Voces

lunes 17 may 2021 | Actualizado a 15:41

El silencio de las palabras

/ 31 de enero de 2021 / 00:22

El horóscopo chino anunciaba que el 2020 llegaba con la rata de metal: un nuevo gran ciclo, como el que vivimos el 1900, así, con sus turbulencias e inesperadas transformaciones. Vaya que sucedió. Pero no hace falta conocer ni creer en esta visión e interpretación china del tiempo. A estas alturas del 2021 quedó negro sobre blanco que ingresamos a un nuevo siglo y éste puso sobre la mesa un nuevo y desafiante gran capítulo de la historia universal.

Más allá de las consideraciones del debate científico sobre cómo actuar frente a esta pandemia, sale a flote la certeza de que esta enfermedad vehicula las fuerzas del poder y con ellas, los enormes desequilibrios económicos. Los núcleos políticos mundiales siguen ejerciendo la presión de sus respectivos intereses en su gestión de la enfermedad. A su vez, la economía del globo está siendo zarandeada por los vientos indolentes del sistema financiero predominante hasta quedar desnuda, sin escudos, sin un salvavidas que garantice un mínimo bienestar para las grandes mayorías. Hemos quedado a expensas de las medidas de un sistema sorprendido y acorralado. Estructuras estatales de todos los colores sumidas en múltiples crisis, empresas privadas en sus propios túneles sin luz, desigualdades obscenas en las cuatro esquinas, pobreza a secas a lo largo y ancho. Los medios de comunicación transmiten cifras, multiplican consignas, dan cuenta de las decisiones de autoridades, ponen gasolina a nuestros miedos. Las sociedades todas han sido sacudidas y no salen del aturdimiento.

Sin tardar, este sacudón llega a nuestras casas. Toca las puertas de nuestra intimidad. Toc, toc, toc. Y sin esperar, las abre de una patada. Nos encuentra con más o menos información, con más o menos consciencia, con más o menos vocación solidaria, con más o menos ahorros, con más o menos familiares vulnerables, con más o menos temores. Y promete dar lecciones.

Nuestro sistema de creencias amanece y anochece en un constante tambaleo. Nuestras economías familiares han sido perforadas. Nuestra salud tiembla bajo los truenos. Nuestro bienestar está en entredicho. Nuestros sueños quedaron suspendidos. En esta larga tormenta, ni los periódicos, ni los canales de televisión, ni las estaciones de radio, ni las redes, ni los discursos políticos ponen a nuestro alcance las palabras sanadoras. Esas que necesito para cerrar el abrazo a mi amiga del trabajo cuando despide a su mamá. Esas otras que quiero decir a mi hijo cuando su compañero de curso pierde a su padre. Y ésas que quisiera inventar para ese compañerito, niño que vi crecer y que hoy no tiene el abrazo de su papá. También las palabras para el mío, hace un año encerrado en un departamento viendo pasar un día después del otro, arrancado de todo, ahuyentando la tristeza. Nadie me regala las palabras que me hagan entender la partida de un amigo/hermano que se fue en estos días y que a fin de año había sellado en la pantalla de mi teléfono un: “Abrazo y donde sea que nos encuentre el año, estaremos en la misma trinchera”. ¿Y quién inventa las palabras portadoras de los nuevos sentidos que hacen falta para seguir respirando? ¿Quién escribe en una pared cómo hacemos para amanecer con tanto en contra? ¿Dónde se fueron las palabras que nos hagan sentir que todo es posible? No tenemos las letras suficientes para tejer y abrigarnos del frío en el que nos dejan los que se van. No hay mantas que reemplacen la piel de nuestro ser querido, el trabajo del cineasta que nos marcó, la agudeza del autor que nos esculpió, la urgencia del poeta que inventó mundos para hacernos más felices, el trazo de la mano creadora que se acaba de despedir. Estamos inertes frente a la foto de periódico del empresario que admiramos, impotentes vemos a los hijos de aquella mujer humilde que se fue en medio de sus carencias, mudos quedamos frente al líder indígena que se fue pateando el racismo. Día tras día sabemos que mueren más. Personas con nombre y sin nombre que componen las cifras de la pandemia. Números vacíos que dejan las plazas sin alma. Números que no saben contar el dolor de las ausencias, no saben traducir la pena.

