Voces

domingo 25 jul 2021 | Actualizado a 03:19

Las marchitas levitas y las ojotas

/ 14 de marzo de 2021 / 01:08

En 1942 se promulgó la Ley Orgánica de Municipalidades, instrumento jurídico que permitió establecer la autoridad de un alcalde rentado y cuya designación dependía del gusto y talante del Presidente o dictador de turno. Si hacemos un ejercicio simple, al ver el almanaque Argote y su mosaico de presidentes, veremos que casi la totalidad de éstos pertenecían al criollaje hispanófilo y reproducían su imaginario con resistencias y sublevaciones constantes.

Un caso emblemático es el de nuestra ciudad escindida entre la ciudad chola e indígena y la otra, citadina occidentalizada y cuyas fisuras culturales se develan claramente desde 1985, cuando se promulga la nueva Ley Orgánica de Municipalidades y es la ocasión para celebrar las primeras elecciones municipales y la evidencia de las pugnas entre dos visiones.

El origen se remonta a 1549, cuando las autoridades coloniales españolas se reparten las tierras del margen izquierdo del río Choqueyapu, encajonando a la población aymara dentro de cuatro barrios situados en el otro margen, separados de los conquistadores, por el río. Nacía la criatura bicéfala: Chukiyawu Marka y La Paz, en “barrios de indios y de españoles”.

La orden llegaba desde Madrid, emitida por el rey Carlos V, consolidaba un imaginario entramado por prejuicios raciales y una supuesta superioridad cultural, además reforzada por la imposición de un universo religioso, aprovechada perversamente por los conquistadores aludiendo al mito aymara quechua de la llegada por el mar de un dios rubio y blanco, llamado Wiracocha (wira: grasa, espuma; qocha: lago) que se asociaría armoniosamente con la cultura y la religión autóctona: “(…) para producir de este modo, un empuje civilizatorio significativo”(Estermann.2013). Hasta el día de hoy, en algunas comunidades todavía llaman a los extranjeros y a los bolivianos de tez clara wiracochas, “(…) seguidores del dios blanco, alto y barbudo que coincidía por supuesto en muchos aspectos con la imagen vigente, en ese entonces, de Jesús” (Ib. 2013).

Mientras en Europa los romanos llamaban bárbaros a los germanos, normandos, celtas, etc. por sus aspectos fieros de rostros barbados y su resistencia al dominio imperial; en Aby Ayala sucedió al contrario, los conquistadores llamaron bárbaros y salvajes a los indígenas sin barba.

Esta sedimentación cultural, en una parte de la población occidentalizada, fue promovida por los gobernantes que, por la acumulación histórica de exclusión y racismo, engendraron un descontento y un inevitable camino a la reestructuración del poder; así después de la Guerra del Chaco estalló la revolución del 52. La migración que produjo este suceso cambió aceleradamente la conformación étnica y cultural de la ciudad aprisionada por los wiracochas liberales de levita que vieron, acongojados, la invasión de las ojotas y no pudieron impedirlo.

El puente llamado C’uscuchaca, que lleva al Cuzco, separaba y a la vez unía a las dos poblaciones, generando un mestizaje biológico y cultural que se diseminó en múltiples opciones y formas de asumir la interculturalidad. Evoluciones parecidas acontecieron en casi todas las ciudades del Estado boliviano que afloran en momentos constitutivos para concertar treguas —si releemos la historia— que duran entre 10 y 15 años. El poeta paceño Jaime Saenz resume este evento humano apostrofando: ”El boliviano se oculta de sí mismo”, nos llama la atención sobre el desconocimiento de nuestro pasado, nos devela que todavía tenemos incorporados en nuestro ethos la narrativa instalada por los conservadores del racismo contra nosotros mismos y los complejos de conquistador decadente.

Casi todos los políticos tienen la ilusión que les sigue “el pueblo” y manejan este concepto solo para mentirse cada vez que hay elecciones, y lo preocupante es que los seguidores, ingenuos e inocentes, les creen y generan pulsiones virulentas, reflotando las decrépitas visiones del colonialismo y su correlato republicano liberal.

Para San Agustín el pueblo es “(…) un conjunto de seres racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados, (razón por la cual) para saber qué es cada pueblo, es preciso examinar los objetos de su amor. Hay pueblo cuando los individuos aman las mismas cosas, cuando existe comunidad de objetos amados.”

