Voces

viernes 23 abr 2021 | Actualizado a 14:08

Temas urbanos de fondo

/ 26 de febrero de 2021 / 01:27

Mientras los candidatos al sillón municipal y sus asesores terminan de malgastar plata, recordemos, en lenguaje simple, tres causas y sus efectos de nuestra Cuestión Urbana.

1) Muchos se preguntan cuándo tendremos una ciudad ordenada y limpia. Mi respuesta: me temo que nunca. El modelo de nuestro desarrollo nacional y urbano (capitalismo dependiente) es la estructura responsable de la fuerza concentradora de nuestras ciudades siamesas: La Paz y El Alto. Esta nociva fuerza concentradora es el efecto del modelo que soportamos hace décadas e impulsado por gobiernos de izquierdas o derechas, de militares o civiles, de indios o k’aras. Esta concentración urbana es causal de nuestros desequilibrios urbano-regionales (segregación, polución, vaciamiento rural, discriminación, violencia, transporte, etc.) que no hacen más que crecer exponencialmente. Que no mientan los candidatos. Mientras no cambie el modelo no hay soluciones reales a esos problemas; y si son buenos administradores, apenas podrán atenuarlos. En suma: es un sistema rural-urbano cíclicamente vicioso.

Lo que sucede en las grandes ciudades de los países vecinos será nuestro espantoso futuro: unos monstruos urbanos que algunos ingenuos, y otros ignorantes, llaman “progreso” y “modernidad”.

2) Otro tema de fondo es nuestra condición de sede de gobierno. Esta condición es responsable de nuestro retraso respecto a otras ciudades en Bolivia. En un siglo, La Paz y El Alto se han convertido en ciudades parias del Estado y todo gira alrededor de una economía artificial de servicios (burocracia, contrabando y comercio) para el gobierno central. Así, La Paz perdió muchas industrias y desestructuró su agro, y de El Alto bajan todos los días miles de comerciantes y transportistas. Ergo: dejamos de ser creativos y emprendedores para volvernos monotemáticos y parásitos. La “sede” ha gestado una tercerización de nuestra economía; por lo tanto, debemos debatir la sede de gobierno sin demagogias y sin el espíritu de un burócrata-mendicante.

3) De tanto amar y sufrir esta ciudad puedo expresar que el problema mayor somos nosotros mismos, los vecinos y vecinas que no hemos cultivado mínimos niveles de educación urbana en todas las clases sociales. Los problemas para los candidatos son físicos (derrumbes, tráfico, basura, desechos, ríos contaminados, etc.); pues no, el problema principal somos nosotros que generamos lo que sufrimos y lloramos cotidianamente. Por lo tanto, la solución es obvia: formar a las nuevas generaciones con educación holística, valores y sentido de pertenencia social. Si empezamos hoy en medio siglo podríamos ver otra ciudad.

  Carlos Villagómez es arquitecto.

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Patrimonio arquitectónico

/ 23 de abril de 2021 / 02:00

Tatiana Suárez publicó una crónica, directa y contundente, sobre el inmueble conocido como Palacio Agramonte, al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores en la plaza Murillo; es decir, en el centro simbólico de esta ciudad y en el corazón político del país. Para vergüenza de todas y todos, la casona está en un deterioro mayúsculo y es muestra de nuestra desidia para los visitantes que llegan a esta ciudad.

El matutino colega reprodujo en Facebook la brillante nota y, como esa red social es la alcantarilla emotiva del siglo XXI, brotaron las pasiones a favor y en contra del patrimonio edificado paceño. Es importante comentar las contradicciones de los enemigos del patrimonio edificado en el centro de La Paz que se pueden agrupar en los que evidencian su falta de pertenencia y los que politizan el tema patrimonial.