Habrá que imaginar nuevas letras para inaugurar un nuevo abecedario. Uno capaz de parir las palabras que nos hagan entender lo que estamos viviendo, lo que estamos muriendo. Habrá que moldear nacientes sentidos que nos ayuden a pararnos, que acaricien nuestros corazones que quieren con todas sus fuerzas seguir latiendo.

Mundo perplejo. Mundo con barbijo. Mundo sin sonrisa. Mundo sin palabras.

        Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La danza del periodismo

/ 9 de mayo de 2021 / 00:44

Que no les engañe el título de esta columna. Cuando digo danza del periodismo no hablo de periodistas que salen de las redacciones al final de la tarde para unirse a los bloqueos en las calles o para apoyar desde sus cuentas personales consignas partidarias y vuelven al día siguiente a sus escritorios para escribir las noticias; menos de periodistas que abrigan sus frustraciones personales o sus dolores íntimos con un falso afán por ser crítico al poder de turno; todavía menos de estructuras periodísticas que danzan al ritmo de sus intereses propietarios torciendo titulares o encuestas según antojos del dueño; todavía menos de asociaciones de periodistas que felicitan solo a los periodistas para ellos “independientes” en el Día Internacional de la Libertad de Prensa.

Cuando digo “danza del periodismo” pienso primero en la vieja radio a pilas de mi abuelo protegida en su forro de cuero marrón. Pienso en la autoridad de ese locutor que le puso banda sonora a mi infancia, en las radionovelas con actuaciones en directo. Pienso en el aparatoso televisor que solo servía desde las seis de la tarde; ese que mostraba la realidad colorida en blanco y negro; ese que solo tenía un canal en el abanico de opciones. Pienso en el periódico gran formato, registro por excelencia de la información relevante, en las lecturas largas y casi obligatorias que se corregían en artesanales talleres hasta la madrugada. Y son impresionantes los giros hasta llegar a este tiempo vestido de pandemia.

Pese a los saltos tecnológicos en los tres soportes mediáticos, nada fue tan revolucionario como la llegada del universo digital. Qué baile. Difícil de comprender su omnipresencia en los años iniciales. Llegó para quedarse, para atravesarlo todo e inaugurar una dimensión que puso a la radio, televisión y prensa entre sus silenciosos dedos. Con esta revolución inédita, nuestros cotidianos se vieron obligados a pensarlo todo diferente. Hoy, contar con señal en el teléfono es tan urgente como tener agua o electricidad. Así las cosas, inevitable fue el sacudón rockero del esqueleto periodístico. Periódicos, canales de Tv y estaciones de radio a la piscina digital aprendiendo a concebir la vida en constante metamorfosis. Los pasos son agigantados: se entrevista desde el escritorio; se sabe de las fuentes por sus trinos en Twitter; las calles comparten espacios de lucha con las anónimas e impunes voces de las redes sociales; no hay historia sin imagen; no hay noticia sin video; no hay fiesta sin música. La policía digital llegó a contar las palabras e imponer el Padre Nuestro de lo corto, lo impactante, lo que jale audiencias y tráfico en los infinitos pasillos digitales. Son los hilos que hacen mover la publicidad, por lo tanto los ingresos de los medios, por lo tanto las clásicas formas de medir audiencias también deben seguir al mono mayor, el mono digital, el mono con navaja. El movimiento es tan continuo que no se ve con claridad la forma de los periodismos a los que la sociedad está dando vida. Los periodistas tienen más herramientas en sus manos pero más pistas simultáneas del espectáculo mediático en las que deben ensayar sus acrobacias. Si hasta aquí no sienten mareo, vamos por ciertos actores que van, como canta Fito Páez, al lado del camino: las empresas que viven de la promesa de la gestión comunicacional eficiente y una buena relación con los medios. Para los periodistas esto significa relacionarse pacientemente con los experiodistas o comunicadores que median entre las fuentes y los medios: visitas van, explicaciones de las crisis vienen, pedidos de notas van, contenidos enlatados por estos mediadores vienen, búsquedas de información periodística van, intentos de controlar la buena imagen del cliente vienen… Sin darnos cuenta hay un encargado de prensa en casa, una empresa de comunicación estratégica al frente, un relacionista público al lado, un consejero que sabe de medios a mano y un ratoncito que toca el tambor.

