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miércoles 14 abr 2021 | Actualizado a 01:24

El plan económico republicano es un insulto

No se trata de una oferta para hacer concesiones, sino de una exigencia de rendición casi total.

/ 3 de febrero de 2021 / 01:02

Así que 10 senadores republicanos proponen un paquete económico que se supone que es una alternativa al Plan de Rescate Estadounidense del presidente Joe Biden. Se dice que la propuesta solo sería de una fracción del tamaño del plan de Biden y, en aspectos importantes, le quitaría toda la sustancia al alivio económico. Sin embargo, los republicanos quieren que Biden ceda a sus deseos en nombre del bipartidismo. ¿Debería hacerlo? No, no, 1,9 billones de veces no.

No es solo que lo que sabemos de la propuesta del Partido Republicano indique que es bastante inadecuada para una nación que sigue asolada por la pandemia de coronavirus. Más allá de eso, por su conducta los republicanos perdieron todo derecho a pedir bipartidismo, o incluso a que se les conceda cualquier presunción de buena fe.

Empecemos por el fondo. Desde cualquier punto de vista, enero fue el peor mes de la pandemia hasta ahora. Más de 95.000 estadounidenses murieron de COVID-19; las hospitalizaciones siguen siendo mucho más altas que en los picos anteriores.

Es cierto que por fin se vislumbra el final de la pesadilla. Si todo va bien, en algún momento de este año la cantidad de personas vacunadas será suficiente para alcanzar la inmunidad de grupo, la pandemia se desvanecerá y se podrá reanudar la vida normal. Y mientras tanto, vamos a tener que seguir con un cierre parcial. Y la continuación del cierre impondrá muchas dificultades financieras. El desempleo seguirá siendo muy alto; millones de empresas lucharán para mantenerse a flote.

Por ende, lo que necesitamos es una ayuda para el desastre que les permita a los estadounidenses afectados superar los duros meses que se avecinan. Y eso es lo que haría el plan de Biden.

No obstante, los republicanos quieren destripar este plan. Se proponen disminuir la asistencia adicional para los desempleados y, lo que es más importante, cortar esa ayuda en junio, mucho antes de que podamos volver al pleno empleo. Se proponen eliminar cientos de miles de millones en asistencia para los gobiernos estatales y locales. Quieren eliminar la asistencia para los menores. Y así sucesivamente.

No se trata de una oferta para hacer concesiones, sino de una exigencia de rendición casi total. Y las consecuencias serían demoledoras si los demócratas cedieran.

¿Pero qué pasa con el bipartidismo? Como diría Biden: “Hombre, por favor”. En primer lugar, un partido no puede exigir bipartidismo cuando muchos de sus representantes siguen sin reconocer que Biden ganó de manera legítima e incluso los que al fin reconocieron la victoria de Biden se pasaron semanas siguiéndole la corriente a afirmaciones infundadas de una elección robada.

Las quejas de que sería “divisorio” por parte de los demócratas aprobar un proyecto de ley de alivio en una votación de línea de partido, utilizando la reconciliación para evitar el filibusterismo, también son bastante irrisorias viniendo de un partido que hizo exactamente lo mismo en 2017, cuando promulgó un gran recorte de impuestos, una legislación que, a diferencia del alivio de la pandemia, no era una respuesta a ninguna crisis evidente, sino que solo era parte de una lista de deseos conservadora. Y cuando un partido intenta aplicar políticas con un apoyo público abrumador mientras el otro se opone a ellas, ¿quién es con exactitud el que divide?

Esperen, hay más. Todo el mundo sabía que los republicanos, a quienes de la noche a la mañana dejaron de preocuparles los déficits cuando Donald Trump asumió el cargo, redescubrirían de repente los horrores de la deuda pública cuando Joe Biden llegara al poder. Lo que ni siquiera yo esperaba era verlos quejarse de que el plan de Biden da demasiada ayuda a las familias relativamente acomodadas.