El sentido de pertenencia cultural es la razón fundamental por la cual una sociedad cuida y preserva su patrimonio tangible e intangible. Saber y conocer las obras que son parte de tu pasado es la fuerza que empuja al Estado a preservar y restaurar esa memoria. El cultivo de la pertenencia cultural es un largo proceso que en esta sociedad pluricultural paceña no se ha fomentado, ergo: no nos interesa nuestro pasado cultural. A esa falta de formación debemos añadir las actuales ganas políticas de alejarnos de todo lo que sea occidente. En teoría, la búsqueda de un paradigma identitario es correcta. Pero, en los hechos, estamos hasta el cogote con influencias del imperio, a saber: Iphones en las manos de los movimientos sociales; Avengers en las fachadas de los cholets; Nike y Adidas en los pies de los hermanos y hermanas del campo y de las marginalidades urbanas; y podría multiplicar los ejemplos. Es decir, no somos el Reino del Bután (el más alejado de occidente); estamos colonizados hasta el tuétano y, por ello mismo, es imprescindible cuidar nuestro patrimonio sin discriminaciones infundadas.

Politizar el tema y expresar que la arquitectura patrimonial del centro es del imperio colonialista y, por lo tanto, debe desaparecer y ser reemplazado por dos skyscraper es burdo y cavernario. Ni la Rusia comunista se atreve a tocar su pasado arquitectónico zarista (Putin goza en esos palacios); ni la China roja levantó edificios al lado de la Ciudad Prohibida; y la Cuba socialista es un ejemplo internacional por la recuperación de su centro patrimonial a cargo del fallecido arquitecto Eusebio Leal, un ícono de la restauración. Cuando la política de pacotilla se inmiscuye en las dimensiones culturales y artísticas atemporales la embarra. 

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Tiempos chabacanos

/ 9 de abril de 2021 / 02:53

Las redes sociales estallaron a raíz de una canción que una servidora pública compuso y cantó rodeada de un grupo de cuerdas de la Orquesta Sinfónica Nacional. Las críticas no tuvieron contemplaciones y se pueden resumir en: Uno, por su dudosa calidad interpretativa y compositiva. Dos, por evidencias de un posible plagio. Tres, el uso indebido de bienes públicos. Cuatro, por su sensiblería patriótica.

El punto uno amerita comentarios. Lo nacional popular, que políticamente viene desde mediados del siglo XX, tiene el correlato artístico de lo chabacano que, en estos tiempos de reversiones culturales, está lejos del mestizaje cultivado que se promovió en sus comienzos. El momento presente es el reino de lo chabacano (reggaetón, televisión nacional, cholets, e infinidad de comportamientos kitsch). Estamos en las fases iniciales de una era donde, en arte y cultura, todo es permitido aunque no nos guste. Vivimos los tiempos de la democracia morbosa, de la posverdad política, y del cinismo artístico porque hace décadas se revirtió la ecuación platónica de belleza=verdad por belleza=bizarro; y, como dijo un viejo político, ahora “debes tragarte sapos”. Por todo ello, me parece inocente e hipócrita criticar, desde “un gusto y una estética exquisita”, una audacia más de un medio artístico que está enfangado de las culturas nuestras y ajenas. Somos ya una sociedad plena de expresiones frívolas que dejaron atrás la “alta cultura y las expresiones exquisitas del alma”. La muestra palpable de todo ello es nuestra ciudad que, tanto física como socialmente, involucionó hacia dimensiones extravagantes. Y no hay vuelta atrás, es un condición milenarista que sucede aquí y acullá. En términos de estética contemporánea, ahora prima lo corpóreo sobre lo “racionalmente correcto” y “pulcramente creado”; valga un ejemplo: el grupo Mujeres Creando realiza performances políticas que son glorificadas allende las fronteras.

El punto dos es relativo. Hasta George Harrison fue culpado de plagio y con muestras evidentes de ello.

El punto tres es una tradición vergonzosa. En las esferas del poder se cree que para “servir a la Patria” no hay que escatimar esfuerzos y se usurpan bienes estatales desde los albores republicanos.

El punto cuatro es para destacar. Los egresados DAEN tienen un amor desenfrenado por esa entelequia llamada Patria. Y esa formación académica se vio claramente representada en el escenario. Solo faltó el tronar de cañones y unos Colorados de Bolivia irrumpiendo en el escenario para un épico final. Hubiera sido la obra maestra del teatro surrealista que proclamó el afamado Fernando Arrabal.