¿Que no se sienten del todo mareados? Vamos a darle un vistazo a las otras piezas del rompepaciencias: los diseños “amigables” que amputan el metraje de una buena nota, los tips de los expertos para que el producto/mercancía periodística navegue bien en el mar digital, el recorte del papel por la crisis económica, el recorte de los títulos, el recorte presupuestario de las salas de redacción, el recorte de los horarios de cierre de edición, los pedidos de las empresas que no quieren publicidades explícitas sino contenidos publicitarios con careta informativa, influencers, Twitter, streamings, Facebook, likes, hashtags, Tom y Jerry, my name is Claudia…

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de Arminda

/ 24 de abril de 2021 / 22:53

Arminda ingresó a la agenda mediática por el pasillo de la burla. Muchas voces que desde las redes difundían imágenes de la nueva Directora Ejecutiva de la Administración de Aeropuertos y Servicios Auxiliares a la Navegación Aérea (AASANA) denunciaban escandalizadas un doble pecado: ser mujer y ser de pollera. A esta primera crítica se sumaban comentarios envenenados de desprecio que “ponían al descubierto” el obscuro pasado de la flamante autoridad: ser ayudante de almacén, ser secretaria… No faltó el titular de un medio que se quiere independiente: “De ayudante de almacén a Directora Ejecutiva de AASANA”. Como el bullying fue tan sonado en estas redes para pescar víctimas del odio, el programa streaming Piedra, papel y tinta la invitó para conocer más sobre tan incómoda nueva autoridad, ya que las organizaciones defensoras de los derechos de las mujeres miraban para otro lado. Despistes de manual.

Arminda Choque llegó a la montaña donde anidan nuestros equipos periodísticos y respondió a las preguntas sobre su experiencia laboral en AASANA y sobre parte de su vida personal. El primer dato que saltó a la vista fue su humildad y una timidez indisimulable. La cuestionada Directora decidió presentarse toda de café: blusa de tejido de hilo manga corta, pollera corta a lo cochala, no llevaba maquillaje pero daban luz a su rostro unos pendientes plateados coquetos con una piedra violeta y sus largas trenzas negras le caían disciplinadas sobre la espalda. Comenzamos la transmisión. A una de las primera preguntas respondió sin tapujos: “Yo soy del MAS. (…) Eso es democracia. (…) Si uno cree en algo luchará por ese pensamiento”. Nos enteramos enseguida que Choque ingresa a AASANA ya con un título bajo el brazo: secretaria técnico medio. Con esa herramienta le dan trabajo como ayudante en almacén (que no es cargar cajas como la acusaron en redes sino administrar información en sistemas); tiempo después asciende a secretaria de navegación (ámbito que requiere un notable manejo técnico). Paralelamente a esta etapa, la cochabambina inicia sus estudios en derecho en la Universidad Mayor de San Simón. La fórmula es muy simple: se trabaja de día y se estudia de noche. Hija de madre soltera, esta chola del trópico tiene que pagar sus estudios y sus gastos con su salario; hoy madre del pequeño Antonio, le toca defender su fuente de trabajo y su nombre del bullicio de las redes sociales que pegaron el grito al cielo cuando supieron de la designación. Pasan los minutos y van disminuyendo los nervios de la entrevistada ante nuestras cámaras; cuenta que postuló a un cargo de responsabilidad en Recursos Humanos en la misma AASANA aclarando orgullosa que previamente hizo un diplomado en el área, en la Universidad Privada de Bolivia, entre otros cursos. Dice que le fue bien en esta tarea. Añade que es bastante tiempo después que la invitan a asumir la función de Directora Ejecutiva de la institución y que el mayor reto hoy es enfrentar la crisis económica heredada de la pandemia. Mientras le hacía esta pregunta pensé que el tiempo y su gestión dirán si tendrá buenos, regulares, malos o pésimos resultados, pero que es injusto, discriminador, mezquino y odiador sentenciar su desempeño porque es mujer de pollera o porque fue ayudante de almacén hace doce años. Arminda también lo cree: “Pensé que ya habíamos superado el juzgar por cómo viste una persona”. “No soy la única abogada de pollera”. Pero de repente sí es la única abogada de Carrasco, rincón perdido del trópico cochabambino. Allí comenzó su educación, en un “núcleo” (sistema de educación para los lugares alejados, con un solo profesor), donde ya soñaba con ser profesional. Vaya atrevimiento para una niña del campo hija de una agricultora entregada a frutas como copuazú, naranja y papaya. La niña soñó y pudo finalmente ir a estudiar a una escuela de pueblo que tenía tablas en lugar de pupitres, todo un lujo (aunque los docentes se perdían una semana cuando iban a la ciudad a cobrar sus sueldos o se perdían más tiempo si se declaraba un paro y así la educación de Arminda se paralizaba durante meses). “Contra todo eso estoy acá”, dice sonriendo.

