Voces

miércoles 3 mar 2021 | Actualizado a 22:18

Los libelos inflamatorios

Percibimos una floja performance de los postulantes y sus equipos de campaña para engendrar deliciosos calificativos.

/ 17 de enero de 2021 / 01:57

En 1979, el periodista Raúl Rivadeneira publicó un estudio sobre el manejo lingüístico de los candidatos y su verbosidad para descalificar a sus oponentes, tituló su texto La guerra de los Insultos. La propaganda política en Bolivia. El escenario conflictivo de entonces, derivado por un virtual empate entre Paz Estenssoro y Siles Zuazo, incitó a provocar una cruenta masacre militar en noviembre de ese año, encabezada por el Coronel Natusch Busch, coludido con el infamante Guillermo Bedregal. El libro fue mal recibido por los políticos, porque desnudaba sus limitaciones y su total falta de ética.

Si bien esta vieja manera de “hacer” política a partir de la diatriba y el insulto no cambia, percibimos ahora que tenemos un escenario democrático, una floja performance de los postulantes y sus equipos de campaña para engendrar deliciosos y ocurrentes calificativos y, por lo menos, divertir a los electores. Creo que esta esterilidad se debe a los millones de usuarios del Facebook que tienen la oportunidad de insultar ensuciando el lenguaje, y arrastrándole por la esterilidad que devela la crisis educativa, sobre todo en cuanto a la instrucción en lectura y escritura.

El uso desenfrenado de las redes constituye un foco de irradiación de las idioteces repetidas y mal escritas por otros seguidores; sin embargo para nuestro pobre consuelo, el ejército de ágrafos no atañe solo a nuestro Estado.

Los debates fecundos siempre son —precisamente— sobre política y religión, interminables peroratas que generalmente conducen hacia la dispersión, porque nadie cede, solo la realidad, más poderosa que ninguna, pone en su sitio a todos.

En 1920, Belisario Díaz Romero, un prominente intelectual positivista, se enfrascaba en una dura polémica con un oscuro cura que lanzó duras diatribas contra su posición sobre la creación y la evolución. Después de largas batallas en los periódicos de la época, Díaz Romero publicó un libro que encendería mucho más la polémica y develaría la posición altamente conservadora de la élite paceña criolla coligada con la iglesia. En el libro Ecclesia versus Scientia, publicado en 1921, en parte del preámbulo el autor anota: “Forzosamente tenemos que hablar recio y claro, empleando frases duras y, por cierto, desagradables a los oídos castos o delicados. (…) En la lucha tenemos que emplear todas las armas, “en la guerra como en la guerra”, le habíamos anunciado al enemigo, por lo tanto este no tiene que tomar con extrañeza que esgrimiremos calificativos amargos o cáusticos para él. Nuestras expresiones serias unas veces, ya recatadas, ya iracundas, servirán de placer para todos los gustos”

Díaz Romero se preocupaba por el goce del lector, y consideraba su campaña a favor de la ciencia como un acto estético. El libro es delicioso y merece una reedición por la Biblioteca del Bicentenario, del cura que incitó el libro ya nadie se acuerda.

José María Vargas Vila (1860-1933), novelista colombiano, tuvo su época de gloria con novelas calientes que buscaban los jóvenes de la época (Flor de fango, Ibis), pero en el texto La muerte del cóndor desata su furia y enjundia de alto vitriolo por el asesinato de su amigo, el liberal ecuatoriano Eloy Alfaro (1842-1912), en manos de una turba encaminada por Leónidas Plaza. Este acudió a sus zalameros para descalificar el libro. Vargas Vila respondió: (…) los bonzos gelatinosos del capitolio de Quito, se volvieron hacia su amo para desagraviarlo, balbuceando cosas ineptas contra mí. Los niños mamantones del Tiberio ecuatorial, soltaron aquello que les servía de biberón, para vomitar sobre mi sus prosas escrofulosas, y, se dispersaron por las repúblicas del Pacífico para polucionar las prensas con sus dicterios de foliculares vergonzantes… fetos de la prostitución.

