Voces

jueves 4 mar 2021 | Actualizado a 02:28

En tiempo de crisis

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 20 de enero de 2021 / 03:02

Las áreas protegidas están ampliamente reconocidas como la piedra angular de protección y conservación de la biodiversidad, ya que no solo aseguran su conservación, sino también el bienestar humano. En el ámbito mundial, las áreas protegidas cubren más del 15% de la superficie terrestre del mundo. No son solo biodiversidad, por importante que sea. Cuando se gestionan de manera eficaz, también apoyan la salud y el bienestar humano, contribuyendo a la seguridad alimentaria y el abastecimiento de agua, la reducción del riesgo de desastres, la mitigación y adaptación al cambio climático y el sustento de los medios de vida locales. Sin embargo, estas contribuciones a menudo se subestiman o se ignoran cuando se trata de prácticas políticas o decisiones vinculadas al desarrollo.

Las presiones sobre estos espacios se están incrementando por parte de una serie de actores políticos, sociales y económicos. Y lo que también es evidente es que muchas de las amenazas que enfrentan la biodiversidad y las áreas protegidas se agravarán por el brote de COVID-19. La pandemia está creando desafíos adicionales para las áreas protegidas, como la recesión económica, pérdida de empleos, reasignación de los presupuestos gubernamentales a prioridades como salud y atención social, restricciones para los viajes y el turismo, entre otros. Y es muy probable que en el ámbito mundial las políticas de reactivación asignen aún menos recursos a la conservación de estos espacios y, más aún, contemplen una regulación ambiental reducida pro-intereses económicos de otros sectores como el de hidrocarburos, minería, infraestructura y agroindustrial.

En Bolivia, nuestra Constitución Política del Estado (CPE) reconoce que éstas constituyen un bien común y forman parte del patrimonio natural y cultural del país, ya que cumplen funciones ambientales, culturales, sociales y económicas para el desarrollo sustentable. Todo parecería estar bien. Sin embargo, la viabilidad y permanencia de estos espacios hace mucho tiempo que están en riesgo debido al aumento de las presiones como asentamientos no controlados, tala ilegal, comercio ilegal de fauna silvestre, narcotráfico, los devastadores incendios forestales y el cambio climático, además del evidente y continuo debilitamiento de su gestión.

La pandemia de COVID-19 ha desviado la atención de otras crisis globales como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, pero estos desafíos aún requieren atención urgente. Las áreas protegidas pueden brindar sus beneficios solamente si están bien gestionadas. Nunca antes ha sido tan grande la necesidad de mejorar la capacidad de gestión de nuestras áreas protegidas. La salud de los seres humanos, los animales y los ecosistemas están interconectados. Hoy demandamos a los diferentes niveles de gobierno que comprendan e inviertan en el importante papel de estos espacios bien gestionados y conectados como soluciones basadas en la naturaleza para hacer frente al cambio climático, la conservación de la biodiversidad, la degradación de la tierra y la salud humana. Necesitamos que se garantice la gestión eficaz de estas áreas con presupuesto y recursos humanos adecuados.                    

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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2020, encrucijada por la naturaleza

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 23 de diciembre de 2020 / 04:12

Los seres humanos dependemos de ecosistemas estables y saludables para nuestra supervivencia. Y es así que 2020 fue declarado por las Naciones Unidas como un “superaño” para la naturaleza y la biodiversidad, en el que los países deberían definir la agenda de la acción ambiental para la próxima década. Sin embargo, el brote del COVID-19 ha paralizado al mundo, y mientras tanto la evidencia nos muestra que la humanidad enfrenta una encrucijada por el futuro de la naturaleza.

Mientras la pandemia de COVID-19 nos desafía a repensar nuestra relación con la naturaleza y a considerar las profundas consecuencias para nuestro propio bienestar y supervivencia que pueden resultar de la pérdida continua de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas, la información presentada en el Quinto Informe Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica, publicado por el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) en 2020, nos muestra  que la naturaleza está sufriendo severamente y su situación sigue empeorando. 

Con respecto a las Metas de Aichi para la Diversidad Biológica, establecidas en 2010, el informe reporta que de las 20 metas mundiales planteadas, tan solo seis habrían sido “parcialmente logradas” para 2020, es decir que ninguna de las metas fue alcanzada; mostrándonos claramente cómo hemos fracasado en esta última década en la protección de la naturaleza.