De nuevo, consideren el recorte de impuestos de 2017. Según el Centro de Política Fiscal, que es apartidista, ese proyecto de ley les daba el 79% de sus beneficios a las personas que ganan más de $us 100.000 al año. Dio más a los estadounidenses con ingresos superiores al millón de dólares, apenas el 0,4% de los contribuyentes, que la exención fiscal total para quienes viven con menos de $us 75.000 al año, es decir, la mayoría de la población. ¿Y ahora los republicanos dicen preocuparse por la equidad?

En resumen, todo en esta contraoferta republicana apesta a mala fe, el mismo tipo de mala fe que el Partido Republicano mostró en 2009 cuando intentó bloquear los esfuerzos del presidente Barack Obama para rescatar la economía tras la crisis financiera de 2008.

Por desgracia, Obama no supo captar la naturaleza de su oposición y suavizó sus políticas en un vano intento de ganarse el apoyo del partido opositor. Esta vez, parece que los demócratas entienden que es una trampa y no se dejarán engañar de nuevo.

Así que está bien que Biden hable con los republicanos y los escuche. Pero, ¿debería hacer alguna concesión sustancial para intentar ganárselos? ¿Debería dejar que las negociaciones con los republicanos retrasen la aprobación de su plan de rescate? En absoluto. Solo tiene que lograr su aprobación.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.    

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¿Por qué los republicanos no son populistas?

/ 3 de abril de 2021 / 01:24

El Plan de Rescate Estadounidense del presidente Joe Biden es tremendamente popular, incluso entre los electores republicanos. Aún no tenemos información exacta sobre la próxima iniciativa demócrata, pero es posible que tenga buenos resultados en las encuestas porque combinará una inversión importante en infraestructura y aumentos en los impuestos para las corporaciones y los ricos. Ambos temas son muy populares.

Sin embargo, al igual que el plan de rescate, lo más probable es que el próximo plan tampoco obtenga un solo voto republicano en el Congreso. ¿Por qué los republicanos electos siguen tan comprometidos con las políticas económicas de la derecha que ayudan a los ricos mientras timan a la clase trabajadora?

Al igual que muchos observadores, solía pensar en un modelo del Partido Republicano parecido al que se presenta en What’s the matter with Kansas?Es decir que, al igual que Thomas Frank, autor del libro de 2004 que lleva ese título yo en esencia veía al Partido Republicano como una empresa dirigida por y para plutócratas, gestionada para ganar elecciones al aprovecharse de las quejas culturales y la hostilidad racial de los blancos de la clase trabajadora. Pero, la intolerancia solía ser un espectáculo para la plebe; el partido regresaba a sus prioridades a favor de los ricos después de que terminaban las elecciones.

Puede que los multimillonarios hayan puesto al Partido Republicano en la vía del extremismo, pero es evidente que perdieron el control de las fuerzas que conjuraron. El Partido Republicano ya no puede guardar la intolerancia en un cajón, después de cada elección, para enfocarse en sus asuntos importantes como el recorte de impuestos y la desregulación. En cambio, ahora los extremistas son los que mandan. A pesar de una derrota electoral y una insurrección violenta, lo que queda de la vieja clase dominante republicana se ha degradado en el altar del trumpismo.

Sin embargo, aunque el poder en el Partido Republicano se ha alejado casi por completo de la clase dirigente conservadora, el partido sigue comprometido con una ideología económica de recortes de impuestos y gasto. Y no resulta evidente por qué. Cuando Donald Trump avasalló a los candidatos de la clase dirigente en 2016, parecía posible que llevara a su partido hacia lo que algunos políticos denominaron “democracia de Herrenvolk”, en la que las políticas públicas son realmente populistas e incluso igualitarias, pero solo para los miembros de los grupos raciales y étnicos adecuados.