Quedan tres minutos de entrevista y coincidimos con la directora Choque en que vestir pollera, hablar quechua (aunque ella hable castellano y algo de inglés) es exponerse a la discriminación y a los insultos que en ese mismo instante dejaban en el chat público varias personas que miraban la entrevista y la llamaban incapaz e ignorante. Para terminar de provocar, la invité a despedirse en quechua; fue cuando Arminda se empoderó visiblemente ante las cámaras y les dijo a sus pares que no se dejen discriminar. Los intelectuales de mala ortografía, las citadinas dolidas de ver a una mujer de pollera en la cabeza de AASANA y los valientes que insultan desde sus teléfonos no comprendieron el mensaje. Basta que hayan comprendido otras cholas quechuahablantes y quechuasintientes que en ese momento la veían desafiar a la Bolivia de 2021 desde la cima de sus ganas de seguir. ¡Jallalla las mujeres de pollera!

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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De tigres pititas y tigres masistas

/ 10 de abril de 2021 / 22:35

Preludio: el 8 de abril, a las 8h45 se va Berta, la madre de la exdiputada masista en la línea de sucesión constitucional (antes que Áñez) a la presidencia, Susana Rivero. A las dos horas se va el hermano de Berta Guzmán, padre del ministro de Áñez, hoy preso, Rodrigo Guzmán. En dos horas Bolivia se sintetiza ante nuestros ojos.

El mismo 8 de abril. Un Achumani soleado cae sobre el estadio del Club The Strongest y las montañas paceñas parecen querer abrazar a los muchos invitados que llegaron a la celebración del 113 aniversario de Los más fuertes.

Este año se sopla la vela con dos vientos diferentes: el primero es la alegría del reencuentro. La pandemia que nos tiene arrinconados por el miedo de la frontera entre la vida y la muerte también ha rediseñado nuestra normalidad: confinamiento, barbijos cubresonrisas, distanciamiento, lluvia de alcohol, el temor de la cercanía de ese otro u otra. Sin embargo, cuando los tigres incondicionales llegan a su campo deportivo y se encuentran con sus pares, nada detiene el abrazo abarbijado; estos barbijos no saben ocultar las lágrimas que humedecen las miradas del reencuentro. Así se encontró mi papá, stronguista desde sus dos años por decisión de mis abuelos, con el gran jugador que se salvó de morir en el accidente aéreo de Viloco (dejándonos vacíos de nuestro equipo y haciéndonos así resilientes a lo peor). Néstor Benavente se abraza con Rolando Vargas, El Perro, mientras la banda de la Policía nos hace vibrar con la melodía de Collita. Este momento no tiene precio.