Plaza, es la enorme vaca andrógina, hecha para desconcertar por igual, todos los cálculos de la Zoología y todos los postulados de la Ética…. En la escala teratológica, no pertenece a los felinos, a los carniceros,… pertenece a los rastreros, a los vertebrados inferiores, anfibio extraño que busca la sombra violácea de las aguas del pantano, mitad hiena, mitad boa, esperadlo en la noche, en el silencio, a la hora de devorar los cadáveres… Un día el apogeo del insecto tuvo su fin, como larva coronada…

Aquellos tiempos de libelos inflamatorios dirigidos al hígado del adversario ¿han muerto?

 Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.   

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Diez años después

/ 28 de febrero de 2021 / 01:21

El 21 de diciembre de 2010, escribí: Una de las maneras más fáciles de ser feliz es hacer derretir lentamente un pedacito de chocolate amargo entre el paladar y juguetear con la punta de la lengua y apretarlo, chupándolo. Tal vez este intenso placer se le debe al mito de que es afrodisiaco.

Fue en el puerto de Guayaquil, donde sentí la embriaguez del cacao que estaba secando para la molienda, bajé hipnotizado para sentir de cerca sus aromas y una iguana azulenca se cruzó; fue una iluminación que no me abandona, al igual que mi adicción al chocolate.

Hace unas semanas, expertos medioambientalistas y estudiosos de este fruto anunciaron que tenemos ¡20 años! para disfrutarlo y que luego, probar un chocolate será otra vez un lujo, cosa de reyes como en sus orígenes.

Hace 1.750 a.C. probablemente ya se consumía este alimento-placer, la prueba es una vasija que se encontró en Honduras con restos de teobromina (teo=dios, bromina= alimento), componente básico que repone las inversiones de péptidos que los enamorados pierden y los vuelve cojudos. Según otros estudiosos, suponen que el cacao se diseminó por el trópico de Sudamérica hasta el suroeste de México, o a la inversa. Su nombre, del que también hay muchas versiones, viene del náhuatl, xocolatl.

De la manipulación de sus semillas nace una materia sólida o la pasta y una materia grasa o la manteca de cacao, de éstas emergen las combinaciones traducidas en múltiples sabores y texturas.

El primer europeo que probó esta bebida pudo haber sido Colón, porque a su vuelta a España llevó muestras a los Reyes Católicos; cuando los religiosos lograron incorporar el azúcar, la bebida se introdujo exitosamente en la alta sociedad (…)

En el siglo XVII, el chocolate era considerado medicamento y alimento y su expansión fue imparable. Carletti lo introdujo en Italia en 1606 (…), llega a Francia en 1615 y en Alemania recala en 1657, donde se expendía en farmacias y droguerías; actualmente el principal mercado del cacao orgánico boliviano.

En el siglo XVIII, el chocolate había conquistado a los conquistadores de toda Europa y los tenía cautivos. Los suizos le domesticaron hasta el éxtasis, inventando el conchado, es decir, pasar entre dos rodillos de porcelana la fina pasta, durante varias horas, logrando la suavidad embriagadora.

Millones de personas consumen el chocolate de cacao y mantecas pobres llamadas cocoa, producidas del reciclamiento de las cáscaras y hollejos que también sirven como compost para jardinería. No se desecha nada de este árbol maravilloso.

Bolivia es un país privilegiado porque tiene espacios para su cultivo en el norte de La Paz, Pando, Beni, Cochabamba, Santa Cruz. El chocolate de Baure es apreciado ahora en Europa y Estados Unidos por un emprendimiento holandés que recolecta cacao silvestre diseminado en la Amazonía por monos y tejones.