Como candidato, Trump a menudo sonaba como si quisiera ir en esa dirección y prometía no disminuir las prestaciones sociales, así como comenzar un enorme programa de infraestructura. De haber cumplido esas promesas y mostrado una pizca de populismo verdadero, tal vez seguiría siendo presidente. Sin embargo, en la práctica su recorte de impuestos y su intento fallido de revocar Obamacare se apegaron por completo al manual de estrategias conservadoras de siempre. La excepción que confirma la regla fue la política agrícola de Trump, que incluyó enormes subsidios para los agricultores a los que afectó su guerra comercial, pero se las ingenió para entregárselos casi todos a los blancos.

¿Acaso la continuación de políticas económicas impopulares que hizo Trump fue solo un reflejo de su ignorancia personal y falta de interés en el trasfondo de las políticas? Los acontecimientos ocurridos desde las elecciones sugieren que no. Ya mencioné la alineación de la oposición republicana contra el paquete de asistencia de Biden. El rechazo al populismo económico también se ve a nivel estatal. Piensen en Misuri. Uno de sus senadores, Josh Hawley, declaró que los republicanos deberían ser “un partido de la clase trabajadora, no un partido de Wall Street”. Sin embargo, los republicanos en la legislatura estatal acaban de bloquear el financiamiento para expandir Medicaid que tendría un costo muy bajo para el Estado y que ya había aprobado la mayoría de los electores.

¿Qué está pasando? Sospecho que la ausencia de populismo verdadero en la derecha tiene mucho que ver con la cerrazón de mente de la derecha: puede que la clase dirigente conservadora haya perdido poder, pero sus esbirros siguen siendo los únicos en el Partido Republicano que saben algo sobre políticas públicas. Y es posible que los grandes capitales todavía compren influencia incluso en un partido cuya fuerza proviene en su mayoría de la intolerancia y el odio. En todo caso, por ahora los políticos republicanos les están haciendo un gran favor a los demócratas, al aferrarse a ideas económicas desacreditadas que ni sus seguidores aprueban.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times

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Una bizarra espiral negativa

La respuesta republicana a la derrota electoral es intentar amañar las próximas elecciones en Estados Unidos.

/ 1 de febrero de 2021 / 00:16

Esto es lo que sabemos de la política estadounidense: el Partido Republicano está atrapado, quizá de manera irreversible, en una bizarra espiral negativa. Si la insurrección del Capitolio provocada por Trump no le devolvió la cordura al partido —y no fue así—, nada lo hará.

Lo que no está claro todavía es quién, exactamente, acabará enfrentándose a la perdición. ¿Será el Partido Republicano como una fuerza política importante? ¿O será Estados Unidos tal y como lo conocemos? Por desgracia, no sabemos la respuesta. Depende mucho del éxito que tengan los republicanos en la supresión de votos.

Sobre lo bizarro: incluso a mí me quedaba algo de esperanza de que la clase dominante republicana pudiera intentar acabar con el trumpismo. Pero esas esperanzas murieron esta semana. En otras palabras, el liderazgo nacional del Partido Republicano, después de coquetear por poco tiempo con el sentido común, se ha dejado llevar por las fantasías de los extremistas. La cobardía manda.

Y los extremistas están consolidando su dominio a nivel estatal. El partido estatal de Arizona censuró al gobernador republicano por el pecado de intentar contener el coronavirus de manera tardía. El Partido Republicano de Texas adoptó el lema “Somos la tormenta”, que se asocia con QAnon, aunque el partido niega haber tenido la intención de establecer un vínculo. Los republicanos de Oregon apoyan la afirmación carente de todo fundamento, contradicha por los propios alborotadores, de que el ataque al Capitolio fue una operación de bandera falsa ejecutada por la izquierda.

¿Cómo le sucedió esto al partido de Dwight Eisenhower? Los politólogos sostienen que las fuerzas tradicionales de la moderación se han debilitado por factores como la nacionalización de la política y el auge de los medios de comunicación partidistas, en particular Fox News.