El segundo viento es el que se niega a llevarse las cenizas del quiebre institucional y peor aún, el quiebre social que también nos ha arrinconado en el miedo, el odio y el racismo desde la crisis poselectoral de 2019. Los policías no están agitando sus armas sobre los techos de sus regimientos, las cambiaron por sus instrumentos musicales y hoy están tocando las cuerdas de nuestros corazones paceños. Llega el presidente Luis Arce y está sentado al lado de las principales autoridades del Club y del alcalde Luis Revilla. Los dos resultaron ser poderosos stronguistas. Minutos después, cuando Arce recibe la distinción, una señora muy elegante de la fila de atrás le dice a su amiga de gafas de sol: “Para qué lo invitan a él”. Cuando, acto seguido, Revilla recibe la misma distinción, la misma voz comenta airosa: “A él sí”. A él, no; a él sí. ¿Pensarán lo mismo pero a la inversa las autoridades de sombrero, ponchos y chicotes en el pecho que miran todo de parados pero juntos, rodeando a la única mujer de pollera que los acompaña? ¿Por qué estos representantes indígenas no se sientan al lado de los invitados citadinos menos morenos? Me paro y les pregunto de dónde vienen y si son atigrados. “De Río Abajo” y “claro” son las dos respuestas. Ellos sí intentan acercarse al Presidente cuando sale a todo vapor perseguido por los lentes mediáticos. No logran saludarlo. Se quedan en su cancha a saborear una brocheta de carne.

Pese a las fronteras invisibles e injustas en medio de ese terreno de fútbol cumpleañero que finalmente nos reúne a moros y cristianos en la panza de mi tierno Tigre unificador, nadie grita “Bolivia dijo no”, nadie grita “Ahora sí, guerra civil”, nadie grita “Evo de nuevo, huevo carajo”. El tricampeón del fútbol boliviano ha logrado juntar a un presidente masista, a un alcalde solboísta, a un ministro masista, a un exviceministro añista, a señoras pititas, a indígenas de Río Abajo, a jugadores de todas las edades, a periodistas de todos los colores, a atigrados de todos los rincones. Pero no hay reconciliación, mi Tigre lo sabe porque no se miente. La muerte espera justicia, las heridas siguen abiertas, los temores se cruzan en la otredad, el racismo se pasea. Mi Tigre lo sabe y sabiéndolo nos abraza a todos entre sus amorosas patas tibias, nos pega a su cuerpo que conoce de heridas, que mordió derrotas, pero sobre todo que logra pararse cuando todo parece perdido y cortado con la muerte de los hermanos. Sobre su pelaje oro y negro nadie se atreve a decir “guerra civil”, nadie se atreve a decir “Evo de nuevo, huevo carajo”. La reconciliación no está cerca pero esa cancha de fútbol me hace gritar “¡Viiiivaaaaa el Strongest” mientras mi corazón me susurra “Viva Bolivia, carajo”.

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Poderosas y zorras

/ 28 de marzo de 2021 / 01:01

El Embajador de Francia tuvo el lindo gesto de enviarme el libro Femmes puissantes (Mujeres poderosas) de la periodista y feminista confesa Léa Salamé. A los pocos días, uno de mis mejores amigos me regaló Zorras, de otra periodista y escritora especializada en sexualidad, Noemí Casquet, quien también publicó Mala mujer. ¿Cuál leo primero? En eso llega a las oficinas del diario Nuevo mapa de actores en Bolivia, una última publicación de la fundación alemana Friedrich Ebert coordinada por Jan Souverain y José Luis Exeni. Ante la sed de comprender lo sucedido en el país desde las elecciones anuladas de 2019 decidí que las poderosas y las zorras tendrían que esperar. Como periodista, me fui corriendo al capítulo firmado por Susana Bejarano y Fernando Molina, La transformación restauradora del campo mediático: el alineamiento de los medios de comunicación con el bloque de poder postevista en noviembre de 2019. El título ya presenta el desenlace de un fenómeno que trae pocas sorpresas. El texto describe el campo mediático antes de la ruptura de 2019, identifica el nuevo bloque de poder nacido de la convulsión, analiza la reacción de los agentes mediáticos y marca los efectos de la tormenta política en el campo periodístico. El centro del estudio son los impresos bolivianos.

