Voces

miércoles 3 mar 2021 | Actualizado a 23:19

La calle Harrington

/ 17 de enero de 2021 / 01:46

Para Elba ese jueves 15 de enero de 1981 era un día normal. Llevó el almuerzo a su hermana y cuñado; almorzó y se quedó a tomar el té allí, a pocas casas del lugar de la masacre de los dirigentes del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). Esa tarde encapotada se reunían clandestinamente a las tres de la tarde en el número 730 de la calle Harrington, barrio de Sopocachi, La Paz. Bolivia respiraba angustiada bajo la dictadura del militar Luis García Meza, se había anunciado una serie de medidas económicas y este grupo de militantes de izquierda se organizaba para resistir. La calle estaba callada. Elba recuerda que la Harrington era una calle vacía, muy quieta, ni siquiera se percibía que gente vivía en esas casas, apenas se notaba el movimiento de un par de tienditas entre cuadra y cuadra. La calle guardaba silencio como guardaba izquierdistas en sus entrañas. A las cinco de la tarde, se escuchó la llegada de dos Jeeps; bajaron efectivos paramilitares para asaltar abruptamente el lugar rastreado. Se escucharon rugir estruendosamente las metrallas durante unos minutos después de que el agente gubernamental infiltrado en el MIR, Adhemar Alarcón, confirmara las identidades de los emboscados. Los vecinos de la calle levantaron colchones contra las ventanas. El terror abría la boca. Elba recuerda que conversaba con su hermana hasta que llegaron los disparos. Almohadas en las ventanas y a masticar miedo bajo la mesa del comedor. Minutos. Una eternidad. Se preguntó si esta pesadilla ocurría en toda la ciudad. Pensó en sus familiares pero esperó la llegada del silencio para tomar el teléfono. Sus parientes no la dejaron salir hasta el día siguiente y cuando lo hizo, las tienditas estaban firmemente cerradas. Hubo matanza, decían por ahí. Elba recuerda, después de 40 años, que para ir a casa de su hermana en lo posterior ya no pasaba por la Harrington, la bordeaba. “Había mucho olor a sangre, había mucho olor a pena”.

Solo Gloria Ardaya sobrevivió a esa masacre y escuchó de cerca el festín militar. Algunos de ellos fueron torturados antes de ser asesinados por orden de Luis García Meza y de su ministro Luis Arce Gómez. El Ministerio del Interior informaba después de enfrentamientos armados con “delincuentes subversivos”. Cierta prensa los llamó terroristas cuando recibió la foto de los cuerpos acomodados junto a armas de fuego, cuenta una de las hijas. “¿Hay esperanza?” preguntaba una y otra vez otro de los pequeños hijos hasta que una tarde la respuesta fue: “no, lo han matado, está aquí conmigo”. Las esposas caminaron mundos para ver los cuerpos. Los entierros y las misas se llevaron a cabo entre las botas y los gases de los militares. El resto se ha ido escribiendo a retazos cosiendo ocho caminos, ocho vidas, ocho familias: Artemio Camargo, dirigente minero; Jorge Baldivieso, responsable Regional del MIR en Chuquisaca; Gonzalo Barrón, responsable del Frente Estudiantil Universitario y dirigente de la CUB; Arcil Menacho, responsable Regional del MIR de Pando; Ricardo Navarro, dirigente del Frente Universitario; José Reyes, responsable Regional del MIR en La Paz; Luis Suárez, responsable del Frente Docente-Universitario; y Ramiro Velasco, directivo del Colegio de Economistas.