La evidencia presentada en 2020 nos indica que la tasa de pérdida de biodiversidad no tiene precedentes en la historia de la humanidad y las presiones se están intensificando en el ámbito mundial. Bolivia no se encuentra en una buena posición, ya que se sitúa dentro de los países con mayor pérdida de bosques (segundo en Sudamérica) y el más golpeado por los incendios forestales en términos proporcionales dentro de los nueve países amazónicos, de acuerdo con el nuevo Atlas Amazonia bajo presión, elaborado por la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG).

No podemos permitirnos cerrar los ojos frente a la evidencia, hemos fracasado en nuestro deber de cuidar la naturaleza, y hemos puesto a la humanidad en una encrucijada con respecto al legado que queremos dejar a las futuras generaciones. Es posible detener y revertir la pérdida de biodiversidad para garantizar nuestra salud, bienestar y prosperidad, para ello debemos proteger los espacios naturales que nos quedan, frenar la sobreexplotación de la vida silvestre y, fundamentalmente, modificar la manera en que producimos y consumimos alimentos. Hoy llamamos a los líderes mundiales a tomar medidas decisivas ahora y no más tarde, para encauzar la naturaleza por el camino de la recuperación y garantizar una economía positiva para ella. La prosperidad para las personas y el planeta solo es posible si tomamos decisiones audaces hoy para que las generaciones futuras puedan sobrevivir y prosperar en un mundo mejor.

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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2020, encrucijada por la naturaleza

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 23 de diciembre de 2020 / 03:37

Los seres humanos dependemos de ecosistemas estables y saludables para nuestra supervivencia. Y es así que 2020 fue declarado por las Naciones Unidas como un “superaño” para la naturaleza y la biodiversidad, en el que los países deberían definir la agenda de la acción ambiental para la próxima década. Sin embargo, el brote del COVID-19 ha paralizado al mundo, y mientras tanto la evidencia nos muestra que la humanidad enfrenta una encrucijada por el futuro de la naturaleza.

Mientras la pandemia de COVID-19 nos desafía a repensar nuestra relación con la naturaleza y a considerar las profundas consecuencias para nuestro propio bienestar y supervivencia que pueden resultar de la pérdida continua de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas, la información presentada en el Quinto Informe Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica, publicado por el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) en 2020, nos muestra que la naturaleza está sufriendo severamente y su situación sigue empeorando.

Con respecto a las Metas de Aichi para la Diversidad Biológica, establecidas en 2010, el informe reporta que de las 20 metas mundiales planteadas, tan solo seis habrían sido “parcialmente logradas” para 2020, es decir que ninguna de las metas fue alcanzada; mostrándonos claramente cómo hemos fracasado en esta última década en la protección de la naturaleza.

La evidencia presentada en 2020 nos indica que la tasa de pérdida de biodiversidad no tiene precedentes en la historia de la humanidad y las presiones se están intensificando en el ámbito mundial.

Bolivia no se encuentra en una buena posición, ya que se sitúa dentro de los países con mayor pérdida de bosques (segundo en Sudamérica) y el más golpeado por los incendios forestales en términos proporcionales dentro de los nueve países amazónicos, de acuerdo con el nuevo Atlas Amazonia bajo presión, elaborado por la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG).

No podemos permitirnos cerrar los ojos frente a la evidencia, hemos fracasado en nuestro deber de cuidar la naturaleza, y hemos puesto a la humanidad en una encrucijada con respecto al legado que queremos dejar a las futuras generaciones. Es posible detener y revertir la pérdida de biodiversidad para garantizar nuestra salud, bienestar y prosperidad, para ello debemos proteger los espacios naturales que nos quedan, frenar la sobreexplotación de la vida silvestre y, fundamentalmente, modificar la manera en que producimos y consumimos alimentos. Hoy llamamos a los líderes mundiales a tomar medidas decisivas ahora y no más tarde, para encauzar la naturaleza por el camino de la recuperación y garantizar una economía positiva para ella. La prosperidad para las personas y el planeta solo es posible si tomamos decisiones audaces hoy para que las generaciones futuras puedan sobrevivir y prosperar en un mundo mejor.