En el escudo de la ciudad de La Paz, se habla de discordes en concordia y ese símbolo fallido nunca representó la casa, la urbe y el orbe.

  Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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La ciudad maradilla

/ 17 de julio de 2021 / 23:34

Toda relación del habitar con tu espacio que te eligió genera pasiones. Amo a la ciudad que recibió a mi padre que era de otra región del Estado y a mis abuelos que fueron también emigrantes, a esta hoyada generosa. De niño, mis profesores me enseñaron a amar a Bolivia y a poner en tercer plano a mi ciudad y luego, en la madurez, a detestarla por sus recovecos con que la horadó la burocracia hasta volverla hostil y caótica.

De niño huía al parque Riosinho, cuando escuchaba los planes de mi madre: “Hay que llevarlo al peluquero, ¡parece un salvaje!”. Corría semidesnudo mientras dos policías me perseguían ante mi frenética resistencia a las tijeras del peluquero que —muchos años más tarde— mató a su esposa con un revólver que le empeñaron y que alguna vez fue mío.

El Jardín de Infantes La Paz de mi barrio ya no existe, ahora es un edificio con amplios ventanales de vidrio y fue el lugar desde donde mi profesora, en la libreta de rendimiento, escribió unas frases que las reproduje en mi libro artesanal Chuquiagu Blues y dicen: Es peleador y desobediente. Habla malas palabras. Muy hábil para el dibujo. Llega atrasado. Julieta Benavides Delegada.

Los seres humanos no cambiamos mucho, de infantes ya tenemos un pequeño adelanto de lo que seremos mañana.

Aquí vi a los indígenas que llegaban con los pies descalzos cargando papa, oca, choclos y fue por primera vez que me encontré con la hoja de coca. Un ki’piri descansaba en la puerta de la enorme casa donde vivíamos, estaba agotado y apenas hablaba castellano, le ofrecí mi marraqueta con mantequilla y él me dio a cambio un puñado de coca y una amplia sonrisa verde.

Desde entonces me volví muy preguntón y, en un Anata Carnaval, cuando llegaban nuestros parientes invitados a las feroces jaranas que organizaba mi abuelo, le pregunté a mi abuela Olga, quechua jovera, por qué los niños no podíamos entrar al comedor grande donde estaban los adultos comiendo en chi’llami con las manos, riendo a carcajadas y hablando en quechua y aymara. Exigí ser parte del festín y hablar como ellos. Me sacó de la sala y me hizo sentar en la patilla de la terraza de la casa desde donde se veía el Illimani, la ladera oeste, Pura Pura, Vino Tinto y otros barrios que escalaban furiosamente las laderas del noreste. Me miró dulcemente con sus ojos claros y me mostró sus manos, despedazadas por el trabajo. Me acarició la nuca y dijo: “Si hablas así, te dirán indio y no te dejarán crecer. ¿Entiendes?”.

Eso quedó resonando hasta mi adolescencia, cuando viajábamos por los pueblos cercanos a la ciudad, a los poblados yungueños, a engullirnos paltas y naranjas en franca competencia con los ku’chis. Había tal abundancia que caían de los árboles para un convite sin dueños, gozábamos de la belleza de la vida en las fiestas patronales, en las que todos eran invitados y se vivía de otra manera. Era territorio indígena, con su manera de sentir el contacto con la tierra hembra, con los cuatro puntos cardinales señalados por los músicos que ingresaban por las cuatro esquinas de la plaza, tocando y danzando para la Pachamama y la Virgen de la Candelaria, para que los curas no se dieran cuenta que ambas tenían el mismo significado. Al volver a la ciudad sabíamos distinguir que una parte era Chukiyawu marka, la ciudad india y chola, y otra La Paz, la ciudad occidentalizada, en permanente ebullición. Escoger tu lugar eutópico es una decisión crucial cuando luchas por tus ideales, cuesta caro: cárcel, exilio, amenazas y el deseo de eliminarte. En sus calles regadas de sangre, también hay un poco de la mía, aunque nosotros pudimos ver sus maravillas secretas, muchos se quedaron sin ver un pedazo de sus sueños, por eso te odio y te amo, ciudad maradilla*.