En estas cuatro décadas hemos visto en los medios cómo organizaciones políticas quisieron convertir esta masacre en su bandera. Fue el MIR incluso después de su alianza con el dictador Banzer y en el último tiempo hasta Sol.bo. Más de una vez los familiares de las víctimas limpiaron de las tumbas la basura proselitista que horas antes habían dejado militantes en plena campaña electoral. Y en verdad es tan sencillo comprender que después del 15 de enero de 1981, aquella lucha que arriesgó y entregó la vida por un país con más igualdad y justicia no puede pertenecer a ningún partido político. Solo puede ser la bandera íntima del pueblo boliviano. La masacre desgarradora de la calle del silencio solo puede ser la promesa viva de la calle de la democracia. La calle del compromiso inamovible.

   Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.   

Comparte y opina:

La A de agüita (segundo vaso)

/ 28 de febrero de 2021 / 01:09

Como en la cueca, no hay primera sin segunda en el esfuerzo por dar a nuestras hijas e hijos el acceso a una educación de calidad y cálida. Por eso en este rincón de papel anotamos las batallas contra las frustraciones acumuladas en este castillo de naipes que es la famosa educación virtual. Virtual, si hay señal de Internet. Educación, las narices.

Agüita pidió a su madre ese niño de primaria que no entendía lo que pasaba en la computadora durante una clase Zoom. Angustia y sed además de la impotencia de su mamá, la modista con trabajo hasta el cuello. Agua para educar con tanto en contra. Mirando estos días con cierto detenimiento, se dibuja con ternura cómo corre el agua de nuestra determinación.

Como el agua que transpiró una foto que La Razón publicó en su página editorial hace algunos días: una niña sentada en su banquito con su libro abierto y una minúscula pantalla al frente. Al lado, la madre vendiendo pan en la calle. El periodista Ricardo Bajo nos regaló un hermoso texto: “Esta es una clase presencial. La niña está aprendiendo el valor del trabajo y el esfuerzo de su madre. No hay Zoom que valga para tanta dignidad”. Inolvidable.

Así también corre el agua en la pequeña cartera de esa profesora de la Unidad Educativa San Gerardo, en Tupiza. Metió su mano de maestra/madre al bolsillo para arrancar a su salario el dinero suficiente para levantar sencillos cubículos de plástico blando y madera y así aislar un estudiante del otro. “No me interesa lo que haya gastado, lo que me interesa es que mis niños puedan aprender y estar sanos”, dijo a la prensa. El periódico Extra nos mostró a una de sus alumnas escribiendo dentro de su burbuja de amor. Entrañable.

Al lado de un mercado en Cochabamba, el Sindicato de Transporte Villa Pagador decidió hacerse a un lado para que su sede se convierta en un centro de educación a distancia donde estudiantes de escasos recursos hoy tienen conexión gratuita. Señal de Internet, sillas, par de mesas, distribución de barbijos y a estudiar se dijo. Eso es dotar de agua a los que más la necesitan. Sorprendente.

Y el agüita más dulce, más colorida y más aromática es la de esta abuelita del cruceño barrio Los Claveles que puso una gastada mesa de madera en la puerta de su casa para que su nieto Fabricio, de nueve años, despliegue las alas de sus libros, los cuadernos cuadriculados, un estuche con lápices a medio usar. Es el claro retrato del universo casi solitario de la educación en pandemia. Es “casi” porque los ojos bondadosos y pacientes de la abuela (que estudió hasta el tercero de primaria) lo acompañan desde su silla de plástico. “Si no tengo crédito, estoy en la obligación de conseguir dinero de donde sea para que al otro día pueda recargar mi celular”, dice a Extra desde allí. Guardiana de chinelas en calle de tierra, madre al cuadrado, ángel de la guarda. Celestial.

Agüita helada tiene que ser la que corre, nueve grados bajo cero, en esa clase presencial. Es el occidente rural donde sí hay clases cuerpo a cuerpo. Hay pocos estudiantes, varios kilómetros por caminar y la mañana trae ch’ullos valientes que aprenden contra el frío porque hay disciplina y porque hay ganas. Aves infinitas.