Como parte de LA RAZÓN, me intereso, subrayo y comparto aquí lo que toca a los impresos. En el estudio se hace referencia a que justo en los días posteriores a la asunción de Jeanine Áñez, el sindicato de LARAZÓN resiste la línea editorial de su medio y exige el despido de la directora Claudia Benavente. No es todo. “Los periodistas de este medio se expresaron públicamente en contra de su colega, el caricaturista Alejandro Salazar, lo que determinó que éste renunciara a su puesto”. Lo anterior es parte de los elementos que llevan a Bejarano y Molina a deducir que el cambio de la situación política nacional generó “el silenciamiento de los periodistas más relacionados con el régimen caído y la emergencia de la verdadera lealtad de clase de los demás”. Los autores siguen: “Los huelguistas de LA RAZÓN creyeron que este periódico cambiaría prontamente de dueños, toda vez que el empresario Carlos Gill estaba siendo investigado por sus relaciones con el gobierno de Morales”. Después de esta metamorfosis y mientras varios medios “cambiaron su línea editorial en 180 grados (…), LA RAZÓN mantuvo su perfil previo, por lo que su crisis interna se tornó crónica”.

Paralelamente, el periódico paceño Página Siete, señala el artículo, “a despecho de su escasa lectoría” empezó a desempeñar un papel clave en ese momento: auspiciaba encuestas electorales en las que el MAS siempre aparecía con una intención de voto menor a la que le daban otras empresas, “buscaba inducir a sus lectores a considerar los resultados finales del Tribunal Electoral como falsos, lo fueran o no”. El diario no estaba solo, detalla el estudio: la mayoría de ellos no dudó del fraude electoral, pero “Página Siete fue el medio que más extremó esta tendencia”. Con el gobierno de Áñez, sigue el análisis, Página Siete apoyó fervientemente al nuevo régimen e hicieron, con la mayoría de sus columnistas, una sistemática campaña para que no se asocie al nuevo gobierno con un golpe de Estado, llegando a despedir a la columnista María Galindo, una voz enfrentada contra el nuevo oficialismo. Mitificaron la revolución de los “pititas” con todo un libro. El apoyo mediático llegó a justificar la represión ejecutada por el gobierno. Sobre la caída del muro de la planta de Senkata en El Alto, “todos los medios, excepto LA RAZÓN, dijeron que el mismo fue volado con dinamita”. Ninguno se preguntó por qué la supuesta explosión no causó un hueco en la pared. El atentado dinamitero repetido en los medios permitió después hablar de terrorismo. “El único medio nacional que entrevistó a los protagonistas en los días inmediatamente posteriores a los hechos e incorporó su versión a los reportes que hizo fue LA RAZÓN” y más tarde “la inmensa mayoría de los grandes medios bolivianos, con la sola excepción de LA RAZÓN, no dio realce a las declaraciones de los afectados por las masacres a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos”.

La cereza de otro pastel: Ninguna asociación periodística protestó porque las cadenas Telesur y Russia Today fueran suspendidas de todos los servicios de cable del país.

Moraleja de este pastel: Más vale estar solo que mal acompañado.

Postdata: Ahora sí toca leer Zorras y Mujeres poderosas. El orden es lo de menos, la satisfacción es lo de más.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Mili y Pili

/ 14 de marzo de 2021 / 00:40

“Estoy más despistado que milico en biblioteca” dice el Papirri en su canción Un kusillo en Nottingham. Y claro, las dictaduras militares en nuestra casa latinoamericana pisotearon con sus pesadas botas las ganas de dibujar nuestros modelos de democracias impulsadas por fuerzas políticas extranjeras y engordadas por doctrinas simples y pobres de lo que para ellos es la patria. Mucho himno, mucha bandera, uniforme de gala, uniforme para la guerra, uniforme para trotar, gorrito con escudo, gorrito coqueto, casco para reprimir, accesorios de metal, balas por estrenar, botitas relucientes, todo en filas, todo a los gritos, cero ternura, cero derechos humanos, cero swing. La Policía, en más de un episodio de nuestras historias mestizas, se mostró como la hermana gemela, otra pero tan parecida. Como las gemelas españolas Mili y Pili, amorosas e imperfectas. Después de todo, inseparables.