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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Guardianes de la Amazonía

Las políticas públicas, en concordancia con la visión de desarrollo que los países amazónicos están llevando adelante en la actualidad, nuevamente tienden a invisibilizar a los pueblos indígenas

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 8 de julio de 2020 / 09:23

Cada vez existe más preocupación acerca de lo que está ocurriendo en la Amazonía, especialmente con la situación de los pueblos indígenas en este tiempo de pandemia que estamos viviendo. La deforestación, los incendios forestales, la pérdida de biodiversidad y ahora se suma el COVID-19, que amenaza la vida de cerca de 400 pueblos indígenas que habitan la Amazonía.

Si bien los científicos no pueden predecir cuándo un ecosistema se acerca a un punto de inflexión, ni cómo reconocer la certeza que se ha alcanzado, muchos advierten que la Amazonía se está acercando al punto de no retorno, a causa de lo que ocurre con la pérdida de cobertura forestal e incendios forestales, donde los pueblos indígenas son los más vulnerables.

Datos recientes de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG), en el marco de la Iniciativa MapBiomas Amazonía, indican que la Panamazonía, un área que cubre desde los Andes pasando por la planicie amazónica y llegando hasta las transiciones con Cerrado y Pantanal, a pesar de mantener 83,4% de cobertura vegetal natural, perdió 72,4 millones de hectáreas (un área próxima al territorio de Chile) entre 1985 y 2018. Aparte, durante este periodo hubo un crecimiento de 137% en área de agricultura y ganadería.

Los mismos datos dan cuenta que los territorios indígenas juegan un rol fundamental en la conservación de los bosques de la Amazonía, ya que en términos de extensión cubren un 28% de la Panamazonía y, a la par, albergan un 33% de la cobertura forestal actual. Si bien en estos 34 años de análisis también han sufrido tranformaciones, ya que se han perdido 2,1 millones de hectáreas (ha) de bosques y la superficie destinada a agricultura y pecuaria ha aumentado en 1,8 millones de ha, ello significa tan solo un 3% de la pérdida total de cobertura forestal de la Panamazonía, resaltando el rol que los pueblos indígenas llevan a cabo secularmente como guardianes de la Amazonía.

A pesar de su importancia reconocida y de los logros alcanzados en el ámbito internacional, aún debemos estar pendientes de su inclusión en las políticas públicas y la gestión del desarrollo de nuestros países. Las políticas públicas, en concordancia con la visión de desarrollo que los países amazónicos están llevando adelante en la actualidad, nuevamente tienden a invisibilizar a los pueblos indígenas y sus derechos a la tenencia de la tierra, sobre todo frente la reactivacioń de una serie de intereses mineros, de hidrocarburos y agroindustriales en la región.

La pandemia ha revelado la situación de vulnerabilidad de los pueblos indígenas y hoy se hace urgente unirnos a las voces de sus portavoces que exigen que los oyamos, y juntos demandemos que las políticas de reactivación pospandemia respeten a la naturaleza y sus pueblos, reconociendo la sabiduría ancestral e intercultural de los pueblos indígenas como guardianes de la Amazonía.

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza

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2020, un superaño

El coronavirus nos ha demostrado que es posible un cambio transformacional en el planeta

/ 5 de abril de 2020 / 06:40

Los seres humanos dependemos de ecosistemas estables y saludables para nuestra supervivencia. Por eso, 2020 fue declarado por las Naciones Unidas y sus aliados como un “superaño” para la naturaleza y la biodiversidad, en el que los países deberían definir una agenda de acción ambiental para la próxima década. Sin embargo, el brote del Covid-19 ha paralizado al mundo, y aunque ha dado un respiro al planeta en términos ambientales, preocupa que en el corto/mediano plazo se tomen decisiones miopes que aumenten las emisiones de gases de efecto invernadero, y que se siga degradando la naturaleza a largo plazo.

Muchos coinciden en que la naturaleza nos está enviando un mensaje con la pandemia del Covid-19. Su surgimiento resulta de actividades humanas como la deforestación, la expansión de tierras agrícolas, el aumento de la caza, el comercio de vida silvestre. Actividades que están impulsando la pérdida de biodiversidad en el planeta y el cambio climático. Esta crisis también está evidenciando cuánto dependemos unos de otros, y que los seres humanos y la naturaleza formamos parte de un sistema interconectado.

Al mismo tiempo, el Covid-19 nos ha demostrado que es posible un cambio transformacional en el planeta. Durante los meses los cielos se han limpiado, la capa de ozono se está recuperando, y se ha reducido significativamente la emisión de gases de efecto invernadero, causantes del cambio climático. Es una señal de que un mundo diferente es posible. Esta es una oportunidad sin precedentes para alejarse del crecimiento no mitigado a toda costa; y de ofrecer un equilibrio duradero entre las personas, la prosperidad y nuestros límites planetarios.

