Voces

viernes 23 abr 2021 | Actualizado a 13:50

Recomposición de escenarios electorales

/ 26 de febrero de 2021 / 01:32

Balance preliminar. Justo antes de que se diera inicio al periodo de campaña electoral para las venideras elecciones del 7 marzo, una buena parte de la opinión pública, junto con algunos actores del proceso electoral, solicitó el aplazamiento de la fecha de elecciones. El pasado proceso electoral había sido postergado tantas veces que la solicitud insistía en el malhadado supuesto de que existía una confrontación entre el derecho a la salud y los derechos políticos. Hoy, las experiencias, los datos y estudios han probado sobradamente que se trató de un falso dilema y que, en un primer momento de la pandemia, por miedo se cedió demasiado de nuestras libertades y derechos civiles y políticos.

Además de la pandemia y debido al anómalo escenario político en el cual se llevaron adelante las pasadas elecciones, el Órgano Electoral tuvo que lidiar con una infinidad de presiones que provenían de actores políticos y que obstaculizaban continuamente el desarrollo del calendario electoral. Por ello y a pesar del éxito del proceso electoral en su conjunto, algunas actividades atravesaron problemas o polémicas, tal fue el caso de su campaña comunicacional y el sistema de transmisión rápida de actas Direpre.

Para las elecciones del 7M el resquebrajado escenario político- institucional de 2020 no solo se ha ido “recomponiendo” producto de la certidumbre emergente de las elecciones generales, sino que además —producto del carácter propio de esta votación— se ha ido descentralizando hacia la multiplicidad de niveles locales en los cuales se juega la actual competencia electoral; esto ha generado que la presión política también se atomice, ubicándose ahora regionalmente. A pesar de todo ello, estas últimas semanas el TSE ha vuelto a retomar centralidad en algunas decisiones que serán relevantes en el desenvolvimiento global del proceso electoral en su recta final, esto ha ocurrido producto de la constitución del TSE como instancia de apelación del debido proceso electoral, particularmente en estas elecciones y también como resultado de las insanas prácticas de campaña en nuestra política (que reserva las últimas semanas para “golpear” a candidaturas contrincantes; antes solo mediática, ahora también judicialmente, extendiendo la práctica law fare al campo electoral).

A pesar de todo ello, se puede decir que el escenario político-institucional bajo el cual se desarrolla el actual calendario electoral es, por mucho, más favorable que el del año pasado; esto sumado al aprendizaje acumulado por parte de la institucionalidad electoral y la ciudadanía en el desarrollo de procesos electorales en pandemia. Con estos insumos, se puede poner provisionalmente en la balanza lo bueno: que viene siendo el nítido aprovechamiento de estas fortalezas que permitieron el desarrollo del calendario electoral con normalidad (salvo algún traspié en el sorteo de jurados que tuvo que, inéditamente, repetirse) y una campaña comunicacional del OEP mucho más sobria, oportuna, detallada y, sobre todo, altamente pedagógica y alejada de la polémica política. Y, lo malo: la confirmación de que la crisis política de 2019 mantiene en la desconfianza parcial a uno de los padrones más auditados de nuestra historia, instala nuevas incertidumbres sobre herramientas normativas relativamente nuevas (campañas y, sobre todo, encuestas) y nos devuelve en el tiempo tecnológicamente, dejando atrás un sistema de transmisión rápida de actas que no ha podido volver a implementarse, al menos por ahora.

  Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Periodismo declarativo y fragmentación del mensaje

/ 23 de abril de 2021 / 02:10

Los iniciales estudios sobre comunicación política pusieron sobre la agenda del debate académico, primero y político, luego, los efectos de lo que se conoce como establecimiento de agenda (agenda setting). La idea central giraba en torno a que los medios de comunicación se habían constituido como un mecanismo que, bajo sus propias lógicas, determinaba el ingreso o salida de actores al espacio público; en suma, a la política Así, el conglomerado mediático se constituía de alguna manera en una suerte de régimen alternativo con la capacidad de posicionar actores en la arena de lo público de manera paralela al poder político constituido que basa su legitimidad y legalidad en el beneplácito que les otorga el pueblo para ejercerlo.