*Matrimonio de maravilla y pesadilla.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Habitar la pantalla

/ 4 de julio de 2021 / 00:46

Tengo fascinación por los papeles, su piel tersa que se amarillea con el tiempo tiene un encanto indescifrable, sirve para dibujar y escribir. Una nota de defunción o de nacimiento está escrita sobre un papel, las fronteras con los países aparecen con líneas y puntos. No hay placer más grato que abrir un libro y sumergirse en él íntimamente; la pantalla del celular y la computadora intenta suplir esa superficie y hasta ahora, la batalla continúa.

A partir de la pandemia, una revolución en las costumbres de los seres humanos ha cambiado el habitar, debido a que la interrelación con el espacio urbano o rural que les permite acceder al ser de las cosas, tomando un contacto directo con la realitas, es restringida. Es el ámbito de convivencia con las personas que determina el arraigo espacio-socio-cultural y éste se minimizó recluyéndolo al espacio de la casa o del cuartito de tres por dos de la periferia.

Es más fácil prender un celular o una computadora que abrir un libro, quedarse en la casa y estudiar desde la cama, pero esas comodidades solo son para una parte privilegiada de la sociedad. El habitar en tu ciudad supone que desde ella te ganarás el pan para tu familia, obtendrás los recursos para pagar el agua y la luz y si por desgracia caes enfermo, por interrelacionarte para vender tus productos o tu fuerza de trabajo, solo te resta encomendarte a cuantas divinidades y dioses conoces, porque no tienes certeza de salir vivo, porque además no puedes asumir el costo de una clínica privada o la falta de medicamentos en los servicios gratuitos de la salud pública.

Ese habitar nuevo ha cambiado el ethos de los diferentes estratos sociales que moran en la ciudad escindida como La Paz-Chukiyawu Marka. Para las clases populares el escenario es muy severo por las consecuencias que trajo, no solo la pandemia, sino el golpe de Estado que sirvió para asaltar las arcas fiscales y desordenar la institucionalidad hasta extremos inconcebibles y ensanchar el porcentaje de pobreza.

La ciudad es una comunidad urbana para las clases populares y desde ese ámbito, la creatividad ha generado un entramado de fuerzas que han permitido resolver problemas urgentes para muchos sectores abandonados a su suerte. Así, el uso del Internet permite intercambio de servicios y trueques, vender a domicilio todo tipo de mercancías, pero esto es limitado y un porcentaje mayoritario debe dar la cara en las calles.

La total debacle del negocio del turismo ha provocado que hoteles y emprendimientos colaterales sean arrastrados al cierre, en algunos casos definitivo y en otros, a sobrevivir inventándose maneras de interesar a un público escaso o cambiando de rubro.

Si bien la economía muestra cierta estabilidad, una de las tareas esenciales del Estado fue la que más estragos sufrió: la educación.

Ahora nos toca a los padres de familia lidiar con la tecnología y establecer una crítica con los hijos para que desde su habitar, la pantalla, conserven su espíritu de solidaridad real y no ficticio, para advertirles que lo que emiten los famosos influencers o youtubers no es filosofía o los datos científicos no son creíbles porque no usan fuentes serias. Apenas terminan sus clases virtuales, acuden a ellos para desestresarse por la excesiva acumulación de información, sobre todo si sus materias son teóricas; y si éstas son procedimentales o prácticas, las limitaciones se multiplican: como enseñar a sacar una muela o proceder a manejar un cultivo en los llanos o el altiplano. Cada docente debe acudir a un sinfín de acercamientos virtuales que nunca se compararán con el seguimiento pedagógico personalizado, la pantalla es un muro visible y no se la puede atravesar. Hemos comprobado que podemos vivir prescindiendo de militares, curas y fútbol, pero no podemos hacerlo sin los educadores, pese a que la educación pública vive desde hace décadas prisionera del sindicalismo trotskista que reclama todo y no propone nada, y que la privada se hace inalcanzable para la mayoría y no es garantía de excelencia.

Habitar desde la pantalla no debe aniquilar los valores humanos, el calor de la interrelación es fundamental para habitar el mundo y una sociedad sin educación es fácil de domeñar y domesticar.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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No tienen nada que ofrecer…

/ 20 de junio de 2021 / 00:50

La derecha democrática y las fuerzas conservadoras atrincheradas en las instituciones cívicas de Santa Cruz, así como los grupos de la ultraderecha fascistoide, están atravesando un periodo de reacomodo que puede durar una década o más.