Hoy urge tomar las medidas necesarias para salvar tantas vidas como sea posible y abordar los efectos devastadores en los medios de vida y la seguridad de las personas. Sin embargo, resulta importante reconocer que el planeta enfrenta una crisis más profunda y de más largo plazo, arraigada en una serie de desafíos globales interconectados. Además, existe la oportunidad de promover soluciones que reconstruyan vidas y estimulen la actividad económica inmediatamente después de la crisis, y a la vez aceleren la transición hacia economías resilientes, bajas en carbono y sociedades ricas en naturaleza.

Nos adherimos al llamado que varias organizaciones ambientales han realizado a los líderes para que tengan el coraje, la sabiduría y la previsión de aprovechar esta oportunidad para que los planes de recuperación económica sean transformadores, al invertir en las personas, la naturaleza y el desarrollo sostenible. Hoy es el momento de trabajar todos juntos para encontrar caminos innovadores que nos ayuden a salir de esta emergencia con un reinicio económico global. Las personas y la naturaleza deben estar en el centro de esta profunda transformación. La prosperidad para la gente y el planeta solo es posible si tomamos decisiones audaces hoy, de tal manera que las generaciones futuras puedan sobrevivir y prosperar en un mundo mejor.

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

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2020, un superaño

El coronavirus nos ha demostrado que es posible un cambio transformacional en el planeta

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 2 de abril de 2020 / 05:15

Los seres humanos dependemos de ecosistemas estables y saludables para nuestra supervivencia. Por eso, 2020 fue declarado por las Naciones Unidas y sus aliados como un “superaño” para la naturaleza y la biodiversidad, en el que los países deberían definir una agenda de acción ambiental para la próxima década. Sin embargo, el brote del Covid-19 ha paralizado al mundo, y aunque ha dado un respiro al planeta en términos ambientales, preocupa que en el corto/mediano plazo se tomen decisiones miopes que aumenten las emisiones de gases de efecto invernadero, y que se siga degradando la naturaleza a largo plazo.

Muchos coinciden en que la naturaleza nos está enviando un mensaje con la pandemia del Covid-19. Su surgimiento resulta de actividades humanas como la deforestación, la expansión de tierras agrícolas, el aumento de la caza, el comercio de vida silvestre. Actividades que están impulsando la pérdida de biodiversidad en el planeta y el cambio climático. Esta crisis también está evidenciando cuánto dependemos unos de otros, y que los seres humanos y la naturaleza formamos parte de un sistema interconectado.

Al mismo tiempo, el Covid-19 nos ha demostrado que es posible un cambio transformacional en el planeta. Durante los meses los cielos se han limpiado, la capa de ozono se está recuperando, y se ha reducido significativamente la emisión de gases de efecto invernadero, causantes del cambio climático. Es una señal de que un mundo diferente es posible. Esta es una oportunidad sin precedentes para alejarse del crecimiento no mitigado a toda costa; y de ofrecer un equilibrio duradero entre las personas, la prosperidad y nuestros límites planetarios.

Hoy urge tomar las medidas necesarias para salvar tantas vidas como sea posible y abordar los efectos devastadores en los medios de vida y la seguridad de las personas. Sin embargo, resulta importante reconocer que el planeta enfrenta una crisis más profunda y de más largo plazo, arraigada en una serie de desafíos globales interconectados. Además, existe la oportunidad de promover soluciones que reconstruyan vidas y estimulen la actividad económica inmediatamente después de la crisis, y a la vez aceleren la transición hacia economías resilientes, bajas en carbono y sociedades ricas en naturaleza.

Nos adherimos al llamado que varias organizaciones ambientales han realizado a los líderes para que tengan el coraje, la sabiduría y la previsión de aprovechar esta oportunidad para que los planes de recuperación económica sean transformadores, al invertir en las personas, la naturaleza y el desarrollo sostenible. Hoy es el momento de trabajar todos juntos para encontrar caminos innovadores que nos ayuden a salir de esta emergencia con un reinicio económico global. Las personas y la naturaleza deben estar en el centro de esta profunda transformación. La prosperidad para la gente y el planeta solo es posible si tomamos decisiones audaces hoy, de tal manera que las generaciones futuras puedan sobrevivir y prosperar en un mundo mejor.

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