Por otro lado, la actual digitalización de los procesos informativos ha generado múltiples transformaciones en el rol del periodismo dentro de las democracias y, por supuesto, dentro de las dinámicas políticas locales. Aunque existen muchísimos matices y vetas de discusión respecto a este tema, destaca el hecho de que uno de los principales retos por los que atraviesa el periodismo es respecto a su función de jerarquización de las noticias (y, por tanto, de sus fuentes), la cual es más desafiante que antes. Dado que la información y la opinión ya pueden establecer varios canales digitales “directos” desde la fuente a la ciudadanía, ahora la labor periodística debe desafiarse a escudriñar en la noticia sus detalles además de complementarla y contextualizarla (un periodismo explicativo), ello permitirá sumarle valor agregado a una novedad que, a los minutos, ya se conoce mediante redes sociodigitales sin necesidad de esperar el noticiero siguiente o el periódico de mañana.

En parte como resultado del panorama establecido anteriormente, pero también como resultado de la crisis que atraviesa el periodismo, durante los últimos años en Bolivia nos hemos ido acostumbrando cada vez con mayor naturalidad a lo que se conoce como “periodismo declarativo” que prioriza la cobertura de dichos antes que la de hechos, desmejorando de esta manera la percepción que tenemos de la realidad e inflamando la que tenemos de los mensajes políticos. A este fenómeno se suma la actual simplificación de un proceso complejo como es la fragmentación de los discursos, que en la práctica se ha reducido a la extracción de frases textuales de un complejo discursivo para hacerlas noticia, descomponiendo el mensaje bajo criterios arbitrarios y dejándolo muchas veces huérfano de contexto.

Así, la discusión sobre las transformaciones dentro del periodismo se ha vuelto un continuo en todas las latitudes del planeta, sobre todo por su relevancia dentro de nuestras sociedades y democracias. Ante ello, resulta particularmente importante advertir que, en nuestro caso particular, a pesar de todo lo señalado anteriormente, la agenda informativa mediática sigue teniendo una importancia fundamental en la construcción de realidad política. Y, por ello mismo, resulta sustancial identificar que eventualmente la (mala) práctica del periodismo declarativo puede ser funcional a ( f)actores de poder fáctico y sus dichos que llegan incluso a tener mayor presencia/relevancia en agenda informativa que los poderes legítimamente constituidos y sus hechos. Los problemas sociopolíticos que estos fenómenos acarrean son acumulativos y se hacen visibles tras periodos de tiempo, uno de los más recientes lo vivimos con los resultados electorales de 2020, en los que las urnas nos llevaron a concluir que la agenda informativa y de opinión habían subrepresentado la realidad nacional.

 Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Breve inventario del largo ciclo electoral

/ 9 de abril de 2021 / 03:02

Este domingo es un día importante, finalmente se estará poniendo punto final al ciclo electoral más largo y complejo de nuestra historia democrática. Habiéndose iniciado inéditamente en octubre de 2018 con la convocatoria a las primeras elecciones primarias intrapartidarias, desde entonces, no se ha cesado un solo día en tener como pendiente los resultados de las elecciones generales y las municipales, departamentales y regionales para dar cumplimiento a las elecciones de mandato fijo que establece la Constitución.

Salvando algunas repeticiones de votación que pudieran tener lugar en las siguientes semanas, este domingo estaremos concluyendo un ciclo continuo de 30 meses de actividades electorales. Ciclo que fue llevado adelante por dos Órganos Electorales, acompañado por tres Órganos Ejecutivos (dos electos y uno de transición), que tropezó en el camino con una compleja ruptura institucional y finalmente, en su último trecho, se encontró con una pandemia global.

Es así que desde la institucionalidad electoral el cierre de este largo ciclo electoral no implicará otra cosa que la inminente cuenta regresiva para la apertura de otro que permitirá a la ciudadanía tomarse un merecido respiro de la estridencia electoral desplegada en las calles, las redes y los medios, pero que pondrá a la institucionalidad electoral y al sistema de representación política al centro de la misión de evaluar este complejo tiempo inventariando adecuadamente las heridas, debilidades, fortalezas y enseñanzas que deja como pendiente este recorrido.