Esto ha abierto la puerta a un proceso de extremismo que se refuerza a sí mismo (algo que, por cierto, he visto que ocurre en menor proporción en algunos ámbitos académicos). A medida que los partidarios de la línea dura ganan poder adentro de un grupo, expulsan a los moderados, entonces, lo que queda del grupo es aún más extremo, lo cual saca del grupo incluso a más moderados y así sucesivamente. Un partido comienza quejándose de que los impuestos son demasiado altos; al cabo de un tiempo, empieza a afirmar que el cambio climático es un gigantesco engaño y acaba creyendo que todos los demócratas son pedófilos satánicos.

Este proceso de radicalización comenzó mucho antes de Donald Trump; se remonta al menos a la toma del poder del Congreso por parte de Newt Gingrich en 1994. No obstante, el reino de la corrupción y las mentiras de Trump, seguido por su negativa a aceptar la derrota y su intento por anular los resultados de las elecciones, lo llevó a un punto crítico. Y la cobardía de la clase dominante republicana ha acabado por reforzarlo. Uno de los dos principales partidos políticos de Estados Unidos se ha separado de los hechos, la lógica y la democracia, y no dará marcha atrás.

¿Qué pasará ahora? Se podría pensar que un partido que se va al garete en lo moral e intelectual se encontraría también en el garete político. Y eso es lo que ha ocurrido en algunos estados. Esos fantasiosos republicanos de Oregon, que llevan fuera del poder desde 2013, parecen seguir el camino de sus colegas de California, un partido antaño poderoso reducido a la impotencia frente a una supermayoría demócrata.

Pero no está nada claro que esto vaya a ocurrir a nivel nacional. Es cierto que, a medida que los republicanos se han vuelto más extremistas, han perdido un amplio apoyo; el Partido Republicano solo ha ganado el voto popular para la presidencia en una ocasión desde 1988 y la victoria de 2004 fue un caso atípico influido por los efectos duraderos del patriotismo emanado del 11 de septiembre.

Sin embargo, debido a la naturaleza poco representativa de nuestro sistema electoral, los republicanos pueden alcanzar el poder aunque pierdan el voto popular. La mayoría del electorado rechazó a Trump en 2016, pero se convirtió en presidente de todos modos y estuvo bastante cerca de conseguirlo en 2020 a pesar de un déficit de siete millones de votos. El Senado está dividido de manera uniforme a pesar de que los miembros demócratas representan a 41 millones de personas más que los republicanos.

Además, la respuesta republicana a la derrota electoral no es cambiar las políticas para convencer a los votantes, sino intentar amañar las próximas elecciones. Desde hace mucho tiempo, se sabe que en Georgia se suprime de manera sistemática a los electores negros; fue necesario un extraordinario esfuerzo de organización por parte de los demócratas, encabezados por Stacey Abrams, para vencer esa supresión y ganar los votos electorales y los escaños del Senado del estado. Así que los republicanos que controlan el estado están intensificando la privación de derechos, con la propuesta de nuevos requisitos de identificación para los electores y otras medidas para limitar el voto.

La conclusión es que no sabemos si esto es algo más que una mejora temporal. Los planes del presidente que intentó retener el poder a pesar de haber perdido las elecciones fracasaron. No obstante, un partido que se traga extrañas teorías conspirativas y niega la legitimidad de su oposición no se está volviendo más cuerdo, y todavía tiene muchas posibilidades de conseguir todo el poder dentro de cuatro años.

    Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

  

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2020 fue el año en que murió el reaganismo

/ 30 de diciembre de 2020 / 02:23

Quizá las imágenes lo convencieron. Aunque es difícil saber qué aspectos de la realidad logran penetrar la menguante burbuja de Donald Trump (por eso me alegra decir que, después del 20 de enero, no tenderemos que preocuparnos por lo que pase en esa mente nada brillante ni maravillosa), es posible que se haya percatado de la imagen que proyectaba al jugar golf mientras millones de familias en total desesperación se quedaban sin subsidios por desempleo.