¿Y el agüita de la buena vecindad? Sí, corre, va de la casa menos pobre a la casa más pobre. Es sencillo como pan con queso: la vecina que tiene Internet abre su casa a estudiantes del barrio que no tienen señal, a los Chavos del ocho, del nueve, todos esos niños que no creen en la solidaridad, dependen de ella. Solidaridad. Muy parecida a la de las radioemisoras de los sindicatos mineros que emitirán clases a distancia.

Niña que lees al lado del pan recién horneado de tu madre, profesora verdadera profesora, chofer que sueñas con tu hijo recibiendo su diploma, abuelita eterna que haces buñuelos cuando termino mis tareas, imilla que alzas vuelo de cóndor cuando despiertas al sol, vecinos y vecinas de la pobreza, pequeño que aprenderás al son de la máquina de coser, pueblo soñador, pueblo creativo, pueblo decidido, venga a nosotros tu lucha, hágase tu buena voluntad en la tierra como en la tierra, dadnos hoy el agua de cada día, perdona a las autoridades y organismos internacionales, no te dejes caer en la impotencia y líbrate de la educación virtual. Amén.

   Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina:

A de agüita

Tantos encargos, tanta carencia y encima lidiar con la empresa proveedora de internet.

/ 13 de febrero de 2021 / 23:39

La pandemia nos cortó las alas sin piedad. Y el exministro de Educación Víctor Hugo Cárdenas nos cortó el derecho a la educación clausurando el año escolar. Después de las postergadas y postergadas elecciones, falta ver si el actual Gobierno logra devolver a nuestras hijas y a nuestros hijos, lo más amado que tenemos, el derecho pleno a la educación.

Julián, mi hijo, es un gran privilegiado. Sus padres podemos pagar una educación privada de envidiable calidad. Y ni así. Él cuenta con absoluta precisión los días, semanas, meses lejos del colegio. Casi un año de haber dejado su nido de socialización. Era viernes 20 de marzo, recuerda, cuando les dijeron que no habría clases un par de semanas. Par de semanas que dieron a luz un año de ausencia. Puertas cerradas, amigos por teléfono, clases desde el encierro de un departamento, mochila muerta de tristeza en la esquina de la pequeña habitación. Un día detrás de otro: directores, profesores, mamás, papás, chicas y chicos tratando de habitar el nuevo planeta de la distancia, de las nuevas tecnologías, de la carencia de miradas, de la huelga del contacto humano. ¿Cómo definirías este año? Triste, solitario, lento, dice Julián mientras una aguja atraviesa el pecho de su madre.

Valeria, además de ser mi amiga, es una trabajadora del hogar que con la muerte de su hermana en un minibús conducido por un irresponsable policía/transportista, aceptó hacerse cargo de su sobrina. La pequeña ya está en secundaria y su educación enmudeció todo el 2020. La niña cocinó, tejió, vio tele, hizo sopas de letras, desempolvó cuadernos, se hizo solitaria. Desde el 1 de febrero de este año están en campaña: comprar nuevo celular, saltar al vagón destartalado de la educación fiscal, entrar a los grupos de WhatsApp de las materias escolares que solo se hacen carne en la pantalla minúscula de un celular o de una vieja computadora. “Profesor, puede incluir a mi hija, ya tiene teléfono. Señores padres de familia, ya estamos entrando ASUM. No me puedo conectar, profesor. Les mando la tarea de química en el documento. No se puede abrir. Tiene que descargar Word, señora. Digan a qué hora son las clases porque hay un solo celular y tengo que salir a trabajar, profesor. No se abre el video. Hay que descargar BOR. No, eso es para los documentos, no es para videos. Cara animada de Don Ramón (de la vecindad del Chavo) mostrando que no entiende nada”. Risas multiplicadas. Reír para no llorar.

