Voces

lunes 8 mar 2021 | Actualizado a 14:04

¿Encuestas como actos proselitistas?

/ 20 de febrero de 2021 / 02:56

Una de las funciones prácticas de las encuestas en tiempos electorales es la de marcar una pauta para generar tendencia y así influir en el electorado. Lo decente, por decirlo de alguna manera, es que las encuestadoras se muevan en cifras no irrisorias y que bailan con su margen de error. Lo contrario a lo decente es que las encuestas se conviertan en actos proselitistas, alejados absolutamente de la realidad.

Hasta hace poco tiempo las encuestas ante comicios estaban exentas de cualquier tipo de regulación, no solo en Bolivia, sino que en el mundo entero. Sin embargo, podría decirse que su poder gravitacional en el voto es indiscutible hoy y lo fue ayer. De ahí que las encuestas se hayan convertido en una de las mercancías más valiosas en tiempos de campañas electorales. Como toda mercancía que está dispuesta en el mercado, las encuestas usualmente están a la venta. En Bolivia, la joven regulación impuesta en esta materia parece no haber frenado la oferta y la demanda en esta venta.

A lo anterior se suma un elemento no menor que tiene que ver con los intereses que persiguen los propietarios de las encuestadoras hegemónicas y, por qué no decirlo, con su adscripción de clase. Así, se configura el curso de una acción política: de la noticia falsa a la encuesta falsa con el fin de fortalecer a una candidatura en desmedro de otra. Generalmente, luego del fracaso evidente de una encuesta, los voceros de las empresas arguyen su falta de cientificidad al margen de error, una excusa ya bastante inútil en la actualidad boliviana.

Revisar las encuestas hacia las elecciones nacionales del pasado año es por demás ejemplificador, pues los números que presentaron ante la opinión pública estuvieron muy alejados de los resultados electorales oficiales. A finales de septiembre Ciesmori vaticinaba una segunda vuelta entre el Movimiento Al Socialismo y Comunidad Ciudadana. Los números estaban puestos así: 30% para Luis Arce y 25% para Carlos Mesa. Como si fuera poco, la virtual segunda vuelta, según la encuestadora, daba el triunfo a la fórmula naranja. El gremio de la demoscopia en Bolivia se vio seriamente afectado en su credibilidad luego de que la fórmula azul alcanzara el gobierno con más de 55% de los votos, aventajando a la segunda fuerza con más de 27 puntos porcentuales, en primera vuelta.

La sanción a las encuestadoras proselitistas no existe. Estos grupos empresariales siguen operando políticamente sin que la autoridad electoral pueda hacer algo al respecto. La norma es clara, el Órgano Electoral es la autoridad encargada de supervisar la elaboración y la publicación de encuestas y, en ese sentido, la pregunta es ¿cuántos comicios más se necesitan para que la autoridad cambie sus mecanismos para, de esa manera, pueda cumplir con su responsabilidad institucional? Habrá quienes digan que con marcar los parámetros para las encuestas el Órgano Electoral ya cumplió, sin embargo, una de las funciones principales de dicha entidad es garantizar la transparencia de las campañas.

No es una locura decir que las encuestadoras son brazos operativos de ciertas campañas. Queda claro que hoy por hoy, el partido hegemónico en Bolivia, de corte izquierdista y progresista tiene a las encuestadoras en contra. Una prueba más de aquello es la última encuesta presentada por Ciesmori hacia las elecciones subnacionales. Lo más probable es que dicha empresa hoy esté militando en el mismo espacio político que en las elecciones generales de 2020, pues ni siquiera las candidaturas masistas con evidente ventaja sobre el resto aparecen triunfantes en los números presentados.

Casualidad no es que los analistas políticos que en octubre pasado deseaban la segunda vuelta para la presidencia hoy remarquen y celebren las tendencias falsas recientemente presentadas. El gremio de la demoscopia tendrá que, urgentemente, recuperar credibilidad y eso pasa, de forma obligatoria, por presentar números que se parezcan a los que se presenten la noche de la jornada electoral.

   Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter: @ValeQinaya

  

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Confesionario más allá de la Católica

/ 6 de marzo de 2021 / 00:42

El poder de la voz colectiva ha destruido el silencio de muchas mujeres que durante años vivieron encerradas en éste. Distintas olas de denuncias en el mundo han logrado evidenciar a muchos violentos, por ejemplo, a través del #MeToo. Dicho movimiento, originado en Estados Unidos, ha logrado convocar a más de medio millón de usuarias en Twitter y otras redes sociales, entre ellas a muchas celebridades que han denunciado ser víctimas de acoso laboral y sexual.

Queda claro que las sociedades actuales siguen siendo disciplinantes con las mujeres que denuncian violencias. El costo social por denunciar ser víctima atraviesa todo tipo de núcleo, desde las familias hasta las redes sociales. Lamentablemente, el segundo circuito de violencia suele comenzar con la decisión de denunciar. Lo anterior es parte de lo que se conoce como el “pacto patriarcal”. Y en tanto la sociedad siga reproduciendo este esquema, se mantendrán las dificultades por las que atraviesan las mujeres para salir de la violencia.

En todo caso, el poder de la acción colectiva es liberador. Así lo demuestra el movimiento generado esta semana bajo el denominado “Confesionario UCB”. Gracias a esta página en la red social Facebook, muchas jóvenes, en su mayoría estudiantes de la Universidad Católica Boliviana, han logrado vencer al silencio y denunciar públicamente a decenas de agresores. Todo indica que los denunciados instalaron un modus operandi para violar a mujeres de manera sistemática, drogando a sus víctimas sin el consentimiento de ellas. Los testimonios son aterradores.

Polémica fue la respuesta de la casa de estudios ante estas denuncias. La U Católica emitió un comunicado en el que deslinda responsabilidades, no menciona que tomará parte en las investigaciones ni que pretende incluir en su currícula contenidos para evitar las violencias contra las mujeres. En términos coloquiales, se lavan las manos con una velocidad que llama mucho la atención. He aquí la reacción de una institución como ejemplo del disciplinamiento. Pero la crítica severa a la Universidad no se dejó esperar en redes sociales. Probablemente lo anterior haya sido el motor para que la casa de estudios reconsidere su posición, habiendo público un video en el que las autoridades de ésta cambian de ruta respecto a las denuncias.

Como si no fuera suficiente ser víctima de violencia sexual, opera también una especie de inquisición contra las denunciantes. Tristemente, no faltan las personas que optan por dudar, a priori, de las denunciantes. Se ha leído en redes sociales, pues, que se trata de mujeres despechadas, mentirosas, exageradas y otro tipo de adjetivos que pretenden relativizar y hasta negar las denuncias. Esas personas tendrán que preguntarse cómo podría una mujer inventar ser víctima, teniendo en cuenta el altísimo costo social que implica romper el silencio para denunciar.

Opera, por supuesto, el patriarcado con todos sus tentáculos para poner en duda las denuncias, aún encubierto de falsa solidaridad. El mejor ejemplo de esto fue el mensaje que dejó en sus redes sociales una cantante local, Verónica Pérez, quien mandó a las víctimas a que “se cultiven” para evitar ser violadas. Justamente por esa misma línea argumentativa pasan quienes pretenden liberar de culpa a los violadores. Justamente por esa misma línea argumentativa pasan quienes terminan diciendo cosas como “quién la manda a ir vestida de ese modo” o “ella se lo buscó”.

Por eso hoy, tras el destape de estas violaciones sistemáticas urge impulsar a que la sociedad reaccione en solidaridad con las denunciantes. Urge incentivar el acompañamiento y apoyar a las denunciantes, desde el Estado y desde la sociedad civil. Por una cuestión ética, debiera ser obligación de la Universidad coadyuvar en las investigaciones pero, además, educar en la no violencia y la despatriarcalización para no dejar en la impunidad a quienes creen tener el poder de perturbar la vida de las mujeres. Que sirva el contexto de estas denuncias para que el hoy candidato a la Alcaldía paceña Iván Arias, sea al igual que los violadores de la Católica, censurado por la sociedad. Poco o nada se podrá avanzar en la lucha contra las violencias hacia las mujeres si un acosador llegase a ser el burgomaestre de la ciudad más importante y progresista del país.

   Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter @Valeqinaya

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Medios feminicidas

/ 6 de febrero de 2021 / 02:19

Es pan de cada día que la televisión local despierte a la teleaudiencia con producciones nacionales que antes que cualquier otra cosa, aparentan ser una subasta de cuerpos femeninos. Y lamentablemente también es pan de cada día que esos mismos medios cuenten cual crónica roja que ocurrió “otro crimen pasional”. Claro está que a la mayoría aún les cuesta mucho usar la palabra “feminicidio”. De buena fe puede decirse que lo anterior se debe al desconocimiento del tipo penal, sin embargo, la buena fe parece ser demasiado dadivosa en este caso.

Los medios de comunicación son poderes fácticos, con capacidad performativa en la sociedad en general. No es ninguna novedad que los medios instalen versiones hegemónicas sobre diferentes temas, incluso cuando éstas están muy lejos de la realidad. Por ejemplo, si un medio de comunicación masiva no repara en cosificar a las mujeres, entonces la sociedad que lo consume reproducirá dicho comportamiento. El problema es aún más agudo y deplorable cuando dicha cosificación bordea la pedofilia, sexualizando la imagen de una colegiala. El lunes pasado, primer día del año escolar, ha sido para un canal de televisión la oportunidad de demostrar que no tiene ningún tipo de compromiso con la lucha contra las violencias hacia las mujeres.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu dijo que el habitus es la sociedad inscrita en el cuerpo, en el individuo biológico. El concepto refiere a un conjunto de disposiciones interiorizadas que forman percepciones, sentimientos y acciones en las personas. Se construye a partir de la cultura de grupo, la interacción de los individuos y las instituciones sociales. El habitus se reproduce y evoluciona en función del refuerzo a las disposiciones interiorizadas.

La pregunta es ¿cuánto puede avanzar una sociedad en lo que respecta a la erradicación de las violencias hacia las mujeres si sus medios de comunicación hegemónicos reproducen disposiciones sexistas y, por tanto, violentas? Poco, es una probable respuesta. El freno que significa la línea “noticiosa” para el avance progresista seguirá reforzando el habitus machista y patriarcal en tanto y en cuanto su accionar siga sin modificarse y, de hecho, campee impunemente.

El debate de la impunidad en el mensaje de los medios es, sin embargo, espinoso. En Bolivia, casi nadie ha salido limpio luego de sugerir el combate a la impunidad de la que, a nombre de la libertad de expresión, gozan los medios. A pesar de que la normativa vigente tipifica y castiga la denominada “violencia mediática”, no se conoce hasta ahora ningún tipo de sanción a los múltiples patriarcas de los medios de comunicación. Una vez más se presenta la ya vieja tensión entre la nueva normativa y la añeja Ley de Imprenta. Una vez más se presenta la necesidad de repensar las responsabilidades que debieran tener los medios en la sociedad, más allá de la retórica.

La polémica en redes sociales respecto al vergonzoso mensaje enviado el lunes pasado por el canal de televisión hasta ahora se ha quedado solo ahí, en las redes sociales. A pesar de que diversos líderes de opinión han manifestado su rechazo al mencionado performance e incluso hubo quienes sugirieron acciones específicas al respecto, no se ha mandado ninguna señal desde el poder que indique a la sociedad que así no se debe comunicar.

Debe llegar, más temprano que tarde, el tiempo en el que sintonizar la televisión nacional en busca de información, no signifique el consumo de basura. Debe llegar, igualmente, el tiempo en el que se repiense la normativa que rige a los medios de comunicación. El mundo está cambiando, el país también. En Bolivia, el Estado ha avanzado montones en la discusión sobre la erradicación de las violencias, corresponde, por tanto, que también los medios de comunicación den una señal de avance progresista. El objetivo debe ser no tener más mujeres que sean víctimas de violencia y que ésta no sea naturalizada.

   Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter @ValeQinaya   

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Felipe vive y vuelve… carajo

/ 23 de enero de 2021 / 01:40

Que no haya duda, estas líneas son un homenaje. No debiera ser necesario aclararlo, luego del deceso de un hombre que murió como vivió, siempre leal a sus convicciones. Atravesar los vertiginosos acontecimientos del siglo XX y haberse mantenido incólume es un logro que muy pocos personajes han alcanzado. No hubo ONG, cartera pública, partido político o cualquier otro epicentro de poder que mueva un milímetro de sus convicciones e ideales. El martes ha partido uno de los personajes más icónicos de la historia boliviana del siglo XX, Felipe Quispe, el Mallku.

Mucho se ha escrito sobre él en estos días y felizmente más han sido los homenajes que las detracciones. Está trillado decir que no hay muerto malo, a pesar de ciertos mensajes de pésame que brillan por su hipocresía; hipocresía porque en vida nunca reconocieron su lucha, sus logros y su firmeza; por el contrario, no dudaron en juzgarlo y algunos hasta lo miraban con asco. Vale apuntar que la mayoría de sus detractores están muy lejos de entender los planteamientos y las implicancias de su filosofía de vida: el katarismo.

En efecto, don Felipe, uno de los intelectuales aymaras más importantes de este tiempo, puede ser considerado de los representantes más fieles del katarismo. Este calificativo puede ser asignado a Quispe, en tanto dirigente político y en tanto investigador social e intelectual. El Mallku, por ejemplo, con su libro Tupaj Katari vive y vuelve… carajo ha legado una de las investigaciones más sesudas sobre el pensamiento político de Tupaj Katari y el levantamiento aymara que lideró éste en 1781, basado en datos históricos duros para luego sistematizar una propuesta política comunal de organización de la sociedad de forma alternativa al orden colonial.

El libro anteriormente referido es la primera obra editada y publicada del puño de Felipe Quispe. Fue en 1990 que la editorial Ofensiva Roja imprimió y vendió exitosamente la obra. No es un dato menor que El Mallku haya producido su primer libro durante su encarcelamiento en Chonchocoro, el penal de máxima seguridad de la sede de gobierno.

Justamente la importancia de Tupaj Katari vive y vuelve… carajo probablemente radica en el contexto en el cual fue escrito. Para muchos, el hito más intenso de la vida y trayectoria de Felipe Quispe está vinculado a su pertenencia al Ejército Guerrillero Tupaj Katari (EGTK), que le costó la cárcel por más de cinco años, sin sentencia. Precisamente las reflexiones que presenta Quispe en su libro respecto del disciplinamiento que pretende el Estado Republicano contra quienes cuestionen el orden establecido, encuentra directa relación con el destino de las y los militantes del EGTK.

Felipe Quispe tendrá que ser una fuente casi obligatoria para entender el siglo XX en Bolivia. Su condición de dirigente campesino, de guerrillero, de intelectual y de líder político es incuestionable. Leer a El Mallku es pararse frente a un gigante que danza entre la historia, la crónica y la filosofía; y que siempre llega a la urgente necesidad de cambiar el mundo, hacia otro comunitario, evidentemente más justo. Por eso y por muchas otras razones, entre ellas su accionar de brújula para el movimiento popular en Bolivia durante la dictadura de 2020, don Felipe merece todos los honores y la gloria. El Mallku, hoy vuela más alto y su legado de alto vuelo queda en los anales de la historia y en el proyecto político de liberación de los pueblos.

    Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter: @ValeQinaya    

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Segunda ola ¡No bajar la guardia!

/ 9 de enero de 2021 / 04:15

Cursa la gestación de un nuevo ordenamiento mundial. La aspiración de la mayoría seguramente es que el nuevo tiempo y su orden, a priori, sean pospandemia. Tristemente, ese deseo no es realidad aún en Bolivia ni en el mundo.

Cuando corría la mitad de 2019, en medio de la agobiante pandemia, uno de los deseos más recurrentes de las familias tenía que ver con un futuro de vuelta a la normalidad. En Bolivia la angustia, además, estuvo acentuada por la incertidumbre que provocaba la pésima y corrupta gestión de la salud por parte del gobierno de facto. Las ansias por salir de ese agujero negro fueron tan fuertes como las ganas de reunirse con los seres queridos. La cotidianidad boliviana está marcada por la importancia de las familias ampliadas reunidas entorno a una olla, que fue rota por doble filo: pandemia y dictadura.