Sin importar cuál haya sido el motivo, el domingo por fin firmó un proyecto de ley de asistencia económica que, entre otras medidas, prolongará esas ayudas unos meses. Después de esa decisión, no solo los desempleados dieron un respiro de alivio. En los mercados bursátiles, aumentaron los futuros, que no son un parámetro de éxito económico, pero de cualquier forma son indicadores. Goldman Sachs elevó sus proyecciones de crecimiento económico para 2021.

Así que este año cierra con un recordatorio más de la lección que deberíamos haber aprendido en la primavera: en épocas de crisis, es bueno que el gobierno ayude a la gente que pasa dificultades, y no solo es algo bueno para quienes reciben esos beneficios, sino para toda la nación. Expresado con una frase un poco distinta, 2020 fue el año en que murió el reaganismo.

Cuando hablo de reaganismo, me refiero a una actitud que va más allá de la economía vudú, según la cual los recortes fiscales tienen poderes mágicos capaces de resolver todo tipo de problemas. Después de todo, nadie cree ese aforismo, salvo unos cuantos charlatanes y excéntricos y todo el Partido Republicano.

Más bien, me refiero a un concepto más amplio: la convicción de que ayudar a quienes lo necesitan siempre es contraproducente, que la única manera de mejorar la vida del ciudadano común y corriente es hacer más ricos a los ricos y esperar a que los beneficios se filtren hacia las clases bajas. Esta noción quedó encapsulada en la famosa frase de Ronald Reagan que afirma que las palabras más aterradoras son: “Soy del gobierno y vengo a ayudar”.

Pues bien, en 2020 el gobierno vino a ayudar y eso fue lo que hizo.

Es cierto que algunos apoyaban políticas basadas en el efecto de filtración, incluso en plena pandemia. Trump intentó en repetidas ocasiones impulsar recortes a los impuestos sobre nómina, que por definición no representarían ninguna ayuda directa para los desempleados, e incluso intentó (sin éxito) recortar la recaudación de impuestos con una orden ejecutiva.

Por cierto, el nuevo paquete de recuperación sí incluye un recorte fiscal multimillonario para las comidas de negocios, como si los almuerzos con tres martinis fueran la respuesta a la depresión causada por la pandemia.

El rechazo al estilo Reagan de la ayuda a los necesitados también se mantuvo. Algunos políticos y economistas seguían insistiendo, contra toda evidencia, en que ayudar a los trabajadores desempleados de hecho generaba desempleo, pues hacía que se mostraran renuentes a aceptar ofertas de trabajo.

Sin embargo, en general (y sorprendentemente hasta cierto punto), la política económica estadounidense en realidad respondió muy bien a las necesidades reales de una nación que se vio forzada a suspender actividades a causa de un virus mortal. La asistencia para los desempleados y los préstamos a las empresas que podían condonarse si se utilizaban para mantener la nómina contuvieron el sufrimiento. En cuanto al envío directo de cheques a la mayoría de los adultos, aunque no fue la política mejor orientada, sí estimuló los ingresos personales.

Estas acciones intervencionistas del gobierno funcionaron. Con todo y que la suspensión de actividades produjo la desaparición temporal de 22 millones de empleos, los índices de pobreza en realidad bajaron mientras se distribuyó la asistencia.

Además, no surgió alguna desventaja evidente. Como ya he dicho, no hubo ninguna señal de que ayudar a los desempleados los desalentara de aceptar empleos cuando los había. Más aún, el repunte en el empleo visto entre abril y julio, cuando 9 millones de estadounidenses volvieron a trabajar, se dio mientras todavía se ofrecían beneficios más generosos.

Los enormes créditos asumidos por el gobierno tampoco tuvieron las consecuencias desastrosas que los gruñones del déficit no paran de predecir. Las tasas de interés siguen bajas y la inflación se quedó inmóvil.