Calle treinta y pico del paceño barrio de Cota Cota. A la vuelta de la tienda, entre el vidriero y la peluquería está la modista/ mamá con su mesa larga llena de prendas por reparar y una tela para vestido todavía sin cortar. Tantos encargos, tanta carencia y encima lidiar con la empresa proveedora de internet. De lo contrario no hay escuela para el ch’iti de seis años que hoy se educa al lado de una máquina de coser. Mi madre llegó al lugar llevando un jean demasiado largo y se encontró con una modista desesperada y un niño arrinconado, detrás de las telas, pasando clases por Zoom. Había señal, había computadora de a peso, había una clase en desarrollo. Y al frente había también un niño tironeado por el miedo. ¿Está pasando clases? Pregunta la clienta. “Sí. Pero ni entiende él ni entiendo yo, esto es un desastre. Y yo con tanto trabajo”. Con pocos argumentos para levantar el ánimo, la extraña a ese hogar/trabajo aconseja hacer las cosas con calma, con paciencia. En eso, el niño que está como a ciegas delante de la computadora se da vuelta hacia la madre para pedir agua. “Dame agüita”.

Así estamos. Por favor, agüita para ese niño, agüita para todos los estudiantes, agüita para las mamás, agüita para los papás, agüita y vocación para los profesores, agüita para las autoridades estatales que tienen, prioritariamente, que sacarnos de esta caja llena de obscuridad y mitigar esa sensación de estafa de la educación virtual que está engendrando una generación cognitivamente deficiente, como me dijo un gran amigo. Agüita para todos.

     Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.    

Comparte y opina:

El silencio de las palabras

/ 31 de enero de 2021 / 00:22

El horóscopo chino anunciaba que el 2020 llegaba con la rata de metal: un nuevo gran ciclo, como el que vivimos el 1900, así, con sus turbulencias e inesperadas transformaciones. Vaya que sucedió. Pero no hace falta conocer ni creer en esta visión e interpretación china del tiempo. A estas alturas del 2021 quedó negro sobre blanco que ingresamos a un nuevo siglo y éste puso sobre la mesa un nuevo y desafiante gran capítulo de la historia universal.

Más allá de las consideraciones del debate científico sobre cómo actuar frente a esta pandemia, sale a flote la certeza de que esta enfermedad vehicula las fuerzas del poder y con ellas, los enormes desequilibrios económicos. Los núcleos políticos mundiales siguen ejerciendo la presión de sus respectivos intereses en su gestión de la enfermedad. A su vez, la economía del globo está siendo zarandeada por los vientos indolentes del sistema financiero predominante hasta quedar desnuda, sin escudos, sin un salvavidas que garantice un mínimo bienestar para las grandes mayorías. Hemos quedado a expensas de las medidas de un sistema sorprendido y acorralado. Estructuras estatales de todos los colores sumidas en múltiples crisis, empresas privadas en sus propios túneles sin luz, desigualdades obscenas en las cuatro esquinas, pobreza a secas a lo largo y ancho. Los medios de comunicación transmiten cifras, multiplican consignas, dan cuenta de las decisiones de autoridades, ponen gasolina a nuestros miedos. Las sociedades todas han sido sacudidas y no salen del aturdimiento.

Sin tardar, este sacudón llega a nuestras casas. Toca las puertas de nuestra intimidad. Toc, toc, toc. Y sin esperar, las abre de una patada. Nos encuentra con más o menos información, con más o menos consciencia, con más o menos vocación solidaria, con más o menos ahorros, con más o menos familiares vulnerables, con más o menos temores. Y promete dar lecciones.