 Carlos Villagómez es arquitecto.

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Pensamiento binario / Pensamiento holístico

/ 26 de marzo de 2021 / 01:22

La humanidad precisa de un cambio estructural en la educación. Muchas voces coinciden en esa urgente transformación epistemológica que cambiará el destino de la evolución humana.

Estamos en la era del pensamiento binario que (simplificando su origen y definición) se estableció hace algo más de 20 siglos con pensadores clásicos que sellaron el destino de Occidente. Y es por esa manera de pensar que discriminamos y elegimos entre blanco o negro, bello o feo, entre nosotros y los otros, entre falso o verdadero, o entre izquierda y derecha. Es decir, esa marca profundamente arraigada en el gen cultural, ha formado el actual pensamiento universal que, por ejemplo, se manifiesta en las doctrinas de las religiones monoteístas y las ideologías del siglo XX. Por ello, pensar y creer binariamente ha devastado la humanidad con millones de muertos y lisiados; ergo: política y religión son las áreas estrellas del pensamiento binario occidental.

También debemos reconocer que el pensamiento binario ha generado maravillosos descubrimientos en tecnología, ciencia y arte. Pero el costo en vidas humanas y en desequilibrio medioambiental es tan grande que es inaplazable un cambio en la base estructurante de la formación del ser humano. No podemos seguir pensando binariamente dice un indiscutido académico: Henryk Skolimowski. El polaco formado en Oxford, cultor del holismo, de una democracia ecológica y de una ecofilosofía, dice: “La democracia ecológica reconoce los derechos de otros seres (y los de la propia naturaleza), además de los derechos de los seres humanos; porque si perdemos el medio ambiente y el soporte todo de la comunidad biótica, perdemos la democracia”. Y promueve sin temor una espiritualidad total: “La filosofía ecológica proporciona la base para una nueva comprensión y una nueva reconstrucción social. No le asusta la idea de combinar lo espiritual con lo ecológico y con lo económico. Porque los tres constituyen la auténtica manera de ver las cosas”. Todas declaraciones que nos recuerdan a algunos pensamientos nuestros que son binariamente impugnados y discriminados.

La humanidad evolucionará y recordaremos esta era como otro oscurantismo medieval donde primaban hegemonías gramscianas o fundamentalismos cristianos o musulmanes. Nada justifica la muerte por odio ni nada justifica vivir fuera de una armonía natural. Tomará mucho tiempo cambiar la actual matriz educativa; pero tanto en el norte como en el sur, se está buscando revertir el pensamiento binario por un holismo que formará parte consustancial del futuro poshumanista.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre la fealdad urbana

/ 12 de marzo de 2021 / 01:14

Una joven turista armó un quilombo con las autoridades de una localidad boliviana al declarar, en RRSS y sin pelos en la lengua, sus pareceres. Dijo: “el pueblo era feo, pero feo con ganas… ¿verano de 2 grados?… no tiene nada de estética y no viviría aquí ni aunque me paguen tres millones de dólares”. Y remató su apreciación con un sonoro sorry. Ese memorable final permite catalogarla: la nena es cool. La reacción de las autoridades fue intolerante en extremo; ¿por qué? ¿porque era extranjera de tierras bajas? Todos podemos hacer críticas sobre la calidad de vida de cualquier ciudad, la libertad de expresión está garantizada por ley. Sin embargo, esas autoridades publicaron amenazas de juicios y demás estupideces; pero, no se expresaron públicamente de una criminal violación. Eso permite catalogar, también, a esas autoridades.

Pero vamos al desaguisado estético. ¿Se puede definir a una cuidad como bella? O ¿cuándo una ciudad es re fea? Respuesta común: “todo depende del cristal con que se mira”. Y ese cristal está, por el momento, definido por 20 siglos de estética occidental que se difundió al resto del mundo en un constante proceso de colonización cultural. Un potente proceso escrito sobre la base del pensamiento binario; aquel que nos impulsa a separar el mundo entre feo o bonito, blanco o negro, izquierda o derecha, etc. El pensamiento binario es una abstracción ontológica de la vida que ahora está en entredicho por la emergencia de los estudios culturales, los estudios poscoloniales, el pensamiento divergente, las múltiples modernidades o el pensamiento holístico (temas para otra entrega). La apreciación estética o el gusto, en términos genéricos, dependen de esa tradición occidental. ¿Pero, en pleno siglo XXI, la belleza sigue siendo la verdad platónica de antes?