Están, por ejemplo, algunos temas normativos u operativos que recientemente han ocupado el debate y tienen que ver con: un nuevo marco legal para los estudios de opinión y las campañas, la importancia en términos de acceso a la información y solidez técnica de un mecanismo de transmisión rápida de actas, los ajustes para clarificar los requisitos de inscripción de candidaturas, el rol y funcionamiento de las misiones de observación electoral, la rapidez con la que se puede desarrollar una jornada de votación manteniendo innovaciones implementadas por la pandemia o, con menor resonancia, algunos temas que fueron marginales a estas elecciones en particular pero que continúan siendo opacos recovecos: el financiamiento de campañas electorales; por mencionar algunos temas que han ido ocupando el tintero.

Pero, por supuesto, también quedan temas pendientes que pertenecen a agendas mucho más estructurales como ser la de la democracia paritaria, que debe aún ajustar de mejor manera la normativa que garantice paridad y alternancia dentro de las organizaciones políticas y en elecciones de niveles regionales. O la de la democratización interna en el sistema de representación política, formado por organizaciones políticas que han sido protagonistas este tiempo, varios de las cuales no habían registrado vida orgánica en los últimos años y otras que la han afianzado en los últimos meses. Para todas estas instancias está pendiente su ajuste institucional con apego a la Ley de Organizaciones Políticas hasta fin de este año, es decir, en el transcurso de los siguientes ocho meses.

La luz que se ve al final del túnel que significó este complejo ciclo electoral quedará como otro de los logros que la población boliviana debe apuntarse como victoria democrática. Muy a pesar de la cantidad de innecesarios y graves hechos que ocurrieron y están pendientes de un esclarecimiento que se le adeuda al pueblo boliviano.

 Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Primero, la vida

/ 26 de marzo de 2021 / 01:27

Basta mirar un poco alrededor (temporal y geográficamente) para recordar que cuando las rupturas institucionales en la región no han logrado imponerse por años o décadas, han buscado resolver como primer pendiente la herida concreta de la cuestionable legalidad y nula legitimidad de un determinado gobierno, mediante el reencauce de la ruta democrática acudiendo al ejercicio del voto en las mejores condiciones posibles; en el caso boliviano este momento fue el proceso electoral de 2020. Lo que no implica que una vez resuelto lo apremiante, lo importante desaparezca casi como su consecuencia. La restauración de las heridas sociales, rupturas simbólicas y daño histórico (que puede ir mucho más atrás de 2019) no dejan de ser elementos que innegociablemente se quedan sobre la mesa y eventualmente deben también ser reparados.

Y es que el principio es básico: la democracia es muy importante. Y esa es la principal razón por la que se debe llegar a la verdad histórica de los varios hechos que la han ido erosionando y que van desde la desobediencia a la voluntad popular, la paralización de un componente del proceso de tecnología y transparencia electoral, la insubordinación policialmilitar a un mandato constituido, una anómala negociación de espaldas a la población por personas no legitimadas hasta una irregular sucesión presidencial. Hay muchos más hechos sobre los cuales el país necesita saber la verdad pues como resultado de los acá identificados se han visto violentados importantes componentes de nuestra democracia, entre ellos: el voto popular, los procedimientos de tecnología y transparencia electoral, la Constitución Política del Estado, la representación legal de la Asamblea Legislativa Plurinacional, así como los procedimientos y la normativa legislativa, solo por mencionar las consecuencias más notorias.

¿De qué manera entonces se deja sentado con la claridad que los hechos que desembocaron en un ilegítimo gobierno que gobernó más de la cuenta no vuelvan a ocurrir nunca más?, ¿cómo se empieza a restaurar las múltiples erosiones de la democracia si no es a través del esclarecimiento de cada uno de los hechos concretos que superan las narrativas que se quieren imponer desde enfrentadas maquinarias discursivas y comunicacionales?

Como población necesitamos saber qué ha ocurrido a milímetro durante esos hechos, debemos conocer qué han hecho o han dejado (de) hacer en esos momentos quienes fueron electos y/o designados para resguardar la Constitución, el Estado de derecho y el imperio de la ley que, en conjunto, posibilitan el funcionamiento de la democracia. Y, con similar firmeza, merecemos saber qué hacían personas sin designación, mandato o legitimidad en medio de esta secuencia de sucesos. Todo ello debe ser procesado de la mejor manera para que sea concluido de la más legítima. Porque todo ello es tremendamente importante para nuestro futuro.

