecía que no era muy sensata. Y él tampoco me convenció de que tenía que haber esta fatalidad de carretera”.

Más allá de esas discrepancias, De Sousa Santos cree que el proceso que lideran Morales y García Linera tiene que seguir, como la presión de parte de los movimientos sociales. Considera que “hay una pulsión de seguir con este proceso”. Lo dice con autoridad. Boaventura es también, por sí solo y por su trascendencia mundial, el símbolo y el intelectual.

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