Acerca de la belleza urbana existen otras posturas más sofisticadas como las del historiador noruego Norberg-Schulz. Para él hay tres ciudades con un poderoso “espíritu del lugar”: Praga, Roma y Jartum en África (no turistees allá nena, todos son negros). Pero, el académico no habla de la belleza per se, sino de una categoría metafísica que hemos descuidado de analizar por puro binarios: el ajayu (ajayu y estética, qué tema mayúsculo para el estudio). Además, existe el sentido de pertenencia. La ciudad es nuestra casa mayor, nuestra cuna común; y nadie soporta que le digan que su casa, donde se reúne la familia entera, es re fea. Tu casa es lo más divino en esta atormentada vida.

Termino igualando la apuesta: pago $us 3 millones para que nuestras hijas y nietas no piensen como tú, nena. Sorry.

 Carlos Villagómez es arquitecto.

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Desencanto urbano

/ 27 de julio de 2020 / 07:24

Creo que el triunfo de las ciudades proclamado por Edward Glaeser está en entredicho. Lo puso en cuarentena un virus que transformó el avance arrollador de las ciudades en un paroxismo global, en un encierro atroz y en un distanciamiento social sin precedentes.

La ciudad es la obra cultural más grande y el mecanismo de todo el desarrollo humano. Los seres humanos tenemos la genética para vivir en sociedad, para amarnos y, también, para odiarnos hasta la muerte. Somos gregarios, una facultad que nos enaltece como especie, y también nos rebaja a condiciones larvarias. 

Glaeser glorificaba las ciudades como un mecanismo, capitalista por cierto, de generar riqueza y bienestar universales; de crear cultura y esparcimiento sin límites; y, en los papeles, de cumplir con salud y educación para todos, incluidos los “pobres de la tierra”. Para un economista urbano que visitó ciudades prósperas y el lumpen urbano de todo el mundo esto era una verdad sin retaceos. Pero, cuando el tablero se movió hacia un juego pandémico, las dudas saltaron incluso en el mundo desarrollado donde la ciudad tampoco es igual para todos. Sales del centro turístico y gentrificado de muchas ciudades del norte y llegas a zonas depauperadas y hacinadas que son tierra de nadie. La ciudad, si la ves en su totalidad, ya no es tan encantadora.

¿Cuál, entonces, es el tamaño ideal de una ciudad para no caer en ese pozo de espanto al que nos empuja este siglo XXI? Y, más aún, ¿considerando nuestra incapacidad y desmadre político, cuál sería nuestra escala ideal para absorber tragedias y desastres de manera razonable? Es un tema para los especialistas. La expansión y la densificación urbanas deben ser analizadas y planificadas en concordancia con cada realidad social, geográfica y económica. No podemos seguir sin reacción ante los nefastos efectos del sistema. ¿Existe una solución? Los especialistas, por el momento, no tienen más ideas que las llamadas ciudades intermedias o la metropolización. Y, dicho al margen. Los ideólogos-devotos deben saber que tampoco se logra algo virando hacia el modelo de los otros imperios. Los fracasos de Rusia o China en hacinamiento, desastre medioambiental y segregación urbana son evidentes, con índices muy rojos.

Para que entiendas la importancia de las densidades y el hacinamiento urbano tomo el trágico ejemplo del penal de San Pedro. Ese predio tiene la mayor densidad poblacional de toda la ciudad de La Paz: 2.500 habitantes por hectárea. Una barbaridad inhumana que, por esta cruel pandemia, tiene la mayor cantidad de decesos de la ciudad: más de 25 muertos en solo un manzano.

Carlos Villagómez Paredes es arquitecto.

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