El destape que ha provocado lo que todos sabíamos, pero que la prensa servil a los intereses de los grupos hegemónicos ocultaba, finalmente fue ratificado por la Justicia norteamericana al detener a un aventurero político que tuvo el siniestro talento de encaramarse en el poder, apoyado por sus colegas que ahora lo abandonan. Murillo, ahora convertido en soplón de la CIA y la DEA para conseguir su libertad, develó la debilidad ideológica y moral de la asociación política conservadora que asaltó el Estado, echando por la borda el apoyo de la clase media o “media clase”. Esos jóvenes airados y las señoras pechoñas que, luego del triunfo electoral del gobierno que fuera derrocado pedían arrodilladas y con velas encendidas ante los cuarteles que salgan los militares a matar masistas e indios para consolidar el golpe de Estado, no caben en su desilusión. El miedo a la indiada y al comunismo fueron los argumentos psicológicos que los medios de la clase hegemónica instalaron, día y noche, en sus débiles discernimientos sobre la realidad boliviana. La Iglesia, aliada desde que el gobierno de Morales declaró al Estado como laico, juró venganza en varias reuniones en el Arzobispado de Cochabamba. Ponían de ejemplo a la Iglesia argentina que derrocó a Perón junto a militares, ganaderos y agroindustriales; ese hecho histórico pudo servirles de modelo. Lo preocupante es el informe del Arzobispado que devela un profundo desprecio por la vida, al minimizar los actos de atropello por parte de las Fuerzas Armadas cuyos grupos de élite asentados en Sanandita, agredieron brutalmente a civiles indefensos, dejando huérfanos, viudas y minusválidos, como prueba irrefutable de que hubo masacres en Senkata, Huayllani, El Pedregal, Sacaba y otros actos de abuso en varias regiones del agro boliviano que no fueron registrados. Para este grupo de representantes de la Iglesia, no tiene importancia, más importante era deshacerse del indio que tuvo el atrevimiento de cuestionar sus privilegios mantenidos durante 500 años, a sangre y fuego. Este grupo, coludido con los grupos conservadores, tampoco tiene nada que ofrecer; detrás de ellos, pisándoles la sotana están otros sacerdotes que privilegian la vida, conocen el martirio de Luis Espinal y son la sombra antagónica de la Iglesia oficial que tomó partido en esta peligrosa polarización.

Se avizoran nuevos escenarios políticos y sociales en Abya Yala. Las recientes elecciones en el Perú, nuestro vecino con el que tenemos vínculos históricos profundos, devela las abismales cicatrices que dejó sedimentada durante la colonia el Virreinato de Lima (1542), al igual que en Bolivia la Real Audiencia y Cancillería de Charcas (1559). Desde esa condición de fuerza administrativa, promovieron a sus grupos familiares que manejaron siglos territorios ricos en recursos naturales, excluyendo a las mayorías de origen indígena y mestizo. Cuando se cansaron de expoliar, pasaron la posta a otros grupos de inversionistas que replicaron la fórmula, así los indios serranos peruanos seguían siendo la raza inferior y los costeños, superiores y de raza blanca.

Este orden simbólico ahora está a punto de desplomarse y hacen los últimos esfuerzos para que el profesor rural Pedro Castillo no asuma el poder y, si lo hace, la Iglesia y la oligarquía extranjerizante se ocuparán de roer su prestigio para castigar al “cholito” que se atrevió a desmontar el orden simbólico. Sin embargo, el precio puede ser muy alto, este viejo orden fosilizado fue la causa del nacimiento del grupo extremista Sendero Luminoso.

También en Chile están removiéndose las arenas. Piñera, reputado por su conservadurismo, vive su etapa de decadencia en la que arrastra a todo su grupo social; para contrarrestar algo de su fama de “momio” (así llaman en Chile a los ultraderechistas), en un acto espectacular aprobó una ley que permite el matrimonio civil entre parejas del mismo sexo, para desconcierto de la Iglesia y su grupo político.