Nuestro sistema de creencias amanece y anochece en un constante tambaleo. Nuestras economías familiares han sido perforadas. Nuestra salud tiembla bajo los truenos. Nuestro bienestar está en entredicho. Nuestros sueños quedaron suspendidos. En esta larga tormenta, ni los periódicos, ni los canales de televisión, ni las estaciones de radio, ni las redes, ni los discursos políticos ponen a nuestro alcance las palabras sanadoras. Esas que necesito para cerrar el abrazo a mi amiga del trabajo cuando despide a su mamá. Esas otras que quiero decir a mi hijo cuando su compañero de curso pierde a su padre. Y ésas que quisiera inventar para ese compañerito, niño que vi crecer y que hoy no tiene el abrazo de su papá. También las palabras para el mío, hace un año encerrado en un departamento viendo pasar un día después del otro, arrancado de todo, ahuyentando la tristeza. Nadie me regala las palabras que me hagan entender la partida de un amigo/hermano que se fue en estos días y que a fin de año había sellado en la pantalla de mi teléfono un: “Abrazo y donde sea que nos encuentre el año, estaremos en la misma trinchera”. ¿Y quién inventa las palabras portadoras de los nuevos sentidos que hacen falta para seguir respirando? ¿Quién escribe en una pared cómo hacemos para amanecer con tanto en contra? ¿Dónde se fueron las palabras que nos hagan sentir que todo es posible? No tenemos las letras suficientes para tejer y abrigarnos del frío en el que nos dejan los que se van. No hay mantas que reemplacen la piel de nuestro ser querido, el trabajo del cineasta que nos marcó, la agudeza del autor que nos esculpió, la urgencia del poeta que inventó mundos para hacernos más felices, el trazo de la mano creadora que se acaba de despedir. Estamos inertes frente a la foto de periódico del empresario que admiramos, impotentes vemos a los hijos de aquella mujer humilde que se fue en medio de sus carencias, mudos quedamos frente al líder indígena que se fue pateando el racismo. Día tras día sabemos que mueren más. Personas con nombre y sin nombre que componen las cifras de la pandemia. Números vacíos que dejan las plazas sin alma. Números que no saben contar el dolor de las ausencias, no saben traducir la pena.

Habrá que imaginar nuevas letras para inaugurar un nuevo abecedario. Uno capaz de parir las palabras que nos hagan entender lo que estamos viviendo, lo que estamos muriendo. Habrá que moldear nacientes sentidos que nos ayuden a pararnos, que acaricien nuestros corazones que quieren con todas sus fuerzas seguir latiendo.

Mundo perplejo. Mundo con barbijo. Mundo sin sonrisa. Mundo sin palabras.

        Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina:

La A de atrapados

/ 3 de enero de 2021 / 07:02

Atrapados en las redes. Pocos peces logran salir por los mínimos huequitos que estas redes sociales, pese a su tupido entramado, dejan sin control. Peces tamaño ispi que se quedan en un mar excluido del pequeño gran planeta de lo que pasa en “las redes”. Y sí, hay cosas que existen y que transcurren por fuera de ellas. Ya se habrán dado cuenta los “marketineros” de las campañas políticas, ya lo habrán comprendido los líderes políticos urbanos. Pero miremos hoy el interior de ellas.

Para sobrevivir ahí hace falta integrar la manera de operar de los gigantes contemporáneos. La columnista de La Razón Eliana Quiroz nos explicó hace poco cómo funcionan los algoritmos polarizantes: las plataformas de Internet son empresas privadas que cotizan en bolsa, venden acciones y tienen que demostrar que son un buen negocio, o sea que multiplican sus usuarios y que éstos interactúan. La clave es enfrentar (los mensajes amables no generan reacciones) y apostar a que haya gente dispuesta a altos niveles de violencia con tal de ganar la pulseta de posiciones. Nada que ver con ideas complejas o trabajadas. El negocio es el enfrentamiento puro y duro.

Para salir vivos, recomendamos, desde nuestra confesada inexperiencia, algunos tips basados en el “se sufre pero se aprende”.