Este producto requiere mayor atención del Gobierno porque (lo dijimos hace 10 años) puede ser una alternativa al cultivo de la hoja de coca. La falta de visión prospectiva que tienen los políticos sobre nuestros recursos alternativos es alarmante, durante una década no mejoraron las condiciones de explotación del producto y constatamos que los problemas de exportación con valor agregado del cacao boliviano —uno de los mejores del mundo— enfrenta problemas de logística y certificaciones que encarecen su mercadeo y su competencia. Recién descubrimos la marca “ruah, fundada y producida por mujeres emprendedoras de la amazonía”, en este tiempo aparecieron otras marcas, todas de buena calidad.

En Zongo se produce un cacao híbrido, fuerte y sabroso, y es poco aprovechado porque se requiere de mayor tecnología y, sobre todo, resolver problemas contingentes que están en manos de la gobernación y del ministerio del rubro. El porcentaje de exportación del producto boliviano es menor al 5% (La Razón, 21-2-21), por eso no figuramos en las estadísticas sobre la producción mundial del cacao y, sin embargo, en estos últimos años nuevos emprendimientos han enriquecido la variedad de nuestros chocolates. Escribo esto mientras diluyo una tableta de cacao 75 % puro y tajaditas de locoto verde sin pepas, un manjar que saboreamos los adictos. ¿Seguiremos durmiendo otros 10 años para posicionar en el mundo nuestro maravilloso cacao y generar divisas?

   Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Los muertos de la fecundidad

El mecanismo de la memoria nos permite reproducir cómo era la vida y, sobre todo, cómo era el Anata Carnaval.

/ 13 de febrero de 2021 / 23:49

Sin duda, la pandemia ha trastornado los tiempos de consagración de la vida por el miedo y la incertidumbre. La autodefensa del espíritu apela a la memoria para reforzar nuestro sentido vital y sopesar la precariedad de todo lo que parece caerá sin remedio.

El mecanismo de la memoria nos permite reproducir cómo era la vida y, sobre todo, cómo era el Anata Carnaval. Para ello recurrí a una fotografía donde están mis abuelos y parte de mi familia; en el centro mi abuelo, excombatiente de la Guerra del Chaco y antiguo miembro de la Federación Obrera Local (FOL) de tendencia anarquista y la matriarca, mi abuela, protegiendo entre sus polleras a mi hermano mayor, a su lado mi tío menor, vestido con pantalones cortos y traje. Nosotros todavía no existíamos, pero unas décadas después seríamos testigos de los espléndidos festejos de Carnaval que estaban al comando de mis abuelos, emigrantes rurales de Oruro y Cochabamba que cargaron sus ethos, para armonizar lo ancestral del Anata con el Carnaval occidental.

Los preparativos empezaban el día de Todos Santos, en noviembre, así entendimos que la rememoración de nuestros muertos olvidados y recordados tiene que ver estrechamente con el Anata, el tiempo de jugar, del cuerpo y la fecundidad; por eso la adaptación del pulichinela o pierrot convertido en pepino se entierra en el cementerio y se lo revive en el mismo lugar, para significar el ciclo agrícola vital de la reproducción: muerte y vida, semilla y cosecha.

En la ciudad, el Carnaval empezaba viernes, todos los empleados del comercio y públicos cha’llaban sus oficinas; el sábado sucedía lo mismo en los talleres artesanales y en los barrios con emigrantes rurales, estos recorrían las calles con sus tropas munidas de tarkas y moxeños, instrumentos exclusivos de esas fechas porque “sus melodías son alegres y sus timbres ayudan a que las plantas florezcan y den sus frutos”, explicaba mi abuela.