Otros vientos soplan desde Colombia y Brasil, el desafío para las nuevas generaciones de la derecha consistirá en cambiar su viejo discurso anclado en el siglo XVIII, Piñera dio el ejemplo.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Cuerpos invencibles

/ 5 de junio de 2021 / 22:45

En una de las incursiones del Control Político en busca de mi padre, durante el gobierno del MNR, los agentes hicieron caer la pequeña biblioteca que teníamos y un libro con el rostro de Eva Duarte Perón (1919-1952) fue a dar debajo de la gran mesa donde estábamos escondidos con mis dos hermanas. Mi madre, con el sable que teníamos como adorno, hizo retroceder a los civiles de rostros furibundos. En la tapa del libro vi una sonrisa dulce y unos ojos negros, más bien pequeños que me miraban, ante el griterío y el miedo. El libro de fondo azul titulaba La Razón de mi vida. Entonces, alguien gritó y los agentes, alertados ante la noticia que un hombre fugaba por el techo, salieron afanosos tras él. Cuando salimos de nuestro escondite, mi madre estaba con el cabello revuelto, respiraba agitadamente, nos abrazó y su rostro se dulcificó inmediatamente. No solté el libro, fascinado por la foto de la mujer de la mirada dulce.

Después vi su foto, cuando ella, muy delgada, se dirige a los “descamisados “, a sus “cabecitas negras”, los excluidos de Argentina, era el 1 de mayo de 1952, junto al presidente Juan Perón que la sostiene ante su manifiesta fragilidad. El rostro de Perón lo dice todo: sabe que Evita morirá por un cáncer que la devora y que la oligarquía, alegre por el previsible desenlace, celebra su enfermedad con grafitis en las zonas pudientes que escupen: “Viva el cáncer”. Evita parte a los 33 años.

En los barrios populares la congoja contrastaba ante el júbilo de la oligarquía. Éstos pensaban que la muerte se llevaría toda la obra social y la memoria que Evita había acumulado a través de medidas favorables a las clases populares, consolidando un poderoso movimiento popular que, con sus diversas corrientes, permanece después de medio siglo. El júbilo de la oligarquía duró poco.

En 1955, un golpe militar conservador, encabezado por Pedro Aramburu, liquida el proceso político y proscribe el peronismo, y Perón sale al exilio; el cuerpo de Evita, embalsamado, es escondido en la Central General de Trabajadores (CGT), luego descubierto por la Marina. Su cuerpo simboliza la rebelión, es un detonante; los militares discuten para deshacerse de él, quemarlo, lanzarlo al mar, finalmente deciden por una sepultura clandestina. Aramburu resuelve que un subordinado se haga cargo y éste lo esconde en su casa; una noche, al creer que alguien intenta robarlo, dispara y mata a su esposa. Sin dilación, el cuerpo es llevado al Servicio de Inteligencia del Estado, pero se filtra la noticia y aparecen velas y flores; entonces deciden sepultarlo en Italia con nombre falso, el 13 de mayo de 1957. En 1970, Los Montoneros secuestran y ejecutan al general Aramburu y luego de varias negociaciones turbulentas, la propia dictadura militar acude a Perón, exiliado en España, y éste acepta con la condición que fueran devueltos los restos de su esposa Evita y promover estabilidad social. Perón gana las elecciones en 1973, muere al año y su nueva esposa Isabel que lo sustituye, debe repatriar el cuerpo de Evita a cambio del cadáver de Aramburu que fuera secuestrado.

En 1974, el cuerpo de Evita, embalsamado, llega a Buenos Aires, sus adeptos proyectan un mausoleo para la pareja, pero el general Videla pone fin al retorno del peronismo (1976) instalando una dictadura brutal de exterminio del llamado “zurdaje”; así Perón es enterrado en la Chacarita y Evita en la Recoleta, en un cementerio de aristócratas, militares y hacendados que tanto la despreciaron y odiaron.

El terror y el miedo de las clases hegemónicas ante los líderes populares desaparecidos conforma una variedad del síndrome paranoico fantasmal, su alacridad a la hora de hacer desaparecer sus cuerpos y su odio hacen inútil su esperanza de matar por segunda vez la memoria y el legado ideológico de sus adversarios, y produce lo contrario: la mitificación y la presencia constante. El cuerpo desaparecido de Marcelo Quiroga sigue siendo una sombra que oprime a sus asesinos, los cientos de desaparecidos cuya memoria siguen rondando los cuarteles y mansiones de sus ejecutores, no se disolverán nunca porque existe un valor ético que la humanidad demanda: justicia.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Los ‘malos’ ejemplos

/ 23 de mayo de 2021 / 00:47

Las descoloridas levitas de principios del siglo XIX, descoloridas y apolilladas, sucumben ante los nuevos vientos que azotan y abren sus ventanales señoriales herméticamente cerrados durante siglos.