Así que el gobierno vino a ayudar y de verdad lo hizo. El único problema fue que suspendió la ayuda muy pronto. Los beneficios extraordinarios deberían haber continuado mientras el coronavirus seguía fuera de control. La disposición bipartidista para aprobar un segundo paquete de rescate y el hecho de que Trump haya accedido, aunque renuente, a firmar esa legislación, es un reconocimiento tácito de que así debería haber sido.

De hecho, parte de la ayuda entregada en 2020 debería continuar incluso después de que se generalice la vacunación. La lección de la primavera pasada fue que, si se aplican programas gubernamentales con financiamiento adecuado, es posible reducir en gran medida la pobreza. ¿Por qué olvidar esa lección en cuanto termine la pandemia?

Ahora bien, cuando digo que el reaganismo murió en 2020 no quiero decir que los sospechosos habituales dejarán de repetir sus vaticinios usuales. La economía vudú está demasiado arraigada en el Partido Republicano moderno (y les resulta muy útil a los donadores multimillonarios que desean obtener recortes fiscales) como para que unos cuantos hechos inconvenientes hagan que se esfume.

La oposición a ayudar a los desempleados y a los pobres nunca se basó en pruebas, sino que se originó por una mezcla de elitismo y hostilidad racial. Así que no dejaremos de escuchar la cantaleta sobre los poderes milagrosos de los recortes fiscales y las calamidades del Estado benefactor.

No obstante, aunque el reaganismo no desaparezca, ahora más que nunca será un reaganismo zombi, una doctrina que debería haber perecido al enfrentarse con la realidad, pero que a pesar de todo sigue deambulando por ahí y se dedica a devorar el cerebro de algunos políticos.

Porque la lección del 2020 es que, cuando estamos en crisis, y en cierta medida incluso en tiempos más propicios, el gobierno puede hacer mucho para mejorar la vida de las personas. Nada debe causarnos más temor que un gobierno que se niega a cumplir su trabajo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La guerra de Trump II

/ 29 de noviembre de 2020 / 00:30

Todos sabíamos que Trump reaccionaría mal ante una derrota. Pero su negativa a admitirla, la destructividad de su berrinche y la disposición de casi todo el Partido Republicano a consentirlo han sobrepasado hasta las expectativas de los pesimistas.

Aun así, es muy poco probable que Trump logre cambiar los resultados de las elecciones. Sin embargo, está haciendo todo lo que puede para arruinar a Estados Unidos antes de irse, en lo poco y en lo mucho. Entre otras cosas, sus funcionarios ya están tratando de sabotear la economía, preparando el escenario para una posible crisis financiera durante el mandato de Joe Biden.

Para los que no están enterados, el anuncio repentino de Steven Mnuchin, el secretario del Tesoro, de que pondrá fin al apoyo para varios programas de préstamo creados en marzo quizá no parezca un gran problema. Después de todo, los mercados financieros no están en crisis. De hecho, en un desafío a la predicción de Trump de que “sus planes de ahorro 401(k) se irán al diablo” si perdía, las acciones han aumentado desde la victoria de Biden. Además, buena parte del dinero asignado a esos programas, de hecho, nunca se usó. Entonces, ¿cuál es el problema?

Pues bien, la Reserva Federal, que administra esos programas, se ha opuesto enérgicamente, con justa razón. Verán, la Reserva Federal sabe mucho sobre crisis financieras y lo que se necesita para detenerlas, y Mnuchin está privando a la nación de herramientas que podrían ser fundamentales en los meses o años por venir.