El domingo ingresaba el corso infantil y al mediodía, taypi, centro que divide el día y la noche, se concentraba la multitud festejante en la ex Estación Central para la Entrada de Carnaval. Esta bajaba hasta el centro mismo de la ciudad y se expandía por todos sus alrededores. La clase media y alta entraba en carros alegóricos, adornados profusamente y con atuendos lujosos, las clases populares con vestimenta autóctona para la ocasión, adornadas con flores, duraznos, lúcumas, choclos, repartiendo entre la gente, para rememorar la reciprocidad de los frutos que brinda la Pachamama. Las tropas de pepinos eran enormes y no requeríamos de mucho dinero para incorporarnos a esa ola de alegría; los jóvenes de los barrios populares eran fervientes militantes de esas acciones, sobre todo durante la adolescencia, pero no entendíamos el sustrato profundo de lo que se vivía. Lunes del Jisk’a Anata Carnaval derrochábamos el agua, jugábamos hasta horas de la noche, luego se prohibió y esta forma de cha’llarse entre humanos se acabó.

El martes era el jacha anata uru, el gran día de celebración, donde todo está vivo, desde las herramientas, las casas que tienen su lugar hembra y macho, adornadas con flores, regadas de alcohol, agua y cereales dorados y plateados que simbolizan la luna hembra y el sol macho; el confite y las mixturas para que la Pachamama siempre nos dé abundancia de vida. Esos momentos están sedimentados en el comportamiento de muchos pobladores de Chukiyayu marka, la ciudad india que comparte con todos.

El miércoles, temprano, algunos carnavaleros iban a misa y llegaban con su cruz de ceniza en la frente; luego, inmediatamente, a desplazarse a la zona Sur para el día de campo, a comer comunitariamente, con las manos sin gel ni guantes, el apthapi. Los mayores libaban con cóctel de tumbo (mi favorito porque hice mi primera incursión festiva con este perfumado elixir) y adultos y niños bailaban hasta retornar a la casa y seguir la fiesta. Era fiesta total porque los menores nos quedábamos con los cambios de dinero que el abuelo, frenético como colibrí, se olvidaba.

El sábado y domingo de tentación, en la zona del Cementerio, era —en la ciudad— el remate con los chu’tas. En el área rural, la consagración a la vida y la fecundidad continuaba…

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.   

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Evo, Eva y la manzana de Adán

/ 3 de enero de 2021 / 06:54

La manzana, como fruto prohibido, es un símbolo cristiano del pecado original, para los musulmanes y judíos no tiene mayor relevancia. Es solo una fruta que da el manzano (lignum  pomiferum)  que tiene múltiples virtudes alimenticias y medicinales.

La manzana dorada es también atributo de Venus, la divinidad romana correspondiente a Afrodita, la divinidad griega. Esta divinidad lleva en sus manos —como símbolo del amor seductor— una manzana dorada que permitió el enamoramiento ipso facto de Marte, de fiereza indomesticable por sus atributo bélicos. Según los comentarios de mi compadre Teo, esto equivaldría al mate de calzón boliviano.

No sabemos por qué razón el manzano apareció en el Edén para que sucumbiera Adán ante los encantos de Eva en alianza con la víbora y expiáramos culpas ajenas, y que gracias a esta argucia teologal, se edificaran dogmas de fe como un gran negocio, desde hace más de 2.000 años.

Adán, hombre o humanidad en hebreo, es considerado el padre genealógico del género humano (Gn. 4,25,5,5), por lo tanto es un hombre terrenal porque fue modelado en arcilla y es distinto a Yavé, que mora en el cielo. De su costilla nació Eva para que compartieran el Edén; lo incomprensible hasta ahora es por qué Yavé hizo a Eva si Adán la estaba pasando bomba en el Paraíso, interrogante profunda de mi compadre, sobre todo cuando ve de reojo a mi comadre. Adán, según las escrituras y su concepción del tiempo bíblico, vivió 930 años. ¿Sufriendo por el pecado junto a Eva? Solo Dios sabe.