Pero no existe nada que sea más importante y urgente hoy que otorgarle justicia a la memoria de nuestros compatriotas acaecidos en Betanzos, Montero, Ovejuyo, Pedregal, Senkata y Sacaba. Y, en ese sentido, toda acción que de manera material o simbólica obstaculice o retire el foco de la atención a estos hechos hasta encaminarlos adecuadamente bajo el manto de un debido proceso, sale sobrando. Más aún en un escenario político y sanitario que aún se sabe delicado. La agenda que busca la justicia y la reparación por todos los hechos históricos mencionados no dejó de estar en ningún momento sobre la mesa de pendientes de mediano y largo plazo. Pero lo urgente es y siempre será la vida. Y ahí no hay margen de error o de cálculo.

 Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Corresponsabilidades democráticas

/ 12 de marzo de 2021 / 01:23

Vivimos un tiempo en que el indignacionismo deviene corriente de opinión publicada digitalmente. Dado que opinar parece haberse vuelto urgente tendemos, al menos más que antes, a simplificar la realidad para entenderla y fragmentarla para comunicarla. Esta forma de entender y comunicar los hechos nos lleva rápidamente a asignar a diestra y siniestra responsabilidades (en clave de culpas) solamente a quienes entendemos como actores protagónicos del hecho. Y, de alguna manera, esto erosiona la complejidad bajo la cual están establecidos nuestros sistemas, modelos y procesos políticos. A manera de balance, acá un punteo de tareas que, luego de la votación, se muestran pendientes para las y los actores/sectores que nos involucramos en estas elecciones:

Órgano Electoral Plurinacional: Encontrar la manera de explicar las excepcionalidades que generan polémica, como la habilitación de alguna candidatura (la publicidad de insumos podría funcionar), exponer razones sobre decisiones que generan susceptibilidad como el Direpre o el doble sorteo de jurados, comunicar oportuna y cualitativamente resultados de la capacitación a jurados/as (al parecer hubo desinformación y un lento conteo en recintos). A título de sobriedad institucional no se puede dejar esta información importante en escuetos anuncios.

Candidatos/as y políticos/as: Postular solo a candidaturas si saben que reúnen todos los requisitos en un inicio. No declarar victoria precoz con resultados no oficiales menos aún si no son contundentes, abandonar la peligrosa facilidad con la que ahora se pronuncia la palabra fraude. Muy importante: no insultar a la ciudadanía por sus decisiones.

Empresas encuestadoras: Abundar en detalles sobre la realización de los estudios con voz propia, sin dependencia mediática. Ser oportunos en el dato, inéditamente esta elección tuvimos bocas de urna el domingo y conteos rápidos el lunes, esto genera confusión.

Medios de difusión: Por difícil que sea, buscar superar la centralidad informativa situada en el eje de ciudades capitales del país, la información que no muestra lo que pasa en el resto del país durante la campaña hace que cueste creer lo que hoy vemos por primera vez. Importante: no adjudicar/titular victorias con base en estudios de opinión sin datos contundentes.

Observación y acompañamiento electoral: Superar informes preliminares, entender la complejidad electoral impone el deber de registrarla adecuadamente. Ir más allá de la foto de apoyo a la institucionalidad profundizando y publicitando problemas varios, no solo los más visibles.

Ciudadanía: Revalorizar el derecho al voto (los adultos mayores exentos de la obligación de votar acuden a hacerlo y jurados menores de 50 no cumplen su obligación). Ser parte activa del proceso pedagógico y comunicacional: informarse. Opinar responsablemente con datos. Importante: no quemar ánforas o actas que contengan votos de conciudadanos/as.

Opinadores/as: Nos toca no claudicar nunca en el intento de ser rigurosos/as y responsables. Enfrentar errores autocríticamente explicándolos y enmendándolos oportunamente. Buscar alimentar la sensatez social y escapar de la polarización simplificadora.