En los viejos tiempos, lo que llamamos crisis financiera por lo general se denominaba “pánico”, como el Pánico de 1907, el acontecimiento que condujo a la creación de la Reserva Federal. Las causas de los pánicos varían mucho; algunos no tienen una causa visible. En todos hay una pérdida de confianza que congela el flujo de dinero en la economía, a menudo con efectos catastróficos para el crecimiento y los empleos. Los pánicos no necesariamente reflejan la psicología popular, aunque algunas veces ésta tiene que ver. Con mayor frecuencia hablamos de profecías autocumplidas, en las que las acciones individualmente racionales producen un resultado colectivo desastroso.

Ahí es donde entran las agencias como la Reserva Federal. Sabemos desde el siglo XIX que tales agencias pueden y deben prestar dinero a los actores que lo necesitan con urgencia durante el pánico financiero, a fin de detener la espiral de la muerte. ¿Cuántos préstamos se necesitan para frenar un pánico? A menudo, no son tantos. De hecho, muchas veces los pánicos terminan con la sola promesa de que se proveerá el efectivo de ser necesario, sin la necesidad de firmar los cheques en realidad.

Tal vez la nueva ola de coronavirus no provoque una segunda crisis financiera; después de todo, ahora sabemos que una vacuna está en camino. No obstante, el riesgo de que haya una crisis no ha desaparecido y es una tontería privarnos de las herramientas que podríamos necesitar para luchar contra esa crisis. La afirmación de Mnuchin de que el dinero ya no es necesario no tiene sentido, y no está claro si su sucesor podrá revertir con facilidad sus acciones. Dado todo lo demás que está sucediendo, es difícil ver la decisión de Mnuchin como algo más que un acto de vandalismo, un intento de aumentar las probabilidades de un desastre con el sucesor de Trump.

El asunto es que, hasta esta última jugada, parecía que Mnuchin podría ser uno de los pocos funcionarios que se las ingenió para acabar su servicio al mando de Trump sin destruir su reputación por completo. Bueno, olvídense de eso: ya forma parte de las filas de los leales a Trump decididos a destrozar al país antes de irse.

*es Premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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El coronavirus, el clima y el poder de la negación

/ 18 de noviembre de 2020 / 01:27

Las elecciones de 2020 terminaron. Y los grandes ganadores fueron el coronavirus y es muy probable que el cambio climático catastrófico.

Bueno, también ganó la democracia, al menos por ahora. Al derrotar a Donald Trump, Joe Biden nos salvó de caer en el abismo de un gobierno autoritario.

Sin embargo, el castigo de Trump fue menor al esperado por su mortífero fracaso para enfrentar el COVID-19 y pocos republicanos parecen haber recibido algún castigo. Como decía un encabezado de The Washington Post: With pandemic raging, Republicans say election results validate their approach (Aun con la pandemia arrasando, los republicanos dicen que los resultados electorales validan su estrategia).

Y su estrategia, en caso de que no lo sepan, ha sido la negación y la negativa a tomar incluso las precauciones más básicas y de bajo costo, como pedirle a la gente que use cubrebocas en los espacios públicos.

Las consecuencias epidemiológicas de esta irresponsabilidad cínica serán desastrosas. No estoy seguro de cuánta gente se da cuenta de lo terrible que va a ser este invierno.

Las muertes por COVID-19 tienden a retrasarse unas tres semanas con respecto a los nuevos casos; dado el crecimiento exponencial de los casos desde el principio del otoño, que no ha disminuido en absoluto, esto significa que, para fin de año, podría haber miles de muertes diarias. Y recuerden, muchos de los que sobreviven al COVID-19 sufren daños permanentes en la salud.

Para ser justos, las noticias sobre la vacuna han sido muy buenas y parece probable que por fin lograremos controlar la pandemia en algún momento del año que viene. No obstante, podría haber cientos de miles de muertes de estadounidenses, muchas de ellas evitables, antes de que la vacuna se distribuya de manera generalizada.

Sin embargo, por muy horrible que sea el panorama de la pandemia, lo que más me preocupa es lo que nuestra respuesta fallida dice sobre las posibilidades de enfrentar un problema mucho más grande que plantea una amenaza existencial para la civilización: el cambio climático.