Eva, del hebreo Hawwa, que significa vida, dadora de vida, nombre con el que Adán bautizó a la primera mujer bíblica (Gn. 3,20 ss.), a la que también llamó “varona” o mujer varonil. Para algunos estudiosos, Eva sería la Gran Madre de todos los seres vivientes o según la teología práctica de mi compadre, otra forma de la Pachamama que los evangélicos que lo rodean en su barrio en El Alto consideran una versión herética y por el que fue expulsado con ignominia de su culto y volvió nomás a ensayar morenada.

Eva, considerada como la primera “mujer fatal”, causante  de la muerte por el pecado, del latín pecatum o culpa, concepto que cambia con la historia y los contextos culturales; así tenemos por ejemplo los adjetivos que tratan de reputarlo como desobediencia,  transgresión y ofensa voluntaria: nuestra Eva boliviana, ¿incurrió en ello?

Este fruto tiene también otras interpretaciones simbólicas, como por ejemplo la manzana de Adán, o nuez de la garganta que Eva no posee y distingue a los géneros y otra que parece adecuada para estos tiempos: la manzana de la Discordia. 

En Bolivia, convivimos dos imaginarios en treguas cíclicas, cuyos choques siempre son bañados en sangre por el Ejército, actos que ensombrecen las formas de plantear la lucha por el poder y generan interpretaciones subjetivas sobre la lealtad. Así, la tragicomedia plurinacional entre el exmandatario Evo Morales y la expresidenta del Senado Eva Copa, ambos de origen aymara, no es más que un momento importante del cambio dentro del cambio; una pulsión entre los nuevos horizontes ideológicos que promueven el avance y dejan atrás los conmovedores discursos de la fuerzas conservadoras encarnadas en el expresidente neoliberal Mesa y el empresario Doria Medina, quienes festejan ruidosos un supuesto fraccionamiento.

Los derechos de las Evas pertenecen a este siglo y esa perspectiva histórica ya no se detendrá. Sin embargo, estos malos entendidos electorales no romperán el cordón umbilical con los movimientos sociales, es solo un bache en la nueva carretera que se vislumbra: el fortalecimiento de un Estado Plurinacional simétrico entre sus regiones y su población, orientado al Buen Vivir con la naturaleza. Es un advenimiento monumental y difícil, pero se avanza paso a paso, cayendo, levantándose y tropezando, la historia lo devela así.

Muchos candidatos municipales anhelan sentarse en un sillón poblado de manzanas discordantes, distinto al manzanar que es un terreno plantado de manzanas concordantes y diferentes a las manzaneras que son silvestres y rebeldes, crecen sin planificación y donde menos esperamos. Florecerán más Evas y Evos, eso es seguro. Y en el frente antagónico, solo se vislumbra esterilidad.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Las calles hablan del pasado…

/ 20 de diciembre de 2020 / 00:22

La pandemia nos devolvió muchas costumbres que habíamos archivado, una de ellas era caminar grandes trechos atravesando el centro de la ciudad. Las noches de noviembre son frescas y agradables para tal ejercicio y la poca afluencia de personas circulando nos permite sentir a la ciudad desde otra perspectiva, observar sus calles detenidamente y toda la arquitectura que devela la ocupación de estos espacios por la clase hegemónica de principios del siglo pasado, o la torrencial irrupción del cholaje y las migraciones indígenas dispuestas a copar los lugares menos apreciados, establecerse, asentar su cultura y  construir una hegemonía contestataria en permanente pulsión con una casta, cada vez más alejada de la realidad y asombrada por la “aparición” de una sociedad que —según su visión— estaba oculta entre las sombras de la historia.

 Los seres humanos somos frágiles animalitos que nos adaptamos a las circunstancias impelidos por el temor y la desconfianza, hemos erigido ciudades como fortalezas y tomamos mucha atención sobre todo a las puertas y ventanas, ambas reforzadas con armazones metálicos, mirillas para ver quién toca el timbre; como si fueran posibles delincuentes los que nos llaman del exterior. Desconfiamos de lo desconocido porque no lo comprendemos, el temor nos ciega.