La democracia, se sabe, no ha sido pensada —ni en sus albores ni ahora— como un sistema político que debe recaer solamente sobre instituciones (a pesar de que estas son importantes) sino que se practica, se fortalece y se reinventa cotidianamente a través del desempeño de todo el complejo engranaje entre sectores, actores e instituciones que convergemos en torno a ella, como nuestro norte compartido. Su éxito o fracaso es colectivo y nos debe llamar a la autocrítica y decidida mejora.

  Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Beligerancia pandémica

/ 12 de febrero de 2021 / 01:29

En Bolivia vivimos esta pandemia en dos tiempos. Un primer momento nos refiere a la primera ola de la pandemia entre marzo y octubre de 2020. Y un segundo tiempo podría ubicarse desde noviembre hasta la actualidad.

La ruptura institucional en Bolivia, a finales de 2019, fue producto de una estratagema política que utilizó e impulsó la polarización afectiva de la sociedad boliviana, que venía produciéndose debido a la desobediencia de la voluntad popular expresada en 2016. El gobierno llamado a reparar las heridas de esta polarización, fomentó persecuciones estatales, judiciales y civiles rematando así los restos de convivencia democrática que quedaban. Su estilo persecutorio y la falta de experiencia nos dejaron absortos en la paralización de la vida: vivimos una primera ola sumergidos en el miedo. Con militares pavoneándose por las calles, sin certidumbre, sin clases, sin trabajos, sin vida social; no teníamos idea de dónde estábamos parados y, sobre todo, no existía nada más que la pandemia. Quizá eso hizo que el ánimo comunitario se desempolvara —así como cuando suceden las tragedias— y se empezó a materializar en solidaridad a varios niveles. Y no solo acá, a lo largo del mundo, las canciones, los aplausos, las redes de apoyo, los mensajes de optimismo fueron la tónica de ese tiempo, junto con el miedo y el dolor que rondaban incesantemente.

Un primer respiro de ese tiempo lo trajeron las elecciones, un gobierno y una asamblea electos democráticamente avizoraban —cuando menos— legitimidad y acompañamiento de una mayoría en la toma de decisiones. Pero rápido la segunda ola acudió a sacudirnos de forma más adelantada de la que se esperaba. Este Gobierno, conociendo bien los errores que no se pueden cometer, focalizó gran parte de sus esfuerzos en dos ingredientes de su estrategia: pruebas antígenas y vacunas. Digo focalizó porque lastimosamente las gestiones educativa y sanitaria, entre otras, parecen haber quedado lejos del radar. Los problemas de coordinación intergubernamental con otros niveles de gobierno también siguen ahí y ojalá una nueva camada de autoridades pueda liberar del letargo a la gran mayoría de gobernaciones y municipios.

El detalle acá es que ni las medidas fueron las mismas en los dos tiempos y tampoco lo es nuestra sociedad. A diferencia del año pasado, de alguna manera, hemos entendido y decidido que no se puede vivir en la parálisis. No obstante, al igual que varios países en el mundo, padecemos a estas alturas de un desgaste emocional de dimensiones. Lo que se ha denominado “fátiga pandémica” se constituye una nueva amenaza para una sociedad agotada económica, mental y emocionalmente que, además, no ha tenido la oportunidad de sentarse a dilucidar en qué momento se polarizó hasta el resquebrajamiento debido a la política.

Cuando pudimos salir a la calle, ya no era la misma. Los golpes, las patadas, los bocinazos, la irritabilidad, los gritos, la beligerancia, son nuestra nueva realidad social en esta batalla por la supervivencia. Mermados ya los recursos económicos y los incentivos emocionales, la solidaridad pelea por existir por sobre la apatía. Somos expertos en demandarle al Estado sus acciones y entonces la pregunta es: ¿cuál es nuestro rol en todo esto? Si la respuesta es que optamos por basurear las vacunas que llegan, difundir y creer desinformación, politizar baratamente todo y, encima, participar en reuniones carnavaleras o escoger viajar por placer, la tercera ola no solo vendrá más rápido sino que también nos irá dejando más rotos y beligerantes como comunidad. Y, sin reflexionarlo, nos habremos vuelto legiones de personas que en vez de usar barbijo golpean a quien los cuestiona e inmediatamente se indignan de este acto desde sus redes.

    Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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