Como muchas personas han señalado, el cambio climático es un problema inherentemente difícil de abordar, no en lo económico, sino en lo político.

Los políticos de derecha siempre afirman que tomarse el clima en serio condenaría la economía, pero la verdad es que, a estas alturas, la economía de la acción climática parece bastante benévola. Los espectaculares avances en la tecnología de las energías renovables hacen que sea bastante fácil ver cómo la economía puede deshacerse de los combustibles fósiles. Un análisis reciente del Fondo Monetario Internacional sugiere que, si acaso, el “impulso de la infraestructura verde” llevaría a un crecimiento económico más rápido en las próximas décadas.

No obstante, las medidas climáticas siguen siendo muy difíciles en términos políticos dado: (a) el poder de los intereses especiales y (b) el vínculo indirecto entre los costos y los beneficios.

Consideremos, por ejemplo, el problema que plantean las fugas de metano en los pozos de fracturación hidráulica. Una mejor aplicación de la ley para limitar esas fugas tendría enormes beneficios, pero se extenderían en el tiempo y el espacio. ¿Cómo se consigue que la gente de Texas acepte incluso un pequeño aumento de los costos ahora, cuando el resultado incluye, por ejemplo, una reducción en la probabilidad de que haya tormentas destructivas en una década y a medio mundo de distancia?

Estos resultados indirectos hacen que muchos de nosotros seamos pesimistas en cuanto a las posibilidades de la acción climática. Sin embargo, el COVID-19 sugiere que nuestro pesimismo quedó corto.

Después de todo, las consecuencias de un comportamiento irresponsable durante una pandemia son mucho más evidentes e inmediatas que los costos de la inacción climática. Reúnan a un grupo de personas sin cubrebocas en un espacio cerrado (por ejemplo, la Casa Blanca de Trump) y tal vez vean un aumento repentino en las infecciones tan solo unas semanas después. Podrían ver que ese aumento repentino tendría lugar en su propio vecindario y muy posiblemente afectaría a gente que conocen.

Además, es mucho más fácil desacreditar a los que niegan la existencia del coronavirus que a los que niegan el cambio climático: basta con señalar las muchas muchas veces que estos negadores afirmaron de manera falsa que la enfermedad estaba a punto de desaparecer.

Así que lograr que la gente actúe de manera responsable contra el coronavirus debiera ser mucho más fácil que actuar contra el cambio climático. Sin embargo, en lugar de eso, vemos una negativa generalizada a reconocer los riesgos, acusaciones de que las normas baratas y de sentido común ―como el uso de cubrebocas― constituyen una “tiranía” y amenazas violentas contra los servidores públicos.

Entonces, ¿qué creen que pasará cuando el gobierno de Biden trate de hacer del clima una prioridad?

El único factor mitigante de la política del clima que puedo ver es que, a diferencia de la lucha contra una pandemia, que, en esencia, consiste en decirle a la gente lo que no puede hacer, debería ser posible enmarcar al menos alguna acción climática como algo positivo en lugar de negativo: invertir en un futuro verde y crear nuevos puestos de trabajo en el proceso, en lugar de solo exigir que la gente acepte nuevos límites y pague precios más elevados.

Por cierto, quizá esta sea la principal razón para esperar que los demócratas ganen las elecciones de segunda vuelta en Georgia. La política climática de verdad necesita promoverse como parte de un paquete que también incluya una inversión más amplia en infraestructura y creación de empleos y, simple y sencillamente, eso no sucederá si Mitch McConnell sigue siendo capaz de bloquear la legislación.

Es evidente que tenemos que seguir tratando de evitar un apocalipsis climático, y no, eso no es una hipérbole. Aun cuando las elecciones de 2020 no fueron sobre el clima, hasta cierto punto fueron sobre la pandemia, y los resultados hacen que nos sea difícil ver el futuro con optimismo.

Paul Krugman es Premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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