Estas dos condiciones hicieron una sumatoria de miedo en Bolivia. La pandemia, de corte global, pero con acento local dado por la corrupción en compras y contubernios —por ejemplo—, no permitía muchas opciones de ruptura del miedo. La dictadura, por su parte, condición violenta y represiva, encontró su mejor asiento en el miedo a un virus casi desconocido y, por tanto, muy temido. Ante la primera condición, más que la solidaridad y el movimiento colectivo para intentar atenuar los efectos del virus, casi nada pudo hacerse. En cambio, ante la segunda, la respuesta radicada justamente en la organización colectiva y en el instinto de supervivencia, fue el motor para recuperar la democracia; y se logró.

Con la esperanza de nuevos tiempos políticos en Bolivia sincronizados con las fiestas de fin de año, muchos tuvieron la necesidad de volver en torno a la olla. Pero no solo eso. Las fiestas decembrinas y el nuevo año convocan históricamente a mayor movimiento y no solo económico, tanto en los escenarios formales como en los informales. Bancos, mercados, terminales aéreas y terrestres —por mencionar algunos espacios— registraron movimientos usuales en estas fechas. Lo lamentable es que la sumatoria de los factores anteriormente mencionados, entre otros varios, significan hoy un alza en las cifras de contagio por COVID-19.

En el mundo la coyuntura de la segunda ola de contagios es evidente. El pasado octubre se registraron una serie de medidas en países europeos, destinadas a evitar el colapso de los centros de salud. En noviembre la BBC hablaba del importante número de contagios descontrolados en Estados Unidos. Por su parte, la OMS manifestó hace unas semanas su preocupación particular por las cifras en países como Brasil y México.

La diferencia trascendental entre la primera y la segunda ola de contagios es el avance científico que alcanzó el desarrollo de vacunas contra el virus. Las negociaciones entre los países productores y los compradores están siendo muy intensas en estas semanas. La carrera por la vacuna se hace cada día más competitiva y, ciertamente, esta competencia está enmarcada en la plenitud del libre mercado.

Aquella premisa enunciada durante la primera ola que planteaba al virus como un detonador de brechas sociales parece verse cuajada hoy en día, también a nivel geopolítico. Como fuera, los Estados debieran verse obligados a resolver la demanda de sus pueblos en lo respectivo a la vacuna; y esta obligación debiera resolverse bajo el criterio de vulnerabilidad en primer orden y de la universalidad y la gratuidad. La buena nueva en Bolivia es que la ruta actual parece ser correcta.

El nuevo orden en gestación viene con una nueva normalidad. El llamado unánime es a no bajar la guardia. Los Estados deberán cumplir sus tareas, con transparencia y pertinencia y las sociedades, además de fiscalizar al aparato público, están en la obligación de mantener las medidas de sana distancia, uso de cubrebocas, lavado de manos y sanitización constante. Evitar el colapso de los centros de salud es tarea de todas y de todos.

El concurso de los pueblos es fundamental para este nuevo tiempo, sobre todo considerando que las tendencias conservadoras no reparan límites para romper cualquier principio democrático. Prueba de esto es la más reciente demostración fascista en la “toma” del Capitolio en Washington por parte de grupos irregulares que añoran la sociedad de castas y de razas. En términos sencillos, operan hoy en día poderes capaces de destruir la institucionalidad democrática y la vida con el fin de ir en contra ruta a la ampliación de derechos y la justicia social. Lo anterior encuentra alto riesgo en una coyuntura de pandemia.

    Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter: @ValeQinaya

  

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El MAS hacia las elecciones subnacionales

/ 12 de diciembre de 2020 / 01:38

Ha transcurrido un mes desde el retorno de Evo Morales a Bolivia, luego de un año de exilio que lo mantuvo presidiendo el partido más influyente del país desde fuera de las fronteras. Dicho retorno coincide con el periodo preparatorio para las elecciones subnacionales del próximo marzo. Este escenario presenta una serie de elementos que merecen ser analizados, por ejemplo, lo referido a la reconfiguración interna del MAS, el liderazgo de Morales, la relación del Gobierno con el partido y las candidaturas que se definirán prontamente.