Jeanne Kirkpatrick ya nos advirtió sobre esta posibilidad: “Cuando olvidamos u optamos deliberadamente por ignorar lo inextricable que es el comportamiento humano, la complejidad de las instituciones humanas y la probabilidad de que obtengamos consecuencias imprevistas, nos sometemos a un enorme riesgo y, en muchos casos, a un inmenso coste en vidas humanas”.

Lo últimos sucesos históricos en Colombia, Chile y lo que se puede venir en Perú, han removido las aguas estancadas de los viejos políticos que siempre vivieron de espaldas al movimiento indígena, a las minorías y a las fracturas tectónicas entre las clases sociales. Los grupos hegemónicos nunca fueron capaces de tender puentes de convivencia, porque se aferraron a su orden simbólico establecido desde la colonia.

Así, aunque parezca insólito, el papa Pío IX, en 1870, intentó canonizar a Cristóbal Colón en el Concilio Vaticano con un postulatum para su beatificación con muchas firmas de cardenales, obispos, prelados y religiosos de todos los países. Esta historia está relatada en un pequeño opúsculo publicado en Génova en 1880 por Giuseppe Baldi, según el exateo y luego monaguillo ilustrado Giovanni Papini. Esta beatificación no fue posible porque apareció un hijo natural del navegante que imposibilitó tal afrenta a los millones de seres humanos que fueron pasto de la codicia, a nombre de “la cristianización de los salvajes sin alma”.

Muchos religiosos todavía tienen simpatía por esta visión del “descubrimiento” como de una misión profética por el nombre de Cristóbal y consideran que su misión de llevar solo especias a Europa no tiene sustento histórico, sino más bien que su tarea principal era llevar a Cristo a otros hemisferios para otorgar nuevas almas a Dios y nuevos reinos a la Iglesia.

Esta visión del mundo conquistado estableció un orden que en cada crisis se rearticula a través de la sedimentación de un discurso logocéntrico que desconoció y excluyó otras visiones de proyectos de Estado, por eso que Estado e Iglesia, formalmente, nunca se separaron. Ante el inevitable torrente de las clases populares e indígenas, surgieron voces discordantes con la Teología de la Liberación (1968) duramente atacada por el papa Juan Pablo II (1985) para obligar a los disidentes volver al viejo camino iniciado por los conquistadores y, desde entonces, las iglesias de Sudamérica y África han vuelto a posiciones conservadoras coaligadas en torno a las clases hegemónicas y a sus aparatos represivos. Basados en el miedo y el dogma depositados durante cuatro siglos en estos territorios devastados por la injusticia, la pobreza y la exclusión, continúan gozando de espacios importantes de influencia en las decisiones políticas.

Su silencio cómplice por los sucesos en Colombia, Chile, Bolivia y Perú no sorprende, así la sociedad chilena, a costa de decenas de muertos y centenares de heridos, puso fin a la Constitución del dictador Pinochet (1980) que reguló la vida de sus habitantes generando abismales diferencias entre las clases sociales y con un nuevo componente humano antes excluido, los siete grupos indígenas sobrevivientes de la conquista: mapuches, aymaras, diaguitas, quechuas, atacameños, collas, yagánes, kawéscar changos y rapanui, y ellos consideran que su incorporación efectiva será a través de un Estado plurinacional.

En Cali, Colombia, un grupo indígena del Consejo Regional del Cauca fue agredido por un sector de las clases altas, con un saldo de 10 indígenas heridos, asimismo la Central Unitaria de Trabajadores de Colombia confirma que más de 500 municipios han mantenido marchas de protesta y el conflicto hasta ahora ha producido al menos 42 muertes, más de 1.700 heridos y miles de detenciones arbitrarias.

A estos estallidos sociales, los gobiernos conservadores los califican como desobediencia civil, sedición, terrorismo y no aceptan que son conflictos sociales producto de sus propias políticas que arrastran las viejas recetas neocoloniales inspiradas en la discriminación, la acumulación de capital en manos de pocas familias y por ignorar deliberadamente la caducidad de instituciones anquilosadas en el pasado. Escuché comentar a un político conservador su preocupación por lo que ocurre en Chile, Colombia y Perú y es, ¡cuándo no!, culpa de Evo Morales y el MAS, por el mal ejemplo.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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