Tip en Twitter: cuidar esos deditos antes de formar parte del enorme coro de trinos de la Bolivia “enredada” en la polarización, radicalización y la violencia. Trinar como en la morenada, sin llorar; pero sobre todo, sin herir. Y ojo con el vino: le pasó a mi amigo Abelardo Nomeacuerdo que una de esas noches de pandemia se preparó un logrado plato solitario que buscó la compañía de una botella de vino. Juntos abrieron Twitter y… al día siguiente hubo que volver angustiados para descubrir los mensajes de reproche o franco ataque que “el suero de la verdad” había inspirado bajo la luna.

Tip en Facebook: cuidar esos deditos antes de formar parte de la borrachera de la desinformación; o antes de mostrarnos  y exponernos a que nos juzguen en un nuevo trabajo o a que nos identifique un ladrón feisbuquero cuando salimos de vacaciones o a que nos encasille una nueva amistad o un cliente. Sin embargo, como le pasó a mi amiga Francisca Nosequé, se puede descubrir, gracias al feis, que, por ejemplo, un albañil es ante todo una permanente fuente de humor. No vino nunca a pintar la casa pese al compromiso, pero qué buenos memes en medio de la pandemia. El Feis es como una cajita de fósforos, útil para encender una fogata de amor como peligroso y capaz de quemarnos vivos. Como a Juana, la francesa.

Tip en WhatsApp: cuidar esos deditos antes de provocar la tercera guerra mundial desde nuestros encontrones bilaterales o multilaterales o cuadrilaterales. Paciencia de Cristo cuando alguna fuente periodística manda un mensajito a la directora de un diario a las 11h42 de la noche para asegurarse que la noticia de su interés llegó a la Redacción. La receptora, presa del autoritarismo de la confirmación de recepción del mensaje, debe decir algo. Más vale, todos somos blanco de las peores sospechas si dejamos a alguien en “visto”. Y mucho cuidado con cada palabra. Un emoticón mal empleado es un cachorro de dinamita. En el teclado está el diablo.

Tip para grupos de WhatsApp: cuidar esos deditos, amarrarlos, antes de mandar al cuerno el grupo en cuestión. Comenzando con los grupos de trabajo que se reproducen como conejos: el grupo de gerentes, el grupo de equipo de fútbol, el grupo de secretarias, el grupo de periodistas, el grupo del turno y así hasta el infinito y más allá. Cuidadito con mandar la foto equivocada al jefe; cuidadito con reenviar el mensaje al autor de lo reenviado, cuidadito con la llamada que se dispara desde la cartera o el bolsillo, cuidadito con los comentarios sin antes colgar la llamada. Cautela en los grupos de los edificios o del barrio o de la promo del cole: serenidad ante las oraciones religiosas, oídos sordos a las expresiones discriminatorias, paciencia cuando todos, uno a uno, agradecen con manitos y corazones de todo tipo.  Pero sobre todo, cuidadito con los tonos empleados en los grupos de madres y padres, pueden ser una bomba atómica. No escribirse con la pareja en el grupo del curso. Pensar cien veces antes de escribir en mayúsculas (no a todos les gusta el griterío), cien veces antes de meter la política en los asuntos del cole, cien veces antes de la ironía hiriente. La palabra mal empleada no tiene retro.

Moraleja: Deditos, cuenten hasta diez.

Moraleja dos: Más vale silencio en mano que palabras bailando.

Moraleja de cierre: Mejor diccionario en mano que papelones rondando.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina:

La A de ‘Wilma A’