Es posible afirmar que el MAS es la única estructura partidaria con alcance nacional, con presencia en los nueve departamentos y en la totalidad de los municipios; esto es, en el campo y en la ciudad. Quizás ésta sea una de las causas que determina con mayor fuerza su éxito electoral sostenido en los últimos 15 años. Lo anterior está estrechamente relacionado con la conformación orgánica de tipo corporativa, sindical-gremial que delinea la estructura azul. Si bien la historia propiamente dicha del MAS se remonta a la década de los 90, su composición tiene un origen añejo (alrededor de medio siglo) y responde a una acumulación histórica antiinstitucional, lo cual puede explicar en mucho la fidelidad del voto hoy, en tiempos en los que el MAS apuesta por el camino institucional para la toma del poder. La peculiaridad de esta época para el MAS, sin embargo, está dada por el momento de inflexión a causa del golpe de Estado y la anulación sin precedentes de las elecciones generales del 2019.

Luego de casi 14 años en la conducción del Gobierno evidentemente cualquier partido muestra al menos parcialmente horadada su estructura por la urgencia de la administración pública, entre otras cosas. A esto hay que sumar el descontento de distintas porciones de la sociedad, sea ésta justificada o no, sea ésta por errores del Gobierno o por el permanente deseo de jaque al Gobierno por parte de los poderes de facto. De todos modos, cabe destacar el éxito electoral sostenido de la sigla, aunque no haya sido idéntico en todos los comicios y que, de hecho, ha registrado una tendencia hacia abajo en sus últimos puntos. Estos y otros elementos estuvieron casi siempre en los conjuntos que operaron para el análisis político vinculado al MAS, no así la inesperada crisis posinstalación Gobierno de facto, misma que trajo consigo anulación de derechos, persecución política y law fare.

Probablemente es temprano para afirmar que el MAS ha logrado superar su propio éxito, a pesar de que el resultado electoral del pasado octubre ya otorga una fuerte señal en ese sentido; sin embargo, las venideras elecciones subnacionales terminarán por dar un veredicto en este sentido.

La gama de partidos opositores al MAS posee casi sin matices direcciones débiles, estrictamente regionales y/o caducas. En cambio, la presidencia del MAS por parte de Evo Morales está siendo literalmente ejercida con una intensidad no vista anteriormente. Las reuniones de Morales con los sectores sociales son constantes, los ampliados y congresos con su presencia se han incrementado notablemente y los ejercicios de democracia interna hoy son mucho más visibles e intensos que en otrora. Además, el MAS tiene hoy —después de 14 años— un presidente de partido que no es simultáneamente la primera autoridad del país, elemento que a criterio de muchos otorga mayor fortaleza y legitimidad a la estructura orgánica del Instrumento. El Gobierno hoy es del MAS, sin embargo, se percibe una importante diferenciación entre los roles de las autoridades de Gobierno de los comandos del partido, lo cual es ideal para casi todas las teorías al respecto planteadas desde la ciencia política. De continuar así esto, probablemente, también se refleje positivamente en la preferencia del electorado en marzo.

Lo mencionado dibuja el esquema de un sistema de partidos con una hegemonía clara, es decir, un partido que posee todos los elementos para llevar adelante una campaña exitosa que le otorgue el triunfo generalizado en la contienda subnacional. Ahora bien, el MAS está haciendo su tarea, empero, la concreción de una campaña electoral exitosa pone en las candidaturas un peso específico insustituible. En este sentido, será importante que el MAS fortalezca la identidad progresista que ha logrado, tanto a nivel nacional como internacional, esto incluye, por ejemplo, reforzar la presencia protagónica de mujeres y la lucha por la ampliación de derechos. Será importante también sostener el tejido social urbano-rural que ha caracterizado al MAS.

Valeria Silva Guzmán es analista política feminista. Twitter @ValeQinaya

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