Así, una noche emprendimos una larga caminata desde la plaza España, donde mora en una estatua la figura de Cervantes, hasta la otra ladera de la ciudad. 

Sopocachi, otrora barrio residencial, ahora es un hervidero de negocios incrustados en bellas edificaciones que develan el gusto decimonónico de las clases latifundistas y mineras, compelidos a parecerse a París o Londres para simular ser otros.

Se percibe que este barrio fue atendido afanosamente por los sucesivos alcaldes de la ciudad, todavía luce —felizmente— calles adoquinadas, aceras de piedra de Comanche, abundante vegetación y señalización nueva que rememora a los patricios paceños que fueron protagonistas de la Guerra Federal y promovieron el traslado de la sede de gobierno a La Paz.

Hicimos el recorrido hasta la calle Segundo Crucero, que rememora la batalla del 10 de abril de 1889, entre las tropas de Zárate Willca y José Manuel Pando contra el ejército conservador de Fernández Alonso. Momento de reconfiguración de las castas criollas que consolidó una larga noche de dominio liberal y su fortalecimiento y sedimentaron su imaginario hasta este siglo.

A medida que llegamos a las principales calles de Sopocachi, recordamos cómo la nostalgia por su viejo barrio de las tradicionales familias paceñas se manifiesta al culpar a los “cholos ricos” de su forzado desplazamiento al vender su casa o alquilarla y bajarse a la zona Sur para vivir entre “gente decente” o emigrar a Tarija o Santa Cruz, según su cacofónico reclamo.

Al recorrer El Prado, antes la Alameda, llamado así en imitación a los grandes paseos madrileños, todavía se alzan bellas edificaciones que están más allá de las fracturas étnicas y sociales que develan un Estado asimétrico y que ahora tiene su respuesta con las edificaciones de la llamada arquitectura neoandina que ya se exporta y llama la atención, pese a los comentarios peyorativos de algunos académicos apolillados.

A modo de campaña política municipal, casi sin excepción, todos los burgomaestres pulen y afinan este paseo tradicional como a la niña de sus ojos, por supuesto para que todas la vean y piensen que toda la ciudad es así. Al llegar al centro del poder y muy cerca de la plaza Murillo están las calles angostas, diseñadas durante la colonia y que estaban pensadas para el tránsito de acémilas y carromatos. Éstas, durante el día, son verdaderos infiernos por el desorden y el caos, precisamente, frente al Departamento de Tránsito. A altas horas de la noche se percibe cómo la vieja ciudad murió en manos de la codicia por los espacios abigarrados, traducidos en intrincados edificios aprovechados al milímetro.

La Paz-Chukiyawu marca es una ciudad de constantes pulsiones entre dos modos de imaginarse la ciudad, traducido en un combate silencioso por ocupar sus pliegues y espacios que todavía están en disputa con mafias organizadas coludidas con autoridades. Se supone que todos somos iguales ante la ley, por lo tanto el mejoramiento de los barrios de la ciudad debe tener los mismos derechos de atención.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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El miedo y nosotros

‘La gente siempre está dispuesta a ceder sus libertades cuando tiene miedo’ (Jeffrey Tiel).

/ 11 de noviembre de 2018 / 13:20

Durante el largo proceso histórico de la humanidad, el miedo ha jugado un papel protagónico. Hábitos de conducta fuertemente arraigados en algunas culturas han cambiado; ideologías enteras se han visto modificadas por el pavor de los ciudadanos. Según algunos estudiosos del tema, desde la perspectiva de fenómeno social, el miedo puede tomar forma a partir de las maneras en que percibimos el mundo. El miedo a la muerte y al olvido funcionan como catalizadores de comportamientos sociales extremos. Así, la conmemoración a las almas errantes o muertos olvidados, conocido como el día de la ñatitas (cráneos humanos), que se conmemora el 8 noviembre, cobró un nuevo impulso después de la masacre del 1 de noviembre de 1979.