/ 20 de diciembre de 2020 / 00:42

Wilma Alanoca, ministra de Culturas del gobierno de Evo Morales, asilada en la Embajada de México prácticamente un año junto a otros actores políticos, aceptó ser entrevistada en Piedra, papel y tinta, uno de los espacios de los periódicos La Razón y Extra. La invitamos por el carácter noticioso de su testimonio después de 12 meses esperando un salvoconducto que no llegó pero también, y sobre todo, porque fue la única mujer que pasó la etapa más larga de ese encierro. La larga experiencia diplomática del encargado de Negocios, Edmundo Font, planteó sin duda una base sólida y cálida, como dicta la tradición mexicana, pero no pudo hacer mucho, supongo, con la soledad de la Wilma/mujer. No lo había pensado hasta que una tarde recibí un mensaje en mi teléfono: “Hola. Soy Wilma A”. De un número cualquiera, podía ser Wilma A como podía ser Juan H o Arturo M. Contesté cautelosa pero contesté. Y al ir tejiendo palabras con los dedos, decidí que, sin importar quién esté del otro lado de esa línea, la periodista mujer tenía que mandar una señal solidaria, una señal de aquí estoy, te contesto, trato de aliviar tu situación, no te juzgo porque no me corresponde y te aseguro que tu encierro pasará. Es todo lo que alcanzaba mi confianza con una exministra a quien entrevisté en la televisión dos veces. No la conocía de ningún encuentro adicional. Wilma estaba encerrada, angustiada y eso bastaba no para jugar a la heroína envalentonada desde afuera pero sí para enviar un mensaje humano. Me mandó después otro testimonio de su madre, una mujer de pollera de la tercera edad que vivió el allanamiento de su casa y según detalla, el maltrato y la confiscación de su capital de trabajo y, como postre, de sus joyas. Se suma el dolor de saber a su hija encerrada en una casa sureña bajo el asedio militar, policial y ciudadano. Esa madre, sola a su manera. Sola debió sentirse también la otra señora que por ese tiempo conocí en un viaje del centro a la zona Sur de La Paz en minibús. Subí como Susanita con mis zapatos nuevos en una caja que sostenía con ilusión. El contacto fue tan inmediato que al minuto yo abría mi caja de cartón para mostrar la compra a mi compañera de asiento. De los zapatos pasamos al miedo de la pandemia y el salto fue directo al miedo de que se desate la violencia de noviembre. Me confesó que sola en su casa, no podría hacer nada si “los masistas” vuelven a bajar con palos y fuego. La miré mejor en la obscuridad de ese bus y me puse en su lugar. El temor y la soledad. Como los que sintió Patricia Hermosa, la última jefa de gabinete de Evo Morales, cuando caminaba por la zona del Cementerio porque tuvo que irse a casa de su suegra después de que precintaran su departamento. Fue en una de esas esquinas que cuatro uniformados la detuvieron para decomisar la famosa libreta militar del líder cocalero junto a otros documentos. Fue en otra esquina de la calle Sucre donde no la dejaron salir del vehículo policial cuando pidió un baño. Fue en otra esquina de Obrajes donde la encerraron acusada de sedición y terrorismo y donde se frustró su embarazo. Fue en otra esquina de ese centro penitenciario donde la encerraron con candado, con la bendición de un baño y la ausencia de una ducha. Fue en otra esquina de esa enfermería/celda que desde una ventanita se acercaba una voz para darle apoyo psicológico, la misma por donde recibía las galletas de los amigos que se jugaron el pellejo al visitarla en la cárcel. Solo temor y soledad podía entrar por ese cuadrado de luz. Como las soledades de Susana Rivero lejos de sus hijos, de la periodista Casimira Lema mirando el ataque a su casa, de la periodista Claudia Fernández cuando salió de la suya antes de que le rompan los vidrios, de Adriana Salvatierra corriendo de un lugar a otro, de Nadia Cruz cuando atacaban la Defensoría, de la expulsada embajadora de México, María Teresa Mercado, cuando abrió su puerta para dar asilo, de Cecilia Requena cuando quiso tender puentes, de Gabriela Montaño en Buenos Aires, de la viuda del muerto de Senkata, de la madre del muerto de Sacaba. Todas se parecen a la soledad que nos mostró esa foto de periódico: una  mujer de pollera que salió a la calle a defender “su narrativa”, en medio de los gases, con las trenzas semideshechas, la mirada perdida, sosteniendo como nunca la bandera boliviana pegada a la wiphala.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Últimas Noticias