Así, los copiados edificios de nuestras democracias, mitad calcados de los modelos todavía dominantes, mitad inspiradas en este continente moreno y sufrido, están esperando una respuesta inteligente y contemporánea sobre las fuerzas armadas y las fuerzas policiales a las que les podremos confiar no solo el orden, la seguridad sino la garantía del cumplimiento de nuestros derechos básicos. Pero la respuesta está en camino: hay borroneadas propuestas, gestos militares o policiales de transformación aislados, guiños individuales, hay deseos. El desafío es doble porque cualquier respuesta tiene primero que pasar por el diván de su estelar participación en las dictaduras y someterse al confesionario del pueblo. Las muertes, las torturas, las violaciones, el abuso o el racismo no se limpian con un patriota discurso en uniforme bien planchado.

La democracia boliviana plantea, a un año y tres meses de la sugerencia de renuncia del entonces presidente Evo Morales por parte del Comandante de las Fuerzas Armadas, la lucha de narrativas sobre “el golpe de Estado” o “la recuperación de la democracia” que hoy se debate esencialmente en los medios y redes. Lucha todavía por escribirse que, al margen de las posiciones, no puede mantener el antifaz al papel nuevamente protagónico y abusivo de militares y policías en la crisis poselectoral de 2019. 

La semana pasada la Fiscalía libró una orden de apremio contra Williams Kaliman y Sergio Orellana, excomandantes de las Fuerzas Armadas y contra Yuri Calderón, excomandante de la Policía por el caso de la renuncia de Evo Morales iniciado por la exdiputada del MAS Lidia Patty contra Luis Fernando Camacho y su padre, entre otros. No son actores aislados y hoy estamos llamados a leer con mayor claridad la renuncia de Morales asfixiado por protestas cívicas, motines policiales y la sugerencia de renuncia de las FFAA, a lo que se suma un todavía debatido informe de la OEA sobre las denuncias de fraude electoral, de acuerdo. Pero que la complejidad de esa ruptura institucional y de país no nuble los procesos que están llamados a esclarecer y sancionar las muertes bajo represión militar y policial. Sacaba, Senkata, Huayllani.

Por lo anterior y porque vivir la llegada de la pandemia bordada a mano dura por militares y policiales en las calles no fue el mejor escenario; porque ver sus helicópteros y tanques recorrer nuestros cotidianos golpeados por la cuarentena, la crisis económica y el miedo a la muerte es un amargo recuerdo del gobierno de la segunda mujer presidenta en el país; porque sus lógicas arbitrarias contagiaron a ciudadanos a detener nuestros vehículos para inspeccionarlos y someternos a interrogatorios antes de acceder a un determinado barrio; porque abonaron el miedo en los dos polos enfrentados en Bolivia, cae como bomba que esta semana Amparo Carvajal, presidenta de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, pida defender a los policías y militares investigados por los hechos de octubre y noviembre de 2019.

Sobre las masacres: no se mataron entre ellos, como afirmó Arturo Murillo, ministro de Gobierno de Áñez. Los mataron. Los mataron disparando por la espalda, los mataron disparando desde helicópteros, los mataron bajo la ausencia de periodistas y un ruidoso silencio de gran parte de los medios, los mataron en circunstancias que hoy se investigan. Pero los mataron. Y te están buscando, matador. Que te encuentren, que te pregunten, que te investiguen y que sea sin revanchismo político, sin mala fe, que sea conforme al cumplimiento equilibrado de la Justicia, que sea respetando tus derechos y respetando los derechos de tus compatriotas hoy ausentes.

   Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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