Los cientos de muertos, muchos de ellos anónimos, fueron como un detonante para vivificar una ancestral práctica que se la cultivaba para solicitar fecundidad a la Pachamama a través del restablecimiento del jacha ajayu o el alma mundo. El miedo a las sequías y nuestro instinto de sobrevivencia nos hicieron concebir lazos íntimos entre la tierra fecunda y los muertos como semilla, sin que nadie falte al convite de la vida que se regenera. Bolivia todavía en pleno siglo XXI sigue siendo un mundo encantado, en el que no se han perdido las relaciones míticas con los seres sobrenaturales.

Todas las civilizaciones son producto de una larga lucha contra el temor, una estrategia de supervivencia normal en nuestro milenario proceso de adaptación al medio que se expresa cuando nos enfrentamos a situaciones desconocidas, ante objetos, personas y cosas que suponen una amenaza, como las sequías, las inundaciones o terremotos imprevisibles. El miedo es una reacción emocional ante un peligro definido como una tendencia escapar, o alternativamente a inhibirse cuando se acentúa la amenaza.

Según Donald Hedd, el miedo se originaria por una desorganización de estructuras temporales y espaciales neurofisiológicas, debido a cambios súbitos e inesperados de los estímulos, la ausencia de estímulos apropiados o el exceso de estímulos; en tanto que el equilibrio se restablecería mediante la fuga o huida. Hedd clasifica los miedos en i) causados por conflictos —amenaza y daño— (vg. dolor, observación de cadáveres, personas y animales extraños); ii) miedo al déficit sensorial (vg. falta de soporte, oscuridad y soledad); iii) por trastornos sicosomáticos y factores constitucionales.

El miedo genera tensión en nosotros cuando se activan las señales de alarma, el ritmo cardiaco se acelera, aumenta la sudoración, aumenta la presión arterial y ante una amenaza inminente de tortura o dolor intenso desconocido. La muestra más dramática de estos efectos fisiológicos es la imposibilidad de contener la orina.

Sumada a todos estos factores, la inseguridad en las urbes produce el miedo colectivo y moviliza a la ciudadanía. El pavor colectivo hace que afloren los mejores sentimientos solidarios del ser humano, y éstos pueden ser canalizados por los medios de comunicación y manipulados por grupos de poder y gobiernos a través de la táctica publicitaria. Cuando ya estamos sumergidos en un año preelectoral, los estrategas del marketing político apelarán a estos conocimientos para incidir en la conciencia de los potenciales votantes y favorecer a sus clientes; para eso no existe la ética, todo vale. Generar miedo y desconfianza contra un candidato es la artillería más conocida; sin embargo, a veces sucede lo imprevisto.

Hoy vivimos en una sociedad obsesionada con la seguridad y más temerosa: asaltos, secuestros, robos, locos armados disparando contra multitudes, cámaras en todas partes, casas con perros y alarmas. Toda esta cadena de amenazas induce a perder el horizonte ideológico en una sociedad en ciernes de un acto electoral, y como afirmó hace 16 años atrás Jeffrey Tiel (analista de ética militar): “la gente siempre está dispuesta a ceder sus libertades cuando tiene miedo”. Eso nos suena conocido, y los asesores de marketing político de Jair Bolsonaro en Brasil lo sabían muy bien.

En nuestro patio boliviano, algunos candidatos copiones ya están apelando a esta fórmula. Entre ellos el exvicepresidente Víctor Hugo Cárdenas, quien emite discursos de pastor evangélico. Para tener un discurso que se desmarque del oficialismo ha desterrado al limbo a la Pachamama y a la corriente katarista de su línea. Pronto saltarán otros haciendo algo parecido, pero habrá que recordarles que Bolivia no es Brasil ni Estados Unidos.

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